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NotaPublicado: Mié Dic 12, 2018 1:56 pm 
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Registrado: Jue Feb 03, 2011 1:14 pm
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Yo gorda
Hola. Mi nombre es Rosario, María Rosario para ser más exactos. Y… creo que el destino ha hecho que ese nombre me vaya al pelo; es más, mi vida ha sido y es la encarnación del sufrimiento, de la búsqueda o por qué no decirlo, de los marrones. Todo un rosario de desdichas.

No nací bien agraciada, lo sé, mi rostro no es lo que podríamos decir: bonito. Mi mama Julia, a pesar de eso, siempre me dijo que yo, era lo más bonito del mundo. ¡Cómo son las mamas!
Ella, trabajaba como auxiliar de clínica llevando a abuelillos de un lado para otro, dando biberones a niños sin teta y como no también, limpiando culos.

Allí aprendió algo importante y muy útil: a observar, a poner las pupilas grandes como platos para ver un poquito más allá.
¿Por qué cuento todo esto? Pues porque la sesera de mi mama Julia no contaba con mucha abundancia y claro, memorizar la costaba horrores. Eso sí, discernía pronto a quién la madre naturaleza le regaló una mente privilegiada y a quién sólo petulancia. Así, abriendo gigante sus pupilas castañas mama Julia quedó prendada del doctor Giraldez, sevillano pa más señas, que el apellido le venía a dedillo.

De él aprendió mama Julia lo de los mentones prominentes, cuándo empezaban a crecer desmesuradamente, y si se debía tomar medidas en el asunto. Por eso a mí me lo localizó bien pronto.
Aún recuerdo sus palabras aceleradas aquel día:

— ¡Ay mi chiquilla! Que tienes la barbilla sacá de quicio ¡ay mi niña! Pero... tú… tú no te preocupes, te voy a llevar con el Giraldez y ese, ese ya verás que lo soluciona todo.
Aquel mismo día me auscultó en su consulta el admirado por mama doctor Giraldez. Él, no sólo comprobó que mi barbilla crecía en exceso, también apercibió que mi ojo izquierdo trabajar, trabajaba bien poco.

Heme ahí que me vi desde entonces, durante horas y horas, para que el mentón no se me desbocara, con el aparatito en la barbilla, el parche de pirata en el ojo vago y cómo no para una adolescente: un complejo de aúpa.

Intentaba no escuchar nada, como los suecos. Pero en el cole todos me llamaban “la robot”. Yo, ni caso, les devolvía una mirada aviesa y en los labios la mueca de medio lado. “¡Paso de vosotros!” Les gritaba sin palabras.
Cuando nadie podía descubrirme, oculta tras mis manos llenas de gruesos dedos, lloraba cual magdalena que ha troceado kilos y kilos de cebollas.

Esa fue mi adolescencia de frustraciones; así pasé entre indiferencias y burlas la friolera de dos años.
Una mañana de primavera ¡por fin! me quitaron los artilugios de barbilla y el parche del ojo. Eso poco importó. El mote “la robot” había tomado mi destino como un enorme e indeleble moratón en el alma.

Sólo una cosa, que creció desmesuradamente no me supuso trauma alguno: mis tetas; sí, de apenas dos ciruelillas pasaron a convertirse pronto en dos generosas ubres. Creo que aquello tampoco me benefició mucho; no, porque, de no ser observada o más bien vista como “bicho raro” gracias a ellas los chicos se quedaban absortos, como atontaos contemplando mi pechuga. Yo, pazguata de mí, ni les di importancia, seguía sintiéndome el bicho raro del zoo al que sólo falta le echen cacahuetes.

