CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín...- David P. González

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Lifen
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CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín...- David P. González

Mensaje por Lifen » 01 Ene 2014 12:59

LAS ABSURDAS CRÓNICAS DE JOAQUÍN CERO IZQUIERDO: EL COJONUDOR



Me presentaré: soy Joaquín, el del título un poco más arriba. Quizás querréis saber por qué me llaman cero izquierdo. Bueno, no sabría decir a cuando se remonta, pero os aseguro que hace muchos años que es costumbre poner a los hijos el primer apellido del padre en primer lugar, y el primero de la madre en segundo lugar.
Me encanta la Navidad, en especial, la noche de Reyes. Desde que tengo uso de razón ha sido muy especial para mí. Incluso después de que mis padres me contaran que los Reyes Magos eran ellos, y unos cuantos sacos llenos de cartas, y otras tantas pintadas de algunos insatisfechos, se explicaran mejor.
Diría que la de hoy, es la noche de Reyes más especial de toda mi vida. Estoy encerrado en el salón de casa. No puedo salir por la puerta del jardín, porque una horda de ovejas aguarda ahí fuera para morderme. Tampoco puedo salir por la puerta interior, porque da a las profundidades del océano, y lo más probable es que me quede sin aire antes de llegar a la superficie —eso si no me devora un tiburón, o lo que sea—. Me alimento gracias a la hospitalidad de las gentes del pueblo del belén, que están vivos, y mantengo la cordura porque puedo charlar con el árbol de navidad, que es un dibujo animado. ¿Que qué ha pasado? ¡Claro!

Todo empezó el día de la lotería, el veintidós. Como todas las mañanas, desayuné temprano y salí a ocuparme del ganado. Iba pensando en mis cosas —consola, colección de cómics, bici, no tengo muchas—, tan absorto, que cuando quise darme cuenta estaba sentado en el suelo con las manos en la nariz y aullando de dolor. Esa cosa estaba allí en medio, flotando a diez centímetros del suelo como si nada. Parecía de metal. Era de color negro mate, con forma cilíndrica, completamente lisa, a excepción de un agujero del tamaño de un guisante en la parte de arriba, en el lateral. Debía medir metro y medio de altura por medio metro de diámetro. Me puse en pié y traté de moverlo. Sorprendentemente se movía hacia donde lo empujaba, manteniendo la perpendicularidad con el suelo, aunque apenas lo desplacé unos centímetros, a pesar de que empujé con todas mis fuerzas, así que fui a buscar a papá.

—¡¿Pero qué carajo es esto?! —dijo al verlo. Un poco previsible, sí.
—No lo sé, papá. ¿Una broma de Javier?

Javier era el hijo de Don Braulio, el Alcalde. Le gustaba gastar bromas —tocar las pelotas en palabras de papá—, en ocasiones tan pesadas que traspasaban la línea que las separaba de los delitos. Ningún problema si la línea la traza tu padre.

—Hablando del rey de Roma —dijo papá señalando la carretera. Una nube de polvo se aproximaba a gran velocidad. Cuando estuvo a nuestra altura, papá le dio el alto.
—Señor Cero, ¿que ocurre? —preguntó Javier desde el asiento de piel blanca de su descapotable, con tono burlón. Por alguna razón, los propietarios de coches descapotables tienen el umbral del frío muy alto y sienten la necesidad de circular con la capota quitada en invierno. O puede que sólo sean gilipollas, ¿quién sabe?—. Oiga, los asuntos de los campesinos me rayan un poco, ¿por qué no llama a mi padre y le pide cita? Yo tengo cosas más importantes que hacer. Tengo que cambiarme estas gasas —dijo poniendo una pierna en el salpicadero y destapando un tatuaje recién hecho en el que se podía leer: pata de cordero al jengibre, en letras chinas. La carta de los restaurantes chinos, ya sabéis—. Pone: el alma del guerrero que vuela libre. No sé ni cuando me lo he hecho. ¡Menuda noche!
—¡Cagüentó, será un minuto! —insistió papá—. ¿Eso es tuyo? —dijo señalando el cilindro.
—¿Y qué coño es eso si puede saberse?
—Esperaba que tu me lo dijeras, zascandil —dijo papá.
—Le aseguro que es la primera vez que lo veo. Lo siento, no es cosa mía. Pregunte a su hijo —dijo señalándome. Qué hostia le hubiera dado—. Parece el tipo de cosas con las que le gusta jugar —dijo haciendo gestos con la mano cerca de su culo. Aceleró y se perdió en una nube de polvo similar a la que le había traído.
—¡Cagüen! —dijo papá—, no sé qué cojones es, pero hay que trabajar, así que lo llevaremos al invernadero, ahí hay sitio de sobra y no molestará. Ya pensaremos en ello cuando hayan comido los animales.

Tenía razón, así que, entre los dos, lo empujamos hasta el invernadero. Nos costó lo nuestro, esa cosa parecía pesar toneladas. Una vez dentro empezó a emitir luz. De toda su superficie.

