El encantador de serpientes (Relato)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

Moderadores: kassiopea, Megan

Responder
Malz
Lector ocasional
Mensajes: 34
Registrado: 06 Dic 2017 19:51

El encantador de serpientes (Relato)

Mensaje por Malz » 28 Dic 2018 13:58

El oficio de encantar serpientes lo había heredado de su padre. No era algo que le apasionara demasiado, pero nunca había aprendido a hacer otra cosa. Tampoco se interesó en perfeccionar su arte; su acto (dicen los entendidos) era de lo más sencillo, pero lo hacía de manera impecable, sin pensar, como cualquier otro hábito que alguien aprende a temprana edad y que continúa ejercitando a lo largo de los años. Jamás consintió (como la mayoría de sus colegas) el utilizar serpientes amaestradas o libres de veneno, y no por algún invento metafísico como el honor o la honestidad, conceptos que él desdeñaba, sino porque así se había acostumbrado a trabajar desde pequeño. Se sentiría (solía explicarle a los curiosos que se maravillaban de su valentía) tan incómodo como un carpintero al que le cambiaran todas las herramientas.

Sus primeros recuerdos están necesariamente relacionados con su trabajo. Sintiendo el picor de las hojas de pata de buey en la oreja, rascándose hasta el dolor las piernas comidas por los mosquitos, observaba a su padre mientras danzaba erráticamente para evitar la mordida de la culebra; sus brazos semejaban otras dos serpientes; sus bigotes ralos, un par de rambutanes negros. Y luego, los espasmos febriles, los corales brotando de la boca, hinchada como una babosa gorda, la respiración que se oía como el serrucho de los taladores en el monte. Nadie supo nunca qué edad tenía cuando murió.

No hubo mucho tiempo para la congoja. Muy pronto comprobó que la gente es más daditativa con los huérfanos, y se alegró al razonar (erróneamente) que desde ahora todo el dinero se gastaría en alimentos, y que ya nunca más su estómago volvería a sonar como la madriguera de un tucu-tucu. Previsiblemente, quizás, no tardó mucho en aprender los mismos vicios que habían entusiasmado a su progenitor. Poco a poco las pocas monedas que ganaba (y que rápidamente convertía en lícor, como buen alquimista) empezaron a ser insuficientes. Hizo falta entonces buscar otros rubros. Probó suerte en el hurto, pero no era especialmente talentoso, y luego de unas cuantas palizas que le dejaron la cara como un morrón, decidió que ningún empleo era el adecuado para él. Siendo aún un niño, se las arregló para satisfacer a una gorda de pocas virtudes que manejaba una red de niñas vendidas por sus madres para ser esclavizadas, y que le concedió las primeras comidas decente que probó en su vida. Sin embargo, se vio obligado a escapar en cuanto fue descubierto con la mercadería prohíbida, mientras aprendía secretamente lo que era el amor.

Desde entonces no hizo sino hundirse en los malos hábitos, y la gente del pueblo hubiese tomado por un milagro el que viviera más tiempo que su padre. Era común verlo en las veredas de los lupanares, mendigando alguna moneda para mendigar luego algún favor, o danzar de maneras extrañas, sostiendo una o dos víboras en cada mano, para sonsacarle alguna sonrisa y algún trago a sus nefastos amigos. Es curioso, sin embargo, que fueran precisamente esos malos hábitos, y un golpe repentino de suerte, los que lo dispensaron de la miseria.

Habiendo partido de su villa en busca de ojos más receptores de su arte, la providencia tuvo a bien que lo vea un viejo gordo (pero no un viejo gordo cualquiera, como se verá más adelante) en medio del puente Libertad, justo cuando caminaba como un zombi, completamente drogado con nuez moscada. Tenía los brazos abiertos, a la manera del cóndor o de Jesucristo, y sólo llevaba por atuendo un racimo de culebras que le colgaban del cuerpo desnudo como harapos embarrados, o como collares de filigranas de cobre. El viejo, que se dirigía en dirección de las ferias en busca de las ropas coloridas que saben confeccionar las matronas de las orillas, pues era dueño de un circo infame (que era, al menos en esas regiones y en esas épocas, lo máximo a lo que podía aspirar un circo), quedó maravillado con la visión de ese santo que caminaba en trance, hablando en un idioma ancestral, vestido con serpientes que recorrían religiosamente su carne, y lo saboreaban, y no lo mordían. Ni bien vio el prodigio, supo (o creyó saber) que lo que tenía delante suyo era un auténtico dineral.

Desde entonces su vida cambió drásticamente. Conoció muchos rostros, cada uno más singular que el anterior, y de todos aprendió algo. De un sujeto pequeño con fuerza sobrehumana aprendió a apreciar la música, y a ver los auténticos colores que se esconden detrás de los sonidos; de una señora que podía girar su cuello como una lechuza, aprendió a contar hasta un millón; de un negro fornido capáz de escupir fuego, aprendió a hablar para atrás, a escribir como en un espejo, y a olvidar dónde estuvo para recordar dónde estará; de un anciano que se ataba la barba en la cintura y que podía levitar, aprendió apoyar la oreja en la tierra, y reconocer así los pasos de cada persona en 100 metros a la redonda. Con la ayuda de una hechicera logró exorcizar algunos (no todos) de los demonios que tenía dentro, entre los que estaba el fantasma de un maobita que había asesinado a toda su familia para luego suicidarse, y el de su padre. Juró que jamás volvería a envenenar su cuerpo.

