CPIV- Ahmed y los lobos - Irene_Adler

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Arwen_77
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CPIV- Ahmed y los lobos - Irene_Adler

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 22:05

Ahmed y los lobos


Extrajo el pequeño vaso de café humeante, el tercero que se bebía aquella noche, después de que el chirriante pitido de la máquina expendedora le anunciara el final de su modesto proceso de elaboración. Regresó junto a la anciana de la bata rosa y acolchada, desgastada por el uso y por los muchos centrifugados de una lavadora que imaginaba obsoleta, lejos de los modernos y livianos aparatos que se fabrican hoy en día, tan vieja, caduca y cargada de un gravoso historial de reparaciones a su espalda como su propietaria, quien desprendía ese olor familiar que desprenden ciertas personas mayores, un olor a naftalina, a sudor rancio y a cuerpo mustio, poco aireado, tan deshidratado y polvoriento como esos cuerpos u objetos que se hallan en tránsito entre la vida, la muerte y el más impío de los olvidos, y no porque le agradara su proximidad, que más bien le deprimía, sino por el simple hecho de no hacerle un feo, un desplante, aunque la anciana al llegar y sentarse a su lado le había dirigido con su vocecilla tan frágil y apagada como su cuerpo unas escuetas palabras de cordialidad, el puro formalismo de aquél que, en un lugar público y privado de toda intimidad, comparte silla y roce con un desconocido.
Se terminó el café en un par de sorbos largos, después de lograr que se enfriara a fuerza de remover el líquido oscuro y aguado con el palito de plástico que hacía las funciones de cucharilla, arrugó el vaso y lo lanzó a la papelera que quedaba a su espalda, no sin antes echar otra infructuosa ojeada a la puerta por la que entraban y sólo a veces salían los pacientes que se visitaban de urgencia, tanto los que exhalaban su último suspiro como los que sufrían un cólico nefrítico, una borrachera mal llevada o los claros síntomas de un anodino proceso gripal. Se dejó caer derrotada en la silla, dada la persistente ausencia de novedades. Respiró hondo y cerró suavemente los párpados, no con la esperanza de conjurar un sueño que sabía que no la iba a arropar sino para aislarse de aquella sala aséptica y narcotizante en la que de nada servían o importaban las reglas de la cotidianidad que empezaba a amanecer fuera de esas cuatro paredes, ni sus horarios, ni sus obligaciones, ni sus rutinas, que le parecieron entonces tan altaneramente mundanas. Pensó en la novela que aguardaba sobre su escritorio, a medio traducir, en las plantas de la terraza que estaban por regar, en los filetes de merluza que había dejado encima del mármol de la cocina, descongelándose, y que tendría que tirar a la basura si aquello se alargaba demasiado. Entonces reparó en las manchas oscuras, ya resecas, que cubrían la pernera de sus pantalones y la parte baja de su camiseta y pensó en Ahmed, que ocupaba uno de esos box que sólo podía imaginar, velado tras la puerta infranqueable que no le brindaba tregua con la que calmar su desazón y por la que un par de sanitarios se lo habían llevado ensangrentado, como un cerdo preparado para la matanza y el despiece. A él, precisamente, que el cerdo no podía ni olerlo. Se sonrió, pese a todo, y le vino a la memoria la primera vez que le vio: alto, delgado, su piel oscura y sus rasgos alárabes surcando un rostro en el que destacaban, por encima de una suntuosa nariz y unos pómulos altos, los ojos, insondables, negros sobre un fondo ligeramente amarillento, que tuvieron desde ese mismo instante el poder de cautivarla con el simple hecho de posarlos sobre los suyos, mucho más vulgares, de un mediocre color parduzco, y que carecían del brillo, la fuerza y el arrojo de los ojos de Ahmed.
