I Fantasía: Como el perro y el gato - Lacedemonia

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Felicity
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I Fantasía: Como el perro y el gato - Lacedemonia

Mensaje por Felicity » 26 Oct 2008 20:10

Como el perro y el gato

Gabriela Campoverde inspiró profundamente antes de abrir los ojos y, con un sutil movimiento de cuello, acercó sus labios al micrófono.
Empezó a hablar despacio, intentando modular la voz y tratando de encantar a todos con su sonrisa. Era su primera intervención en el congreso y no quería parecer inexperta. Pero Gabriela era audaz, y por eso olvidó pronto las precauciones y el miedo escénico para centrarse en su discurso. Tras una introducción neutral y una somera referencia a la epidemia que estaba diezmando a los gatos de todo el mundo, espetó:
—Si no comprenden que todo gasto en el antídoto Bastet es estrictamente necesario, es que no han llegado a comprender ni una pizca de su oficio.
Aquella aseveración despertó un murmullo generalizado de protesta. Gabriela calló un momento concediendo tiempo a los asistentes al congreso para que el servicio de traducción hiciera llegar su última frase a todos. A la protesta inicial de españoles, chilenos, mejicanos y demás hispanoamericanos se unió un par de segundos después la de los veterinarios de habla inglesa, los francófonos, los alemanes, los japoneses...
Pedro Barquero, que encabezaba la delegación española, se puso en pie alzando la mano y con un gesto avieso pintado en la cara. Sabía que no estaba permitido interrumpir a los oradores, pero a Pedro le acababa de sacar de quicio aquella presuntuosa veterinaria argentina.
—¿Quién es usted, doctora Campoverde, para dudar de nuestra profesionalidad? —inquirió mezclando la ira y la sorna—. ¡Tal vez sea usted quien no entiende nada! ¡Lo que pretende es acabar con el presupuesto médico mundial! ¡Sintetizar el antídoto Bastet es tan caro que no quedaría dinero para un solo tratamiento más!
Una oleada de aplausos rubricó la airada intervención de Pedro Barquero, que abrió los brazos en cruz e hizo un histriónico giro sobre sí mismo mostrándose a todo el auditorio. La doctora Campoverde enrojeció y aferró el micrófono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¡Doctor Barquero, Bastet no es tan cara como vos te empeñás en afirmar! —rugió Gabriela acentuando su deje argentino y señalando al doctor español. Luego cruzó ambas manos sobre su pecho y volvió a dirigirse al resto de los invitados al forum—. ¡Los estudios que Barquero ha hecho sobre la viabilidad de Bastet están equivocados...! ¡Más aún, están manipulados!
Esta vez la protesta subió desde el murmullo hasta el escándalo. Algunos de los asistentes se arrancaron los auriculares de la cabeza y los arrojaron al suelo, y varios empezaron a abandonar la sala. Gabriela Campoverde bajó la vista y miró los zapatos de alto tacón negro que se había comprado para la ocasión. A pesar de la tormenta que acababa de provocar entre la comunidad veterinaria mundial, sonrió levemente. Recordó sus nervios al comprar el vestido negro y ampliamente escotado, dudando entre aprovechar su belleza natural o dar una imagen seria y austera a sus colegas del mundo entero. Había optado por jugar la baza de la atractiva científica rebelde.
Ahora ya todo daba igual. Su esposo se lo había advertido en la última conversación telefónica. «No te dejes llevar, Gabi, contrólate», le había dicho hablando desde Buenos Aires. Pero Gabriela se dejó llevar. Y de nada habían servido sus horas de preparación ante el espejo de cuerpo entero del hotel, ni el pronunciado escote del vestido negro, ni sus largas piernas realzadas por esos tacones de vértigo. Había llegado al XVII Congreso Mundial de Veterinaria preparada, decidida y guapísima.
Todo para nada.
