La serie de los pecados capitales:III. Lujuria

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Katia
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La serie de los pecados capitales:III. Lujuria

Mensaje por Katia » 23 Ago 2010 19:30

LUJURIA

Imagen

Napoleón probó el sexo por primera vez con 14 años. A los doce ya había dado su primer beso con lengua. A los trece se había enrollado con varias chicas de su edad.

Sufrió una eyaculación precoz en su primer coito, y resolvió seguir ensayando.

Napoleón era un querubín rubicundo de ojos celestes y cuerpo enjuto. Sus ojos expresaban un desvaído desinterés por todo lo circundante.

Los adalides de la virginidad, masculina o femenina, alabando sus bondades, señalan que es el estado ideal para los jóvenes: la ansiedad de sexualidad y el misterio de lo aun no conocido, alientan al joven a emprender grandes empresas que de otro modo ni pensaría en acometer. Es la energía motriz inhibida que más puede impulsar al individuo a buscar en el trabajo duro o en la creatividad artística lo que no está satisfecho en sus instintos.

Pero todo esto a Napo le ha importado un soberano bledo. Él no ha pensado. Sencillamente, ha actuado.

Le sorprende a Napoleón, echando la vista atrás, lo que sintió en su primer beso con Caro. No volvió a reiterarse la misma emoción en él.
Alguien dijo una vez que la felicidad en esta vida sería posible si no hiciéramos cada cosa más de una vez. La repetición se lo carga todo.

Napo ha llegado a la conclusión de que ha de probar cosas nuevas en el sexo sin resuello, y así, anda buscando como un convicto la reproducción de ese primer ósculo que le descargó un aluvión de narcótica oxitocina.

Pasa por una etapa en la que el placer va in crescendo. Ana y él se autosatisficieron el uno al otro. Geli se autosatisfizo delante de él ella sola y él hizo lo propio. Con Diana probó el 69. Con Roxana una cubana.

Y así hasta un largo etcétera inacabable.

Y él, que nunca fue filosófico, concluye solemnemente a sus escuetos 16 años:

“El sexo es una droga de la que necesitas cada vez más para sentir cada vez menos”
Ha empezado el declive. Ya sólo podrá experimentar cosas “nuevas” en su imaginación. El cazador de novedades se está repitiendo en una rutina de diferentes pieles. Hay pocas cosas que exciten ya su ánimo

A Napoleón el exceso de sexo lo tiene macilento. Sus ojos de azul cielo están cada vez más apagados. No duerme mucho casi ninguna noche, ejecuta un repertorio amatorio memorizado, se sabe los abracadabras de hasta la mujer más frígida o inapetente. Ha cavado el tedium vitae micro-abismos cárdenos bajo sus jovencísimos ojos, que no miran la vida con curiosidad, sino con sopor y cansancio.

Napoleón no le ha dicho nada a sus amigos, pero sin gustarle los hombres ha estado con alguno… pero lo ha pasado tan mal con la experiencia que no ha reincidido. Ávido de experiencias nuevas, ha soñado dormido con violar chicas y ha seducido a dos casadas y ha probado cuatro veces el sexo en grupo. Y ahora, a sus recién estrenados 17 años, su promiscuidad exacerbada y salvaje ha encontrado un modo sofisticado de reencontrar el morbo en su gris existencia:

“A Napoleón le gusta la empollona”-prorrumpen en carcajadas estentóreas sus compañeros de clase

“Me da morbo”-contesta sonriente.

Napo se siente el protagonista de las “Amistades Peligrosas” de Choderlos. Ella parece encerrar algo secreto. Es la única mujer que últimamente excita como debe ser su miembro. La ha mirado con rayos X en Matemáticas, Filosofía o Inglés, aprovechando su atolondramiento. Es demasiado puritana. En el Kamasutra, su libro de cabecera, ha encontrado el prototipo que representa Lucero. Es el tipo perfecto de mujer inhibida con un incendio dentro. El afán explorador y/o experimentador le consume por entero. Su apostura de áureo angelote le ha hecho conquistar con demasiada facilidad y ahora ella se presenta ante sus alucinados ojos como un enigma y como un reto. Le importa un pito que se cachondeen de él por ir detrás de la empollona…
Tiene unos ojos de noche satinada lánguida y ansiosa. Tiene una expresión facial sempiternamente crispada que a veces le provoca granos. Tiene Lucero una boca que parece hecha en un quirófano de tan carnosa, pecaminosa y bien dibujada.

“Ella está buena. Intuyo sus curvas de vértigo bajo el uniforme”

“¿Te quieres acostar con ella?”