Cuando le conoció, hacía exactamente tres meses que, tras el divorcio, se había instalado en aquella finca regia de apariencia no demasiado estable ni perecedera que aún conservaba su orgullosa aunque desvencijada estructura señorial, donde el piso de irrisorias dimensiones que ocupaba un espacio de la planta baja era lo único que podía permitirse. Al menos tiene terraza, le había dicho el empleado de la inmobiliaria, un chaval casi adolescente con la cara hendida por el rastro de un acné mal curado y vestido con un traje que le quedaba demasiado grande a su escuálida figura, aunque lo que él entendía por “terraza” era una especie de patio enladrillado plagado de macetas donde el sol debía aguijonear de lo lindo en verano y el frío se colaría en sus cimientos, y por ende en los del interior del piso, en invierno, cuya única ventaja parecía ser aquella puerta de hierro que un anterior inquilino dotado de una ingeniosa practicidad había mandado construir, con el fin de evitarse el acceso al interior de la vivienda por la vetusta y comunitaria entrada principal. Fue a través de aquella puerta enrejada cuando le vio, mientras fregaba la terraza cuyo tercer inconveniente resultó ser el tratarse del mingitorio recurrente de todas las palomas del barrio. Le descubrió a escasos dos metros de su verja, el segundo día que el ayuntamiento decidió hacer una serie de obras para rehabilitar la glorieta que envolvía la manzana de edificios, tan añejos y deteriorados como el suyo, y que antaño había sido cenáculo de yonquis y camellos, mucho antes de que la mayoría acabaran rehabilitándose en centros especializados o muertos, los más, por sobredosis, y el barrio hubiera sufrido un leve aunque progresivo lavado de imagen, con el único objetivo, se figuraban los vecinos, de revalorizar aquellos edificios y atraer a la zona familias con un mayor poder adquisitivo y un estatus mucho más acorde con lo que subrepticiamente el consistorio pretendía. Él formaba parte de la brigada encargada de llevar a cabo las obras, y aquella mañana el capataz le había ordenado levantar la vieja y fea acera que quedaba justo enfrente de su verja. Vio sus brazos desnudos y resplandecientes por el sudor antes de verle a él, con el pico entre las manos, siguiendo el ritmo oscilante que marcaba el trabajo duro mientras se dejaba acompañar de unos leves jadeos provocados tanto por el esfuerzo como por las cálidas y machaconas temperaturas con las que el recién estrenado mes de junio comenzaba a empapar la ciudad.
- ¡Ahmeeeeeeeeeeeeeed!
Fue así como supo su nombre. La voz fuerte, grave, firme, acostumbrada a mandar y a ser obedecida, la voz irritada de un amo que debía creerse moralmente superior a Ahmed y al resto de la variopinta cuadrilla por el hecho de atesorar en su cartera, junto a las fotografías añejas de dos o tres niños de edad tardíamente escolar y una esposa a la que azotaba con su indiferencia dándole, por las noches, una espalda poblada de pelos y barrillos, un deslumbrante documento nacional de identidad que le convertía en ciudadano de primera, pese a sus múltiples y solapadas mezquindades.
Agarró el pico con una sola mano mientras con el antebrazo de la otra se secaba el sudor de la frente que empezaba a resbalársele, y fue entonces cuando, distraídamente, clavó sus ojos en los suyos, que le había estado observando con, juzgó ella misma, cierta desfachatez, con la impudicia de saberse a salvo en sus tres metros cuadrados de patio embaldosado, tras la verja que acaso le otorgaba la misma avergonzarte prerrogativa que al mísero capataz. Le sonrió, pese a todo, con el rubor ganando sus mejillas y con la firme convicción de que jamás olvidaría ese nombre ni esos ojos, ni el cuerpo nervudo y fibroso de aquél que, tras devolverle una mueca, un gesto torcido con la boca que quiso interpretar como un amago de sonrisa, se alejó hacia la voz del deber como el perrillo asustado que temiese la reprimenda de un amo tirano y arbitrario.
Desde ese día, Ahmed se convirtió en una de sus principales distracciones. Le observaba al levantarse, cuando él hacía ya un par de horas que trabajaba, pico, pala o barrena en mano, le observaba desde la ventana del salón, sentada en el escritorio frente a la luz mortecina del ordenador portátil con el que traducía los pocos encargos que le llegaban de la editorial, e incluso desde la ventana de la cocina tenía una buena perspectiva de toda la plazoleta, cuya remodelación los obreros tardarían entre tres y seis semanas en ejecutar.
