Mis visitas a Ireneo (Relato)

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Malz
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Mis visitas a Ireneo (Relato)

Mensaje por Malz » 27 Dic 2018 21:54

(La buena inteligencia del siguiente texto no requiere necesariamente el exámen de la obra de Borges -del cuento Funes el memorioso, para ser más exactos-, pero aún así no es más que un pastiche de ella.)

...

Entiendo que van a editar un volumen con ensayos y poesías a modo de homenaje para el gran hombre que fue Ireneo Funes. Yo, que lo frecuenté más que ningún otro investigador, me siento justificado a aportar un pequeño texto basado en mi experiencia. Pido disculpas por la omisión de todo rasgo científico en el presente escrito; consideré que esos datos los recopiló y ordenó con mejor oficio el ilustre profesor C. S. Peirce, y que denotarlos aquí sería, además de redundante, irreverente. Por esta y otras cuestiones similares el texto no es sino un pequeño resumen de nuestros encuentros, con aquellos aspectos que mi arbitrariedad considera más relevantes en los mismos.

La primera de las muchas entrevistas que tuve con Ireneo se remonta al 13 de abril de 1888. Me retracto, la primera y la última. En retrospectiva, lo que mantuve con Ireneo fue más bien una especie de amistad sostenida por un mutuo interés intelectual. A mí me interesaba lo que sus inusuales capacidades cerebrales podrían lograr, y a él lo que mis pesquisas podrían estimularle a sus inusuales capacidades cerebrales. La noticia de su existencia me había llegado por medio del escritor Jorge Guillermo Borges, quien lo había conocido por mera casualidad en uno de sus viajes al Uruguay, y de quien, estoy seguro, esta publicación solicitará un aporte también, habiendo sido él el introductor (¡el descubridor!) de Funes al ámbito académico. En una reunión de literatos me había referido, con más entusiasmo que claridad, algunas de las particularidades de ese "aindiado compadrito de Fray Bentos". Yo, que conocía más de un caso de hipermnesia, aludí sus fantásticas anécdotas al asombro que le había causado toparse con un individuo así por primera vez. "Es imposible que alguien sea capaz de recordar absolutamente todo" le dije, no sin cierta pedantería. Así y todo, me pareció más que justificable una visita a su hogar en cuanto tuviera la ocasión, y dicha oportunidad no tardó en presentarse. Yo había planeado vacacionar por esos lados del Uruguay, más por curiosidad que por placer, pero el destino me deparó, a los pocos días de llegar, una grata sorpresa. Resulta que Daniel Hernández, gran amigo mío y persona de mucha y buena reputación en Montevideo, me había recomendado en un prestigioso hospital del centro. En virtud de mis antecedentes impecables en Francia y Buenos Aires, y la buena elocuencia de mi amigo, logré obtener un puesto demasiado alto para mi poca experiencia. De Montevideo al hogar de Funes había menos de dos horas en tren. En cuanto me hube asentado con cierta comodidad, resolví ir a visitarlo.

En el fondo del rancho en el que vivía con su madre, en su pequeña piecita de aspecto y olor húmedo, lo vi por primera vez. Su apariencia era más o menos lo que pensaba, pero no lo que esperaba. Mientras viajaba en el tren, camino a conocerlo, di en imaginar que las historias de Borges no eran exageraciones. ¿Y si realmente existía alguien así? En un universo que admite una infinita colección de cuerpos celestes nadando armoniosamente en el éter invisible, la idea de una memoria infinita no es del todo absurda. Después de todo, a fuerza de ser la memoria de un hombre, el infinito debe caber en lo finito, como recientemente ha propuesto el profesor Cantor. Fue así como imaginé a Ireneo Funes, más bien como un personaje de ficción, una especie de Monsieur Teste oriental, un hombre de intelecto implacable, infalible. Lo imaginé con la frente ardiendo de sabiduría, visionario, iluminado, mirando hacia el invisible futuro con la claridad del sol, como Rimbaud en su famoso retrato. Estas ensoñaciones me habrían condenado a una gran decepción si no fuera porque, al despertar del sueño, razoné que los prodigios suelen alojarse en envases indignos. Recordé a Jesucristo, que por motivos prácticos se había negado la belleza física, y al pequeño Alejandro de Macedonia, que, no obstante su hermosura, era confundido con su general cuando sus entrevistadores intentaban cuadrar la inmensidad de su reputación con la imagen del hombre físico. En lo que caminaba hasta su casa busqué con la mente al joven más patético que pudiera ocurrírseme, y al entrar en la pieza (un rinconcito gris con cosas de prisión), el pequeño inválido que me esperaba colmó mis expectativas.

