CPVIII Un último vals - Tanisfer

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lucia
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CPVIII Un último vals - Tanisfer

Mensaje por lucia » 18 Abr 2013 18:54

Un último vals

«Resérvame este baile ―me pidió ella una vez, hace muchos años ya, con un aleteo de pestañas que enmarcaba su rostro melancólico y torturado―. Resérvame este baile, ahora y siempre…», y de fondo la orquesta hacía sonar los dulces acordes de “Blues Skies”.
Aún la recuerdo tal y como la vi aquella tarde: su semblante, pálido y febril, se recorta tras un horizonte que parece sangrar atardeceres y sus labios saben a miseria, a cansancio y a desesperación. «No me olvides —me suplica―. Pase lo que pase no me olvides, por favor». Y yo, con la ingenuidad que proveen los amores trágicos, no puedo sino prometerle que habré de recordarla por siempre.
He respetado esa promesa, la he respetado como jamás honré ningún otro juramento y aún hoy, más de veinte años después, no consigo apartar sus ojos tristes de mi memoria.
Ella, dijo alguien alguna vez, era una niña rebelde y bulliciosa que se negaba a crecer. Una chica atractiva pero indómita que sufría deseando ser Peter Pan y soñaba con un Nunca Jamás de fiestas y champañas que siempre habría de serle esquivo. Una magnolia suave y seductora, cuyos pétalos de embriagante perfume poco a poco comenzaban a marchitarse y, sin embargo, seguían escondiendo toda la belleza de ese Viejo Sur que por aquel entonces ya empezaba a perderse para siempre.
Hoy, tanto tiempo después, creo haber comprendido al fin su naturaleza de dríada, su destino de ninfa, su vocación de Venus de Milo desgajada por dentro que, pese a ello, se sabía capaz de hacer temblar hasta al más templado de los hombres. Después de todo, era una auténtica femme fatale que se deslizaba con garbo por entre los sueños de todos cuanto la admiraban.
De ella se ha dicho también que fue una verdadera hacedora de reyes; una musa inspiradora hermosa y maldita que para muchos era incapaz de valerse por sí misma y sólo podía ensalzar su existencia a partir de las de los otros. Ese fue, estoy seguro, el odioso estigma que habría de atormentarla para siempre.
Era, también, una mujer que supo ser emblema del lujo, el exceso y la liberalidad de los años veinte. Una princesa en un país que jamás había admitido los títulos de nobleza; una bailarina, una escritora, una artista, una soñadora, una dorada promesa de estío que acabaría por languidecer y marchitarse para siempre en el frío invierno de la crisis bursátil del ‘29.
Ella era, en definitiva, todo eso y mucho más, pero ahora sin embargo lleva ya más de veinte años muerta y su recuerdo poco a poco comienza a difuminarse entre las grises nieblas del olvido. Nadie voltea ya la cabeza al oír su nombre, y de su legado sólo han sobrevivido las sombras y no las luces.
Se ha ido, sí, y yo soy uno de los principales culpables de su prematura partida. Hasta hoy nunca me había atrevido a confesarlo ni siquiera a mí mismo, pero ya no puedo acallara más los remordimientos que desangran a mi corazón: uno de los faros más luminosos del siglo XX se ha extinguido por mi causa y no hay nada ya que pueda hacer para remediarlo.
Yo la amé, lo reconozco. La amé con esa pasión culposa que esconden los deseos más oscuros. La amé como sólo se ama una vez en la historia. La amé sin esperar nada a cambio y por eso, quizás, me asombré tanto al ser correspondido. La amé, en fin, sin darme cuenta que mi ardor hacía mella en su espíritu quebradizo, y al final acabé perdiéndola para siempre.