Daba igual, el daño ya estaba hecho. Por eso, no tuve novios, ni pretendientes; los espantaba a todos cuando se me quedaban mirando con cara de tolais “¿Qué miras, se te ha quedao cara de atontao?” Soltaba si algún bobalicón caía rendido a mis femeninos atributos. He de confesar que sí, siempre he sido un poco bruta con los hombres, pero ¿Acaso conocí a alguno sensible?
Así pasaron los doce, los catorce, los dieciséis y por fin los dieciocho años…. ¡me convertía en mayor de edad!
Las chicas del instituto celebraban ese paso con tremenda ilusión. Yo, no. Además, como no me conocían novio la frasecita comenzó a rular como sorna: “Te vas a quedar para vestir santos”.
Creía que lo peor que me podía pasar en la vida ya había pasado. Por eso me volqué únicamente en aquello que me ilusionaba y quería ser:
Maestra de escuela.

Pero no, las desgracias no caminan solas. A Mama, mi mama del alma la diagnosticaron un cáncer. La quedaban sólo semanas de vida. Hablé con mis hermanos para decírselo a los dos muy clarito. No se me olvidará, aquel día feo y triste llovía, caían gotas y gotas de agua fría. La voz, apenas si me salía de la garganta:
— La mama se muere, ha dicho el médico que el cáncer se la come por dentro… hemos de estar junto a ella porque en algún cualquier momento se nos va.

A priori ninguno de los dos se quejó, ni puso reparos; otra cosa significó la realidad, porque allí me vi en el hospital de paliativos, terriblemente sola durante horas, sentada en aquella butaca negra, estudiando, leyendo buscando algo para entretener mis neuronas. Mis hermanos venían tarde y mal. Claro, acostumbraditos de toda la vida a que las cosas de mama las llevase yo, la chica…Hasta el dolor…
Yo le daba agua, compaña, o la cogía la mano.
Yo también me llevé sus últimas palabras cuando una vecina la preguntó un día:
— ¿Qué es para ti lo más grande Julia?
— Los… los hijos…sí, mi niños…me quitan la vida, pero también me la dan…
Sus palabras me llenaron de tristeza; la terrible realidad de mis hermanos, esa única familia que me quedaba mostraba el fin de mi Mundo, el adiós a todo lo bueno que recordaba de infancia y adolescencia. Mis hermanitos, no me daban relevos en condiciones, ni hablaban con el médico; ni estaban atentos a cualquier necesidad que mama necesitase. Uno de ellos, el que en su día consideraba además de hermano mi amigo me soltó cierto día la fresca:
“Pa que vamos a estar ahí tanto tiempo en la habitación con mama, ¡total, si se está muriendo!”
Me sobraron unos segundos de paciencia para partirle la cara en dos… Pero no quería montar un pollo, ni la mundial, sólo quería que mama, nuestra mama, sintiese que los tres la acompañábamos hasta el final.
Como le di gracias al cielo. Al menos ella nunca se enteró de nada ¡pobrecita mía!

Mi mama, se durmió para siempre una tórrida mañana de Junio. Con ella se alejó de mi corazón el único cariño verdadero de mi vida. También se alejaron mis hermanos. Digo hermanos por llamarlos algo, pues aunque el corazón me decía que no debía guardar rencor, que debía perdonar… Los muy… aún me sorprendieron más: no sólo faltaron en su enfermedad, también faltaron en el funeral, en la lápida cuando se la colocaron con la dedicatoria, y en el después, cuando quería con ellos quedar y llevarle a mi mama una macetita de hierbabuena. Tampoco entonces quisieron estar.
Sinceramente, no entiendo porque Dios regala tanto sentimiento y sensibilidad a nosotras y a ellos, a los mal llamados “hombres” tanto egoismo… ¡malditos machotes!

