I Negra: Siempre crei que moriría joven - Irene_Adler

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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julia
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I Negra: Siempre crei que moriría joven - Irene_Adler

Mensaje por julia » 13 Oct 2009 13:56

Los ojillos de topo de Chimo Vidal contemplaban a la inspectora Virginia Trullas desde la rigidez de su cadáver. La muerte, pensó la inspectora, jamás dignifica a nadie, pero en el caso del escritor lo había hundido en la más repugnante de las miserias. Aproximó sus tacones de aguja que, con sólo estrenarlos, le habían producido más heridas en los pies que las que causa un tango arrabalero en el corazón, a las orejitas menudas, casi infantiles, de Chimo Vidal, y observó detenidamente el rostro apepinado en el que destacaban, bajo las modernas y carísimas gafas de montura de pasta, los ojos opacos y miopes que permanecían abiertos, mirándola fijamente a ella y a todo aquél que quisiera contemplar el lamentable aspecto con que el famoso escritor se agenciaba un boleto a mejor vida.
Se fijó también en la boca entreabierta que dejaba al descubierto una hilera de dientes tan pequeños que parecían todavía de leche, incisivos y desigualados, como los de una rata, y en el peinado enhiesto e imposible, como si Chimo Vidal hubiese dedicado sus últimos instantes de vida a meter compulsivamente los dedos en un enchufe, engominado y tan cargado de laca que él solito habría podido convertir la capa de ozono en un colador. Como un erizo, se dijo la inspectora, y reprimió una sonrisa que en aquel contexto sin duda hubiera resultado inapropiada al darse cuenta que el mundo animal era todo un filón para describir a semejante individuo.
- Ha muerto como lo que era, un gusano.
La inspectora Trullas dio un giro de cuarenta y cinco grados sobre sus tacones de aguja, dispuesta a aplaudir mentalmente tan sustanciosa aportación a su particular y descriptivo léxico bestiario que procedía, según pudo comprobar, de la lengua viperina de una mujer sumamente alta, estilizada, con aspecto de olerse sus propias flatulencias y que le alargaba una mano repleta de anillos engarzados en unos pedruscos más grandes y probablemente de más valor que la mismísima piedra de Roseta.
- Lola Cordero, agente literaria, para servirla.
En esa ocasión, la inspectora Trullas no pudo reprimir la sonrisa al encajar la mano de quien podría llegar a convertirse en su principal sospechosa. Y ello no sólo por la desafortunada frasecita con la que ésta se había dado a conocer: Virginia Trullas tenía la mala costumbre de recelar de aquellas mujeres que eran más guapas, más altas, más delgadas y más exitosas que ella misma.
- Y agente del difunto, imagino – preguntó la inspectora.
- Imagina bien – respondió la mujer, examinando la manicura de sus largas uñas -. Leoncia, la asistenta de Chimo, lo encontró a primera hora de esta mañana, y lo primero que hizo, tras echar los restos del desayuno por la taza del váter, fue llamarme a mí.
La inspectora Trullas no pudo sino aplaudir con las pestañas semejante festival de nombres y calificativos con los que aquella mujer tenía la virtud de engrosar su personal lista en relación al difunto escritor. Si seguía por aquel camino, dudaba que fuera capaz de contenerse.
- Creo que mis hombres ya han hablado con la asistenta. De todas formas, las llamaremos a ambas para declarar en comisaría.
Se alejó de aquel lugar antes de que el don de la ocurrencia de Lola Cordero pudiera poner en entredicho su seriedad profesional y salió del abarrotado apartamento del escritor, cuya decoración denotaba una clara tendencia al egocentrismo al estar las paredes del salón repletas de fotografías de la propia víctima (Chimo Vidal montado en un camello en un paraje de ensueño, rodeado de palmeras, Chimo Vidal esquiando, Chimo Vidal haciendo parapente o tirándose en paracaídas), para poner los pies en la amplia acera de la parte alta de la Diagonal. Suspiró aliviada, dispuesta a fumarse un cigarrillo antes de recordar que hacía tres semanas que había decidido dejar ese vicio en particular y mantener algunos otros. Mierda, se dijo, y rebuscó entre su bolso hasta dar con el paquete de chicles sabor menta extra fuerte y echarse una gragea a la boca.
- Debería volver a fumar, inspectora. Desde que lo dejó, ha perdido usted mucho glamour.
El agente López, que había plantado su metro noventa de estatura y su cuerpo de mister universo al lado de la inspectora Trullas sin otro fin que el de importunar su ansiado instante de relajación, sonrió desde las alturas y la miró de soslayo tras el parapeto de sus gafas de cristales ahumados.
- Cállate, López, o te mando a hacer soplar a los borrachos en la Ronda Litoral.
El agente levantó las manos en señal de armisticio y borró la sonrisa socarrona de su rostro de adonis.
- ¿Ha leído algo suyo? Del muerto, me refiero.
- ¿Acaso tengo yo pinta de leer esa basura, López?
- Pues quizá debería, inspectora. Tal vez le suavice el carácter y le facilite sus relaciones con el sexo opuesto.
A la inspectora Trullas le costó fulminar con la mirada a su subordinado, tanto por la incomodidad de mantener levantado el cuello como por la de tropezarse con los ojos color avellana del susodicho, que permanecían ignominiosamente ocultos tras las gafas de sol. Cuando después de varios intentos éste se dio al fin por fulminado, cerró la boca y regresó al lugar del crimen en un súbito arranque de entusiasmo profesional.
La inspectora Trullas esperó mascando chicle y contemplando el tráfico matutino de la ciudad a que el juez de guardia se dignara a hacer acto de presencia con el fin de levantar el cadáver. Aunque en el caso del cadáver del escritor, pensó la inspectora, al juez no le costaría más que levantar una lagartija muerta. Y sonrió burlonamente para sus adentros.


