CP X - Higanbana - Gisso (3º Popular)

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lucia
Cruela de vil
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CP X - Higanbana - Gisso (3º Popular)

Mensaje por lucia » 17 Abr 2015 21:32

Higanbana

«Naces maldita, higanbana carmesí, flor de otoño»

Todo va a cambiar. Con esa promesa sale corriendo del taxi bajo una bóveda de plomizo algodón y examina en silencio su nuevo hogar. El frescor de una inminente llovizna primaveral llena sus pulmones, lo exhala y deja de nuevo que su pecho reciba esa fría esperanza, de un volver a empezar. Esa ilusión desborda su pecho y humedece sus ojos. Observa la silueta de la casa y el frondoso bosque que la rodea, los árboles y sus sombras parecen danzar al son de una sinfonía orquestada por el viento. Corre hacia la otra puerta del coche y ayuda a su madre a bajar cogiendo con ternura su áspera y fría mano y acompañándola hacia la entrada. El chico abre la puerta y se gira hacia ella, por un momento a punto está de venirse abajo al ver su mirada perdida y rostro macilento, pero no, esto es un nuevo comienzo. Padre cambiará, madre también y él podrá tener nuevos amigos, amigos de verdad. En el umbral, el chico la conduce hacia las tinieblas de la incertidumbre y cierra la puerta. El cielo comienza a sollozar presintiendo la verdad, que con la llegada de la noche su mundo se desmoronará de nuevo.
—¡Puta perezosa! ¿Aún no has arreglado la casa desde tu llegada? ¡No sabes hacer nada! Yo, trabajando como un cabrón para daros lo mejor y tú aquí, en tu mundo. ¡Maldita loca!
La tormenta estalla en el interior de su casa con la llegada de padre. El primer relámpago restalla sobre el rostro de su madre despertando al chico, el segundo hace temblar los cimientos de todas sus esperanzas y el tercero los desmorona convirtiéndolos en ruinas y sueños marchitos. El chico se acurruca junto a la puerta de su habitación. Con sus manos intenta crear un escudo contra los truenos que, con cruel fuerza, llegan hasta sus oídos y murmura una canción. No recuerda de qué rincón de su memoria proviene la triste nana, tal vez su madre, cuando aún no estaba muerta en vida, la cantara, pero lo tranquiliza y lo envuelve en una cálida burbuja protectora. La tempestad parece calmarse aunque los ecos de su destrucción aún resuenan por la casa, y en el corazón roto. Pasos; las oscuras nubes ascienden ahora por la escalera. Las oye llegar, tiembla y opone todo su peso contra la puerta, no quiere dejar que descargue su furia sobre él. El chico suspira aliviado cuando pasan de largo. Sendos riachuelos de rabia comienzan a manar llevándose sus ilusiones a través de sus mejillas, recorriendo su cuello, humedeciendo su corazón. Se queda dormido junto a la puerta empapado de aflicción, anhelando que la historia no se repita en el colegio.
Seis días, solo seis tarda en derrumbarse el último muro que había construido con optimismo y alegría. Ahora corre como el viento entre árboles y plantas, las flores observan apenadas su huida y cierran sus pétalos tras su paso, no quieren ver, impotentes, como sus tres perseguidores le dan caza. Da un traspié y cae sobre la mullida alfombra del bosque, se cubre el rostro con ella esperando el acoso que ya ha estado sufriendo en silencio muchos años. Los depredadores comienzan a dar vueltas a su trémula presa esperando el momento idóneo para atacar. No tardan mucho en abalanzarse sobre él y despojarlo de sus ropas, vistiéndolo de barro y hojas. Tras acabar su festín vuelven a sus casas con la panza llena de soberbia, pensando en cómo acabará su próxima persecución. Cuando las risas se pierden y vuelve el murmullo de la brisa acariciando las hojas, el chico se levanta, recoge su poca autoestima y, vistiéndose con ella, regresa al hogar, dulce hogar. Al entrar se encuentra con la inmutable mirada lacerada de su madre observando al sombrío infinito.
—Ya estoy en casa...
Nada ha cambiado.

