CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos - Raoul

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lucia
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CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos - Raoul

Mensaje por lucia » 16 Abr 2013 22:34

LOS OJOS AZULES DE LOS TIGRES BLANCOS

El cielo era un reflejo del mar.
Al filo de las olas, mecida por nubes negras, velada por el viento, la muñeca aportó a la orilla. Quedó en una postura casi imposible. En cualquier caso, inapropiada para un despojo. Sentada, con los brazos abiertos, la cabeza alta. Un orgulloso equilibrio contra los últimos rayos de la luna, la marea en retirada y el primer resplandor del día.

Una niña de dos años la descubrió. “Está sola”, le dijo a su padre que caminaba unos pasos detrás. El hombre se inclinó y cogió la muñeca. Durante un instante sus pensamientos se perdieron en el fondo de aquellos ojos rotos... El tornasol del vestido deshaciéndose entre sus dedos, tocados por la humedad, rozados por la sal, talados por el tiempo.

Palpó el vacío de una pierna. Miró alrededor y, como esperaba, no la halló.

Su hija le tiraba del pantalón y le pedía que se la devolviese. Pero al cabo de un minuto la distrajo el vuelo de una avioneta. El hombre supo que la muñeca no era un hallazgo vulgar; nada en el pequeño cuerpo invitaba a considerarlo como un juguete sin importancia. Así que decidió depositarla en la bolsa que llevaba, junto a los periódicos, con cuidado de que la niña no se diese cuenta. Al regresar a casa la escondió en el cajón donde guardaba la pistola, aquél que su esposa no abría nunca. Y al día siguiente la entregó a su amante. “Es hermosa y tiene valor, pero no tanto como crees”, le dijo ella. Y a continuación la dejó –sentada, con los brazos abiertos, la cabeza alta, un derrotado equilibrio contra la pared del fondo- sobre una balda, entre una representación de la Pasión de Cristo y la figura de un guerrero africano.

Allí permaneció lo que pudo ser una eternidad. Intacta y dolorida, custodiada por la intolerancia y la amenaza, por la redención y el coraje. Hasta que una mañana el capitán -que había decidido, por una razón que nunca confesó, visitar a su hermanastra la noche anterior-, reparó en ella y la tomó en sus manos.

− Deberías limpiar más.

Su hermanastra, sin volver la cabeza, frunciendo el ceño que se cernía sobre el lienzo, murmuró:

− ¿Debería limpiar más? ¿Debería limpiar más todo o sólo ese monigote cojo?

El capitán la miró. También adivinó su sorpresa.

− Vamos, querido, ¿de qué te extrañas? Sabía que la primera vez que vinieras, de entre todas las cosas que hay aquí te llamaría la atención esa muñeca. Es lo que te corresponde.

− ¡Vaya! ¿Acaso soy un trasto viejo y estropeado?

− No digas tonterías.

Se incorporó apuntando con fastidio al medallón a medio terminar del rey. Ya sobre su pie, destensó los músculos, abandonó el pincel y alzó las manos hacia la aguja del cabello. Una cascada de ceniza se derramó para detenerse casi al final de su espalda. El capitán recordó haber admirado ese mismo movimiento muchos años atrás, cuando lo que se desplegaba era una cabellera oscura, olorosa, brillante, más corta. “Sesenta y seis años. Tullida. Igual de flexible y de bella”.

− Tal vez que yo me fijara en esto era previsible –respondió-. Pero lo que nunca podría suponerse es que tú tuvieras algo así… ¿Es una especie de broma?

Ella cogió un cigarrillo de la mesa. Dio dos breves saltos sobre la tarima y se dejó caer en la hamaca instalada junto al amplio ventanal, de cara al mar del mediodía.

− ¿Una broma? ¿Qué te parecería si te dijera que me la dio Henry?

− Me parecería rarísimo. .. O no. Tal vez no. Tal vez eso lo explicara.