- Figúrese, después de tanto tiempo aguantando a esos drogadictos ya era hora de que el ayuntamiento hiciera algo, ¿eh?, que creí que no llegaría a ver yo el momento en que se pondrían manos a la obra, nunca mejor dicho, ¿verdad? ¿Que cuánto tiempo? Pues un mes, tal vez menos o tal vez más. Que estos musulmanes son unos vagos, se lo digo yo que sé de qué hablo, que aquí en el barrio hay unos cuantos, ¿eh?, todos con sus mantos y sus barbas, y las mujeres con sus pañuelos, y los niños pajareando por las calles, tan sucios y oscuros que parecen sarnosos. ¿Cómo me dijo que se llamaba? ¿Natalia, verdad? ¿Quiere que la ayude con las bolsas?
El portero del edificio, un hombre que hacía al menos un lustro que debía haber tramitado su jubilación y que desprendía un fuerte hedor a tabaco negro que intentaba disimular royendo caramelos de eucalipto que se pasaba con la lengua de un lado al otro del interior de la boca, golpeando irritantemente sus escasas muelas mientras hablaba, le agarró una de las bolsas del supermercado, la que menos pesaba, sin darle tiempo a responder y con la pausa necesaria para insuflarse aire con el que proseguir su perorata.
- Aunque lo peor, sabe usted, es lo que ha originado toda esta gente, esta especie de odio que se ha despertado de golpe, sin ir más lejos, aquí mismo, en el barrio, se ha visto a cuatro o cinco mocosos de esos de las cabezas rapadas molestando a algunas mujeres y a otros muchachos, marroquíes, claro, o hindúes, o pakistaníes, vaya usted a saber, que a mí me parecen todos iguales, y vaya por delante que yo no soy racista, ¿eh?, que uno es hijo de emigrantes…
Le cerró la puerta antes de que se le metiera en casa, murmurando una excusa peregrina y un tosco agradecimiento. Avanzó por el estrecho pasillo hasta la cocina, dejó las bolsas sobre la mesa de fórmica legada por un anterior inquilino y antes de repartir la compra semanal entre la nevera, los cajones y los armarios descorrió las cortinas y echó una ojeada por la ventana, hacia la plazoleta, sólo para cerciorarse de que Ahmed seguía allí, inmerso en sus rudas tareas habituales, totalmente ajeno al súbito interés que había despertado más allá de la frontera de la terraza enladrillada, desde donde ella se dedicaba a contemplarle sin rubor alguno, creyendo, hasta aquel momento, que su acto de alcahueteo sin testigos, sin ojos, sin voces acusadoras, quedaría impune y absuelto de toda culpa. Pero cuando sus ojos chocaron con los de Ahmed tardó unos segundos en reaccionar, en darse cuenta de la obviedad de haber sido descubierta. Maldiciendo su ineptitud y su torpeza, se imaginó a sí misma, su rostro lechoso sonrojándose tras las cortinas, el flequillo rubio cayendo en cascada sobre su frente, la expresión culpable y la mirada bobalicona antes de correr nuevamente las cortinas y desear que la tierra se abriera bajo sus pies y la succionase sin remedio ni piedad, pero un segundo antes de efectuar el movimiento con la mano que le hubiera bastado para salvaguardar la irrisoria dignidad que le quedaba, le pareció que Ahmed se dirigía a ella con un gesto claro y elocuente que no podía llevar a confusión.
Se apartó de la ventana y rebuscó nerviosamente entre las bolsas del supermercado que seguían sobre la mesa. Al no encontrar lo que buscaba, creyó que había olvidado comprarlo y se reprochó su mala memoria y aquel descuido inoportuno, pero justo en el fondo de una de las bolsas, al lado de tres latas de atún y de un paquete de barritas nutritivas con las que sustituía la cena un par de veces por semana, se topó con la botella de agua mineral de un litro y medio de tamaño, tan refulgente como el más valioso de los hallazgos. Cogió la llave de la verja, que colgaba de un clavo en la pared de la cocina, y salió con la botella entre los brazos, triunfal y orgullosa de su hazaña, mientras cruzaba sus tres metros de suelo embaldosado, abría la puerta y le entregaba a Ahmed lo que tan solícitamente le había demandado.