Cuando mama se marchó me presenté a las oposiciones de magisterio infantil. La vida a veces te regala cositas. De tanto tiempo que pasé la lado de mama estudiando me lo sabía todo. Conseguí plaza como profesora de primaria. No cabía en mi gozo.
Llegó la etapa más hermosa de mi vida. Cada día, a eso de las nueve de la mañana contemplaba en la fila a mis niños, con sus pequeñas mochilas esperando, jugando…Guardo grabadas sus sonrisas y sus manitas pequeñas en mi alma... Gustaba de envolverlos, cogerlos entre mis grandes brazos y que me sintieran junto a ellos dándoles todo lo que siempre he guardado en mi corazón. Descubrí tanta vida en sus pupilas y en sus padres, ¡Qué miradas! ¡Cuánta emoción! El olor a niño tiene magia, ¡vida!
Luego, vinieron las reuniones con los papas. Bueno, he de decir algo que no es menor, las que nunca faltaban a las reuniones, permanecían atentas a detalles y demás siempre, siempre ellas. Algunos papas, los pocos, sí; pero ellas, ellas no dudaban en pedir horas al trabajo, reducir la jornada o lo que estimasen necesario para estar con sus niños.
Así pasó un año emocionantísimo, y otro, y otro más. Me sentía plena con las clases, contemplando sus manitas llenas de pinturas; jugando mientras les enseñaba, limpiando sus mocos si llegaba el caso o atendiendo aquellas lágrimas nacidas cuando su pequeño mundo se desmoronaba.
Un día sentí un pálpito fuerte y la terrible certeza: necesitaba más, quería más… En las tardes, cuando ellos ya no compartían mi vida mi mente seguía llena de pequeños rostros, manos de seda e ilusiones infantiles…Lo sentí naciendo en mi corazón, fuerte, como un impulso de vida que me embargaba y hasta me quitaba el sueño:
Quería ser mama.

Sólo una pequeña pega me lo impedía todo. Necesitaba un papá. Un padre para mi criatura. ¡Qué vida esta! Mis relaciones con los hombres se contaban como fracasos, sólo había conocido salidos o machitos rezumando egoísmo y machismo a raudales. ¡Cuánto me recordaban a mis hermanos!
Intenté aparcar lo de la maternidad por unas semanas, unos meses… Cada vez que veía los ojitos de mis nenitos quería más; mucho más. A veces, para limpiarme de esa idea sucia sobre los hombre me fijaba en algún papá, en cómo cogían entre los brazos a sus niños, o los llevaban sobre sus hombros. Observaba también los rostros de ellas, las mamás: tan femeninas, tan guapas, tan… Luego en casa, al mirarme al espejo rostro… A veces, palpaba e intentaba reordenar las carnes fofas y flácidas de mis gruesos brazos. La terrible conclusión llegaba: ¿Qué hombre me desearía como mujer?
Así, comenzaron mis angustias, mis miedos, mis creencias. Pensé, absurda de mí, que el destino me regalaba en las mañanas los niños de otros, y que con eso… suficiente. Hasta que le vida me envió un mensaje: el ministerio de educación cambiaba la calificación de mi colegio y lo convertía en uno de integración. Así, aquel curso llegó una enfermera, una técnico para cuidar a los nenes; una logopeda, etc, etc Aquel curso aparecieron en primero de primaria los dos primeros pequeños: Clara, y Aitor.

Clara, con una enfermedad rara se movía en un andador empujada únicamente por sus ganas de vivir. Las pequeñas piernas de trapo de la pequeña apenas si podían mantener su delgado cuerpo.
Se me caía el alma al suelo viéndola caminar arrastrando los pies... Cada mañana miraba a las pupilas de sus padres, sobre todo de la madre, que con mucha entereza y un entusiasmo sacado de…no sé dónde, llegaba empujando a su Clarita, que así la llamaba cariñosamente,
“¿De dónde sacará fuerzas? ¡Qué horror!” — me pregunté mil vences.

Luego vino Aitor, el más pequeñito de todos con otra terrible y desconocida enfermedad que le imposibilitaba para crecer, y aunque su cerebro e inteligencia crecía y crecía su cuerpo no, permanecía ahí, chiquito.
Cierto día, tras salir del comedor, me encontré a Aitor llorando, sentado en un banco del pasillo;