El fogonazo del mechero. Después, un ademán indicador hacia la lejanía.

− Allí están. Como entonces.
La mirada del capitán se dirigió a la playa. Recibió la inmovilidad del paisaje, la brisa inaudible, el lento oleaje. El color pardo de la arena y el azul claro y majestuoso. Junto a la orilla semidesierta, dos figuras quietas. Una oscura, cuadrada, pesada y ancha. Otra blanca, esbelta, coronada de amarillo, que prolongaba una línea protectora hacia uno de sus lados.

− Lleva dos semanas aquí. Desde el funeral. Todas las mañanas saca a pasear a su padre.
Alice frente al mar. Frente al espejo reluciente e infinito.

El capitán creyó intuir la leve ondulación de los cabellos rubios. Imaginó la nuca pálida y estrecha. Los elegantes brazos. Los ojos turquesa, las largas pestañas, la sombra adolescente. Alice niña sentada a su lado, ante el telar, preguntándole por los ojos de los tigres blancos.

− Fue hace veinte años. Veinte años por lo menos. Ella empezaba a hablar con claridad. Era invierno. Y domingo. De eso me acuerdo bien. Los domingos Henry bajaba al pueblo y si no hacía mal tiempo caminaba por la playa, muchas veces con la niña. Luego subían a verme. Pero yo antes los había contemplado desde este mismo sitio. Alice correteaba de un lado para otro, seleccionando piedras y conchas. Henry andaba pesadamente, concentrado en marcar las huellas. Abstraído, grave. Como un monje en oración. Y no se debe descuidar la vigilancia de una niña tan pequeña. A veces ella entraba en el agua y no se daba cuenta. Pero él era así. Era inútil que se lo advirtieras. No tuve más remedio que comprar un surtido de toallas rosas, el color preferido de Alice.

El color preferido de Alice. “No es cierto, Alice. Los ojos de estos tigres son azules. Azules como los tuyos. ¿Por qué dices que son amarillos?”.

− Esa mañana, al despertar, yo había distinguido algo en la playa, pero no le dí importancia. No la tenía, en realidad. ¿De qué podía tratarse? ¿Un cúmulo de algas? ¿Una botella de plástico? ¿Un montoncito de basura? No sé qué pensé, si es que pensé alguna cosa. Pero poco más tarde, al seguir su carrera, vi cómo Alice se paraba y hacía una señal. Henry llegó junto a la muñeca y la levantó. Se quedó mirándola un rato, con seguridad más de media hora. ¡Media hora mirando esta muñeca! Me obligó a usar los prismáticos. Mientras, Alice jugaba con las olas. Terminó empapada… No vinieron a verme. Henry no lo hizo hasta la tarde siguiente. Vino solo. Con esto.
Le arrebató con suavidad la muñeca y la sentó en su regazo.

− Es una Jaumeau. Lleva el sello de la casa. Si el vestido es el original, debió de fabricarse muy a finales del XIX. Fíjate en el trabajo sobre la porcelana: el tono perfecto de la boca, los dientes, las pestañas pintadas a mano. Los ojos de cristal, fracturados. Rotos. ¿Sabes que entonces hacían las muñecas por encargo y procuraban que se pareciera a la niña a la que iba destinada?
El capitán observó la alienación de los tres cuerpos. Su hermanastra y el vuelo desvalido de la mitad izquierda de su falda. La muñeca sobre ella, en la misma postura, imitando el hueco desinflado. Y en la distancia, también sentado y frente al mar, desmadejado, perplejo, mutilado, fuera de un mundo en el que nunca llegó a estar del todo… Henry.

− ¿Qué quieres decir? ¿Que la niña a la que le regalaron esta muñeca era coja y ciega?

