CPIV-La maldición-Patrick Ericson (Gan. Mcul. y Final. Jur.)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Arwen_77
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CPIV-La maldición-Patrick Ericson (Gan. Mcul. y Final. Jur.)

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 23:46

LA MALDICIÓN

Tenía muchos nombres y uno sólo, como la tierra. Y como ella, era raíz oscura, tierno vaivén escondido. La llamaban con voces diferentes y múltiples, sorteando su mirada y sus cabellos de puntas tronchadas, rasgando su piel cautiva de dúctil inercia. Cautiva desde la indecisa niñez, su vida había transcurrido sin muñecas ni alegría de juegos.
Los ojos de Andrea -llamémosla así- chispeaban o se fundían en la nada más oscura, desbordando esa angustia idiotizada que se agitaba bajo el indomable impulso de sus pupilas. Su retrato era el de alguien de necesidades primarias: barbilla saliente, puntiaguda; frente corta, estrecha, de animal torpe; huesos faciales muy pronunciados y de traza irregular; delgada, esbeltez sin caderas, pechos agudos que el sujetador acentuaba aún más. Era un mar de gestos, guerrilla de miradas, clamor confuso enredado en sus zapatillas, en sus rizos de color dorado fulgurante.
Allá a lo lejos, debajo del tiempo, se polarizaba un perenne frotar de manos y estropajos, un delantal a rayas verdes y grises con lamparones de grasa y vino. Empujones del viento contra las ventanas; esquina sórdida donde se hacinaban los recuerdos más remotos de su infancia. Madame Guillot, dormilona y brutal, eructaba aguardiente y siseaba palabras en un idioma mal aprendido que le infundía pavor. Por las noches, todas las noches, año tras año, Andrea se aferraba al deseo de la muerte como única salida.
Gorda, cuadrada, despeinada y grasienta, Madame Guillot cabeceaba al andar con pasos jadeantes y cortos. La perseguía siempre, sin respiro. La ceñía como una amenaza de maldición irremediable.
—Tienes que trabajar hasta agotarte, porque nos cuesta nuestro dinero mantenerte. ¿Tu padre?… ¡Vete a saber quien era! Y la perra aquella que te vendió a mí y a mi hombre, a cambio de un vestido de moaré negro con adornos de tul, unas medias y unos zapatos, ni sabemos a dónde fue ni cómo llegó hasta aquí. Hicimos un mal negocio al quedarnos contigo.
Don Pascual, su segundo marido, irrumpía, algunas veces, en las vociferaciones de su mujer, dándose un aire patriarcal.
—¡Deja en paz a la muchacha¡ Cada cual a su trabajo.
Andrea agachaba su cabeza con docilidad animal y se iba a la trastienda a sacudir, a cepillar la ropa, a limpiar los estantes y el calzado hediondo. Madame Guillot resoplaba su ira y su turbia malignidad.
Lo peor era cuando don Pascual, los sábados, se marchaba a divertirse con su compadre Julián, por los alrededores de Vallecas. Entonces salían de sus torvos cubiles los chillidos de rata de la vieja, el increpar al marido por el dinero gastado en juergas y, finalmente, los golpes e insultos del matrimonio que, hechas las paces, entre bufidos y lloriqueos, se aglomeraban contra la niña.
En las perchas resobadas pendían como náufragos sin forma los vestidos y los trajes. Hombres y mujeres sin rostro, sin manos, sin pies, sin voces. Sucios fantasmas de una inacabable pesadilla rotulados por el precio. Tan sólo el pedazo de cartón significaba algo. <<El precio>>…Estas dos palabras formaban una sola. Sobresalían de forma hueca, muda. Eran el pan y la sal para el matrimonio de chamarileros. Para Andrea, era el miedo al palo si se equivocaba al vender o comprar. Fue lo primero que aprendió a decir cuando sus palabras olvidaron aquellas otras de cariño, cada vez más distantes, borrosas, subyugadas al gesto y a la risa de alguien que no podía recordar quién era.
