CPVII: El tonto, la vaca y la vida - (2º Jurado) Emisario

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Eyre
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CPVII: El tonto, la vaca y la vida - (2º Jurado) Emisario

Mensaje por Eyre » 12 Abr 2012 15:45

El tonto, la vaca y la vida


Juro, ante las nobles fuerzas de la verdad, que lo que estoy a punto de narrar se ajusta, en cada detalle, a los acontecimientos ocurridos en aquella extraña noche. Muchos serán los que no creerán y otros pocos pensarán que se trata de un relato inventado por Dios sepa que retorcido aspirante a escritor. No obstante, tanto los unos como los otros, a la luz de los hechos aquí narrados, tendrán finalmente que aceptar la realidad. Creedme, hay una poderosa razón por la cual, el una vez maravilloso pueblo desde el cual os escribo ya no es, y probablemente jamás volverá a ser, el mismo de antes.
Para despejar toda duda acerca de la veracidad de la historia, he dejado en el ayuntamiento un escrito que es copia fiel y exacta del que vuestros ojos examinan en éste momento. Sabed, además, que el documento está firmado por dos testigos, ambos cuerdos y presenciales. Os ruego que me perdonéis por el reducido número de comparecientes, pero tras leer lo que sigue comprenderéis, de manera amplia, que habría sido extremadamente difícil encontrar un número mayor de firmantes que pudiesen hacer gala de ambas características.
Os adelanto que los hechos han tenido lugar aquí mismo, no muy lejos del mismo consistorio de mi querido terruño, alma de mi vida y pasión de mis sentires. Sí, así es, como seguramente ya lo habéis adivinado, Teja Suelta es mi pueblo, o al menos solía serlo.
Aún recuerdo cuando lo divisé por primera vez, diáfano, colorido y acogedor, tras aquella última colina, hace ya muchos años, cuando llegué siendo sólo un mozuelo imberbe, atraído por la insólita mezcolanza de mar y montañas, de carneros y de atunes, de fieros marineros y aguerridos montañeses. Cuánta nostalgia me produce el verle tal y como está ahora. Quién se iba a imaginar que en el seno de sus virtudes ocurriría un tal hecho. Está bien, no os preocupéis demasiado, es comprensible, entiendo que para los que no sois benditos, es decir, que no habéis nacido o al menos crecido en el glorioso pueblo de Teja Suelta, mi estado afectivo actual puede parecer algo exagerado; pero os aseguro que si lo fuerais, o si hubieseis vivido lo que me ha tocado vivir a mi, lloraríais, a pañuelo tendido, al igual que lo hago yo, por la irremediable pérdida de su identidad.
Pero vamos a la historia, que ya está bien de sentimentalismos impropios de un profesional que se honre de tal.
El día en cuestión, el calendario marcaba la fecha exacta, baste por ahora con decir que rozaba ya aquella época del año en la cual no hacía ni frío ni calor, aquella época justa en la que las delanteras de Doña Enrica, —como se hacía llamar nuestra ilustre Alcaldesa—, ni asomaban por el escote veraniego, ni estaban completamente tapadas con el chal del calosfrío. El atardecer llegó lento, debido sin duda alguna a la gran ansiedad que todos teníamos por vivirlo. Para cuando por fin llegó, se presentó más bien fresco, con una luna tempranera que brillaba menguante y que enviaba tímidos y plateados haces de luz que cruzaban con dificultad la gruesa capa de nubes que se había formado justo sobre el poblado.
El reloj, que de seguro habría marcado con exactitud alguna hora, extrañamente ya no funcionaba. Se había detenido ése mismo día, pasada la hora de la oración, justo después de que aquel inusual viento ululante zamarreara tanto a las jaras como a los abedules. Viento que, en mi opinión, debió alarmar a la comunidad entera, provocar una asamblea de emergencia y alborotar la vida de cada uno de los integrantes del pueblo, como había ocurrido en el pasado por causas mucho menos relevantes. Sin embargo, por curioso que parezca, a nadie pareció importarle demasiado ni el viento ni tampoco la pérdida de la referencia horaria. Nadie tenía, aparentemente, otra preocupación que no fuera la de llegar a tiempo para reservar un buen lugar y presenciar con claridad el espectáculo anunciado hace ya un mes.
Aquella tarde, mientras descansaba sentado en el primer peldaño del porche de la barbería, pude ver a la gente caminar, conversar y reír. Todos estaban ilusionados y expectantes. Fue la última vez que vi a mi pueblo feliz, la última vez que le vi vivo, despierto y pleno.