Recogió sus papeles del atril y bajó lentamente los escalones forrados de moqueta verde. A su alrededor algunos delegados se carcajeaban y aplaudían a Barquero. Gabriela cruzó su mirada con el español un instante y le pareció vislumbrar un asomo de tristeza en el gesto de su odiado colega.
***
Gabriela Campoverde escuchaba la radio del taxi mientras el vehículo cruzaba la ciudad de Roma. La argentina dejó vagar sus bonitos ojos por el edificio del Coliseo y perdió su mirada entre los arcos de la fachada y por las semicolumnas que los flanqueaban. En aquel lugar, pensó, se había escarnecido a hombres y bestias muchos siglos atrás. Aquel día le había tocado a ella ser la escarnecida.
—¿Está triste, señorita? —inquirió el taxista posando sus ojos en el retrovisor interior del coche.
Gabriela sonrió. Como muchos otros argentinos, tenía ascendencia italiana y las palabras del taxista no le eran extrañas.
—Señora... —corrigió afablemente—. Y sí, estoy triste. Esta noche he hecho el ridículo.
—Oh, qué pena —se lamentó el taxista mientras seguía girando a la izquierda para rodear el monumento romano—. Pero no la creo. Una mujer tan bonita no puede hacer el ridículo.
De repente una sombra gris pasó corriendo ante el taxi y el conductor dio un brusco volantazo para esquivarla. El italiano ahogó una maldición y recobró el control del vehículo sin problemas. Gabriela se inclinó a un lado para fijarse en aquella sombra y suspiró de alivio al ver al gato correr y ponerse a salvo en la acera.
—Lo que le faltaba al pobre bicho —se quejó el taxista—. No es bastante con la epidemia, que aún vamos a atropellar a los que queden. Si al menos aprobaran el antídoto ese... ¿Cómo se llama? ¿Búster?
—Bastet —aclaró Gabriela—. Es el nombre de una antigua diosa egipcia. ¿Ha oído hablar del antídoto?
—Sí, claro. Yo tengo un gato en casa, ¿sabe? Nerón se llama, y lleva más de diez años conmigo. La gata de mis vecinos murió la semana pasada por la epidemia, y ahora mi esposa y yo estamos acobardados. Si a Nerón le pasara algo...
—Le entiendo perfectamente —respondió Gabriela—. Yo tengo dos gatas también. El antídoto Bastet es la salvación para todos, pero por lo que parece no hay interés en que se reparta por el mundo.
—Una pena. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vivir sin gatos...
Gabriela se apoyó en la mampara que separaba el habitáculo posterior del taxi y acercó la cara a la abertura que permitía la comunicación con el conductor.
—¿Acostumbrarnos? La desaparición de los gatos es una tragedia que no podemos asumir. No se trata sólo de los gatos domésticos, lo que ya de por sí es una catástrofe. Los felinos todos se extinguirán. ¿No se da cuenta de lo que eso significa? Leones, pumas, linces... Muchos de esos animales son insustituibles en la cadena de la vida. Son los depredadores naturales de otros seres que... —Gabriela se interrumpió y suspiró con tristeza. Estaba soltando el rollo de siempre, y por muy auténtico que fuera no convencía. El taxista tenía razón: deberían acostumbrarse a vivir sin gatos.
—El caso es que no lo entiendo —el conductor movió la cabeza a ambos lados—. ¿Por qué no puede suministrarse Bastet?
Gabriela se recostó de nuevo en el respaldo del asiento trasero del taxi.
—La comunidad veterinaria dice que es muy caro sintetizarlo. Insisten en que elaborarlo supondría una inversión tan grande que no quedarían recursos para otras medicinas. Son unos boludos.
—¿Tan caro es?
—¡No! —respondió Gabriela palmeándose las piernas—. No es caro en realidad, pero un grupo de veterinarios ha elaborado un informe que dice lo contrario. Hay un extraño interés en que Bastet no se sintetice. Hoy se debía decidir si finalmente se optaba por Bastet o no... Al final, la gente prescindirá de los gatos.
—¿Qué daría usted, doctora Campoverde, por que el antídoto pudiera elaborarse en grandes cantidades?
