Paisajes de la vida (Relatos varios)

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M. Charaja
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Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 05 Nov 2018 17:16

En este hilo voy a narrar algunas historias reales que han sido parte del paisaje que he disfrutado o sufrido, en lo que me va de vida. Aquí va una primera imagen. El titulo lo dejo a la imaginación del lector. Un abrazo a todos.


El olor a carne quemada, impregnándolo todo, me persiguió como una sombra espectral, se sentó a mi lado, interrumpió mi almuerzo y despertó en mí las más extrañas repulsiones.
– ¿Porque no quieres comer tu charquisito*? – Yo había apartado todas aquellas carnes secas a un costado de mi plato, mi madre se dio cuenta pero no se extrañó.
– No tengo ganas de comer – le dije parco.
– Debe ser por lo que has visto – me respondió casi entrecortándome. No me exigió como otras veces, más bien guardó silencio de cómplice, luego retiró mi plato con ese amor que todo lo comprende.
Esa misma noche pude ver a la señora de esta historia declarando para las noticias en la televisión. Aquella señora gordita, la que liberó en mí un torrente de sensaciones que arrasarían fácilmente con la temperancia de cualquier hombre; habló de los horrores del incendio como quién habla de lo que desayunó en la mañana. Yo no podía entender cómo es que, estando como estaba, se permitía el lujo de responder a la siempre ubicua prensa. La única posibilidad, que se me ocurría, era que los galenos optaron por ya no hacer nada. Se le veía tan bien, tan despreocupada y tan confiada en un final feliz que por poco me aflora una lágrima. Volví a descomponerme.
– Se va a morir y no lo sabe – murmuré para mí. Cual hermosa flor, apartada de su tallo, estaba ya signada, esperando su viaje sin retorno a tierras de occidente. La vida rebalsante, que le mostraba con inocencia a la lente fría de la cámara, se le caería pronto, literalmente, por sus bordes. Murió al día siguiente, no sin antes fecundar en mí existenciales interrogantes que sólo muy posteriormente pude quizás responder.
Esta historia que relato es muy real. Ocurrió en vísperas de navidad, en un día nublado y gris. Los precedentes son mínimos, baste decir que a un despreocupado pasajero se le ocurrió atiborrar la maletera de un autobús con fuegos de artificio, para alegrarle la vista, en noche buena, a los habitantes de un lejano pueblo. Algún mecanismo no conocido, se presume que fue el calor, activó una chispa maléfica y el autobús comenzó a combustionarse con los pasajeros dentro.
Yo era, en ese entonces, apenas un párvulo estudiante de medicina y junto con otros aprendices, me encontraba en el área de emergencia del hospital al que llevaron a todos los quemados. En ese momento un veterano cirujano nos estaba enseñando la forma correcta de drenar un común absceso infectado. A pesar de lo minúsculo de mi experiencia, ya estaba bien acostumbrado a muchos de los horrores inmanentes a nuestra labor.
Aunque hay hechos que, por salud mental, uno quisiera enterrar para siempre bajo toneladas de olvido, estas cosas las recuerdo muy bien. Primero entró uno, caminando solo y confundido. Ni siquiera fue anunciado, lo vimos repentinamente en la puerta como una aparición extraña. Tal si fuera el único sobreviviente de un naufragio imposible en las arenas ardientes de un desierto, tenía la ropa espolvoreada de humo y las mangas de la camisa hechas girones; el cabello un poco chamuscado y algunas ampollas visibles en los antebrazos. El cirujano ordenó que lo atendiéramos mientras él terminaba con lo suyo. Lo hicimos pronto.
– Se está quemando el ómnibus… van a venir más– alcanzó a decirnos mientras le refrescábamos las quemaduras en agua corriente del caño.
Que importaba si venían mas, a pesar de estar apenas empezando nos sentíamos cuajados y capaces de todo.
– ¡Han traído una “camionada” llena de quemados! – irrumpió repentino y muy exaltado el hombre que, en aquella mañana sombría, cumplía la función de vigilar la puerta del servicio. Si este hombre, que estaba acostumbrado a ver de todo, se hallaba capturado por la sorpresa era por algo. Sin mediar tiempo para fabular con lo que afuera pudiera estar acechando, comenzó un lúgubre desfile de seres humanos aterrados, y confusos. Algunas mujeres gemían y se desesperaban, buscando con la mirada exorbitada el botón mágico que accionara los mecanismos hospitalarios; esos protocolos que en el imaginario son siempre instantáneos para salvar vidas y palear dolores… después de todo para eso están los hospitales. Otros contenían el llanto y esperaban con calma que alguien les condujera en el laberinto de confusión y sufrimiento. Metimos a los que pudimos a los tópicos y brindamos los primeros auxilios, siempre bajo la presión estresante de los llantos y quejidos que se seguían sintiendo afuera. Apareció pronto más personal, llegaron internos, residentes, enfermeras y más médicos; pero todas las manos y todos los tópicos eran insuficientes para contener el derrumbe de sentires y temores.