De hecho, se lo pidió por gestos, como por gestos fueron, a partir de ese momento, todos sus acercamientos. El día siguiente al de aquel encuentro fue el primero de los muchos que siguieron cuando, al finalizar su jornada laboral, Ahmed irrumpió en su vida para saldar sin dilaciones la deuda contraída y entregarle ceremoniosamente una botella de agua precintada, haciendo gala, al principio, de un rubor y una cortesía que le parecieron excesivos y que, sospechaba, encerraban una especie de sometimiento y obediencia a todo lo que ella simbolizaba. En sus encuentros posteriores, mucho más relajado y despojado de cualquier decoro o formalismo, Ahmed se consagró a la tarea de efectuar minuciosos reconocimientos a los diferentes estados vitales por los que transitaban las plantas que poblaban cada una de las macetas del patio, y tras detectar algunos geranios, hortensias y azaleas que estaban a punto de marchitarse, le enseñó cómo regarlas, cómo desmocharlas, cómo fumigarlas, cómo distinguir las buenas hierbas de las malas, e incluso les aplicó algún tipo de fertilizante que extrajo del bolsillo interior de la mochila que llevaba colgada al hombro y dónde solía guardar una fiambrera de aluminio que desprendía un hechizante olor a especias y aderezos inclasificables. Y se figuraba, al ver un día tras otro sus manos ya cansadas, manchadas por el yeso y el cemento, desgranando suavemente la tierra humedecida, palpando las hojas de las plantas, sus esquejes y sus tallos con una asombrosa delicadeza, que Ahmed había sido jardinero, allá de donde fuera que viniese, antes de empaquetar sus escasas pertenencias y encaminarse hacia lo que imaginaba un futuro rebosante de oportunidades que pasaba por un presente mediocre y desalentador. Y cuando ya no quedaron flores o plantas a las que condonar la vida, ambos se sentaban en un par de sillas que había cargado entre vaivenes y ajetreos a lo largo de las doce paradas de metro que mediaban entre su piso y el IKEA más cercano y contemplaban, bajo el manto que le confería al cielo la luz anaranjada del atardecer, el horizonte de edificios desvencijados y los avances en las obras de remodelación de la glorieta que pronto llegarían a su fin.
- Natalia, hija, qué bonitas tienes las flores.
Pero sabía que su madre, que sólo se dignaba a visitarla un par de veces al mes, desaprobaba todo lo demás. El piso, el barrio, los escasos trabajos que le llegaban de la editorial, el divorcio de Carlos que, pese haber sido tan necesario como amistoso, no significaba otra cosa para su madre que el mayor error de su vida. No olvidaba los cómo puedes divorciarte de él, Natalia, hija, con lo guapo que es, y joven, y listo, y abogado, y de una familia tan de bien y tan de misa con los que durante meses la estuvo atormentando antes de asimilar que, en el fondo, la mayor de sus tres hijas siempre había tenido espíritu de hippie. Eso la reconfortaba, pensó Natalia, como si el hecho de ser hippie, como su madre decía, fuera una extravagancia pasajera que sin duda se extinguiría con la edad. Pero los treinta y seis años que acopiaba ya en su currículo vital y el haber estado tanto tiempo fuera del mercado laboral, desde que acabó la carrera, se casó con Carlos y vivió de los altos ingresos de su marido, convertían la supuesta transitoriedad de su vida en un estado mucho más perdurable de lo que en realidad su madre imaginaba.
Contempló a Ahmed a través de las rejas de la puerta del patio, por encima de los hombros enjutos de su madre, cubiertos por una rebeca de punto para protegerse del aire fresco que sólo ella percibía, como si bajar de la zona más alta de la ciudad a la más baja, tan cercana a un mar que únicamente veía y en el que casi nunca se bañaba durante los meses de verano en la torre de Caldetes, con los nietos que sus otras dos hijas, mucho menos bohemias, habían tenido a bien en obsequiarle, supusiera también un descenso de la temperatura ambiental y un detrimento en la suya propia.
- Ahmed las cuida.
Le observó en la distancia, y pese a que aquel día se encontraba atareado a varios metros de allí, podía visualizar sin ningún problema el perfil oscuro de su rostro: la nariz ganchuda, los labios gruesos, carnosos, sus largas patillas perfectamente recortadas, el cráneo ovalado, el pelo negro, brillante y rasurado, muy corto, en el que despuntaban algunas canas solitarias y dispersas, la barba de tres días que no ocultaba el hoyo en el mentón ni una curiosa cicatriz en forma de media luna que cruzaba parte de su mejilla izquierda.