Gabriela iba a responder que todo lo que estuviera en su mano, pero se detuvo antes de empezar a hablar. El taxista la había llamado «doctora Campoverde», aunque ella no recordaba haberle dicho su nombre. La mente de la argentina volvió atrás sin dar mucha importancia al detalle, pero recordó que se había limitado a llamar a un taxi desde el palacio de congresos sin identificarse. Sí, era cierto, cualquiera podía saber que esos días se estaba celebrando un congreso mundial de Veterinaria en Roma, pero de ahí a conocerla a ella...
—¿Cómo sabe usted...? —empezó a preguntar.
No terminó de hablar. El taxista chascó la lengua y pulsó un interruptor junto al volante. La ventanita de la mampara se desplazó con un chasquido y aisló el compartimento posterior del vehículo. Gabriela frunció el ceño, sorprendida ante la reacción del taxista, cuando notó un aroma acre que subía desde el suelo del coche.
El gas era rápido y sólo ligeramente desagradable. Gabriela sintió el mareo adueñándose de su mente. Su cerebro se embotó y las luces de Roma desaparecieron tras un brillo desenfocado. Una agradable sensación de placidez la invadió antes de resbalar por el respaldo del asiento y quedar inconsciente.
***
Lo primero que vio al despertar fue un hermoso fresco pintado en el techo abovedado. En él, Adán se dedicaba a poner nombre a los animales del Paraíso, que formaban una enmarañada cola ante el primer hombre. Un enorme rinoceronte se inclinaba en ese momento en presencia de Adán, y tras aquél esperaban su turno un cocodrilo, un águila, un avestruz... Gabriela se fijó en la figura del hombre, pintada con maestría barroca. El padre de la Humanidad lucía desnudo un cuerpo escultural, y junto a él, como si fuera su lugarteniente, se hallaba sentado un enorme y elegante gato gris atigrado.
Se incorporó a medias y vio que estaba en una gran sala ricamente decorada. Tapices, cuadros, lujosos armarios recargadamente decorados, candelabros, arcones... Oro, plata, marfil y caoba se alternaban en aquel lujoso aposento en cuyo centro se hallaba ella, recostada en un diván rojo con patas sobredoradas que imitaban a cuatro leones. Se levantó y pasó la mano sobre el vestido negro para alisarlo. Poco a poco la modorra se iba, y recordó el acre olor del gas que había inundado el habitáculo del taxi.
—Me secuestraron... —se dijo sintiendo una oleada de angustia.
Percibió el movimiento con el rabillo del ojo y giró la cabeza. Un gato negro pasaba junto a una cómoda arqueando el lomo con languidez al rozarlo con una de las patas de madera noble. El suave maullido del animal resonó en las paredes de la sala.
Gabriela se sobresaltó al oír la puerta abrirse al otro lado. Tres hombres entraron en el salón sonriendo; dos de ellos se colocaron a ambos lados de la puerta abierta y el tercero anduvo hacia ella y se paró a medio camino. Hizo una leve inclinación antes de hablar.
—Doctora Campoverde, no sabe cuánto sentimos haberla hecho venir de este modo. Tardaremos muy poco, se lo aseguro. Enseguida la llevaremos a su hotel. Por favor, no tema absolutamente nada.
El hombre, que había hablado en un buenísimo español con ligero acento italiano, indicó a la puerta abierta y se retiró andando hacia atrás.
Un anciano delgado y de ojos hundidos entró en la estancia y arrastró sus largas y lujosas vestiduras hacia Gabriela. Ella dejó caer la mandíbula ante aquella escena que se le antojaba onírica. Reconoció de inmediato el rostro del recién llegado. Estaba harta de verlo en la televisión, y aunque la doctora no era creyente, aquel personaje era demasiado famoso como para no conocerlo.
—Siéntese, doctora Campoverde... —invitó el Papa—, por favor.
El sumo pontífice del Catolicismo había hablado en buen castellano, acompañando su invitación con un gesto de la mano. Él mismo tomó asiento en una silla Luis XVI que uno de los hombres acercó hasta él. Gabriela no daba crédito a lo que estaba viendo: El mismísimo Papa, que ahora alisaba sus hábitos, enredado en... ¿un secuestro? ¿Pero qué era todo aquello? ¿Por qué la habían llevado a ella allí?