—¿Pero qué...? —espetó papá apartándose de un salto—. Retírate hijo, puede ser peligroso.
—Creo que es radiactivo, papá.
—¿Una emisora de radio, dices?
—No, papá. Radiactivo, como el uranio.
—¿Como Anselmo?
—¡Joder!, papá. Huraño, no, uranio. —Así es papá. Si hablas con él sobre temas del campo o los animales de granja, puede contarte cosas que no encontrarías en internet. Pero si la conversación trata de cualquier otra cosa, parece el hombre más estúpido del planeta—. Es igual, déjalo. —En ese momento, el cilindro empezó a emitir sonidos agudos y unas empuñaduras surgieron de los laterales—. ¿Has visto eso? —dije con emoción y cautela al mismo tiempo.
—¿Son asas? —dijo papá acercándose para examinarlo—. Ya lo creo que son asas. Podían haber salido antes, ¡cagüenla!, nos hubiera costado menos moverlo. —Agarró las dos empuñaduras y manejó el cilindro a un lado y a otro—. Pues no te creas, no gana mucho. Esto sigue pesando como mil demonios. —Un pequeño clic surgió del interior del cilindro—. ¿Has oído eso? Creo que ha sido este asa. —La soltó y se encajó de nuevo en el cilindro sin dejar huella alguna de que hubiera estado ahí.
—¿Pero qué has hecho? —grité.
—Nada, coño. Se ha metido sola.
—Déjame ver —dije examinando la zona como si supiera lo que hacía. Cogí la otra empuñadura y tiré hacia afuera. Otro clic se oyó dentro del cilindro, la solté y, como sucediera con la anterior, se encajó en su interior sin dejar rastro en su superficie. Ni fisuras, ni desniveles, nada. Fuera lo que fuese, no estaba hecho en España, eso seguro.

A continuación, el cilindro empezó a brillar cada vez más, hasta que una luz tan intensa que nos obligó a cubrirnos los ojos —tan intensa era que pude ver los huesos del interior de mis manos—, salió del agujero del tamaño de un guisante y se proyectó sobre las tomateras y el maíz.

—¿Estás viendo lo mismo que yo? —pregunté con incredulidad cuando la luz desapareció.
—No lo creo, porque yo estoy viendo las tomateras crecer hasta el techo y llenarse de tomates. Y las mazorcas de maíz ahora son latas de conserva alargadas que salen del tallo, con una etiqueta verde y amarilla que dice...
—…Maíz Cero, el maicero —interrumpí terminando su frase.
—¡Carajo!, esta cosa nos ha afectado a los ojos. Quién sabe qué mas nos ocurrirá si seguimos aquí —dijo papá—. Cubrámosla y ocupémonos de las tareas, ya veremos luego qué hacemos.

A la hora de la comida mamá nos esperaba en la casa con unos tomates y una lata de maíz que había recogido del invernadero. Cuando entramos por la puerta puso los brazos en jarra y no le hizo falta preguntar.

—¿Eso de ahí es una lata? —preguntó papá ignorando si mamá veía una lata o una mazorca.
—No, es un lato —contestó ella con ese superpoder de madre que le cambia el género a las cosas y los demás entienden lo que han querido decir.
—¡Cagüenla! —dijo papá volviéndose hacia mí—. Esa cosa no sólo nos ha afectado a los ojos a nosotros, hijo, también ha afectado a tu madre.
—No, papá, no nos ha afectado a los ojos...
—Tienes razón —me interrumpió—. Nos ha afectado a la cabeza. ¡Demonios!, eso es peor.
—¡Joder, papá! ¡Que no! No nos ha afectado a nosotros, sino a los tomates y al maíz. Lo que estamos viendo es real —dije poniéndole la lata de maíz en la mano. Me miró con el ceño fruncido y se quedó pensativo mientras yo le explicaba a mamá lo que había sucedido.

Ella quería poner en conocimiento de las autoridades el hecho en cuestión, pero seguramente nos requisarían los tomates y el maíz para hacer pruebas. Además, cabía la posibilidad de que pusieran en cuarentena el invernadero entero, junto con el resto de cultivos, y quién sabe si toda la granja. Incluso a nosotros. Y sacrificarían a los animales. La decisión, después de valorar todas las posibilidades, fue unánime: nadie debía saberlo.
Esa noche, con la oscuridad, papá y yo lo metimos en casa, donde estaría más seguro.
Al día siguiente, a papá se le ocurrió una idea. Este año no habíamos tenido suerte con la cría de las ovejas. Entre unas cosas y otras, sólo teníamos una corderita, y no podíamos ofrecer otra cosa que no fuese pollo, a la familia, en la cena de Nochebuena, que, como cada año, celebramos todos juntos en casa. Pensó que si flaseábamos a Anabel con el cilindro, quizás se multiplicara, o creciera, no en edad, sino en tamaño; y habría cordero para todos.
Pese a que me negué, lo hicimos, la flaseamos; pero Anabel no se multiplicó, ni creció, ni se convirtió en un paquete de carne del supermercado, ni nada. Nada de lo esperado, ¡claro! Después de un rato observando sin que nada sucediera, papá se levantó para marcharse y algo cayó al suelo debajo de Anabel y rodó hasta sus pies. Se agachó y lo cogió con curiosidad.