- ¿Ahmed? ¿Quién es Ahmed?- Y añadió, resignada de antemano a no obtener respuesta- Natalia, hija, conoces a gente muy rara.
Pero contrariamente a lo que su madre suponía, a Ahmed nunca llegó a conocerlo, al menos no de una manera convencional. Conocía, por ejemplo, la forma exacta de sus manos, de sus dedos, de sus uñas, cortadas a trazos irregulares y apresurados, pero no sabía cómo se apellidaba. Conocía sus ojos oscuros, que conocían, a su vez, tres estadios cromáticos diferenciados en función de la intensidad de luz del sol al reflejarse en ellos, pero no sabía su edad, ni el nombre de la región de donde procedía. Conocía sus silencios mucho mejor que sus palabras, su voz honda, firme aunque cadenciosa, aterciopelada, como si no quisiera dañarle los oídos con voces vacías, huecas, carentes para ella de todo significado.
- Quédate.
Aquella tarde, Ahmed la miró sin comprender, tal vez sin querer comprender, o puede que ni siquiera la escuchara, mientras retiraba la silla y se colgaba la mochila al hombro. Se despidió como otras veces, con una sonrisa y una ligera cabezada. Le vio salir y alejarse, la mano derecha sujetando la mochila, la izquierda en el bolsillo del pantalón, el paso tranquilo, relajado, satisfecho del día que finalizaba. Y como de costumbre, esperó cinco segundos antes de echar la llave a la puerta del patio, haciendo acopio de fuerzas para evitar el impulso de salir a la calle y llamarle a gritos, como una verdulera elogiando sus coles, sus nabos, sus tomates, o esperando que fuera él el que anduviera sobre sus pasos para decirle que sí, que esa noche se quedaría con ella, esa noche y la noche siguiente, y la de después, y todas las noches que estaban por venir durante el resto de sus días.
Vio las tres siluetas a través de las rejas, ocultas alevosamente por las sombras del anochecer que les conferían un aspecto tenebroso, engrandecido, amenazador. Escuchó sus voces quedas, los murmullos cómplices, los pasos furtivos que crecían en intensidad hasta dar lugar al correteo firme, veloz, ligero, el trote de las seis piernas que no tardarían en dar alcance a su objetivo. Se le aceleró el corazón cuando vislumbró el destello brillante, inconfundible, de la hoja, y fue entonces cuando recordó las palabras del portero, el caramelo de eucalipto en el hueco de sus muelas; pensó también en el capataz grasiento, en su porte de trasnochada superioridad; y pensó en su madre, que despreció a Ahmed con sólo escuchar la rareza de un nombre que sin duda le trajo a la cabeza rostros oscuros, pañuelos en el pelo, bisbiseos en mezquitas y sudores agrios.
Abrió la puerta con el miedo palpitando en sus sienes, los bombeos del corazón inundándole el pecho, y se lanzó a la calle sin otra arma que la profunda convicción que aquello no podía estar ocurriendo, que no era justo, ni razonable, que el mundo no estaba tan enfermo, tan podrido, tan descompuesto. Le llamó una, dos, tres veces. Le llamó una cuarta vez y una quinta. Su propia voz resonaba en su cabeza, junto al fragor de la suela de sus zapatillas de tela sobre el suelo adoquinado, y se dio cuenta que el silencio lo inundaba todo, que lo ruidos más cercanos se encontraban lejos y que hasta allí sólo llegaban sus ecos; los motores de los coches, los cláxones, el silbato de un agente de la Guardia Urbana, el pitido de los semáforos para invidentes.
Echaron a correr, como cobardes, cuando ella apareció jadeante ante el quicio del portal dónde le habían dado caza, como lobos hambrientos en busca de su ración de carne. Se arrodilló frente él y le acarició el pelo, la barba incipiente, los párpados, la boca sedienta, antes de taponar con sus propias manos el tajo en el abdomen y pensar absurdamente que la sangre que escapaba por entre sus dedos era del mismo color que la tierra con la que Ahmed había dado vida a los geranios, las hortensias y las azaleas que esperaban la llegada del rocío en los tiestos de sus tres metros cuadrados de patio enladrillado.


