CPIV- El sonido de la luz - Fley (Finalista Jurado)

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Arwen_77
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CPIV- El sonido de la luz - Fley (Finalista Jurado)

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 22:32

EL SONIDO DE LA LUZ

La primera vez que Eric soñó con Timoteo, le llamó la atención su perilla, larga, retorcida y de color negro tiznado. Era gordo, de rasgos caucásicos y siempre vestía el mismo kimono beige. Eric se preguntó alguna vez si no se cambiaría el kimono o si tenía muchos iguales, pero al fin y al cabo, qué más daba como vestía un sueño.
El nombre de Timoteo debió ponérselo por un personaje de tebeo de su infancia, que se llamaba igual y que era asombrosamente parecido a aquél tipo que desde ese día se empeñó en aparecer en sus sueños cada cierto tiempo, sin avisar ni pedir permiso.
Aquella primera vez estaba en una tienda de campaña, como la de un indio piel roja, con un pequeño tótem y una hoguerita afuera. Todo ello plantado en medio de un desierto de arena blanca, sin dunas ni una línea en el horizonte que cortase el cielo gris sin nubes. Parecía una obra de teatro sin público, lo cuál era bastante turbador.
-Llevas caminando desde que oíste la luz.-dijo Timoteo en cuclillas atizando el fuego.
-¿Desde que oí la luz? No te entiendo... tengo sed.-respondió Eric confundido.
-La buscas a ella.

Como una hoja dejándose llevar por un riachuelo serpenteante. Así hacía Eric que su dedo viajara desde el omoplato izquierdo de Claudia hasta la insinuación de su coxis.
El dedo se entrelazaba entre los bordes elásticos de las bragas sus bragas hasta que ella soltaba un gemidito que sólo era una queja fingida. Después dejaba que el dedo aventurero remontara el camino contracorriente, navegando sobre las vertientes de los costados hasta llegar de nuevo al omoplato que, echada Claudia boca abajo con su brazo flexionado, formaba un trampolín perfecto desde donde saltaba incauto al vacío.
Eric de buscaba pequeños lunares, manchas o curvaturas en la espalda de Claudia que le dijeran que era imperfecta, tan normal y mortal como él. Ella reía cuando le pedía que se mantuviera quieta para volver a pasar el dedo sin apenas tocar su piel, tan solo haciendo que el bello de la joven se crispara a su paso. Eric la observaba dormida durante horas y horas, y pensaba en que si Claudia le abandonaba, lo perdería todo.

Claudia sonreía constantemente. Nadie podría recordarla mucho después sin una sonrisa en los labios. Aunaba picardía y belleza, astucia y erotismo.
Tenían un olivo en el jardín de su casa, cerca de las montañas. Alrededor de éste, Eric tocaba el violín mientras ella bailaba con los perros. De estas sesiones tomaba Eric las palabras. Esas palabras le servían para elaborar los crucigramas que vendía a gran parte de los periódicos de Kosovo. De eso vivía Eric. Al moverse Claudia al ritmo del su violín, veía largos conjuntos de sílabas danzando a su alrededor, acompañándola.
Por donde pasaba el ondulado pelo negro y de brillos azulados de Claudia, Eric veía tildes, comas y guiones como un rastro de estrellas y burbujas de colores, como Lennon los veía en su Lucy in the sky with diamonds. Sus largas faldas, que brillaban con el sol, derramaban palabras que, al pronunciarlas Eric, le traían el sabor de la miel, el limón, la mantequilla y el aguacate.
Pronunciar su nombre era escuchar la melodía más bella jamás compuesta.
-Claudia.- recitaba Eric ensoñado.- ¿A qué sabe tu nombre? ¿A qué huele? ¿Qué forma tiene tu nombre, Claudia? Quizá la de una estrella de mar en la falda de un peñasco, o puede que la de un crisantemo en el cabello de una niña. Claudia, Claudia. ¿Qué colores me regalas, Claudia? ¿Cuál es el secreto que me escondes, Claudia?
Y Claudia reía y se burlaba mientras Eric fingía enfadarse.