La primavera está a punto de ceder su reinado al cálido verano y a las vacaciones. Como despedida los tres depredadores intentan darle caza con fuerzas redobladas. Sin embargo, hoy no va a dejar que se den el festín a su costa y corre, corre como nunca. El bosque, silencioso compañero de sus desgracias, lo alenta, el viento lo impulsa. Y escapa. Por primera vez pierde a sus perseguidores que, vencidos, regresan a casa con sed de una pronta venganza. Se deja caer al suelo boca arriba, los tímidos rayos de sol que escapan de la espesura lo arropan y, empapado de júbilo, comienza a reír sin temor. Y llora. Entonces, entre el murmullo de la hojarasca mecida por el céfiro y el arrullo de un río cercano, un dulce canto acaricia su oído llegando a su atormentada alma. Lo reconoce, es su nana protectora. Se levanta despacio, curioso de saber quién puede conocer su bálsamo durante el temporal, y sigue las migas que va dejando la canción en el aire. Tras cruzar el telón de la verde espesura se detiene. Frente a él se interpone una imponente valla de piedra y hierro cubierta de hiedra y madreselva. Embrujado, busca un hueco entre la frondosidad para descubrir a la propietaria de la voz. Lo encuentra, aunque es muy pequeño y no puede ver bien. Ante él, cubierta por una ligera neblina, se alza una antigua mansión de mármol, roca y madera rodeada por árboles centenarios y un hermoso jardín; y, como una ninfa escapada de un cuento, una joven de blanca aura y plateado cabello baila entre las flores mientras canta. El chico, cautivado, no puede dejar de mirar. La chica se queda en silencio y quieta, erizándosele el bello al sentir algo extraño. Se da la vuelta al tiempo que cruza sus brazos en el pecho de forma protectora. Sus miradas se encuentran quedándose él atrapado en el delicado gris de su iris. La chica reacciona con temor y comienza la huida hacia la casa.
—¡Ey! Espera, no te vayas —dice el chico con desesperación temiendo haber roto el hechizo para siempre. Se maldice por ello—. Por favor. Yo solo quería seguir escuchándote…
La chica de pronto se detiene y se gira de nuevo ante la voz del chico que ahora canta. No entiende el impulso que le ha llevado a continuar la nana pero, con cada estrofa, entreteje de nuevo las hebras del encantamiento y la atrapa en él. Acaba casi en un murmullo y el silencio se apodera del momento. La chica desaparece de su visión, él la busca con mirada nerviosa cuando, de repente, su rostro albo emerge al otro lado del hueco. El chico, asustado, retrocede y tropieza cayendo al suelo al tiempo que ella se vuelve a esconder. Temiendo de que huya de nuevo comienza a hablar.
—Perdón… Perdona, no quería asustarte. Escuché tu voz y…, bueno, me sorprendió que alguien más conociera esa canción y… No soy un fisgón, no te equivoques, por favor...
El chico al no esperar ya respuesta se levanta y, cabizbajo, comienza el regreso.
—¿Me has visto?
Se da de nuevo la vuelta y allí está, asomando por el hueco, su bello y pálido rostro.
—Lo siento, no quería espiarte. Yo… Tan solo… Ya lo he dicho, he sentido curiosidad. No quiero molestar… Perdona, ya me marcho…
—¡No! Espera, ¿quién eres?
—Soy… —El chico titubea sorprendido ante el interés. No sabe muy bien cómo continuar, hace mucho tiempo que no habla con nadie—. Mi nombre, bueno… Es…, raro. —Se queda unos momentos en silencio al tiempo que se sonroja—. Carón… Y, bueno…
—Es un nombre bonito. —El chico levanta la vista hacia ella ante su voz sincera—. Yo soy Luna, me llamaron así al nacer albina.
El chico se queda mirando con timidez y curiosidad hasta que ambos sonríen. La conversación empieza a fluir. Él le cuenta que acaba de llegar al pueblo y que, paseando, ha dado con su casa. Ella que, a causa de su condición, vive recluida bajo la sombra y el cobijo que le ofrece el bosque. Sus padres viajan mucho. El paso de las horas se convierten en efímeros segundos y las sombras se alargan avisando a Carón que ya es hora de ir a casa.
—¿Puedo volver mañana? —Un momento de angustioso silencio.
—Claro.
Se despide y, feliz, comienza su regreso. La chica lo observa marchar con tristeza y, abatida, entra en casa. Carón salta y grita, corre y vuela sin alas por encima de la hierba. Al llegar al hogar hace la cena a madre y se recluye en su habitación para comenzar a levantar un nuevo muro de felicidad y sueños renovados donde cobijarse. No puede dormir y ya entrada la noche escucha llegar a padre, el exceso de alcohol ha vencido a su furia incontrolada y, dando tumbos, sube hasta la habitación y cae en la cama. La calma se apodera al fin de Carón y tiene dulces sueños, una luna rodeada de estrellas le canta y lo protege en ellos.