Recorrió muchos pueblos y recibió buen dinero por su labor. Su acto era sencillo, pero muy bien recibido. Nunca logró acostumbrarse del todo a  los aplausos sonrientes de la tribuna, y éstos lo sorprendían y lo alegraban cada vez. Tan sólo una vez diferenció uno de esos rostros indiscernibles. Muchos años después recordaría aún ese día, con una extraña sonrisa de arco torcido. Fue como si lo cegara la visión de un ángel. Primero vio su perfil, que parecía dibujado con un pincel finísimo de pelo de camello, y luego esos ojos, esa nariz, esa sonrisa, que poblaron sus noches de delirio (pronto sabremos por qué), ya depuradas de toda imperfección propia de la realidad. En ese momento oyó (no con el lenguaje de los hombres, sino con el lenguaje del alma, que es, como todos saben, el que usan los ángeles y los muertos) que esa jóven se llamaba Luminaria González, y que sólo con ella él obtendría permanentemente ese fondo imperceptible de tranquilidad que es lo más cercano a la felicidad que realmente existe. Todas estas cosas las supo en un instante, e iluminaron su mente como un relámpago. Tan concentrado estaba en su distracción, que su cuello no consintió el giro adecuado, y un par de agujas pequeñas le perforaron las venas sin dificultad. Tan sólo un pequeño ardor, pero se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio. Luego la vio a ella, de reojo, pero la vio con claridad, como si su visión fuera de pronto periférica, y supo que lo estaba observando, y sintió que lo estaba juzgando. Quitarse la serpiente con gesto violento hubiese significado salvar su vida, pero también consentir el error, revelar su cobardía, abrirse a la vergüenza. Prefirió mantener la calma, acariciar el cuello infitamente escamoso con delicadeza, y apartarla suavemente, depositándola luego en el suelo con algún movimiento exótico. Así lo hizo, y cayó desmayado.

Los días en el hospital fueron pocos, pero se dilataron indefinidamente con alucinaciones febriles. Tuvo muchas pesadillas (o quizás una sola que luego fragmentó en la memoria): en una veía a una mujer que hablaba sin parar sobre cosas violentas; en otra oía una radio que reproducía siempre la misma canción, que le resultaba insoportable; en otra sentía deseos irracionales de romper un cubo a patadas, pero éste siempre volvía a su forma original; en otra veía el ojo de una mujer, que era bello y monstruoso a la vez; en otra se encontraba en la cima de una escalera, y le aterraba la idea de nunca poder bajar. Pero de entre todas las pesadillas, había una que se le había impregnado radicalmente en la memoria. En ella se veía a sí mismo como un emperador de antaño, vestido con una túnica blanca y sedosa, cruzada por una manta púrpura y coronado con laureles. Permanecía recostado en su litera, mientras un harén de mujeres hermosas y desnudas lo alimentaban y lo apantallaban. Pero al observar sus rostros, notaba en todos ellos una extraña malicia, como si fueran conocedoras de un secreto atroz que solo él ignoraba. Se levantaba perturbado, y empezaba a caminar, pero en todas partes veía guardianes y sirvientes que lo miraban de manera despiadada, escondidos en los rincones oscuros y entre las cortinas, rostros que él conocía, pero que ahora le resultaban extraños. De pronto se veía corriendo por los pasillos del palacio. Se resbala y caía, y se levantaba y se volvía a resbalar. Luego entraba a un gran salón oscuro, rodeado por tablones de madera, perforados aquí y allá por pequeños orificios, sobre los cuales se lanzaba de cabeza para escapar de los pasos y las voces que se oían cada vez con más fuerza detrás suyo. Se lanzaba y caía durante meses en una fosa oscura e inmensa, hasta que finalmente tocaba fondo, y el fondo era un océano de heces negras, y se ahogaba con esas putrefacciones, y de pronto no sabía nadar y se hundía. Sólo entonces una mano gigantesca lo agarraba de los pelos y lo alzaba, y lo mastraba ante el gentío innumerable reunido en torno, en giganteacas gradas que él reconocía, y todos gritaban y clamaban por su muerte. Y él se pensaba una cabeza sola, colgando sin cuerpo, pero al mirar hacía abajo veía los miembros de un bebé, y eso era él, un bebé desnudo y empapado de mierda, agitándose lentamente en la posición que saben poner las arañas para esperar la muerte. Y entonces una espada infinitamente larga se clavaba en su cuello, y lo alzaba hasta el espacio, y lo dejaba colgando allí para siempre (ese imposible espacio de tiempo era posible en el sueño).

