Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida cuarta parte)

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Raúl Conesa
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Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida cuarta parte)

Mensaje por Raúl Conesa » 06 Abr 2019 22:34

Nota: El relato está disponible también en Wattpad. https://www.wattpad.com/716111192-balas ... C3%A1culos

Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos

Una hermosa mujer me dijo en una ocasión que la vida es todo lo que pasa mientras decides qué hacer con ella. La expresión que mostraba lo que quedó de su rostro me dio a entender que una bala en la frente no era la respuesta que ella esperaba. Uno tiene que tener principios, ¿no? No voy a dejar que ningún demonio de los cojones me venga con charlas pseudofilosóficas; no después de haberme pasado tantos años de mi vida persiguiendo a esos engendros.

En fin, otro día, otro capullo que vuelve a su agujero privado en el infierno.

Es curioso cómo la vida no deja de darte sorpresas. A los cuarenta creía tenerlo todo decidido: levántate, desayuna, mata a algún pobre desgraciado al que ha tocado la lotería demoníaca, echa un trago, y vuelta a la cama. Y entonces voy y me entero, no sólo de que tengo un hermano, sino que además el cabrón es el señor de los avernos. ¿Cómo se supone que tiene que reaccionar uno a éso? ¿Debería haberle llamado, decirle "eh, oye, resulta que somos hermanos", "por cierto, siento haberme pasado la vida dando caza a tus putos lacayos"? La verdad es que me dio un poco de envidia que alcanzara semejante puesto. Al menos en mi lado de las cosas uno necesita un par de alas blancas para llegar alto. Pero no me quejo; lo cierto es que me gusta mi trabajo, incluso teniendo un jefe tan estirado. Lástima por los pobres desgraciados que se ven poseídos por esos cabrones, pero es lo que toca. Dios nos da cartas distintas a todos: algunos tenemos un .44 y balas bendecidas, y otros un alma débil y una pésima suerte.

Debido al debacle que ha resultado del asunto del señorito infernal, no me ha quedado otra que redoblar esfuerzos. No sólo es que tenga que probar mi lealtad (Como si no llevara treinta y siete años metido es ésto), sino que además mi jefe me echa la culpa del lío que se ha montado. Al parecer, matar al mandamás de los infiernos sólo sirve para crear más caos. Las posesiones se han disparado desde que presté una bala a mi hermanito, y ahora estoy hasta el cuello de niños que lanzan fuego por la boca y viejecitas a las que ha crecido algún tentáculo en partes del cuerpo que uno no querría ver ni en fotos.

Suerte que las balas no se restan del sueldo.
FIN
Última edición por Raúl Conesa el 28 Jul 2019 17:32, editado 4 veces en total.

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hexagono69
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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por hexagono69 » 07 Abr 2019 09:44

Guay!! :wink:

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Raúl Conesa
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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por Raúl Conesa » 07 Abr 2019 12:35

Gracias.

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lucia
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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por lucia » 07 Abr 2019 16:09

Pues sí. Y muy gráfico lo de las viejecitas con tentáculos. :lol:

Eso sí, aunque me esperaba lo de la lucha a muerte entre los hermanos, me sorprendió que la liquidases con un infierno caótico por el vacío de poder. Funciona bien :D

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Raúl Conesa
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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por Raúl Conesa » 07 Abr 2019 17:22

Lo pensé como si fuera una guerra de bandas, o un cártel de la droga. Al matar al líder, los demás intentan llenar el vacío de poder, y éso deriva en descontrol y caos. En cierto sentido, es como si el diablo fuera un mal necesario, ya que mantiene un cierto orden, y de todas formas otro tomará su posición si muere.

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por Megan » 13 Abr 2019 18:05

Muy bueno el tema y la narración, bienvenido :D

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por Raúl Conesa » 13 Abr 2019 18:10

Te lo agradezco.

Viene bien escribir algo menos serio de vez en cuando. La novela que escribo ahora tiene bastante drama (Y la primera que escribí incluso más), y realizar este tipo de relatos es una forma perfecta de destensar la mente.