—¿Pero qué...? —balbuceó extrañado—. ¿Oro? —dijo perplejo antes de morderlo para comprobarlo—. ¡Cagüenla, es oro!
—¡Pero no te metas eso en la boca, papá, que acaba de salir del culo de una oveja! Seguro que todavía está caliente.
—He masticado cosas peores... —Se detuvo y pensó durante un instante—. No, la verdad, esto es lo más asqueroso que he masticado.
—A mí no me besas con esos dientes—dijo mamá.
—Tranquila, me haré unos nuevos con esto —contestó papá exhibiendo la bolita de oro.
—¡Vale, papá! Así que te vas a quitar los dientes porque han mordido lo que ha salido del culo de una oveja y te vas a hacer unos nuevos con lo que ha salido del culo de una oveja…

Anabel se quedó en casa y estuvo comiendo todo el día, lo que significa que estuvo cagando todo el día, lo que significa mucho oro: no daríamos de cenar pollo a la familia.
Al día siguiente, Nochebuena, papá se ocupó de las tareas de la granja para que yo pudiese bajar al pueblo, con todo el oro que había cagado Anabel, a buscar piernas de cordero para la cena. Me llevó toda la mañana encontrarlas, prácticamente estaba todo vendido desde hacía días. Llegué a casa casi a la hora de la comida. Estaba guardando la carne en la nevera cuando una extraña música que venía del salón llamó mi atención. Me levanté y fui a mirar.

—Joaquín, hijo —dijo papá—. Qué grato que estés de vuelta. Por favor, toma asiento.
—¿Qué ha pasado aquí? —Y cuando dije: ¿qué ha pasado aquí?, lo que quería decir era: ¿por qué hablas así de raro? ¿Por qué vistes de esmoquin, tienes un bigote superfino encima del labio y usas bastón y sombrero de copa? ¿Y de dónde sale esa música que acompaña todos tus movimientos perfectamente sincronizada?
—Ha sido un accidente, hijo. Tu madre quería flasear el belén para mejorarlo, ya sabes lo que le gustan estas cosas, yo traté de impedirlo...
—…Así que flaseé el belén y, de paso, a tu padre también —le interrumpió mamá. Se oyeron carraspeos desde el fondo del salón—. ¡Ah!, sí. Te presento a Abeto Alberto. También le he flaseado sin querer.
—¿Cómo estás, coleguita? —dijo el árbol de Navidad... perdón, Abeto Alberto, con voz infantil, como la de los dibujos animados, lo que le iba muy bien, ya que era un dibujo animado.
—¿Y eso? —Eso era un paragüero que la tía Silvia le había regalado a mamá hacía años. Mamá lo había usado como jarrón decorativo porque cuando yo era pequeño, una noche tuve miedo y me metí en la cama con ellos. Papá puso el DVD de Mary Poppins y alguien debió pulsar el botón de repetición, porque nos quedamos dormidos los tres y la película se reprodujo durante toda la noche, una vez tras otra. Cuando despertamos, papá y yo habíamos desarrollado una irracional fobia a los paraguas abiertos. Mamá, por el contrario, desarrolló una fobia a las palabras largas. Luego leyó Lágrimas de dragón, de Dean Koontz, se encontró con la palabra metilenodioximetanfetamina y desarrolló una fobia a los escritores cuyo nombre empezase por la letra D—. ¿Por qué hay un paraguas dentro? —pregunté con cierto pánico.

Mamá lo había vaciado para ponerlo en la entrada antes de que la tía Silvia llegase —esas cosas de no herir los sentimientos, ya sabéis—. Estaba entre el belén y Abeto Alberto, así que supongo que lo flasearon también. Mamá sacó el paraguas, pero otro apareció. También lo sacó y otro apareció. Lo hizo cinco veces, hasta que se dio por vencida. El paragüero se quedó ahí.
El belén había cobrado vida. Era un pueblecito en miniatura —he de decir que los belenes de mamá eran dignos de ver, no les faltaba detalle—. Con gente en miniatura andando, y trabajando, y jugando. Animales en miniatura pastando hierba de verdad. El río tenía corriente, las chimeneas echaban humo… Podéis imaginarlo, ¿verdad?
¿Cómo explicaríamos todo eso a la familia, que empezarían a llegar de un momento a otro? A Abeto Alberto se le ocurrió la idea de poner música por toda la casa, y papá procuraría andar al ritmo de ésta, para camuflar los pizzicatos que, a menudo, acompañaban sus pasos. También se le ocurrió que podíamos cerrar el salón y cenar en otra sala. Diríamos que estaba recién pintado y que no se había secado. Buena idea, pero había un problema: la puerta que daba al jardín se cerraba con llave, pero la que daba al resto de la casa, no.

—¡Corcho!, la flasearemos —dijo papá—. Pásame el cojonudor.
—¿Que te pase el qué? —pregunté extrañado.
—El cojonudor, hijo —dijo señalando el cilindro.
—¿Y eso qué significa?
—Bueno, antes teníamos tomateras y ahora tenemos tomateras cojonudas. Teníamos maíz, y ahora tenemos maíz cojonudo. Anabel antes era una cordera, hijo; ahora es una cordera cojonuda. ¿Y el belén de tu madre?
—Sí, papá, cojonudo.
—¡Vamos, mírame! —dijo abriendo los brazos y girando sobre sí mismo.
—La verdad es que estás cojonudo —tuve que admitir.
—Te lo estoy diciendo, hijo. Ese artefacto hace las cosas cojonudas. Es un cojonudor.
—Bueno, en realidad sería un cojonudador —dije.
—De acuerdo, hijo —dijo buscando algo en el cajón de los papeles—. Le preguntaremos al dueño de las tierras en las que ha caído ese cacharro: el señor... —dijo leyendo las escrituras de las tierras—. Sí, aquí está. Don Antonio Cero Patatero. Le preguntaremos a él, ¿qué te parece? ¡Espera un momento…! ¡Pero si soy yo!
—¡Eh...! —No pude decir otra cosa, había tenido gracia. ¿Papá divertido?, tendré que llamar a esa cosa cojonudor—. ¡Vale!, ¿y con qué propósito pretendes flasear la puerta? —dije buscando el cilindro... de acuerdo, el cojonudor, con la mirada—. ¿Cómo sabes que eso tendrá el efecto que buscas? —Demasiado tarde para valorarlo, papá ya lo estaba manipulando enfrente de la puerta.