Turpin era amigo de Eric. Trabajaban juntos en el periódico. Escribía las esquelas y las necrológicas. En mesa de Turpin reposaban diariamente un buen montón de cartas que guardaban el nombre de un reciente fallecido. Turpin bromeaba:
-Imagina un día abrir una carta y ver tu propio nombre escrito.- luego se reía, y lo hacía como lo haría un cerdo, pensaba Eric. Le gustaba empezar a leer el periódico por las esquelas que había escrito para la tirada de ese día y musitaba cosas como “excelente” o “cada día lo hago mejor”. Durante el almuerzo Turpin solía recrearse leyéndole alguna esquela a Eric:
-“Al participar a sus amistades tan dolorosa pérdida ruegan la tengan presente en sus oraciones y asistan al funeral "corpore insepulto" por el eterno descanso de su alma.” ¿No es maravilloso?
Eric asentía sin decir una palabra. Turpin era un buen hombre, a pesar de su peculiar sentido del humor. Era algo taciturno. No tenía esposa ni hijos, ni los quería tener, mentía. Un día después de cenar con Eric y Claudia bajo el olivo que estos tenían en su jardín, ella se alejó unos instantes a por un pastel que había preparado como postre. Turpin, de bigote abundante y calva incipiente, soltó un largo suspiro.
-Haría lo que fuera por tener una vida como la tuya. Una mujer tan especial debe estar al alcance de pocos. Algo grande hiciste en tu vida pasada, querido amigo.
Turpin había trabajado de sepulturero en Atenas, su ciudad natal. Se fue de su país por amor. Ella le abandonó al poco tiempo sin darle la oportunidad de preguntar por qué.
-Los muertos sí son buena gente-recordaba Turpin-. La gente hoy en día tendría mucho que aprender de ellos. Fíjate en las calaveras. Siempre sonrientes. Hoy en día casi tienes que encañonar a las personas para que te sonrían. Mi padre decía que las calaveras parecen reírse de los vivos porque ellas ya conocen el sentido de la vida.
Eric asentía divertido. La palabra vida tenía el color, el sabor y el olor de Claudia.

Los crucigramas encajaban como piezas de un puzzle. Eso es lo que eran de hecho, piezas de un puzzle. Pero el que jugaba a los crucigramas, jugaba a crear sus propias piezas. Las letras cambiaban rápidas y eléctricas en la mente del jugador, y aparecían sinónimos a la fuerza; palabras movibles, inexactas, escurridizas. Entonces la visión de una sola palabra, la correcta, surgía de la mezcolanza de todas las sensaciones anteriores y el jugador sentía una descarga de satisfacción proveniente de la misma glándula que nutre al sexo. El orgasmo del intelecto; puritano y disimulable. Eric escribía placer. Creaba placer. Preparaba el lecho para que el jugador y las palabras, como dos amantes, se unieran sinuosamente e hicieran el amor en una dulzura frenética e intelectual.
“Un crucigrama incompleto es como un coito sin orgasmo.” Solía pensar Eric.
Recordaba, no sin cierta sonroja, una ocasión a bordo de un avión, en el que veía al pasajero sentado delante suyo que rellenaba un crucigrama con aparente desapetencia. Lo dejó incompleto porque empezaba a cabecear. Cuando se durmió Eric estuvo apunto de gritarle y despertarle para que continuara. Sintió la tentación de robarle el crucigrama para completarlo por sí mismo.
Ese mismo avión le había traído de vuelta de Prístina. Había ido a visitar a su hermano Sasha, que ejercía de psicólogo en aquella ciudad.

-Se llama “sinestesia”-le dijo Sasha mientras tomaban café en un bar envuelto de humo de tabaco y música de acordeón.
-¿Cómo? -preguntó Eric sin entender.
-Eso que tienes desde pequeño. Recuerdo que decías que los gritos de padre te sabían a brócoli y que las nanas que madre cantaba eran de color turquesa.
Eric recordó el funeral de sus padres, muertos durante las revueltas albano-kosovares en el noventa y uno, y el sabor acre de los colores del luto.
-Es algo muy raro. Por lo general los enfermos de sinestesia ven sonidos, huelen los colores y saborean las formas. Pero tu sinestesia es distinta, tú vas mucho más allá.
-¿Enfermos? ¿Es una enfermedad?-exclamó Eric sobresaltado.
-Tranquilo, no morirás por ello-repuso Sasha sonriendo.
Eric no soportaría que Turpin recitara su esquela en el almuerzo y soltara su característica risa porcina.