— Papa… Papa — lloraba desconsolado creando largas velas de mocos para que viniese su papá.
Torcí el morro pensando: “hombres, malnacidos, todos iguales”. Para que su espera no se convirtiese en un infierno se me ocurrió ofrecerle aquello que creía se me daba bien: le leí un cuento:
“Erase una vez que se era un niño pequeñito; muy, muy pequeñito, el más chiquito de todos”
— ¿Era muy pero que muy pequeñito? — interrogó la boca pequeña pero siempre ágil de Aitor.
— Si… Nadie miraba al niño pequeñito; nadie pensaba en él: pero él existía, como existen las semillas, que también son pequeñitas.
— De las semillas nacen plantas — afirmó alzando el rostro Aitor.
— Sí…Y Guzmán, que así se llamaba el niño, poseía un don mágico, un don que ningún niño de aquella afamada escuela imaginó jamás: Guzmán, sabía crear cuentos”
Aitor, me miró muy atento, restregó las lágrimas y sus abundantes mocos y pronto sus pupilas maravillosamente azules crecieron…
El cuento de: “Guzmán, el agricultor mágico” triunfó como la Coca-Cola. Parece que lo estoy viviendo ahora, esa maravilla que es conseguir la atención de un niño. Sentí que el corazón me crecía tanto que… se llevaría mis tetas a volar…
Alguien se acercaba a toda prisa por el pasillo y sudaba abundantemente:
— Aitor, Aitor ¿estás bien? — interrogó el hombre al niño mientras lo abrazaba efusivamente.
— ¡Papa, papa! ¡has venido! — sonrió el pequeño Aitor envolviendo a su padre entre los pequeños brazos.
Medí al hombre de arriba abajo, como se miden a los que fallan, a los que decepcionan a inocentes criaturas. Eso, eso no lo podía permitir. Intentó disculparse:
— Lo siento, yo, el tráfico, el coche…
— Ya… ya… claro — respondí con la boca apretada del cabreo, sin intentar ocultar mi contrariedad, Me alejé de padre e hijo con el corazón en un puño y… llena de ira. Al volver la esquina del pasillo una mano tocó mi hombro. Gertru, la conserje, aunque buena amiga, me medía con ojos de reproche.
— Tas pasao tres pueblos y la bailaera. Ese padre no se merecía tu tonito.
— No le dije na de na — comenté intentado disimular.
— Ya, ya… que a mí no me engañas. ¡con esa mirada podrías matar a una estatua!
— Bueno… po… se lo merecía.
— Chica. Aitor tiene detrás muucha terapia. Créeme, día sí, día no y el de en medio su padre viene, le recoge, le lleva a los hombros ¡Y no falla! ¿Cómo reprochas si no sabes na de su vida?
— ¡Porque todos los hombres son IGUALES! — la grité brazos en jarra.
— Casi todos niña, casi todos… — respondió sin achantarse la Gertru, luego, cabeceando se alejó. Pero no sus palabras, que se me quedaron ahí, clavaitas en lo más hondo del orgullo.
Desde aquel día presté atención a Aitor y a su papá. Así vi que la madre le traía a la mañana y el padre le recogía por la tarde, que su padre siempre sonreía y preguntaba a Aitor por cosas del cole; que le llevaba en los hombros; que…
“¡Ofu!” — pensé cabreada conmigo misma. Un sentimiento de culpabilidad se ancló en mi pecho. ¡Me había pasado tres pueblos!

El en cambio, el papá, no parecía enfadado conmigo, me daba todas las mañanas los “buenos días”, al igual que Aitor. Sus “buenos días” me sabían a caramelo, a golosinas y a…
¡Dios! Un día me di cuenta de algo terrible, algo que jamás me había pasado nunca porque… los odiaba a todos, ¡a todos! ¡Y él, el papá de Aitor no era como todos! Junto con esa obsesión comenzó una más fuerte: Deseaba ser mama.
Mi primera ocurrencia consistió en salir una noche cualquiera a bailar, ponerme guapa y elegir, sí, elegir al que quisiera y “llevármelo al huerto”

“¿Por qué no? “ Me dije convencidísima para tratar de creer en mi idea
He me aquí la noche de autos, toda perifollada y más guapa que una rosa: labios pintados, zapatos de tacón, el pelo de peluquería con un tinte y mechas; blusa bien escotada y una falda negra sí, de esas que al bailar se bambolean.
Pensé llamar a mi amiga Gertru, que me daba vergüenza ir sola para cosas de estas. Luego reflexioné: “chiquilla, que vas a por un polvo y punto ¿cómo te vas a llevar a la Gertru?”

