CP XI Donde moran los espíritus - Berlín (1° Pop)

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lucia
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CP XI Donde moran los espíritus - Berlín (1° Pop)

Mensaje por lucia »

Donde moran los espíritus

Debo confesar que hay muy pocas cosas en este tedioso mundo que me gusten más que perderme por los nebulosos bosques del pantano de Hockomoc. Esa ciénaga es el corazón de un triángulo maldito y las tres puntas que conforman esa peculiar caja torácica son las ciudades de Abington, Rehoboth y Freetown. Los indios Wampanoag se referían a él como «ese lugar donde moran los espíritus» y contaban, a todo aquel que se prestaba a escuchar sus historias, que uno debe andar con mucho cuidado cuando se pierde por esos humedales, porque a veces el viento trae voces engañosas que te empujan a la locura o a cometer actos poco cristianos.
Las desapariciones de extranjeros tragados por espejismos hicieron famoso el lugar a nivel internacional, pues no pocos sabuesos vinieron husmeando tras la huella de algún extraviado. Con el tiempo se confirmó que todo aquel que se perdía en esos espejismos ya no se le veía más en ningún otro lugar del mundo. También influyeron a la mala prensa del lugar la aparición de animales mutilados con fines satánicos, o la continua profanación de los cementerios. No eran infrecuentes tampoco las noticias de encuentros en mitad del bosque con animales de dimensiones grotescas; algunos hablaban de perros del tamaño de un caballo o de serpientes dotadas de una circunferencia imposible o animales no catalogados por no haber sido aún descubiertos. Si preguntabas en alguna taberna casi todo el mundo allí presente juraba haber visto en alguna ocasión sobrevolar al famoso pájaro trueno en su viaje hasta la bahía de Massachusetts. El Thunderbird.
Yo sonrío condescendiente cuando escucho estas leyendas. A mí nunca me ha ocurrido nada reseñable en estos parajes maravillosos, donde lo único que sucede es que el aire huele ligeramente a podrido a causa de la excesiva humedad, o que hay que andar con mucho cuidado para no caer en un pozo de arenas movedizas. A veces, si no me encuentro demasiado fatigado de los pulmones, hago el recorrido atravesando el río en una vieja canoa que perteneció a mi padre. Cuando me noto exhausto la empujo a la orilla y camino un poco hasta los robledos, buscando un lugar idóneo donde sentarme a escribir.
Ya les he confesado que nunca he sido testigo de ningún avistamiento inquietante, pero si tengo una anécdota curiosa que me gustaría contarles:
Corría el otoño de 1921. Recuerdo muy bien la fecha porque hacía muy poco que había fallecido mi madre. Por aquellos días no paraba de escribir, pero cuando el techo de mi casa se me antojaba más cercano de lo habitual me escapaba a los bosques y allí, en aquellos parajes temidos, era donde yo me concentraba mejor en mis personajes extraños.
Aquel día en concreto paseaba tan absorto que tropecé con algo y caí de bruces en mitad de un charco de barro. De la garganta del bosque salió una voz que me pidió disculpas. Pensé, sorprendido, que se trataba por fin de mi primer avistamiento, un asunto que no dejaba de ilusionarme, pero no, la voz provenía de un sujeto que descansaba apoyado en el tronco grisáceo de un roble.