Hasta ese momento mi temperancia se mantenía firme y mi actuar era el correcto frente a los hechos. Cada ser humano tendría su tiempo, y por lo que se veía todos volverían a sus hogares cargando alguna cicatriz y una historia increíble que contar. Eran las quemaduras de siempre, misma calidad pero más cantidad, muy dolorosas pero invariablemente superficiales. Repentinamente un fuerte olor, uno diferente, uno que nunca había sentido lo inundó todo, y aun hoy lo sigue inundando en mi memoria. La puerta se abrió violentamente para dar paso al sonido chirriante de una camilla. Ese ruido ominoso, luctuoso que odie y odiare será con seguridad el marco sonoro de la muerte de muchos… el “último ruido”. Allí estaba recostada aquella señora, con el ánimo calmado y la mirada serena. Parecía sentirse tan a salvo que hasta se le percibía una mirada curiosa. Una sábana blanca le cubría la mitad inferior del cuerpo. Es poco sabido, por los que no son discípulos de galeno, que los que más se quejan son casi siempre los de menos riesgo. A la recién llegada no le escuché ninguna queja, clamor o llanto; se encontraba tan calmada que sólo faltó que nos diera un buenas tardes; pero el terrible olor y su genuina serenidad lo delataban todo. Entonces le descubrimos la sabana… el horror de lo que vi me atormenta aun en este lejano presente en que lo recuerdo: La mitad de su cuerpo, de la cintura para abajo, se había quemado hasta lo más profundo que la realidad física permitiera. Su piel había estallado haciendo grietas profundas y humeantes que dejaban ver el hueso chamuscado; tendones y músculos debieron haber crepitado en el fuego abrazador de aquel incendio hasta hacerse indescriptibles amasijos de nada; solo la grasa resaltaba con tinte claro debajo de algunas islas de piel acartonada y oscura. ¿Cómo podía permanecer consiente de sí una persona con heridas así? Nunca lo sabré. Pero si esto ya era impresionante per se, mas confusión aun nos causaba ver que los límites de la quemadura eran imposiblemente precisos; pareciera que el fuego atroz hubiera escogido con precisión quirúrgica el área a destruir, pues de la cintura para arriba, respetando justo el ombligo, no existía ni la sospecha de un rasguño, en contraste con todo lo demás que estaba bajo la sombra misma de la muerte
– Intenté salir por la ventana pero como soy gordita me quedé atascada hasta que la gente me ha jalado” – Con esas sencillas palabras disolvió un poco nuestro asombro. Cuanto tiempo se quedó atascada, no nos dijo, pero si se pudiera ver una persona medio viva o medio muerta, en sentido literal y según el punto de vista, eso es lo que yo vi. La mitad de su cuerpo debió arder dentro del autobús hasta consumir toda su carne y su sensibilidad. Un cuerpo muerto ya no duele. Todos le mostraron un cariño exagerado, un evidente ultimo adiós, un adiós en vida.
Nuestro pasmo nos inutilizó, pasamos de ser de colaboradores a ser simples mirones. Un interno de medicina, al notarlo, nos increpó muy descortésmente a que nos fuéramos:
– ¡Si no van a hacer nada váyanse, fuera de aquí!
El tópico estaba ya saturado de personas y personal, nosotros no éramos más que un grupillo de anodinos estudiantes y nada más podíamos hacer. Salimos obsecuentes, agradeciendo en el fondo la intolerancia de aquel bellaco, que también debía de estar ofuscado por lo que veía.
Al abandonar el lugar me sentí liberado. Mientras nos alejábamos sentía que mis piernas temblaban un poco, sería tal vez porque se sintieron repentinamente libres de los grilletes con que oprimen tan espantosos cuadros. Pasamos pasillos y pasillos, pero el olor permanecía inalterable y se fue, creo yo, con nosotros hasta nuestras casas.
Algo tiene la carne humana que se quema, algo que se disuelve en todas partes, o se pega por largo tiempo en el olfato. No podríamos siquiera compararla al olor de la carne que en el horno se nos quema, cuando descuidamos un suculento asado. Me parece que no la olemos con la nariz, sospecho más bien que la percibe un atavismo de nuestra alma…

* Charquisito: carne deshidratada y seca. Su uso es común en las regiones andinas. Su color oscuro y su textura fibrosa me recuerda mucho a la carne quemada que vi.
A la sonrisa que en mis sueños no negaste, a mis sueños que no pudieron realizarse.