Y allí me encontré, toda dispuesta en la discoteca de moda, con la proa al viento y moviéndome como si la vida me fuese en ello. Lo sé, lo sé… no soy guapa pero mis tetas ¡ay cuando se fijan en mis tetas!
Pronto se me arrimó un moscón. Bailaba cercano con la boca llena de sonrisas de anuncio. No, no me gustó el gesto, lo noté prefabricado.

Luego llegó otro, más delgado que un palillo. Me extendió las manos para que bailara con él. Pensé “¿cómo demonios abrazo a ese saco de huesos?” Nada. Le di largas también.
Me dirigí a la barra. Empezaba a sentirme un poco cabreada por el cariz que tomaban los acontecimientos.
— Guapa, un gin tonic bien cargadito — Le dije a la pivita que sonreía porque sí. Necesitaba echar el resto. La camarera me puso el tubo largo llenito hasta el borde. Me lo bebí de un trago y yo, la Rosario, puse la mirada en el horizonte cubriéndome los ojos, como si en aquel garito entrase algún tipo de sol.

Le descubrí: rubio, con los ojos como el mar, más bonito que un San Luis. Decidida, me dirigí hacia él disponiéndome muy cerquita. Y bailé, bailé a su vera como si la vida me fuese en ello.
De cuando en cuando me giraba y le miraba de reojo, eso sí, sin decirle nada, que las mujeres somos de “tirar piedrecitas”, nada de tomar la directa, que si no se piensan que somos unas pilinguis.
Pos nada, nada de nada, que él seguía allí, a su bola, bailando despacito con aquellas perlas en la boca al sonreír “¡qué guapo el jodio!” Me pensaba pa mis adentros imaginando un querubín con su sonrisa. Volví a alentarme:
“Rosario, Hay que tomar decisiones, Arrímate más chiquilla, una mijina más.”
Y… choqué con él.
— Perdona, tropecé— Sonreí embustera.
— Perdona — Me susurra su voz de violines mientras no podía dejar de mirarle con las pupilas como platos: “¿cómo que perdona? ¡preséntate chiquillo, entra a matar! ¿no ves mi delantera?” — pensé alzando unos milímetros mi escote, disponiéndome a su lado mientras giraba bailando lentamente.
Cada vez que le miraba el rubio sonreía mostrando sus dientes brillantes.

“Rosario, que no te ha escuchado, que en este garito hay mucho ruido. Es eso, seguro”
Volví el rostro, lo había decidido, me presentaría, le diría mi nombre, a qué me dedico, y… qué quería… No, mejor eso no…
Una morena de infinita melena había tomado la delantera. Sonreía junto a él como si le conociese de toda la vida. Se me cayó el mundo encima. “Rosario. Con esa palmas seguro” El complejo que me llegó pesaba toneladas.

