CPIV- Inframundo - Merridew

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Arwen_77
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CPIV- Inframundo - Merridew

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 23:43

Inframundo

La primera vez que hablé con Erkoreka fue en un bar perdido de Malasaña del que no recuerdo nombre ni ubicación. Seguramente había estado antes en numerosas ocasiones y habré acudido allí otras cuantas más después, pero en aquel momento sólo era uno más en la ruta y yo ya iba lo suficientemente bebido como para no preguntarme por el lugar donde entraba.
En aquella época estudiaba tercero de Filosofía, me pasaba el tiempo en la cafetería de la facultad fumando o en la biblioteca leyendo algún libro o mirando a las chicas, de vez en cuando entablaba conversación con alguna. Mis alergias me impedían tumbarme en el césped en aquel marzo poco primaveral, con el viento azotando las faldas de mis compañeras que, incautas, creían que el buen tiempo estaba ligado irremisiblemente al calendario.
Mis padres pensaban que en Madrid estaba estudiando para ser alguien culto y de provecho y, aunque no les hiciera nada de gracia la carrera que había elegido, les llenaba de orgullo poder decir entre sus vecinos que su hijo estaba haciéndose un hombre en la capital.
A mí eso me importaba un carajo. Desde que llegué a Madrid, el único provecho que saqué fue conocer un puñado de gente que sólo podría conocer en la ciudad, follar con un puñado de chicas con las que sólo hubiera podido follar en la ciudad y leer un puñado de libros que sólo podía conseguir allí, amén de otros vicios menos sanos.
En cuanto llegué mis costumbres empezaron a cambiar. Ahora me levantaba todos los días a una hora indeterminada entre el mediodía y la media tarde, y mi hígado se hubo de acostumbrar a una vida más desordenada en la que las borracheras no eran patrimonio de los fines de semana. Casi todos los días recorría bares y tascas, acompañado de uno o dos amigos y más gente que se uniera en el transcurso de la noche. A veces salía solo y llegaba a mi casa solo. Otras veces me quedaba en el piso leyendo un libro o cualquier cosa que alguien me hubiera pasado en la última semana. No sé si era feliz, simplemente me dejaba llevar.
La noche en que conocí a Erkoreka era una de esas noches en las que bebía solo pero sin pudor. Había salido tarde de la biblioteca, estuve absorbido por la lectura de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño durante varias horas, y me fui con la única compañía del libro hacia uno de los bares de Moncloa, releyendo entre trago y trago algunos pasajes, para luego bajar callejeando hacia Tribunal.
Cuando me lo encontré, había pasado el tiempo suficiente bebiendo como para poder entablar conversación con cualquier desconocido. Seguramente ya estaba allí cuando entré en el bar, pero no me di cuenta. Hasta ese momento no me había percatado de las voces que daba con sus colegas, sus risotadas y sus chistes groseros. Me resultó desagradable, pero no más que sus presuntos amigos. Sin embargo, al poco dejé de fijarme en él, absorto en mis propios razonamientos. Tras un tiempo indeterminado sentí que alguien se me acercaba pero sólo me di la vuelta después de que el individuo, cansado de llamarme insistentemente, me cogió del brazo. Reparó en mi cara, como si quisiera estar seguro de saber con quién iba a hablar, luego miró el libro, que yo había dejado a un lado encima de la barra, y me preguntó si era mío. Al saber mi respuesta me espetó que qué hacía alguien con ese libro aquí. Beber, le contesté. Parecía enfadado y confuso. Siguió haciéndome un interrogatorio cuyas respuestas eran perogrulladas, y si no hubiera estado yo igual de borracho que él le habría mandado a la mierda hace tiempo a pesar de que casi me doblaba en tamaño, pero en mi estado sólo podía concebir cierta curiosidad por el ansia de este hombre por saber quién era yo y qué hacía aquí.
Finalmente, Erkoreka se quedó callado de nuevo, se tranquilizó y se presentó, lamentando su reacción impulsiva. Acto seguido, se sentó a mi lado y me empezó a explicar que salía con una chica que estaba leyendo también Los detectives salvajes. Aurora, que así se llamaba, leía mucho y últimamente estaba muy emocionada con Roberto Bolaño, no dejaba el libro ni a sol ni a sombra, y le contaba con pasión lo bien que se lo estaba pasando, con más pasión de la que salía de su boca al follarla. El tipo estaba realmente colgado de su novia, e incluso intentó leer la novela sin mucho éxito, pues la dejó a las primeras páginas: nunca se había destacado por ser buen lector, precisamente. Estaba tan enchochado que había probado varias veces con el libro, con la misma fortuna. Erkoreka comentaba triste que era un mundo en el que él no podía entrar, en el que tenía el acceso prohibido por más que quisiera.
Ese hombre hecho y derecho, grande, fuerte y chulesco –las maneras con que entabló conversación conmigo no me parecieron las más adecuadas- se sentía impotente ante el mundo de su chica, un mundo que nunca había conocido: apenas acabó el colegio se puso a trabajar de lo primero que encontró, y así seguía, mientras que ella estaba doctorándose en Historia del Arte. Esa misma tarde, al entrar en su casa (vivían juntos desde hace tres meses) se había encontrado a Aurora con un par de amigos, que le incluyeron amablemente en la conversación que estaban teniendo: precisamente estaban hablando de Bolaño y de Los detectives salvajes. No dijo nada durante horas. Incluso uno de esos amigos, que parecía muy tímido, charlaba animosamente a pesar de confesar que no lo había leído. Nada más quedarse la pareja sola empezaron a discutir. Erkoreka decía que esos tíos sólo se la querían tirar y ella simplemente no entendía por qué se había puesto así, pero el tipo reconoció que la discusión no tenía sentido y era su envidia disfrazada de celos la que hablaba por él –así lo confesó, supongo que todos los borrachos creemos tener la culpa de todo lo que no nos ha salido bien-. Acto seguido se marchó y acabó aquí con unos amigos olvidándose del tema, me encontró a mí, o mejor dicho a mí y a mi libro, y según sus propias palabras se derrumbó.