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lucia
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por lucia » 07 Nov 2018 15:57

Además de ser estudiante de medicina, tampoco tenías conocidos médicos o enfermeras, ¿no? Lo digo por que los que trabajan en hospitales siempre hablan de quemados como uno de los destinos mas duros.

M. Charaja
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 08 Nov 2018 03:44

Bueno, uno nunca termina de estudiar medicina :D
He visto muchos quemados, pero la señora de la historia fue realmente diferente. Pasa algo muy extraño cuando sabes que alguien que interacciona contigo se va a morir muy pronto, y ese alguien ni se lo imagina. Muy duro de digerir. Sobre el olor, sólo le he sentido dos veces en mi vida. La primera fue el caso de la historia que he narrado. La segunda vez fue una mañana, en un hospital donde trabajé hace algún tiempo. Un tipo demente le roció gasolina a su esposa y la incineró a lo bonzo. Debo decir que reconocí el olor al instante porque parecía flotar por todo el hospital. Cuando llegué a emergencia ya no había nada, solo el olor. La paciente ya había sido referida, durante la noche, a un hospital de mayor complejidad. Supe que murió unos días después. Sólo nos dejó otra historia que contar y ese olor tan sui generis.
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M. Charaja
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 08 Nov 2018 17:31

Macchu Picchu se levantó al mandato señorial de fuerzas ajenas a nuestro turbio entendimiento. Dijeron los grandes seres elementales del tiempo: “¿Quienes quieren ser parte de una obra inmanente a la existencia y que perdurará por milenios como una espina clavada en la curiosidad del hombre?”. Rápidamente respondieron al llamado irresistible las grandes rocas, que hoy nos espetan desde los espacios majestuosos que ocupan con una pregunta silenciosa: “¿porque?”
Todo el que ha conocido este lugar fantástico ha regresado a su hogar invariablemente fecundado por una pregunta que no verá la luz jamás… ¿Por qué?
He tenido la suerte de haber pisado su suelo sacro tres veces, y he sido testigo involuntario de su transformación en el tiempo. Claro está que no me refiero a una transformación física, después de todo, cada roca sigue ocupando su justo lugar; me refiero a como pasó de ser algo muy propio de mi nación, a ser una maravilla que, hoy, indudablemente le pertenece al mundo. Puedo asegurar que la primera vez que fui me paré sobre el Intihuatana, di unos saltos de victoria y lo mismo hicieron otros niños que venían conmigo. Hoy tales majaderías serian severamente castigadas; hay ojos que vigilan y las rocas principales ni siquiera se pueden tocar. Mi vida también ha evolucionado, y ahora me siento perceptivo a la energía que desprenden estos lugares y presiento bien el respeto que debemos guardarles. Le he explicado, desde muy pequeños, a mis hijos que hace no más de 500 años no cualquiera ponía su mano profana en la piel de tales monolitos.
Sayhuite es también un lugar mágico, como muchos otros que hay en el Perú. Se ubica a mitad de camino entre mi Cuzco querido y la ciudad de Abancay. En este emplazamiento hay una roca muy especial, que la ciencia no ha podido descifrar. Se trata de un monolito de unos 4 metros de diámetro y algo de dos metros de alto; pero su profundidad es infinita. Su interpretación queda para la especulación. Personalmente he sostenido que es una representación pétrea de los tres mundos de la cosmovisión andina: El Hanan Pacha, el Kay Pacha y el Uku Pacha. El hecho es que dos veces he tenido el honor de abrazar a la roca, y he podido tomarme unas cuantas fotos ahí; y digo unas cuantas porque las dos veces que allí estuve mi celular sufrió impredecibles imperfectos. La primera vez fue hace dos años, con un iphone 5s, que se me apagó repentinamente estando con la batería al tope. El celular murió y no lo pude encender hasta que, llegando a Abancay, lo tuve que cargar desde cero. Este hecho, en principio, no me pareció mágico ni sobrenatural, porque poco antes me había pasado lo mismo en un lugar llamado Ayu Marka, a orillas del lago Titicaca; lugar conocido también como puerta interdimensional de Aramu Muru. Durante el viaje estuve usando un cargador externo y era consciente de que estos artilugios pueden producir desarreglos en la batería del celular.
Pero hace 4 meses volví a visitar Sayhuite. Volvi a abrazar la roca. Mi hijo mayor intentaba poner su cuerpo en posición de flor de loto para “meditar”. Me pareció gracioso verlo intentando hacer algo a lo que no estaba acostumbrado. Comencé a tomarle fotos y volvió a suceder. Esta vez era un Iphone 7, casi nuevo, funcionando con la autonomía normal de su batería, con 40 por ciento de carga. El botón de inicio se bloqueo y no pude encender el celular. Resignado a no poder tomar más fotos con el celular, me quedé pensando en que extraña coincidencia podía estar ocasionando esto. Hay algo fantástico que está despertando en mi país, y sólo para dejar escociendo un poco la curiosidad en el lector, mencionaré a la corriente de pensamiento paritario y a la Yupana inca. Estoy seguro, sin temor a equivocarme, que estos aportes de mi patria revolucionaran la forma en que vemos el mundo. Sobre el celular, lo conecté a la corriente eléctrica llegando a Abancay, se desbloqueó y se encendió con su 40 por ciento de batería intacto.
Si estos lugares le hacen esto a los equipos electrónicos, no puedo imaginar lo que le hacen a nuestros cuerpos.