El París de 1921 en nada se parecía al de la Gran Guerra; o eso, al menos, fue lo que pensé al bajar del tren tras más de dos años alejado de aquella ciudad.
Era de noche y llovía, siempre llovía en París en esa época del año, y las gruesas gotas de agua caían sobre el empedrado entonando melodías que hablaban de bailarinas de burlesques con largas piernas y costosos besos; de fiestas eternas que arrastraban a los juerguistas por todas las diminutas callejuelas de Montmartre; de ricos en autos de lujo que se paseaban por el Arco del Triunfo exhibiendo a su última conquista; de artistas pobres y malditos que deshojaban sus propias escenas de una vida en Bohemia amparándose en el magro refugio de las miserables buhardillas; de un Paris, en fin, con el que millones fantaseaban en secreto aunque luego, por lo general, aquella ciudad idílica, fastuosa y perversa a la vez acababa devorándoselos a todos.
El sonido de la sirena del expreso nocturno que partía me despertó de mi letargo, y de repente caí en la cuenta de que en aquel ínterin la lluvia me había empapado por completo. Me refugié del aguacero bajo una marquesina despintada, y traté de alisarme los cabellos revueltos por el chaparrón, la neblina y la humedad.
Estaba sin empleo y casi en bancarrota, pero nada de ello me importaba. En el aire se respiraba el aroma dulce y acre de la tierra mojada y mientras planeaba cual sería mi siguiente paso inspiré una profunda bocanada de oxígeno, deleitándome de estar vivo en aquella ciudad y en aquellos años.
Antes de marcharme de Roma un amigo me había asegurado que en la casa de una escritora, de nombre Gertrude Stein, siempre había lugar para un veterano de guerra con amor por el arte; por lo que, tras meditarlo un instante, decidí seguir sus indicaciones y visitar el famoso piso de la autora. Quizás allí consiguiera incluso un trabajo con el que ir tirando unos días.
Cogí un solitario coche de alquiler que pasaba por la estación, y le di al chofer las señas de la opulenta casa que habitaba la célebre escritora. Allí, me había asegurado mi amigo, se congregaba lo más rico y variado de lo que luego daría en llamarse “la Generación Perdida”.
El viejo Renault cruzó rápidamente por delante de la Catedral de Notre Dame, salpicó con su rueda trasera a dos borrachos vagabundos del Barrio Latino y atravesó un estrecho puente que vadeaba el río Sena, de modo tal que cuando me quise acordar ya me encontraba bajo el portal donde habitaba Gertrude Stein.
Le pagué al conductor con mis últimos francos y luego, durante un instante que se me antojó eterno, contemplé con asombre el espectáculo que se alzaba en torno mío,
Las luces de la mansión iluminaban toda la calle, y el brillo de decenas de bujías resplandecía en tonos irisados sobre los cristales. Desde adentro llegaba el rumor de cientos de voces charlando, cantando, flirteando y discutiendo con alegre entusiasmo y una orquesta al completo entonaba una rápida melodía de jazz. Aquél, me dije a mi mismo, era sin lugar a dudas el sitio indicado para comenzar con mi nueva vida.
“París era una fiesta”, habría de escribir Hemingway unos cuantos años más tarde, y por lo que yo estaba viendo en aquel momento no se había equivocado.
Traté de peinarme mis rizos rebeldes y con paso incierto entré al caserón. De repente el corazón me dio un vuelco: allí, en el centro de la escena, recostada sobre la balaustrada de la escalera se encontraba ella, la mujer que desde aquel entonces habría de adueñarse de mi ser y mi razón.
Estaba sola y triste, o eso al menos es lo que me pareció. De pie, y con aire distraído, aguardaba quién sabe a quien bajo una gigantesca araña de cristales bohemios que favorecían a su delicada figura. Era rubia, rubia como el sol, y llevaba puesto un largo vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. En una de sus manos sostenía una copa medio vacía y, en la otra, un largo cigarrillo que aún no había encendido. Su mirada parecía distante, y sus ojos claros reflejaban la tristeza infinita del que busca en vano ahogar sus angustias en el fondo de una botella de ginebra. No sé porque, pero inmediatamente comprendí que debía acercarme a su lado a saludarla; si no lo hacía, corría el riesgo de que despertara de su embelesado letargo y se perdiera para siempre entre las sombras del olvido.
―Es casi un crimen —dije presentándome ante ella―, que una mujer tan bella no honre con su presencia al salón de baile.
Ella trató de mantenerse indiferente, pero no pudo evitar que sus ojos brillaran halagados.
―No es por falta de pretendientes, eso se lo aseguro —me contestó risueña.
―Quizás se deba entonces a que aún no ha encontrado al indicado—señalé, y ella no pudo menos que reírse ante mi atrevida impertinencia.
―Quizá —me concedió con una sonrisa nacarada―. Es usted distinto al resto, eso debo reconocerlo –siguiσ diciendo, y yo me inclinι complacido por su elogio―. ¿Cómo se llama?
―Edouard Jozan ―me presenté.― ¿Y usted?
―Zelda Sayre –dijo, y sus mejillas formaron dos deliciosos hoyuelos―. Perdón ―se corrigió luego—Zelda Fiztgerald quise decir, siempre lo olvido— y otra vez una dulce melancolía pareció anegar sus ojos grises.
―Pues bien, Zelda Sayre –insistí yo, obviando intencionadamente su apellido de casada―. ¿Me concederías un baile?
Ella meneó la cabeza sin estar del todo convencida. Por un lado parecía sentirse sinceramente halagada por mis galanteos, pero a la vez era como si alguna oscura fuerza interna le impidiera dar rienda suelta a sus deseos.
―Tal vez –consintió finalmente tras mucho pensarlo―. Pero no ahora señor Jozan. Estoy esperando a alguien. —Y ante esta respuesta tan definitiva no pude menos que reconocer mi derrota. «Quizás sea mejor así», traté de convencerme a mí mismo, con la amargura del vencido. Pero a pesar de ello no pude evitar pensar con nostalgia que Zelda bien podía haber sido la mujer de mis sueños.
Para olvidarlo cogí champaña de una de las tantas mesas que poblaban el salón y luego, no sé cómo ni por qué, acabé formando parte de un selecto grupo donde discutían acaloradamente John Dos Passos, Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, el marido de la joven a la que yo había acabado de conocer.
―¡No, no y no! —decía Hemingway con el rostro enrojecido por la cólera—. Maldita sea John, ¿Cómo puedes escribir sobre la muerte si lo más cerca que has estado de ella es cuando te emborrachas hasta perder la conciencia? –a su lado Fiztgerald asentía con vehemencia―. Tienes que vivirla, John; vivirla, sentirla y experimentarla de cerca, como cuando los austríacos bombardeaban nuestro convoy de ambulancias y la muerte acechaba por doquier. Uno casi podía sentir su fría garra cerrándose sobre nuestro cuello. Para escribir hay que vivir, esa es la regla principal.
—Te equivocas, Ernest —contestó Dos Passos con cara de pocos amigos e ignorando mi invisible presencia—. Un hombre lo suficientemente ilustrado debería poder escribir sobre cualquier cosa sin abandonar la comodidad de su sofá. ¿Tú qué opinas, Scott? —añadió luego dirigiéndose a Fiztgerald—. Tengo razón, ¿verdad?
Éste negó lentamente con la barbilla.
―Lo lamento, Jhon —dijo ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—, pero siempre he pensado que el hombre muy cultivado es el más limitado de todos los especialistas —y Hemingway aplaudió la vehemencia de su defensor.
De repente una joven morocha, de cabello corto y bien marcadas curvas se cruzó delante nuestro y tras obsequiarle a Fitzgerald con una seductora caída de ojos se alejó contoneando las caderas.
―Lo siento –se excusó él―, pero debo irme. Prometedme que continuaremos esta discusión luego. –Y se alejó tras la misteriosa muchacha.
Quise darme vuelta también yo, habida cuenta de que nadie parecía advertir mi existencia, pero el delicado vuelo de una mano posándose sobre mi hombre me lo impidió.
―Aún te debo un baile Edouard, y por lo visto mi marido tiene ocupaciones más interesantes que entretienen su tiempo ―me dijo Zelda brotando de la nada misma. Su rostro estaba casi pegado al mío, y durante un instante su suave aliento acarició mis labios.
Confuso asentí con la cabeza, y mientras la orquesta hacía sonar los acordes de Blue Skies dejé que me llevará hasta la pista central.
—Prométeme que cuidaras de mí —me pidió ella fuertemente asida a mi cintura―. El jazz y el champagne pueden hacer que una se enamore perdidamente de cualquier desconocido.