—Tropezó con mi pierna. Lo siento, he estropeado su traje—dijo azorado.
—¡Vaya! Perdone, pero es que no lo vi. Si buscaba usted mimetizarse con el roble permítame decirle que lo consiguió por completo—le dije, sacudiendo el barro de mis pantalones—No tiene buen color. ¿Se encuentra bien?
—No se preocupe—dijo— Lo que ocurre es que salí a tomar un poco el aire y de pronto me sentí desfallecer. Pero ya me encuentro un poco mejor. Muchas gracias, es muy amable.
—¿Vive usted por aquí cerca?—pregunté de manera cortés.
—En la casa gris. Mírela. Parece que va a derrumbarse de un momento a otro—dijo señalándola con el dedo—. No se engañe, por dentro aún es peor. La humedad la está devorando.
—No lo tome a mal, pero sí que parece un lugar muy triste—dije examinando con atención aquella casa destartalada. Si tuvo un tiempo de esplendor resultaba muy claro que no era el momento presente—. Es curioso, pero no recuerdo haber visto nunca esa casa y puedo asegurarle que conozco muy bien este lugar.
—No lo tomo a mal—dijo encogiéndose de hombros—. Ahora debo volver. Está anocheciendo y como sabrá no es prudente deambular por los bosques cuando cae la noche.
—¿No creerá en serio en esas ridículas leyendas?—dije sonriendo divertido.
—Bueno, recuerde que los caimanes son enormes por esta zona—dijo—. Y su apetito no tiene límites.
Pensé que se iba a incorporar y, solícito, extendí mi mano para ayudarle, pero lo que hizo, ante mi perplejidad, fue tumbarse boca abajo. Luego comenzó a arrastrarse muy despacio. El deslizamiento era ciertamente sinuoso y la escena completa, vista desde mi gran altura, me pareció espeluznante. Espantado, miré la casa y la vi demasiado lejana para alguien que pretendía volver a ella de ese modo.
—Vaya, lo siento—le dije, intentando disimular mi aversión—. No advertí su incapacidad física ¿Quiere que le ayude de algún modo? Puedo ofrecerle mi apoyo.
—¡Oh, no! Estoy acostumbrado—dijo sin levantar la cabeza.
—Pero no puedo permitir que vuelva a su hogar de esta manera. ¿Acaso no sabe que se lo pueden tragar las arenas movedizas? Le suplico que me deje ayudarlo de algún modo. No se ofenda, pero parece liviano. Creo que podría cargar con usted sin demasiado esfuerzo. Permítame intentarlo.
—Podría jurar que conozco estos parajes mejor que usted. Déjeme tranquilo—farfulló.
Su manera de avanzar era realmente hipnótica y me quedé quieto contemplando como se alejaba despacio, tanteando y vadeando el terreno antes de avanzar. Después, sin proponérmelo, comencé a seguirle procurando amortiguar mis pasos. La noche era casi cerrada y me preocupaba dejarlo solo. Sé que advirtió mi presencia, pero no dijo nada. Cuando se disponía a escalar los peldaños que daban al porche me preguntó, sin girar la cabeza, si quería pasar adentro a tomar una copa. Le dije que sí, algo avergonzado de mi atrevimiento.
Cuando traspasé el umbral, un profundo olor a rancio, orines y humedad golpeó mi nariz y contuve una arcada. Al punto me arrepentí de haber aceptado su hospitalidad, pero ya era tarde; marcharme habría resultado una descortesía, tal vez un agravio entre vecinos. Por dentro la casa era sumamente lóbrega; los muebles, que supuse demasiado altos e inservibles para alguien que se arrastra, estaban tapados con sábanas y los que permanecían descubiertos mostraban una generosa capa de polvo. Las paredes amarillentas lucían casi desnudas y manchadas de humedad. Solo un cuadro bellamente ornamentado presidia el centro del salón. Dentro del marco había una mujer muy joven que posaba con un niño sentado sobre sus faldas. Me vio admirarlo con suma atención.