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Microrrelato)

Mensaje por Megan » 13 Abr 2019 19:32

Totalmente de acuerdo, escribir siempre estresa, sobre todo si es dramático o muy terrorífico, pero la comedia siempre desestresa, a ver qué nos traes :D

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Segunda parte

Mensaje por Raúl Conesa » 14 Abr 2019 19:08

Primera aventura "standalone" del cazador:

Demasiadas patas


Soy un hombre de ciudad. Ésto no ha evitado, sin embargo, que en ocasiones la Agencia me asigne a zonas rurales. A diferencia del jefazo, los cazadores no estamos en todas partes, por lo que a veces no hay ninguno en el área donde se produce una posesión. Es entonces cuando se transfiere el caso al cazador más cercano, que, dependiendo de la parte del mundo de la que hablemos, bien puede estar a cientos o incluso miles de kilómetros.

Estas situaciones conllevan ciertas peculiaridades. Por un lado, es sencillo mantener nuestras actividades en secreto, ya que la víctima puede no tener un solo vecino en kilómetros a la redonda. Por otro lado, la tardanza en erradicar la amenaza otorga tiempo al demonio para mutar el cuerpo de la víctima, lo que significa enfrentarse a lo desconocido. Un poseído alcanza el máximo estado de mutación entre los días nueve y doce, y desde ese momento ya no queda nada de la persona, siendo el resultado un demonio hecho y derecho. En todos estos años he visto criaturas de lo más extrañas, desde bolas de pinchos con cinco bocas hasta globos de carne flotantes.

Todo ésto me lleva al caso de Oliver Grant, un acaudalado granjero del norte de Iowa, y a los sucesos que tuvieron lugar entre los días 12 y 19 de abril, allá por el 78. Me habían trasladado temporalmente a la diminuta capital del estado, Des Moines, a la espera de un reemplazo permanente para el único cazador de Iowa, que se había jubilado un par de días antes.

Recibí la llamada el miércoles 19 por la mañana. Era un día sofocante, y en la radio no dejaban de poner Night Fever de los Bee Gees. Me metí en el coche y le di al pedal con el desayuno aún en al gaznate. Por aquel entonces tenía un Trans AM plateado de nombre Polvorín, debido a cómo petardeaba al pisar a fondo el acelerador; éso sí, bonito era un rato.

Llegué a la enorme finca de los Grant al mediodía. Por culpa del calor, iba con la ventanilla abierta, así que lo primero que noté fue la peste. Un hedor a muerte y putrefacción impregnaba el ambiente. Me puse alerta de inmediato, y desenfundé al viejo Smith & Wesson, sólo por si acaso. La causa del olor me fue revelada al rodear una ligera colina. Que me parta un rayo si no había al menos quinientas reses descuartizadas y esparcidas por toda la finca. Menudo festín se había dado el hijo puta. Las nubes de moscas eran tan grandes que parecían bandadas de pájaros.

Conteniendo las arcadas, llevé a Polvorín hasta el porche delantero de la vivienda, y empecé a mirar a mi alrededor con el .44 en la mano. Había un silencio sobrecogedor. Esparcidas por la fachada y los campos se secaban al sol incontables manchas de sangre, algunas alargadas, como de arrastrar un cuerpo, y otras circulares, como si algo se hubiera desangrado en el sitio. No había rastro del demonio, así que salí del coche y di un par de vueltas frente a la casa.

Y entonces lo vi.

Al principio me pareció que era un oscuro montículo con ramas que surgían en todas direcciones; pero al observarlo detenidamente, me di cuenta de que estaba enrollado sobre sí mismo como un zurullo gigante. Estaba a unos cien metros, en medio de un campo vallado, y lo rodeaban una docena de vacas convertidas en jirones de carne y huesos rotos. Tenía un cuerpo delgado, como una especie de gusano de quince metros, y a lo largo de su grotesco cuerpo segmentado, dos hileras de huesudas patas arañaban el aire. En cierto modo me recordó a un ciempiés de un metro de altura, aunque con un grueso y parduzco exoesqueleto.

Me habían dicho que la posesión tuvo lugar el lunes. ¡Mis huevos el lunes! Ese bicho llevaba mutando al menos una semana. Así constó en mi informe, que incluyó algún que otro insulto a los meapilas del servicio de alertas.