*********************************************************

Los dos hombres trepaban con afán por la ladera arenosa de la montaña.
– Allá está – dijo el mayor. En medio de una pampa salpicada de rocas con tallas extrañas había una que debía ser especial. Llegando a ella se sentaron bajo la tenue luz del firmamento, encendieron una fogata y se sumergieron en su contemplación.
– ¿Qué es lo que miras? – preguntó el viejo.
– Veo un puma, una serpiente y un cóndor – contestó indeciso el más joven.
– Bien, muy bien…
– Maestro… ¿Que hace a esta roca tan especial?... aquí hay muchas que tienen tallas más interesantes…hemos pasado otras veces cerca de esta y nunca he sentido nada especial en ella.
– Si te dijera que toda la sabiduría del mundo está contenida en ella… ¿Sería entonces especial para ti?
– Si maestro.
– La roca siempre estuvo ahí, y toda la sabiduría contenida en ella también, pero eso nunca la hizo especial para ti, ¿porque ahora tendría que ser especial?
– Porque en ella está contenida la sabiduría del mundo.
– Nada sabes de su sabiduría y la roca nunca te la revelará… ¿sigue siendo especial para ti? – el joven se quedó callado, el viejo al verlo confundido le hecho un grueso tronco al fuego y le dijo esbozando una sonrisa.
– Las cosas no son especiales por lo que contienen o no, lo que las hace especiales es el corazón con el que se miran… porque es en el corazón donde realmente está escrita la sabiduría del mundo… (Tomado de una novela de mi autoría)
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Última edición por M. Charaja el 09 Nov 2018 20:55, editado 1 vez en total.
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por lucia » 09 Nov 2018 19:55

El Machu Pichu tiene algo que llama la atención incluso en foto. En cuanto a la roca, por un rato no creo que te pase nada. Ahora, quedándote mas... Ahora en serio, ¿sabes si tiene magnetita o similar? Lo que describes da la sensación de ser parecido a lo que pasa cuando se esperan no sé si eran vientos solares fuertes o algo así.

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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 09 Nov 2018 20:45

Hola Lucia. Wikipedia dice que Sayhuite es de granito. Te cuento que en Ayu Marka le sucedio lo mismo a mi papa, su celular tambien se apagó mientras hacia fotos, pero él si pudo volverlo a encender. En Sayhuite sólo me pasó a mi, todos los demas tenian camaras y celulares que funcionaron normal. Pulso electromagnetico discriminador podria ser una buena teoría :cunao: Pero me ha vuelto a ocurrir en un lugar llamado Vilcashuaman, en Ayacucho. Ahi lo que paso es que todos mis videos se grabaron sin audio. En vilcashuaman hay una piramide inca. Tambien fue, es y será un lugar sagrado.
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por lucia » 09 Nov 2018 20:50

A ver si es que eres un canalizador de energías y no lo sabes :cunao:

M. Charaja
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 09 Nov 2018 21:02

:cunao: Uno nunca debe decir nunca, pero se de otros que han tenido situaciones similares, sobre todo en Ayu Marka. Hay algunos videos en Youtube. Luego les cuento algo de la yupana, la matematica que revolucionara el mundo. Creo que fue heredada del labio al oido o a traves de "canalizaciones". No hay otra explicacion.
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 09 Nov 2018 21:06

Pd. Ayu Marka tiene tambien su leyenda, dicen que por ahi paso a otra dimension un disco solar que antes se hallaba en el templo C'oricancha del Cuzco :blahblah:
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 10 Nov 2018 05:44