La mañana siguiente ya era mediodía. La resaca me hacía recordar momentos fugaces de la noche, inconexos, un tipo dándome el coñazo con su novia, una sensación de aprensión y cansancio, sin mucha novedad. Sin embargo, al darme la vuelta y ver el libro en la mesilla, con las esquinas comidas, las hojas arrugadas y las manchas de alcohol en la portada, me pregunté por primera vez cómo sería Aurora. Me resultaba incomprensible que la chica que me describía Erkoreka se sintiera interesada por un tipo así, no sólo por su incultura o por su zafiedad, sino por el poco respeto a sí mismo que emanaba de sus gestos.
Una o dos semanas después terminé de leer Los detectives salvajes en una cafetería de Hortaleza cercana a la Gran Vía. Por alguna razón, desde aquella noche no me separaba de la novela, su portada ajada me acompañaba fuera donde fuera, y cuando la acabé no me sentía capaz de pasar la última página, tenía la sensación de que debía ocurrir algo. Incluso durante tres o cuatro días seguí con ella a cuestas, a veces releyendo algún que otro párrafo que no me había quedado claro, otras veces por pura inercia. Pero, finalmente, el libro, como tantos otros, acabó desperdigado por el suelo de mi habitación, convirtiéndose en otro elemento más de su decoración informal.
Al poco tiempo volví a encontrarme con Erkoreka, esta vez en el Palentino. En esta ocasión yo iba acompañado y sólo llevaba un par de cervezas encima, pero él parecía mucho más avanzado en la ingesta. Creo que me vio pero o no me reconoció o no quiso hacerlo. No habían cambiado ni él ni mis sensaciones, seguía resultándome desagradable a pesar de que no tenía nada en su contra. Estuvimos bebiendo durante un rato más, y yo esperaba que él me mirara, me dijera algo, me preguntara por el libro. Pero no parecía darse cuenta de mi presencia, algo normal estando el bar hasta los topes.
A nuestro grupo fue uniéndose más gente durante la noche, algunos conocidos y otros no tanto. Pese a que la conversación fluía con mis compañeros, yo estaba más pendiente de los movimientos de Erkoreka, hasta que vi que hacía amago de marcharse. Como tenía que pasar cerca de mí para llegar a la salida, sólo hizo falta colocarme de espaldas y esperar a que se chocara conmigo e intentara empujarme, cosa que hizo sin ningún rubor. Entonces me di la vuelta y le saludé como a un viejo amigo. Él, en cambio, no pareció muy divertido con la sorpresa. Le presenté a mi gente e insistí para que se tomara la última con nosotros. Miró a sus amigos y vio que se habían parado: ellos también encontraron conocidos y se quedaban.
La conversación se fue fácilmente hacia Aurora y el libro. Yo le comenté que hacía poco que lo terminé de leer, pero no me hizo caso y empezó a describir cómo ella movía los labios aunque leía en silencio, muy concentrada, y él se quedaba a veces en la puerta de la habitación, sin saber si interrumpir o no, tal es la paz que le transmitía verla allí aislada del mundo. Me describió inocentemente cómo permanecía en una pasividad completa, de su cara no se movía ningún músculo, su mano izquierda siempre sujetando las páginas ya leídas, mientras que la derecha mantenía abierta la novela, y al pasar las páginas recorría primero el borde de la hoja de arriba abajo, la pasaba suavemente y la alisaba después, como si estuviera acariciándola. Yo no hacía ningún esfuerzo para que la conversación fluyera, Erkoreka hablaba como si no estuviera allí, como si lo hiciera para sí mismo, aunque de vez en cuando me miraba para comprobar el efecto que sus palabras hacían en mí, quizá buscando que yo le revelara el secreto de aquella lectura, el porqué de esos momentos, que le hiciera comprender el placer que obtenía de aquella novela y similares. Yo no fui capaz de responderle en aquel momento, creo que tampoco lo sería ahora. Lo único que salió de mis labios fue preguntarle por qué parte del libro iba, cosa que respondió con vaguedad: por la mitad, más o menos. Esto me hizo sentir en una posición de superioridad. Era una tontería, pero no podía evitar ese orgullo, sobre todo porque le humillaba a él, que no había sido capaz de leerla. Yo estaba en posesión de aquel secreto, yo sabía qué se escondía en la mente de Aurora.