Sabía que el S&W no era suficiente para perforar esa armadura, así que dejé el sombrero y la chaqueta en el maletero, me remangué la camisa, y abrí el estuche del AKM. Con el rifle en la mano, agarré un tambor de setenta y cinco balas, y cargué el arma con munición bendecida. Antes de volver al coche, cogí otro tambor y lo tiré al asiento del copiloto.

Apoyado en el techo de Polvorín, me quedé mirando a la montaña de carne insectoide.

De primeras me di cuenta que con tantas patas tenía que ser rápido, así que descarté cualquier posibilidad de atacar a pie. Las balas bendecidas son mano de santo para matar demonios, pero cuando se hacen tan grandes, su efecto se vuelve más una molestia que una muerte explosiva. El problema, por lo tanto, era mantenerme a salvo mientras le descerrajaba la artillería.

Llegué a la conclusión de que Polvorín tendría que sacarme del apuro. Me metí al coche, saqué el cañón del AK por la ventanilla, y arranqué el motor. Tenía hectáreas de campo abierto y un rifle de asalto. Manteniendo a la criatura a la izquierda del coche, me acerqué hasta tenerlo a veinte metros, y apunté detenidamente. Un par de balas bastaron para sacarlo de su estupor. El bicho se estiró sobre sus patas, irguiendo la cabeza un par de metros por encima del resto.

Ahora, tengo que decir que, aunque he visto de todo, hay una cosa a la que nunca me he acostumbrado, y es cuando aún quedan partes del cuerpo humano en una mutación avanzada. Los brazos que salían de detrás de las pinzas bucales podían tener un pase, pero ver con claridad la nariz y los ojos de Oliver Grant envió un escalofrío a lo largo de mi espina dorsal. La parte superior era humana hasta un punto inquietante, pero su boca se había tornado en un embudo repleto de colmillos, unos colmillos que no tuvo reparos en mostrar al salir disparado hacia mí.

Y joder si era rápido.

Pisé a fondo el acelerador, haciendo petardear a Polvorín, y empecé a dar vueltas, intentando con mayor o menor éxito mantener el engendro a la izquierda, y destrozando el vallado de la finca a mi paso. El problema, por supuesto, era disparar y conducir al mismo tiempo. Cada pocos segundos tenía que soltar el AKM para cambiar de marcha, así que mis tiros no eran precisamente constantes, o constantemente precisos. Además, el desgraciado tenía un exoesqueleto tan gordo que la mayor parte de las balas rebotaban sin más, lo que no dejaba de ser un incordio. De setenta y cinco balas no creo que le entraran más de cuatro.

Al verme con el cargador vacío, tomé cierta distancia con el coche, y paré para recargar. El destino no estaba de mi parte, sin embargo, y el segundo tambor había volado hasta el asiento trasero. Por aquel entonces aún era bastante joven, así que no me avergüenza admitir que cometí un error de principiante. En vez de ganar más distancia, empecé a rebuscar entre los asientos, y para cuando encontré el cargador, el puto Oliver Grant alcanzó a Polvorín, hundiendo hasta el fondo sus mandíbulas con forma de pinza. El coche por poco no termina volcado, y yo, que había salido disparado, me estampé contra la puerta de la derecha.

El bicho se había empotrado por encima de la rueda trasera, y ahora se enrollaba como intentando comerse a Polvorín, o tal vez copular con él; aunque, como no entiendo de apareamiento infernal, prefiero pensar que tenía hambre. Dejé el AKM y salí echando leches, intentado por todos los medios no tocar al señor Grant, no fuera a darse cuenta de que intentaba engullir un montón de metal y parte de mi traje.

Habiendo tomado una distancia prudencial, me quedé mirando con el .44 en la mano cómo el engendro despedazaba al pobre Polvorín. Estaba en medio de ninguna parte, por lo que no tenía esperanzas de salir corriendo. En cuanto sus mandíbulas abrieron en dos el tanque de combustible, saqué el zippo de mi bolsillo, me encendí un último cigarrillo con mi mechero favorito, y lo sacrifiqué en el altar de la victoria.