* * *


Las puertas del ascensor se abren con pesadez, como si no quisieran liberarla ni arrancarle la angustia que lleva cosida al pecho. Sale apresuradamente, el taconeo firme, seguro, elegante, pisando con fuerza el suelo blanco, higienizado, y se dirige al mostrador más cercano, no sin antes cruzarse con varios ejemplares de las hordas emponzoñadas que pululan por los centros de la sanidad pública (un viejo escuálido con la mirada turbada, una mujer negra con una prole de niños idénticos, de cabezas oscuras y grandes, agarrados a sus coloridas faldas, un hombre joven de aspecto cadavérico, la mirada tan perdida como la del viejo senil), y recavar la información que anda buscando. Le da las gracias al muchacho parapetado detrás del mostrador y elige las escaleras, esta vez, con objeto de ganar tiempo y de evitarse más contactos desagradables. Llega, al fin, entre ligeros acaloramientos, a la tercera planta del edificio, que se le antoja mucho más armoniosa y relajante de lo que ha visto hasta ahora. Camina a lo largo del pasillo mientras cuenta impacientemente los números que figuran en el dintel de las puertas de las habitaciones, adornadas muchas de ellas con jarrones repletos de flores y tarjetas de felicitación, hasta dar con el número que busca. Golpea con los nudillos, tenuemente, simple formalidad, y abre la puerta sin aguardar respuesta.
- ¡Mamá!..
Natalia le obsequia con una sonrisa espléndida y llena que, a pesar de los surcos de cansancio que imprimen su aspecto, le confiere una belleza relajada, tranquila, placentera. Su yerno, sentado en la cama, a su lado, quien también la observa ahora, ha borrado su sonrisa, y aunque ni la emoción ni la alegría han conseguido despojarse de su rostro, el agotamiento también hace mella en él. Pese a todo, se dice, ambos son la estampa de la felicidad más absoluta y siente, de golpe, un vacío, un conato de vergüenza, un trastorno que la abochorna y que se obliga a disimular. Sonríe a su hija, les sonríe a ambos, y se acerca a la cunita de acero y plástico que aparece tras el cuerpo de Ahmed cuando éste se levanta.
La niña es hermosa, fuerte, y está despierta. Su piel es suave y su olor agradablemente dulzón. Agarra y encierra el dedo meñique de su abuela, con inusitado vigor, cuando ésta le acaricia el cuerpecito, y en ese momento los espasmos acuden a ella, tímidamente al principio, con aprensión, marcados por el ritmo del collar de perlas tintineando sobre los botones de la camisa hasta ir creciendo en intensidad y convertirse en un llanto abierto, desbocado, que sólo consigue apaciguar el contacto de las manos oscuras al posarse sobre sus hombros con suavidad.
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Re: CPIV- AHMED Y LOS LOBOS

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 15:38

Historia correcta con final feliz (demasiado para mi).
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: CPIV- AHMED Y LOS LOBOS

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:37

me costó entrar en la historia y el final tuve que leerlo dos veces para saber a quien te referias pero me gusta cuando ya empiezas a hablar de Ahmed, en algún momento parecía que incluso le tenía delante...
Leyendo: La feria de las vanidades
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Desierto
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Re: CPIV- AHMED Y LOS LOBOS

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 20:56

Descripciones detalladas y muy realistas. Se nota que está escrito por alguien acostumbrado a ello. La historia es emocionante no por lo que pasa sino por cómo están de bien expresadas las emociones de la protagonista. El final, aunque es posible que pudiera suprimirse y con ello quizá mejorase la impresión que produciría, también tiene algunos brillos magistrales (marcados por el ritmo del collar de perlas tintineando sobre los botones de la camisa -me encanta este detalle... muy visual).
Por poner alguna pega, hay frases demasiado largas, sobretodo al principio, en las que a veces el autor/a se lía, quedando difíciles, poco fluidas.

De todos modos, hasta ahora es uno de mis favoritos.
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Minea » 15 Abr 2009 21:00

Me costó entrar y salir de la historia, lo mejor es cuando habla de Ahmed, está tan bien descrito que parece real.

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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Nieves » 15 Abr 2009 22:37

Este es el primero que he leído y me ha gustado mucho. Quizás el comienzo tiene párrafos demasiados largos, pasando de una cosa a otra que lían un poco. También me ha pasado como a Angel que he tenido que leer dos veces el final para saber de quién estaba hablando, pero presiento que ésto es precisamente lo que se buscaba.
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por El Ekilibrio » 16 Abr 2009 10:09

Este relato está muy bien escrito. El único problema para mi visión subjetiva es casi muero con la sobredosis adjetival. Pero negar que es un gran relato sería hipócrita por mi parte.