A partir de ese momento, mi curiosidad hacia aquella mujer que no conocía aumentó. Me hice visitante asiduo del Palentino por si me encontraba a Erkoreka, y descubrí que teníamos mucho más en común de lo que creía: los dos bebíamos sin importar día, hora y compañía. A veces me lo encontraba bien temprano con sus compañeros de trabajo, nunca en la terraza, con la primera caña del día en la mano. Otras veces estaba meditabundo y taciturno, como esperando a que yo llegara. En algunas ocasiones entablaba conversación con algún desconocido o algún grupo y yo me quedaba espiándole y esperando a que me descubriese. Nos fuimos conociendo algo mejor, y supe que trabajaba como técnico frigorista –en una ocasión se ofreció para instalarme aire acondicionado en mi piso, y casi gritando, en una explosión típica de borracho, me llamaba su amigo y me garantizaba, mientras era zarandeado por sus brazotes, que podía contar con él para lo que quisiera–, que aunque había nacido en un pueblo del País Vasco, del que me dijo el nombre pero no le presté la suficiente atención, se mudó a Madrid siendo muy pequeño y mil cosas del estilo, pero a mí lo único que me importaba era cuando hablaba de Aurora. Me resultaba curioso al principio, desesperante después, que nunca estuviera junto a él en los bares. Decía que era muy independiente, y que aunque le gustaba salir, no lo hacía por las tascas que él y yo frecuentábamos. Y acto seguido pasaba a describirme la caída de sus cabellos rizados sobre la mesa cuando leía sentada en el escritorio, o cómo a veces aparecía de repente en el salón mientras él veía la tele tras una de sus interminables sesiones de lectura y le comenzaba a acariciar y le hacía el amor más suave de lo normal, más lenta, más concentrada en cada movimiento.
Creo que si me contaba tantas cosas de Aurora era porque yo podía entender ambas partes. Por un lado, me movía por los bares sin pudor ninguno; por el otro era un chaval culto que leía libros y, sobre todo, no alardeaba de ello, no se sentía cohibido por mi presencia. Simplemente leía y punto. Me llegó a considerar uno de los suyos y aunque nunca coincidimos en otro lugar que en tascas y tabernas, teníamos una visión bastante completa el uno del otro. A partir de cierto momento, quizá para evitar que sospechara de mí, empecé a contar retazos de mi vida, a veces reales, otras veces falsos, aunque lo hacía sin ninguna intención. Pero a los dos parecía que lo que más nos interesaba del otro era hablar de Aurora, de cómo canturreaba entre dientes tras cerrar el libro, mirando al frente, a un punto situado sólo en su mente. Me contó que tras la discusión que propició nuestro encuentro se había habituado a bajar a leer en una cafetería situada al lado de su casa. Había sido una decisión propia, Erkoreka no le impuso nada, y además le dijo que no le importaba que siguiera leyendo en su piso, cosa que seguía haciendo pero sin entusiasmo, quizá ella no se encontraba del todo a gusto en su presencia sin hacerle caso, algo había cambiado.