Una bola de fuego envolvió al bueno de Oliver Grant, y éste, retorciéndose de dolor, se giró y corrió hacía mí con un grito que me heló la sangre. Odio cuando me pasa éso. Había sacrificado mi coche, mi chaqueta, mi sombrero, mi mechero, mi AKM y decenas de balas, y aun así el cabrón no tenía la decencia de morir.

Sin moverme del sitio, amartillé al señor Smith & Wesson, y esperé a que el demonio se acercara. En cuanto lo tuve a un par de metros, apreté el gatillo. La bala se metió por su fosa nasal, e hizo que el cerebro le explotara dentro de la cabeza. Sus sesos brotaron como la erupción de un volcán, y el cuerpo se detuvo frente a mis zapatos. Aunque no era muy respetuoso con el fallecido, le propiné una patada cargada de desprecio, y empecé a caminar hacia la casa para llamar al servicio de limpieza.

Aún sonaban los Bee Gees mientras me alejaba del coche.

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida segunda parte)

Mensaje por lucia » 19 Abr 2019 19:46

Pobre Polvorín, y mira que se olía desde que hablaste del otro coche que no iba a acabar bien.

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Segunda aventura

Mensaje por Raúl Conesa » 12 Jun 2019 02:02

Segunda aventura del cazador, esta vez en Francia:

Pronóstico de lluvia ácida

El 26 de abril de 1986 una lengua de humo y gases radioactivos se extendía por media europa, portando consigo la promesa de mayores índices de cáncer y nacimientos con deformidades; yo, por mi parte, mataba a un bebé. Gajes del oficio, supongo. Esas cosas pasan a veces. Pero creo que me estoy adelantando a los acontecimientos. Retrocedamos unos minutos, al momento en que llamé a la puerta de los Martel, una familia de buen nombre con una cría un tanto peculiar.

Llegué al casoplón de los Martel en compañía del padre Antoine, mi fiel escudero durante el par de años que estuve destinado en París. El bonachón de Antoine, que tenía en aquellos tiempos 82 años, transmitía la sensación de estar a punto de colapsarse sobre sí mismo cual estrella moribunda, tal era su delgadez. Hasta el alzacuellos le quedaba holgado. Yo vestía un atuendo parecido por culpa de la película “El exorcista”. La gente se había hecho una idea del aspecto que debemos tener, aunque pocos sabían entonces que tanto el libro como la película son piezas de propaganda de la Agencia. La idea era convencer a la gente de llamar a su iglesia al notar algún comportamiento extraño en sus familiares. Objetivo cumplido, desde luego, pero siempre me molestó adaptar mi vestuario al estereotipo asumido por el público general.

Los Martel vivían en la encantadora comuna de Saint-Cloud y, como todos los residentes de Saint-Cloud, eran unos ricachones elitistas; aunque por suerte también eran católicos, así que el instante que llamaron a su iglesia para pedir ayuda la información pasó directamente a la Agencia. Los curas han sido siempre los peones de esta guerra en la sombra, la cara familiar y amigable que dice a la gente que sus seres queridos están poseídos, y que los cazadores somos los exorcistas que les solucionarán la papeleta. Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Ni el agua bendecida ni el poder de Cristo obligan a los demonios a hacer nada. La solución es un tiro en la cabeza. Los curas lo saben, desde luego, pero se les da bien mentir. Será por la práctica.

Cuando llegamos a la puerta principal, después de recorrer el jardín delantero y contemplar los manzanos, llamé al timbre, y pasados unos segundos abrió la puerta la señora Martel. Lo primero que llamó mi atención fue que vistiera un elegante atuendo en su propia casa, y además en una situación como aquélla, recibiendo la visita de dos curas para realizar un supuesto exorcismo a su bebé. Aunque qué sabré yo de prioridades; no tengo hijos, al menos que yo sepa. La señora Martel lucía, además de su bonito vestido a rayas, una reluciente y cuidada permanente y una orgía de joyas de oro a juego con sus rizos. Ciertamente se la notaba preocupada. Su marido, un cazafortunas al menos quice años más joven que ella, compartía su inclinación por la moda, y nos recibió en el salón con un traje de tres piezas que gritaba bien alto “puede que mi hija esté poseída, pero mira qué tipito tengo”.