Don Aurelio era un hombre fuerte que parecía inmune al andar inevitable de los años. En el pueblo se rumoreaban cosas acerca de su longevidad, él atusaba indiferente sus canas de plata y no soltaba su secreto a nadie, o al menos eso me dijeron. Cierto día vino a mí porque le dolían un poco los huesos. Yo me sentí indigno de atender, por un anodino dolor de huesos, a un hombre de casi 100 años que aun montaba bicicleta y lisonjeaba a las señoritas. Su rostro enjuto casi siempre sostenía una sonrisa que era absorbida hacia el interior de su boca edéntula. Yo me preguntaba si en una sonrisa perenne gravitaba el secreto de larga vida.
Hacía mucho calor en la hacienda azucarera. El colosal trapiche molía la caña y la vida parecía una dulce y vaga sensación de existencia. La gente se refrescaba en las puertas bebiendo refrescos, licores y tertulias. Una araña, que habitaba en el techo prefabricado de mi consultorio, ventilaba su nido cada día, colgándose y abrazando su blanco ovillo a cierta altura de mi cabeza. Dadivándole seguridad a sus crías se arriesgaba a que terminaran con su historia, pero yo entendí que así deben ser todas las madres, y permitía que la vida siga con su misterio. Don Aurelio estaba sentado frente a mí y era en sí mismo otro misterio. También tenía la piel escarchada de sudor y de vida que parecía interminable. Mientras me hablaba de sus dolores noté que por dedo índice derecho solo tenía un muñón.
– ¿Qué le pasó a su dedo, don Aurelio? – le pregunté.
– Ah…Eso fue cuando era yo muy joven – me respondió mostrando su mano callosa – una maquina que se ha atracau, ha jalau con fuerza de un cable y el cable ha chicoteau mi dedo ¡Taz!... y mi dedo ha saliu volando… ¡fiu!
Yo tampoco entendí bien la fisiología de su accidente, pero lo que más gracia me causó, si acaso es válido decir “gracia" ante las circunstancias del evento, fue lo que me dijo acerca de lo que realmente le asustó…
– Entonces – continuó el anciano su relato – yo vi que a mi mano le faltaba un dedo y me he asustau mucho porque no salía sangre… ¡pucha, por un momento pensé que yo no tenía sangre!... que ha pasau carajo, creo que no tengo sangre, he dicho. Así todavía un tiempecito ha pasau hasta que por fin ha saliu sangre como un chisguetito. Recién me he alegrau, he recogiu mi dedo y he ido al tópico de la hacienda para que el doctor me lo vuelva a pegar; pero me dijo que ya no se podía y desde ahí se ha quedau así.
Después de que me narrara su historia y habláramos de muchas otras cosas, parece que al anciano le nació alguna inesperada simpatía por mí, sorprendiéndome aun más con una repentina confesión:
– Usted me ha caiu bien doctorcito – dijo asaetándome con sus pupilas lechosas – así que le voy a contar lo que toditos en el pueblo me han preguntau, mi secreto para seguir así de fuerte…
Lo que me dijo lo guardo en reserva, y aunque me pareció también muy gracioso, no valdría la pena parrafearlo aquí, pues yo he preferido seguir creyendo que el secreto arcano de su juventud inagotable, era mas bien la forma infantil y despreocupada con la que veía pasar la vida.
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por lucia » 10 Nov 2018 20:52

Esas arañas me han recordado a las que dejaba el padre de jilguero en el techo de su casa :lol:

Y sí, el vivir como si uno fuera joven es un poderoso elixir :D

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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 11 Nov 2018 05:20

Cuando era un muchacho habitaba en otra casona. Esta era sólo un cubo subdividido. La parte que me correpondía era un altillo, donde también se almacenaban cosas y mas que un cuarto parecía una cueva oscura. Allí cohabitaban, en extravagante armonía, mis sueños de joven e innumerables arañas del género loxoceles. Un día, resignado a no poder terminar con ellas hicimos un pacto. "Ustedes no me picaran y yo no mataré a ninguna otra". Como los pactos están hechos para cumplirse, sobre todo si la vida esta implicada en ellos, cumplimos el nuestro a cabalidad, guardando respeto mutuo.
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 11 Nov 2018 18:19

El “Asquerosometro”
Le he puesto titulo a este relato porque permitiré al lector ponderar que le parecería más asqueante o vomitivo.
En la primera escena puedes verme, lector, escupiendo pus compulsivamente y tratando de limpiarme la cara con lo que sea; pues un absceso cutáneo, al que había presionado con moderada fuerza, en un primer intento para evacuarlo sin hacer cortes, había reventado con violencia inesperada como un volcán enfurecido, derramando parcialmente su contenido en mi estupefacto rostro. El hombre, al que estaba atendiendo, se desesperaba por mí y se deshacía en disculpas…
– ¡Perdóneme doctorcito…yo no quería...!
Pero él no tenía la culpa de nada y su problema estaba prácticamente resuelto. Sólo tendría que continuar con sus antibióticos. La vergüenza por lo que me había hecho, sin querer, sanaría espontáneamente. Me he preguntado muchas veces si él lo recordará como lo recuerdo yo. Que importa, la vida de los que trabajamos en esto es como la de cualquier otro, con días buenos y días malos.