Efectivamente, algo había cambiado. El último día que le vi estaba destrozado, completamente solo, y esta vez no tenía una cerveza en la mano, sino un whiskey. Permanecía sentado en un taburete de la barra, absorto en sus pensamientos. En su mano derecha, apoyada sobre ella, tenía aprisionadas unas cuantas hojas, parecían arrancadas de un libro. Me presenté, como siempre, dando voces de colegueo de la manera más falsa que pude, él solamente se quedó mirando un punto que parecía estar justo detrás de mi cara. Yo no reaccioné enseguida, simplemente seguía allí como esperando una respuesta. Eché un vistazo fugaz a la mano, Erkoreka se fijó y tiró las hojas al suelo. Se levantó lentamente, y me dijo que había discutido con Aurora, otra vez sin motivo, y estuvo a punto de pegarla pero en el último momento agarró el primer objeto que tenía delante y descargó su ira en él, de un solo golpe. Y miró las hojas tiradas en el suelo. No dijo más, se marchó.
Instintivamente, le seguí. A una distancia prudencial. Erkoreka caminaba rápido por las calles de Malasaña, salvando barrenderos, vagabundos, chinos vendiendo cerveza y tallarines, gente de fiesta, otros borrachos. Fue callejeando, cruzó la Gran Vía y bajó hasta Sol sin sospechar que estaba persiguiéndole. Siguió por Carretas y cruzó hasta Huertas, hundiéndose de repente en un portal oscuro. No sé cómo regresé a mi piso, pero lo hice rezando por recordar al día siguiente el número del edificio. Pasé la noche en un duermevela, con la sensación de realidad entumecida por el alcohol y los nervios. Creo que llegué a soñar varias veces con personajes indeterminados que se cruzaban en mi camino y yo intentaba reconocerles, lo cual me resultaba del todo imposible y me iba hundiendo en mi propio sudor, un sudor tan oscuro como la noche.
Amanecí con un terrible dolor de cabeza, me duché y almorcé con rapidez, me tomé dos cafés y salí a la calle, la luz del día lo inundaba todo y pese a mi jaqueca me estaban entrando unas ganas terribles de vivir. Madrid siempre está lleno de gente, pero al menos a estas horas podías tomarte un respiro. Llegué finalmente a la misma calle que había grabado en mi memoria hace tan solo unas horas, pero no entré al portal sino que fui dando un paseo por los alrededores. Huertas es una zona pintoresca en la que te puedes encontrar desde la tasca más pordiosera disfrazada de taberna tradicional para gusto de los turistas hasta el lugar aparentemente más moderno en el que tienes la extraña sensación de que todo está tan cuidado que parece de plástico. Entré en uno de esos sitios modernos, con velas que despedían una luz anaranjada que relajó mi ansiedad y aumentó mi turbación interna. Pero parecía un sitio agradable, con espacio para sentarse y disfrutar tranquilamente de una conversación con los amigos a bajo volumen, y la música sedante acariciaba mis oídos. Con sensaciones tan livianas, mi sentido de la realidad no acababa de aclararse.
La vi sentada en la barra, era la única persona que lo estaba. Me senté cerca, a una distancia prudencial. Leía un libro como si nada a su alrededor pasara, sus cabellos castaños y rizados caían sobre la barra. Pasó una página con tranquilidad y tras hacerlo hizo como si la alisara con la mano derecha: estaba a punto de acabar el libro. Pedí una infusión y seguí observándola durante un rato más. Aquel lugar era bastante tranquilo, la poca gente que había a esta hora hablaba en voz baja, como si nadie quisiera romper la intimidad de la cafetería. La chica terminó de leer el libro, lo cerró y se quedó mirando al frente, a un punto inexistente. Al cabo de dos minutos empezó a mover los labios, como si tarareara algo para sí misma, y su mirada se volvía cada vez más lánguida. Me acerqué:
- ¿Qué hay detrás de la ventana?
- ¿Qué?
- Es el final.
- Ah. ¿Lo has leído?
- Sí.
- ¿Y qué te pareció?
- Que hay libros que pueden hablarte de ti mismo si aparecen en una época correcta.
- A veces es el libro el que hace que parezca la época correcta.