Salí del local más hundida que el Titanic. Mi sueño de tener un querubín rubito con ojos de mar se desparramaba por los suelos. Aquella noche me metí en la cama y de ahí no salí en todo el fin de semana
Lunes, un lunes más.
Hay lunes que no son como los demás, que pesan, y son de plomo, durísimos. Mientras caminaba por la acera de adoquines grises descubría el cielo gris; los coches sucios que no paraban de pitar en los atascos; las caras apáticas.
— Hola, Rosario, buen día tengas — me sonrió el padre de Aitor.
¡Zas! Le escuché y de un manotazo la apatía se marchó a tomar viento fresco. Un rayito de sol me llegó. “¡Ese hombre!, ¡Por Dios!”
Aitor, desde su pequeña talla y sus pupilas alegres me saludaba. Se vino corriendo hacia mí con los brazos abiertos para darme un abrazo.
— Señorita Rosario, ¿me va a contar hoy otro cuento? — Interrogó Aitor.
— Aitor… No seas exigente, anda…— comentó el padre al niño.
— No, no se preocupe, para mi Aitor ¡mil cuentos saco de la chistera!
Aquella mañana que había comenzado gris y fea, Aitor y mis niños la llenaron de luz. Por más que me pregunto nunca alcanzo a completar la medida: ¿Cuánto llena un abrazo de niño? ¿Cuánto una sonrisa sincera? Lo tengo clarísimo: Los niños son los que cierran el círculo de la vida.
Al atardecer comencé a contemplar con más objetividad la última de mis soluciones: La inseminación artificial…. Sólo tenía que pensar en tumbarme sobre una camilla, abrir las piernas y ya…
“Rosario ¿Qué va a pensar la gente de ti? ¿Cómo le dirás a esa criatura que no tiene padre?” ¡Uf! Durante días y semanas esa idea iba y venía a mi cabeza…
Han pasado varios meses desde aquella mañana. Hoy es el día, el día de autos. Aquí estoy, espatarrada en este sillón mirando como una gilipollas la pantalla negra. Julia, la enfermera, que más o menos calza el mimo exceso de carnes que yo, me sujeta con cariño la mano para darme ánimos.
Julia, también se llama Julia…
La veo, se aproxima. Me tiembla to por dentro: Tan delgadilla, lleva gafas culo botella y la boca tapada con mascarilla; trae en una jeringa gigante un líquido blanco. Mis pupilas ya tienen el tamaño de platos. Me mira seria, como si estuviese mu concentrá.
Miro a Julia, no deja de acariciarme la mano. Sonríe. Vuelvo el rostro “¿Dónde se ha metido la delgadilla? ¡No la veo! “
Algo fresquito recorre mis piernas…
— ¡Ahí van tu pequeñín! ¡Mira, mira!— susurra Julia en mi oído, indicándome con el índice el monitor oscuro.
Le veo, sí, ¡le veo! Un puntito blanco con una pequeña colita que nada mueve en un mar negro “¡Ay mi niño! Tan chiquitín…”. No puedo retener la emoción, las lágrimas se me escapan, ¡qué tonta me he puesto! “¡Qué bonico! ¡Ay…! ¡Ay!”
— Ya, ya está — susurra y aprieta mi mano Julia.

— ¿Ya? ¿Estás segura chiquilla? — pregunto llena de pavor, temblando como un flan…
— Sí, sí — insiste Julia con las pupilas brillando “¿También se ha emocionado? ¡cómo le agradezco que me coja la mano! “
— Ahora, ahora sólo toca cuidarse, esperar… esperar…

Han pasado nueve meses, nueve exactamente desde aquel día mágico. Miro a mi derecha, a mi regazo. Me llega el olor de la felicidad ¡es una! Una bebé. La he puesto de nombre Esperanza. Sus ojos verdes como praderas me vuelven loca por chiquitos y bonicos.
Ya, ya me lo dijeron los médicos, me avisaron con tiempo, hubo un pequeño gran contratiempo que se podría haber… solucionado…
¡No!, respondí no y mil veces no … Por esos no, Esperanza es una realidad, aquí junto a mí, con sus ojos praderitas observándome; agarrando mi manota con sus dedos chiquitos; mamando de mi teta con un hambre que me colma el alma….
Los médicos, diagnosticaron a tiempo el síndrome de Down, me lo advirtieron ya, ¿y qué? Yo sólo quería ser madre, no necesitaba nada más; ¡y nada menos! Yo, que trabajo todos los días con pequeñas criaturas ¿A mí me van a venir con miserias?
A veces, cuando me quedo dormida viene a visitarme la señora paz. Entre sus brazos, en su paisaje de verdades corre y sonríe Aitor. De su mano va una niña chiquita. La reconozco y la grito emocionada:
¡Esperanza!
La magia en sus pupilas alegres es mi sonrisa.
Ya, ya lo sé, yo gorda, gordísima de felicidad.
FIN

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España