La argentina se sentó de nuevo en el diván. Se sorprendió al notar que no tenía miedo, quizá porque la situación era tan surrealista que no dejaba lugar al temor. En un inexplicable arranque de pudor se estiró el borde del vestido para cubrir sus muslos.
—Me hago cargo de que no entiende nada de esto, y le aseguro, doctora Campoverde, que las sorpresas no han terminado. Prepárese para abrir la mente y oír lo que tengo que decirle.
Gabriela estiró los labios en una tenue sonrisa. El máximo dirigente de la Iglesia Católica le pedía a ella, a una científica atea, que abriera la mente. Si sus antiguos y escépticos compañeros de facultad pudieran ver aquello...
—Pues usted dirá, eh... Santidad.
El Papa sonrió afablemente antes de continuar.
—Querida Gabriela, llevamos ya tiempo siguiendo su trabajo. Créame que no trato de adularla, pero sin duda es usted la mejor científica del mundo en su campo. Sus trabajos de investigación en Veterinaria son auténticas obras de arte comparables al fresco que domina este salón.
El Santo Padre lo había dicho señalando al techo.
—Sigo sin comprender...
—Ahora comprenderá, querida, ahora comprenderá —aseguró el Papa—. Bien, lo primero que tiene que saber es que nada es como usted piensa, y tampoco exactamente —se puso la mano en el pecho y cogió un enorme crucifijo dorado tachonado de rubíes y esmeraldas— como nosotros hemos hecho creer a la Humanidad con mayor o menor éxito.
»Hace tiempo, mucho tiempo, antes de que el ser humano aprendiera a pensar, a imaginar y a creer, se produjo una enorme batalla. La lucha más cruel y más importante de todos los tiempos y de todos los universos.
»Tras esa batalla, que tuvo como contendientes al Bien y al Mal, se produjo una tregua. Los dos ejércitos se separaron y, después de lamentar las bajas y curar a los heridos, se retiraron para descansar antes de la siguiente batalla. Estoy hablando de la guerra primordial, querida Gabriela, la guerra de las guerras. Una guerra que dura eones y que aún no ha terminado.
»Las fuerzas del mal se refugiaron aquí, entre nosotros, a la espera de que suenen las trompetas de nuevo. Durante los milenios que llevan en la Tierra no han dejado de reclutar nuevos soldados y de trabajar en la sombra destruyendo todo cuanto el Bien se esforzaba en crear.
»Precisamente por eso, y para no dejarnos a nosotros desamparados y a merced de las fuerzas del Mal, se nos envió a unos hábiles protectores. Unos seres celestiales que aún siguen entre nosotros, velando para que el Mal no se adueñe de la Tierra.
El gato negro que Gabriela había visto refrotarse contra una cómoda llegó caminando con su natural silencio y, de un ágil salto, se colocó en el regazo del Papa. El pontífice pasó la mano suavemente por el lomo oscuro del felino y este miró a la argentina con sus ojos amarillos y penetrantes.
—Nosotros somos vuestros protectores, Gabi.
La doctora Campoverde dio un respingo y un gemido de sorpresa asomó a sus labios. Se puso en pie y se inclinó hacia delante entornando los ojos...
¿Era el gato quien había hablado?
—Sí, he sido yo. Y te lo repito: nosotros somos los enviados por las fuerzas benignas. Llevamos miles de años entre vosotros, protegiéndoos de los enemigos del Bien y de la Humanidad.
Gabriela se restregó los ojos y pensó que el efecto del gas todavía le embotaba los sentidos. Podía ver a aquel gato mover los labios y modular la voz, esa voz aguda y agradable, con suave entonación y un completo lenguaje no verbal desplegado con guiños de ojos, inclinaciones de cabeza y movimientos de bigote. Pero si hasta le había parecido que aquel gato hablaba con acento bonaerense.
—¿Qué clase de broma es esta? —inquirió la doctora mirando alrededor y buscando la cámara oculta—. No tiene ninguna gracia.
—No es una broma, Gabi —respondió el gato—. Hace poco que ellos han descubierto el método. Lo intentaron antes, desde luego. En la Edad Media estuvieron a punto de acabar con nosotros con esas patrañas de la brujería y el Diablo.
—Pero si eso fue cosa de la Iglesia —repuso la doctora mirando al Papa.