Recuerdo muy bien que ése día, Doña Enrica, adelantando de manera excepcional el final de la tertulia inglesa, despachó a la junta vecinal temprano, giró el cerrojo de la patronal y una vez afuera —en un muy poco habitual desplante de buen humor—, actuó una carrerilla, moviendo su gruesa anatomía con gracia hasta la calesa municipal que le esperaba presta a partir. Claro que fueron varios los que tuvieron que ayudarle a subir, empresa que requirió de una laboriosa sucesión de empujones, gemidos y comandas, hasta que finalmente consiguió hacer pie. La acompañaban el cura, que ya se encontraba sentado y el jefe de policía, quien estaba de pie y conducía el carruaje. Tiraba de las riendas con una fatuidad irrisoria, propia de quien llevaba una existencia sometida, relegada y mal resignada a un segundo lugar perpetuo.
Se estiró entonces Doña Enrica el vestido, inspiró hondo, miró a su alrededor y, tal y como se imaginó que lo habría hecho Napoleón al enviar a sus tropas a batalla, con gran dignidad ordenó:
—¡Adelante…!
De inmediato e intentando aliviar su denostada valía, el jefe azuzó a los corceles. La maniobra fue tan brusca que Doña Enrica, que no tuvo tiempo de asirse del manillar de parada, cayó sentada con los pies hacia arriba dejando accidentalmente entrever sus hirsutas y rechonchas canillas. No fue una visión agradable y, como era de esperarse, la primera de las blasfemias despedazó el silencio más allá de lo imaginable. Y no sería la última. A continuación, fingiendo haber dado el <<pequeño incidente>> por superado, se sentó y se arrebujó en el sillín con su chal, prenda que le era tan característica como su gigantesca personalidad. Los próximos minutos del viaje iría callada y con la vista al frente. Se le veía ofuscada y se le percibía mandona; como de costumbre.
El resto de nosotros, los mortales, o quizá deba decir <<la tropa>>, tras la explícita indicación verbal, nos pusimos en movimiento. Le seguiríamos en procesión. Los más comenzaron a caminar, y los menos, o bien montaron a lomo de caballo o de mula, pero todos, absolutamente todos, descontábamos con ansiedad la distancia que nos separaba de tan magno evento.
Detrás del gentío, el pueblo quedaba completamente desierto ya que incluso el misterioso capitán rompeolas —bautizado así tras su tercer naufragio frente a las costas del pueblo—, había abandonado su estricto aislamiento para acudir a la mentada ocasión.
Está demás decir que al final de la romería, con lápiz y papel en ristre, caminaba atento a cada detalle quien os habla: Don Francisco Wenseslao de Torreón; escritor ocasional, periodista autodidacta y aprendiz de barbero del hermoso pueblo de Teja Suelta.
Y si hay algo de lo que estoy seguro en esta vida, es que fue justamente allí, en ése preciso momento, donde se delineó lo que otros grandes antes que yo han definido como el límite entre el antes y el después. Es menester aclarar que después, nadie en todo el pueblo volvió a ser el mismo, y si os preguntáis por el tonto, pues os confirmo que él tampoco.
Antes de continuar, y ya que estamos hablando de él, me gustaría matizar el concepto absolutista de que el tonto, o más bien dicho <<nuestro tonto>>, no era capaz de hacer nada bien. Lo menciono pues, vaya Dios a saber por qué, últimamente al tonto le había dado por escribir poesía. Sí, poesía.
Y aquello no habría pasado de provocar algún entusiasta comentario positivo de no haber sido por aquellos panfletos publicitarios que se habían distribuido a conciencia. En ellos, se prometía que para el atardecer en cuestión, todo aquel que acudiera presenciaría un espectáculo de narrativa de fuera de este mundo, como el que nunca antes se había visto en pueblo alguno.
Hasta este punto, y a pesar de lo excepcional, los hechos aún no cruzaban la frontera de lo curioso y de lo llamativo. Lo que realmente cautivó la imaginación y la curiosidad del pueblo entero fue que, según se decía, el tonto no solo escribía la poesía, sino que además, hacía que un animal la recitara por él.
Primeramente, y sin querer abusar de vuestra paciencia, me gustaría explicar el complejo mecanismo por el cual una vaca es capaz de hablar. Quisiera también mencionar que los detalles que estáis por leer son fruto de una avanzada, difícil y profunda entrevista hecha por el autor de éstas líneas a la Sra. Magdalena, madre soltera del tonto, que dicho sea de paso, de tonta no tiene nada y de necesitada mucho.
Pude entonces en aquella reunión informarme, tras agotadoras negociaciones, que se trata de una complicada maniobra que requiere de un guante largo —de una longitud homóloga a la del brazo—, mucha destreza y, a veces, dependiendo de quien sea el interprete, paciencia. Entonces, ya así dispuestos, se le estimula de la manera adecuada y, si el que la toca es experto, la vaca habla. Pero eso no es lo más complicado, o al menos es lo que me han dicho, lo más difícil de conseguir es que cuando hable, que hable bonito y ojalá en verso y sin acento extranjero.