—Es Beatriz, mi madre, y el niño sentado sobre su regazo soy yo. Tenía siete años—dijo con amargura—. ¡Oh, perdón! Mi nombre es Howard Price.
—Philip Hoffman—dije ofreciéndole mi mano— ¿Puedo preguntarle qué le ocurrió en las piernas? ¿Un accidente tal vez?
—Es un tema del que me aburre hablar, pero si tanto le interesa le diré que ya nací así—dijo sonriendo tristemente, si es que se me permite el oxímoron.
—No pretendía incomodarle—dije yo, bastante turbado—. Soy escritor ¿Sabe? Y los escritores tenemos una lengua muy larga y a la sazón una vergüenza muy corta. Permítame decirle, para compensarle, que su madre era una mujer muy hermosa.
—Ya estaba muerta cuando le hicieron esa foto—dijo con expresión lacónica—. Si se acerca usted un poco comprobará la vacua opacidad de sus ojos. También la expresión es algo triste, aunque serena. Sus frágiles muñecas estaban unidas con un lazo fuerte para simular que me abraza. Parece que me sujeta con mucho amor, ¿verdad? Poco antes de expirar suplicó que tras su muerte nos hicieran una foto juntos, para que su recuerdo no se perdiera en los pasillos de mi memoria ¡Oh! Disculpe, otra vez lo he espantado.
—He oído hablar de la fotografía post mortem, pero nunca había visto nada igual—dije avergonzado de mi nueva indiscreción—. Tal vez sea el momento de marcharme, antes de que mi lengua mordaz e imprudente salga a pasear de nuevo.
—Le imploro que no lo haga y que acepte esa copa que le ofrecí. Sé que mi forma de comportarme ha podido resultarle algo huraña; no suelo tener compañía y casi he olvidado el protocolo y los buenos modales. Prometo redimirme. No me deje solo, por favor.
—Como nadie ha salido a recibirnos y no se escuchan voces ni ruidos, doy por hecho que vive usted en la más completa soledad. No entiendo entonces su miedo repentino. Ya debería estar acostumbrado—dije mirando a nuestro alrededor.
—Lo estoy, en efecto. No sufrí de temor hasta ahora—dijo.
—¡Vaya! —dije sorprendido—. Puedo quedarme un rato a hacerle compañía,  si eso lo beneficia de algún modo. Aceptaré con agrado esa copa.
—Aunque es posible que le esperen ansiosos en su hogar—dijo preocupado—. Su esposa, sus hijos.
—No se preocupe. Yo también estoy solo. Mi madre murió recientemente.
—Lo siento—dijo apenado.
Serví, por encomendación suya, dos tragos generosos de brandy y me senté en un sillón que daba a la ventana.
De pronto las copas vibraron ostensiblemente sobre la mesita y rodaron después hasta el suelo. Pensé que era un temblor de tierra y lo miré con las cejas levantadas.
—Es la casa. Se estremece toda entera cuando llega la noche—dijo.
Serví de nuevo otros dos tragos y como no dije nada me miró largamente. Su mente hervía. Casi podía notarlo.
—Si acepta mi hospitalidad le contaré algo espantoso—dijo bebiendo su licor para tomar fuerzas—. Y tal vez entienda mi temor a la soledad.
Una voz dentro de mi cerebro gritó que nada podía haber más espantoso que arrastrarse como una babosa dentro de una casa medio destruida enclavada en medio de un pantano maldito. Pero me sosegué y bebí un trago yo también.
—Estoy dispuesto a escucharle. Cuénteme eso que tanto le aterra.
Noté que tenía miedo de volver a revivir aquel momento y le animé a hacerlo con un movimiento amable de cabeza.