Claudia esperaba un hijo. La noticia les llenó de felicidad como nunca nada lo había hecho. Si era niña le llamarían Naira, como la madre de ella. Si era un varón lo llamarían Darío. Este nombre lo propuso Eric y les gustó a ambos. Cuando Claudia le preguntó de dónde lo había sacado Eric vaciló unos instantes, desconcertado. “No lo recuerdo” musitó “quizá de un sueño”.

El periódico estaba revuelto. Albania había sufrido un fraude financiero de enormes proporciones. Mucha gente había perdido los ahorros de toda su vida. Tras manifestaciones, motines y robos de armas, la conciencia del pueblo ante la posibilidad de que la guerra volviera era cada vez mayor. El Ejercito de Liberación de Kosovo se hacía cada vez más fuerte y a Milosevic no le gustaba. Intervino la OTAN y Estados Unidos. Se rompieron las negociaciones por los nacionalismos exacerbados. La antigua Yugoslavia, que tenía sus fronteras en forma de heridas abiertas se desmembraba y los cosidos y remiendos se deshilachaban ante el empuje del odio. Una vez más, el pueblo tenía miedo. Y, en estas ocasiones, el miedo antecede a la muerte.

Timoteo volvió a aparecer poco después en sus sueños, atizando de cuclillas la hoguera apostada a la entrada de su tipi, en medio de aquél desierto eterno de arena blanca. Eric nunca se había fijado en el tótem que brillaba enhiesto al crepitar de la hoguera. Era incapaz de reconocer los dioses tallados en él.
-La hoguera se está apagando. ¿La has encontrado ya?-dijo Timoteo con voz metálica, como recitando un Sutra.
-¿A quién he de encontrar?-preguntó Eric
-A ella. Por eso caminas desde que oíste la luz.
Eric permaneció callado sin saber qué contestar.
-¿A Claudia?-dijo al fin, extrañado por su propia pregunta.
Timoteo se incorporó en silencio, casi levitando, arrancó el tótem del suelo como si no pesara más que una pluma y lo echó a la hoguera, que rugió al ser alimentada.
Aún ante la claridad de la llama, Eric seguía sin distinguir los rasgos de los dioses tallados en el tronco que ahora refulgía en el fuego. Sólo acertó a contarlos. Tres.

Turpin tenía más trabajo que nunca. Pero siempre, en el almuerzo, encontraba tiempo para leerle a Eric las nuevas esquelas que creaba. En una de ellas, Turpin reconoció el nombre de un vecino suyo. Le contó a Eric que una mañana de domingo, éste vecino le anunció sus intenciones de suicidarse pero que nunca llegaba a hacerlo porque tenía miedo de morir sólo. Turpin había intentado disuadirle y la conversación había acabado en una discusión. Había muerto en primera línea de combate.
-Estaba loco-decía golpeándose la sien con el dedo índice-. Su familia había muerto en la guerra y no tenía a nadie. Al final no se suicidó porque no encontró con quién hacerlo. Por lo visto fue llamado a filas hace tres meses y le tocó ir a Albania.
-No estaba loco-masculló Eric-, se sentía sólo.
La palabra guerra le traía el sabor a tripas de pez.

Cuando la declaración de guerra fue oficial, Eric soñó con una explosión atómica. Un viento huracanado golpeaba los edificios hasta hacer estallar los cristales de las ventanas y se encontraba de cara con un muchacho con la piel vuelta del revés, que pedía agua lastimeramente. Eric sintió el escozor de sus heridas, la sed y un dolor chirriante en sus oídos. Los párpados de aquél chico habían desaparecido sobre sus ojos, abiertos de par en par, como una lechuza aviesa. El refulgir a su alrededor casi tapaba sus lloros.
-La busco a ella-decía sin apenas voz.
Cuando Eric le preguntó su nombre, el muchacho movió sus labios agrietados y musitó casi en un suspiro: “Darío”.