El verano sigue su cálido curso. Tras hacer la faena de la casa y cuidar de madre, el chico sale al encuentro de Luna con mucho cuidado, ocultándose del acecho de sus depredadores que aún claman venganza. La visita todos los días que puede, separados por el muro en un acuerdo tácito. La encuentra bailando, cantando y regando unos tallos aún sin florecer. Un día, curioso, pregunta qué clase de flor es esa que cuida con amor de madre y aún no ha brotado.
—Son flores Higan —contesta y sonríe al ver la cara perpleja de Carón—. Es su nombre en japonés. Son lirios de araña rojos, flor asiática con numerosas leyendas, ¿te cuento una?
El chico asiente con interés. Ella aguarda unos momentos en silencio evocando la historia en su mente. Su voz comienza a fluir con la musicalidad y magia del canto de un Uirapuru. El bosque al completo enmudece para escucharla colmándose de paz.
«Cuentan que los dioses mandaron a dos espíritus para cuidar de estos lirios ya que mostraban el camino a los muertos para cruzar al otro lado. Él velaba de las hojas, ella de las flores. Con el tiempo se enamoraron desatendiendo su obligación y dejando que se perdieran las almas. Los dioses, enojados, los castigaron a continuar con su cometido separándolos por siempre. Desde entonces, cuando sus pétalos brotan las hojas caen y al contrario, así nunca se encontrarían. Por eso se la conoce como la flor de los amores imposibles … Pero su historia no acaba aquí. Su amor era tan puro y verdadero que, alzándose contra la prohibición de los dioses, lograron reunirse en secreto bajo el amparo de una flor especial; la higanbana blanca. Durante el día del equinoccio otoñal, este lirio albar único hace brotar a la hoja y la flor a la vez para que los espíritus se puedan amar de nuevo antes de marchitarse…»
Luna acalla su voz. Carón, acongojado por la triste aunque hermosa historia, al ver el rostro afligido de su amiga no puede contener el impulso y, rompiendo el pacto, lo acaricia a través del hueco sintiendo por primera vez su piel suave pero gélida como una noche clara de enero. Luna retrocede y su pena se convierte en pánico al sentir el contacto.
—¿Por qué lo has hecho? —grita mientras retrocede más. Carón no sale de su asombro ante el dramático cambio—. ¡No debes tocarme, no puedes cruzar la frontera!
—Lo siento, yo… no he podido…
—No lo vuelvas a hacer, por favor. Ahora me tengo que ir.
Luna sale corriendo ocultándose en la mansión. Carón queda en silencio observando sus dedos con los que la ha acariciado, ahora los tiene fríos, sin tacto. Tarda varios días en recuperar la normalidad en su mano, los mismos que en volverla a ver. Sigue yendo pero ella no aparece y teme haber destrozado la amistad por su imprudencia. Al quinto día, allí está, en su jardín. Se excusa, ha estado enferma y no ha podido salir. Sabe que no es verdad pero lo deja correr.