En la segunda escena puedes verme, lector, saboreando, y con mucho placer, un vaso de vómito. Pero, ¿como sucedió esto? Ahora lo explico, en secreto de confesión y sólo para hacer un ejercicio narrativo sin nombres ni apellidos.
Sucedió una noche cualquiera de guardia. En aquel hospital sin nombre ni lugar, era yo el único médico encargado de medicina y pediatría; porque así es en las guardias de los hospitales chicos. Mi lugar era en los tópicos de emergencia, pero también me correspondía, por deber, resolver los problemas de piso (Así le llamamos aquí a las áreas de hospitalización). El teléfono sonó y requerían mi presencia inmediata en el servicio de neonatos. Acudí lo más pronto posible, dejando a un interno a cargo de emergencia. Encontré a la enfermera y a la técnica llorando y temblando por lo que creían haber hecho.
– ¿Qué es lo que ha pasado? – pregunté preocupado.
– Doctorcito, creo que hemos hecho un lavado gástrico a un bebito con el “enzimático” – Quedé estupefacto y en una pieza. Para los que no lo saben, el “enzimático” es una solución de químicos que se usan para esterilizar y limpiar químicamente el instrumental médico. Hacerle un lavado gástrico a un infante con eso es una negligencia de proporciones mayores, que podía incluso costarle la vida al infante y dejarnos sin trabajo y libertad a nosotros.
– ¿¡Pero cómo es eso de que “creen”!?– pregunté mas exaltado aun.
– Es que los envases son igualitos y creo que me he equivocado de frasco– respondió la técnica haciendo puchero. Me mostraron los frascos, y efectivamente, los frascos en los que se guardaba el suero fisiológico, con que se hacían los lavados gástricos a los bebés vomitadores, no diferían en mucho de los que guardaban el potencial veneno. Sólo ocupaban diferentes estantes. Volví a preguntar a la técnica de enfermería porque sospechaba eso, pero sus respuestas eran vagas e imprecisas, y más parecían un llanto que una solución a la duda. La posibilidad estaba abierta como una puerta al infierno. Inmediatamente me acerqué al recién nacido en cuestión, que reposaba tranquilo en su incubadora, indiferente a nuestro drama; con la sonda naso gástrica, que parecía no molestarle, dormía placido. Pronto lo revisé exhaustivamente y parecía no ser víctima de ninguna negligencia. Nos miramos asustados. Yo era el capitán del barco, algo tenía que hacer. Me enfrentaba a la posibilidad de decidir que todo había sido una confusión, que nada había pasado, olvidar el problema y encontrarme con un bebé muerto o en muy mal estado por la mañana. La otra opción era, ante la duda, dar los primeros auxilios y referir al bebé a un hospital de mayor complejidad para su evolución, aceptando tácitamente nuestra negligencia y exponiendo nuestras cabezas a la guillotina. Tremenda dicotomía, la seguridad del bebé o la seguridad de nuestras vidas. Las dos mujeres se deshacían en llanto y no sabían que hacer, estaban seguras que todas las posibilidades eran un abismo. Felizmente se me ocurrió algo.
– Tráiganme un frasco del enzimático – ordené. La orden se cumplió casi con torpeza, por la desesperación reinante. Abrimos el frasco y procedí a probarlo. Su sabor era amarguísimo, tan amargo como el peor de los recuerdos que el lector acune en sus memorias.
– Ahora tomen una jeringa y extraigan por la sonda el contenido de su estomago…
Ahora puedes verme, lector, probando el sabor indescriptible de lo que, en la práctica, era vómito de bebé obtenido artificialmente. Felizmente su sabor era una delicia comparada a nuestras tribulaciones, un néctar que nos devolvió el futuro que parecía perdido. Las mujeres volvieron en sí, al notar que mi rostro se veía complacido. Probé una buena cantidad, pues, no debían quedar dudas. Definitivamente todo había sido una confusión. De todos modos hicimos un seguimiento exclusivo del pequeño y ordené, como era de esperar, que en lo sucesivo todos esos frascos debían de ser rotulados; no importando si descansaran en estantes diferentes.
Tenía apenas 26 años cuando me sucedió esto. Mirando atrás, no puedo creer que se nos den responsabilidades tan grandes, cuando uno aún es casi otro bebé. Aquel pequeñín, debe de ser un hombre ahora, y estoy seguro que para él no soy siquiera un recuerdo brumoso, ni mucho menos sospecha que alguien, alguna vez, degustó su vómito con placer.
Última edición por M. Charaja el 22 Nov 2018 04:29, editado 1 vez en total.
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M. Charaja
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 13 Nov 2018 04:58