Como yo esperaba, y para sorpresa de papá, la puerta seguía sin tener cerradura. Ni siquiera un triste pestillo, o un cerrojo. Nada. Seguía abriéndose y cerrándose al girar el pomo. Bastaba con tener la altura suficiente para alcanzarlo, es decir, toda la familia.

—¡Caramba!, qué decepcionante —dijo papá abriendo la puerta para cerciorarse de que era posible hacerlo —¡Carámbanos! —gritó cerrándola de golpe y apoyando la espalda sobre ella con los brazos abiertos—. Me parece que eso no debería estar ahí.
—¿De qué estás hablando? —pregunté— ¿Qué hay al otro lado?
—Nada.

¿Nada? Buen consejo, la puerta daba a las profundidades del océano.
El agua no entraba en casa, pero podía tocarla con la mano. ¿Una puerta en medio del océano?, os preguntaréis. Yo también me lo preguntaba, hasta que me di cuenta de que allí fuera había construcciones. Parecía una ciudad antigua. Muy grande, o eso me pareció, y de una belleza increíble.
Por allí no se podía salir —sí que se podía, pero con neopreno y bombonas de oxígeno—, pero tal vez por el otro lado no tuviese el mismo efecto, así que fuimos a comprobarlo.
Desde luego que no tuvo el mismo efecto. Al abrir la puerta desde ese lado se podía ver una ciudad majestuosa. Una verdadera maravilla construida en oro, que estaba siendo engullida por la vegetación. Por suerte, Anabel cagaba más de lo que podíamos gastar. Aún así, me sentí tentado de cruzar al otro lado. Quizás en otro momento.
¡Vale!, una puerta cerrada con llave y por la otra no se podía acceder al salón, nadie descubriría el singular Belén de mamá. Sin embargo, que alguien abriese la puerta y no viese el salón al otro lado era un problema aún mayor que estaba lejos de resolverse. Tan lejos como el garaje. Allí guardábamos, entre otras cosas, un viejo armario ropero que cubriría la puerta de sobra. Papá y yo lo movimos y, después, comimos —ya era hora—. Luego, mamá se puso a cocinar, yo a preparar la sala en la que cenaríamos y papá escondió el cojonudor a prueba de niños curiosos.

No tardaron en llegar los primeros invitados, el tío Jesús y la tía Vero. Después de ellos, fue un no parar de llegar gente. Nos juntamos treinta y cuatro en total. Veintidós adultos y doce niños. ¡Doce niños! Si hubiera podido mover yo sólo el armario ropero que bloqueaba la puerta del salón, habríamos sido doce menos a la mesa —hubiera podido, arrastrándolo, pero la idea de arañarle el suelo a mamá hacía buenos a los doce niños—. No tardé en deshacerme de ellos... pobre Anabel.
En la cocina todo estaba a punto para ir sacando platos a la mesa, pero había demasiada gente ocupándose de ello, así que mamá me encargó hacer una ensalada para la tía Marta, que se encontraba un poco mal y no le apetecía comer nada. Salí al invernadero y cogí un poco de todo: tomates, lechuga, maíz. No teníamos pepinos, una pena. Cuando volví, sólo quedaba mamá en la cocina. Lavé la lechuga y la piqué fina, como a mí me gusta. Abrí la lata de maíz Cero —tenía buena pinta—, y la vacié en el bol. Cogí un tomate, le clavé el cuchillo y cuando lo saqué, la hoja de acero empezó a deshacerse.

—¡Pero qué mierda de tomate! —grité.
—¿Qué te pasa, hijo? —dijo mamá sin mirar. Cuando se giró y vio lo que estaba pasando se olvidó de la amabilidad—. ¿Pero se puede saber qué es lo que estás haciendo con la tabla de cortar, desgraciado?

El jugo del tomate se la estaba comiendo, y luego la mesa, y luego el suelo... Si mi tía quería el jugo de aquel tomate tendría que ir a Nueva Zelanda a buscarlo. Cogí otro tomate y salí a la calle, le clavé un palo y éste se deshizo en cuestión de segundos. Abrí el tomate con cuidado de no tocar el jugo y lo exprimí en el suelo. ¡Menudo agujero! Con la mosca detrás de la oreja, fui a por la ensalada a la cocina y me la llevé a la calle. Cogí un grano de maíz y lo eché al suelo. Con otro palo, lo aplasté. La explosión casi me vuela la mano. Mis sospechas se confirmaron, las cosas que flaseábamos, tenían efectos negativos que compensaban los positivos. Corrí a contárselo a papá, que estaba sentado a la mesa con toda la familia, a punto de empezar a cenar. Le llamé y se acercó a la ventana.

—¡Córcholis! —dijo con esa musiquilla que le acompañaba—. Tranquilo, hijo, no hay de qué preocuparse. El Belén, el paragüero y Abeto Alberto están aislados en el salón. Y la puerta está detrás de ese ropero. Nadie lo moverá. —Su música cambió bruscamente, como si hubiese tenido una revelación—. ¿Dónde está Anabel, hijo?

