CP XI La huella del minutero - Blinder

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CP XI La huella del minutero - Blinder

Mensaje por lucia » 17 Abr 2016 22:37

La huella del minutero

Cada espectador fue tomando su asiento. Ansiosos por ver el espectáculo que durante tanto tiempo llevaban anunciándoles en carteles y por el que habían pagado un buen precio por su entrada el día de estreno. El teatro, al igual que sus espectadores, vestía sus mejores galas para el gran estreno de la temporada. Se había cambiado la iluminación, ultimando los detalles para que la acústica fuese perfecta, pintado los palcos resplandeciendo de forma áurea. La platea lucía cada asiento con la tapicería renovada de terciopelo color rojo y con maderas de color platino. Cada butaca que conformaba el patio podría considerarse una obra de arte. El escenario se escondía detrás del telón que, de color verde bordado con hilos de oro, deslumbraba por todo el trabajo que llevaba haberlo fabricado.
Tobías miró su reloj. Según las manecillas, quedaban unos minutos para que empezara el espectáculo. Alrededor podía observar a la gente hablando en susurros con su vecino de asiento. Los caballeros vestían trajes donde predomina color negro y camisa blanca. Se podía notar el máximo cuidado que habían tenido al acicalarse y el olor de sus perfumes inundaba toda la sala ahogando el oxígeno existente. Las damas por su parte lucían vestidos de color blanco deslumbrando con su belleza.
Tobías volvió a mirar su reloj. Las manecillas se habían vuelto unas perezosas, no querían avanzar. Miró esta vez al escenario, su cortinaje e imaginó detrás su conjunto de engranajes, poleas, cuerdas, la tramoya y tantos mecanismos necesarios que si uno solo fallase, por pequeño que fuese, hasta la persona más profana vería que algo no iba bien. Como los relojes que fabricaba, consistía en una coreografía sincronizada para un baile de piezas engrasadas.
Aparecieron los músicos por un lateral andando hacia su foso. Los espectadores, ajenos a su llegada, seguían pendientes de sus conversaciones hasta que apareció el director de la orquesta. Los aplausos entonces resonaron en toda la sala, incluso en la calle se podrían oír para después dejar paso a un silencio sepulcral. La sala se quedo a oscuras, salvo algunas lámparas encendidas, sumiendola en un ambiente propicio. Por fín iba a empezar el primer acto. Tobías guardó su reloj.
Nota a nota, marcado por el compás, el sonido de una flauta conducía la melodía, dirigiendo a los instrumentos de cuerda y vistiéndo al teatro de sinfonía. El sonido llegaba al público servido en cojines de terciopelo. Acorde tras acorde, engalanados de adagio, advertían la entrada en escena a cada lado del escenario de los primeros bailarines que se cruzaban en el centro y hacían mutis por el foro, creando una coreografía sincronizada con cada movimient de la orquesta. «Se me va a hacer eterno» pensó Tobías, mirando su reloj. En sus pensamientos sumido estaba cuando la melodía cambió para dar paso a quien debería ser la reina. Al menos por su belleza, lo parecía. Iluminaba por si sola todo el escenario sin necesidad de focos. Sus pies flotaban sobre la tarima como una mariposa sobre los pistilos de una flor deseosa de fecundar. Hipnotizó a la mitad del aforo y encendió la llama de los celos de la otra mitad. El alma de cada adagio, de cada allegro podía verse en cada salto, en cada giro en cada mirada, en cada uno de sus movimientos.
Acto tras acto, telón tras telón, el público vibraba con cada secuencia de la historia, con cada movimiento de cada uno de los integrantes del reparto hasta el final. Sin duda había merecido la pena asistir al estreno, pensó Tobías tras el acto final. Volvió a subir el telón para que los bailarines agradeciesen el estruendo formado por los aplausos del público puesto en pie. Sin darse cuenta, llevaba tiempo sin mirar el reloj y aplaudía, sumido por el clímax que había alcanzado toda la platea mientras los bailarines desaparecían tras el telón.
Terminada ya la función, Tobías únicamente quería volver a casa lo más rápido posible y desaparecer. Sólo hacía mirar el reloj e intentar salir de entre la masa de gente que se agolpaba en los pasillos del teatro.
–¡Tobías! –oyó su nombre mientras le agarraban el brazo. Odiaba que le tocasen– ¿Pensabas irte tan pronto? Vamos, la noche acaba de empezar. No sabía que te gustara el ballet.
–Hola, Timo. Sí, claro que me gusta. –contestó Tobías soltándose sutilmente el brazo.
