Una buena acción (II relatos)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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julia
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Una buena acción (II relatos)

Mensaje por julia » 01 Abr 2007 16:03

Aquel día salí del trabajo bastante cabreado, perdón por la expresión, pero es que a mi compañero Manolo lo habían enviado a cubrir un desfile de trajes de baño y a mí me había tocado un reportaje sobre la gente que vivía en la calle, y no es que no me preocupen los marginados pero si ponemos en una balanza mi conciencia social y en otra los mini bikinis que lucían las modelos, francamente no tenía dudas, las largas piernas de las chicas tenían todas las de ganar. Así que grabadora en ristre y acompañado por mi amigo Benito, el cámara, que iba igual de ilusionado que yo, encaminamos nuestros pasos hacía la plaza de la Constitución, más conocida como de las Palmeras, aunque desde que plantaron el enorme botijo en medio (o es un ánfora) ya no sabemos ni como llamarla. La citada plaza y las calles aledañas suelen albergar un amplio repertorio de infelices sin techo: mendigos, músicos callejeros, vendedoras de periódicos, africanos del top manta, una prolija muestra de desheredados, los expulsados de nuestro paraíso consumista.

La redactora nos había indicado claramente que quería varias entrevistas, pero sobre todo que intentáramos localizar a alguien que siendo “normal” hubiera llegado a esa situación por algún motivo. Ella quería demostrar que cualquier persona, si el destino así lo decide, puede llegar a ese estado de indigencia y también que está en nuestra mano ayudarles a salir de él. La chica tiene muy buen corazón, creo que incluso está en una ONG de esas, pero a nosotros nos estaba jodiendo el día, porque no había forma humana de encontrar a alguien lo suficientemente cuerdo o sobrio para que nos contara una historia medianamente coherente.