Darío nació pesando casi tres quilos. Era un niño rosado y robusto, y lloraba sin parar.
Cuando volvieron a casa, tallaron sus nombres en el tronco del olivo.
Darío, Claudia y Eric, uno sobre otro.
Los padres de Claudia le habían pedido a su hija que se fuera con ellos una temporada a Skopje, donde vivía una tía abuela que poseía una enorme casa en la que podrían permanecer una temporada, al menos hasta que las revueltas acabaran.
Por aquél entonces pensaban que la guerra duraría poco, hasta que la OTAN lo arreglase de alguna manera, como había hecho las veces anteriores. Pero esta vez no fue así y Eric quiso convencer a Claudia de que llevarse a Darío a Macedonia con sus padres era lo más sensato. Si empezaban los bombardeos, sería difícil salir de Kosovo.
-Yo te esperaré aquí.-resolvió Eric resuelto a no abandonar su trabajo.
-No tienes trabajo ahora.-dijo Claudia.- ¿Quién querría entretenerse en hacer crucigramas en tiempo de guerra?-y se fueron a dormir sin que Eric respondiera.
-Nuestro hijo se llama Darío,-le susurró ella esa noche cuando se acostaron- ¿qué iba a hacer en Macedonia con ese nombre? Quizá si se llamase Alejandro...
Eric sonrió. Claudia siempre sonreía.
La gente sonreía al hacer crucigramas. Decidió crear su mejor crucigrama, lleno de palabras de pasión y alegría, y regalar así parte de la sonrisa de Claudia.
Esa noche, Eric pasó toda la noche observándola dormir. Contemplaba sus labios temblantes, y el gesto ligeramente desencajado por el sueño. Buscaba en su tez tersa un recoveco en el que poder acurrucar su miedo, como Miguel Ángel debió buscar asustado alguna imperfección en su Piedad. Pensar en que ella al dormir se encontrara en un lugar al que él no podía acceder hacía que le invadiese un incomprensible sentimiento de desamparo.
Finalmente, Claudia y Darío partieron a la mañana siguiente. Se despidió de ellos con un beso en la frente, y vio alejarse la destartalada camioneta hasta que desapareció en el horizonte como lo hubiese hecho en cualquier otro día de su vida.

Las revueltas se hicieron más virulentas en Kosovo y pronto fue difícil salir de casa. Llegar hasta el periódico se convirtió en una odisea. Alguien puso una bomba en las oficinas y Turpin perdió una pierna, algo que no pareció minar el carácter del griego.
-¿Quién iba a escribir mi esquela si yo muero?-bromeó al volver días después tullido a la oficina, con unas muletas de las que jamás se desharía.
Los días pasaban lentos y pesados y cada vez era más complicado conseguir alimentos frescos. Todo lo que se comía era enlatado, suministrado por el propio ejercito para alimentar a los ciudadanos, que esperaban su turno lánguidas filas, mirando nerviosos a lo alto de los edificios. Temían a los francotiradores. Esas filas, pensaba Eric, eran caminos por los que se avanzaba con lentitud enfermiza. Si no te ponías en la fila, el hambre te conduciría a la muerte. Si te ponías en la fila, una bala surgida de un tejado podría llevarte a la muerte también. Y los gestos pálidos y desquiciados de los que acudían a la fila, que delgados y enfermizos esperaban su ración, le recordaban a las calaveras de las que bromeó en su día Turpin. Aquellas que, como decía su padre, parecían reír porque ya conocían el significado de la vida. Estas calaveras, las de aquellas fílas, no reían porque aún estaban vivas.

Una carta le llegó a Eric. Debía presentarse en filas inmediatamente.
Sabía que le tocaría el turno. Escribió a Claudia para decírselo.
Fue una carta breve, casi un telegrama. No deseaba alterarla.
Esperaba la contestación cada día, rebuscando entre la correspondencia sin abrir.
Ella le contestó poco después. “Sé que estarás bien.”, decía escuetamente contenida.

