CPVIII Tacón de aguja - Medianoche

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPVIII Tacón de aguja - Medianoche

Mensaje por lucia » 14 Abr 2013 19:33

TACÓN DE AGUJA

El telón se abre, mostrando a su paso un dormitorio. Un hombre duerme envuelto en el calor de las sábanas. Tendido boca arriba, le sorprende la rencorosa luz del alba. Por los intersticios de la ventana se entrevén las calles de una ciudad asfixiada por un sol tenue, brillante entre cielos de ceniza. Bruno despierta como el día, ligeramente confuso. Antes de recuperar la conciencia, alarga el brazo en busca del cuerpo cálido que lo acompañó durante la noche. Pero allí no queda más que una leve esencia a perfume. El amargo aroma de un amor efímero y embaucador.
Se incorpora de la cama despacio, nota un dolor punzante en los músculos del abdomen, escucha cada latido de su corazón. ¿Qué me pasa?, se pregunta. Todavía confuso, hace un barrido visual de la habitación, descubre dos zapatos negros de tacón de aguja alineados con perfección artística. Relucen bajo la luz frágil del amanecer. A nuestro protagonista siempre le han gustado las mujeres que se atreven con los tacones de aguja. Esas torres finísimas, capaces de embellecer la figura femenina hasta límites insospechados, barreras donde el deseo de los hombres se desata, incontrolable. ¿Qué hacen allí? Sorprendido, Bruno se lanza de un salto hacia ellos. Quizá todavía continúe allí, se dice.
Pone los pies en el suelo: el frío lo ataca, asciende por su piel. Sin embargo, hay asuntos más importantes. Se dirige hacia el salón, examina la terraza y, finalmente, el cuarto de baño. Escrita con carmín en el espejo, una palabra. Una única palabra: «Búscame». Aquélla es una maniobra, cuanto menos, impactante, piensa Bruno. En su vida las mujeres van y vienen: sin rostro, sin nombre, fáciles de olvidar. Esta vez, las reglas han cambiado. Ahora es ella quien se ha marchado. Buscando un resquicio de compostura, observa su reflejo en el espejo. Un abismo de contrariedad se adueña de su pensamiento. No le gusta su imagen. Tiene los ojos grises custodiados por ojeras malvas, el pelo moreno, despeinado, grasiento y tan largo que casi se le une con la barba. Mientras contempla su reflejo, se debate en su interior. Espectador de lujo en la eterna guerra entre razón y corazón. ¿Debo ir a buscarla?, se pregunta. El recuerdo de sus ojos negros, de su piel de porcelana, lo sacude, sumiéndolo en la duda. Un escalofrío recorre su espalda. Las preguntas acuden, de golpe, sin orden. ¿Dónde la conocí? ¿Cuál era su nombre? En pie, con las manos apoyadas en la pared, se contempla sin verse. Espera, quizá inconscientemente, que el hombre tras el cristal se rebele. Aguarda a que el tipo del otro lado se niegue a imitarlo. Desiste al cabo de un rato: la sucesión de movimientos es perfecta. Mientras tanto busca respuestas en el laberinto de la memoria. Un chispazo, efímero, revelador. Carmela, se llamaba Carmela, recuerda.
Decide ir a buscarla.