− Sería demasiado siniestro para ti, ¿verdad? - su risa sonó franca, divertida-. ¿Quién haría un encargo así y quién lo aceptaría? No, mi capitán, supongo que no. Supongo que su dueña fue una damita que paseaba lazos y tules por el Louvre y que oía a sus padres escandalizarse por los amores de una bailarina. No, se trata simplemente de una muñeca antigua a la que no la han tratado demasiado bien el tiempo y las personas. Como a casi todas las muñecas, por otra parte.

Volviéndola hacia sí, la examinó con atención.

− Nadie acumula tantos motivos de venganza como una muñeca, ¿no crees? Parece mentira que el rencor no las convierta en mujeres... Pero lo que yo quisiera saber es quién abandonó a ésta en la playa y por qué. Debería estar en un museo y no en el estudio de una pintora vieja y lisiada. Es muy valiosa. Sus defectos incluso le añaden valor. Podría venderse por una pequeña fortuna. Hasta el pobre Henry lo sospechó.
− ¿Y por qué te la dio? Es macabro regalar una muñeca así a alguien a quien le falta una pierna.

− Calculas mal y recuerdas peor. Cuando lo hizo, aún no me la habían cortado.

El capitán guardó silencio. Evocó la imagen de su hermanastra en el salón de su casa, convaleciente en el sofá, ignorando la prótesis apartada en el fondo de un armario. Todos los miércoles y sábados, Henry y Alice aparecían. Henry confuso, inseguro, sufriente. Parecía un turista inexperto. Alice, seria y formal. Al capitán le molestaban aquellas visitas tan extravagantes (ése fue el primer adjetivo que les dio). Que un hombre casado, todo un catedrático casado, un extranjero a punto de entrar en la vejez, se citara con su amante en la casa de un familiar de ésta, o sea, en su casa, le disgustaba. Pero que encima se empeñara en llevar a esos encuentros a su hija, una niña que ya era capaz de comprender muchas cosas… Se lo dijo a su hermanastra. “No lo entiendo. ¿No puede dejarla al menos con su madre? No quiero ni creer que la utilicéis para tapar vuestros líos. Es una vergüenza”.

Nunca recibió una explicación o una excusa. Sólo breves miradas de desafío o de lástima. Henry acomodaba a su amante en los asientos traseros del coche y ambos se alejaban por la carretera. Empezaba a anochecer cuando regresaban y el capitán debía quedarse todo ese tiempo -toda una tarde, una larga tarde de verano- con una niña desconocida a la que no tenía ni idea de cómo tratar o qué decirle. La situación le resultaba incómoda y grotesca. Afortunadamente, Alice no se aburría fácilmente. Era previsora y traía libros, papeles, juegos. A veces daba vueltas por el jardín hablando sola. El capitán la espiaba desde la ventana. Sentía pena por la niña.
Un miércoles, Alice trajo un estuche negro. Al cabo, cuando ya estaban solos, el capitán oyó una música. Un sonido que rasgaba el aire. Entró en la casa. Avanzaba procurando amortiguar el ruido de sus pasos.

− ¿Por qué tu hermana te llama capitán? La pregunta le cogió desprevenido y mintió. “Qué ridículo soy. Hasta una cría me asusta”, pensaba. Y mientras pensaba, notaba cómo enrojecía. − ¿Qué haces en esa habitación?

− Encuaderno libros. Tengo un taller.

Esta vez decía la verdad. Alice le sonrió, echándose atrás, con el dorso de la mano que sostenía el arco, un mechón suelto. A partir de ese momento, no volvieron a pasar una tarde separados. Así durante tres veranos, las temporadas que su hermanastra se trasladaba a vivir con él.

Así hasta que Henry decidió pegarse un tiro en la cabeza y quedó varado a una brazada de la orilla, a un centímetro escaso de la Muerte.

Henry. El tímido, pensativo y bondadoso Henry.