Hecha la aclaración, y debido a que ya me estoy quedando sin folios (sólo tengo seis), paso a describir el ambiente en el establo. Me veo forzado a ahorraros los picarescos detalles del accidente de la Sra. Alcaldesa, quien empantanada hasta las enaguas y con el carruaje a medio volcar, maldecía al jefe de policía al tiempo que le exigía al cura que la absolviera tras cada blasfemia. Hasta quien os escribe esbozó una sonrisa involuntaria —hecho poco profesional y que no me suelo permitir cuando estoy cubriendo una historia—, al escucharla pedir agua bendita, pues la que le quería soltar al pobre jefe iba a requerir de un enjuague bucal inmediato.
Tampoco os podré relatar en detalle como el capitán se enamoró de Juanita, la panadera, al descubrir en aquella agradable caminata que era ella quien le dejaba en su puerta todas las mañanas un panecillo con forma de barco volteado. Muy a mi pesar, tampoco os podré contar como Julio, el componedor del pueblo, descubrió que Andrés, —uno de sus mejores clientes—, no sólo no estaba mal de la espalda, sino que además, estaba dispuesto a pagarle con canje. Ni muchas otras anécdotas que por ahora, tendrán que esperar.
La tarde seguía envejeciendo mientras continuábamos caminando, montando y paseando hasta que por fin llegamos al final del sendero. Unos metros más allá, en medio de dos hermosos algarrobos, una precaria construcción hacía las veces de establo. Era el lugar señalado y lentamente nos acercamos y fuimos llenando el recinto con nuestra presencia. Tan atiborrado estaba el lugar que unos pocos tuvimos que subir al segundo piso, que no era más que un espacio angosto donde se almacenaba el forraje para los animales. Desde allí, sentado con los pies colgando, siempre atento y tomando nota de los hechos, un servidor pudo apreciar como la tarde daba paso a la noche. Y justo cuando el sol se ocultaba y los actores se preparaban para entrar en escena, aquel extraño viento de antes comenzó nuevamente a soplar. Ululaba con un tono y una intensidad dispareja, pero en general, mucho más suave que antes, dándole a la velada un trasfondo de misterio que avivaba la expectativa colectiva en oleajes desiguales, como si fuese una coreografía mental grupal sobre música de fondo especialmente destinada para el evento. No obstante, y al igual que antes, nadie daba señas de preocupación alguna, sólo se acomodaban y esperaban.
El murmullo general, que parecía el de una colmena de avispas, cesó bruscamente cuando apareció sobre el escenario el tonto. La madera crujió bajo el peso de las pezuñas de la vaca que le seguía de cerca, dócil y cabizbaja.
Quien iba en punta, entró con timidez, con el sombrero de paja reunido por sus manos contra el pecho y la mirada fija en el piso. Se detuvo, juntó los pies, e hizo una pequeña reverencia en un movimiento fracturado tras el cual giró y se sentó en el taburete de ordeña facilitado por José; el dueño del establo, de la vaca y principal auspiciador del evento. Y como si de un acto previamente ensayado se tratara, hizo desde el taburete un pequeño ademán que terminó con un dedo apuntando hacia el techo. De inmediato, desde la viga más alta, una lámpara de aceite en forma de campana, provista de una mecha única, descendió chirriando. Lo hizo a velocidad desigual, a trompicones, propios del nerviosismo de las manos que le iban soltando cuerda. La lámpara se detuvo por fin al centro de la precaria plataforma improvisada para la ocasión, justo por encima de la vaca, momento en el cual el público contuvo el aliento. Ningún sonido escapaba a través de las roídas paredes del establo que cobijaba a tan excelsa concurrencia. Adentro el silencio era absoluto, excepto por el rechinar apagado del guante de tripa curtida que el tonto se ajustaba con habilidad hasta el antebrazo.
En primera fila, sentada sobre el cajón tomatero más cómodo, se encontraba Doña Enrica; atónita, algo asustada pero con un sádico y bien disimulado disfrute. A su derecha, el cura, quien no dejaba de abanicarse el sudor de la frente con una hoja de palma seca con la imagen de la iglesia local grabada en uno de sus lados. Era un regalo de la viuda de Salvatierra, a quien había conocido en el responso de rigor. A su izquierda, el jefe de policía, en actitud de castigado, sentado sobre un madero bajo, quedando en una postura evidentemente incómoda, con las rodillas a la altura de la barbilla y muy por debajo de la verdadera jefa. Detrás de ellos; el resto del pueblo... todos ansiosos, curiosos y callados, atraídos sin remedio hacia lo que prometía ser la gran experiencia de sus vidas.
Entonces se escuchó un mugido tras el cual la vaca, tal y como había prometido el tonto y había avalado José, habló:

Después de todo, lo digo en verdad ¿qué es la realidad sino un cúmulo de experiencias cognitivas que nos estimulan y dan sentido a nuestra existencia?
Basados en ésta premisa, ¿una realidad alternativa, podría ser un destino válido?
Y de serlo, ¿sería menos o más completa que la que le dio origen?
Dependerá, por supuesto, de la riqueza de esta otra realidad.
¿Pero, y si fuese de una riqueza, intensidad, color y sensación muy superior a la anterior? ¿podríamos culpar al viajero por preferirla?
¡Yo creo que no!


Fue tal el asombro que nadie atinó a contradecir al animal, o al tonto. Nadie esperaba que el animal realmente hablara, y mucho menos que lo hiciera en tales términos. Aquello, desde luego, no era poesía, tampoco era gracioso, ni siquiera era totalmente comprensible. Más bien parecía una especie de mensaje perturbador que no hizo más que afectar y horrorizar a la concurrencia. Pasaron quizás dos o tres segundos y una voz ronca que provenía de un iracundo jefe interpeló con furia en dirección a la vaca:
—¡Esto es un engaño, no, no puede ser!
—¡Es obra del diablo, padre...! ¡Por favor haga algo, lo que sea! —complementó Doña Enrica, en medio de una evidente crisis de pánico. Justo después le quitó el abanico al cura, pero no alcanzó a utilizarlo. Quedó tendida fruto de un abrupto soponcio que no dio más aviso que unos ojos blancos detrás de unos párpados tiritones.
La vaca, que se vio tan bruscamente interrumpida, giró la cabeza hasta quedar viendo directo a los ojos del jefe, esperó a que el cencerro que le colgaba dejara de sonar y entonces, con voz suave y profunda replicó:

¡Siéntese, por favor, jefe! No me haga citar a Kant... o puedo asegurarle que la dicotomía que tan ingenuamente nos muestra entre su idealismo trascendental y su barbarie psíquica se puede arreglar de una sola coz...