El telón que da fin al verano comienza a descender. Septiembre avanza y las clases comenzarán en breve, aunque Carón ya no las teme. Su muro, piensa, ahora es inquebrantable, como su amistad con Luna. Inmerso en sus pensamientos recorre el sendero hacia la mansión bajo un cielo de rojos, pardos y ocres hasta que un lastimero mayar llama su atención. Con cuidado se acerca a unos arbustos encontrando en su interior a un pequeño gatito perdido y hambriento. Lo acoge entre sus brazos y, sin pensárselo dos veces, se lo lleva junto a él.
—No me lo puedo quedar —dice Luna apenada—. Ya sabes mi situación y mi institutriz no me dejará. Tampoco podré alimentarlo…
—No te preocupes. Construiré un cobijo al lado del muro y traeré comida. Solo necesito que lo vigiles cuando yo no esté, ¿me lo prometes? No pido más. —La chica baja el rostro, el chico se entristece al verla, pero le sonríe—. Por favor, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo —contesta sin levantar la mirada.
Vuelven las clases y los tres depredadores empiezan su hostigamiento, pero Carón les planta cara y no se deja acorralar, ahora es más fuerte y ha crecido durante las vacaciones. Sus agresores se lo piensan y, levantando el puño al viento, lo dejan para otro momento. El chico corre a contárselo a su amiga al tiempo que lleva sustento al gatito. Luna, aunque aborrece la violencia, se alegra por él. Le gustaría abrazarlo pero sabe que es imposible, una barrera separa sus dos mundos. Él se da cuenta y se entristece, ambos callan ahora. El momento de felicidad a punto está de resquebrajarse hasta que el gatito se acerca a su pierna y ronronea agradecido tras el festín. Lo toma entre sus brazos y lo abraza pensando en ella. Luna percibe su candor y sonríe.
—¿Sabes? Dentro de dos días es el equinoccio de otoño, no creo que tarden los lirios en florecer, ¿querrás venir mañana a verlos? Seguro que algunos ya lo habrán hecho.
Él también sonríe y asiente con la cabeza. Resguarda al gatito y se despide mientras echa a correr sin saber que la desgracia acecha entre la maleza. Tres pares de voraces ojos lo han estado espiando, siguiéndolo desde su pequeña victoria, preparando en silencio su venganza. Los árboles se estremecen al verlos marchar, saben que volverán. Al día siguiente Carón no se extraña al no encontrarse con sus agresores, nervioso por ver los lirios florecidos y a Luna entre ellos. Corre entre la fina llovizna, la tupida y húmeda alfombra de hojarasca dulcifica sus pasos, sin atender a la amarga tristeza del bosque. Llega ante el muro y se seca el rostro de lágrimas de lluvia. Con veneración se acerca al hueco quedando desconcertado al observar la escena de una belleza turbadora que ocurre al otro lado. De rodillas, empapada y temblorosa, rodeada de cientos de lirios rojos que alzan sus pétalos implorantes al cielo se encuentra una sollozante y pálida Luna cubriéndose el rostro con las manos.
—Lo siento, lo siento, lo siento mucho… —musita entre lágrimas—. No he podido… no he podido hacer nada. Se… se… se lo han llevado. Lo siento, lo siento…
Un relámpago resquebraja el cielo, el trueno retumba por todo el bosque como un lamento. Carón aprieta la mandíbula y los puños hasta hacerse sangre y, despacio, se acerca al refugio encontrándolo vacío. De una patada lo tira abajo y se queda quieto sin saber qué hacer. El viento, colérico, delata a los raptores llevando hasta los oídos del chico sus atroces carcajadas. Ahora sabe dónde están y va a su encuentro. Luna se derrumba al verlo marchar y llora desconsolada al ver incumplida su promesa. Los lirios la cubren y la intentan, en vano, apaciguar.
—¡Venga! ¿A que no le das? Yo ya le he dado, ahora te toca a ti.
—Voy, ya voy.
Uno de los depredadores se agacha y coge una piedra al tiempo que observa el saco que está colgado en la rama de un árbol cercano. En su interior, enfurecido y lastimado, un bulto se debate por escapar, sus suplicantes maullidos claman clemencia. El depredador prepara el lanzamiento pero, justo un momento antes, se detiene. Ante ellos ha aparecido su verdadera presa. Los tres sonríen al verlo. Carón levanta la vista encendida y llena de rabia hacia ellos.
—¡Parad! No lo hagáis… Si no…
Dos de ellos dan un paso atrás al escuchar su atronadora voz, pero el jefe de la manada, piedra en mano, no se atemoriza.
—Si no, ¿qué? Imbécil, ¿crees que llegarás a tiempo para detenerme? ¡Inténtalo!
Ambos se observan, sin miedo, midiéndose. El ambiente se torna tan denso que se podría cortar. Nadie respira, nadie se mueve…, hasta que el jefe da el paso.
—Tres… Dos… Uno…
Carón sabe que es capaz pero no puede pensar, la cuenta atrás nubla su mente. En un intento desesperado, se agacha y coge una piedra… «¡Cero!»… demasiado tarde. El proyectil sale de la mano de su enemigo y lo ve volar con impotencia a cámara lenta antes de que golpee en el saco. El crujido se graba a fuego en su alma. El bulto deja de moverse, los lamentos se apagan y la tela se humedece de roja vida que escapa y fluye, regando de muerte la tierra.
—¿Lo habéis visto? Le he dado… ¡Le he da…!
No termina de celebrar su victoria, el estruendo de la piedra al golpear su cráneo se convierte en un grito de venganza que hace temblar al bosque. Su sangre salpica al resto de la manada antes de caer al suelo.
—Lo… lo has matado… loco cabrón… —balbucean.