− Tienes razón – dijo el capitán-. Fue después. Unos años después.
Ella exhaló una bocanada de humo y movió la cabeza.
− ¡Qué extraño todo! Aquella mañana yo estaba de pie, sobre mis dos piernas, ante el cristal. Henry ahondaba el contorno de sus huellas. Míranos ahora. Yo me he convertido en la muñeca. Y Henry… Henry es también como ella. Una muñeca desvalida al borde del mar. La pequeña Alice ha ocupado su lugar. Dentro de poco lo recogerá de la arena y lo llevará a casa.
Apagó el cigarrillo.

− ¡Cómo se parece a su padre! Por las tardes baja sola a la playa y camina ensimismada, sin pararse a contemplar el paisaje. Es como ver a Henry.

Si no hubiera conocido a su hermanastra, el capitán habría imaginado un temblor en su voz.

− Supongo que no te habrá hecho una visita.

− Naturalmente que no. Ni siquiera mira hacia aquí. Pero sabe que estoy. Sabe que la sigo, que la vigilo desde esta ventana.

Hizo una mueca que pudo ser risueña y resultó triste.

− Como James Stewart. Un James Stewart sin escayola, claro. Y sin suerte. A mí no me visita Grace Kelly sino un tipo calvo, feo y tripón. ¡Diablos, capitán! Estás hecho un desastre.

− Ya, bueno. Me preparo para el papel de director gordo. Que la muñeca haga de la rubia.

De reojo advirtió que su hermanastra iba a decir algo y cambiaba de idea. Se incorporó de la hamaca y de espaldas a él, empezó a colocarse la prótesis.

− Se marchan mañana. Se lo lleva con ella a Estados Unidos. ¿Sabes que ganó una beca el año pasado?

− Sé que le va muy bien.
“La oí tocar en Nueva York”. La frase no viajó. Se aferró a su cerebro. Como la última moneda de un tesoro.

En sus dedos, el tacto de la tarjeta. “Te he visto desde el taxi entrando en el hotel. ¡Qué casualidad increíble! ¡Y qué alegría! Si supieras cuántas veces he pensado en ti. Pero nadie era capaz de decirme tu nueva dirección… Esta noche debuto con el concierto de Sibelius, el que tanto nos gustaba a los dos. No deseo molestarte. Pero si no estás ocupado, si no te importa demasiado decepcionarte o aburrirte, me encantaría que acudieses. No te vayas después sin verme, por favor.”

Con elegante delicadeza había incluido dos entradas en el sobre.

Desde la penumbra de la sala, el capitán asistió al espectáculo de la niña transformada en mujer. La palidez extrema de la piel, los grandes ojos azules, el tono dorado del cabello, seguían siendo los mismos, los de antes, los que él recordaba. Pero el fulgor, el dominio, la pasión, ¿de qué habían brotado para quedarse y enseñorearse de aquella muchacha alta, vestida de negro, de mirada y labios encendidos? Apenas se había iniciado el lento y misterioso despertar de la orquesta –un lago abriéndose a la niebla- cuando de los dedos y brazos de Alice nació, dolorosamente, una llamada de una precisión que el capitán comprendía. Durante media hora un enorme tigre fue convocado. Un tigre que rugió, amenazó, saltó, jugó, acechó con cautela o soberbia, con curiosidad o lujuria, con miedo, ilusión y rabia, el cuerpo de Alice. Y el cuerpo de Alice penetraba y bailaba en el corazón del tigre. Valiente, amable, firme, flexible, incansable, frenético. Igualmente fiero, igualmente bello.

Al cesar la música, el capitán, perturbado y molesto por una sensación demasiado intensa, pensó en irse. Pero también deseaba quedarse, quizás vez para completar la comedia de su propio ridículo. Ella ya conocería su estúpida e inocente mentira, que él en realidad no era capitán de nada, y, en cierto modo, ansiaba representar la escena del adulto desnudo y desarmado frente al niño.

Con una quemadura latiéndole en el pecho, buscó a Alice. La halló rodeada de gente. De familiares y amigos. Se acercó con cuidado de no ser visto. Escuchó que todos hablaban en inglés y eso acrecentó su vacilación. El impulso irrefrenable de huir le llegó de golpe.