¡Anabel! Me había olvidado de Anabel, que en ese momento apareció por la puerta, balando, como si nada. La música de papá volvió a los pasajes suaves, pero no por mucho tiempo, en seguida cambió de nuevo a golpes de cuerda agudos y angustiosos: detrás de Anabel empezaron a aparecer corderos, uno tras otro, hasta doce, bajo la atenta mirada de todos los presentes. Cómo había ocurrido no tardaríamos en descubrirlo: los doce corderos, todos menos Anabel, empezaron a repartir mordiscos a diestro y siniestro —no sé si esta expresión es la adecuada, ya que todos en aquel cuarto, a excepción de papá, eran Izquierdo—, y a los que mordían se transformaban en ovejas casi al instante.

—¡Recórcholis!, esto supone un contratiempo —dijo papá
—¡Salta, papá! —grité agarrándole del brazo y tirando con fuerza.

Saltamos por la ventana, corrimos hacia el invernadero y nos encerramos allí. Mamá estaba en la cocina, con un poco de suerte habría conseguido cerrar la puerta a tiempo. Allí tendría comida durante semanas, tal vez meses. Papá y yo nos alimentamos de lechugas y pimientos durante tres días y medio. El día veintiocho trazamos un plan para ir al corral a por una oveja de las nuestras y sacrificarla.
El invernadero tenía dos salidas, así que, yo salí por una de ellas y atraje a las ovejas semilla —las llamamos así—. Papá salió por la otra y al rato regresó con una oveja normal. Utilizamos la azada para trocearla y la asamos en el fuego.

—¡Caracoles!, huele deliciosa —dijo papá— Javier ha estado aquí, hijo. —Todos los años, el día de los Santos Inocentes, hacía lo mismo. Se colaba en el corral y pintaba una oveja con spray rojo. Luego se ponía un jersey de lana rojo y llamaba al timbre. Buenas tardes, he quedado con su hija, decía. Me ha dicho que vestiríamos los dos igual. ¿Ha mirado en el corral de las ovejas? Supongo que a él le hacía gracia. A nosotros nos daba vergüenza ajena—. ¿Cómo demonios se las habrá apañado para no ser mordido?
—A lo mejor no se las ha apañado —dije cogiendo una pierna del fuego—. Puede que después de tantos años quedando con ovejas —quise hacer el gesto de las comillas en esa parte, pero habría tenido que soltar la carne—, al final tenga que hacerlo de verdad.

Papá cogió la otra pierna y mordió con ganas. Ésta empezó a temblar y se convirtió en una pierna. En una pierna humana, quiero decir. Escupió la carne que tenía en la boca e hizo varios amagos de vomitar. La examinó y observó un tatuaje de letras chinas.

—¡Retruécanos!, ¿has visto esto? —dijo mostrándomelo—. Tenías razón ¿Cómo habrá terminado en el corral después de que le mordiesen? La transformación es muy rápida.
—¿De verdad, papá? ¿Eso es lo que te llama la atención?
—Eh... ¿se depilaba?
—Se ha transformado después de que le mordieras. Tus mordiscos son como los de las ovejas: convierten a otras especies en la tuya.
—¡Rayos y centellas! ¿Y si muerdo a otro ser humano? ¿Eh? ¿Lo has pensado? ¿En qué crees que se transformará, hijo?
—Si muerdes a otro ser humano, lo más seguro es que te de una hostia, papá. Pero si se transforma en algo, será en Chuck Norris. —Papá se quedó pensativo, no sé si por lo de Chuck Norris, o por las posibilidades de sus mordiscos—. Papá, puedes morder a los tíos, y a los primos... a mamá…

Eso último le hizo reaccionar, y antes de que me diera cuenta, había salido corriendo del invernadero en dirección a la casa, que es donde pensábamos que estaba ella. La mayoría de las ovejas se habían quedado por la parte de atrás, pero alguna había por allí. Una le alcanzó y tuvo que forcejear. Papá debió morderla porque al rato se transformó. Era el tío Juan. Luego le mordió otra oveja y se volvió a transformar. Papá llegó a la casa, entró y le perdí de vista.
Supongo que no consiguió su objetivo, porque al día siguiente vi salir de la casa una oveja con las lanas lacias y bien peinadas, un bigote fino y sombrero de copa. El muy cabrón —dado su estado, creo que la expresión no tiene el efecto que busco— lideró al resto y empezaron a envestir el invernadero. No podía quedarme allí, lo derribarían tarde o temprano.
Papá los había mandado a ambas puertas, los únicos sitios por los que él sabía que yo podía salir, así que cogí unos tomates y los estrujé con cuidado en uno de los laterales a la altura de la cintura. El PVC empezó a deshacerse al instante. Cogí unas cuantas latas de maíz Cero y salí por el agujero. Miré a uno y otro lado, estudié la situación y establecí una ruta hasta la casa. Concretamente, hasta la puerta del salón que daba al jardín. Estaba cerrada con llave, así que no habría ovejas allí.
Y corrí. Corrí rápido. Pero muy rápido, no os hacéis una idea. Sin embargo, las ovejas corrieron más rápido que yo. Me alcanzaban. Cogí una lata de maíz y la tiré hacia arriba con fuerza por detrás de mí. Cuando cayó al suelo, la explosión las desconcertó. Eso las retrasó. Al rato volví a hacer lo mismo. Estaba llegando. Lo iba a conseguir, cuando me percaté de un detalle que no había tenido en cuenta: no tenía la llave de la puerta. No se me ocurrió nada mejor, así que empecé a tirar latas de maíz con la esperanza de acertar en la cerradura. Ni siquiera me acerqué. Y lo peor es que dejé de vigilar detrás de mí, y las ovejas se acercaron demasiado. Me quedaban diez metros para llegar a la puerta, tenía que abrirla, pero las ovejas me darían caza antes. Me puse nervioso y tiré todas los latas de maíz que me quedaban por encima de mí. La onda expansiva me lanzó contra la puerta y la maldita cerradura no pudo impedir que entrase en el salón.
No oía nada, sólo un pitido agudo y muy molesto que me duró un par de días. Me levanté como pude a cerrar la puerta y bloquearla con algún mueble. No había prisa, las ovejas allí fuera estaban igual que yo.