Presa entre infortunados desconocidos, muertos… y <<El precio>>; balanceo viene, balanceo va. El color y el olor descomponiéndose en infinitas náuseas y en una sola angustia. La luz anaranjada de la bombilla, día y noche, sin parpadeo, vigilando aquel osario común de indumentarias de toda clase donde resonaban, en todas direcciones y tonos, los ecos únicos de: EL PRECIO.
Cierto día, don Pascual empezó a mirarla con otros ojos, envolviéndola, contorneando su silueta, su dimensión; lo mismo que al <<género>>. Cuchicheaban, él y su mujer, a retazos su intrínseca conversación. Andrea sintió crecerle aún más el miedo. Dormía vestida, a sobresaltos. Madame Guillot se recreaba en desnudarla con ojuelos torcidos, llenos de grumos legañosos, sopesando el posible valor de su cuerpo. Se le cuajaban unos vahos de regocijo y abuso cada vez que la miraba. Andrea oía el cloquear de sus rodillas desmoronándose por el temor. Por la noche, se veía a sí misma colgando de una percha, igual que los trapos, con el cartoncito de… ¡El Precio!
—Sí, señor. A cuatro reales la pieza. Más barato que nadie. No tema. Vea, véala. No araña, ni muerde. Y tiene mucho temperamento, ya lo verá el señor. ¡Anímese!… ¡Llévesela¡
No por cuatro reales, sino por cuarenta fue cedida de los sebáceos y cortos dedos de don Pascual a la grasa untuosa del señor Villaviciosa. Asco invencible de aquella sonrisa, de aquellas manos, de aquel cogote movible empastado de sudor. Le robó su virginidad y el deseo de vivir, y ello la convirtió en un ser peligroso capaz de albergar en su corazón oscuros pensamientos. Pudo haber soportado una vida dedicada a la esclavitud, más no contaba con ser también un objeto de uso personal y motivo de enriquecimiento.
Después de aquello hubo de meditar profundamente su suerte futura, a solas en su cuarto, sintiendo como la sangre inocente que perfilara su himen se cuajaba en costras sobre sus muslos, de fiebre vencidos. Nació la rabia y el odio en contra de aquellas personas que la habían arrojado al pozo del servilismo, que la habían vendido al igual que si fuese otro de sus trajes de segunda mano sin remordimiento alguno de conciencia. Se sintió invadida por el demonio de la perversidad: empujones de viento contra las ventanas en la noche, aire que plañía y suplicaba tiernas misericordias a un dios ignorado. Pero Andrea no tendría piedad de sus amos proxenetas. Les daría su merecido, aunque perdiese su vida en el intento.
Y llegó la noche. Aprovechando que dormía la pareja de rufianes —vulgares comerciantes de objetos y almas—, se levantó de la cama sin hacer ruido y fue hacia la cocina. A oscuras fue tanteando las paredes, los armarios y alacenas, hasta dar con el cajón donde Madame Guillot guardaba el cuchillo grande de partir la carne. Sintió el frío acerado de la hoja entre sus manos, como un dios vengador dormido en su propia inconsciencia pero susceptible de despertar en cualquier momento. Entonces supo lo que tenía que hacer.
Arropada por el silencio y la oscuridad, subió lentamente las escaleras para evitar el chirrido de la madera podrida, llevando consigo su estallido de violencia, su indignación, y la rabia acumulada durante todos los años que emocionalmente se sintió presa de sus recuerdos.
<<Eres hija de nadie…Y a nadie le debes lealtad>>, se dijo mientras abría, delirante, la puerta del dormitorio donde dormían los chamarileros.
Como un espectro, como una sombra despiadada entre las tinieblas del infierno, con un afán inexorable de fatalidad, se deslizó subrepticiamente por entre el camastro y el armario ropero que olía a moho y alcanfor. Cegada por el odio, alzó su mano para asestarle al hombre varias puñaladas sin que le importaran los gritos de dolor que vinieron a romper el silencio de la noche. Don Pascual tuvo suerte: una de las incisiones le atravesó limpiamente el corazón, falleciendo al cabo de unos segundos. No ocurrió lo mismo con Madame Guillot, la cual recibió distintas cuchilladas en el pecho y en la garganta. Y aún así, la muy cicatera gritaba… gritaba su oscura maldición con la voz ahogada por la sangre y la rabia:
—¡Arderás en el infierno¡…¡Arderás en el infierno¡
Poco después llegó el silencio, y con él la apocalíptica realidad. Andrea contempló horrorizada sus manos. El cuchillo cayó al suelo y, tintineando, fue a parar debajo de la cama. Temblaba de arriba a abajo, asustada. Un terrible pensamiento le asaltó al ver sus manos manchadas de sangre: el madero rígido del garrote vil y la capucha del verdugo. Tenía que huir, dejar atrás Madrid y esconderse lejos, muy lejos; en el sur.
La noche fue su aliada, y la luna testigo de un terrible juramento que habría de perseguirle por el resto de su vida.
<<¡Arderás en el infierno¡…¡Arderás en el infierno!>>, era lo único que registraba su enloquecido cerebro.
Después de vagar varios días de un pueblo a otro, huyendo de su deleznable conciencia, recuperó el sentido de la orientación al descubrir que no le quedaba nada que echarse a la boca. Los pocos alimentos que se llevó consigo tras el crimen duraron tanto como su miedo a ser aprehendida por la justicia. Ahora debía ganarse el pan con el sudor de su frente. Y eso, según tenía entendido, no era tan fácil. Lo único que sabía hacer era vender o comprar trastos inútiles, como ella misma.
<<¡Mi cuerpo!>>, pensó en un acceso de cordura.
Una vez la obligaron a prostituirse, y volvería a hacerlo si fuera necesario. Lo importante era sobrevivir. Seguir adelante.
Por eso, nada más llegar a Murcia se dejó embaucar por una alcahueta que ejercía su oficio por los alrededores del malecón que lindaba con el río. Su nombre era María del Pilar, aunque todas sus amigas la llamaban <<Maripili>>. Era una mujer de carácter alegre que rondaba los cuarenta. Fue tal la elocuencia de sus palabras, que consiguió despertar el interés de Andrea diciéndole que podría ganar mucho dinero con su cuerpo. Congeniaron al instante, tanto que decidieron asociarse con el fin de repartirse los beneficios de su trabajo.
De ella aprendió, con el tiempo, las artes más refinadas del prostíbulo; artimañas de mujer con las que podría desplumar fácilmente a los ingenuos que cayeran en sus redes.
Pasados unos años su fama creció entre quienes vivían en el sórdido mundo de los bajos fondos. Fueron muchos los hombres, y muy poderosos, los que tuvieron el placer de visitar su alcoba y gozar de su alegría y juventud. Y fue precisamente un concejal del Ayuntamiento, que se había prendado de ella, quién le ofreció la oportunidad de ganar una pequeña fortuna. Sólo tenía que subirse en una de las carrozas que habían dispuesto para desfilar por la ciudad el día del Entierro de la Sardina. No obstante, debía ganarse los veinte duros de plata que pensaban entregarle, haciendo de diablillo en lo alto de un carruaje que simbolizaría el infierno. En el contrato rezaba que debía ir totalmente desnuda, cubierta tan sólo por una capa de color rojo, un sombrero infernal con cuernos a los lados, y un enorme tenedor que sujetaría con una de sus manos mientras durase el trayecto. Por supuesto no había en toda Murcia una mujer, decente o no, que tuviese el valor de mostrarse en público de aquel modo tan libertino. Todas temían la crítica popular.
Pero Andrea hacía años que había perdido el honor y la decencia, aunque no la virtud del recuerdo. Tanto era así, que a veces se despertaba en mitad de la noche gimiendo su culpa. En sus pesadillas más horrendas veía mujeres con velos enlutados, o escuchaba susurros y escalofríos de voces, de gestos que señalaban de forma imperativa un camino de <<irás y no volverás>>, bordeado de cipreses. Cada vez que apagaba las velas para dormir, sentía los pasos espectrales de los muertos rondar su cama, haciéndole señas terribles y pegajosas de llamada. Entonces ella, para burlar el delirio, remetía sus ojos hacia dentro buscando paisajes soleados y alegres, ruidos cotidianos, mundos de vida donde poder aferrarse y alejar el miedo. Porque había aprendido que no bastaba con taparse los ojos de fuera, las miradas, si quería evadirse de los espectros. Tenía que pensar en algo corpóreo, tangible, que se opusiera a las imágenes incoloras y adhesivas de la muerte. Andrea no quería morir. Tenía miedo a saberse encerrada en esa caja sin respiración que se llama ataúd, a que hundieran su cuerpo bajo tierra con todos los infinitos silencios… rodeándola.