—No tendré esa suerte. Llevároslo. No quiero que su mierda de sangre manche este lugar…
Los dos depredadores se quedan paralizados ante la impávida voz de su presa. Recogen a su compañero malherido y, arrastrándolo, huyen del lugar. Carón se acerca al saco y con gran delicadeza lo baja y lo arrulla en su pecho. Así, con visión anegada en lágrimas, lo ve llegar Luna. Deja el bulto en el suelo frente al hueco y sin levantar la vista, en silencio, se acerca al muro.
—No lo hagas, Carón, por favor.
Pero no hace caso y comienza a trepar para cruzar al otro lado.
—¡Detente! No puedes entrar aquí. ¡Este no es tu lugar! —grita y suplica entre lloros.
—¿Por qué? —Carón se para—. ¿Por qué no has salido a protegerlo como prometiste? —Ahora llora también—. ¿Por qué no puedo estar contigo? ¿Por qué no? ¡Dime, joder!
Luna agacha la cabeza y se queda en silencio. Carón se deja caer a tierra y comienza a patalear y gritar al cielo por su mala estrella. Las frías gotas de lluvia lo intentan tranquilizar acariciando y recorriendo su cuerpo con delicadeza. Se deja hacer y poco a poco se calma. Sollozando, se pone en pie y observa a Luna al otro lado con ojos apagados, sin vida.
—Maldigo nuestro primer encuentro; el día que te conocí. ¡Maldita seas!
Carón echa a correr y se pierde en la inmensidad del bosque. Luna, derrotada, cae de rodillas entre las higanbana carmesí recién florecidas.
—Maldita soy, y ahora, por dos veces maldita…
El chico llega dando un portazo. Padre ya está en casa, más preocupado por encontrar esa botella medio llena y que no recuerda dónde dejó que por los problemas de su hijo. Madre ni tan siquiera aparta la mirada de la ventana. Como un vendaval sube a su cuarto y se echa sobre la cama. Y llora. Llora por la chiflada de su madre, por el alcohólico y maltratador de su padre, por el acoso escolar que sufre y la cruel muerte de su gatito. Pero sobre todo, por Luna. ¿Por qué no puede estar con ella si ambos lo desean? La noche llega oculta tras las nubes de una nueva tormenta. Llaman al timbre, padre sale. Lo que comienza en simples murmullos acaba en una fuerte discusión, el portazo hace vibrar los cimientos de la casa. Padre sube, sus golpes resuenan como cañonazos cuando aporrea la puerta del cuarto, pero Carón ha sido precavido y ya está bajo la protección de su nana y de la pesada cómoda que ha interpuesto de barrera.
—¡Abre la puerta o la tiro abajo! Te voy a enseñar a abrir cabezas a pedrazos, ¡cabrón!
Por un momento Carón cree que lo va a conseguir cuando, al fin, desiste. Oye alejarse la tempestad con paso errático, pero su furia no se ha calmado desembocando ahora sobre madre. Los gritos de dolor y clemencia derrumban su último refugio apagando su canto. Ya no puede más y, en silencio, sale de su cuarto y baja decidido a enfrentarse a sus desgracias, a acabar con ellas.
—Esto es por tu culpa, ¡puta! ¿No sabes educar a tu hijo?
Padre levanta la mano por enésima vez para descargar su cólera contra el amalgama de lágrimas y pánico que es madre, sin embargo, esta vez no llega a su mísero destino. Perplejo, lleva su mano a la espalda impregnándose de cálida savia grana que escapa de ella. Se gira encontrándose ante su hijo, el afilado brillo de lo que lleva entre sus manos se graba en su aterrada mirada y, enloquecido, se abalanza sobre él deteniéndose en seco cuando el acero se clava en su pecho, cercenando su pútrido corazón y terminando con su existencia. Cae ante el chico de rodillas, el reflejo de sus ojos se vuelven vacuos antes de desplomarse.
—Vamos, madre, todo ha acabado —dice Carón con ternura acercándose y ofreciéndole su mano. Ella lo mira temblorosa e inmóvil hasta que su mente reacciona y, horrorizada, aparta a su hijo y corre hacia su esposo caído. Lo abraza, impregnándose de su espesa y roja muerte, comenzando a gemir y gritar—. Pero…, madre… Ya somos libres, ven… Ven conmigo…
—¿Por qué? —le dice mortificada—. ¿Qué has hecho? Lo has matado. ¡Maldito seas, los has matado! Lo has asesinado…, maldito…, mal…, dito..., seas…
Carón no sale de su asombro ante la insólita escena, madre acariciando con infinito amor a su maltratador, llorando por su infecta alma, maldiciendo a su salvador; no comprende. Deja caer el cuchillo de sus manos y observa, tembloroso, la sangre en ellas. Se las lleva al rostro y, cubriéndoselo, levanta al cielo su derrotado llanto, desgañitándose hasta hacer temblar los pilares de su despiadado mundo. Sale de su hogar y echa a correr bajo la gélida llovizna, las oscuras nubes no han dejado ver la triste escena a la apacible noche que se esconde detrás y, bajo su abrigo, recorre el atribulado bosque sin rumbo hasta que tropieza y cae exhausto al suelo. La sangre de su rostro se mezcla con el barro y la hierba. Poco a poco se levanta para observar que el destino lo ha detenido frente a un muro que conoce demasiado. Se acerca al ensangrentado bulto con el que ha tropezado y que todavía reposa en tierra. Con mimosa veneración hace un agujero y lo entierra en él. Sus lágrimas se despiden en silencio al tiempo que se levanta y se acerca a la pared comenzando a trepar para cruzar al otro lado. Una vez arriba intenta distinguir la casa entre la lóbrega oscuridad que lo rodea, pero no lo consigue. Un relámpago ilumina la noche asustándolo y, perdiendo el equilibrio, cae.