Si me preguntasen que tenía en mente cuando permití que Zelda me arrastrase al salón de baile difícilmente podría dar una respuesta coherente. El amor, supongo, puede ejercer extrañas influencias sobre uno.
Sea como sea lo cierto es que partir de aquella noche surgió un extraño vínculo entre Zelda y yo, y por espacio de una semana en mi imaginación los cielos parisinos se tiñeron con ese sonrosado color que habría de inspirar luego a la propia Edith Piaf.
Aquellos, sin lugar a dudas, fueron los mejores siete días de mi vida. Fueron noches de baile, de jolgorio, de larga discusiones literarias y besos dados con los ojos por culpa de los labios cobardes. Fueron tardes de paseos tomados del brazo, de recorridos en bote por el Sena, de interminables peregrinaciones por el Barrio latino, de abundantes comidas en pequeños bistrós cálidos e íntimos y de palabras de amor que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar. Fueron, en fin, días inagotables de bebidas y locura, de ardientes caricias que nunca brotaban de nuestros dedos mientras en lo alto, sobre los tejados de la ciudad, París sangraba mil atardeceres.
Pronto, sin embargo, acabé por agotar las escasas reservas de dinero que aún poseía, y cuando se me presentó la oportunidad de ejercer como piloto de pruebas en la Royal Air Force no lo pensé dos veces: hice mis maletas, me despedí de Zelda y crucé de madrugada el Canal de la Mancha. De mi corta estadía en París me llevaba, creía yo, los mejores recuerdos de una alocada juventud que obligadamente debía dar paso a mi adultez. Lo que no me había dado cuenta aún era que al marcharme también me estaba dejado el corazón en aquella ciudad.
El destino, para colmo de males, es caprichoso, y unos pocos años más tarde volví a encontrarme con Zelda. Invierno de 1926, rezaba el almanaque en aquel entonces, y me asombré al descubrir que el implacable Cronos había comenzado a dejar ciertas huellas en sus perfectas formas.
―Caminemos —me dijo cogiéndose de mi brazo en cuanto me vio salir de una pequeña panadería sobre la Rue Brancion, en el barrio de Montparnasse―. Caminemos Edouard. Cuando un hombre desaparece sin dejar rastros durante más de un lustro lo menos que puede hacer es caminar con su vieja amiga. –Así que caminé con ella y aun no habíamos dado ni dos pasos cuando todos mis antiguos sentimientos comenzaron a resurgir.
Me preguntó por mi pasado, por mi repentina huida cinco años atrás y por mi futuro cercano. Yo le conté de mi vida en Londres, de mi ascendiente carrera militar, y le confesé incluso que hasta hacía pocos meses había estado a punto de casarme, aunque luego el compromiso se había roto por mutuo acuerdo, y al oír que otra mujer había ocupado durante un tiempo mi pensamiento un mohín de disgusto le ensombreció el semblante.
Sus cambios, noté entonces, no eran sólo físicos sino también mentales, y sus emociones se me antojaron incluso mucho más inestables que la primera vez que nos viéramos.
―No es fácil esperar durante tanto tiempo a una persona que ha desaparecido sin dejar ni rastros —se excusó ella encogiéndose de hombros cuando le señalé que la tristeza parecía haber hecho mella en sus inmensos ojos grises.
―¿Y tú marido? —pregunté yo.
―Correteando por allí en busca de alguna furcia de tres al cuarto —me contestó con ademán indiferente―. Si no fuera por nuestra hija hace años que hubiera pedido el divorcio. Pero basta de hablar de eso, Edouard. Ven, llévame a ver la Torre Eiffel; dicen que es el sitio ideal para los enamorados...
Aquella vez, me di cuenta de improvisto, era ella la que me cortejaba a mí y no al revés, y no sé porque pero aquella certeza me llenó de funestos presentimientos.
Caminamos largas cuadras por las calles parisinas, y mientras Zelda hablaba con falsa alegría de sus tardes en Alabama, de su piso en New York y de sus viajes por Roma me di cuenta con tristeza que la misma negra pena que consumía a mi compañera estaba haciéndose eco también en los propios edificios parisinos. La crisis bursátil del ’29, comprendería luego, estaba demasiado cerca, y París había dejado de ser una fiesta.
Pronto descubrimos que la Torre Eiffel estaba más lejos de lo que habíamos imaginado, y con los pies doloridos de tanto caminar nos detuvimos un instante a orillas del Sena. Ella, sin pudor alguno, se quitó las delicadas botitas que adornaban sus bellas piernas y dejó descansar sus pies sobre el agua del río.
―Ven conmigo—me llamó, y al igual que la mariposa que persigue hipnotizada al haz de luz que habrá de consumirla no pude menos que seguirla.
―Tienes conciencia de que estamos en Febrero ¿no? ―dije temblando por anticipado―. Podriamos coger un resfriado.
―¡Ay Edouard! —contestó ella reclinando su cabeza sobre mi hombro―. Quien descubrió la conciencia cometió un pecado mortal. Perdámosla unas horas…