Sin embargo, aquella noche era distinta. Tuvo que dejar a un lado sus viejos temores para mostrarle al mundo lo divertida y pagana que podía ser la vida. Estaba dispuesta a convertirse en el centro de atención de una ciudad que había sido durante años su único refugio. Murcia se mostró generosa con ella, por lo que pensaba regalarles a sus gentes una visión que jamás olvidarían: la del esplendor de la juventud, en su estado más puro, y el irresistible encanto de la lujuria.
Dos fornidos mozos, vestidos también con disfraces de Lucifer, la subieron en volandas en lo alto de la carroza, donde la esperaba un sillón forrado de tafilete rojo y unas argollas para las manos con el fin de que pudiera representar la esclavitud del pecado. Una vez que tomó asiento se creyó la mujer más poderosa del mundo; allá arriba, desde donde podía observar a los hombres y sentir sus miradas de deseo recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Tan absorta estaba imaginando el voluptuoso espectáculo que iba a ofrecerles a los ciudadanos de Murcia, que ni siquiera se dio cuenta de que era esposada a las argollas que pendían a ambos lados del sillón.
¿Qué pensarían ahora Madame Guillot y don Pascual si pudiesen verla?... ¿Cual sería la opinión que tendrían de su pequeña Andrea si supieran que se había convertido en la prostituta más afamada de la provincia de Murcia, en una mujer cuya renta anual superaba con creces lo que ellos no hubiesen ahorrado en toda su vida? Posiblemente, vociferar de rabia rasgándose las vestiduras. Pero ya todo daba igual. Sus almas se pudrían en el infierno.
El sonido de los cohetes en la noche primaveral, estallando en distintos colores, fue el detonante para el inicio de la fiesta. Las carrozas de El Cielo y El Infierno iban en primer lugar, abriéndose paso a través de la Gran Vía al tiempo que los sardineros arrojaban toda clase de dulces a ambos lados de la avenida, golosinas que eran recogidas con afán por los más pequeños con el consentimiento de sus padres. La muchedumbre, casi toda masculina, comenzó a silbar al descubrir la belleza oculta de Andrea, enloquecida por la visión del cuerpo desnudo de aquella diosa del pecado. Era un escándalo, pero un escándalo aceptado por gran parte de la ciudadanía. Los piropos resultaban agradables al oído, porque les seducía la atrevida actuación de una muchacha cuyo disfraz maléfico provocaba en los más libidinosos húmedas escenas de deseos inconfesables.
Andrea, encumbrada en lo alto de la carroza, cerró los ojos para escuchar mejor los vítores del pueblo. De la más absoluta miseria había ascendido hasta lo más alto; de ser esclava, en Madrid, a convertirse en la reina de Murcia.
Sin embargo, un escalofrío de muerte recorrió su cuerpo al sentirse vigilada. Abrió de nuevo los ojos, buscando con la mirada la causa de su inquietud. Allá abajo sólo podía ver centenares de cuerpos arrebujados unos contra otros; hombres en busca de emociones fuertes, mujeres de dudosa reputación, como ella, y malandrines que hurgaban en los bolsillos ajenos con el fin de hacerse con un pequeño botín. No obstante allí, entre el gentío, había algo o alguien, que deseaba su mal por encima de todo. Fue un presentimiento que le nació del corazón. La sospecha de que algo terrible estaba a punto de suceder.