Y seis días después, aquí estoy, charlando con Abeto Alberto para matar el tiempo.

—¿Y cuál es tu efecto negativo? —le pregunto.
—¿Mi efecto negativo? —contesta con esa voz tan infantil.
—Sí, las cosas que flaseamos tienen efectos que se compensan entre sí. Si tienen uno muy bueno, se compensa con otro muy malo. ¿Entiendes?
—¡Oh!, sí. Creo que no tengo ninguno, y si así es, no lo conozco.
—¡Vale! —digo acercándome a él—. Te echaré un vistazo a ver que...
—Será mejor que no te acerques más, amiguito —me interrumpe.
—¿Por qué? ¿Tu también muerdes?
—No, pero mi sombra te convertirá en un dibujo animado.
—¿No decías que no sabías cual era tu efecto negativo? —pregunto.
—Y así es. ¿Es que ser un dibujo animado es algo malo? —pregunta Abeto Alberto indignado.
—Si no lo es, ¿por qué me has detenido?
—Porque tiene que ser tu elección, coleguita. Si hubiese sido al revés, tu habrías hecho lo mismo. Eso no significa que pienses que ser un humano sea algo malo, ¿no?
—¡Eh...!
—¡Mira eso! —grita excitado señalando hacia el belén.

Tres camellos aparecen a lo lejos, tirados por tres pajes y montados por tres hombres de lujosas vestiduras. Se aproximan al pueblo guiados por una luz que señalan continuamente. La luz parece una nave espacial. Se detiene cerca del portal y levita a un metro —calculo que en proporción deben ser unos doscientos metros para nosotros—. Un haz de luz amarilla se proyecta hacia abajo y cuando se extingue hay unos personajes de cuerpo pequeño y cabeza de pera en el suelo. Son dos. Ahora sale algo de la nave. ¡Anda, es un cojonudor en miniatura! —para ellos no, ¡claro!—. Desciende hasta los dos cabeza de pera, que lo cogen y lo manipulan como papá y yo hemos hecho con el nuestro. Están flaseando una vaca. Ahora la ordeñan, pero eso no parece leche. ¡Vale!, voy a probarlo. Es... ¿licor? No he probado el alcohol en toda mi vida, así que no puedo concretar, pero es de color marrón clarito... ¡y sabe a rayos!
Han pasado unas horas y los cabeza de pera hace rato que no beben. Creo que se han cansado de flasear cosas por aquí y por allá. Se mueven dando tumbos hacia el cojonudor y lo manipulan de nuevo, pero esta vez han hecho algo distinto. Han tirado de las empuñaduras, pero no las han soltado, antes las han girado ciento ochenta grados y después, sí, las han soltado para que se encajen en los laterales. Una esfera cubierta de agujeros sale disparada hacia arriba y empieza a disparar fogonazos de luz, igual de intensos que los de los flaseos. Cuando para, la esfera vuelve al cojonudor y todo lo que habían flaseado vuelve a la normalidad. Los cabeza de pera se colocan debajo de la nave y un haz de luz amarilla desciende de ésta, cuando desaparece, ya no están. Ahora es el cojonudor el que se eleva, pero lo cojo antes de que llegue a la nave. Parece que no se han dado cuenta. No me extraña, con todo lo que han bebido.
Ya sé cómo arreglar todo esto, pero necesito el cojonudor, y papá lo escondió ¡vete tu a saber dónde! Él está por la casa, puedo oír su música, pero es una oveja, ¡joder! Si al menos no quisiera morderme, podría intentar que me guiase.

—¿Y por qué no usas el cojonudor que acabas de coger, coleguita? —me dice Abeto Alberto.
—¿Cómo? —pregunto yo con impotencia.
—Puedes flasearte y morder a tu padre.
—Es muy pequeño.
—Bueno, tu boca también lo es.