El invierno poco a poco tocaba a su fin, y yo debía regresar a Londres, por lo que la última noche juntos nos encontró abrazados sobre el verde mar de césped que lamía los pies de la Torre Eiifel. Hacía frío, mucho frío aún pese a la proximidad de la primavera, y apenas si llevábamos abrigo, pero nada de eso nos afectaba. Después de todo, ¿qué importan la nieve, el frío y la lluvia cuando dos personas se aman?
Habíamos pasado la tarde en la Opera Garnier deleitándonos con la majestuosidad de la Boheme de Puccini, y ahora, luego de haber robado un par de botellas de champaña durante el entremés, admirábamos las luces de la ciudad, nos acariciábamos con la desesperación agónica de Marius y Cosette, y bebíamos hasta el hartazgo tratando de olvidar.
Estábamos tristes los dos. Yo, porque sabía que debía irme; ella, porque adivinaba mi partida en la nostalgia con que la miraba. Éramos como dos niños jugando al amor, sabedores ambos de que nuestra pasión tenía fecha de caducidad.
―Dime la verdad —me pidió Zelda bebiéndose el último sorbo de la botella. Nuestros labios estaban tan cerca que cada uno podía respirar el aliento del otro―. Volverás a irte para siempre ¿no es así? Desaparecerás en la nada y yo nuevamente me quedaré sola y abandonada, con tan sólo el recuerdo de unas pocas tardes compartidas en un Paris que agoniza.
Durante un largo instante permanecí en silencio sin saber bien que decir.
—No te preocupes —comencé a contestar por fin—, volveré… —pero ella no me dejó terminar de hablar, y poniendo su índice sobre mi labio me interrumpió con tristeza.
―Eso no puedes saberlo —dijo y sus ojos ardían con la agonía de un océano tormentoso—. Pero si este ha de ser el final —agregó luego con inesperada dulzura— me aseguraré que jamás puedas olvidarlo. –Y su boca se unió a la mía en ese beso desesperado que sólo pueden darse las almas malogradas.
De repente, un gruñido de incredulidad interrumpió nuestra doliente caricia. Frente a nosotros se alzaba la figura de Ernest Hemingway, y parecía sinceramente enfadado. Resultaba increíble que en aquella ciudad de casi medio millón de habitantes fuéramos a encontrarnos justo con el mejor amigo del marido de Zelda, pero ahí estaba él y ahí estábamos nosotros, y ya era demasiado tarde.
Muchos años después aquel hombre habría de escribir un largo panegírico acusando a Zelda de haber consumido el talento y el genio de su esposo y, ahora que lo pienso, estoy seguro de que fue aquella noche la que motivó su odio tan despiadado.
―¿Qué diablos ocurre aquí? —dijo Hemingway y su voz temblaba de cólera. Desde que se conocieran Zelda siempre se había burlado de él llamándolo “el perrito faldero de Scott”, y en aquel momento descubrí cuanto había de cierto en aquella mordaz afirmación.
«La suerte está echada», me dije a mi mismo creyéndome la reencarnación del propio César, y tras mirarlo un largo instante le sonreí con pretendida inocencia.
―Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Ernest, de las que sospecha tu filosofía –dije burlón y Zelda, recostada como estaba sobre mi hombro, se echó a reír a carcajadas.
―Me encanta cuando citas a Shakespeare –me aseguró esbozando una sonrisa de marfil que pretendía devorarse el mundo―. Te pones tan serio, Edouard, que hasta dan ganas de comerte.
Y mientras Hemingway nos contemplaba atónito y profería siniestras amenazas nos alejamos caminando de la mano por los Campos Elíseos.
La noche aún era joven y la ciudad nos pertenecía por completo. Después de todo, quién no ha amado en Paris no ha amado en toda su vida.