El correo dejó de funcionar al día siguiente. Ese mismo día, Turpin anunció que se iba. Era oficialmente herido de guerra y tenía un salvoconducto que le llevaría a un hospital de refugiados, al norte del país.
-Ven conmigo-sugirió el griego-. No se darán cuenta de que te has ido con tanto alboroto. Además nadie te publicará ningún crucigrama hasta que no acabe la guerra.
Eric sacó un papel del bolsillo, arrugado y manchado por la tinta corrida. Ese iba a ser el crucigrama más bello que hubiese creado, y se resolvería sólo con aquellas palabras que parecían haber sido olvidadas desde que la guerra comenzó.
-Habrá que estar preparado para entonces-dijo mientras lo guardaba de nuevo.
Turpin se encogió de hombros. Se despidió alzando una muleta por encima de las rodillas. A Eric aquella despedida no le supo a nada. Sin embargo, de alguna manera, tuvo la seguridad de que jamás volverían a verse.

El ejercito hacía sonar una sirena por las noches indicando a los ciudadanos el toque de queda, que les impedía salir de casa hasta el amanecer. Eric pensaba en el mar y en el sonido de la sirena como una terrorífica llamada a la soledad del océano.
Las tiendas comenzaron a cerrar sus puertas y a no abrirlas al día siguiente.
Los rumores de vecinos muertos recorrían las calles y las pequeñas tabernas que aún aguantaban abiertas. Pronto todas cerraron, y en las calles de Kosovo sólo hubo silencio.
Paseaba por la casa vacía sin sentir nada. Todo estaba muerto en su interior. Los platos, las sillas, los juguetes del pequeño Darío, el violín sobre el sofá y el boceto del último trabajo inacabado en el escritorio. Sacó de su bolsillo aquél papel garabateado y lo lanzó a la papelera. Las palabras, los acertijos, la confluencia de la pregunta y la respuesta se confundían ahora en los casilleros blancos correspondientes a cada letra. Esos casilleros no significaban nada. Estaban vacíos como todo en aquella casa.
Eric, allí sólo entre aquellos muros, pensó en que ya no había significado en las palabras amor, placer o beso. La sexualidad no cabía en la guerra. Y sin embargo, Eric quería convencerse de que esas palabras eran lo único que no podían dejar que la guerra les arrebatara. El silencio de la muerte apagaba el sonido de esas palabras, y con ellas la sensualidad de los cuerpos que las pronunciaban, el exotismo del omoplato de Claudia, el color de sus ojos sobre sus mejillas salpicada de pecas, el olor a azmicle de Darío y la sangre de sus padres, de todos los padres, y de los padres de los padres de estos.
-No pueden quitarnos las palabras.
Tomó el crucigrama inacabado de la papelera, decidido a terminar el trabajo.

Un obús había caído cerca esa mañana destrozando parte de la valla y los perros habían escapado. No sintió pena por ellos, y no supo por qué.
Salió al jardín para mirar el olivo aún robusto y verdoso. El olor de sus hojas y del tronco regado de savia le traían a Claudia a su memoria, bailando a su alrededor.
-Claudia-dijo en voz alta-. Pero ningún olor, sabor o forma le acompañó ahora.
Aquella noche la sirena sonó antes. La oscuridad había envuelto a la ciudad en un manto nubloso y húmedo. La correspondencia de días sin atender le trajo la noticia de la muerte de Sasha. No hubo dolor. Y al igual que cuando sus perros se escaparon, no supo porqué. Se asomó a la ventana. Las nubes negras ocultaban la claridad de las estrellas en una noche en la que no había luna y deberían haber mostrado un esplendor especial.
La brumosa capa que envolvía el cielo anunciaba tormenta. Abrió la ventana y cerró los ojos para sentir el viento húmedo y frío en su cara, que transportaba cierto olor salado del mar. Y silencio. Sólo silencio.