Una niebla cálida, de olor dulzón, asciende desde las empedradas calles. Destellos ambarinos surgen de los ventanales de los edificios. La luna se descuelga desde los confines de un cielo de plomo. Diminutos grupos de estrellas inundan la tierra con su pálido brillo. Al fondo, rumor de conversaciones, de risas, de gente entregada a los encantos nocturnos. Bruno camina en busca del tercer bar de la noche —sin suerte de momento— cuando, de pronto, un gato negro se cruza en su camino. Hombre y bestia se estudian, sosteniéndose la mirada, ajenos durante un segundo al fluir imparable de la arena. Los ojos verdes de pesadilla del felino parecen querer decirle algo, pero Bruno es incapaz de descifrar su oculto mensaje. Un maullido, lastimero. Después, el gato prosigue su camino. Este encuentro es importante para la historia, pero nuestro protagonista nunca lo llegó a entender.
Los primeros rostros desencajados, fantasmas errantes, productos de la noche neblinosa, espectral. Un antro malsano lo espera —otro más— sepultado entre un ambiente fosco de mil cigarrillos y la música fatigosa, demasiado alta, indescifrable. Una mirada escrutadora, proviene de un armario con ojos, nariz y boca. Puedes pasar, dice. Bruno, sin más dilación, accede al local. El interior es amplio, de paredes rojizas decoradas con dibujos extraños, similares a demonios, o eso cree nuestro protagonista. Salteadas luces de muchos colores van y vienen, giran sobre sí mismas, iluminan la pista de baile. Cabelleras al viento, cuerpos sudados apretados, histeria colectiva, efluvios de alcohol y necesidad. Bruno lo ignora todo. Cualquier otra noche hubiese ojeado a las chicas, en busca de una bonita presa que llevarse a la cama. Pero hoy es diferente. Por primera vez en su vida, su objetivo tiene nombre. Se acoda en la barra, pide un whisky rebajado con agua, pregunta al camarero. Carmela: morena, ojos negros, preciosa. El tipo se encoge de hombros, sirve a otro cliente. Bruno da un trago, examina la sala. ¿Qué estás haciendo?, se pregunta. Esto es como encontrar una aguja en un pajar. En realidad, no es tan complicado. Simplemente, todavía no es la hora, el momento adecuado, aunque nuestro protagonista no lo sabe. El alcohol fluye por sus venas, embriagándolo. Su cabeza vuela. La música penetra en sus oídos, confundiendo sus sentidos. ¿Qué hago aquí?, vuelve a repetirse. Con la esperanza a la altura del barro, mira el reloj de muñeca: marca las tres y treinta y tres minutos. Cuando levanta la vista, siente un pinchazo en el pecho. Frente a él, a escasos centímetros, está Carmela. Si esto no fuera suficiente, además lo está observando, anhelante. Bruno tiene los músculos paralizados, las cuerdas vocales congeladas. Se permite disfrutarla con la vista; su mera contemplación le proporciona una balsámica felicidad. La mujer es en verdad hermosa, casi de inspiración poética, una musa becqueriana. Lleva un vestido negro descolgado un dedo por debajo de las rodillas, escotado hasta donde mandan los cánones: sugerir más que enseñar. La imaginación también es importante. Su piel es blanca, su pelo negro, al igual que sus ojos, dos tijeretazos del firmamento nocturno. Sus labios parecen hechos a pincel. Son finos, rosáceos, apetecibles. Persisten las miradas. De pronto, ella le tiende la mano. Las palabras no existen, resultan innecesarias. Nuestro protagonista acepta el ofrecimiento, se levanta del taburete, deja un billete sobre la barra, sigue a su particular carcelera de curvas imposibles. La música se ha acallado por arte de magia, los cuerpos vacilantes se han transformado en estatuas de piedra. Es una ilusión de nuestro protagonista, por supuesto. Los relojes continúan funcionando, el mundo se mueve al ritmo habitual. Para todos menos para Bruno. Avanza detrás de Carmela, embriagado por el aura que desprende, ensimismado con su belleza. Nunca antes había sentido algo semejante. ¿Será esto amor?, se pregunta. No tiene más tiempo de reflexionar sobre ello: han llegado hasta una zona apartada de la discoteca. Una puerta metálica les cierra el paso. Bruno está a punto de decir algo, pero la mujer lo calla llevándose un dedo a los labios, sellando de paso los suyos. Carmela sujeta una llave en la mano derecha —¿de dónde ha salido?—, con la que abre sin dificultad la puerta. Le invita a entrar. Acceden a una salita pequeña, aislada de todo. Allí no hay música ni personas. Sólo ellos dos, un cómodo sofá de cuero y una mesita de pie. Sobre ella, una cubitera con champán y dos copas.
—Carmela, yo… yo… —balbucea Bruno. Encuentra su voz extraña, como si fuera de otro hombre.
Ella lo manda callar otra vez, lo empuja contra el sofá, se sienta a horcajadas sobre él. Sus movimientos, a excepción del empujón, son delicados, sigilosos; como los de un felino. Bruno es un juguete en sus manos, una marioneta tirada por los hilos de un titiritero. Ha decidido dejarse llevar. La mujer se abalanza sobre su boca, busca sus labios. Pronto, su lengua encuentra la de nuestro protagonista y se enreda con ella. Éxtasis, abordándolo. Jamás había sentido nada igual. Repentinamente, ella se aleja, echándose hacia atrás, desabrocha su vestido, eleva los brazos. Las palabras quedan en la garganta, pero sus ojos hablan por sí solos. A veces, las cosas importantes son imposibles de explicar con el lenguaje. En ocasiones lo importante está en los gestos, en las miradas, en los susurros, en los suspiros. Atendiendo a sus anhelos, Bruno extrae su vestido. Carmela queda en ropa interior. La excitación de nuestro protagonista aumenta, alcanzado nuevos horizontes. La contemplación de su piel tersa, de sus redondeados pechos, de su ombligo, es un regalo del cielo. Poder acariciarla, casi un pecado. El aire de la sala se ha vuelto denso, la temperatura ha aumentado. La ropa sobra. Ella así lo reclama. Desabotona la camisa de Bruno, suelta su cinturón, se echa a un lado, quitándole los pantalones, los calzoncillos. Un suspiro, de ella al sentir el contacto de sexos, separados por apenas unos centímetros de tela. Nuestro protagonista se esmera en desabrocharle el sostén, sin éxito. Sus dedos tiemblan, está nervioso. Él, un donjuán, nervioso. Quién se lo iba a decir. Con una sonrisa colgando de sus labios, Carmela le echa una mano, deshace el nudo con insultante facilidad. La excitación se desborda. Bruno se lanza a por su boca. Ella lo acepta, juguetea con su lengua, se agita sobre su sexo. Finalmente, se aparta a un lado esa maldita tela que retrasaba la unión y ambos se funden en uno, convirtiendo la habitación en una sucesión de jadeos placenteros, de abrazos surgidos del abismo, de eternidades fugaces contenidas en besos necesitados de cariño. Bruno nota unas uñas largas afiladas clavándose en su piel, pero no le importa. Casi podría decirse que le excita aún más. No obstante, hay un detalle que se le escapa. Si se hubiese fijado en los pies de Carmela, hubiera encontrado dos zapatos negros de tacón de aguja, idénticos a los de su dormitorio. Tan iguales, que son los mismos. Pero Bruno no repara en ellos, los pasa por alto.