Veinte años pasaron sin que volviera a tener noticias de Zelda, hasta que por fin un amigo me contó que su marido había muerto y que ella permanecía internada. Corría el año 1948, diciembre estaba a la vuelta de la esquina y yo sabía bien que su tiempo se estaba acabando, por lo que cogí el primer vuelo que pude y me dirigí a Asheville, Carolina del Norte. Una vez allí no paré en el hotel ni siquiera para desarmar la maleta, sino que me subí a un taxi y le indiqué al chofer que me llevara hasta el Highland Mental Hospital. Oculto en mi gabán llevaba un billete escrito por Zelda casi dos décadas atrás que decía: “Lo siento, Edouard, pero debo partir. Scott y yo regresamos a América, a New York, de donde nunca debimos irnos. Olvídame si puedes; lo nuestro jamás debió pasar”.
En la recepción me atendió una enfermera rubia de apenas veinte años, y cuando le indiqué el nombre de Zelda me condujo hasta un pequeño parque cerrado. Allí decenas de internas pasaban la tarde, y mientras un gramófono desgranaba melodías de una era ya perdida dejé que mi mente de deslizará por recuerdos más alegres y felices.
―Sigues con vida, después de todo –me dijo una voz algo cascada a mis espaldas despertándome de mi ensimismamiento.
Di media vuelta sorprendido y me topé con la figura de Zelda enfundada en un mono azul.
—Lo estoy –le contesté—, aunque en algún momento creí morir. —Y mientras hablaba blandí con una melancolía no exenta de enojo la breve carta que ella me había escrito tantos años atrás.
Zelda me miró con tristeza.
—Lo siento —dijo finalmente cogiendo el billete de mis manos—. Scott supo de los nuestro por Hemingway y me obligó a marcharme de París y a escribirte esta carta. Me amenazó con el escarnio y el escándalo público y, una vez más, volví a pecar de cobardía: no quise arriesgarme a perder a mi niña.
Yo ya sabía aquello, lo había sospechado desde siempre, pero no bastaba para aplacar mi enfado.
—Podrías haberme escrito un telegrama, al menos. Una carta, una postal; un simple billete donde me contaras lo que en verdad había pasado.
Ella hundió la barbilla entre los hombros como lamentando no poder cambiar el pasado.
—Quise hacerlo —contestó pero fin—, pero temí que me odiaras demasiado y no fueras capaz de perdonarme… Ahora me perdonas, ¿verdad? —y había tanto desconsuelo en su voz que no pude menos que sentirme apenado por ella.
—Si Zelda —dije con amargura—. Te perdono…
«Después de todo, ¿que más da? —pensé por dentro sabiéndome desengañado—. Todo aquello ya no importaba».
―Nunca supiste mentir bien Edouard —replico ella riéndose sin ganas―. No es justo —añadió luego mientras se enjugaba una lágrima de la mejilla—. Aquí estamos: yo viuda y tu soltero, y ya es demasiado tarde para los dos…
―Yo jamás deje de amarte… ―quise decirle, pero ella no me dejó terminar.
―No hables —me regañó―. Tú no tienes la culpa de que las cosas se hayan torcido. Siempre supe que si me enamoraba de ti habría de terminar mal, pero no pude evitarlo.
―Lo siento —suspiré—, en serio. No quería este final para ninguno de los dos.
―Ni yo tampoco –replicó ella―. Pero no digas que lo sientes. Te conozco, sé que si pudieras regresarías a aquel baile en casa de Gertrude Stein y volverías a hacer todo lo posible por enamorarme. Pero no importa, no cambio los momentos vividos contigo por nada en el mundo. Ten –añadió luego extendiéndome un pequeño manuscrito―, lo escribí para ti. Quizás leyéndolo consigas no olvidarme.
Mi mano tembló al rozarse con la suya.
―Jamás te olvidaré Zelda, lo prometo.
Ella se encogió de hombros.
―Eso es lo que siempre dicen todos, pero aquí estoy olvidada por el mundo entero. ¿Sabes? Eres el primero en visitarme, ni siquiera mi propia hija vino a despedirse.
Un grueso nudo se formó en mi garganta y no supe que responder.
De repente el gramófono del parque comenzó a atacar una melodía conocida y los ojos de Zelda se iluminaron como antaño.
―¿Lo oyes? —me preguntó— es nuestra canción...
Asentí con tristeza.
―Ven —le dije— bailemos una última vez. —Y mientras el disco de pasta hacía sonar las notas de Blues Skies recordé otra ocasión, muchos años atrás, en que había danzado con ella aquella misma melodía.
―Ha sido un sueño ¿verdad? ―musitó mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas―. Ha sido un hermoso y doloroso sueño.
―La juventud siempre es un sueño ―contesté yo ahogado por la pena―. Una especie de locura sin causas pero llena de consecuencias.
―Ahhh ―suspiró ella―. Pero qué bello es estar locos…