El jefe intentó continuar con su alegato, pero sólo se le veía articular y gesticular. Ningún otro vocablo pudo ya salir de su garganta. Entonces, lleno de terror y frustración desenfundó el sable y levantó el brazo dispuesto a iniciar una carga suicida, pero en ése momento descubrió que tampoco se podía mover. El sable se descolgó de su mano y cayó a sus pies para luego desmaterializarse.
El tonto, inmutable y pausado se levantó y comenzó a masajear su antebrazo. Una mueca de dolor le pintó el rostro por unos segundos. Al parecer, el esfuerzo de manipular las ubres y lo otro al mismo tiempo le había producido un pequeño calambre, o al menos eso parecía en ese momento. No tardé demasiado en darme cuenta de que lo que hacía era otra cosa.
Es aquí donde intentaré explicar lo inexplicable, pues súbitamente un penetrante y agresivo olor impregnó la amplia estancia del establo, olor que al menos a mi me pareció como a pimienta quemada o ahumada. Además, casi al mismo tiempo, las paredes de la edificación comenzaron a pintarse con brillantes y azulinos reflejos similares a los del relámpago, solo que continuo. El color vino acompañado de un sonido, o más bien de una melodía, que se apoderó de las mentes de los presentes. Era una secuencia musical que invitaba a relajarse y, justo cuando uno comenzaba a dejarse llevar, unos estridentes chillidos la interrumpían con brusquedad. Extraña combinación que, de algún modo, provocó que la conciencia se hiciera colectiva. Por unos momentos, todos pudimos sentir lo que cada uno de los demás sentía de manera individual. Desafortunadamente para mí, o quizás todo lo contrario, la primera conciencia que compartí fue la de Doña Enrica. Fue tal mi susto, que al intentar salir corriendo hacia ninguna parte trastabillé e introduje medio pie en una hendidura oculta por la paja almacenada en el segundo nivel. Caí sin remedio hasta el primer nivel, sobre otros dos desafortunados. Juntos, los tres, constituimos un pequeño alud humano y debido a la fuerza del impacto, salimos disparados fuera del establo al cruzar las delgadas tablas que hacían las veces de pared en ese lugar. Una vez afuera, sentí como rápidamente me desconectaba del ser común y pude entonces observar, ya menos asqueado, lo que a continuación os detallo:
Todos se encontraban en una especie de trance. El tonto ya no era el tonto, y sospecho ahora que quizás nunca lo fue. Ya no se parecía al que todos conocíamos, en realidad no se parecía a nada que hubiese visto con anterioridad. Su cuerpo comenzó a sufrir una metamorfosis, abandonando el aspecto humano y adquiriendo poco a poco una forma más bien redondeada. Su piel, que ahora era luminosa, comenzó a expeler un líquido plateado y unos húmedos apéndices ondulantes brotaron vívidos desde su grueso abdomen. Sus piernas se unieron para formar una extremidad única, ancha y babeante y desde la punta de uno de sus tentáculos, asomó un pequeño globo que se fue haciendo cada vez más grande. Era verde y brillaba en pulsos, ascendió y justo antes de tocar el techo se abrió y liberó cientos de pequeñas luces informes. En ése momento, la luna, o lo que hasta entonces creí que era la luna, bajó y se quedó flotando estacionaria sobre el establo. Brillaba intermitente, al mismo ritmo que las luces flotantes interiores. Entonces, tras arremolinarse, estas pequeñas fosforescencias descendieron y comenzaron a desaparecer al ir entrando a las bocas de cada uno de los presentes. Uno a uno cayeron desmayados, rígidos y silentes. Los que estábamos afuera intentamos entrar, queríamos ayudarles, pero había algo parecido a un viento de agua que sellaba el agujero en la pared y que nos impedía entrar. Cada uno de nuestros intentos terminaba de la misma manera, rebotando contra esta especie de pared palpable pero no visible. Ninguno de los tres pudo hacer nada, nada excepto gritar y maldecir.
A continuación, y cuando ya todos estaban inconscientes, pudimos observar con horror como uno tras otro comenzaron a flotar en dirección al techo, y luego, se subieron o quizás, por extraño que parezca, deba decir <<entraron>> a la luna. Fue la última vez que les vimos…
Todo terminó tan rápido como comenzó. La luna desapareció en un instante y con ella, todos los habitantes del pueblo. Dentro del establo ya no quedaba nadie, ni siquiera la vaca. Exploramos toda la noche y todo el día siguiente, revisamos las inmediaciones llamando a viva voz a los desaparecidos, buscamos aquí y allá, rogando por encontrarles, sin embargo, no pudimos dar con nadie. A la noche siguiente, decidimos emprender nuestro camino de regreso al pueblo.
Pero el destino aún me deparaba una sorpresa, ya que, al poco andar, la extraña luna volvió a bajar y súbitamente, mis acompañantes también desaparecieron. Nunca sabré con certeza el porqué de la exclusión. Quizás Dios me salvó para que pudiese contar la historia, o quizás se deba simplemente a mi transitoria y providencial separación del grupo, pues he de confesar que venía algo rezagado debido a una imperiosa necesidad biológica que me apartó de ellos brevemente. No lo sé, sólo sé que ahora y desde hace ya un tiempo, me encuentro solo.
Deambulo en silencio y sin rumbo, por éste, mi pueblo, que ahora sólo lo habitan los recuerdos de tiempos mejores.
Y es así como ésta crónica, escrita con minuciosidad y basada en la oficial, termina. Justo en ésta, la última cuartilla en blanco de mi último folio. Me despido embargado por la congoja y os envío mis respetos, deseándoos que nunca, nunca estéis tan triste como lo estoy yo hoy.