—Como ya le dije antes estoy acostumbrado a vivir solo—dijo—. Nunca le di pábulo a todas esas supercherías que cuenta la gente; no me asustan las tormentas y ya sabe cómo se las gasta el cielo por aquí; no me inmuto cuando en el silencio de la noche las ramas nudosas de los árboles aporrean mi puerta una y otra vez con insistencia, que pareciera que quieren entrar y nunca he sabido para qué. No me incomoda pensar, tampoco, que tal vez alguna mañana no despierte más y no haya nadie que lave y amortaje después  mi pobre cuerpo. Lo más probable es que mi cadáver permanezca días tendido sobre la cama o el suelo, hasta que algún visitante fortuito entre buscando cobijo o agua y me descubra podrido y recubierto de gusanos. Sé que eso ocurrirá tarde o temprano, lo asumo y no me preocupa demasiado. Ha sido testigo, hace un momento, de que no me altero tampoco cuando la casa se estremece toda entera. Entiendo y acepto que es la lucha constante que mantiene con sus cimientos. Ya le he dicho que el pantano la está atrayendo hacia él. Cada día está un poquito más cerca.
Lo miré perplejo, pero levantó la mano para rogar mi silencio.
—Comprobará con este discernimiento mío del que le hago partícipe que no soy un hombre fácil de amedrentar. Pero la cosa cambió hace dos días. Esa mañana desperté muy temprano; casi no había amanecido porque la luz de mi cuarto era difusa y plateada. Fuera, en las montañas,  el viento soplaba huracanado y se colaba por la ventana entreabierta haciendo bailar los blancos visillos. Era maravilloso, tanto como ver agitarse los largos cabellos de una mujer al borde de un acantilado. Así de extasiado me hallaba, cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solo. Primero fue una sensación que me oprimió fuertemente el pecho. Cuando me crucé con sus ojos amarillos la sensación se convirtió en certeza. Como no podía huir grité con todas mis fuerzas, pero de mi boca abierta y desencajada no salió sonido alguno. Todo era inútil, el pánico me tenía paralizado. Lo único que podía hacer para protegerme de mi visitante era cerrar los ojos, como los cierran los niños para esconderse del mundo. Y esperar a que se marchara.
—¿Tiene miedo de que vuelva?—pregunté—¿Eso es lo que le asusta?
—¡Sí!—exclamó desesperado.
—¿Y qué cree que busca ese visitante nocturno de usted?—pregunté escanciando un poco más de brandy en las copas. Ambos lo necesitábamos.
—Tengo la sospecha de que viene a llevarme con él—respondió muy pálido—. ¡Dios bendito! ¡Quédese esta noche a mi lado! Esta casa es muy grande y poseo habitaciones de sobra. Nada más le pido que vigile usted la puerta de mi cuarto. Oiga, amigo mío,  tengo mucho dinero, podría…, podría pagarle si es necesario.
—No sea ridículo—exclamé ofendido—. Nunca aceptaría su dinero. Por otra parte si es por su bien pensaré en su ofrecimiento, pero debe prometerme que mañana acudirá a un médico de los nervios.
—No estoy loco—gruñó avergonzado.
—No he dicho tal cosa—dije para suavizar la situación.
Meditabundo me acerqué a mirar por la ventana con las manos juntas en la espalda. La noche era terrible. Había comenzado a llover con fuerza y la vuelta a casa bajo aquel temporal podría ser realmente peligrosa.
—Dormiré aquí—concedí—. Es muy tarde y la tormenta arrecia.
—En el piso  superior hay dos habitaciones—explicó aliviado—. La mía es la más pequeña. Puede utilizar la otra;  encontrará mantas suficientes dentro del armario. Solo le suplico que deje usted la puerta entornada.
—Así lo haré. ¿Quiere que le ayude a subir?—dije.
—Ya ha visto que puedo hacerlo por mí mismo. Pero se lo agradezco mucho. Buenas noches, Philip.
—Buenas noches, Howard. Descanse—dije.