A diferencia de otros jóvenes a los que el azar les arrebata la movilidad en la edad del movimiento, Ireneo no parecía vibrante del deseo de actuar. He tenido más de una experiencia con estos infortunados muchachos. Todos son como una flecha detenida en el aire. A todos les consume vivos la energía que no pueden utilizar. Ireneo parecía haber agotado ya todas sus energías. Lucía cansado, desgastado, resignado.

Lo saludé y le comuniqué el motivo de mi visita. Le dije que me llamaba Martín Estrada, que era un médico interesado en su condición, y que si no le molestaba, me gustaría hacerle una serie de entrevistas. "Para contribuir a la ciencia", exclamé con orgullo. Yo saboreaba mi sabiduría en esa casa de gente apenas alfabetizada. Me dijo que no tenía inconvenientes.

El primero de nuestros encuentros me deparó una gran sorpresa. Luego de las previsibles pruebas de memoria que, sinceramente, cualquier hombre con suficiente concentración y capacidad de almacenamiento habría podido sortear, pasé a las convencionales preguntas generales, no esperando encontrar algo más que respuestas igual de generales. Mis intereses iniciales eran de índole científica, solo me importaban los datos que la experiencia pudiera brindarme, y si bien había leído y reflexionado mucho sobre la psicología de la máquina recordatoria, había pensado más bien poco en la psicología del hombre. Su primera respuesta me fulminó. "¿Cómo sobrelleva su vida con esta particularidad suya Funes?" le interrogué con distracción, mientras buscaba en mi cuaderno las preguntas más pertinentes. "Bastante mal. Los momentos son cada vez más recurrentes. La semana pasada tuve tres de ellos" me contestó, al tiempo que encendía un cigarrillo. "¿Momentos? ¿a qué se refiere con "momentos"?", "son horribles señor Estrada, no se lo deseo al peor de los pecadores. Es como caerse para arriba en un remolino de tiempo". En ese momento sentí que hablaba con un lunático. La familiaridad con la que comunicaba esas expresiones para nada familiares contribuyó mucho a esa sensación. Pero siguió explayándose, siempre con dificultad, con metáforas, y de algún modo logré hacerme una idea de a qué se refería. Desconozco la manera correcta de expresarlo. Sus palabras apenas tienen sentido, pero las mías llevan implícitas una claridad que es, necesariamente, inexacta. Me serviré de ambas para expresarme, y pido disculpas de antemano por la desprolijidad del resultado*.