* * *

- Cualquiera podría haber mandado esos bombones, inspectora.
El agente López dejó la copia del informe de la autopsia sobre la mesa fórmica, entre las migas de pan, las copas vacías y la botella de Torres que entre los dos se habían pimplado durante el almuerzo.
- ¿Y eso por qué? – preguntó la inspectora, mientras alzaba el mentón hacia el camarero, reclamando su presencia.
- Bueno, el tipo no tenía muchos amigos. Ni siquiera su propia agente, esa tal Lola Guisado, parecía apreciarle demasiado.
- Cordero.
- ¿Cómo?
- Cordero, la agente se llama Lola Cordero, no Guisado.
- Bueno, lo que sea. El caso es que el difunto tenía muy mala prensa entre sus propios colegas y según su agente, era un mal bicho.
La inspectora Trullas pidió dos cafés al camarero cuando éste se aproximó a la mesa, preguntándose por qué siempre que se sacaba a colación el nombre de Lola Cordero alguien hacía nuevamente referencia al mundo animal.
- Y unas copitas de aromes de Montserrat- añadió el agente López, y susurró a modo de confidencia, cuando el camarero se hubo alejado –. Ya sabe, inspectora, para bajar - explicó, acompañando sus palabras con un gesto oscilante con las palmas de ambas manos.
- Pues bébetela tú, López. Yo estoy de servicio – objetó la inspectora mientras se levantaba de la silla, se embutía en su gabardina y se disponía a abandonar la tasca en la que pasaban más horas que en sus propios despachos de la comisaría.
- ¿Pero adónde va?- preguntó López, posando su mano de doce centímetros de diámetro en el antebrazo de la inspectora.
- A hacer una visita a Lola Cordero.
- ¿Quiere que la acompañe?
- No, prefiero que vayas a hablar con la asistenta.
- ¿Con Lupe?
- Por el amor de dios, López, ¿dónde te dieron la placa de mosso, en una barraca de feria? – preguntó la inspectora, poniendo los ojos en blanco - Leoncia, la asistenta se llama Leoncia.
La inspectora Virginia Trullas se alejó de la mesa donde habían estado comiendo, abrió la puerta del bar y salió del mismo no sin escuchar, a lo lejos, la voz de su ayudante:
- ¡Oiga, inspectora!, ¿no va a beberse el café?
Por toda respuesta, la puerta se cerró de golpe dejando tras de sí el rastro oscuro de la gabardina de la inspectora y el firme taconeo de sus pies todavía adoloridos.