Aquella noche Zelda murió en un incendio del psiquiátrico. Algunos dijeron que fue intencionado y las primeras investigaciones apuntaban a que ella misma había sido la causante del siniestro, pero jamás pudieron demostrar nada.
Yo regresé a Londres, cansado y derrotado, con un libro que se titulaba “Resérvame este vals” y el corazón herido de muerte para siempre.
Aún hoy, de tanto en tanto, cuando me asalta la melancolía y recuerdo sus ojos grises y su sonrisa de verano abro las páginas de su memoria y leo:
“Lo amé, es cierto. ¿Cómo no amarlo si anduve con él bajo las sombras goteantes de la noche parisina, malva y cuarzo rosado bajo las farolas?”.
Nunca he podido pasar de aquella primera frase. Siempre que lo intento un grueso nudo Gordiano se forma en mi garganta, y las lágrimas amenazan con aflorar entre mis párpados.
Jamás volví a amar a nadie, y no tuve hijos que llevaran mi nombre, pero eso no me importó. Lo único que me atormenta durante las noches frías de invierno es el recuerdo de un lejano París del que ya nada queda, de un beso eterno dado con tristeza y de una canción que jamás volví a escuchar.
«Resérvame un vals ―me suplicó Zelda en su libro―. Sólo un vals». Y la única esperanza que aún alienta a mi enfermo corazón es poder volver a encontrarme con ella en otro mundo; en otro tiempo quizás, en otro plano de existencia donde corran los ríos de champaña y todo sea color, música y fiesta. Un universo de bailes infinitos, donde ella dance eternamente para mí mientras la orquesta no deja jamás de tocar nuestra canción. Un microcosmos, en fin, de vino y rosas al que hayan regresado para siempre los dorados años del jazz.