¡Felicidades!
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Fenix » 16 Abr 2009 15:05

Me ha pasado como a Eki, excesivas adjetivaciones explicativas: "después de que el chirriante pitido de la máquina expendedora le anunciara el final de su modesto proceso de elaboración" esto es el churretazo de café en el vaso de plástico. Otra: "Regresó junto a la anciana de la bata rosa y acolchada, desgastada por el uso y por los muchos centrifugados de una lavadora que imaginaba obsoleta, lejos de los modernos y livianos aparatos que se fabrican hoy en día, tan vieja, caduca y cargada de un gravoso historial de reparaciones a su espalda como su propietaria" o sea, la bata y la vieja hechas un asco.
Cuesta al principio, pero como las grandes faenas toreras va mejorando, y mejora cuando deja de ser tan explicativo, cuando suelta la pluma y escribe sin tanta sobredefinición. El final, feliz y la madre de Natalia a joerse con el morito.

takeo
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por takeo » 16 Abr 2009 18:20

Tres páginas leídas. Frases larguísimas que empiezan de una forma y se embrollan en otras disquisiciones interminables.

Como dice Fénix, lo que puede decir con tres palabras utiliza diez renglones. Y no era obligatorio lo de lo seis folios.
No tengo paciencia. Pero como decís que luego mejora lo mismo regreso a él ¿en qué página empieza a escribir normal? 8)

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Cronopio77
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Cronopio77 » 16 Abr 2009 18:58

Aviso a navegantes: me voy a cebar en este relato; almas sensibles, no sigan leyendo. Eso sí, antes de empezar creo conveniente realizar una aclaración. No obsequio a este relato con mi crítica más dura porque piense que es el peor de los presentados; no es así, ni mucho menos. Lo hago porque creo que el autor tiene un gran dominio del lenguaje, tanto en la fluidez y naturalidad de la prosa como en la riqueza de vocabulario, y me entristece comprobar cómo desaprovecha su potencial y su talento. Por supuesto, todo lo que voy a comentar a continuación se basa en mi concepción de la literatura; la crítica es, pues, totalmente subjetiva.

Ya que he alabado la prosa del autor, comienzo mi crítica refiriéndome a ella. Como ya he comentado en otro hilo, creo que la prosa novelística (y de relato) ha de ser funcional: una herramienta mediante la cual el autor trata de conseguir que el lector represente en su cabeza el mundo en el que transcurre el relato. Esto puede lograrse de infinitas formas: con un estilo sencillo y preciso (como el de Borges), o con una prosa complicada y experimental (como la que Joyce utiliza en el Ulises, sobre todo en el último capítulo). Lo importante, en cualquier caso, es que el lenguaje no sea el fin, sino el medio. En muchos pasajes de este relato, por el contrario, percibo exactamente lo opuesto. En ellos, el objetivo del autor parece ser escucharse a sí mismo, en lugar de transmitir al lector una ambientación y una historia. A consecuencia de ello, el autor cae en lo que considero un mal vicio, desgraciadamente muy presente en la literatura nacional hodierna: rellenar párrafos con todo tipo de digresiones y descripciones que, ni comunican una acción, ni contribuyen a crear una atmósfera. Como ejemplos representativos, destaco varias divagaciones repartidas, sobre todo, por las primeras páginas del relato: sobre la lavadora de la vieja que está sentada junto a la protagonista, sobre las máquinas de café de los hospitales, sobre las agencias inmobiliarias... Todas ellas le sirven al autor para exhibir su buen estilo, pero a costa, en mi opinión, de destruir la atmósfera del relato.

Otro punto más importante y que me ha dejado mal sabor de boca es la posición de superioridad moral en la que el autor coloca a la protagonista y a sí mismo. Los personajes secundarios del relato son el perfecto estereotipo del malo-malísimo. Tenemos, por un lado, al capataz abusador e insensible, que, además, es horrible físicamente ("una espalda poblada de pelos y barrillos"); y, por otro, al portero racista, inculto y también físicamente repugnante ("que desprendía un fuerte hedor a tabaco [...] golpeando irritantemente sus escasas muelas mientras hablaba"). Lo cual se complementa con la típica madre que quiere para su hija un marido rico y de buena familia. Todo esto genera la impresión de que el narrador siente verdadero desprecio por todo lo que no sea su protagonista y su enamorado, desprecio que se culmina, ya al final del relato, con el siguiente comentario: "no sin antes cruzarse con varios ejemplares de las hordas emponzoñadas que pululan por los centros de la sanidad pública". Esta última frase me genera la desagradable sensación de que el narrador se coloca a sí mismo muy por encima de "lo vulgar".