—Una maniobra del Mal para engañarnos a todos —se excusó éste.
Hubo otras épocas doradas, cuando todo el mundo conocía nuestro papel... —siguió el gato—. ¿Por qué le has puesto Bastet a tu antídoto?
—Bastet es una antigua diosa egipcia representada por una gata —contestó Gabriela automáticamente—. Los egipcios idolatraban a los gatos, los consideraban protectores...
La doctora congeló su respuesta.
—Exacto —continuó el gato—. Sea en el antiguo Egipto, sea durante la Edad Media, mejor o peor, el equilibrio se ha mantenido. Pero el Mal no ha dejado de intentarlo. Acabar con nosotros es la clave, y nunca más que ahora están cerca de conseguirlo.
»Esta epidemia ha sido el gran logro del Mal. Hemos calculado que la semana que viene se extinguirá el tigre de Bengala, y unos días después morirá el último leopardo de las nieves. Antes de terminar el mes no quedarán jaguares, guepardos ni linces... Nuestra estimación es que en las próximas navidades caerá el último gato doméstico. Cuando eso ocurra, el Mal tendrá el camino libre.
»La solución es Bastet, naturalmente. Es el único antídoto, conseguido por la mejor veterinaria del mundo, la doctora Gabriela Campoverde. El Mal te conoce y ha puesto a trabajar a sus agentes. Ellos saben que el tiempo corre a su favor. La comunidad veterinaria internacional, encabezada por el español Pedro Barquero, tiene el deber de evitar que Bastet sea sintetizado y repartido por todo el mundo.
—El doctor Barquero... —repitió la argentina en un murmullo.
—Barquero, como muchos otros veterinarios, es un agente del Mal. Sabes muy bien que Bastet no es tan cara como él afirma. Conoces todo lo que se ha esforzado él, lo mismo que sus seguidores, para que tu descubrimiento fracase. Sabes que han mentido y que han procurado tu escarnio. Hoy mismo has sido ridiculizada, prácticamente expulsada del congreso mundial... ¿Por qué?
Gabriela se levantó del diván y anduvo hasta el fondo del salón. Caminaba pensativa, ajena al eco que sus tacones despertaban bajo la artística bóveda. Un gato estaba hablando con ella... Un gato sentado en el regazo del Papa. Todo aquello era absurdo, pero ¿acaso no tenía aquel felino toda la razón del mundo?
—Sé lo que piensas —continuó el animal—. No es necesario que me creas, o que creas a Su Santidad. Tu ánimo es que Bastet se sintetice para poder aplicársela a todos los felinos de la Tierra. Te hemos seguido: no sólo eres una doctora inteligente y hermosa, además tienes un gran corazón. La Santa Sede dispone de los fondos necesarios... Llevamos siglos preparándonos para una eventualidad como esta. Tienes nuestros laboratorios a tu servicio, y a tus órdenes a todo el cuerpo médico vaticano. Haz Bastet para nosotros. No tienes nada que perder.
Gabriela se quedó mirando al felino. Apenas unas horas antes su antídoto había sido virtualmente arrojado a la basura, y ahora se le ofrecía la oportunidad de sintetizarlo y repartirlo en grandes cantidades.
Aquel gato estaba en lo cierto: No tenía nada que perder.
***
Gabriela sonrió mirando a su esposo mientras éste dormía.
Se puso la bata y se arrebujó en ella. Hacía unas horas que había abandonado Europa, y le estaba resultando duro aclimatarse de nuevo. Había despegado desde una veraniega Roma para aterrizar en un nevado Buenos Aires. Además, el jet-lag no le dejaba conciliar el sueño.
Salió al salón y conectó el ordenador. Las cuatro de la madrugada y ni pizca de ganas de dormir. Era un buen momento para entrar en el foro literario e intercambiar mensajes con los frikis del resto del mundo. Suspiró sin poder borrar esa sonrisa que la había acompañado desde Roma.
—He salvado el mundo —se dijo en voz alta, riéndose de su propia ocurrencia pero sabiendo que era totalmente cierta.
—¿Quién te convenció? Fue ese gato vaticano, ¿verdad?
La voz había sonado a su espalda. Se volvió y miró a sus dos gatas, Clara y Lagris. La primera, medio sentada sobre el sofá, la miraba fijamente. A su lado, Lagris y las dos perras dormitaban aprovechando el calor que se proporcionaban entre sí.