Cuando la fiebre amainó, y el tiempo comenzó a funcionar relativamente bien, empezaron a llegarle las noticias del mundo real. Entonces supo por boca de la enfermera que no se había vuelto loco (cosa que le costaba creer), y que había estado al borde de la muerte, agonizando durante tres días. Esto le causó cierto alivio, pues significaba que el circo aún estaba en el pueblo. También supo que durante su inconciencia recibió la visita de varios amigos y del correo. "¿Correo?". Era la primera vez en su vida que recibía correo. "De parte de Luminaria González" le dijo la enfermera, y él la miró como dudando de su existencia. "¿Qué cosa?" le respondió, casi sin poder hablar, y no por los efectos tardíos de la parálisis. Era algo sencillamente absurdo. Había despertado de una pesadilla en un sueño. ¿Luminaria González? Él recordaba muy bien ese nombre, era el único que recordaba. Luminaria González. Luminaria González. Luminaria González. Lo repetía hasta que se volvía un mantra. Lumináriagonsales. Hasta que las palabras se caían y quedaba el concepto solo, revoloteándo en su cabeza como una luciérnaga. Le pidió a la enfermera que por favor se la leyera, pues la escritura era un misterio para él. La mujer, que era muy entusiasta en los asuntos amorosos de terceros, no tuvo ningún reparo. En la carta la jóven le comentaba cuán maravillada había quedado por su bodad al haber preferido poner en riesgo su vida antes que la de la serpiente. Le confesó que, en un comienzo, había asistido sin mucho ánimo a la función, más bien forzada por las insistencias de sus amigos, pero que luego de presenciar ese acto tan noble, no pudo dejar de pensar en él, y que se disculpaba por la impertinencia de enviarle una carta, ella que era una perfecta desconocida. Nada sabía que a él no le resultaba una desconocida, para nada. Sobreponiéndose a la adrenalina, le pidió a la enfermera que tanta felicidad le había traído que le confeccione una carta. Y así comenzó ese comercio tan abrupto que es el intercambio de cartas. La felicidad inefable de oír su nombre, de oír "tiene correo"; la presión sofocante de no decidir qué ponerle; el terror de pensar que nunca recibirá una respuesta, y que nunca sabrá por qué.

La carta más esperada, la más deseada, finalmente llegó. Aún después de que se la leyeran, él se quedó largo rato viéndola, estudiando sus caractéres. Se le hacía sencillamente increíble que en ese manojo de garabatos estuviera cifrada la felicidad. El día martes iría a visitarlo. Y él pensaba "increíble, falta tan poco, pensar que para el miércoles ya habrá sucedido", y no concebía la idea de que hubiera un día después del martes. Si bien nunca fue alguien que se preocupara demasiado en su aspecto personal, esta ocasión justificaba el levantarse de la cama, a pesar del dolor insoportable, y arreglarse un poco. Pero entonces la visión en el espejo lo impactó. Su rostro apenas conservaba los rasgos que él recordaba en él. Desde la oreja hasta la boca, todo el flanco derecho parecía haber estado sumergido en un balde de jugo de moras durante días. Un párpado estaba perceptiblemete más caído que el otro. Sólo entonces observó sus brazos, su torso, sus piernas. Todo su cuerpo estaba salpicado de manchones bermejos, producto de las quemaduras internas. Se desconoció, se dio asco, se produjo repulsión. "¿Y cómo ella va quererme así?" pensó, y mirando el poster de Casablanca, intentó imaginar en qué mundo posible ella observaría enamorada ese rostro horrendo que él acababa de descubrir, y sintió una vergüenza que lo obligó a sacudir la cabeza. "¿Podremos vivir para siempre con las luces apagadas?", "¿podré, para siempre, vivir de perfil, tan sólo mostrando el lado derecho de mi cara?". Estas cosas pensó momentos antes de escaparse del hospital.
Y si el soñador se despertara...

Avatar de Usuario
evilaro
Lector voraz
Mensajes: 197
Registrado: 28 Jul 2016 10:51
Ubicación: Barcelona

Re: El encantador de serpientes

Mensaje por evilaro » 28 Dic 2018 16:53

Maíz:

Preciosa historia, muy bien contada, y un final muy bonitol y... esperado.

Felicidades

Emilio

Malz
Lector ocasional
Mensajes: 34
Registrado: 06 Dic 2017 19:51

Re: El encantador de serpientes

Mensaje por Malz » 02 Ene 2019 06:16

evilaro escribió:Maíz:

Preciosa historia, muy bien contada, y un final muy bonitol y... esperado.

Felicidades

Emilio
Me alegro que le haya gustado.
Y si el soñador se despertara...

Avatar de Usuario
lucia
Cruela de vil
Mensajes: 65404
Registrado: 26 Dic 2003 18:50

Re: El encantador de serpientes

Mensaje por lucia » 03 Ene 2019 16:11

Poca fe tenía en Luminaria nuestro prota. Quién sabe si le hubiese aceptado, especialmente una vez bajada la hinchazón provocada por la picadura de la serpiente. :lista:

Responder