Ireneo describía esos momentos, como ya he mencionado, como un "caerse para arriba en un remolino de tiempo". Este tipo de "chirimbolo de cosas sin sentido", según me comunicó después su madre, eran cada vez más frecuentes en él. Es razonable que para ese entonces su condición ya hubiera empezado a mermar su cordura. Me decía que, de pronto,  sentía haber vivido enteramente el instante presente, pero que no recordaba cuándo, y que eso era sencillamente imposible: "Guardo todos mis recuerdos aunque no quiera. Yo no sé qué cosa es eso del olvido. Además, no hay dos momentos idénticos. Podemos ensayar esta misma conversación a esta misma hora mañana, con las mismas condiciones climáticas y todo lo que usté quiera, pero le aseguro que yo notaría, como poco, millones de diferencias entre ambas ocasiones". Me contó que las primeras veces la sensación lo abrumaba, porque de alguna manera le daban a su memoria una fragilidad que él desconocía. "Pero", me dijo "es tan firme mi memoria que puedo sentir esa fragilidad enteramente, como si alguien quisiera mentirme, y yo supiera de la farsa todo el tiempo". Se refería a esa sensación como "un error, algo que no tendría que pasar". Me dijo también que, para su gran pesar, el fenómeno se hacía cada vez más recurrente y duradero. "Últimamente ya no hay salida. Cuando empieza, no puedo hacer otra cosa que recostarme y sufrir lenta y silenciosamente. Con suerte el esqueleto se me rinde y pierdo el conocimiento". Funes recordaba haber vivido x instante, (intenso y extenso, con todo lo que su recuerdo implica), pero no recordaba cuándo. Al mismo tiempo, también recordaba haber ya recordado ese instante, pero tampoco recordaba cuando, ni cuándo no recordaba haber no recordado cuando, y también recordaba haber recordado haber recordado... etc. Caía entonces en un juego infinito de recuerdos y reconocimientos que se nutrían uno del otro, que se afirmaban y se negaban, y de estas afirmaciones y negaciones surgían otras (o las mismas) afirmaciones y negaciones, que no solo contenían a las anteriores, sino que a su vez producían otras más, como una serie de espejos que se reflejan mutuamente hasta el infinito. Al cabo de un tiempo su agotado cerebro se mareaba, y caía como fulminado en un sueño profundo. "Dios no quita sin dar" me dijo. Al parecer esos momentos de auténtico y pesado sueño le aliviaban la existencia. Se regocijaba en la nada. "Sé cuándo voy a dormirme y me complace mucho. El remolino se empieza a deformar lentamente, la sensación se hace cada vez más leve porque cada vez me cuesta más reconocer el momento, porque cada momento pierde gradualmente su precisión. Entonces sucede. Hay un precioso rato en que no existo, y esta es mi máxima felicidad". A continuación me comentó cómo, si bien no se libraba de soñar, estos sueños le deparaban otra forma de felicidad que de otro modo le estaba vedada: la imprecisión. "He soñado docientos cincuentaiséis sueños en los que hay trecientos sesentaicinco mil ochocientos noventaidós cosas borroneadas. Me gusta mucho porque las puedo pensar como quiera. Por ejemplo, en mi sueño de anoche caminaba descalzo por entre las veredas de ladrillo como cuando era un gurís, y usté no me va a creer, pero en el décimo sexto paso miré al cielo y la nube que estaba al refilón izquierdo del ojo no tenia forma de gato ni de caballo, pero por ahí andaba. Más increíble aun es que yo no podría dibujarla sin inventarle alguna curva. ¡Se lo juro señor Estrada! Ahora puedo decirle que tenía medio forma de gato o medio forma de caballo sin faltar a la verdad." Me fascinó la manera en que le fascinaba la ambigüedad, la imprecisión. Estuvo un tiempo largo relatándome más de esos "detalles felices" (al parecer un detalle feliz era para él un detalle que no existía). Recuerdo (apenas me atrevo a pronunciar ese verbo en primera persona) alguno que otro: la cantidad inexacta de una bandada de pájaros en el cielo, una mesa que quizás era marrón y negra, o quizás solo marrón, y lo negro era en realidad la sombra proyectada en ella... en fin, el tiempo se fue en esa larga y precisa enumeración de imprecisiones. Su madre aventuró desde la puerta si me quedaba a comer (manera cordial de decirme que ya era tarde y me tenía que ir yendo). Sentí como si me jalaran de vuelta a la realidad. "¿Qué hora es?", pensé en voz alta mientras buscaba el reloj en el bolsillo de mi saco. "Nueve y dieciocho" me contestó Funes al instante, "no le digo los segundos porque me han regañado cuando lo hago, y además cambian mientras los pronuncio...". Arreglé otra visita y me despedí. Ya en el tren de regreso tuve la leve sensación de haber sido embaucado. No había obtenido nada de lo me había propuesto. No realicé ninguno de los experimentos que había planeado, no tenía mediciones ni cifras. Solo las entreveradas palabras de un muchacho abrumado.