En aquel instante iban por el jardín de Santo Domingo, camino de la estrecha avenida denominada Trapería; la cual recibía su nombre gracias a los distintos comercios de telas que se alineaban a un lado y otro de la calle. Para entonces, su excitación se había dilatado y ahora sentía como la vigilaban unos ojos expectantes, anónimos entre la multitud que se aglomeraba a su alrededor. Y he aquí que vio a una mujer que gritaba, una vieja oronda y grasienta que formaba parte del grupo de sardineros que marchaban en primer lugar. Se quedó bastante sorprendida, pues aquella mujer era la viva imagen de la señora Carmen. Señalaba, sin dejar de reírse, las linternas de gas que colgaban de las farolas. Andrea la observó con interés, intentando averiguar el significado de aquel gesto. Luego volvió a mirar la estrecha callejuela. Y entonces comprendió lo que trataba de decirle.
Los responsables del evento no habían tenido en cuenta el poco margen que existía entre las linternas de gas de la calle y el decorado de cartón piedra de las carrozas. Tampoco ahora eran capaces de prever la tragedia, ya que estaban beodos como cubas y su único deseo era llegar lo antes posible a las proximidades del puente, para iniciar los fuegos de purificación. Al margen de la mujer, que desapareció de su campo de visión, Andrea fue la única en comprender que, de entrar allí, con lo amplios que eran los carruajes, corrían el riesgo de arder antes de tiempo. Lo sabía; por eso luchó violentamente por soltarse de la prisión que la mantenía inmovilizada a los brazos del sillón de Lucifer, gritándole a sus compañeros de parodia para que subiesen a quitarle las argollas. Pero nadie la escuchaba. Estaban pendientes de su fiesta particular.
Entonces ocurrió que su temor se hizo realidad: la llama del farolillo prendió en el costado derecho de la carroza y una lengua de fuego espeso ascendió con rapidez sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Los primeros en abandonar el carruaje fueron los mozos disfrazados de diablo, y lo hicieron llevados por el instinto de supervivencia. Desoyeron los gritos de desesperación de la pobre Andrea, la cual, al ver que nadie vendría a liberarla, trató de romper las cadenas con frenéticas sacudidas de sus brazos y su cuerpo al tiempo que lloraba de impotencia entre delirantes convulsiones. Los sardineros y demás personajes trataban inútilmente de sofocar las llamas con mantas y cubetas de agua proporcionadas por los vecinos en su afán por ayudar. Pero el delirio común impedía su trabajo y lo único que consiguieron fue chamuscarse la piel y ahogarse con la fumarada gris que desprendían la madera y el cartón.
Finalmente desistieron. Ya nada podían hacer por la joven que aullaba de dolor desde lo alto de la carroza.
Andrea sintió las caricias del fuego en su cuerpo al prender la capa y el sombrero. La sangre comenzó a hervir en sus venas de tal modo que, a los pocos segundos, sintió como le estallaban bajo la carne debido a la temperatura. En apenas unos segundos se vio envuelta por las llamas, y aunque quiso gritar le fue imposible debido a la cortina de humo que ahogaba y oprimía su garganta. Su única idea, en aquel instante, era que iba a morir abrasada sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Tras unos momentos de angustia y desesperación, le vino a la memoria las últimas palabras de doña Carmen, aquel juramento que la había acompañado durante tantos años:
<<¡Arderás en el infierno... Arderás en el infierno!>>, le pareció oír una voz en su cerebro.
Entonces, poco antes de morir, recordó el papel que estaba representando y el nombre de la carroza a la que iba esposada. Y he aquí que, finalmente, comprendió el significado de la espeluznante maldición lanzada por la vieja. La maldición resultó legítima al ser vulnerada la ley de Dios. En consecuencia, el eco de su crimen regresaba a ella para hacer justicia. Porque, aunque le resultara difícil de creer, lo cierto es que estaba ardiendo en <<El Infierno>>.
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Atali
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Atali » 14 Abr 2009 13:55