Francisco Wenseslao de Torreón,
último habitante de Teja Suelta.
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Isma
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Isma » 15 Abr 2012 15:46

JAJAJAJAJA… me parto cuando la vaca empieza a hablar :meparto: , es que es verdad, ¡¡habla de ciencia ficción!! Juas, qué puntazo…

Pero es que, es que… (estoy comentando al mismo tiempo al que leo), es que… es que… ay Dios mío, ¡¡¡es que sigue!!! El granero se convierte en algo espeluznante, ¡un retablo alienígena, por lo menos! No me lo puedo creer. Jamás me habría imaginado este giro inesperado, que me ha encantado. La escena del granero es simplemente deliciosa. Uf, vaya inyección de risa que me he dado…

La verdad es que hasta ese punto estaba medianamente descontento, porque el texto del buen Francisco de Wenceslao me parecía que quería sonar cateto, pero sin conseguirlo del todo. Ahora me queda una extraña sensación, la impresión de que el suceso esconde algo que yo no he captado, no sé, la luna, o la metamorfosis del tonto. Estoy demasiado impactado como para encontrarle el sentido ahora.

Le daré una segunda lectura inexcusablemente, pero así, de bote pronto, me ha encantado. ¡A tus pies!

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Isma » 15 Abr 2012 15:50

Perdón por repetir: ¡¡me parto!!

la vaca escribió:¡Yo creo que no!

:meparto: :meparto: :meparto: :meparto: :meparto: :meparto: :meparto:

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Saber » 15 Abr 2012 15:53

Me pareció un relato genial en todos los sentidos. Muy bien escrito, con un comienzo intrigante y un final sorprendente. En el trayecto hasta ese final, hubieron además varios momentos cómicos que hicieron del relato una gran lectura.

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por saltamontes » 15 Abr 2012 16:12

Tiene humor a veces y otras veces me ha aburrido un pelín.
Se nota que está muy cuidado todo, pero me parece un poco gris.
Me explico:
si se escribe algo de humor, que sea humor del bueno, este relato se queda como a medias :?
Aún asi, a todos nos llama la atención la vaca parece ser.
saludos :hola:
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Katia » 15 Abr 2012 16:17

Tiene su punto divertido, especialmente con la vaca kantiana y cuántica, jajaja. Tiene su ingenio. Felicitaciones, para el autor :wink: :


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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por elultimo » 15 Abr 2012 18:38

Pues a mi me ha parecido un bodrio.

Al principio la historia me ha llamado mucho la atención, me parecía que iba a ser un relato lleno de humor irónico y de una narración ligera y amena, pero a medida que he ido avanzando se me ha hecho cada vez más tediosa. Me ha dado la impresión de que el autor/a tenía intención de escribir una cosa al principio pero que después ha derivado en otra cosa.