La segunda vez que lo vi llevé un tablero de ajedrez. Habiéndome asegurado (al menos parcialmente) de los prodigios de su memoria, quise saber qué tan bueno podría ser alguien así para el razonamiento. Consideré que el ajedrez era una manera amena y didáctica de averiguarlo. Suena muy paradójico, pero cuando uno le hablaba a ese joven con tintes de anciano, a veces tenía la sensación de que estaba hablando con un niño. Antes de jugar le pregunté si conocía algo de matemática. "Mucho" me dijo. "He leído seis libros de los que me sabe traer el Dr. Espinoza sobre esa materia. Se los encargo especialmente porque me gustan mucho. Verá, señor Estrada, para mí esto de hablar es muy exasperante. Nunca puedo decir lo que quiero decir sin dejar de decir partes de lo que quiero decir y sin decir más de lo que quiero decir. Veo que lo confundo. Le doy un ejemplo: si quiero mentarle a usted la lluvia del domingo, tengo que dejar a fuerza todas cosas que quisiera comunicarle: los matices del cielo en los diferentes segundos del día en que lo vi, la cantidad de gotas que percibí, y la forma de cada una de ellas, etc. Y no solo porque la lista sería grande*, sino también porque no hay palabras para describir los muchos colores que recuerdo, los muchos sonidos... pero al mismo tiempo sería decir más de lo que quiero decir, porque es como si hablara de cualquier lluvia de cualquier domingo, y eso no es verdad. Con el tiempo aprendí a aceptar esas limitaciones. Ahora hablo a la chacota y no me cuesta mucho, pero aprendí a dejar de pensar con palabras para que al menos alguien me hablara y me entendiera correctamente, aunque ese alguien sea yo. Por eso me gusta la matemática. Porque cuando le digo a usté uno y uno es dos, no quiero decir ni más ni menos que eso, y esa cosa de los números me causa mucho placer." Este testimonio me sorprendió, y para interrogar sus habilidades matemáticas procedí a indagar sus conocimientos. Sabía todos los teoremas y demostraciones que yo conocía, y muchos más que no alcancé a comprender. Por un momento creí zanjado el asunto: el muchacho era un genio matemático. Más tarde las experiencias refutarían esta certeza.