–Veo señores que ya se conocen –dijo Hans, el director del teatro, que mantenía una conversación con Timo–. El señor Tobías ha sido el encargado de la fabricación del reloj que viste nuestra fachada. El señor Timo, por su parte, me comentaba que le ha parecido una verdadera obra de arte de la relojería.
–Sí, creo que hice bien cuando invertí en la restauración de este teatro. Su mano se notará en cada campanada, señor Tobías.
–Gracias, señores. Ha sido un placer construir ese reloj, aunque es mi trabajo –respondió fingiendo una sonrisa Tobías, sin dejar de mirar el reloj de bolsillo–. Ahora, si me disculpan, tengo algo de prisa.
–Una persona muy particular, este señor –dijo Timo, una vez se encontraba solo con el director.
–Todos los genios tienen una personalidad muy particular. Venga, le voy a presentar al elenco de bailarines y bailarinas del teatro. Acompáñeme, conocerá a Elisabeth, nuestra reina.
–Será un placer –dijo Timo, siguiendo al director por los pasillos oscuros del reestrenado teatro.
Sin duda el estreno había sido un éxito. Al día siguiente todo el mundo hablaba de la obra, era el tema de conversación en las calles. Nadie reparó en que la relojería tiene la puerta cerrada, que dentro se oían ruidos propios de un taller donde parecían trabajar ciento de personas, aunque sólo lo regentase Tobías. Días y días de taller cerrado, sin ningún cartel avisando de la enfermedad del propietario para tranquilizar a su discreta clientela. «Tiene que tener un proyecto importante» decían, «es un buen relojero, seguro que tiene encargos de la capital» murmuraban. Sin embargo, cada tarde se le podía ver salir de su taller, vestido de traje y sombrero de copa, sin dejar de mirar su reloj, en dirección al teatro.
Elisabeth era la bailarina principal, la reina que realizaba el solo del tercer acto, la estrella de cada actuación. Se dejaba agasajar por los aplausos del público, por los comentarios que oía tras el telón cada noche. Joven, bella y hacía lo que más le gustaba y no podía ser más feliz. Llevaba un par de noches exultante de felicidad. En los camerinos, cuando cuelga a la reina para volver a ser Elisabeth, siente que le falta un brazo que le acompañe al hogar, que le susurre versos al oído o simplemente que la lleve al campo a pasar el día. Por esa misma razón no rechazó la idea de aquel señor adinerado que le invitaba a pasear en carro de caballos después de cada espectáculo.
Todas las noches, Tobías paseaba buscando una sombra que le cobijara en la oscuridad para observar a Elisabeth salir del teatro. La veía esperar, sin sentirse observada, ataviada con un pañuelo sobre la cabeza, tratando así de no ser reconocida, hasta que la recogía una calesa de caballos, propiedad sin duda de Hans. Tobías no abandonaba el lugar hasta que dejaba de oír el sonido de las ruedas contra el suelo, sólo entonces volvía a encerrarse en su taller.
Llovía sobre los charcos a las puertas del teatro, donde el espectáculo de esa noche había sido sublime. La sincronía de los bailarines era ya muy lograda con el paso de los días y se notaba en la actuación. A la salida, Tobías, escondido en la sombra de su esquina, observaba a Elisabeth guarecerse de la lluvia esperando su coche de caballos. No dejaba de mirar su reloj, era prácticamente un tic que le acompañaba incluso en la oscuridad, donde no podía ver las manecillas. Dado el tiempo transcurrido y visto que no aparecería coche alguno, la bailarina volvió a recogerse al interior del teatro. Tobías salió de su oscuridad e inició el camino a casa pegado a las paredes, buscando la oscuridad.
Siguieron las noches de carros que nunca llegaron, de ilusiones rotas y de ropa calada hasta los huesos por la lluvia. Elisabeth, una tarde sin función, acudió al taller del relojero que había fabricado el reloj de la fachada del teatro. Sentía curiosidad por ese hombre que fabricaba máquinas que funcionaban solas. Cruzó la puerta y sonó un pequeño timbre que avisaba cuando alguien entraba. Apareció Tobías, quien al verla allí en su propia tienda, se ruborizó enseguida.
–Buenas tardes, señorita –saludó intentando evitar su rubor–. ¿En qué puedo servirla?
–Buenas tardes, señor –contestó Elisabeth–. Quería conocer la tienda, que me asesorara en la compra de un reloj y ya de paso conocer a un espectador muy especial. Sé que usted nos ve cada noche desde el palco número cinco ¿No es así?
–Así es. El director me ofreció un pase diario para ver la función, aunque siendo sinceros, creo que no se fía del funcionamiento de mi reloj. –Ambos rieron con el comentario– Deme un minuto por favor. Ahora mismo le atiendo.