* * *

De los libros que se alineaban en el estante que reposaba encima de la cabeza de Lola Cordero, la inspectora Trullas sólo conocía a dos o tres escritores, entre los que destacaba, con una grafía mucho más grande que la del propio título de la novela, en relieve e impreso en colores pastel, el nombre de Chimo Vidal. Había unos diez o doce ejemplares de distintos títulos, colocados siguiendo un orden que tanto podía ser cronológico como por tamaño, escala cromática o en función del gusto estético de la agente del difunto.
- Era la… gallina de los huevos de oro, ¿verdad? – preguntó la inspectora, y a punto estuvo de detenerse, pero no encontró otra forma más gráfica que aquélla para describirlo.
- Era un mierda – espetó Lola Cordero, mientras sacaba un paquete de tabaco de uno de los cajones de su mesa de diseño y ofrecía a la inspectora un cigarrillo, quien declinó negando con la cabeza –. Un temerario, un egoísta, un ser despreciable. Pero sí, era mi mejor cliente. ¿No está al corriente de las listas de ventas en este país, inspectora?- preguntó retóricamente la agente mientras se colgaba un cigarrillo en los labios y aproximaba la llama de un encendedor - Chimo era el que más vendía. Vendía basura, sí, bazofia edulcorada para marujas y porteras, ¿pero qué es este país sino un patio de porteras?- volvió a preguntar, exhalando una bocanada de humo.
La inspectora Trullas rebuscó con cierta avidez dentro de su bolso.
- Y a parte de usted misma, ¿quién más mostraba una clara antipatía hacia la víctima? - inquirió la inspectora, abriendo el paquete de chicles y echándose uno a la boca -. ¿Fue testigo de alguna discusión, alguna trifulca que Chimo Vidal mantuviera recientemente con alguien? - añadió, masticando la gragea y dejando que el sabor extra fuerte hiciera merma en su ansiedad.
Lola Cordero resopló con sus labios teñidos de intenso carmín.
- Cualquiera que le conociera bien podía ser su enemigo. Aunque, ahora que lo menciona, hace pocos días discutió con Marcos Andrade- dijo la agente, y aclaró, antes de que la inspectora se lo preguntara –. Marcos Andrade es su principal competidor en el mercado de la novela rosa, aunque su estilo es mucho más, cómo decirlo – hizo una pausa mientras hallaba el calificativo idóneo -, carnal, subido de tono, que el del propio Chimo, que era de un tierno que daba asco.
- ¿Dónde discutieron? – inquirió la inspectora.
- En la cena de una entrega de premios, en el Restaurante MOO – respondió la agente, y exhaló el humo de su cigarrillo antes de proseguir -. Estábamos sentados en una misma mesa; ellos dos, Josep Tous, que es el agente de Marcos Andrade, y yo misma. Discutían sin elevar el tono, disimuladamente, mientras Josep y yo charlábamos de lo nuestro. Les veía de reojo.
- ¿Y qué ocurrió?
- Nada – se encogió de hombros -. Marcos Andrade se levantó de golpe, balbució una excusa y se fue.
- Voy a necesitar la dirección de Marcos Andrade.
- Claro – asintió Lola Cordero –. Aunque sólo puedo facilitarle el teléfono de su agente.
- Eso servirá.
Lola Cordero se enderezó hacia su ordenador portátil, que reposaba encima de la mesa, anotó un número de teléfono en un post-it que arrancó del bloc y alargó a la inspectora Trullas antes de apagar la colilla del cigarrillo en un cenicero y aplastarla con sus ataviados dedos de largas uñas. Como a una cucaracha, se dijo la inspectora. Y esta vez no sonrió.