¡Vale!, buena idea, no sé si dará resultado, pero es lo mejor que tengo. Ahora necesito otra buena idea para salir de aquí y entrar en la casa. Por la calle es imposible, en estos días el número de ovejas se ha multiplicado por diez. Necesito otra puerta —parece que estoy oyendo a mamá: ¿pues como no la pinte?— ¡Eso es! Un boli, necesito un boli. Al lado del teléfono hay una libreta y un lápiz: me servirá. Primero cojo la libreta y hago unas notas. Ahora me quito un cordón de las zapatillas, lo ato al lápiz y lo lanzo a la sombra de Abeto Alberto. Se convierte en un dibujo animado y lo recupero con la ayuda del cordón. Me flaseo la boca con el cojonudor y una musiquilla, como a trompicones, me acompaña sincronizada con mis movimientos. ¡Un momento!, ¿y después de mordernos? Nos volveremos a morder otra vez, y luego otra, y otra... Necesito mantenerle alejado. Miro a mi alrededor y veo el paragüero de la tía Silvia. Es perfecto. Como ser humano puedo controlar mis fobias, los animales, no. Cojo el paraguas y espero. Espero. Oigo la música de papá al otro lado de la pared y dibujo una puerta con el lápiz. ¡No me lo puedo creer, la he abierto! Papá se vuelve hacia mí y corre. Abro el paraguas y se detiene. Espero que lo recuerde cuando se transforme. Lo cierro y lo apoyo en la pared. Se abalanza sobre mí y forcejeamos. Nuestras músicas no interfieren, se fusionan en una agradable armonía de tensión. Yo le muerdo la mano derecha y la cara. Él me muerde también. ¡Dios! ¡Duele! Pero funciona. Donde le he mordido es humano mientras el resto de su cuerpo sigue siendo de oveja. ¡Joder! Intento hablar con él. ¡Ah! Le tiro... la libreta… ¡Uh! …y el lápiz… ¡Be-e-e-e-e-e!

—¡Caracoles!, soy mitad oveja, mitad humano —be-e-e-e be-e-e—. ¡El paraguas! ¿Dónde ibas? —be-e-e-e-e be-e be-e-e-e be-e be-e-e—. Muy listo, hijo.
—Be-e-e-e-e-e —be-e-e be-e-e-e be-e.
—¿Qué estás señalando? ¿Las notas? ¿Quieres que lea las notas? —be-e-e-e be-e be-e-e—. Veamos... —be-e-e-e be-e-e be-e be-e-e be-e-e-e-e—. ¿El cojonudor? Está en tu habitación, hijo, ¿quién podría encontrarlo en ese vertedero? —be-e-e-e be-e be-e-e-e be-e-e—. ¿Qué dice aquí?... Que lo apunte ¡Ah, claro!, no me entiendes. —be-e-e be-e-e-e-e be-e be-e-e—. Y esta... ¿Que cierre el paraguas? ¡Me morderás! —be-e-e-e be-e be-e-e-e be-e-e—. Esta otra... ¡Vale!, eso es lo que quieres. A ver... Y que te muerda yo a ti también —be-e be-e-e-e be-e be-e-e—. Hijo, no sé lo que pretendes, pero espero que funcione... —be-e-e be-e be-e-e-e.

Be-e-e be-e be-e-e-e be-e be-e-e be-e-e-e-e be-e be-e-e, be-e be-e-e-e be-e-e-e-e. ¡Be-e-e! Be-e-e-e be-e. ¡be-e-e-e! Be-e-e... be-e be-e-e-e. ¡Be-e! Be-e-e be-e, be-e-e be-e be-e-e-e be-e, be-e-e be-e be-e-e y por último recupero el habla. No me lo puedo creer, pero ha funcionado. Abro el paraguas rápidamente para alejar a papá, que vuelve a ser una oveja. Subo al segundo piso. Hay animales aquí. Espero el momento oportuno y me muevo con cuidado hasta mi cuarto, localizo el cojonudor y lo saco a la terraza. Brilla, y las empuñaduras están fuera. Las agarro con determinación y tiro de ellas hacia afuera, cuando oigo el clic las giro ciento ochenta grados. Se oyen ruidos de engranajes en su interior y otro clic. Las suelto y se encajan en los laterales sin dejar rastro. Me retiro porque sé lo que va a pasar. Una esfera cubierta de agujeros del tamaño de un guisante sale de la parte de arriba y se eleva unos cien metros. Empieza a emitir fogonazos que lo bañan todo de luz. Cuando termina, me asomo a la calle. Hay mucha gente ahí abajo. Parecen desconcertados. Entro en casa y busco a papá. Por lo pronto no oigo ninguna música, eso es buena señal. Mamá me sorprende por detrás y nos abrazamos. Luego aparece papá y se abraza con nosotros. Parece que todo ha vuelto a la normalidad.

Hay un detalle al que le estoy dando vueltas y no termino de encajar. Cuando los cabeza de pera accionaron la esfera del cojonudor, la secuencia fue la siguiente: luz corta, espacio, luz corta, luz corta, luz corta, espacio, luz corta, luz larga, luz larga, luz corta, espacio, luz corta, espacio, luz corta, luz larga, luz corta, espacio, luz corta, luz larga, espacio, luz corta, luz larga, luz corta. Sin embargo, cuando la accioné yo, la secuencia no fue la misma: luz corta, luz larga, espacio, luz corta, luz corta, luz corta, luz corta, espacio, luz larga, luz larga, luz larga, espacio, luz corta, luz larga, luz corta, espacio, luz corta, luz larga. ¡Bah, qué mas da! Todo ha vuelto a la normalidad.
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Sinkim » 01 Ene 2014 14:28

:cunao: :cunao: Una historia muy divertida y alocada :cunao: :cunao: ¡Felicidades autor, me has tenido todo el cuento con una sonrisa! :lol: :lol:

Por cierto, el morse del final dice
ESPERAR. AHORA :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por elultimo » 01 Ene 2014 18:04

Como dice el título... absurda. Lo siento, pero no me ha gustado nada. No sé si el narrador es un niño, un joven o un adulto. Dependiendo de que parte, me parece una cosa u otra. El lenguaje vulgar a base de palabras malsonantes (joder, coño, gilipollas...) está muy mal logrado si lo que se quiere dar a entender es que son unos paletos. Y hay mucha diferencia entre el lenguaje que utilizan en los diálogos y la narración por parte de Joaquín.