Lo vi iniciar el ascenso por aquella escalera empinada y tragué saliva. Los escalones estaban tapizados con una suerte de terciopelo grueso y pensé que tal vez, en otros tiempos muy remotos, alguien lo había arreglado de ese modo para que el trayecto no fuese tan doloroso. ¿Quién pudo ser así de benevolente? ¿Su madre devota? ¿Tal vez algún criado caritativo? De pronto imaginé al niño que fue y lo vi anclándose a los escalones con sus uñitas minúsculas y vi las piernas pesadas y sentí los golpes de la carne infantil contra la madera. ¿Por qué no habían habilitado un cuarto en el piso de abajo para evitarle esa tortura? ¿Por qué no lo había solucionado él mismo, si tenía tanto dinero? ¿Podría tratarse de algún tipo de expiación? ¿Cómo podía ser posible que un ser tan limitado viviera solo en mitad de aquellos parajes inhóspitos? Las preguntas se agolpaban en mi boca una tras otra, pero sentí vergüenza de hacerlas.
Mi habitación era austera y olía a rancio como el resto de la casa, pero tenía unos grandes ventanales y supuse que de día las vistas al pantano debían ser muy interesantes. Saqué las mantas del armario y me tumbé vestido sobre el lecho. No me atreví a dormirme por si mi anfitrión sufría de sus miedos, pero estaba tan cansado que pronto me venció el sopor.
Al amanecer me desperté sobresaltado porque no reconocí, en primera instancia,  el entorno donde me hallaba. Después recordé los hechos acaecidos y me incorporé, nervioso. Había dejado de llover y efectivamente las vistas, aunque irreales,  eran magníficas. Miré el reloj y comprobé que era una hora adecuada para pasar a ver a Howard.
Cuando entré en su cuarto mi anfitrión yacía de lado, mirando hacia la ventana. Sé que me oyó entrar pero no habló. No quise mirarlo a la cara y me senté en el lado opuesto del lecho.
—¿Cómo fue la noche?—pregunté solícito.
—No hizo usted nada por mí—dijo en un sollozo—. Debió tirar la puerta abajo.
—¿Insinúa usted que el visitante nocturno volvió anoche?—pregunté alarmado.
Contestó a mi pregunta con otra.
—¿Por qué motivo cerró mi puerta cuando me dormí?—gritó.
—¡No lo hice!—exclamé sorprendido—¡Alabado sea Dios! Cuénteme qué sucedió.
—Cuando desperté esta madrugada vi la luna reflejada en el pantano. Debí dormirme mirando la lluvia caer, resbalando por los cristales. Craso error. Si hubiese sido más previsor me hubiera dormido del otro lado. El caso es que cuando desperté volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior. Estaba de espaldas a la puerta y no me podía mover. Pero yo sabía que esa cosa estaba aquí, porque olía a aguas estancadas. Le llamé a usted con todas mis fuerzas.
—Tal vez pensó que me llamaba—dije consternado.
—Eso ya no es importante. Cuando se hizo el silencio lo oí arrastrarse hasta la cama—dijo—. Sí, ha oído bien, también se arrastra, por supuesto que sí. De pronto noté su aliento en mi nuca y escuché sus dientes rechinando cerca de mi oreja. Me susurró algo en un idioma extraño. Las palabras, si es que pueden llamarse así, eran cortas y sonaban como chasquidos de lengua. Pensé que me iba a llevar por fin y cerré los ojos despidiéndome de este mundo. Fue entonces cuando recordé a mi madre. ¡Qué hermosa era! ¿Verdad? Lo dijo usted mismo. Mi padre nos abandonó cuando yo nací. ¿Y sabe por qué se marchó? Porque mi madre le contó, esplendorosa y sosegada, que el parto había sido muy rápido, que yo había salido de su cuerpo resbalando como un lagarto en medio de un charco de agua turbia. Mi padre debió pensar que su esposa deliraba por los esfuerzos del alumbramiento, pero cuando la partera me llevó en brazos para que me conociera y contó mis dedos y vio que sólo había cuatro en cada mano no le gustó en absoluto.
—¡Espere! ¿Insinúa que uno de esos seres pudo visitar a su hermosa madre en su lecho? Entonces, usted podría ser el fruto de… ¡Santo cielo! ¡Eso que dice es aberrante! Oiga, Howard, ¿y no podría ser que todo esto que me está contando solo fuesen imaginaciones suyas?—dije intentando poner algo de sensatez en todo ese embrollo— Además ¿por dónde entra su visitante nocturno si la puerta principal está cerrada? ¿No me irá a decir ahora que llega en forma de agua y se materializa en su presencia? Mire, yo creo…