Se pone en pie confuso, ahora el anaranjado sol del atardecer ilumina la pálida bruma que lo rodea. Se encuentra en el jardín donde tantas veces ha visto a Luna cantar, pero es diferente, ya no hay lirios rojos. Un gritito a su espalda lo hace girarse y, entonces, la ve. Corre hacia él con brazos abiertos, su argentado pelo danza con la brisa y su sonrisa es como un lucero en el ocaso. Él se dispone para acogerla, al fin, entre los suyos al tiempo que prepara susurrantes palabras de perdón. Sus disculpas se pierden llevadas por el viento cuando ella lo atraviesa como un pez surcando las aguas de un rio y llega a la casa. Incrédulo, la observa fundirse en un cariñoso abrazo con una tenue figura plateada como ella en el pórtico de la casa y desaparecer juntas en su interior. «Síguelas, por favor, esta es mi historia…», una afligida voz en su interior lo apremia. Sale en su búsqueda sin comprender qué ocurre, entrando en la ostentosa pero lúgubre mansión. Ahora la noche ha caído, las trémulas velas iluminan a una asustada Luna arropada por su madre. Ante ellas, un hombre de aspecto adusto las contempla maleta en mano.
—¿No vas a saludar a papá? —dice mientras se acerca y le acaricia el rostro—. Veo que has crecido mucho. Ya eres casi toda una mujercita…
Carón, desconcertado, sigue con cautela la fantasmagórica obra teatral que está siendo representada. Los intérpretes ahora cenan en un denso silencio. El padre, entre trago y trago de vino, no deja de observar a su pequeña. Al acabar, Luna se despide de madre. Y de padre; el beso de buenas noches se alarga y acaba rozando sus labios. Azorada, corre a esconderse en su habitación. No puede dormir y oye subir y entrar a sus padres en el cuarto contiguo. No quiere escuchar y, tapándose los oídos, empieza cantar la nana que Carón tan bien conoce. Él intenta alentarla acariciándola, pero su cuerpo es etéreo y se consterna al sentirse inane. Parece que la calma llega, sin embargo, Luna no se da cuenta que una sombra ha entrado en la habitación y la observa cantar con discreción. Despacio, se acerca junto a ella y le aparta las manos de los oídos, sus susurrantes palabras se clavan como puñales.
—Sí, has crecido, pero todavía no eres una mujercita. Ahora papi te va a enseñar a serlo…
El chico no puede creer lo que está a punto de ocurrir y, desesperado, se lanza a impedirlo. Grita y golpea en vano mientras observa como la sombra da la vuelta a su atemorizada pequeña y, muy despacio, la libra de sus prendas. La luz de la luna intenta cubrir y proteger el frágil y tembloroso cuerpecito desnudo hasta que la figura de su padre se interpone entre ambas, sumiéndola en una eclipsante y atroz oscuridad. Carón, abatido, comienza a llorar y se resguarda de la brutal escena en un rincón hasta que termina y la desalmada sombra se marcha. Se acerca de nuevo a ella y la observa con ojos atormentados e infinita tristeza. Pétalos rojos de su flor desgarrada manchan la sábana al tiempo que solloza y cubre de nuevo su mancillada inocencia. Ella cabizbaja, él a su lado, se queda sentada y pensativa hasta que llegando el amanecer, con ojos apagados, se levanta sigilosa y baja a la cocina, regresando donde duerme en soledad su padre. Lo observa con rabia y comienza a verter sobre él el liquido de una botella. El padre despierta extrañado al sentirse empapado y encontrándose con la impávida mirada de su hija.
—¿Qué haces aquí,cari…? —No acaba la pregunta, Luna prende el encendedor que lleva en la otra mano y lo tira sobre él—. ¡Maldita, maldita seas! —grita una y otra vez hasta que las vengativas llamas lo acallan y toman su cuerpo. Inmutable y embelesada, observa como corre desesperado prendiendo todo a su paso hasta que cae en mitad del pasillo. Luna entonces se percata de las dimensiones del incendio que ha provocado y corre hasta la habitación de su madre. Desesperada, la intenta despertar pero su esfuerzo es inútil, no se da cuenta de las pastillas sobre la mesita y, sin esperanza alguna, se arrebuja a su lado. No grita ni llora, solo espera su aciago final. El fuego entra sin permiso por la puerta y comienza a arroparlas con su implacable abrazo, apoderándose de su maldita alma. Carón sale corriendo mientras la mansión se viene abajo pasto de las llamas y, arrodillándose, riega de tristeza la tierra.
—¿Ahora entiendes, Carón? —una plateada voz acaricia su pesar—. En el equinoccio de hace muchos años, en una noche como la de hoy, mi alma quedó encerrada en este lugar maldita para siempre. Por eso este no debería ser tu lugar. Pero, ¿qué hado te guió hasta aquí e hizo que nos encontráramos y por qué tuviste que cruzar la frontera?
—Entonces… —Carón levanta la mirada; allí está ella, la bella y pálida Luna; y con ojos nublados por las lágrimas sonríe azorado—. Yo… ¿Qué ha…? ¿Dónde…?
—Observa a tu alrededor.
El chico examina el lugar de nuevo. Ahora, a la delicada luz de un nuevo amanecer, descubre la realidad que lo rodea: una vieja mansión carbonizada y derruida cubierta por la agreste naturaleza que oculta también lo que fue el hermoso jardín. Su mirada recorre las escasas partes de muro que aún quedan en pie hasta detenerse en uno. Junto a un tramo con un agujero yace un cuerpo sin vida, su cabeza reposa en paz sobre una roca bañada en sangre. Carón vuelve a mirar a Luna, sus ojos se impregnan de su lechosa belleza.
—¿Estoy…, estoy mu…, mu…?
—Sí.
—Y, ¿por qué te he podido ver y hablar hasta ahora? Si no estaba…
—Ni yo misma lo sé. Tal vez tu atormentada alma ya perteneciera a este lugar.
Luna le ofrece su mano, él la coge con afecto descubriendo que su tacto ya no es frío, sino de gran calidez, y se pone en pie. Sus candorosas miradas se cruzan.
—Vayamos juntos a tu nuevo hogar. Nuestro maldito hogar.
Ambos sonríen. Cogidos de la mano se internan en la esplendida mansión que fue en un pasado lejano y que ahora vuelve a ser, rodeada por un elevado muro cubierto de hiedra y madreselva y de un centenario bosque junto a un bello jardín de lirios de araña rojos. Entre ellos, una hermosa higanbana blanca los observa marchar. A partir de ese día cuidará de ellos, de sus enamoradas y condenadas almas con sus mágicos pétalos y hojas. Para toda la eternidad.