El record

Así es, también hay competencias entre galenos, y no precisamente hablo de jornadas de atletismo o partidillos de fútbol.
Una mañana, mientras atendía consulta en la posta médica de un puerto al que llamamos Matarani, una señora me reconoció y me dijo mirándome a los ojos con cierta seriedad:
– Doctor… ¿No se acuerda de mí?
La observé bien, exploré en su mirada, que suele ser lo que nunca cambia, pero no encontraba esas pupilas misteriosas en nadie que habitara en mi memoria… Sin embargo, al parecer ella si se acordaba muy bien de mí.
– Cómo no se va a acordar de mí… ¡Yo soy la del record… y ella es el record! – me dijo mostrándome con orgullo una niña de mas o menos seis años.
Yo seguía sin entender, de qué diablos podrían estar hablándome. Nadie se presenta a sí mismo ostentando glorias ignotas. Repentinamente interrumpió mi divagación con estas palabras:
– Cómo se ha podido olvidar… usted y el doctor “Fulano” me hicieron la cesárea y recuerdo bien como celebraban…
Por supuesto que el doctor “Fulano” podría también ser el reconocido doctor “X”, pero bastó eso para recordarlo todo. Cuando me fijé mejor en la niña que llevaba de la mano, volví a sentir que el tiempo no es nada. Ella era la pieza del rompecabezas que faltaba y todo encajó a la perfección.
Habrían pasado unos seis años y yo lo había olvidado por completo. En el tiempo de mi internado, en el hospital de una pequeña ciudad costera, haciendo la rotación de ginecología; conocí al doctor al que llamaremos, por razones obvias, “Fulano”. Un gordito bonachón y dueño de una sonrisa contagiante; buen profesor y muy técnico en lo que hacía. Pero como nada es perfecto, había un defecto que le contaminaba. Tenía una secreta obsesión: Batir un record. Baste decir que le llamábamos coloquialmente, y a sus espaldas, doctor “Fulanus Cesareus”. Y es que su obsesión era batir el record, que ostentaban los ginecólogos de la capital de la región, respecto al tiempo que les tomaba hacer una cesárea; que decían los rumores, no oficiales, era de 21 minutos de piel a piel, y con eso me refiero al tiempo que corre desde que el bisturí toca la piel de la paciente, hasta que se coloca el último punto que cierra las entrañas.
El doctor “Fulano” me decía siempre que yo era el mejor de los ayudantes con quien había trabajado. Supongo que le decía eso a todos los internos para estimularlos y mejorar sus tiempos. Por lo general lo hacíamos en poco menos de media hora, que ya era un promedio bastante bueno.
Pero una mañana, lo recuerdo bien, hubo necesidad de hacer dos cesáreas seguidas. Resultó entonces la primera, como un entrenamiento para los dos; una especie de calentamiento previo al torneo decisivo. El tiempo fue el promedio y nada tengo que decir de ello, pues fue una cesárea rutinaria. Entraron luego a sala a la segunda paciente. Descansamos un poco mientras el anestesiólogo hacia lo suyo. El ginecólogo me arengaba y me prometía glorias y fantasías varias, si batíamos el record.
Cuando llegó el momento nos paramos en nuestros puestos, el doctor “Fulano” me miró a los ojos inyectándome sus deseos obsesos.
– ¿Listo? – me preguntó. Yo asentí con la cabeza.
– ¡Anota la hora! – ordenó a la enfermera circulante. Mirando el andar apresurado del segundero del reloj que colgaba en una pared y que parecía iniciar a perseguirle, hizo el primer corte.
La maquinaria empezó a caminar como un reloj suizo. El cortaba con precisión, yo hacía hemostasia y aspiraba según fuera necesario. Las capas se fueron abriendo como un libro sangriento. Expuesto el útero hizo un pequeño corte, lo amplió con una pinza mosquito y luego metió los dedos regordetes para ampliar aun más el orificio por donde vería su primera luz la expectante bebé. Extrajimos pronto a la pequeña, ligamos el cordón y casi tan rápido como el lector ha llegado a esta parte del relato, ella estaba llorando como todos los que venimos a este mundo tan incomodo. Ensangrentada y goteando aun liquido amniótico fue entregada al pediatra. Este la presentó brevemente a su madre. Luego se la llevó para continuar con los controles respectivos. Pero nuestra maquinaria no se detenía. Se extrajo la placenta y comenzamos el camino inverso, cerrando capa por capa. El no terminaba de poner una puntada sin que yo ya la estuviese comenzando a anudar. En verdad éramos un excelente equipo. Cuando dio la última puntada y yo hice mi último nudo, el doctor “fulano” gritó:
– ¡Hora! – Miramos el reloj y rápidamente hicimos los cálculos mentales…
– ¡Dieciocho minutos… hemos batido el record, hemos batido el record! – comenzó a vociferar al filo de la exultación.
Su alegría nos contagio a todos, y a pesar de las diferencias jerárquicas nos abrazamos y reímos juntos por el logro. El resto de personal también celebraba a su manera y todo se convirtió en un jolgorio fuera de lugar donde sólo faltaban los bocaditos. El decía que con dieciocho minutos no sólo habíamos destruido el record regional, sino también el nacional. En el fondo a mi me parecía que daba lo mismo haber batido el record mundial; nuestros nombres no saldrían en los diarios y a nadie le interesaría, que sería un record absurdo, destinado solo para pavonearnos en los círculos médicos. Cierto es que nunca seriamos miembros de un salón de la fama, o algo así; pero era un asunto personal y continuábamos haciendo florituras y comentarios infantiles.
Con la paciente ya en sala de recuperación, mientras nos cambiábamos la ropa verde de sala, no podíamos dejar de hablar de los detalles de lo ocurrido; el aseguraba que haría público su triunfo, pero yo no podía imaginar otra forma que el chisme y el cuchicheo, pues en tal época la internet era aun un rumor de países adelantados y los videos virales un concepto inexistente. Mientras seguíamos hablando de cómo lo hicimos, me di cuenta que tenia los calzoncillos humedecidos de liquido amniótico, pero no me importó, porque la alegría lo anestesiaba todo y su efecto nos duró por lo menos una semana.