Se quedó sola en la tienda, mirando las vitrinas y los cuadros que decoraban la estancia. Empezó a pensar que Tobías mentía muy mal. Todas esas noches, mientras bailaba, sabía que el espectador del palco número cinco sólo tenía ojos para ella, que acudía cada noche para ver cómo bailaba, cómo se movía y cómo le miraba. Sin duda ese hombre estaba loco por ella, pero era tan reservado... La puerta se abrió y pudo ver en el interior una forma humana tapada por una tela. Se sobresaltó por un momento.
–¿Qué le pasa? ¿Está usted bien? –Se preocupó el relojero.
–Disculpe mi intromisión, pero me ha parecido ver que tenía a alguien ahí, con usted.
–No, no se asuste. Es un proyecto personal en el que estoy trabajando. –Trató de tranquilizar el relojero.
–Oh, por un momento pensé que... Ay dios, discúlpeme.
–Bien, no se preocupe. Ahora ¿Puedo ayudarle en algo?
–Si le soy sincera, tengo curiosidad de ver ese proyecto en el que está usted trabajando.
–Cuando cierre la tienda, podrá ver mi proyecto. Usted y sólo usted podrá verlo, pero no podrá comentar nada con nadie. Como le he dicho, es muy personal.
–Esperaré aquí sentada pues, a que acabe su jornada.
Así lo hizo, esperó sentada en una silla a que pasaran las horas hasta que el reloj marcara la hora del cierre. Durante ese tiempo pudo observar cómo Tobías se sumergía a través de su monóculo en un mundo diminuto de engranajes, cogía con sumo cuidado las piezas y las colocaba con la precisión y paciencia necesaria. Estaba convencida que un hombre tan tímido no la miraría tan fácilmente, que tendría que dar ella el primer paso o no conseguiría llamar su atención. Pasó el tiempo despacio, el ruido de los relojes le recordaba cada segundo que pasaba y que no volvería jamás. Más tarde, Tobías se levantó y cerró la puerta de la calle, dando por terminada la jornada del día.
–¿Sigue segura usted de querer ver mi proyecto? –preguntó antes de echar el pestillo y cerrar definitivamente.
–Segurísima –dijo ella, ilusionada de pensar en quedarse a solas con él.
–Sígame.
Tras cerrar completamente la puerta y correr las cortinas, se dirigió hasta la puerta de la trastienda dejando pasar a Elisabeth. La estancia era un taller más espacioso que la pequeña tienda desde la que se accedía. Lleno de piezas metálicas y engranajes como ruedas de coches o pequeñas como zarcillos, colocados por tamaño. El ambiente estaba impregnado de un olor a aceite, madera y metal que embriagaba los sentidos. En el centro, hacia donde se dirigían, se observaba un objeto antropomorfo, tapado por una tela blanca que llegaba hasta el suelo, sin dejar poder ver ni rastro de detalle. La curiosidad aumentaba conforme se acercaban.
–Será usted la primera persona que lo verá, después de mí –dijo Tobías mirando la obra sin destapar–. Como le he dicho se trata de un proyecto personal. Llevo tiempo trabajando mis ratos libres en él, pero hasta hace poco no he encontrado la manera de terminarlo.
–Un proyecto personal –susurró Elisabeth–. Debe ser difícil poder financiar un proyecto tan «grande».
–El dinero lo estropea todo –Comenzó a hablar sin mirarla a los ojos–. Desde pequeño, mi deseo siempre fue ser relojero, pues me apasionaba ver moverse los aparatos inertes. Manecillas sin vida empujadas por algún misterioso mecanismo, dibujando un círculo sin fin. No encontraba explicación de cómo y por qué parecían cobrar vida, pero quería saberlo. Deseaba abrir uno de esos aparatos y ver qué demonio habitaba dentro para hacer esa magia inerte. Crecí y, aunque mi curiosidad por encontrar demonios desapareció, mi interés por dar vida y sentido a materiales inertes seguía viva en mí. Hice todo lo posible por estudiar el funcionamiento de los sistemas de engranajes que movían el mundo, hasta que comprendí que no tendría vida suficiente para comprenderlo del todo. Pero con el tiempo entendí que el dinero era el «leiv motiv», el motor que movía, en muchas ocasiones, las manecillas del mundo. Tuve que hacer relojes en serie en talleres donde fui aprendiz, sin pararme a pensar siquiera cómo funcionaban, únicamente para conseguir dinero, para invertirlo en mi proyecto. Me convertí en un mercenario, realizaba mi trabajo con el interés de ganar dinero y no era eso para lo que yo había venido a este mundo. Quería hacer mis propios mecanismos, pero hasta para eso necesitaba financiación. He aquí que a día de hoy me encuentro fabricando relojes para teatros. Así como relojes de bolsillo, donde las personas pueden guardar sus fotos. Irónica forma de conservar un recuerdo, en una máquina que mide el tiempo. De cualquier forma, aquí se encuentra mi maravilla, mi obra maestra que con su permiso le voy a mostrar.