Abre los ojos, agitado. Gotas de sudor perlan su frente, empapan su pelo. Un soplo de luz penetra en la habitación. Quizá lo haya despertado su resplandor gualdo. Se incorpora un poco, lo asola un fuerte dolor de cabeza. Se frota los ojos, mueve el cuello, coge aire. Un poco más relajado, estudia la situación. Está en su habitación, en su casa. ¿Cómo puede ser posible? No recuerda haber vuelto. Su último recuerdo lo transporta al cuartito de la discoteca mientras hacía el amor con Carmela. La diapositiva mental de su cuerpo desnudo encoge su pecho. ¿Estará aquí? Busca los zapatos, pero no están donde los dejó. Se levanta, busca por la casa, llega al baño, se enfrenta al espejo. Pero allí no hay nadie esta vez, está solo, nadie espera al otro lado. Sin embargo, lo que nuestro protagonista no ve —ni siente— son los largos arañazos repartidos por su espalda. Ignorante, regresa al dormitorio. Está confuso, no se explica qué ha ocurrido. ¿Acaso ha sido todo un sueño? No puede ser, se dice. No obstante, las pruebas, o más bien la falta de ellas, apuntan en esa dirección. Un vívido sueño, tan real como la existencia misma. A medida que transcurren los minutos, la hipótesis del sueño cala en su ánimo. Casi está convencido del engaño de su mente, aunque, en lo más profundo de su ser, guarda un resquicio de duda, alberga una ligera esperanza de que Carmela sea real.
Un golpe de viento, arremetiendo contra la ventana. Bruno desvía su atención hacia allí, encontrando, para su sorpresa, al gato negro de la otra noche. O eso cree él. Sus ojos de esmeralda lo atraviesan. Bruno lo admira durante un momento, intentando darle un sentido a la situación. Es el gato quien termina con el suspense. Desaparece de un salto. Nuestro protagonista, aturdido, corre a abrir. Cuando llega, el gato es historia, una sombra entre la neblina templada. Justo cuando va a retirarse, un objeto capta su atención. En el alfeizar de la ventana encuentra un zapato negro de tacón de aguja, un zapato que reconoce a la perfección. Ensaya un rictus de confusión: no entiende nada.
Así abandonamos a nuestro protagonista: contemplando el zapato, superado por los acontecimientos, incapaz de hilar ideas. Tal vez debería haber prestado más atención a los detalles. Encuentros premonitorios, horas capicúas, zapatos de aguja que aparecen y desaparecen, amaneceres confusos, rastro de pelusas negras sobre la alfombra… Esas cosas. Para su desgracia, no lo ha hecho y la historia carece de sentido para él. Aunque, a nosotros, eso ya no nos importa.
El telón se corre por última vez.