Pero el diablo se oculta en los detalles, dice el dicho. Había un cabo suelto que el lector seguramente habrá ya advertido: En todo momento nos habíamos olvidado de que había una persona de por medio, una persona que fue testigo de cómo batíamos un record en su cuerpo. Recordemos que las cesáreas se anestesian sólo con lidocaina epídural y la señora estuvo consciente todo el tiempo…
El destino, siempre sabio y fiel maestro, me devolvió la oportunidad de resarcir el error.
–¡Claro!... ahora me acuerdo – reaccioné a destiempo – a usted le hicimos la cesárea en dieciocho minutos – terminé por decir sonriendo, con soterrado temor, pues había algo que me carcomía de vergüenza.
– Que bueno que se acuerde doctor – ¡Mira hijita! – le decía a su pequeña que me miraba embobada con una incipiente sonrisa – ¡él es uno de los doctores que te hicieron nacer!– Pero yo no podía contener más la vergüenza y me atreví a preguntar:
– Ahora dígame usted algo señora, y espero que sea sincera… ¿No le molestó que le hiciéramos la cesárea tan rápido?
– ¿Molestarme? – Soltó una carcajada – yo me moría de miedo y si me hubieran hecho la cesárea en cinco minutos mejor… ¡Lo único que quería era salir de ahí!

Y así cerré ese círculo y me quedé con la enseñanza adherida a mí como una cicatriz: No se debe batir ningún record en seres humanos, al menos no mientras estén despiertos.
Como colofón, debo decir, para los que piensen que el doctor “Fulano” operaba mal por apurado, que muy equivocados están. Como prueba de ello doy fe, que algún tiempo después, mis dos hijos vinieron al mundo por sus manos. Definitivamente éramos un buen equipo.
Última edición por M. Charaja el 22 Nov 2018 04:27, editado 1 vez en total.
A la sonrisa que en mis sueños no negaste, a mis sueños que no pudieron realizarse.


Esta claro:
Cuando era joven me refería al amor, ahora me refiero a la vida

M. Charaja
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Re: Paisajes de la vida (Relatos varios)

Mensaje por M. Charaja » 17 Nov 2018 05:07

Dos proyectos han consumido obsesivamente algo de mi tiempo.

Canciones buscan cantantes fue mi primer intento, si te pica la curiosidad lector, en este enlace te presento a uno de mis hijos. Él hablará por mí.

https://www.youtube.com/watch?v=03mn1am8DzA

Un mensaje en la botella es el otro. Es el que me coge del cuello y me obliga a postear estas cosas, que a veces creo que nadie lee...

En esta vida he naufragado. No hablo de los logros del espíritu ni de los placeres fatuos de la carne. Hablo de los sueños, de los anhelos inmanentes que todo ser humano abriga cuando comienza la aventura de la vida. Es así, que sin rumbo conocido partieron en un lejano ayer mis deseos por el arte... no llegaron a ninguna parte. Hoy desesperado ya, en este atardecer insoslayable, tomé la difícil decisión de enviarlos a cualquier parte. UN MENSAJE EN LA BOTELLA voyará adormecido en un mar incalculable, navegará solitario a pesar de ser escudriñado por mil ojos... esperando paciente su destino.
A la sonrisa que en mis sueños no negaste, a mis sueños que no pudieron realizarse.


Esta claro:
Cuando era joven me refería al amor, ahora me refiero a la vida

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