El usuario se ha dado de baja porque cree que los moderadores de este foro carecen de respeto.
Última edición por Atali el 18 Abr 2010 11:16, editado 1 vez en total.

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ciro
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 15:08

Muy buena historia. Como me ocurre en otro relato , no me gusta cierta moralina.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Ororo
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Ororo » 14 Abr 2009 17:40

Utiliza en ocasiones un lenguaje complicado, lo que le da un toque poético y oscuro que me encanta. El principio es magnífico. Qué bien descritas las sensaciones de Andrea, la descripción de personajes y ambientes es muy detallada y el final simbólico está muy bien. La forma en que vive el momento "reina del carnaval" está muy bien descrita. Produce muchas sensaciones.
También lo tengo entre los mejores.
:402:
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Aprendiz de Meiga » 14 Abr 2009 18:14

Es bastante impactante. Una temática fuerte que se te atraganta al leer.

Está muy bien (d)escrito y el final es muy bueno.
"Que no haya sueños que se queden pendientes"

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Minea
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Minea » 14 Abr 2009 18:28

Este es otro de mis favoritos, está muy bien escrito y el final es buenísimo.

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Ángel_caído
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:08

me ha impactado el final, quiero decir que la pobre, con lo que ha sufrido en la vida y encima termina así... pero me gusta...
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Desierto
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 21:23

Muy bueno. Un pa de "cómo"s que quedan por acentuar pero uno de los mejores sin duda.

Enhorabuena
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Katia » 15 Abr 2009 21:31

Discrepo 100% de Desierto.

Es horrible el contenido... Espeluznante, sórdido... Está bien escrito y mejor estructurado, pero el argumento es ... ¡Uffff! Es ameno, pero no me gusta :noooo:

Es mortecino...

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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por ciro » 16 Abr 2009 14:03

Katia escribió:Discrepo 100% de Desierto.

Es horrible el contenido... Espeluznante, sórdido... Está bien escrito y mejor estructurado, pero el argumento es ... ¡Uffff! Es ameno, pero no me gusta :noooo:

Es mortecino...

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¿Es que los hombres somos mortecinos? Hay alguno morcillero, pero mortecino. :shock: :shock:
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por takeo » 16 Abr 2009 18:26

Buen relato pero el último párrafo innecesario. No es necesario contar lo que resulta evidente en el mismo texto del relato. El lector puede llegar fácilmente a esa conclusión.

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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Katia » 17 Abr 2009 10:13

ciro escribió:
Katia escribió:Discrepo 100% de Desierto.

Es horrible el contenido... Espeluznante, sórdido... Está bien escrito y mejor estructurado, pero el argumento es ... ¡Uffff! Es ameno, pero no me gusta :noooo:

Es mortecino...

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¿Es que los hombres somos mortecinos? Hay alguno morcillero, pero mortecino. :shock: :shock:


Eso lo has dicho tú, no yo :D ¡Que quede claro!

Eran dos frases separadas, que no constituían ninguna suerte de "pseudo-silogismo" :D :D :D
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Emma » 19 Abr 2009 13:20

Bien escrito y ambientado pero creo que le sobra el párrafo final, el lector llega solito :wink:

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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por Nieves » 25 Abr 2009 19:05

Pues a mí me parece muy rebuscado lo de la carroza, que la amarraran, que se prendiera fuego... Aparte que vaya desnuda ¿qué significado tiene?
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SHardin
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Re: CPIV-La maldición

Mensaje por SHardin » 25 Abr 2009 22:27

Leído. Me ha sido muy difícil de leer el comienzo, he tenido que hacer un verdadero esfuerzo, pero ha merecido la pena. La historia es buena sin más adjetivos pero la forma de contarlo es de sobresaliente. Me metí en la historia. Como algo negativo decir que estoy de acuerdo con Takeo, el último párrafo explica lo que ya se sabe.

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