Gabriela sonrió. Las había tenido con ella desde años atrás, y jamás habría sospechado que aquellas dos gatas fueran sus ángeles de la guarda. Qué gracia.
—Espero que no me guardéis rencor por ese par de pinchacitos —contestó ella a la felina—. Estaba impaciente por llegar para inyectaros el Bastet.
—¿Pero no te das cuenta de que te han engañado?
Gabriela miró a Pampa, una de las perras, enarcando las cejas. Estaba acostumbrada a oír sus ladridos, de modo que no lo dudó mucho tiempo.
—Un momento —la doctora alzó una mano—. ¿Vosotras también habláis?
Pampa se incorporó y lanzó una mirada de reojo a las gatas antes de volver a hablar.
—Te habrán contado la milonga de siempre: «los benignos gatos, los salvadores de la Humanidad, bla, bla, bla...»
—No le hagas caso, Gabi —repuso Clara moviendo el rabo de un lado a otro—. Lo que te contaron es cierto. Los gatos somos la esperanza.
—La esperanza del Mal, querrás decir —corrigió la perra Pampa, y se encaró con la felina—. Una vez más habéis vencido. Seguiremos como siempre, cara a cara, luchando por el alma de estos inocentes humanos, pero algún día lo conseguiremos. Os ganaremos.
Gabriela se olvidó del ordenador y redujo la distancia que la separaba del sofá. Miró alternativamente a las gatas y a las perras. Ahora todas estaban encaradas, las unas con el pelo erizado y las orejas aplanadas y las otras con los colmillos asomando y el hocico arrugado.
—¿Qué significa esto? —preguntó la doctora—. ¿Los gatos sois el Mal? ¿Sois el Bien? —miró a sus perras y se llevó las manos a la cabeza—. ¿Y vosotras, qué pintáis en todo esto?
—Nosotros, los perros, somos los enviados por el Bien para protegeros —explicó Mancha escondiendo sus afilados colmillos—. Nuestro deber es mantener el equilibrio y trabajar por la victoria final. Nuestros peores enemigos son los gatos, agentes del Mal predilectos por su suave pelo y sus ronroneos, y la Santa Madre Iglesia, que siempre los ha auxiliado en su labor.
Gabriela buscó con rapidez el sillón para dejarse caer en él. ¿Es que todo había sido un sueño? ¿Los efectos del gas en aquel taxi de Roma? ¿Se estaba volviendo loca?
—No tienes la culpa —siguió hablando Mancha, su otra perra—. Tú has cumplido con tu deber y ellos lo han aprovechado.
Luego hizo un gesto a su compañera de especie y ambas saltaron del sofá y se perdieron en la penumbra del pasillo. Gabriela miró a sus gatas con ademán interrogante, Y Clara siguió los pasos de Pampa y Mancha con su silenciosa elegancia felina.
—No hagas caso a esas chuchas pulgosas —le dijo Lagris antes de empezar a lavarse las esponjillas a lengüetazos—. Ellas son las enviadas del Mal, y nosotras vuestros protectores. Llevamos miles de años así, como el perro y el gato.
El animal se estiró arqueando el lomo y saltó al suelo, caminó hacia su dueña y acarició sus pantorrillas con la cabeza, lanzó un suave maullido y saltó al regazo de la argentina.
Gabriela se mordió el labio inferior sin saber qué pensar. ¿Debía creer a la gata? Si no le mentía, ciertamente la veterinaria había salvado a la Humanidad. Por otra parte, si las perras estaban en lo cierto, acababa de meter la pata hasta el fondo.
Lagris ronroneó un par de veces y volvió a saltar, corriendo en completo silencio hasta desaparecer en la oscuridad. En ese instante los ojos verdes de la gata refulgieron un largo momento, despertando un escalofrío a Gabriela.
La doctora husmeó el suave aroma a azufre que su gata había dejado tras de sí. Dio un respingo y miró una vez más el brillo de aquellos ojos verdes.
Le pareció distinguir una felina y burlona sonrisa.
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Última edición por Felicity el 05 Nov 2008 21:35, editado 2 veces en total.
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ciro
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por ciro » 26 Oct 2008 23:27