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Ororo » 19 Abr 2013 14:44

Al principio pensaba que iba a ser una Cenicienta versionada, pero se convierte en algo más esotérico si cabe. La historia no está mal, la desesperación del protagonista por encontrar a Carmela se siente. En ese aspecto, muy bien.
Lo que pasa es que como historia tiene poca chicha y la narración me ha parecido poco fluida a veces. Es intrigante, pero no muy interesante.
Eso sí, la puesta en escena, muy buena. Quiero decir que la forma de contar los acontecimientos como en una obra de teatro me ha gustado.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Tanisfer » 19 Abr 2013 15:52

Lo siento mucho, autor/a, pero pese a que lo he intentado con enorme esfuerzo (es el único cuento, por ahora, que he releído dos veces) no he logrado comprender tu relato. En un arrebato de desesperación, y consciente de que en los últimos meses he perdido ciertas facultades, imprimí el cuento y se lo mostré a una compañera de trabajo que siempre se interesa en mis historias, y le pedí que lo leyera. Su veredicto fue el mismo que el mío: “Esta muy bien escrito, pero no he entendido nada”. Y eso es lo más triste: la prosa del relato rezuma calidad y buen hacer, pero son demasiados los hilos sueltos, las cosas que no se entienden, las preguntas que no se responden. ¿Quién era ella? ¿Por qué los tacos? ¿Qué papel cumple el gato?, etc. O yo soy medio estúpido (es muy posible), o el autor/a ha dejado demasiadas cosas libradas al azar y a la libre interpretación de los lectores y eso, como ya dije, no acaba de convencerme. Es una lástima, insisto, porque la pluma del autor/a es, sin lugar a dudas, de esas que hacen historia (valga el juego de palabras algo fútil).

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Medianoche » 19 Abr 2013 16:08

A mí éste es un relato que me gustó pero también me dejó confuso. Quizá pudiéramos aportar teorías sobre qué significa. Tal vez, ente todos, podamos sacar algo en claro :roll:
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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 16:39

Pues a mi si me ha gustado.

Por un lado la cadencia rítmica que envuelve la lectura y por otro la historia: un trascurrir extraordinario de algo tan normal.

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Saber » 19 Abr 2013 16:51

La fluidez que pide Ororo es muy difícil de encontrar... Como ella, pienso que el relato es muy visual... lo cual a mí me gusta mucho. Por otro lado, no me pareció un relato confuso... creo que entendí todo lo que ocurría en él... y bien, no tengo mucho más que agregar... me ha gustado y me ha parecido un relato bien trabajado.