Tras las preguntas pertinentes, indiqué al matrimonio que me enseñaran la habitación de la pequeña Jacqueline, y los cuatro subimos al segundo piso. Ya arriba, giramos a la derecha y nos dirigimos a la habitación del fondo, donde descubrí la primera señal de que la cosa no iba a ser tan sencilla como yo habría deseado.

Lo único que había en la habitación, aparte de la decoración, eran los restos parcialmente derretidos de una cuna y un humeante agujero en el suelo. Incluso de no haber visto “el octavo pasajero”, no habría tardado mucho en llegar a la conclusión de que la pequeña Jacqueline sufría de un severo caso de reflujo ácido. Los afortunados padres, desde luego, se quedaron harto perplejos. Sabiendo que el asunto no iba a resolverse con un solo disparo, indiqué con disimulo a Antoine que se los llevara de vuelta al comedor, y que llamara al servicio de contención.

Una vez a solas, eché un vistazo por el agujero y vi un coche. Al garaje, pues. Ya abajo, se me cayó el alma al ver el horror que allí me esperaba. Los Martel tenían dos coches. Por un lado, había al fondo un BMW Serie 6 negro en buenas condiciones, hasta ahí nada alarmante, salvo el horrible diseño acartonado propio de principios de los ochenta. El problema era el Austin-Healey 3000 verde metalizado y blanco, ya un clásico por aquellos tiempos, una preciosidad digna de un museo. El precio de ese ejemplar cayó en picado al caerle una vomitona ácida en el capó. Ver semejante destrozo me hirió bien hondo. Por primera vez en mi vida tenía ganas de matar a un bebé.

Cerrando la puerta a mis espaldas, saqué de la sotana mi PPK del 32. Personalmente, prefiero usar revólveres antes que semiautomáticas, pero trabajar en la ciudad requiere de cierta discreción, y un silenciador ayuda una barbaridad en ese aspecto. Poco a poco recorrí el garaje con la pistola en alto, comprobando cada oscuro recoveco. No fue hasta que miré bajo el BMW que oí algo raro.

Un ruido metálico, como de arrastrar una llave inglesa, sonó a mis espaldas. Enseguida me erguí y miré en dirección al sonido. En la esquina del fondo, sobre una mesa situada frente a un panel de herramientas, me miraba un angelito de pelo rubio con un par de peludas patas de tarántula entre los brazos y las piernas. Mis oídos no me habían fallado, pues Jacqueline sostenía una llave inglesa entre sus diminutos deditos de bebé.

Sin esperar a que el demonio se presentara formalmente, alcé la PPK y solté dos tiros antes de darme cuenta de que la cría ya se había esfumado. Un gruñido sonó desde el techo del Austin-Healey, y de pronto la llave inglesa volaba en dirección a mi cara. Apenas pude reaccionar a tiempo. La herramienta se estrelló con un estruendo en la pared que tenía detrás, haciendo volar escamas de pintura y dejando un boquete en los ladrillos. Para cuando volví a mirar a Jacqueline, la muy hija de puta ya se había escondido.

Empecé a buscar con sumo cuidado, y fue entonces que la escuché reír por primera vez. La desgraciada se estaba riendo de mí, como si éso fuera un juego. Cada segundo que pasaba me cabreaba más con la cría, y al minuto de jugar al escondite escuché unos golpecitos que venían de arriba. Alcé la mirada, y ahí estaba ella, colgada del techo como una jodida araña. Viéndole abrir la boca, se me disparó el corazón, y salté con todas mis fuerzas entre los coches, justo a tiempo de evitar la lluvia.

Al recuperar el aliento que perdí con la caída, apunté al techo y descargué la PPK. Tiro tras tiro, el bebé esquivó las balas correteando por el techo cual asqueroso bicho, y terminé por agotar el cargador. Me levanté tan rápido como pude y saqué otro de la sotana. Mientras recargaba, vi a Jacqueline descender por el panel de herramientas, y cogió la más grande de las llaves combinadas. Sabiendo lo que venía a continuación, me arrojé tras el Austin-Healey, y vi cómo la llave se clavaba en la puerta del garaje.