* * *

El agente López la esperaba en la misma mesa en la que lo había dejado, casi diría que en idéntica posición, dando buena cuenta de un bocadillo y una jarra de cerveza, ambos a medio terminar. Éste la saludó con la mano abierta, la que le quedaba libre, y antes de aproximarse a su subordinado la inspectora Trullas se dirigió al camarero que frotaba vasos enérgicamente con una bayeta detrás de la barra y cuya atención parecía absorbida por las imágenes de un televisor de plasma que se alzaba sobre sus cabezas.
- Una caña y un bocadillo de jamón, por favor. Sin tomate - esperó a que el camarero diera muestras evidentes de haberla escuchado y, cuando éste elevó la barbilla y arqueó las cejas, en un signo de entendimiento inequívoco, fue a reunirse con López.
- Hay que ver, inspectora, es usted la única catalana que conozco a la que no le gusta el pan con tomate - comentó el agente mientras la inspectora Trullas se despojaba de su gabardina y se sentaba en la misma silla que unas horas antes había ocupado.
- ¿Cómo te ha ido con la asistenta? ¿Hay novedades? – preguntó, haciendo caso omiso del comentario de su ayudante, quien no se cansaba de repetirlo cada vez pedían bocadillos, lo que solía ocurrir muy a menudo.
El agente engulló el último trozo del suyo y ayudó a bajarlo con un largo trago de cerveza.
- Nada nuevo, inspectora, lo mismo que declaró en comisaría – se limpió la boca con una servilleta de papel y se sacudió las miajas que habían caído sobre su pantalón -. Lupe se fue a las siete de la tarde, como cada día, habiendo dejado la casa limpia y la cena preparada.
- Rutina – añadió la inspectora para sí misma, desistiendo de corregir a su subordinado esta vez.
El camarero se acercó a la mesa y dejó el plato con el copioso bocadillo y la caña de cerveza sobre la superficie de fórmica.
- No tenemos nada, inspectora. Ni quién pudo traer los bombones, ni el origen del veneno – expuso el agente, cuando el camarero volvió a su lugar tras la barra. – Aunque hay una cosa que llamó la atención de Lupe - añadió, mientras la inspectora Trullas daba una primera dentellada a su bocadillo y empezaba a masticarlo.
El agente López se agenció un mondadientes del palillero y arrimó a la mesa su hechura de atleta, haciendo que sus rodillas se toparan con las de la inspectora.
- Según afirma su asistenta, a la víctima no le gustaban los bombones – desveló, e introdujo el mondadientes entre sus dos incisivos.
- Sin embargo, se comió uno – repuso la inspectora, dejando el bocadillo en el plato y echando mano de su vaso de cerveza –. Un mal día para desafiar a su paladar, ¿no te parece, López? – inquirió ésta mientras visualizaba el cadáver del literato, yacido en el suelo en una posición grotesca, con la caja vacía sobre su pecho y rodeado de una decena de bombones envenenados, uno de los cuales había puesto fin a su vida y a su célebre aunque dudosamente meritoria carrera de escritor.
- Ya sabe lo que dicen, inspectora – adujo el agente, enigmáticamente –, la curiosidad mató al gato.