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Yuyu » 19 Abr 2013 17:38

Me ha gustado. Está bien escrito aunque quizás algo recargado. La escena de sexo me parece muy buena. Me da la impresión de que se repite mucho "nuestro protagonista". Y entender, pues no sé si lo entendí, me parece que el gato era la mujer y que era una especie de "bruja" o súcubo. El autor/autora que no se ofenda si no he dado ni una :cunao: . Felicidades por la creación!!!!! :60: :hola:
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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por andres451 » 19 Abr 2013 18:26

Un cuento bastante surrealista como me gustan a mí. Toda la trama del sexo y la introducción de un gato se me hicieron murakaniana, y me gustó mucho. Me encantó como está narrado en presente, siempre me mantuvo leyendo expectante como si no pudiera respirar hasta que el cuento finalizara. Aunque no terminé de entenderlo del todo :lol:
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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 18:56

Entiendo que la mujer es una bruja, una hechicera, ¿me equivoco? Lo que no sé es por qué se centra en ese contacto efímero. ¿Todas las noches son iguales? ¿Siempre es el mismo incauto el que cae en sus redes y pasa por alto los arañazos de su espalda?

Bajo mi punto de vista, cada vez que la voz del narrador dice algo como “…nuestro protagonista…” la inmersión que el lector hubiera podido alcanzar desaparece de un plumazo. Eso me ha pasado a mí, al menos. Y tampoco han ayudado tantas sentencias cortas, claro.

Sin embargo, me gusta el fondo: el aire de misterio, la noche, lo extraño…

Estoy con un pie aquí y otro allá con este relato. :roll: :roll: :roll: :roll:

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por moskita » 20 Abr 2013 01:19

Me ha encantado. Esa manera de narrar, tan gráfica. El halo de misterio, el romance, la búsqueda, la escenificación... Esa catwoman de tacones de aguja que deja pelusilla negra en la alfombra :lol: :lol: Enhorabuena al autor o autora.

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Desierto » 20 Abr 2013 02:01

Éste voy a tener que releerlo con más calma porque no creo haberlo entendido bien del todo. Me molestan las intromisiones del narrador, esa voz que alude a lector y lo saca de la escena en cuestión.

Para una segunda vuelta.
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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por elultimo » 20 Abr 2013 19:07

Me apunto al club de los que andan un poco perdidos con esta historia. Creo que el autor ha querido ser tan sutil contando cosas que se ha quedado corto con los detalles.

Necesito releerlo para ver si consigo entenderlo algo mejor...

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por jilguero » 20 Abr 2013 19:18

Prosa directa y muy cinematográfica: vamos, que Jilguero ha ido viendo todo con una claridad meridiana. Otra cosas bien distinta es que sea meridiana mi comprensión de la historia. Supongo que es una criatura extraña que lo mismo toma forma de mujer que de gato, de ahí la pelusa negra en la alfombra. No me importa, en el fondo, no haberla entendido bien porque me da que tampoco es eso tan importante. Pero me habría gustado entender mejor el título y la importancia de esos zapatos: ¿un simple señuelo fetichista para someter a Bruno? Ya nos contarás, autor.
Resumiendo, escribes muy bien y el aspecto formal me ha gustado mucho, mientras que la historia, aunque me ha parecido intrigante, no me ha parecido que sea el fuerte del relato. Eso sí, lo he visto con un plantemineto muy original, arrancando en un escenario. ¡Enhorabuena! :60: Y si no fuera porque Ororo nos dijo había escrito una historia pastoril os diría que esto ha nacido de su pluma. :wink:
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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Gavalia » 21 Abr 2013 12:52

Muy bueno querid@. No sé en qué categoría encuadrarlo. Fantasía narrada en clave de realidad? El caso es que sé quién eres, que lo sepas. Y qué duda cabe que me ha gustado.
Gracias (Carmela la buenorra y el tonto de Bruno) No puedo remediar pensar en Juliana :cunao:
-¡Qué felices éramos hace quince años!
-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
-Por eso María, por eso... 8)

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Re: CPVIII Tacón de aguja

Mensaje por Sinkim » 21 Abr 2013 16:24

Como ha dicho Jilguero la narración es muy cinematográfica y no me ha costado nada visualizar las escenas que nos estaba contando, sin embargo la historia me ha dejado con la sensación de que falta un final que cierre el cuento de una manera más redonda y que haga que nosotros, al contrario que el protagonista, podamos encontrar un sentido a lo sucedido :lol:
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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