En ese momento sus ojos se posaron en él. Acusó el impacto e instintivamente retrocedió un paso. Pero Alice ya venía a su encuentro, después de tantos años, cegadora, pronunciando con afecto su falso nombre, primero, y luego el auténtico.

Guardaría siempre esa imagen. Ella abriéndose paso, sonriéndole, mientras se acariciaba con una mano el antebrazo opuesto. Algo que solía hacer cuando estaba nerviosa.

El capitán había supuesto que tendrían oportunidad de saludarse y poco más. Daba por sentado que para Alice la velada estaría repleta de compromisos. Por eso le sorprendió la invitación a cenar. Por eso se sorprendió todavía más cuando comprobó que esa cena era sólo para los dos. “Habrá otros conciertos, pero éste es especial”, dijo ella. No aclaró por qué. Como tampoco mencionó a su hermanastra ni a su padre al repasar los recuerdos comunes de aquellas tardes de verano. El taller, el jardín, las historias reales y las historias inventadas.

Alice era una mujer extrovertida. Diáfana y pura como la línea de su cuello. Apasionada como la llamarada que se formaba en sus cabellos a la luz del crepúsculo. Todo en ella propendía al entusiasmo pero era un entusiasmo que se refrenaba, que a veces se tornaba extraño. Un entusiasmo asomado a un abismo. Juventud, vida y vértigo. Todos los días el capitán descubría en ella un detalle, un rasgo nuevo. Y aunque ella llevaba siempre el peso de la conversación, aunque él no conseguía desprenderse de su sobriedad de misántropo, no imaginaba a nadie con cuya compañía pudiera sentirse más cómodo. Como su modestia tampoco podía llegar al punto de negar la evidencia de que Alice también estaba a gusto con él.

Una tarde, en un zoológico, se detuvieron ante una familia de tigres de Bengala. Tigres blancos.

− De pequeña me aterraban sus ojos. Fingía que su color era amarillo. ¿De qué color los ves tú?

− Esa no es la cuestión. Pero puesto que lo preguntas, son azules. Lo eran antes y lo son ahora.

− Cierto, azules – Alice sacudió la cabeza pensativamente-. Inmensamente azules… ¡Qué animal tan hermoso! Sin embargo, el miedo me hacía decir otra cosa. Es absurdo. ¿Por qué me asustaban los ojos azules de estos tigres? No consigo recordarlo.
Aquella noche, al despedirse, el capitán se inclinó para besarla en la mejilla, como de costumbre. Tal vez él calculara mal, tal vez Alice se moviera accidentalmente -ninguno de los dos estuvo nunca seguro de lo que pasó, más allá de la voluntad propia-. Pero los labios del capitán rozaron una de las comisuras de los labios de ella.

A la mañana siguiente, el capitán se cortó al afeitarse. Permaneció largo tiempo con las manos apoyadas en el lavabo, mirando al frente.

En la comida, mientras contemplaba con fijeza una columna situada detrás de Alice, anunció que debía regresar a España. No podía desatender ciertos asuntos y acababa de saber que su padre estaba enfermo. Alice le dijo que sentía mucho no poder acompañarle al aeropuerto. Daba un concierto en Washington y habían adelantado los ensayos.

Todo lo que los dos dijeron era rigurosamente cierto. Palabra por palabra.

Habían intercambiado números de teléfono y direcciones. Hablaron algunas veces durante el otoño – siempre, excepto en una ocasión, fue Alice quien llamó-. En Navidad, el capitán recibió una carta. Decidió responder. Aprovechó para comunicarle que pronto se trasladaría a vivir a Madrid –“estoy buscando casa”-, pero que seguramente pasaría por Nueva York el verano próximo. Podrían volver a verse entonces.

Cuatro meses más tarde, perdió el móvil. Cuando le preguntaron en la tienda, respondió que prefería un número nuevo.