Elisabeth se sentía dichosa de poder ser testigo en fila cero, a manos de su creador. Tobías agarró la tela y tiró haciéndola volar, dejando la figura de una bailarina que se encontraba de espaldas a ellos. Se mantenía con un pie en el suelo mientras que el otro se encontraba suspendido en el aire hacia su espalda. La cabeza y los brazos los tenía dispuestos hacia adelante, daba la sensación de que iba a moverse en cualquier momento, que el tiempo se había congelado, castigándola a mantener una postura tan incómoda toda la eternidad.
–¡Oh, qué preciosidad! –dijo Elisabeth– ¡Parece estar viva!
–Se trata de un autómata –comentaba él, mientras daba vueltas a una manivela–, una máquina que imita en forma y movimiento a una bailarina en este caso. Llevo años trabajando en su creación. Su mecanismo, compuesto por más de cinco mil piezas entre cadenas, discos, dientes y engranajes que, colocados de una configuración concreta, puede desempeñar varios movimientos distintos. No ha sido complicado, no tanto como conseguir tallar cada detalle como yo soñaba, como yo quería que fuera.
Dio vueltas a la pequeña manivela hasta que sonó un «clic». Paró, haciendo una pausa mientras meditaba qué iba a decir.
–He creado la mujer perfecta –prosiguió mientras rodeaba a la bailarina sin dejar de mirarla–, al menos para mí. Sus líneas la definen como una bailarina que nunca se cansa de bailar, capaz de mantener la misma posición durante años si yo quisiera. El minutero no marcará su huella en su piel.
Soltó la manivela y comenzó la bailarina a moverse con una música metálica de fondo. Ella reconoció enseguida la melodía conocida por «Für Elise», la conocida obra que Beethoven compuso a su amada. «Para Elisa. Sin duda otra prueba más de su amor por mí», pensó. Pero hasta que no vio la cara de la bailarina no confirmó sus pensamientos. Como si se mirase en un espejo, vio su imagen tallada en la bailarina. Cada detalle, cada lunar, cada resquicio era de ella.
–Es, es... ¡Es mi viva imagen! –dijo llena de ilusión.
–Sí –contestó Tobías–. La primera vez que te vi pensé que era imposible. Supuse inocente que había conseguido realizar el sueño de un Dios. Salí del teatro deseoso de llegar a mi taller, exhausto tras cada zancada, para comprobarlo. Abrí la puerta presuroso por saber si mi obra había cobrado vida. Tiré del harapo para descubrir que aún seguía aquí, que mi propia «Galatea» me esperaba sin vida en la misma posición que yo la dejé. Me sentí como un desdichado iluso.
Ella se le acercó compadeciéndose de su visible tristeza, queriendo hacerle ver que su musa era de carne y hueso, que no tenía razón para estar triste ya que la tenía delante. Absorta en sus pensamientos, acercándose poco a poco a su admirador se decidió a darle un beso. Una caricia robada de sus labios despertaría la pasión y el deseo que, tras su modestia, seguro escondía. Nadie se había negado jamás a uno de sus besos y ella lo sabía, como sabía cuándo un hombre la deseaba. Él, no sólo se sorprendió, sino que se retiró, dejándola con los labios suspendidos en el aire, esperando quizás como quién espera un carro de caballos que nunca llegará.
–Ruego, señorita, que salga de la tienda –dijo Tobías, claramente indignado mientras volvía a tapar a la bailarina para después salir y guiar a Elisabeth hasta la calle.
–¡Oh!, lo siento. No sé qué me ha podido pasar. –El rubor invadía todo su cuerpo y sus mejillas desprendían un calor que hacía tiempo que no recordaba– Ruego disculpe mi atrevimiento. Pensé...
Tobías cerró la puerta, dejándola con la palabra en la boca. Nunca le había pasado algo así. Se sentía raro, ya que él mismo no entendía por qué había rechazado a una dama tan bella como ella. Volvió al interior de su taller, se sentó en su silla de trabajo derrotado. Se dejó perder entre sus pensamientos y miró su reloj. Las manecillas le advertían que era hora de irse a la cama. Decidió que lo mejor era dormir un poco para dejar de pensar. Tiró decidido de la tela que tapaba su obra maestra y al verla se sintió lleno de orgullo por el resultado. Se acercó a ella, tan cerca que podía sentir el olor a madera, acarició la cara de la bailarina, cerró los ojos y la besó en los labios.
–Buenas noches, amor mio.