Mientras él encendía un cigarrillo, me encargué de armar el tablero de ajedrez en una mesita de paja sobre la cual sabía poner su termo y su mate. Le pregunté si sabía qué era eso. "Sí. El veintidós de febrero de mil ochocientos ochentaicinco, a las dieciocho y treintaidós, en la esquina del almacén de los Vicuña, dos hombres manejaban esos monigotes con las manos. Mi primo Manuel me comunicó que se llamaba ajidrez*, y que era un juego. No sé qué le veían de divertido". Pasé a explicarle las reglas, y procedimos a jugar. Movía las fichas al instante, sin pensar ninguna jugada. Yo fui campeón de ajedrez juvenil en Palermo, así que sabía que sus jugadas eran absurdas. En algún momento sentí la tentación de pedirle que jugara en serio, pero me contuve. En otro momento opté por algo más suave, como preguntarle si no quería pensar mejor las jugadas, pero también me contuve. Estuvimos jugando cerca de una hora y Funes perdió todas las partidas, sin hacer ningún avance. Comprendí que llevar ese juego había sido un error. "Es obvio que no le interesan estas cosas", pensé, "ni siquiera intenta ganar". Sin embargo, mientras me despedía me preguntó cuándo regresaría, y me pidió que volviera a llevar el juego. Esto me desconcertó, pero acepté por cortesía. Antes de visitarlo por tercera vez, me debatí si llevar o no el juego. Ciertamente no quería hacerlo. "A lo mejor ni se acuerda que me lo pidió" pensé en un momento de insólita estupidez. "A lo mejor me lo olvide yo, eso es probable." Un sentido incómodo de honestidad me obligó a llevar el juego. Nuevamente me hizo jugar, pero esta vez durante más de tres horas. Funes volvió a mover las fichas al instante, y volvió a perder horriblemente todas las partidas. En un punto decidí enseñarle algunas tácticas del juego: aperturas, desplaces... no quiso oír nada. "Eso no es parte del juego" me dijo, "esos atajos suyos son deshonestos". No entendí bien qué quiso decir, pero lo noté ofendido, así que no insistí en el asunto. También me pidió, con mucha seriedad, que "en ningún momento hiciera algo que no haría si su vida dependiera de este juego". Aunque sin estos extremos, no se me había ocurrido para nada dejarle ganar. Al término del día volvió a pedirme que, si volvía, llevara el juego. Decidí usar esto a mi favor, y en la cuarta visita, mientras jugábamos, yo le iba preguntando detalles que creía importantes para la investigación. Y los anotaba en mi libreta. Así estuvimos durante varios meses. Nos veíamos cerca de tres veces por semana. De a poco nos fuimos contando mutuas intimidades, y me gusta creer que nos fuimos amigando. El hecho de que ninguno de los dos necesitara pensar para jugar (a mí tampoco me hacía falta pensar para vencerlo) propició este hecho. Me contó cosas que nadie más sabía, como que soñanaba con escaleras empinadas, sostenidas en el aire, sin barandales, y le aterraba la idea de quedarse allí para siempre. En alguna charla dejó escapar una frase que me hizo pensar que realmente no creía en Dios. Quise indagar más, pero me temo que mi ansiedad empañó mi sutileza, y se negó a seguir hablando del tema. "Mi madre es feliz, como a mí me gustaría serlo" me dijo. Creo saber, aunque quizás sea un tanto atrevido mencionar esta suposición, la razón de su secreto ateísmo. En una ocasión en que surgió la pregunta de qué tanto recordaba en su niñez, me dio a entender que se sabía de memoria el tiempo que había pasado en el vientre de su madre. Entonces le hice la pregunta, ansioso y temeroso por la respuesta, de si recordaba el momento exacto en que comenzó a existir. Me lanzó una mirada que me produjo escalofríos, y respondió que no. Yo creo que Funes recordaba esos momentos en que su consciencia se iba formando, y que quizás en esos infinitesimales segundos entre la nada y el todo, entre la muerte y la vida, está cifrada la imposibilidad de la fe. Otra explicación para el ateísmo de alguien tan ingenuo y supersticioso (estas características suyas me constan) no logro encontrar. Por supuesto que no todo fueron charlas profundas y dramáticas. De hecho, la mayor parte del tiempo hablábamos de trivialidades y cosas sin importancia. Le gustaban mucho los chistes soeces, así como relatar cualquier suceso absurdo del que haya tenido noticia, y cuanto más absurdo, mejor. Yo también, con el tiempo, terminé por caer en su hábito, y encontré en ese muchachito de Fray Bentos al mejor de los confidentes. Sé que él también disfrutaba escucharme, porque le daba la oportunidad de imaginarse las cosas como en realidad no eran. Por ejemplo, si le hablaba de mis padres, por mucho que me esforzase en describirlos, él en su cabeza se hacía la imagen de personas que difícilmente lucían como mis padres. Para aumentar su libertad me pedía que no me preocupara en los detalles. "Si usted viera lo que imagino" me decía con una sonrisa "¡estoy seguro que Malena no tiene la cantidad de pelos que le adjudico!". Estas cosas le causaban gracia, y por un extraño contagio que rozaba el delirio mutuo, a mí también acabaron por darme risa. Más de una vez la madre nos miraba extrañada mientras reíamos a carcajadas como dos lunáticos.

Al acabo de un tiempo considerable noté que las partidas se prolongaban más. Noté que lentamente comenzaba a mejorar su juego, aunque esta expresión no es correcta. Quizás hacía un juego más o menos bien, pero luego lo arruinaba con un error que ni siquiera el peor de los principiantes cometería. Un día, finalmente, me venció (sin dudas debido a mi distracción), pero tuve que esperar mucho para que una situación análoga volviera a ocurrir. Entonces llegamos a un empate. "Esto se llama tablas" le dije, "ya no tiene sentido seguir". No me entendió. Le expliqué el motivo, pero siguió sin entender. Se rehusó a dejar el juego así sin más. Jugamos un rato más, estando yo seguro de que la experiencia le demostraría mis motivos, pero acabó perdiendo. Entonces comprendí, como una iluminación, de qué manera había estado operando Ireneo todo este tiempo. Sus movimientos eran caóticos, es cierto, pero un caos ordenado. Irracionales, pero guiados por una razón. Es verdad que no pensaba sus jugadas, que no veía a futuro, que no planeaba. Pero nunca cometía dos veces el mismo error. En su infinita memoria llevaba el registro exacto de todas nuestras partidas, y nunca jugó dos veces de la misma manera. Entonces caí en la cuenta de que Funes no había adquirido ningún hábito del juego (empezar por el peón de rey, sacar el primer alfil, etc.), cosa que les pasa a todos los jugadores de ajedrez. Él se limitaba a mover sus fichas siempre de un modo distinto a los ensayados anteriormente. De esta manera construía su lenta estrategia, carente de toda estrategia, su sutil e inminente victoria. En algún momento Ireneo sabría, a fuerza de ensayo y error, el mejor movimiento contra cada una de mis posibles jugadas, y yo ya no podría ganarle. Lamentablemente, la vida no le alcanzó para realizar esta modesta meta (más ambicioso hubiese sido ganarle a un gran maestro, ¿pero qué gran maestro pasaría tantas horas ganándole como lo hice yo?)