Howard se volvió furioso y sus ojos me miraron enloquecidos. Tenía los pantalones manchados de orina.
—Yo creo, yo creo… —dijo, burlándose con desprecio—. ¿Sabe lo que pienso? Que usted no quiere aceptar lo que ven sus ojos. Cuando me vio esta tarde apoyado en aquel árbol dijo que mi color era extraño, pero no dijo que es verde. Tampoco habló de mi piel escamada, ni de las protuberancias de mi espalda. Me vio desplazarme boca abajo, arrastrándome sobre el barro y pensó que soy un inválido ¡Por el amor de Dios mire mis manos!
Suspiré y me incorporé, vencido, dispuesto a marcharme.
—Vendré mañana a visitarlo—dije—. Howard, escuche, yo soy escritor y en mi cabeza todo cabe, pero oiga, en cuanto a esos seres que dice que habitan en los fondos del pantano, yo…yo no sé qué decirle. Nunca he visto ninguno y tampoco he oído hablar de ellos. Por aquí abundan las leyendas de toda índole, eso ya le consta a usted, pero nunca nadie habló de individuos reptantes que abandonan la ciénaga cuando sale la luna, para colarse en la casa o en la cama de los parroquianos. Y entienda que tampoco puedo creer que la casa tiemble y se desplace por ese motivo que usted alega. Seguro que esos corrimientos se deben al tipo de terreno movedizo. Ahí debe estar la explicación. Y permítame confesarle que sí me fijé en su aspecto, pero me pareció el de un pobre hombre desvalido y solitario, carente de compañía y de afecto. La soledad y la penumbra tintan los rostros de colores infrecuentes.
Me quedé un instante de pie esperando algún tipo de respuesta y como no la hubo me retiré, impotente aunque aliviado a la vez.
Pensé en volver al día siguiente, pero no lo hice. Ni al otro. Cuando transcurrió una semana sentí tantos remordimientos de haber dejado a aquel tipo a su suerte, que intenté olvidarme del suceso.
Poco tiempo después mi salud se resintió de manera ostensible y me marché de aquel triángulo venenoso. Una vez que me hallé lejos, y tal vez para sosegar mi conciencia o para homenajear el recuerdo de aquel pobre desgraciado al que no supe consolar,  escribí un nuevo relato que titulé «Los oscuros» . En él conté la historia de una enorme ciudad de piedra blanca enclavada en el fondo de un pantano, una fortificación habitada por unos seres primigenios, que de vez en cuando se arrastraban hasta la superficie para recuperar lo que era suyo. Y como no era posible que esos seres se movieran entre el barro más espeso de los fondos, creé una suerte de vacío cavernario, allá cerca del núcleo de la tierra. Escribí sobre otros mundos horrorosos, yo, que nunca he sido testigo de nada fuera de lo normal.
Pero uno no puede estar lejos de aquello que conoce y ama, por ese motivo hace poco que he vuelto de nuevo a este lugar que me resulta tan familiar. Mis pulmones están más enfermos que nunca y no se me ocurre un lugar mejor donde morir. A veces, apurando las escasas fuerzas que me quedan,  me siento muy tentado de volver al pantano, porque añoro su aliento malsano. Pero ahora tengo miedo. Tengo miedo de que al fin y al cabo Howard Price tuviera razón. Imaginen ustedes que al llegar allí solo encontrase un enorme y profundo agujero donde antes había una casa gris, porque si eso resultase cierto entonces serían mis propios demonios los que podrían visitarme de noche, cuando duermo. Tal vez para llevarme con ellos, ahora que está tan cercana la muerte.
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Si cedes una libertad por egoísmo, acabarás perdiéndolas todas.