Formalmente perfecto, sin embargo el que perros y gatos se pongan a hablar me descuadra. Puntuacion 7.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Ororo
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Ororo » 27 Oct 2008 00:20

Relato bien estructurado y de argumento muy curioso.
Es realmente impactante encontrarse animales hablando y al propio papa en un escenario real.

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Merridew
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Merridew » 27 Oct 2008 11:14

Me encanta el detalle de que la científica se ponga un vestido monísimo para la conferencia :lol:
Lo que eres me distrae de lo que dices

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Roland
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Roland » 27 Oct 2008 16:30

Vuelvo a comentar, tras el descalabro de la Segunda Caída:

Este cuento para mi está entre los mejores. Empieza un poco "raro" sin que uno sepa muy bien por donde van a ir los tiros, pero la historia te atrapa enseguida y ya no puedes dejar de leer. El final es sorprendente y cierra perfectamente la historia. Bien escrito, con una expresión y un ritmo estupendos. A día de hoy, está entre mis favoritos. Enhorabuena al autor! :eusa_clap:
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SHardin
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por SHardin » 28 Oct 2008 16:11

Leído. No hay elfos o enanos. Es un relato estupendo, bien escrito y que engancha. Por ponerle un pero me parece que decae al final. Que curioso que trate de Gabi y sus mascotas.

takeo
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por takeo » 28 Oct 2008 18:11

Para mí, uno de los mejores con una buena historia y muy bien narrado. Quizá algún fallito pero que me ha tenido totalmente enganchado.

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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Desierto » 30 Oct 2008 00:08

Vuelvo a comentar, uno de mis favoritos. Sin duda en mi "top five".

Destaca por lo absolutamente original que es la trama, mezclando perfectamente el mundo cotidiano de hoy en día con la fantasía más delirante.

Formalmente sin apenas pegas y lengaje directo y sencillo que hace que te enganches.

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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Gabi » 31 Oct 2008 20:45

Me encanta que mis nenas y yo seamos las protas de este relato (salvando pequeñas diferencias :lengua: ).
Gracias ***********!!!!!!!! :60:

Tratándo de ser objetiva puedo decir que me gusta mucho como está escrito, la historia te engancha de principio a fin. Y el final buenísimo!
A modo de crítica podría decir que como argentina "Gabriela" hablaría de otra forma.
Por ejemplo: "Espero que no me guardéis rencor (...)". Diría "Espero que no me guarden rencor". Ó "Sois el mal" o "Sois el bien". Usaría un "son".
Y lo del Buenos Aires nevado me encantó! Si sigue el cambio climático va a dejar de ser un detalle curioso en un relato de fantasía, para pasar a formar parte de la realidad.
Aclaro: El año pasado "nevó" un día en Buenos Aires, pero para nosotros fue todo un suceso! :P

Felicitaciones al autor!
Estoy muy agradecida por tu muestra de simpatía hacia mi!
"Sé selectivo en tus batallas, a veces tener paz es mejor que tener la razón".

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Jaime
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Jaime » 02 Nov 2008 14:46

Curioso relato, diferente a los demás. Es difícil imaginarse al Papa con un gato parlante en el regazo, pero señores, esto es fantasía! Engancha desde el principio porque quieres saber qué es lo que está pasando en el mundo con los gatos.
Muy bien escrito, aunque se te han escapado algunos tiempos verbales que usaría un argentino. De los que llevo entra en mis favoritos.
Enhorabuena :D
Leyendo...
La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol

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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Arwen_77 » 03 Nov 2008 17:34

Trama muy , muy original y perfectamente narrada. Quizá hasta un pelín delirante: el gato con el Papa, je,je...