“Ojalá se pudiera, quiero llegar hasta donde ella me deje. Es muy puritana, y por mi experiencia os digo que las que son así son las más calientes. Debe de ser un volcán. Ha de tener algo muy ardiente encerrado ahí dentro”

Napo lo tiene claro. Quiere “degustarla”, aunque sea un poco. Ella ha sido puesta en guardia por su amigo homosexual contra él, hecho que el susodicho ignora.

-Mario, Napoleón me come con los ojos
-Ten cuidado, eres mi amiga y él no siente nada por ti, ¡salvo morbo! Está harto de rodar, es un jugador y está consumido por el tedio. Tú eres una novedad para él.

Napoleón la acaricia en clase con los ojos. Ella ha sentido su flamígera mirada en la espalda cuando ha girado la cabeza. Mario la ha puesto en antecedentes sobre la promiscuidad de él. Ella se siente fuerte e inmune a todo. No le hará ningún caso. Lo tiene meridianamente claro. Además, a ella no le gusta ni le hace el más mínimo efecto.

Pero Lucero tiene una clara desventaja. No sabe nada de sexo. Ni siquiera ha sido besada. En la feria de Sevilla, Napoleón le pide bailar por sevillanas. La coge por la cintura con delicadeza, e intenta abrazarla tras la cuarta. Le sorprende que ese chico de tantas horas de vuelo se sonroje y le sonría con cara de bobo locuelo o de casi cordero degollado al mirarla a los ojos.

No imagina las cosas que Napoleón le ha hecho a ella en su imaginación. La ha tocado de arriba abajo en su mente, incluidas las axilas y los dedos de los pies, la ha chupado íntegramente toda la piel, y la ha follado una y otra vez. Él lo ha dicho “elegantemente” a sus compañeros:

“No la llaméis empollona. Se llama Lucero. Está buena y esconde fuego. Le he hecho el amor tan sólo con el pensamiento”

Y no ha revelado más detalles. Por eso se enrojece de vergüenza bailando con ella, que se sigue mostrando altiva, orgullosa e inasequible a sus masculinos requiebros:

“Lucero, me encanta como bailas”

“Eres preciosa”

Pero pese a ser morena y de ojos oscuros, por momentos le parece estar coqueteando con esa rubia gélida de Hitchcock que robaba, Marnie era su nombre.

“¿Será posible que yo no le haga efecto alguno?-se pregunta inquieto-No puede ser, es de carne y hueso como todas las demás-se contesta a sí mismo de inmediato.”

Tan extrema es la promiscuidad de Napo como el puritanismo de Lucero. De algún modo, ambos son extremistas, uno por exceso y la otra por defecto. Recuerda Napoleón ese rayo eléctrico que lo anegó de dicha en su primer beso:

“Eso, eso debo conseguir primero: besarla”-se anima a sí mismo.

La espera a la salida del Colegio. Ella se queda un rato más los miércoles jugando al baloncesto sola. Él sabe ya todos sus horarios. La coge por la fuerza y la besa. Ella se asusta y tiembla…
Napoleón besa como un maestro, como un semidios. Pero ella intuye en su boca una miríada de bocas antes besadas. Y se siente algo extraña. No se atreve a meterle la lengua, ella se resiste y forcejea, entonces él recuerda aquel comentario de texto sobre un candoroso poema de Salinas que Lucero leyó en clase de Literatura, y le musita al oído:

“Te estoy besando más lejos”.
Y nota que sus palabras la calman. No es tópico y él lo sabe ya a sus pocos años, que al hombre se le conquista por la vista y a la mujer por el oído. Ella adora las palabras, son para él el instrumento perfecto, y le susurra mientras le toca las caderas: “Oh, ¡qué buena estás!, no me tengas miedo-le acaricia tiernamente el encrespado cabello-, te noto el cuerpo bajo mis manos. Me encanta. Tu boca es perfecta, ¿te lo habían dicho antes?” Nota en ella un leve estremecimiento que lo alienta. “Habrá que seguir el mini-panegírico a sus labios virginales”-piensa. Y sigue alabándolos. Ella no sabe besar, ya la enseñará. Decide besarle mejor el cuello, y a ella se le escapa un suspiro sexy y medio ahogado. “Déjame, Napoleón, déjame”-y a él le ha sonado justamente a lo contrario. “Nena-le dice-, siente, no pienses” Y ella suspira de nuevo. Intenta reptar hasta su prominente escote, pero ella lo detiene: “¿Qué haces?”. Él la mira sonriente, ahora sabe que es cuestión de tiempo.