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Frigg
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Frigg »

La historia me parece muy bien formulada, con un ritmo adecuado y con un argumento interesante. Creas misterio y me daban ganas de seguir ahondando conforme iba leyendo. Creo que por mi parte se merece una lectura más en profundidad y ya te haré más comentarios, pero por ahora tienes un "me ha gustado".
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Landra
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Landra »

Este es otro de mis relatos favoritos.

Un clima muy bien creado, un personaje que me pone los pelos de punta como el "hombre que repta". No me esperaba el desenlace, me hacías pensar que de un momento a otro el personaje como la casa iban a desaparecer, que eran espíritus encerrados en el tiempo incapaces de irse para no volver.

:eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap:
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Berlín »

Autor, lo primero: otro dia me desbloqueas esos tochos del principio, me los separas para que no me de vértigo afrontar tanta letra. Luego te diré que si no lo hubieras escrito tú es mucho más que probable que lo hubiera escrito yo, que carajo, es muy de mi gusto.
Howard, Philip, "los oscuros", un ser que repta, un gran pájaro, un pantano. Maldito seas. Planto banderita, y esta noche, cuando llegue de cargarme algunos enfermitos, vengo y te leo, mi ciclópeo amigo. A ti te gusta Bebsinski, a ti te gusta el libro de los muertos... :mrgreen:

Arg, que asco daís todos...
Si yo fuese febrero y ella luego el mes siguiente...
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Mister_Sogad
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Mister_Sogad »

Autor/a un gran acierto de tu parte el apostar por la intriga en tu relato. Eso hace que el lector permanezca pegado a las palabras, a ver cómo se desarrolla la historia y, obviamente, todo ello solo puedes lograrlo bien con una buena narración, así que sí, bien narrado también. La hitoria es buena, me gusta todo lo que se te ha ocurrido, sobre todo el no desvelar según qué cosas hasta el final y que, para mi gusto, le dan un toque muy bueno al relato, en plan onírico e irreal pero sin que el lector se entere hasta el final; esa parte intrigante me parece bastante buena, y bien conseguida. Visualizar las escenas se me ha hecho fácil a excepción del protagonista, ese escritor, lo he sentido algo ajeno a pesar de ser el narrador y eso me ha resultado curioso, como si narrara sucesos pero sin transmitir del todo sus sentimientos y sensaciones, auqnue lo has intentado. Howard es un personaje que no deja indiferente, primero cuando al lector solo le muestras una condición aceptable, horrible, pero aceptable, y después con esa condición irreal cuando desvelas cómo es en realidad; eso me ha resultado atractivo en el relato, el imaginar este personaje de un odo, acepatarlo y luego que me sea arrebatada la imagen que ya había creado.

Ya volveré autor/a. :60:
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blinder
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por blinder »

Hola autor/a

Tu relato me ha encogido aquí en el sofá donde leo. Ahora mismo me da miedo meterme bajo las sábanas y despertar sobresaltado pensando que la respiración de mi mujer es el de un ser reptante (como lea esto me mata). A tus pies, autor/a.

No he leído a Howard Phillips Lovecraft, tengo esa asignatura pendiente, pero estoy del todo seguro que tu eres un alumno/a aventajado/a. Fíjate que creo saber hasta quién es el autor ;)

Sin más decirte que ha sido todo un placer leerte, una delicia de relato.

Enhorabuena, gracias y suerte.
:batman:
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blinder
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por blinder »

Solo vengo a decir que anoche cuando me acosté no pude resistir tener un escalofrío y hoy al levantarme estoy igual. Enhorabuena, autor/a
:batman:
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MomoEnSilencio
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por MomoEnSilencio »

Minutos después de haber terminado de leer tu relato, autor/a, sonrío porque me ha encantado. Me ha mantenido pegada a la pantalla, casi sin respiración, y he soltado en voz alta un "no", porque quería saer qué había sucedido con la casa y con Howard :)

Lo he disfrutado muchísimo, y he sentido ese escalofrío al decir que el hombre reptaba, al darme cuenta de que Howard suplicaba no quedarse solo por temor a que apareciera de nuevo el ser de ojos amarillos.

Soy de las personas que si comienzan un libro y no disfruta del estilo de escritura, no sigue leyendo. Tu estilo me ha recordado mucho a las historias de terror de Edgar Allan Poe, que fascinan por su aparente sencillez pero sobrecogen en frases muy acertadas.