Se mantuvo despierto hasta bien entrada la noche acabando de preparar el crucigrama. Cuando le faltaba tan sólo una palabra para dejarlo preparado, se quedó dormido sobre el escritorio.
Timoteo le esperaba en medio del inmortal desierto blanco, esta vez no había entre ellos más que una hoguera en la que apenas centelleaban unas brasas. El resto del escenario habitual había desaparecido. Eric estaba de rodillas, con las manos hundidas en la arena, agotado, incapaz de levantarse. Una tormenta de arena se había levantado y le alborotaban las ropas y el pelo. La barba de Timoteo se retorcía como un látigo.
-La hoguera se apaga. ¿La has encontrado ya?-dijo el sueño.
Vencido por la confusión y el incomprensible agotamiento, Eric apenas acertó a articular palabra.
-¿Pero qué debo encontrar?¿Qué quieres que busque? ¿A Claudia? ¿A Darío?
Los ojos caucásicos de Timoteo le miraron fijamente, y Eric sintió pavor por primera vez desde que llevaba soñando con aquél extraño personaje.
-Busca lo que te completa. Busca lo que te dará la calma. Busca la palabra que te falta.
Eric vio a Timoteo esfumarse llevado por el viento, como si su cuerpo hubiera estado hecho de la misma arena blanca que pisaban.

Iban a dar las seis de la mañana cuando Eric oyó la luz.
Las bombas de racimo emitían un pitido ensordecedor antes de explotar y un fogonazo de luz blanca y azulada que cegaba los ojos que lo vieran. Oyó varios pitidos que se le incrustaban en lo más profundo de su cerebro como si un bisturí quirúrgico se hubiese abierto paso a través de sus tímpanos. La luz inundaba todo a su alrededor a cada nuevo pitido, que finalizaba dejando paso a un chisporroteo de olor a azufre.
Las llamas lo envolvían todo, pero no oía su rugido sobre el sonido de las luces. Miró a su alrededor. Los objetos que le habían parecido muertos en esos días ahora ardían. Su escritorio y todo lo que había en él ardía. Sus manos, al asir el crucigrama inacabado, estaban negras e infladas. Sintió el calor en sus pupilas, y al querer cerrar los ojos notó que sus párpados habían desaparecido. En su campo de visión comenzaron a aparecer manchas blancas que se extendían, como en una película velada. Tuvo sed. Salió a trompicones al jardín, abrazado a las cenizas del crucigrama. Buscó el olivo, cuyo verdor aún resplandecía entre el fuego.
-¡Claudia!-gritó una y otra vez con manos y rodillas hincadas en el suelo, envuelto en una sola llama blanca que le deshacía entre pústulas y dolor.
-¡Claudia!-gritaba buscando el sabor de su palabra, el color de sus formas, y la dulce melodía que ya no surgía. Implorándole al olivo que le devolviese la miel, el limón, la mantequilla y el aguacate que del nombre de Claudia siempre manaban.
Ya no había nada de ella en Eric. No volvería a sentir el desamparo que le inundaba cuando la observaba dormir. La palabra vida tenía el color, el sabor y el olor de Claudia.
Los nombres de los tres, tallados en el tronco, brillaban iluminados por las llamas.
Eric escuchó una vez más la luz, y su último grito apenas fue audible.
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Atali
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Atali » 14 Abr 2009 14:02

El usuario se ha dado de baja porque cree que los moderadores de este foro carecen de respeto.
Última edición por Atali el 18 Abr 2010 11:22, editado 1 vez en total.

Robert Jordan
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Robert Jordan » 14 Abr 2009 14:14

Por el último párrafo merece la pena leer el resto del relato (porque es un poco "tocho") . Me ha gustado.

Enhorabuena...

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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 14:40

Buen relato, bien llevado y con sentido. Uno de los mejores.
El pueblo debe desconocer siempre dos cosas: con qué se hacen las salchichas y como actúan los estados

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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Oria » 14 Abr 2009 22:19

¡Volvimos!

1ra lectura: No me gusta. No. No sé qué historia me quiere contar.