Ireneo falleció el 25 de diciembre de 1889 de una falla cardiorrespiratoria. Me entristecí profundamente, y pensé que con el tiempo se podría haber convertido en el jugador de ajedrez perfecto. Bastaba con que aprendiese de memoria la mejor jugada posible a cualquier movimiento. Un amigo matemático me despertó de ese sueño. Me dijo que la cantidad posible de jugadas en el ajedrez es tan grande que ni mil hombres memorizándolas toda la vida podrían cubrir un pequeño porcentaje. Aún así no hacía falta que él recordase todas las jugadas posibles a todas las jugadas posibles del ajedrez, sino solo las mejores jugadas posibles a todas las jugadas posibles de la limitada memoria de todos los grandes jugadores. Me gusta creer que él podría haber sido capaz de esto. ¿Qué hubiera pasado entonces? Sin dudas hubiese forzado a los genios del ajedrez a mejorarse cada días más. ¿Y qué pasaría si dos Ireneos jugaran ajedrez por la eternidad? Algunos dicen que las blancas siempre tienen un poco de ventaja. ¿Ganaría el primero en mover? ¿ O acabarían en tablas por el resto de sus interminables días?

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*A lo que él se refería con "momentos", ahora lo sé, tiene un nombre de reciente creación en la comunidad psicológica. Creo que el lingüista francés Emile Boirac lo utiliza por primera vez en su libro L'Avenir des sciences psychiques. El "Deja vú" es, a diferencia de lo que se piensa, algo muy común, y la mayoría de las personas lo experimenta alguna vez en sus vidas. Es esa sensación de ya haber pasado por lo mismo en otra ocasión, aunque no se sabe bien cuándo. Yo mismo, si no me engaño, creo haber tenido una o dos de estas experiencias, y en esos momentos lo atribuí a los sueños olvidados. La teoría más aceptada es que se trata de una falla en el sistema de reconocimiento cerebral.

*Con el tiempo noté que Funes no utilizaba palabras como "interminable" o "infinito". En su mundo toda la realidad perceptible tenía la prolijidad de un teorema, utilizar esas expresiones, aun para referirse a los granos de arena de una playa, hubiese sido para él una exageración atroz.

*Es imposible imputarle a Funes una confusión. Habrá escuchado mal, o, lo que es más probable, su primo se habrá equivocado.
Y si el soñador se despertara...

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lucia
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Re: Mis visitas a Ireneo

Mensaje por lucia » 02 Ene 2019 19:37

No he leído a Borges, así que la historia me resulta nueva. Y ciertamente, para tener una memoria perfecto, Ireneo no es demasiado listo pues la fuerza bruta (el ensayo y error descritos) no es el mejor método de acercarse a algo ni de lejos para temas con permutaciones "ilimitadas" :lista:

Malz
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Re: Mis visitas a Ireneo

Mensaje por Malz » 04 Ene 2019 18:22

lucia escribió:No he leído a Borges, así que la historia me resulta nueva. Y ciertamente, para tener una memoria perfecto, Ireneo no es demasiado listo pues la fuerza bruta (el ensayo y error descritos) no es el mejor método de acercarse a algo ni de lejos para temas con permutaciones "ilimitadas" :lista:
Así es, es bastante tonto. Para razonar hay que generalizar, olvidar diferencias, abstraer. Para el pobre Ireneo el perro de las 12:30 (visto de frente) es completamente distinto del de las 12:31 (visto de perfil).
Y si el soñador se despertara...

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