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Landra
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Landra » 19 Abr 2016 19:02

Para empezar, he tenido que copiar/pegar en un word y separar los diálogos y los que parecían ser los puntos y aparte. Al hacer esto el word se ha teñido un poco de rojo, el word es un chivato con las faltas de ortografía... (nada importante, yo soy peor).

Y al fin he podido leerlo. Y he de decir que es un bonito relato. Mezclas un poco una historia de amor con tintes de la historia de pinocho. Era de esperar el final ya que dejas claro desde el principio que no quieres que nadie toque al personaje.

Un saludo!!!

pd: recomiendo al lector que haga como yo con el word, la historia gana enteros.
Dos más dos igual a cinco, de toda la vida.

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Gavalia
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Gavalia » 19 Abr 2016 19:27

La historia no esta mal y entiendo bien lo que me cuentas. Para mi es un enfermo, el director dice que es un rarito por aquello de la genialidad, yo no opino igual. Llegué a pensar que la bailarina saltaría de su pedestal y tomaría vida propia, pero el relato se aviene a la realidad de forma contundente, al punto que me deja un poco frío, olía a magia y se quedó en truco. No sé bien porqué mi cerebro se empeña en enclavar la en la época victoriana, cosas mías, alguna afinidad le debo encontrar al texto con el contexto, o vaya usted a saber.Tu prosa es decente y te has esforzado por conseguir fluidez en la lectura sin alardes ni requiebros que arriesguen el resultado. Has ido a asegurar que dice aquél y es por eso que creo que el relato adolece de fuerza, que no de sensibilidad. Gracias por compartir tu trabajo.
3-2-3
Última edición por Gavalia el 05 May 2016 17:44, editado 1 vez en total.
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zilum
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por zilum » 19 Abr 2016 20:18

Enhorabuena por el relato. Yo lo he disfrutado. De los que he leído es el que más me ha gustado en lo que a prosa se refiere, incluso por momentos me sentí transportado de una forma ligera, destacando especialmente la narración de la obra con su música.

Desde el primer momento Tobías me resultó un personaje inquietante, llegando a sospechar que escondía a un psicópata que me recordaba a Jean-Baptiste Grenouille en El Perfume, pero que al final resultó ser inofensivo (y eso me gustó, porque me esperaba que Elisabeth fuese su víctima.

Lo único que no me encaja es que una mujer como Elisabeth ande escasa de pretendientes y se interese por un tipo como Tobías hasta el punto de intentar besarlo... Yo si veo que una tipa ha fabricado un autómata con mi cara echo a correr y no para hasta Finlandia :batman:

El final me parece más que digno, aunque sin llegar a ser excelente.

En conjunto he disfrutado el relato, muy bien. Le pongo una muy buena nota en mi ranking.