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Sinkim
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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Sinkim » 21 Abr 2015 01:27

Uno de los relatos que más me ha gustado, una historia muy bien pensada y desarrollada :eusa_clap: No sé porque pero me pegaba más la historia ambientada en la época de Edo :meditando: de hecho es así como me la estaba imaginando todo el rato hasta que algún detalle del relato me sacaba de esa época :lol:

El final me ha gustado mucho, no me esperaba que se hubiera matado con la caída y el autor consigue ocultar el detalle hasta el giro final :D Es una buena forma de ofrecer un final feliz para la pareja :lol:
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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barrikada
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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por barrikada » 21 Abr 2015 02:38

Una apuesta a lo grande, de eso no hay duda. Creo que el texto tiene un poco de todo: emoción, realismo, fantasía, amor, miedos, ilusión..., con un notable equilibrio entre todos los elementos. La persona que hay detrás escribe de maravilla, aunque quizá al comienzo se muestra demasiado brillante y después la retahíla de sucesos lo hacen un poco más humano. En el aspecto formal me han faltado varias comas y algún que otro desbarajuste que con un repaso se hubiera logrado. La historia en sí como decía mantiene en todo momento el interés. Es posible que se pudiera haber hilado un poco más fino rebajando alguno de ellos para pausar el ritmo y degustar un poquito más, pero es perdonable. Cabe destacar la forma minuciosa en que el autor se mete dentro de la mente de Carón y muestra sus pensamientos. Eso sí, a mí me ha parecido que al principio era muy niño y al final tenía un comportamiento de niño mucho más maduro... Bueno, según a que edad se puede entender. El final también es arriesgado, pero creo que muy acertado. Se agradecen los autores con un poco más de valentía.

Y poco más que añadir... Que te has marcado un trabajo muy trepidante e intenso. Enhorabuena!
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Shigella
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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Shigella » 21 Abr 2015 10:29

Este relato está muy bien escrito, tiene una ambientación genial. El bosque, la vecina misteriosa, el muro, la leyenda de las flores...
Para mi gusto hacia el final se me desinfla un pelín por varias cosas. El final lo veía venir de lejos, con aquello de que ella estaba muy fría y que le dice que no cruce el muro porque no pertenece a este mundo, estaba claro que lo iba a cruzar e iba a morir. También pasan demasiadas desgracias para mi gusto. El niño tiene un panorama horrible en casa y la niña también, vale, entiendo que eso les crea una conexión de alguna manera. Pero lo de los compañeros del colegio y lo del gatito para mí ya es cebarse.

En general muy bien, aparte de eso que comento que son impresiones personales porque yo no soy muy de dramones. Pero está claro que me gustó porque a pesar de ser un relato muy largo no se me hizo pesado ni me dio la impresión de que tuviera mucha paja. Además creo que vas a gustar mucho en este concurso, así que felicidades. :mrgreen:

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Isma
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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Isma » 21 Abr 2015 18:57

Vaya trabajazo te has dado, eh. La historia es muy elaborada y te has esforzado en volcar toda una gama de emociones sobre el lector. Con muchos detalles y despacito, con cariño por lo que has escrito. Y eso se nota porque esa pasión engancha al lector, convierte una lectura en algo que aporta.

Ahora bien, no son todo hibanganas las que te voy a echar. La pega principal es que abusas de los adjetivos: sobre todo al comienzo. Aquí he encontrado una frase significativa:
Sale de su hogar y echa a correr bajo la gélida llovizna, las oscuras nubes no han dejado ver la triste escena a la apacible noche [...]
Si te das cuenta, todos los adjetivos preceden al nombre. Puedes buscar otras formas para que no resulte repetitivo: oraciones subordinadas, o simplemente reducir su número.

Y aunque la ortografía es cuidada, dos pequeños fallitos me han llamado la atención: un cómo sin tilde y ese bello/vello..

Pero en conjunto excelente trabajo. Da gusto leer historias tan elaboradas.

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Isma
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CP X - Higanbana

Mensaje por Isma » 21 Abr 2015 19:03

Por cierto, he aquí una higanbana en acción:
[img]http://upload.wikimedia.org/wikipedia/c ... ANBANA.JPG[/img]
(La mariposa ha sido captada in fraganti, nunca mejor dicho)

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por ACLIAMANTA » 22 Abr 2015 03:53

Una historia dura. Me parece bien escrita, no me disgusta pero no me cautivó.
Para mi gusto tiene demasiados adjetivos y cuando iba finalizando tuve que volver atrás, me confundí un poco
( aunque seguro es mi culpa :oops: )
Y casi se me olvida: me enseñaste lo que es higanbana :D
Para cuando me ves tengo compuesto,
de un poco antes de esta venturanza
un gesto favorable de bonanza
que no es, amor, mi verdadero gesto.

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Ororo » 22 Abr 2015 11:48

Para ponerse a llorar y no parar.

Veo un relato pensado, trabajado, con su historia bien hilvanada, sus personajes… pero a mí no me ha gustado. Lo siento, son gustos personales.