Se ha convertido en una obsesión para él en los sucesivos ratos que pasan juntos llegar a su turgente busto, pero ella incluso le coge las manos para interceptarlo, lo que le irrita sobremanera:

“¿Acaso crees que quiero violarte, tonta?”-le inquiere cabreado.

Pero un buen día por fin logra desatar su lava hirviente y encerrada. La besa dulcemente en los labios-por fin la ha enseñado, su trabajo le ha costado-, y le masajea suavemente, como quien no quiere la cosa, su abdomen completamente plano. Ella, con los ojos cerrados, tiene como oleajes de espasmos. Va ascendiendo parsimonioso por su estómago, hasta llegar a sus senos jamás por un hombre antes tocados: hace la caricia en ellos rápidamente, como un rayo, para no darle tiempo de reaccionar, y a ella se le escapa un gemido hipnótico. Aun no se atrevido a magrearla, pero ya ha descubierto una segura ruta para debilitarla. La vez siguiente, se demora aun más en llegar arriba, sabe que con ella la lentitud es la victoria y el disloque, y esta vez, tras el consabido masaje abdominal, le mete mano sin ambages y “a muerte”. Ella parece entrar en estado de trance: se diluye en instintos pasionales y ancestrales, y se sienta sobre él pelvis contra pelvis aun ambos con la ropa puesta y él la estrecha fuertemente entre sus brazos, acariciándole las nalgas y cogiéndola por ellas apretándola contra su tórax para que ella puede sentir su erección bullente. Se ha vuelto como loca, se revuelve casi como un animal en celo. “Demasiada inhibición”, reflexiona él a la vez. El volcán ha estallado. Falta poco para llevarla al último de los extremos. Pero no será esa noche, quiere darle él más vueltas a la naranja, hacerla girar y girar en su invisible exprimidor mental hasta extraerle todo el zumo que lleva por dentro. Quiere alargar el juego. Le asusta el tedio que sabe a ciencia cierta que sobrevendrá de nuevo.
Se siente pigmalión, y le enseña casi lo mismo que él sabe, progresivamente para que lo vaya asimilando. Ella es sexualmente como él, esto le sorprende y le agrada a la vez. Mas es mujer, y le da la sensación de que “emocionalmente se está atando a él”.

Se acuesta con ella varias veces, las suficientes para que ella sienta el orgasmo. Le ha enseñado sexo oral y le ha abierto la mente para que pueda expresar sus deseos hacia el varón sin recatos. Misión completada-concluye. Siente que ha hecho de ella una amante “en condiciones”. Esto satisface a plenitud su prurito de vanidad masculina.

Vuelve a sentirse sin ella, su pasatiempo favorito durante 8 meses, aburrido y vacío, y del mismo modo en que la cabra vuelve al monte, vuelve a su vida de antes. Le dice a ella que se busque otros amantes.
Ya no siente ningún placer. Como aquella canción de Mecano “Como en cualquier amor el primer beso siempre es bueno, y poco a poco desapareció el placer”. Y sin embargo, sigue buscando compulsivamente sexo y es incapaz de sentir ni el más mínimo afecto. Es víctima de sí mismo. No es feliz. Tiene un trastorno recientemente acuñado en la nosología psiquiátrica. Con sólo 18 años, Napoleón, como le pasara al mismísimo Michael Douglas en su día, padece de adicción al sexo y se halla en tratamiento psiquiátrico. Ahora lleva una vida de completa castidad por rigurosa prescripción médica. Se lo ha contado a Lucero su amigo homosexual:

-Siempre te dije, Mario, que Napoleón no era normal

Con aire de suficiencia, ella se retira de la cara un rebelde mechón de pelo. Su amigo gay la mira admirada:

-Pareces vampirizada, en el buen sentido. Antes tu cara era una hoja en blanco, ahora reflejas una sensualidad increíble y tus facciones se han relajado.

Ella calla. Ni siquiera a Mario le ha dicho que esta noche saldrá con el ligue número siete. Los tiene anotados en su agenda numéricamente y nunca borra ningún número por si necesita alguno de ellos en el futuro… Pero en esta sociedad machista, ella tiene claro que su mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda…

-Mario, ¡la lujuria es un pecado capital! Y en el caso de Napoleón, ¡hasta un grave desorden mental!

Parece ser que la lujuria no ha muerto, tan sólo se ha mudado de cuerpo. Los papeles se han cambiado…



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******************************** FIN**********************************

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por dorsvenabili » 23 Ago 2010 20:34

Buenísimo.
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Iulo » 23 Ago 2010 21:03

.
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Katia » 23 Ago 2010 21:07

dorsvenabili escribió:Buenísimo.