Mediada la primavera compró un apartamento. Desde su cama, por las noches, escuchaba el rumor del Cantábrico.

− Primero soñamos. Luego morimos.

Había retornado al lienzo. Al oírla, el capitán, se giró asombrado.

− No me mires así, capitán. Pensaba en Woolrich. En Cornell Woolrich, el autor de “La ventana indiscreta”. Otro pobre diablo. Forma parte del club, ¿sabes? También le quitaron una pierna. Pero ya te contaré eso otro día... ¡Ah! ¿No crees que debería colocar al príncipe Juan más cerca de la reina?
− No puedo entenderte. Toda tu vida has pintado paisajes. Se te da bien. ¿A qué viene ahora una pintura histórica? ¿Y por qué la haces así? Retratas una familia real del siglo XV como si fuera la de un notario del siglo XIX. Y al estilo de Sargent, por si fuera poco.

− Querido, al llegar a cierta edad uno se cansa de montañas y de bosques. Y también comprende que intentar ser original o repetir lo que mejor se sabe hacer es una pérdida lamentable de tiempo.

Cruzó los brazos. Con una imperceptible cojera, se situó a su espalda.

− Ya se van.

Siguiendo la línea de la orilla, Alice empujaba con firmeza la silla de ruedas. El rostro permanecía vuelto hacia el mar. Un minuto más y ella y su padre habrían desaparecido del cuadro de la ventana.

− Supongo que serás bueno y te quedarás a comer.

El capitán asintió desvaídamente.

− Así me gusta. Hay cosas que tenemos que decirnos.

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 19:57

Espectacular, tremendo, delicioso. :marie_bow:

Magia.

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Ismael González
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Ismael González » 20 Abr 2013 01:34

No me he enterado de casi nada, me ha resultado muy confuso, la verdad.
Pero no te preocupes, Autor, será cosa mía.
Lo siento por el comentario negativo. :(

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Medianoche
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Medianoche » 20 Abr 2013 02:10

Una pedazo de historia perfectamente contada. Tiene un toque a Murakami que le sienta de fábula al relato. Me ha zarandeado el alma con imágenes preciosas, excepcionales. Una de esas historias que te arrastran como la resaca marítima hasta el abismo, gozoso en este caso.

:wink:
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Yuyu » 20 Abr 2013 18:38

Me parece que está bien escrito (al final mejor que al principio), pero no le veo el desenlace. Pensé que ibas a tirar por la muñeca y no, después pensé que ibas a tirar por la historia de amor y tampoco, el caso es que no entendí que querías contar. Me estaba gustando pero me perdí. Felicidades por la creación!! :60: :hola:
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Desierto » 21 Abr 2013 00:28

Un inicio un poco titubeante y confuso pero luego toma cuerpo y termian sencillamante tremendo. Ni una pega formal. Ni una.

Bravo, bravo, bravo.

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Nínive » 21 Abr 2013 12:28

Me ha desorientado un poco el hilo de la historia. Algún diálogo he tenido que releerlo porque no sabía quién estaba hablando. Y el argumento me ha parecido bastante disperso, por lo que no me he podido centrar en el meollo de la cuestión (si es que había algún meollo). Es una lástima, porque entreveo el potencial de algo grande, pero no me ha gustado la ejecución. :60: :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por moskita » 21 Abr 2013 17:04

Pura poesía y magia, eso es lo que me transmite. También tristeza, pero eso lo hace aún más hermoso. Aunque tuve que leerlo un par de veces, porque a la primera me perdí un poco con los personajes, cuando pasa el tiempo (y porque tenía un poco de sueño, para qué nos vamos a engañar; al releerlo por la mañana me pareció alucinante :lol: ).