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Tadeus Nim » 20 Abr 2013 00:07

Ahum... Lo amaré, lo odiaré... necesito paz y sosiego para releerlo y decidirme si me deleito con el o lo doy como sufrido sin mas... necesito mas tiempo. Aunque sospecho que amaré este relato. O quizá no.

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Ismael González » 20 Abr 2013 02:25

La ambientación me ha recordado poderosamente a la de ciertas escenas de una película de Allen, "Medianoche en París".
No es mi estilo de lectura, pero reconozco que el relato está muy, muy, muy bien escrito. Gran relato, Autor. Me gusta mucho tu capacidad para atrapar las imágenes en palabras. :wink:

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Medianoche » 20 Abr 2013 03:30

―Ha sido un sueño ¿verdad? ―musitó mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas―. Ha sido un hermoso y doloroso sueño.
―La juventud siempre es un sueño ―contesté yo ahogado por la pena―. Una especie de locura sin causas pero llena de consecuencias.
―Ahhh ―suspiró ella―. Pero qué bello es estar locos…


Nada más que por esto merece la pena el relato. A mí me has ganado. Es mi época favorita, quizá de la historia. La Generación Perdida, la Bohemia, el París de los años 20... Sueño con ello. Incluso tengo una novela pendiente ambientada en ese periodo. Hay fallos de puntuación y ortográficos, abundantes además, pero esa libre interpretación de la locura de Zelda me ha entusiasmado y he decidido pasarlos un poco por alto.

"Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida".

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por RAOUL » 20 Abr 2013 06:37

Aunque hay algunos errores y altibajos, no se corresponden con el cuidado con el que esta llevada esta historia. El cuidado y el acierto también, aunque a mí me hubiera gustado un toque más sórdido. O sea, hallar más negros, grises y difuminados en este cuadro tan lleno de color de vino y de París. Menos pureza en los corazones de los protagonistas, vams. Pero he seguido con interés el relato y agradezco al autor el amor puesto en su criatura. Así da gusto.

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Isma » 20 Abr 2013 22:58

Vamos allá con el troncho de comentario. Se han borrado las notas que escribí así que tendré que recuperarlas como mejor pueda. Quizás no sea el mejor para comentar este relato pues el tema me es cercano. Yo también escribí de París hace bien poquito y lo que leo lo llevo a una comparación que no puedo evitar aunque quiera.

El relato está muy bien escrito, en su planificación y en su fluidez. El autor sabe escribir y practica a menudo. Pero la ambientación, tan trabajada, se me atraganta por la prosa cargada. El relato peca también de namedropping ((c) de una forera, Elisel), que se está usando para hacernos transmitir el ambiente de París a través de los nombres de personajes clave de ese momento histórico.

Algunos errores menores:
- Dice que le quedan unos últimos francos (decir que a uno le queda lo último de algo transmite también emociones), pero acaba de llegar de Roma así que no veo cómo. Además luego vuelve a mencionar que le quedan unas últimas reservas; a este no le presto yo dinero.
- Dado que la escritora Gertrude Stein es famosa, es raro que la presente como lo hace, hablando de "una escritora, de nombre Gertrude Stein", a la que luego sí que reconoce como famosa.
- Algunas tildes escapadas: "tú marido", "quién no ha amado en Paris no ha amado en toda su vida"... me resultan más llamativas en un texto y un estilo que se salen de lo común por su calidad.
- El nudo que se le forma en la garganta. Gordiano.. hm.. pensaba que esa expresión significaba otra cosa...

Lo que más me ha gustado de todo han sido los diálogos. Geniales. Aquí es donde noto que hay un escritor como la copa de un pino. El diálogo inicial de los escritores, en concreto, es tan natural que se lee de un tirón. La escena donde ellos dos se conocen está muy bien expuesta y planteada.

En fin. Cosas muy positivas y otras que se me atragantan. Pero ya he dicho que no he podido leerlo con imparcialidad.

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Yuyu
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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Yuyu » 21 Abr 2013 12:26

No me ha gustado mucho, se me ha hecho largo y no he conseguido ver la pasión entre los amantes. Veo algunos fallos de revisión, como "hombre" en lugar de "hombro" ( alguno más que no he apuntado). También me fijé en el tema del dinero que ya te comentan, cuentas que paga el coche con sus últimas monedas y después de una semana dices que está agotando sus reservas. También me chocó cuando se reencuentran que ella le echa en cara que desapareció hace cinco años cuando comentas que se despidió de ella para irse a Inglaterra. No me ha absorbido, lo siento. Felicidades por la creación!! :60: :hola:
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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Isma » 21 Abr 2013 12:32

RAOUL escribió:Imagen

No me extraña que hubiera quien perdiera la cabeza por ella. Vaya bellezón.