Por otra parte, me ha recordado el episodio de los tomacos de los Simpsons.

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Ratpenat » 02 Ene 2014 12:27

Y esto es lo que ocurre cuando escribes bajo los efectos del LSD :lol: Reconozco que por una parte se me ha hecho un pelín largo, pero también me he reído.

Lo de Anabel cagaba más de lo que podíamos gastar me ha hecho partirme.

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Tadeus Nim » 02 Ene 2014 12:37

Divertido y desquiciado. Un poco farragoso en la lectura. He echado en falta un poco mas de claridad en el funcionamiento del artilugio, haría mas accesible el desarrollo de la historia y esta no se resentiría.

Buen trabajo, autor. :60:

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Gavalia » 02 Ene 2014 13:08

Vaya ida de olla coleguita jajajaja. No esperaba tantísimo dislate. Una cosa es liarla y otra liarla parda. Bueno que en resumen no me ha gustado, pero tu experimento es atrevido y por eso te lo valoro como un añadido sobre un confuso para mi gusto resultado. En fin, que dejes de fumar eso leñe. Pero no dejes de brindarnos tu buen sentido del humor
La mamá arropaba a su pequeño niño invidente mientras le susurraba al oído...
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por noramu » 02 Ene 2014 23:20

Me has desbordado, autor. Empiezo a plantearme la necesidad de volver a fumar canutos... :60:

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Ororo » 03 Ene 2014 13:08

Este autor zascandil la ha liado parda pero de verdad :lol:
Ya nos contarás el estado mental en el que te encontrabas mientras escribías esto, porque vaya ida de olla :lol:

Al principio me ha costado mucho meterme en la historia... no soy muy de bromas y no me hacía mucha gracia... pero luego ha ido a mejor. He encontrado bromas que me han gustado más y una fluidez -aunque loca- digna de admirar.

Aún así, me parece que la historia, al mezclar tantos asuntos, pierde fuerza. Parece una secuencia de acontecimientos a cuál más absurdo sin un poco de base. Al menos un poco!
También creo que es demasiado largo. Un poco más corto y con menos locuras pero más desarrolladas quizá habría ganado.

Me ha llamado la atención la relación padre-hijo tan cercana y la madre en un segundísimo plano. Sólo como curiosidad lo digo.

Y los códigos finales...
ESPERAR y AHORA
no lo pillo del todo :oops:
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por ciro » 03 Ene 2014 13:58

Independientemente de la idea del relato, alocada y absurda como anuncia el título, y de que en algún momento levante alguna sonrisa, la redacción deja mucho que desear. Es confusa y atropellada. Bueno, para pasar el rato.
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Shigella » 03 Ene 2014 17:39

Me ha parecido muy simpático y con momentos graciosos, pero se me ha hecho demasiado largo. Para mí habría ganado bastante si hubiese sido más breve.

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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Yuyu » 03 Ene 2014 20:18

Me ha gustado bastante. Hay cosas que me chirriaron, como "a mí no me besas con esos dientes" o que parezca un tiempo actual y que después el prota se vaya a comprar cordero con bolitas de oro (que puede ser porque hay tiendas de "cambio oro" en todas partes :cunao: ). El mensaje, supongo que será morse, no lo he buscado, esperaré a leer los comentarios a ver si alguien lo ha traducido ya :mrgreen: . En resumen me gustó por raro, nuevo y por la imaginación al poder. :60: :hola:
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por ciro » 03 Ene 2014 22:14

yuyu escribió: El mensaje, supongo que será morse, no lo he buscado, esperaré a leer los comentarios a ver si alguien lo ha traducido ya :mrgreen: .
gracias por participar.jpg


Ta te lo han traducido: ESPERAR. AHORA.
Yo no lo entiendo muy bien. Quizá quiera decir que utilizaba mal el aparato. No sé.
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por Yuyu » 03 Ene 2014 23:56

Pues no lo pillo yo tampoco. Me esperaba algo más del tipo "Feliz Navidad" :mrgreen:
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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por ukiahaprasim » 04 Ene 2014 00:09

:164nyu:

Y ayer solomillo al roquefort... :mrgreen: :mrgreen:

PD: cosas de la dino, autor.. cosas de la dino.. :60:


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Re: CN2 - Las absurdas crónicas de Joaquín Cero Izquierdo...

Mensaje por albatross » 04 Ene 2014 13:44

Hay una cosa que está clara: el autor se lo ha pasado de miedo escribiendo y eso ya justifica el texto. A falta de leer la mitad de los relatos, sospecho que es un cambio de registro radical y arriesgado de un autor que todos conocemos bien. ¡Qué difícil terreno es el humor!
elultimo escribió: El lenguaje vulgar a base de palabras malsonantes (joder, coño, gilipollas...) está muy mal logrado

A mí el uso de palabrotas no me molesta en absoluto. No solo en este relato sino en general ¿Por qué decir "prostituta" cuando quieres decir "puta" o "vagina" cuando quieres decir "coño"?
No son sinónimos exactos y si el autor los usa sus razones tendrá. A estas alturas no creo que nadie las utilice para chocar al lector ni que nadie se deba rasgar las vestiduras al leerlas.

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