- Por lo que estás diciendo, esa época quizá no ha aparecido del todo para ti. Le faltan hojas.
- Ah, sí… Hay gente que no entiende que el cariño no se demuestra compartiéndolo todo.
- Pero hay cosas que son necesarias compartir para que ese cariño sea profundo, sea algo más, sea amor, ¿no?
- Pareces un chico muy joven. Seguro que piensas que el amor es una cosa, el cariño otra, la pasión, la amistad, el sexo… Seguro que buscas a tu pareja ideal bajo esa fachada de descreído, que eres un romántico que nunca está conforme con la chica que tiene delante, porque esa chica se ha rebajado para ofrecerte su cuerpo, en lugar de ponértelo difícil o hacerte sufrir. Mira, yo soy igual que tú. Cada día creo que voy a perder a la persona con la que estoy, porque estoy con una persona, ¿sabes? Una persona que no entiende que el cariño no se demuestra compartiéndolo todo, y ¿sabes qué es lo peor? Que yo sí lo entiendo, pero cada día temo que por eso pierda a la persona que más quiero, porque él no sabe que no me hace falta compartir nada con él, que lo único que quiero compartir es mi vida, ya está. Yo ya he aprendido esta lección, pero me quedan muchas todavía por aprender. Por eso estoy aquí, ahora, hablando contigo, por la lección aprendida y por ese temor.
- Cómo puedes querer a alguien que no te entiende.
- No lo sé… Quizá sea precisamente por eso, porque tema que el frágil hilo que nos une se rompa, porque amplía mi mundo sin darse cuenta, él no necesita pavonearse delante de una chica como yo con su imagen impostada de bohemio, simplemente le gustaba. ¿Sabes cómo se construye una relación? Pues yo no lo sé, pero hasta aquí he llegado, no sé qué más me queda por hacer, pero sé que lo intentaré.
- Sigo sin entenderte. Pareces muy independiente pero todo eso que estás contando da la impresión de ser justo lo contrario. ¿Nunca te has arriesgado? Estoy seguro de que te gustaría dar esa parte de ti que no encuentra hueco en él, que cada vez se hace más íntima porque no puedes compartirla, y te quema por dentro. ¿Estás con él porque le quieres o porque temes que nadie más te quiera? Hay libros que parecen hablar de ti en el momento adecuado, y hay personas que aparecen, sin saber cómo, en el momento adecuado también, que se sientan a tu lado en una cafetería y te hablan del último libro que han estado leyendo. ¿No deberías pensar que las cosas surgen por algo, que quizá el riesgo merezca la pena, que lo que tú dices que es romanticismo es auténtico amor que con el paso del tiempo se te ha olvidado y has decidido la comodidad de un amor del que ya no esperas más? ¿Es amor o es miedo?
- Algún día aprenderás que todo eso que tendemos a separar en categorías de amor, pasión, cariño, amistad y muchas más son las infinitas caras de una misma moneda. El amor no se categoriza, chico, el amor se vive, y cada uno es diferente. Que tengas las emociones más exaltadas no quiere decir que sea más profundo, cuando pasan de explosiones que se esfuman enseguida a sensaciones que van creciendo, ampliándose y enriqueciéndose hasta que te das cuenta de lo maravilloso de cada pequeño detalle, es cuando ese amor permanece. Los libros sólo son literatura.
Tras lo cual se levantó, sacó el bolso y dejó algo de dinero en la barra. Antes de irse, me miró y dijo:
- Pero tranquilo, la literatura también es maravillosa.
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Atali
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Atali » 14 Abr 2009 13:57