* * *

- Una tragedia, sin duda alguna – dijo un compungido Marcos Andrade, quien cerró y dejó sobre el sofá el libro que estaba leyendo antes de que le importunaran y cuyo título rezaba: Siempre creí que moriría joven -. Una terrible paradoja, ¿no les parece?
La inspectora Trullas y el agente López asintieron al unísono, fingiendo un pesar que en realidad no sentían demasiado.
- Su último bestseller y, según la crítica, una de sus mejores obras – añadió Andrade, absorto aún en sus propios pensamientos y con la vista fija en algún punto de la pared situado entre las cabezas de ambos policías.
- Señor Andrade – apremió la inspectora -, queremos saber qué tipo de relación tenía con la víctima. ¿Eran amigos pese a su rivalidad profesional?
- Por supuesto que éramos amigos – replicó el escritor, cogiendo nuevamente el libro y oprimiéndolo contra su pecho - ¿Qué se creen, que lo maté porque vendía más libros que yo? – les espetó.
- Lola Cordero, la agente del finado, nos ha dicho que recientemente mantuvieron una discusión – comentó la inspectora, insensible ante la actitud teatralmente ofendida de Andrade -. ¿Puede decirnos por qué discutieron?
- Claro que puedo, pero no lo haré – afirmó, ante el asombro de la inspectora –. Conozco mis derechos ante la ley. Su gorila no me intimida, ¿sabe? – les desafió, dirigiendo desdeñosamente la mirada hacia el agente López, quien hizo ademán de levantarse sin otra intención que la de hacer castañear los dientes a aquel individuo.
Muy a su pesar, la inspectora Trullas detuvo a su ayudante con un gesto conciliador, se aclaró la garganta y se dirigió a Marcos Andrade en un tono mucho más suave que el que había empleado hasta entonces.
- Verá, señor Andrade, nadie le acusa de nada y esto no es un interrogatorio formal, sólo un intercambio de impresiones – sonrió –. Díganos por qué discutieron y le dejaremos en paz.
Marcos Andrade, todavía con el libro entre sus brazos, contempló recelosamente a los dos policías y profirió un suspiro antes de claudicar.
- Bueno, Chimo era un tipo bastante arriesgado, casi diría que imprudente – hizo una pausa y miró a la inspectora, quien sonrió de nuevo, animándole a proseguir -. Le gustaban las emociones fuertes y había traído no sé qué sustancia de su último viaje a Marruecos. Pretendía que la probara, que la probáramos ambos, pero me negué en rotundo.
Y añadió, haciendo acopio de dignidad y observando de soslayo al agente López, que esperaba como agua de mayo otra salida de tono del escritor para echarle las manos al gaznate:
- Yo, a diferencia de otros, respeto la ley, ¿saben?
La inspectora Trullas, a quien le había acometido una repentina ansiedad, sacó el paquete de chicles de su bolso y profirió un exabrupto al darse cuenta de que estaba vació.
- Vaya, inspectora, ¿usted también está dejando de fumar? – preguntó Andrade mientras se enderezaba, abría un cajón de la mesita dispuesta a un lado del sofá y extraía algo de su interior –. Yo hace tres meses que lo dejé, y como eso de mascar chicle me parece de lo más ordinario combato la ansiedad con algo mucho más sofisticado. ¿Quieren?
Marcos Andrade les aproximó una caja abierta en la que destacaban siete u ocho bombones envueltos en un elegante glasé dorado e intercalados con tres o cuatro espacios relucientemente vacíos. El escritor interpretó las caras de pasmo de los policías como sendas negativas, así que escogió un bombón, lo desenvolvió con sus manos de cuidadas uñas y se lo llevó a la boca.
- El problema es que me estoy poniendo muy gordo – y añadió, saboreando el bombón, sin perder de vista la aturdida reacción del agente López – Como un auténtico cerdo.