La historia de la vaca que recita poemas y el hecho de que en el pueblo sea un gran acontecimiento me ha parecido muy original y me hubiera gustado que se hubiese explotado más ese filón, haciéndonos ver quien se lo creía y quien no, quien iba por curiosidad y quien por convencimiento,…

Pero una vez deriva en un tema de CiFi ha perdido todo el sentido que tenía al principio y todo el interés que tenía la historia. Por cierto, eso de las abducciones o como narices se le llame a eso, en graneros, me parece que está ya muy visto.

Y como lector, no me gusta que me tomen el pelo. Me dicen que una vaca va a recitar poesía y lo que recita, pues yo no lo consideraría poesía precisamente; y se dice que va a explicar como se hace hablar a una vaca y no lo hace (la explicación que se da es tan aplicable a hacer hablar una vaca, a construir un trasatlántico o a tocar la gaita).

Formalmente debería repasarse la ortografía (sobretodo el uso de la tilde diacrítica) y cambiar algunas frases que no tienen sentido:

Por poner algún ejemplo: "Muchos serán los que no creerán y otros pocos pensarán que se trata de un relato inventado por Dios sepa que retorcido aspirante a escritor.". En esta frase Dios es el que inventa, el aspirante a escritor... no sé, me pierdo “Sí, así es, como seguramente ya lo habéis adivinado, Teja Suelta es mi pueblo, o al menos solía serlo”. Primero, no he podido adivinar nada porque es la primera vez que me citas el pueblo y, segundo, ¿qué significa que “solía ser tu pueblo”?. Otra frase: “El día en cuestión, el calendario marcaba la fecha exacta”, bueno, los calendarios suelen marcar todas las fechas, incluso la del día en cuestión.

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Isma » 15 Abr 2012 18:56

elultimo escribió:Por poner algún ejemplo: "Muchos serán los que no creerán y otros pocos pensarán que se trata de un relato inventado por Dios sepa que retorcido aspirante a escritor.". En esta frase Dios es el que inventa, el aspirante a escritor... no sé, me pierdo “Sí, así es, como seguramente ya lo habéis adivinado, Teja Suelta es mi pueblo, o al menos solía serlo”. Primero, no he podido adivinar nada porque es la primera vez que me citas el pueblo y, segundo, ¿qué significa que “solía ser tu pueblo”?. Otra frase: “El día en cuestión, el calendario marcaba la fecha exacta”, bueno, los calendarios suelen marcar todas las fechas, incluso la del día en cuestión.

En la primera frase, lo que falta es una tilde para que sea más inteligible, así:
Muchos serán los que no creerán y otros pocos pensarán que se trata de un relato inventado por Dios sepa qué retorcido aspirante a escritor.

En la segunda frase, lo que ocurre es que el protagonista piensa que su pueblo es el centro del universo, y por eso supone en su ignorancia que todos lo conocen. El autor lo ha hecho conscientemente. No olvides que el protagonista se define como, nada más y nada menos, escritor ocasional, periodista autodidacta y aprendiz de barbero.
Sí, así es, como seguramente ya lo habéis adivinado, Teja Suelta es mi pueblo, o al menos solía serlo

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por elultimo » 15 Abr 2012 19:03

Isma, te agradezco las explicaciones pero a la primera frase sigo sin verle el sentido y la segundo me hace sentir idiota por no haber adivinado que, un pueblo que no se nombra hasta ese momento y que tampoco tiene mayor importancia en la historia, sea el del narrador (o solía ser).

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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por jarri el sucio » 15 Abr 2012 22:35

Formalmente no hay ningún tipo de queja, correctísimo y con un vocabulario vastísimo. Por lo demás me deja un poco frío. Ni como historia surrealista me llega a atrapar ni cómo crónica me llega a interesar. Lo mejor: La imaginación sin límites del autor que aunque no conectó conmigo es digna de mención. Lo peor: El final, parece que ahí el autor se cansó y le dio por hacer desaparecer de un plumazo a unas cuantas personas más jaja
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Ororo » 16 Abr 2012 00:35