El usuario se ha dado de baja porque cree que los moderadores de este foro carecen de respeto.
Última edición por Atali el 18 Abr 2010 11:17, editado 1 vez en total.

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ciro
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 15:05

Una reflexion sobre el amor muy bien llevada.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Ororo
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Ororo » 14 Abr 2009 17:32

Me ha gustado mucho. Está muy bien escrito, sin ser ampuloso. Habla sobre el amor sin ser sensiblero. Están muy bien explicados los sentimientos de las tres personas.
Sin complejidades cuenta una historia muy profunda.
También está entre mis favoritos.
Enhorabuena! :D
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Ángel_caído
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:06

me gusta, también creo que está muy bien escrito, me ha llamado más la atención el personaje de Erkoreka, con su inseguridad y el final me encanta... :402:
Leyendo: La feria de las vanidades
*Pienso, luego insisto* *** Recuento 2012

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Cronopio77
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Cronopio77 » 14 Abr 2009 23:41

Me parece muy original. Lo que más me llama la atención es cómo el narrador se deja a sí mismo en el más absoluto de los ridículos, tras presentarse como (y tratar de convencer al lector de que así es) una especie de intelectual interesante.

No me gusta, sin embargo, cómo se lleva la trama. Me parece que el protagonismo de Los detectives salvajes es excesivo, sobre todo teniendo en cuenta que el estilo de vida del narrador es muy parecido al de los protagonistas de la novela de Bolaño (sobre todo en su primera parte). A ratos da la impresión de que al autor le hubiera gustado ser Roberto Bolaño y escribir Los detectives salvajes, y que eso es todo lo que justifica el relato.
"Cónclave", mi última novela. ¡¡Descárgala gratis!! http://www.bubok.com/libros/2115/Conclave
Visita su hilo en el foro: http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... 10&t=31897

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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Gabi » 15 Abr 2009 01:42

:eusa_clap: :eusa_clap:
Me encantó! Muy buena la descripción de los personajes, un mensaje profundo y un final redondito :P
"Sé selectivo en tus batallas, a veces tener paz es mejor que tener la razón".

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Desierto
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 11:39

Un buen relato, está bien escrito y las personalidades e inquietudes de los personajes están muy bien llevados. Toca un tema manido y difícil sin resultar ni repetitivo ni empalagoso. Mucho mérito, sí señor.
La única parte que cojea para mi gusto es el último diálogo. resulta demasiado forzado para un primer encuentro, un poco inverosímil. Parece que el autor tenía las hojas contadas para que Aurora al final expusiese las teorías del autor sobre las relaciones entre personas de distinto sexo de un plumazo.

Aun así, uno de los que más me ha gustado hasta el momento. Se lee con facilidad y aumenta la intensidad de la trama de forma paulatina y elegante.
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Katia » 15 Abr 2009 21:51

Tengo una sensación contradictoria con este relato. Pero ese desenlace es maravilloso

(...)- Algún día aprenderás que todo eso que tendemos a separar en categorías de amor, pasión, cariño, amistad y muchas más son las infinitas caras de una misma moneda. El amor no se categoriza, chico, el amor se vive, y cada uno es diferente. Que tengas las emociones más exaltadas no quiere decir que sea más profundo, cuando pasan de explosiones que se esfuman enseguida a sensaciones que van creciendo, ampliándose y enriqueciéndose hasta que te das cuenta de lo maravilloso de cada pequeño detalle, es cuando ese amor permanece. Los libros sólo son literatura.
Tras lo cual se levantó, sacó el bolso y dejó algo de dinero en la barra. Antes de irse, me miró y dijo:
- Pero tranquilo, la literatura también es maravillosa.


Efectivamente, no hay compartimentos estancos para "el cocktail emocional" que todos albergamos dentro. Y el amor se vive, como decía Cervantes por boca del Quijote, "el corazón tiene razones que la razón no entiende".

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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Minea » 16 Abr 2009 15:33

Creo que el final llega muy rápido, tras tantas palabras sobre Aurora, me choca que ella le hable tan directamente al protagonista cuando acaba de conocerlo.

takeo
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por takeo » 16 Abr 2009 18:13

Algunas veces los verbos no están en consonancia. Está bien la historia, los personajes y el universo que recrea.

Candil
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Candil » 19 Abr 2009 09:42

Me ha gustado. Esta bien escrito y es inteligible ya que queda claro desde el principio lo que uqiere decirnos el autor. Ademas, prefiero las historias urbanas a las intergalácticas y las historias de vida y realidad a las de muerte y/o sueños. Sobresaliente

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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Emma » 19 Abr 2009 13:16

No termina de convencerme, pero no sé muy bien por qué. Tal vez porque se me ha hecho un poco largo para lo que finalmente nos cuenta, que por otro lado está muy bien narrado.

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Nieves
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por Nieves » 22 Abr 2009 08:35

¿Por qué se titula inframundo? ¿Me he perdido algo?. La idea es buena, quizás para un relato un poco más largo. La chica habla de cosas muy profundas en un primer encuentro ¿no?.
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SHardin
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Re: CPIV- Inframundo

Mensaje por SHardin » 24 Abr 2009 18:28

Me gusta mucho. Me encanta como te engancha con lenguaje simple y directo y una vez que te tiene atrapado va elevando el nivel casi sin que te des cuenta. El final aunque me gusta, no lo veo resuelto con la misma maestría que posee el resto del relato.

Uno de mis favoritos.

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