Creo que es el más largo de todos, a mi se me pasaba de las 6 páginas, pero será porque he puesto un formato distinto.

¡Enhorabuena!
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por nosequé » 03 Nov 2008 20:47

Me ha enredado la historia desde el principio, me gusta mucho, mucho, mucho.
¿El qué? Todo. Mezcla con mucha soltura un problema científico con otro digamos “espiritual”. Y la fantasía es que hablan los peludos, aunque mucha gente dice que habla con sus mascotas.
Me chirría el detalle del vestido, para mí sobra. Pero toda la trama esta liada magníficamente.
Creo que esta muy bien escrito, pero de eso hay much@s foreros que lo pueden explicar mucho mejor.
Se entiende perfectamente y te engancha.
¡¡Felicidades!!


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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Askat » 03 Nov 2008 20:57

Me temo que este es de los que menos me han gustado, por prejuicio personal. En cuanto empezó a alabar una y otra vez sin venir a cuento la belleza de la protagonista, empezó a chirriarme la historia. Creo que dedica mucho tiempo al congreso y el resto es bastante precipitado. Además, sobre todo el último trozo, hay algunas cosas que se hacen confusas

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Matu
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Matu » 03 Nov 2008 21:07

Está muy bien redactado, me gustó. A pesar de ser original, como dijo antes Ciro, me descoloca ver gatos y perros hablando en un ambiente así (ok, entiendo, es fantasía...)
Lo otro que también ya dijeron, es la forma de hablar de la argentina. Algunas frases no suenan de acá (igualmente son detalles, no influye prácticamente en nada en mi valoración del texto, que por cierto, es buena) :)

Lacedemonia
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Re: I FANTASÍA: COMO EL PERRO Y EL GATO

Mensaje por Lacedemonia » 04 Nov 2008 12:43

Bueno, pues el culpable de este crimen soy yo.

Antes de nada quiero decir que este relato está dedicado a Lagris, una gata argentina que ahora estará en los Campos Elíseos Gatunos, lamiendo miles de copas de mousse de chocolate con nata y repantingada a un sol calentito que se cuela a hilos por una persiana.

Gracias a los que habéis leído el relato, lo hayáis comentado o no. Estoy contento con los comentarios porque según lo dicho creo que no me salió mal del todo.

Bueno, pienso que la explicación primera que hay que dar es al asunto de la belleza de la protagonista y a su vestido sexy. Ya antes de que el foro cayera y recayera hubo quien se quejó de ese aspecto del relato.
Bien: la protagonista de la historia es Gabi, o sea, nuestra Gabriela, la del foro, y como después de todo es la única protagonista del relato (los demás, incluidos los animales y el Papa, son complementarios) pues quise reforzar su descripción. Y siendo Gabi, lo que me salía era hacerla guapísima porque me cuadraba más, y el vestidito, aparte de la función que la protagonista quiere darle para llamar la atención en el congreso (arma femenina de toda la vida y a ver quién lo niega), forma parte de su descripción como personaje. No esperaba que el detalle de la belleza afirmada y reafirmada de Gabi fuera a chirriar a nadie, más bien pensaba que el problema estaría en el final, al dar los nombres de las mascotas de Gabi —que son también reales—, lo que podría dar lugar a confusión al meter cuatro conceptos nuevos en el tramo final del relato: pensaba que la gente confundiría esta gata con aquella perra y tal y cual.

Ha sido una experiencia agradable, sobre todo al darle forma al relato y a pesar de ser este un género que no me llama mucho, la verdad. Lástima que luego el ambiente del concurso se enrareció un poco, pero saco de positivo que:

A) Tengo que estudiar mejor el habla argentina y
B) Tengo que documentarme mejor sobre las circunstancias meteorológicas de los lugares sobre los que escriba. 8)

Un beso para Gabi: te dije que te compensaría :wink:

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