Al volver a apuntar al bebé, vi en el último segundo que se acercaba otra herramienta. No llegué a apartarme del todo, y las tenazas me alcanzaron de refilón en el hombro izquierdo, enviando una dolorosa vibración a través de mi cuerpo. Alcé la pistola y empecé a disparar con una sola mano, pero seguía el mismo cuento. La cría era demasiado ágil. Subía y bajaba por las paredes sin ningún esfuerzo, y llegado cierto punto me vi con una sola bala y ningún cargador adicional. Para evitar que siguiera arrojándome herramientas, me acerqué a la mesa y esperé a que el bebé llevara a cabo su siguiente jugada.

Acababa de verla meterse bajo el BMW, así que me agaché con la pistola al frente. Jacqueline salió disparada hacia mí desde debajo del coche, y yo apreté el gatillo por puro instinto. No debió ser más que una rozadura, pues sólo su pierna derecha voló convertida en papilla roja, y la cría se estrelló contra la mesa. Mientras se retorcía en un charco de sangre y músculo licuado, tiré la PPK y cogí un hacha de jardinería del panel; sin embargo, antes de que pudiera partirle la crisma al bebé, éste se había subido por la pared, y me miraba con unos ojos que sugerían una ducha cáustica.

Me lancé tras el BMW con la celeridad que otorga el no querer verte con las tripas al aire, y de nuevo el golpe me dejó sin aliento. Al levantarme, vi a Jacqueline moverse por el techo de una forma notablemente más dolida y pausada. Se dirigía al agujero del techo, sin duda para escapar de mí, así que me posicioné con el brazo en alto, coloqué los hombros firmes a la misma distancia que los pies, y arrojé el hacha con todas mis fuerzas. La herramienta alcanzó al demonio a la altura de las costillas, y la envió volando a la pared con un chirriante alarido.

Por fin pude darme un pequeño respiro, pero sabía que la cosa no había acabado, así que me acerqué al panel de herramientas y cogí un martillo de bola. Al acercarme a la puerta, vi a Jacqueline arrastrándose por el suelo con su desmadejado cuerpo casi partido en dos. En un burdo intento por manipularme, el demonio inició un ataqué psicológico al fingir llorar como un bebé. Por fortuna ya lo había visto un par de veces y, no queriendo alargar más la cosa, me incliné y aplasté su cráneo de un martillazo, poniendo punto y final a la posesión.

Al volver al comedor, pregunté sin mucho disimulo si el padre Antoine había llamado al servicio de contención, tal y como le había pedido. El viejo asintió, y yo me dirigí a la cocina sin responder a los interrogantes de los Martel.

Les esperaba a ambos un borrado de memoria bien largo, y a mí una copa y un pitillo bien merecidos.

FIN

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida tercera parte)

Mensaje por lucia » 14 Jun 2019 20:41

Vaya bicho mas desagradable y que bien consigues transmitir el asco y crear la imagen de la niña-tarántula correteando por el techo...

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida tercera parte)

Mensaje por Raúl Conesa » 14 Jun 2019 21:31

Mientras lo escribía me preguntaba si alguna vez habré leído una frase como "Por primera vez en mi vida tenía ganas de matar a un bebé", y llegué a la conclusión de que no es así. Tenía un conflicto sobre en qué punto de la balaza quería situar la historia. Por un lado está el humor negro que no puedo evitar meter en todas partes, pero por otro está el asunto de matar a un bebé, que por norma general echa atrás a la gente. La solución fue convertir el bebé en algo tan molesto y desagradable que a nadie le pueda despertar ninguna simpatía. Quería meter una frase en la que el protagonista la llamara "la extraordinaria araña saltimbanqui", pero no se presentó ninguna oportunidad.

La idea de esta historia me surgió, por cierto, mientras veía en HBO la miniserie de Chernobyl. Muy recomandable.

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida tercera parte)

Mensaje por lucia » 15 Jun 2019 20:56

Eso parece, al menos por lo que se comenta en el subforo y en mi entorno.

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Re: Balas bendecidas y viejecitas con tentáculos (Añadida tercera parte)

Mensaje por Ginebra » 10 Jul 2019 20:50

genial, Raúl, me gusta tu estilo :D
Habrá más?
Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias. Eduardo Galeano

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