Pese al esfuerzo del escritor por cuidar el lenguaje, jugar con situaciones cómicas y sorprendernos con un indescriptible final, este relato no me ha acabado de gustar.
Tengo que decir que me ha costado llegar hasta el final por la grandilocuencia, pomposidad y excesiva tranquilidad con la que se narran los acontecimientos. El lenguaje utilizado, bien elegido para la historia, sintiéndolo mucho ha llegado a cansarme y a parecerme artificial en algunos momentos. Las situaciones cómicas y originales no han sido suficientes para excitar ese ánimo.
Otro punto que no juega a su favor en mi caso, es que el escritor se dirija al lector directamente al contar una historia. A mí no me gusta. Pero eso es algo muy personal.
El giro final, lejos de parecerme inapropiado, me ha parecido original, gracioso, inesperado y bueno para dar agilidad, pero un poco tarde.
En cualquier caso, el trabajo del escritor es evidente. Por eso, enhorabuena.
:D
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Fernando Vidal
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Fernando Vidal » 16 Abr 2012 05:03

elultimo escribió:Formalmente debería repasarse la ortografía (sobretodo el uso de la tilde diacrítica) y cambiar algunas frases que no tienen sentido:

Por poner algún ejemplo: "Muchos serán los que no creerán y otros pocos pensarán que se trata de un relato inventado por Dios sepa que retorcido aspirante a escritor.". En esta frase Dios es el que inventa, el aspirante a escritor... no sé, me pierdo “Sí, así es, como seguramente ya lo habéis adivinado, Teja Suelta es mi pueblo, o al menos solía serlo”. Primero, no he podido adivinar nada porque es la primera vez que me citas el pueblo y, segundo, ¿qué significa que “solía ser tu pueblo”?.


Con respecto a la primera frase que citas, es evidente que el autor olvidó la tilde. Creo que, como dice Isma, con la tilde colocada en la palabra "qué", la frase sí llega a comprenderse de forma cabal. Con respecto a la segunda frase que citas, creo estar de acuerdo contigo, aunque en esta ocasión también dispensaría al autor.

El texto hace gala de un rico vocabulario, como bien se ha dicho. La historia bien puede llamarse interesante, pero creo que los primeros párrafos se podrían resumir para no cansar al lector. Por otra parte, el desenlace no terminó por convencerme por completo. Tal vez esperaba otro tipo de sorpresa. Creo, sin embargo, que esa impresión mía es muy personal, pues me parece que el relato es una buena historia.
Huelga decir que se nota que el autor tiene una gran imaginación y un muy buen uso del lenguaje.

P. D. Me quedé con una pequeña curiosidad: al final no supe qué originó que al tonto lo tomaran por tonto (y lo llamaran así). :mrgreen:
«Soy un investigador del Mal, ¿y cómo podría investigarse el Mal sin hundirse hasta el cuello en la basura?» Informe sobre ciegos.

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joserc
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por joserc » 16 Abr 2012 08:16

Hola, lo siento pero no me dice nada. Además el estilo recargado del texto hace que cueste mucho leerlo y llegar al final. Sin embargo esto son preferencias personales, lo mismo me pasó con el ganador del concurso anterior y eso que ganó.

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Gisso
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Gisso » 16 Abr 2012 09:59

Un relato surrealista en clave de humor, aunque a mí ni me convenza, ni me haya hecho reír mucho. Está bastante bien escrito, pero como ya han dicho, demasiado recargado que hace que se me haga pesado. Desde luego es una ida de olla y bastante imaginativo, pero no una historia de mi gusto. Pero hay algo que no me queda claro: si todo el pueblo ha desaparecido, ¿de dónde salen los dos testigos presenciales del principio? Gracias por el relato :402: Imagen.
Última edición por Gisso el 18 Abr 2012 09:00, editado 1 vez en total.

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Nínive
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Re: CPVII: El tonto, la vaca y la vida

Mensaje por Nínive » 16 Abr 2012 11:10

Gisso escribió:. Pero hay algo que no me queda claro: si todo el pueblo ha desaparecido, ¿de dónde salen los dos testigos presenciales del principio? .


Eso mismo iba a escribir yo.... :roll:
¿No será que el protagonista le ha dado a los hogos alucinógenos? 8)
En serio, está muy bien narrado, aunque se me ha hecho algo lento. Además no es mi estilo, por lo que el final me ha dejado un poco fría.
Buen trabajo :60:
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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