Gracias dors :!: He tardado horas en escribirlo :!: :D :beso:
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Katia » 23 Ago 2010 21:10

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Redspark » 23 Ago 2010 21:17

Te ha quedado soberano el texto. Me enganchó y me hizo viajar. Buenísimo, Katia.

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Berlín » 23 Ago 2010 22:22

Katia escribió:
dorsvenabili escribió:Buenísimo.


Gracias dors :!: He tardado horas en escribirlo :!: :D :beso:


Por mi parte, ha merecido la pena. Sobresaliente.
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Conphoos » 23 Ago 2010 22:32

Me ha gustado, Katia, sobretodo el final.

Decirte que el word que has colgado para que podamos descargarlo no es el texto completado, pues hay algunos cambios y no está terminado.
Me has dejado con la intriga de saber que iba a hacer Napoleón en la farmacia.

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Mylady » 24 Ago 2010 11:57

Bueno Katia, estás que te sales!!! está bárbaro este relato!!!. Lo has descrito todo tan bien... es excitante. Muy buena la idea de que la repetición se lo carga todo y la cita de : el sexo es una droga de la que necesitas cada vez más para sentir cada menos, me ha encantado, es tuyo???
Nuevamente un pecado capital plasmado a la perfección.

Y me encanta Lucero... una mujer desatada... jajaja, esperemos que disfrute, pero que no acabe enfermita como Napo.

Un abrazo
"...Cada beso perfecto aparta el tiempo, lo echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía..."

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por shirabonita » 24 Ago 2010 13:12

Katia :60: me lo he bajado en Word , y te comentaré cuando lo lea en el e-Reader, vale? :P
Como un gran cielo, color verde claro, desearía que mi corazón fuese así de inmenso. (Emperador Meiji)

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Katia » 24 Ago 2010 19:59

Redspark escribió:Te ha quedado soberano el texto. Me enganchó y me hizo viajar. Buenísimo, Katia.


¡Gracias, maestro! :D

Berlín escribió:
Katia escribió:
dorsvenabili escribió:Buenísimo.


Gracias dors :!: He tardado horas en escribirlo :!: :D :beso:


Por mi parte, ha merecido la pena. Sobresaliente.


¡Gracias Berlín! :beso: :60:

Conphoos escribió:Me ha gustado, Katia, sobretodo el final.

Decirte que el word que has colgado para que podamos descargarlo no es el texto completado, pues hay algunos cambios y no está terminado.
Me has dejado con la intriga de saber que iba a hacer Napoleón en la farmacia.


Gracias Conphoos y doblemente: verás, colgué en Word el borrador, sorry :oops: Ya lo he arreglado editando el primer mensaje.

Lo de la farmacia era un final alternativo. Napoleón enfermaba físicamente, pero me acordé de Michael Douglas y opté por la enfermedad psicológica :!:

Mylady escribió:Bueno Katia, estás que te sales!!! está bárbaro este relato!!!. Lo has descrito todo tan bien... es excitante. Muy buena la idea de que la repetición se lo carga todo y la cita de : el sexo es una droga de la que necesitas cada vez más para sentir cada menos, me ha encantado, es tuyo???
Nuevamente un pecado capital plasmado a la perfección.

Y me encanta Lucero... una mujer desatada... jajaja, esperemos que disfrute, pero que no acabe enfermita como Napo.

Un abrazo


Gracias, reina. Ejem, tienes un mp :wink:

Otro abrazo :60:

shirabonita escribió:Katia :60: me lo he bajado en Word , y te comentaré cuando lo lea en el e-Reader, vale? :P


Encantada, mi niña linda y preciosa :60: :beso:
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Alherya » 28 Ago 2010 22:02

Me ha encantado, aunque he de decir que ni mi primer beso ni mi primera vez me dejaron con ninguna sensación en especial, más bien fue un "¿ya está?" xD

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Katia » 29 Ago 2010 03:10

Gracias Alherya

Mi primer beso fue en el cuello y jamás lo olvidaré: fue maravilloso
De mi primera vez quisiera poder olvidarme... Brrrrrrr.... Tan sólo dolor y sangre...
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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por lucia » 03 Sep 2010 17:22

Me ha gustado, pero deberías cambiar de vez en cuando el estereotipo de la mujer sensual. Tus mujeres sensuales siempre tienen labios carnosos :lista:

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Re: La serie de los pecados capitales. III. Lujuria

Mensaje por Katia » 03 Sep 2010 18:59

lucia escribió:Me ha gustado, pero deberías cambiar de vez en cuando el estereotipo de la mujer sensual. Tus mujeres sensuales siempre tienen labios carnosos :lista:


:mrgreen: :meparto:

Gracias, jefa :wink: :D
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