Tu relato se ha convertido en uno de mis favoritos. ¡Muchas gracias y enhorabuena!
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Leticiamc »

Me ha encantado, escribes muy pero que muy bien. De los que llevo leídos es el mejor, redacción y manejo del lenguaje muy bueno, y subjetivamente argumento genial.
Enhorabuena y suerte, de momento estás entre mis preferidos.
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Sinkim
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Sinkim »

Me ha encantado este relato, un claro homenaje a Howard Philip Lovecraft y su mundo, y me ha gustado que hayas aprovechado para nombrar también a su gran amigo Edgar Hoffmann Price :D

A mí es que me encanta todo lo que tenga que ver con Lovecraft, así que no puedo ser imparcial con este relato :oops: Solo decirte que me parece que has utilizado muy bien el estilo y la narrativa lovecraftiana, quizas se echa en falta una despcripción algo más detallada del padre real Howard Price, para que los no aficionados a este tipo de literatura tengan algo de más de información :lol:
"Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano" (Friedrich von Schiller)

:101:
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Fernweh »

:hola:
He estado leyendo este relato embelesada, me ha encantado la forma en la que está escrito, lo bien que has ido creando el ambiente misterioso y asfixiante. El hombre reptando me ha puesto los pelos de punta. Al principio pensé que sería algo parecido a El bosque de los suicidios (que casualmente ví hace dos días), pero que va, más quisiera la película ser la mitad de buena que tu relato.
Bravo compañero/a :60:
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por kassiopea »

Berlín escribió:Autor, lo primero: otro dia me desbloqueas esos tochos del principio, me los separas para que no me de vértigo afrontar tanta letra. Luego te diré que si no lo hubieras escrito tú es mucho más que probable que lo hubiera escrito yo, que carajo, es muy de mi gusto.
Tengo que decir que este relato me ha recordado muy, mucho a tus "Seres desdibujados". Muy de tu gusto, ya lo creo :P

Aquí tenemos un homenaje lovecraftiano. Me ha gustado mucho, como no podía ser de otra forma. La ambientación es cojonuda, como la fría caricia de unos dedos esqueléticos en la espalda. Ese pantano, ese hombre que repta como una serpiente, la casa que se estremece y se desliza poco a poco hacia las aguas pantanosas... Una delicia todo. El ritmo muy bueno también (pausado pero sin dar tregua) y los diálogos fantásticos! Genial cuando explica que su madre ya estaba muerta cuando hicieron la fotografía. A mí, en concreto, lo que más yuyu me ha dado ha sido lo de la fotografía post mortem, imaginarme ese pobre niño en la falda de su madre muerta... Macabro y a la vez irresistible :twisted:

Gracias por este pedazo de relato, autor!! Lo he disfrutado mucho! :alegria:
De tus decisiones dependerá tu destino.


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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por indigeitor »

Me uno a los comentarios de mis compañeros: simplemente genial. La narración te atrapa desde el primer momento. Aunque el uso de un narrador escéptico para una historia con tintes sobrenaturales no es novedoso, funciona. Y si funciona, ¿para qué cambiarlo? Al final, inconscientemente, te lo crees. Y si haces que el lector se lo crea, ya le tienes comiendo de tu mano. Y, desde luego, conmigo lo has conseguido. Enhorabuena.
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Landra
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Landra »

indigeitor escribió:Me uno a los comentarios de mis compañeros: simplemente genial. La narración te atrapa desde el primer momento. Aunque el uso de un narrador escéptico para una historia con tintes sobrenaturales no es novedoso, funciona. Y si funciona, ¿para qué cambiarlo? Al final, inconscientemente, te lo crees. Y si haces que el lector se lo crea, ya le tienes comiendo de tu mano. Y, desde luego, conmigo lo has conseguido. Enhorabuena.
A que sí?

Ya tiene mis dos puntos.

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Sinkim
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Re: CP XI Donde moran los espíritus

Mensaje por Sinkim »

1 punto, Landra :D En total tienes que dar 3 puntos a 3 relatos, dos a los dos que consideres mejores y el tercer punto al relato que igual no te parezca el mejor pero que quisieras que estuviera en el recopilatorio :D

Por ejemplo, poniendo 3 al azar:

1 punto: Donde moran los espíritus.
1 punto: Bronco.

+1: Aquel último sábado.
"Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano" (Friedrich von Schiller)

:101:
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