Sucesivas lecturas. Rectifico. Sí me gusta. Entrelaza historias. Su mundo más personal e íntimo, Claudia; el de su entorno, Turpin; el de la época que le tocó vivir, la guerra; el pasado, su hermano. Y encima la historia la vistes con la sinestesia. Perfecto para lo que cuentas, y como lo haces.
Si bien al principio lo rechacé, luego lo mastiqué despacio y he de decirte que me ha gustado el tono y el ritmo de la narración. Además, está bien escrito.

:eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap:
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:46

Al principio me perdí un poco, pero ya me he encontrado... muy bueno y me encanta esta frase: " Mi padre decía que las calaveras parecen reírse de los vivos porque ellas ya conocen el sentido de la vida". Yo por lo menos no lo había oído nunca...
Leyendo: La feria de las vanidades
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Ororo » 15 Abr 2009 12:10

Me ha gustado bastante por un argumento muy completo y la mezcla de (cruda) realidad y ficción (los sueños repetitivos). Es original desde la "enfermedad" de Eric hasta los oficios desempeñados por éste y su amigo.
Al mismo tiempo, parece tener demasiados frentes abiertos: la familia y sus rituales danzarines, la sinestesia, la pasión por los crucigramas, los sueños con Timoteo, la guerra de fondo... Luego está todo enlazado y el resultado es bueno, pero quizá tiene demasiada información para un relato corto.
¿Por qué se empeña en quedarse en lugar de irse con Claudia o Turpin? Es triste...
Enhorabuena :)
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Emperatriz_Infantil » 15 Abr 2009 20:18

Me ha gustado mucho, la forma en la que cuenta todo lo que pasa, su forma de oler los colores... casi se puede saborear la historia. Y eso que normalmente, las historias que tratan de guerra y cruda realidad no me gustan. Pero está contada de una forma tan bonita... ¡Gracias por escribirla! :D

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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 21:21

Muy buen relato. Lo que más me ha gustado: el ritmo. Lo que menos... no, no le pongo pegas.
¡Qué coño! Magnífico.
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Es el terreno resbaladizo de los sueños lo que convierte el dormir en un deporte de riesgo

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Minea
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por Minea » 15 Abr 2009 21:27

Lo primero que pensé cuando terminé de leerlo es que parecía parte de una novela, tiene madera para serlo. Muy bueno.

takeo
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Re: CPIV- El Sonido de la luz

Mensaje por takeo » 16 Abr 2009 20:02

Complejo relato con mucho ir y venir. La historia está bien pero algo me falla para que sea redondo, aparte algunas incorrecciones a corregir.

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Re: CPIV- El sonido de la luz

Mensaje por Emma » 19 Abr 2009 13:08

Me he perdido algo…¿no había sido llamado a filas? Entonces ¿por qué seguía en la casa? :roll:
Original lo de las sinestesia, y me gusta el tratamiento del dolor que provoca una guerra sin recrearse. La escena final es lo mejor.

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Nieves
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Re: CPIV- El sonido de la luz

Mensaje por Nieves » 22 Abr 2009 08:16

Me ha pasado casi como a Oria. En una primera lectura no me gustó, en una segunda me pareció mejor, pero no llegó a encantarme. Muchos temas para un relato corto, eso sí bien escrito.
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Katia
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Re: CPIV- El sonido de la luz

Mensaje por Katia » 23 Abr 2009 16:28

Muy triste.

No recordaba que eso de asociar distintos sentidos se llamaba sinestesia.

Es conmovedor. Es bueno.
La amabilidad sólo puede esperarse de los fuertes, son los débiles los que son crueles (Leo Rosten)

Lee mi novela El colisionador de hadrones

Blog: Oceanica

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Re: CPIV- El sonido de la luz

Mensaje por Ororo » 23 Abr 2009 17:44

Katia escribió:Muy triste.

No recordaba que eso de asociar distintos sentidos se llamaba sinestesia.

Es conmovedor. Es bueno.


Los flechazos, grupo mod español por excelencia, tiene una canción titulada "El hombre que confundía los sentidos" que habla sobre esta ¿afección?
La pongo en "Dedicar una canción" para el/la autor/a del relato 8)
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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