* * *

La inspectora Trullas cerró furtivamente el libro cuando los nudillos de acero del agente López espolearon la puerta del despacho y, antes de aguardar respuesta, su cabeza afloró por el marco de la misma. Le invitó a pasar con un gesto de su mano y el agente introdujo no sólo la cabeza sino también el conjunto de su cuerpo serrano en el despacho de la inspectora.
- Sólo quería saber cómo le ha ido esta mañana con el juez instructor y qué va a pasar con el caso de Chimo Vidal – preguntó el agente mientras acomodaba su trasero en una silla, frente a la mesa de la inspectora.
- El caso es que no hay caso, López – respondió ésta -. A Chimo Vidal no lo mató nadie o, si acaso, lo mató su desmedida insensatez. Le gustaba el peligro y correr riesgos – aseveró mientras recordaba los reproches de Lola Cordero y las fotografías que decoraban las paredes del apartamento del escritor – y todo se le fue de las manos. Según los informes de toxicología, la droga que trajo de Marruecos en forma de mejunje líquido y con la que pretendía agarrarse un colocón junto a su amigo Marcos Andrade, quien solía ser partícipe de sus osadías, contenía una sustancia que en dosis elevadas puede llegar a resultar mortal. Esta vez, Andrade se negó a probarla y Chimo decidió que se la haría tragar fuera como fuera, por eso preparó lo de los bombones, valiéndose de que su amigo los consume a todas horas desde que ha dejado de fumar. Introdujo la droga, probablemente con una jeringuilla de la que se deshizo porque no la encontramos en su apartamento, y simplemente esperó la ocasión propicia para darle los bombones a Andrade. Aun así, no tuvo paciencia y la curiosidad hizo que probara uno, aunque no le gustaran, para sentir los efectos de la droga que éstos contenían. Pero se intoxicó, murió y la asistenta encontró el cuerpo a la mañana siguiente creyendo, como todos nosotros, que había sido asesinado.
- O sea, que hizo de cobaya y la palmó – elucidó el agente.
La inspectora Trullas no pudo reprimir una risotada ante el comentario de su subordinado, pese al asombro éste, quien se levantó airadamente de la silla y se aproximó al quicio de la puerta.
- ¿Sabe qué le digo, inspectora? ¡Que al carajo con usted, no hay quien la entienda!
El agente López abrió la puerta y salió del despacho, dejando a la inspectora Virginia Trullas sumida en un ataque de risa que sólo pudo apaciguar el recuerdo del libro que estaba leyendo y que reposaba sobre sus rodillas. Se despojó de sus tacones de aguja, se reclinó en el respaldo anatómico de la silla y se sumergió nuevamente en la lectura del fascinante último bestseller del malogrado Chimo Vidal mientras con una mano se masajeaba el empeine de sus maltrechos y atormentados pies.
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Lo que la inteligencia nos devuelve con el nombre del pasado no es el pasado (Marcel Proust)

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ciro
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por ciro » 15 Oct 2009 21:28

Bien. Un pero, para mi está demasiado recargado de metaforas chistosas.
El pueblo debe desconocer siempre dos cosas: con qué se hacen las salchichas y como actúan los estados

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Sunrise
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Sunrise » 15 Oct 2009 22:04

A mi me encantan esas metáforas chistosas. Lola Guisado :mrgreen: cuando leí eso casi me muero de la risa. Además que mete unas descripciones muy muy buenas, un relato largo que se me hizo corto.
Tú me sacas una sonrisa

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Ángel_caído
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Ángel_caído » 16 Oct 2009 13:01

Creo que le sobran algunas de esas metáforas, pero está bien :wink: . Me gusta mucho cómo empieza el desarrollo de la investigación, pero...de repente...ya está solucionado. También se me hizo corto por eso, me hubiera gustado mucho que la investigación avanzara un poco más antes de resolverse.
Leyendo: La feria de las vanidades
*Pienso, luego insisto* *** Recuento 2012

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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Felicity » 18 Oct 2009 23:08

Me ha encantado!
me ha parecido un poco Entre Mercedes castro (la parte buena de su personaje) y Petra delicado

:eusa_clap:

Pero?
Pocos peros... tal vez que el final es endulcorado
bah! hasta eso está bien. Felicidades :D

Por cierto que tienen los autores con Barcelona?
es el tercero que leo ambientado en esa ciudad :cunao:
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Desierto » 20 Oct 2009 00:18

Este relato me ha despertado emociones encotnradas.
Por un lado me ha gustado mucho la facilidad con la que el autor nos muestra a los personajes; con un par de pinceladas nos hacemos una idea muy precisa de ellos. Un aciert sin duda. La trama, interesante, aunque el final se resuelve de forma un pelín "sosa". Me gustan mucho los diálogos, creo que están muy cuidados los niveles dé lenguaje de los personajes, pero...
me parece que está excesivamente recargado en las acotaciones y en los párrafos de narración, a veces demasiado largos y que te distraen de la acción y de los diálogos. Creo que el relato mejoraría si en estas partes el autor hubiese optado por frases más claras, directas y contundentes.
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por artemisia » 21 Oct 2009 11:40

me ha gustado mucho, me ha trasladado a una novela negar de las que pudo leer hoy en día, el autor no es un dios de la literatura pero se defiende con una buena trama y dialogos....me convence.