Gracias por poner la foto, Raoul.

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Desierto » 21 Abr 2013 14:03

El falto en sí está bastante bien, bien llevado de ritmo y de estructura a pesar de los callos ortográficos que ya te han comentado. A mí me ha resultado un poco pesado porque es una reinterpretación de una historia exprimida hasta la saciedad. Digamos que estoy hasta las cejas de las depresiones de la Firtzgerald y demás pos adolescentes con trastorno bipolar, pero so es un prejuicio mío. Lo que es innegable de todos modos es que la Generación Perdida está demasiado explotada, y la mera mención de aquellos personajes supone adentrarse en el tópico de quienes fueron de manera casi irrefrenable. Otro gallo hubiera cantado si se nos hubiera presentado una "realidad" alternativa, como un Hemingway cobarde y homosexual, una Zelda frígida y aburrida, o incluso un París de los años 20 sucio y maloliente. En ese caso la historia hubiese tenido un punto de intriga añadido, pero los amoríos de este "triángulo y pico" están escritos, filmados, representados y recordados a fuego. Demasiadas obras de arte sirvede referencia para comparar (y no precisamente la pelicula de Allen que no le hace justicia alguna).
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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por moskita » 21 Abr 2013 16:46

Este creo que lo voy a dejar para una relectura, porque me ha dejado entre un sí y un no, o me encanta o lo aborrezco. Por una parte está muy bien escrito, es innegable la calidad de la escritura (a pesar de algunos fallitos ya mencionados en cuanto a coherencia y revisión :blahblah: ). Por otra parte no sé si me termina de gustar la temática. Como ya se ha dicho, es un tema requetediscutido, y parece que todo está ya dicho. Pero claro, luego lee una unas frases que te dejan sin sentido y ahí es donde nacen mis dudas. Lo dicho, lo releeré antes de decidir si lo dejo a un lado o lo apunto entre los favoritos :wink:

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por ciro » 22 Abr 2013 11:21

Probablemente este sea uno de los relatos favoritos del concurso. Tiene muchos elementos para serlo. Paris siempre tiene eso. A mi, en concreto, me faltan cosas: la historia es típica, incluye algunos personajes reales pero poco más. Se recrean bien las melancolías parisinas, pero no me aclaro si lo que les gusta es el jazz o el vals y tampoco me aclaro si das por muerta a la señora en el 29 ("marchitarse para siempre" quizá no sea morirse, aunque lo parece) o en el 48 con el incendio. Aun así tiene frases para enmarcar. Como piropo me apropio de : besos con los ojos en vez de con la boca por timidez.
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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Gisso » 22 Abr 2013 14:22

Un gran, grandísimo relato de amores imposibles y tintes históricos, estupendamente escrito y ambientado, muy profesional tengo que reconocer (aunque he visto alguna faltilla, creo). Pero demasiado rosa, demasiado pomposo y nubes de algodón (pero de un color oscuro, un gris trágico cada vez más intenso tal como avanzamos) para mi gusto. Tal como iba leyendo se me hacía cada vez más empalagoso. Tampoco me convence del todo la historia, todo gusto personal. Aunque seguro que estarás entre los grandes..

Hace algo raro el relato “siguiσ diciendo, y yo me inclinι”

:60:

—¿Me concede este baile?
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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Sinkim » 23 Abr 2013 01:04

No me ha llegado, aunque está muy bien escrito no he conseguido conectar con la historia ni con los personajes :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por joserc » 23 Abr 2013 17:39

Pues me ha dejado un no se qué, que que sé yo. Muy bien escrito, con frases impresionantes, pero me deja un poco frío. Es cosa mía, es que no soy mucho de este tipo de relatos. De hecho, cuando he intentado escribir alguno, no me ha salido nada del otro mundo. No es lo mío, porque tampoco es un estilo que me guste mucho.

En todo caso, es muy bueno, hay que reconocerlo. Enhorabuena autor/a.

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Re: CPVIII Un último vals

Mensaje por Miss Darcy » 23 Abr 2013 21:25

Sí, sí, sí nubes rosas en el París de los años 20. Ni he visto los errores que comentan un poco más arriba, me has atrapado en la lectura. Tienes mi voto, autor y además mi enhorabuena. Lo volveré a leer, porque realmente me ha encantado. :D

Pd: Esos diálogos... :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

:user: Blog: http://librosplumasyte.blogspot.com.es/

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