Nos encontrábamos al borde de la desesperación, eran casi las dos, nuestras barrigas cerveceras pedían su ración diaria del espumoso líquido y aún no habíamos encontrado nadie de las características exigidas por nuestra redactora, cuando vimos a un individuo con aspecto lo suficientemente andrajoso para ser un sin techo. Benito y yo nos miramos y sin mediar palabra nos dirigimos hacia él como aves carroñeras.
- Buenas tardes buen hombre, somos del Canal Local TV, nos gustaría hacerle una entrevista.
El hombre levantó la cabeza y nos miró con sus ojillos de borracho, apestaba a vino, a sudor rancio y a grasa, sonrió mostrando una hilera incompleta de dientes amarillos.
-¿Una entrevista a mí?, ¿Acaso no me ha visto bien, a quién le puede interesar lo que yo pueda decir?.
Le expliqué en pocas palabras el propósito de nuestro reportaje, no sé si alcanzó a entenderlo todo, pero estoy seguro que oyó la frase en que le invitaba a una cerveza si colaboraba. Se puso de pie y nos indicó el bar de enfrente. Benito me miró de mala manera, no entraba en sus planes tomar cerveza con el harapiento, pero entró con resignación en el garito que apestaba a humo y fritanga. Nos sentamos en una mesa para estar más tranquilos, el camarero nos trajo unas enormes jarras de cerveza acompañadas de unas alitas de pollo fritas, que temí que salieran volando, tal era la cantidad de plumas que se mantenían aferradas a su triste pellejo. Benito apuró su cerveza en segundos y devoró su ración de las alitas sin reparar en su plumífera apariencia, cogió la cámara y me dijo, a trabajar.
Inicié la entrevista con las preguntas de rigor nombre y edad, después le animé a que nos contara como había llegado a su situación actual.
- Me llamo Tomás Comino Cano, tengo cincuenta y seis años y soy natural de un pueblecito del sur de la provincia, prefiero no decir el nombre, pues allí todavía tengo alguna familia que podría avergonzarse al verme. Todo empezó aquel día que decidí hacer una buena acción- al decir esto me miró con una sonrisa irónica, esperando mi reacción. Como no dije nada, siguió hablando.
- Yo salía de mi trabajo, como siempre me iba repitiendo que tenía que dejarlo, ya estaba harto de tantas humillaciones. Ese día me había armado de valor para pedirle un aumento al jefe. En realidad yo me conformaba con el sueldo que tenía, pero mi mujer, esa arpía rubia, siempre me estaba pinchando.
Sorbió ruidosamente la cerveza y acometió con ahínco la tarea de desplumar las alitas. Momento que fue aprovechado por Benito para ir a reponer a la barra, esta vez el camarero nos obsequió con una carne con tomate, que vista la limpieza de la tapa anterior, me abstuve de probar.
- Al salir a la calle absorto en mis pensamientos, el jefe me había denegado la subida de sueldo y se había reído de mis pretensiones, tropecé con un mendigo, uno de los que habitualmente pululan por la zona. Verlo allí tirado, borracho y sucio me reconfortó. Pensé que aún existía alguien más desgraciado. Al menos yo tenía un trabajo, aunque me humillaran diariamente, y una casa, aunque al llegar a ella me encontrara con una hiena carroñera.
- ¿Tan mal le trataban en el trabajo?- pregunté interesado. Tomás aprovechó para acometer la carne con tomate, a la que no hizo ascos.
- Peor, nadie me llamaba Tomás, para todos era “el Comino”, haciendo honor a mi apellido y a la poca importancia que le daban a mi persona. Me gastaban bromas crueles. En una ocasión me quitaron el papel higiénico del retrete y cuando salí con los pantalones bajados a coger el rollo que siempre había en el lavabo, me fotografiaron y pusieron copias en todos los despachos. Imagínese la vergüenza- Tomás apretaba los puños cuando recordaba el trato que le profesaban sus compañeros, terminó la jarra y miró descaradamente a Benito. Éste captó la indirecta y se fue hacia la barra. La tapa esta vez se limitó a unos tacos de queso con un chorreón de ese oro líquido, el aceite de oliva, tan abundante en nuestra tierra. Me decidí a comer, tanta cerveza me estaba mareando.
- Como iba diciendo, al ver al mendigo pensé que podía hacer algo por él, ayudarle. Me justifiqué pensando que realizaba una buena acción. Pero en realidad era un acto egoísta, necesitaba que alguien me admirara, me tuviera por un benefactor, por una gran persona. Así que le propuse al mendigo que se viniera a mi casa. Al principio se negó, él sólo quería unas pesetillas para un cartón de vino, pero yo insistí. Prácticamente a la fuerza lo metía en mi viejo Renault y conduje hasta mi casa. No te quiero ni contar como se puso mi parienta, me gritó, insultó y degradó todo lo que pudo delante de Rodrigo, así se llamaba el indigente. Yo me mantuve firme y le dije que se iba a quedar a cenar, incluso le levanté la voz y la amenacé con llevarla con su madre. Al fin cedió, pero obligó a Rodrigo a ducharse y cambiarse de ropa, para ello le dio mis prendas favoritas, la muy cabrona.
Miré el reloj, eran casi las tres, la historia se estaba alargando demasiado, después tendría que cortar la mayor parte. Benito debía estar pensando lo mismo porque me miraba con la impaciencia reflejada en su rostro.
- Perdón Tomás, pero tienes que ir al grano, en televisión el tiempo es muy reducido, intenta resumir un poco.
- Muy bien, cuando Rodrigo se lavó, afeitó y cambió sus harapos por mi ropa, dio un cambio tremendo, aquel anciano de barbas blancas se había convertido en un hombre maduro con un cierto atractivo. Me sentí orgulloso de mi logro y a mi mujer tampoco le desagradó la idea de seguir ayudando a Rodrigo, para que pudiera salir de la situación en la que había caído. Así todos los días comía y cenaba con nosotros, después se iba a dormir a un centro social, en unos meses le conseguí un trabajo en mi empresa. Cuando mi jefe se enteró de mi buena acción decidió me nombró empleado del mes y me ascendió. Ese tipo de cosas daba muy buena imagen corporativa de la empresa, incluso lo publicaron en la revista que editaba la corporación.
- Entonces todo le iba bien, ¿qué ocurrió para que cayera en desgracia?- Empezaba a desesperar, Tomás se tomaba su tiempo en el relato y nosotros deseábamos acabar cuanto antes.
- Todo iba demasiado bien. Mi mujer me trataba con respeto y hasta con cariño. Pasamos de hacerlo una vez al mes a dos veces por semana, yo no salía de mi asombro y daba gracias al señor por aquella bendición. No dudé en achacar mi sonriente suerte a mi buena acción con Rodrigo. Pero un día regresé a casa dos horas antes. Oí un ruido en nuestra habitación, supuse que mi esposa estaba pasando la aspiradora. De repente noté movimiento en mi bragueta, sentí deseos de poseerla, antes no se me hubiera ocurrido, pero ahora ella era tan cariñosa conmigo, que supuse que estaría dispuesta. Subí sin hacer ruido, quería sorprenderla por la espalda, abrazarla, besarla… Abrí la puerta lentamente, sujetando el pomo para evitar los chirridos y entonces me quise morir. Mi mujer cabalgaba desnuda sobre un hombre y ese hombre era Rodrigo.
- ¿En agradecimiento a su buena acción se tiró a su mujer?- me arrepentí en el momento de haber utilizado la palabra “tirar”. Esto me obligaría a eliminar la frase del reportaje.
- Así fue, después supe que me engañaban desde el principio. Esto explicaba la conducta cariñosa de mi mujer, trataba de evitar cualquier sospecha.
- ¿Y que hizo cuando los encontró juntos?.
- No dije nada, me quedé mirándolos sin decir nada. Entonces mi mujer empezó a insultarme, me dijo que me fuera, que no quería volver a verme, que le daba asco y que la tenía muy corta. Esto último fue lo que más me dolió, sobre todo porque pude comprobar el portentoso tamaño del miembro de Rodrigo.
- ¿Y que pasó luego, se marchó de casa?
- En el trabajo se enteraron pronto de todo, volvieron las burlas y ya no estaba dispuesto a soportarlas. Me fui a vivir a un piso de alquiler y empecé a beber. No se puede imaginar que pronto se puede peder un trabajo, una casa y una vida. Aunque tengo que decir que a todo se acostumbra uno, ahora vivo en libertad, sin presiones, sin angustias. A veces me pongo frente al edificio de mi antiguo trabajo para ver salir a Rodrigo con la cara triste y los hombros caídos, me mira y juraría que más de una vez descubrí en su mirada un reflejo de envidia.

Nos despedimos, le di las gracias y me fui reflexionando sobre lo que pensaría nuestra redactora de esta historia, quizás no se ajustaba del todo a la línea que ella quería dar al reportaje.
Lo que la inteligencia nos devuelve con el nombre del pasado no es el pasado (Marcel Proust)

takeo
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Re: Una buena acción

Mensaje por takeo » 06 Abr 2007 12:01

Está muy bien

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Re: Una buena acción

Mensaje por takeo » 15 Abr 2007 20:55

Vamos a darle una vuelta a esto

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Protos
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Mensaje por Protos » 22 Abr 2007 21:01

Que conste que este relato no me ha hecho perder la fe de ayudar a quien lo necesita. Aunque he de reconocer que me lo he pensado durante un rato. :P :P
"Cuando la mente puede, el cuerpo le sigue."

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