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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Ororo » 21 Oct 2009 14:58

No está nada mal este relato. Me ha gustado que sea fluido y tenga tintes cómicos. Mucho detalle en lo que envuelve al crimen en cuanto a personajes, pero creo que le falta chicha. Para lo extenso que es, podría haberse centrado más en el caso.
Pero está bien escrito y, pese al asesinato, me ha parecido muy vivaz :wink:
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por al_bertini » 21 Oct 2009 16:08

He de decir que me ha gustado mucho, sobre todo por la parte de los personajes y su día a día, que me parece genial, con ese humor tan peculiar. La trama es sencilla y bien estructurada, cosa que es de agradecer.
La única pega que le pondría es que por motivos de espacio falta "un poco" de la resolución del misterio.

Ese estilo de frases largas y descriptivas al comienzo del relato (que ya me gustaron anteriormente), creo que ayuda a imaginar al autor del relato ;)
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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Cronopio77 » 22 Oct 2009 23:35

El autor quiere mezclar humor y misterio, y, en mi opinión, no consigue ninguna de las dos cosas. Las acotaciones chistosas me resbalan. Creo que el humor es muy difícil y que no basta que un personaje hable de "Lola Guisado" en lugar de "Lola Cordero" para construir un buen chiste; ni siquiera en un bar, rodeado de cervezas, me parecería bueno. Eso empaña la trama y el remedo de crítica al mundo literario que se vislumbra entre tanto chiste, que, en mi opinión, podría haber dado mucho más de sí.
"Cónclave", mi última novela. ¡¡Descárgala gratis!! http://www.bubok.com/libros/2115/Conclave
Visita su hilo en el foro: http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... 10&t=31897

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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por SHardin » 23 Oct 2009 20:31

Leído. Me ha encantado. Me he reído cuando ha querido la autora (o autor) y he entrado al trapo en todo. Me estaba gustando mucho la trama policíaca y el final no me parece nada mal si se tratara de un concurso general como el de primavera pero no puedo evitar sentirme algo decepcionado al meter el relato en un género y esto es por culpa de las expectativas de este lector.

Lo dicho si este fuera un concurso de relatos general este seria de mis favoritos.
Última edición por SHardin el 28 Oct 2009 08:28, editado 1 vez en total.

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Re: I Negra: Siempre creí que moriría joven

Mensaje por Arwen_77 » 28 Oct 2009 00:37

Este me ha gustado muchísimo. Lo he visualizado especialmente bien , el final tiene su vuelta de tuerca inesperada , me he reído con las bromitas intermedias y , sobre todo, los personajes me han resultado de lo más graciosos y humanos. Me he quedado con ganas de más aventuras del simpático Adonis de andar por casa López y la sufrida inspectora Trullas que "tenía la mala costumbre de recelar de aquellas mujeres que eran más guapas, más altas , más delgadas y más exitosas que ella misma" :meparto:
Peguilla: que la resolución llega demasiado fácilmente sin darnos apenas detalles sobre ella.

Por favor autor/a , escribe algo más sobre estos personajes , que molan un montón y les puedes sacar mucho más jugo. :D
:101: Caesar's women - Colleen McCullough

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Re: I Negra: Siempre crei que moriría joven

Mensaje por Arwen_77 » 02 Nov 2009 11:38

Un aplauso para Irene y , lo dicho, por favor escribe más de estos personajes.
:101: Caesar's women - Colleen McCullough

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Irene_Adler
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Re: I Negra: Siempre crei que moriría joven - Irene_Adler

Mensaje por Irene_Adler » 02 Nov 2009 12:00

Gracias a todos los que habéis leído el relato.

Tengo que decir que me costó mucho encontrar un final que me resultara satisfactorio en sólo 6 páginas, y que tuve que dar tijeretazos por todas partes.

Arwen, prometo alguna aventurilla más de este par de frikis desarraigados. :wink:
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Re: I Negra: Siempre crei que moriría joven - Irene_Adler

Mensaje por ciro » 02 Nov 2009 22:07

Mirala, no te creia yo tan graciosa en los relatos. Fue una de las dudas en la votacion, con el de eki, nelly y el de Kharonte. O sea que enhorabuena por el relato.
El pueblo debe desconocer siempre dos cosas: con qué se hacen las salchichas y como actúan los estados

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