En fin, que va a los favoritos de cabeza. Muchas gracias al autor o autora por escribir este relato, porque es un placer leerlo :wink:

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por andres451 » 21 Abr 2013 18:56

Me gusto mucho. Es un relato para leer varias veces e ir interprentándolo mejor. Escrito poéticamente, las palabras que se usan son brillantes y justas.
Felicitaciones.
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por jilguero » 21 Abr 2013 19:06

Creo que no me enterado bien pero me ha encantado leer el relato. Buena prosa, imágenes muy sugerentes, personajes mistriosos... Una excelente combinación. Por momentos he creido estar asistiendo a una historia caribeña pero dibujada con el pincel frío y poético de Murakami. Una curiosa mezcla. Por un lado me ha sonado a nueva y, sin embargo, he encontrado en ella ecos de otras muchas grandes historias leídas. Si en una segunda vuelta me aclaro mejor con la historia no dudes, autor, de que serás un serio candidato a uno de los votos de Jilguero :60:
Última edición por jilguero el 22 Abr 2013 13:12, editado 1 vez en total.
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Gavalia » 21 Abr 2013 19:27

Debo ser muy cortito, porque no me ha gustado en absoluto y al parecer es bueno según el resto de opinones. Todavía intento entenderlo. Pero me da que no doy más de si. Gracias por lo bien escrito que está. Es lo único que puedo destacar de él a mi parecer. Gracias por participar
-¡Qué felices éramos hace quince años!
-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
-Por eso María, por eso... 8)

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por jilguero » 21 Abr 2013 19:48

Gavalia escribió:Debo ser muy cortito, porque no me ha gustado en absoluto y al parecer es bueno según el resto de opinones. Todavía intento entenderlo. Pero me da que no doy más de si. Gracias por lo bien escrito que está. Es lo único que puedo destacar de él a mi parecer. Gracias por participar

Lo de bueno o malo es subjetivo. Tampoco yo me he enterado bien, Gavalia, lo que pasa es que en mi caso si me ha dicho, lo malo es saber qué. :D
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Gisso » 22 Abr 2013 00:17

Se me ha hecho un poco tediosa la lectura y no entiendo a donde nos quieres llevar con la trama, la veo muy dispersa. No asimilo bien los misterio que nos quieres ofrecer, ¿por qué pierden la pierna? ¿Qué pasa con la muñeca o los ojos de los tigres? ¿Por qué se mata el padre? Me pierdo, no sé si le estoy buscando los cinco pies al gato (o al tigre). Por otro lado, tiene unos pasajes muy bonitos, poéticos. Por cierto, al comenzar un diálogo no hay que dejar espacio después de la raya (para algo que me sé :lol: ).

:60:

—A ver, parece que se pone interesaaaaaaaaaaan... Nop, creo que se me escapa algo.

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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Topito » 22 Abr 2013 08:42

Idem con los halagos.

Lo único malo ha sido que al tener que releer algunos de los pasajes del relato para seguir bien la trama ha pesado a la hora de quedarme con esa primera sensación que estoy utilizando para dar mis votos. Una pena.

buen trabajo, y gracias por el relato.
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Re: CPVIII Los ojos azules de los tigres blancos

Mensaje por Peloponesa » 22 Abr 2013 12:20

Hermoso, poético. Sugiere sin mostrar, evoca sin concretar. El autor domina las palabras y pinta con ellas unos cuadros hermosos, delicados y casi oníricos.
Estéticamente, sin duda el mejor relato de todos los que he leído hasta ahora, probablemente ninguno de los que me quedan por leer lo supere en cuanto a prosa y estilo. Pero, en mi opinión, la historia deja tantos cabos sueltos en tan poco espacio, que estos acaban por enredarse dejando al lector confuso y necesitado de releer partes completas para darles un sentido. No emociona, sólo deja con ganas de profundizar más en las historias que apenas comienzan a vislumbrarse.
En ocasiones parece una novela comprimida, o los apuntes para una historia más larga. Mi consejo al autor: que tire de los hilos a ver hasta dónde le llevan.
De cualquier manera, enhorabuena por tanta belleza.

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