En cuanto a la forma diría que no tiene grandes errores, pero no me ha gustado nada la forma de narrar tan dramática, quizá forzadamente dramática, cargada de epítetos y utilizando un lenguaje dramático en exceso. La historia ya es triste de por sí como para, además, recargar tanto una narración. He acabado saturada.

En cuanto a la historia, ¿no puede pasar nada bueno? He acabado también machacada entre tanta paliza, locura, indefensión, depredadores y muerte. Que a mí me gusta lo oscuro, pero no lo que se recrea a propósito en lo oscuro. Lo siento.

No me has dejado respirar y el aire de cuento que tiene tampoco ha conseguido aliviarme.
Es cierto que después del horrible principio –temáticamente hablando-, mejora un poco, pero vuelve a la miseria enseguida.

La frase que abre paso al relato me parece preciosa, eso sí. Y te vuelvo a repetir que es un tono que personalmente no me gusta, por eso es difícil que me haya cautivado. Se nota trabajo y esfuerzo, aunque tendrías que tener en cuenta el exceso de adjetivación.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por stradivarius » 22 Abr 2015 20:00

Un relato espeso. Se me ha hecho difícil terminarlo. Seguramente es un problema de mi forma de ver las cosas, pero me pierdo ante tanta adjetivación.
Muy currado sin duda, pero a mi me ha resultado tedioso.
En todo caso, gracias autor/ora por lo que has trabajado. :|

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Topito » 23 Abr 2015 07:33

Ejecución: muy buena. Un cuento triste pero bello: la muerte abraza el amor y ganan los dos; la vida es así. Y aunque vaya intuyendo el final, no me importa. No obstante, y esto es subjetivo, siento que algo falla, aunque no sé que será. He llegado a cansarme en la lectura en el tramo final. ¿Puede ser el exceso de adjetivos? No lo sé.

Punto fuerte: una gran historia del amor de la muerto, pues ella nos ama y nadie puede librarse de su abrazo liberador.
Punto flaco: demasiado adjetivado, puedes conseguir el mismo efecto con otros recursos literarios.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por jilguero » 24 Abr 2015 09:16

¡Qué mal me sabe, autor, decirte que tu relato me ha cansado.
Veo el mimo con que has construido tu historia, lo mucho que la has trabajado y me da no se qué no haber sido capaz de disfrutarla como, sin duda, se merece.
Está muy bien escrito, con una prosa muy cuidada y trabajada y, por eso, también algo recargada (me refiero a que son descripciones muy detalladas y con muchos adjetivos). Una prosa así en un relato más corto la habría paladeado, pero en este caso me ha empalagado un poco. No sé, me ha pasado como me pasa con los tocinos de cielo: las primeras cucharadas me encantan pero, después de dos o tres, empiezo a sentir cierto cosquilleo y desazón en el paladar.
Por otro lado, la historia me ha resultado demasiado dramática y, tal vez por eso, la sensación que me ha dejado es parecida a la de otros dramones antes leído. La razón me dice que tiene muchos elementos originales y, sin embargo, el corazón no.
Resumiendo, autor, que tengo sensaciones encontradas con tu relato pues, aun reconociendo que es un gran trabajo, yo no he sido capaz de disfrutarlo plenamente. :60:
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre



Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Leticiamc » 24 Abr 2015 17:09

La historia me ha parecido muy buena pero se me ha hecho pesadísimo leerla. Para mi gusto sobrecargada prácticamente en cada frase, lo que al principio lo hace bella al final acaba convertido en recursos demasiado forzados.

Una pena porque me habría encantado poder leer este relato de una manera más fluida. Pero para gustos los colores.

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Wintermute » 25 Abr 2015 16:08

Indudablemente, el relato con más adjetivos del concurso. Igual es porque al ver su extensión lo he ido dejando hasta que finalmente creo que ha sido el último que he leido y ya estaba un pelín saturado.

Trabajo tiene, pero para mi gusto, yo aligeraría la redacción mucho- creo que así podría disfrutar de una bonita historia de fantasmas que esconde entre tanta palabra.
El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto

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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por imation » 27 Abr 2015 13:05

Uf, qué preciosidad y qué tremendo, qué imágenes y símiles tan bellos. Quizás en los dialogos pierde algo de encanto, se vuelve mas prosaico ahí, y hay un joder del chico que no le pega nada. También hay un "de" que creo queda mal
Temiendo de que huya de nuevo comienza a hablar.
y un mayar.

Estas cosas rompen la lectura y es una pena porque el texto es absorbente y fastidia que te saquen de él. Pero la belleza del conjunto le puede.
Me ha recordado a Grandes esperanzas en la película de De Niro, Lady Halcón y Al jardín secreto.
También me gustaría saber si la leyenda del os lirios es inventada también o realmente existe .

Enhorabuena, autor.
Confundimos información con conocimiento
***
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Re: CP X - Higanbana

Mensaje por Ratpenat » 27 Abr 2015 15:40

Este relato está muy bien, muy bien. Volveré y lo comentaré mejor :batman:

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