Mucha suerte y a seguir escribiendo!! :luxhello:

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MomoEnSilencio
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por MomoEnSilencio » 19 Abr 2016 22:36

Buenas!
a ver...la historia no está mal del todo, aunque el final, al menos para mí, era predecible.
Es una pena que de la sensación de necesitar un repaso en cuanto a puntuación, ortografía y utilización de vocablos que creí inadecuados, o que parecían tener un significado diferente al que tú querías darle al utilizarlo en ciertas frases.
Yo no desarrollaría tanto la introducción pero sí el desenlace.
Gracias por compartir tu ejercicio y buena suerte
Última edición por MomoEnSilencio el 19 Abr 2016 23:04, editado 1 vez en total.
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Isma
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Isma » 19 Abr 2016 22:50

Creo que es un relato notable, que es más que bien y menos que sobresaliente. Me ha gustado la minuciosidad con la que describes los escenarios y los personajes, tomándote tu tiempo y disfrutando con ello. El lector siempre se contagia cuando el autor se entusiasma. Es fácil recrear las escenas de forma muy vívida. La trama es clara y no se desperdician palabras: todo lo que se cuenta contribuye de manera directa a la historia.

Me ha gustado menos encontrar que los personajes y las emociones son algo inocentes. Suele ser mejor sugerir o insinuar, lo que da pie a que cada lector descubra en el texto emociones más complejas o incluso reflejo de las suyas propias. Por ejemplo, este fragmento:
En los camerinos, cuando cuelga a la reina para volver a ser Elisabeth, siente que le falta un brazo que le acompañe al hogar, que le susurre versos al oído o simplemente que la lleve al campo a pasar el día. Por esa misma razón no rechazó la idea de aquel señor adinerado que le invitaba a pasear en carro de caballos después de cada espectáculo.
Aunque es bonito, en vez de decirnos lo que ella siente, yo hubiera preferido que nos lo mostraras. Los ojos que miran su reflejo en el espejo en silencio; las zapatillas de ballet abandonadas en el rincón; la luz solitaria del tocador en el camerino a oscuras. Por ejemplo. Todo ello nos hubiera sugerido que ella se siente sola, insatisfecha o incompleta, y nos hubiera hecho imaginar una razón por la que se sube al carruaje del rico que la corteja. Es solo un ejemplo.

Un punto del argumento que me ha resultado extraño es que la primera bailarina, un personaje admirado y amado, se siente a esperar horas en la tienda de un relojero al que apenas conoce. El beso podría entenderlo, pero esperar horas... :noooo:

Diría también que la redacción se puede mejorar. Nada que la práctica no consiga. El resultado, notable. ¡Suerte!

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por zilum » 19 Abr 2016 23:41

Isma, te he leído varias reseñas y da gusto. Creo que tus aportaciones son de lo más útil, además de acertadas.

Y ya que aquí si se escribe tiene que ser para hablar sobre el relato, aprovecho para sumarme a uno de tus comentarios, que es de las cualidades que más valoro en un escritor:
Isma escribió:La trama es clara y no se desperdician palabras: todo lo que se cuenta contribuye de manera directa a la historia.

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Oberón » 20 Abr 2016 00:04

Ja, curiosamente, conforme leía el relato me imaginé escribiendo de una manera muy similar este tipo de cuentos. Me sentí algo identificado.

Tu historia me parece buena, bien desarrollada y fácil/entretenida para leer. El final, nada predecible en mi opinión (se me ocurrían tantas otras formas en que pudiera terminar), fue lo único que no acabó por convencerme. Por un lado comenzabas a relatar una historia suave, fácil de digerir... y el final te deja algo así como en shock :shock: .

Pero vaya que disfruté la lectura. :D
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por ACLIAMANTA » 20 Abr 2016 01:40

Cundo acabé la lectura vino a mi mente Pigmalión, por lo que no encontré mucha originalidad en la idea central, sin embargo el autor logra una historia además de interesante, bien contada.

Bueno, corrijo, bien contada hasta un poco más de la mitad porque el camino elegido para llegar al desenlace me decepcionó. Quedé con la sensación de que se apresuró y remató con un encuentro algo soso entre el relojero y su musa.
Para cuando me ves tengo compuesto,
de un poco antes de esta venturanza
un gesto favorable de bonanza
que no es, amor, mi verdadero gesto.