Como ya he dado a entender con anterioridad, uno de los objetivos más importantes y más difícil de conseguir en un buen relato es una buena atmósfera y una buena ambientación. Quizá por eso me molesta sobremanera que el autor engañe al lector para tratar de generar esa atmósfera. El relato comienza con la protagonista en el hospital y el lector queda con la impresión de que Ahmed se encuentra muy malherido. Pasada la mitad de la narración, el autor escribe: "pero contrariamente a lo que su madre suponía, a Ahmed nunca llegó a conocerlo, al menos no de una manera convencional". Tras la lectura de esta frase, lo obvio es concluir que, bien Ahmed murió en el hospital, bien, por el motivo que fuera, se alejó para siempre de la protagonista. El final, sin embargo, desmiente taxativamente lo afirmado en la frase citada: la protagonista sí llegó a conocer a Ahmed.

Y, como creo que ya me he cebado lo suficiente, lo dejaré aquí. Espero que el autor del relato no me odie por este comentario. Aunque parezca lo contrario, lo he escrito con buena intención.
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Arwen_77 » 17 Abr 2009 01:06

Un relato meritorio, original en la forma de presentación, que consigue mantener la atención.
No obstante le pongo más o menos el mismo pero que ya le habéis puesto. Sobreadjetivación y una forma de contar algunas cosas de forma tan complicada que roza en lo pedante. Parece que el único que merece la pena en la historia es Ahmed, porque está buenísimo y el resto de la gente es mala, fea y huele mal.

Con que consiguiese "bajar un pelín más a ras del suelo" para mi ganaría, pero bueno, hay a quien le gusta el estilo sofisticado. Mi enhorabuena al autor.
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Ororo » 17 Abr 2009 13:08

Será repetir lo que ya habéis dicho, pero ahí va: el primer párrafo es prácticamente una oración compuestísima, demasiados adjetivos y adornos que dificultan la lectura. Pero esto parece que desaparece a partir de la segunda página más o menos (o es que te vas acostumbrando). Es la única pega que le veo. Si no fuera por esto, habría sido perfecto en mi opinión.
Me ha gustado mucho por las descripciones, los detalles visuales, el argumento y el final me ha emocionado :wink: : “... y convertirse en un llanto abierto, desbocado, que sólo consigue apaciguar el contacto de las manos oscuras al posarse sobres sus hombros con suavidad.”
Enhorabuena!!
:eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap:
(Además, el título despista)

En cuanto a los comentarios de otros foreros:
Takeo, yo de ti lo leería hasta el final. Igual te va gustando más :wink:
Cronopio, no creo que el/la autor/a manifieste una posición de superioridad por describir de forma cruda lo que ve en el hospital y en el barrio... Más bien creo que intenta dotar de mucha crudeza al escenario y se pasa un pelín provocando sensaciones como la tuya.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Emma » 17 Abr 2009 19:33

No ahondo en lo ya dicho porque no estaría a la altura de la disquisición de Cronopio :lol: pero es que el parrafo inicial en que adjetiva hasta a la lavadora lastra el comienzo del relato. Mejora cuando consigue interesar al lector en la vida de sus protagonistas, aunque el desarrollo se vea venir. Sorpresa final, no pensaba que
sobreviviera...y la suegra a joerse! :twisted:
Cuando aligere su narración de adjetivos mejorará mucho. Enhorabuena al autor.

¿puedo señalar una errata? ¿puedo? :lengua:

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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Aprendiz de Meiga » 20 Abr 2009 21:44

Está muy bien escrito, aunque también destaco el exceso de adjetivos. Me gusta mucho la historia que surge entre ella y Ahmed, también esta muy bien el personaje de la madre de ella.

El final algo lioso... igual se debe a mi cansancio! :8_cafe:
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Re: CPIV- Ahmed y los lobos

Mensaje por Matu » 23 Abr 2009 00:48

Las descripciones son muy realistas, logran crear un clima genial, preciso, contundente. Pero... cómo me costó leerlo. :? No porque la historia fuese mala -al contrario, me gustó mucho- pero creo que la adjetivación excesiva jugó en contra. Por momentos se me hizo muy pesado.
Se nota que el autor sabe escribir, y tal vez así es su estilo. A mí no me gusta, pero no quita la gran capacidad que demostró tener.
Una buena historia. Me gustó, felicitaciones :)

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