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Isma » 20 Abr 2016 09:43

zilum escribió:Isma, te he leído varias reseñas y da gusto. Creo que tus aportaciones son de lo más útil, además de acertadas.
No acepto cumplidos :lol:. Hay personas que se dedican en cuerpo y alma a la literatura. Tú mismo has tenido la tenacidad de publicar un libro... yo soy solo un aficionado. Vago con dificultad en un mundo de nieblas.

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Ororo » 20 Abr 2016 17:20

No me ha gustado mucho, la verdad. Creo que el texto está sobrecargado de palabras y más palabras. De relojes, horas, tiempo, horas, tiempo, horas, tiempo…, y que peca de excesiva descripción. He desconectado varias veces por ese motivo, te detienes mucho en cada párrafo y no dejas avanzar.

En cuanto a la redacción, creo que es bastante mejorable, hay momentos en los que falta fluidez, aunque esto, hacia el final, mejora. También he visto baile de tiempos verbales.

La historia, qué quieres que te diga, un relojero y un autómata podrían dar tanto juego…, pero no he sentido nada por el protagonista, la verdad. No me ha transmitido nada.

El final sí que me ha gustado, con esa negativa a la persona real y aceptación a la máquina. Ahí me has sorprendido, porque pensaba que iba a matarla o algo así!

En definitiva, una historia que podría haber sido muy interesante, sólo hay que trabajarla un poco más.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por blinder » 22 Abr 2016 02:06

Hola autor/a.

La historia está bien, quizás le falta algo de emoción o acción. Como dice Ororo un relojero y un autómata... se podría mejorar. También coincido en las faltas de ortografía, aunque yo también las cometo, créeme.

Y... ¿Al final la rechaza? ves tú, si fuera verdad es capaz de prenderle fuego a la máquina con tal de que ella le bese jaja. Es broma...
zilum escribió:Yo si veo que una tipa ha fabricado un autómata con mi cara echo a correr y no para hasta Finlandia :batman:
:meparto: :meparto: :meparto: :meparto: :meparto:

Gracias y suerte.
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Mister_Sogad » 22 Abr 2016 11:36

Vaya, me ha gustado el relato autor/a, aunque ha sido hacia el final que he podido ver, de verdad, el conjunto tan interesante que tratabas de transmitir. Me temo que el incio me ha llamado menos, pero la idea me ha gustado, cierto que no me ha sorprendido demasiado, pero sí que me ha gustado cómo lo contabas. Tal vez mi pega mayor sea la de que no explicas bien por qué va Elisabeth a visitar al relojero, por mucho que éste la mirara tan fijamente actuación tras actuación, no sé, tenía la impresión de que ella no se rebajaría a eso... La parte y las escenas desde que Elisabeth ve a la bailarina autómata, pasando por su intento de besar a Tobías, que éste la eche y la intimidad posterior de éste para con su obra es quizá lo que más me ha gustado del relato, y visto así creo que podías haber invertido más texto exponiendo sentimientos de Tobías mientras realizaba sus retoques a su obra, no era necesario decir qué hacía, pero sí hubiera estado bien saber de sus anhelos y pensamientos.

Me tendrás de vuleta autor/a. :60:
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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Frigg » 22 Abr 2016 12:59

Hola Autor/a:

No he disfrutado tu relato porque todo el tiempo, desde que empecé a leer, me ha recordado enormemente a la película HUGO de Scorsese.

Es curioso, porque el padre de Hugo era relojero y acudía con su hijo todas las noches al cine, y también intentó dedicar toda su vida a la creación de un autómata. Relojes, historia de amor, arte , autómatas... Demasiadas similitudes para mí.
“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
Carmen Martín Gaite

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Re: CP XI La huella del minutero

Mensaje por Fernweh » 22 Abr 2016 22:01

:hola:
A mí me ha gustado, tienes una prosa fluida que hace que se lea del tirón, y la historia me ha gustado tambien. El relojero me da un poco de grima, eso sí, y tampoco entiendo muy bien que si Elísabeth es tan perfecta en todo, no tenga más pretendientes y eso, pero el momento en el que él la rechaza lo he gozado, eso por tenérselo tan creido :cunao:
He disfrutado leyéndote, y casi seguro (aún me quedan unos pocos por leer), que te cae agún punto por mi parte en la votación eurovisiva. :60:
" El futuro es más ligero que el pasado, y los sueños pesan menos que la experiencia porque la vida no vivida es más leve, tan leve."
Marie Luise Kaschnitz

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