CPIV- La última estación -El_drizzit

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Arwen_77
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CPIV- La última estación -El_drizzit

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 23:47

LA ÚLTIMA ESTACIÓN

De pronto abrió los ojos.
No sabía como había llegado hasta allí, aquel lugar no le resultaba familiar. No recordaba haber caminado o tomado ningún autobús, y era consciente de que no había llegado en coche, puesto que hacía mucho tiempo ya que no podía conducir. Tampoco recordaba haber atravesado puerta alguna para acceder a esa extraña estancia. ¿Entonces cómo había llegado a aquel lugar?
La habitación en la que se encontraba era de forma cuadrada, de unos diez metros de ancho, y estaba alicatada por completo con azulejos blancos de una limpieza y un brillo extraordinarios. No había ornamento alguno en las paredes o el techo, ni tan siguiera una simple lámpara, tan sólo aquellos azulejos níveos. La iluminación era escasa, limitándose a un hálito azulado que parecía no proceder de ningún sitio y de todos a la vez. Una única puerta cerrada conducía al exterior, donde debía reinar la noche, por la luz que se filtraba a través de ella, pues ésta resultaba muy tenue.
Se sentía enormemente cansado. Por unos instantes se miró a sí mismo. Llevaba sus pantalones de pana marrones, aquellos tan cómodos que siempre se ponía para pasear en invierno, y la camisa beige de franela. Su mano, realizando un movimiento autónomo y solitario, fue a parar de forma inconsciente sobre su cabeza y así comprobó que llevaba puesta la gorra de paño que tanto le gustaba. Guardaba especial cariño a aquella boina, regalo de su hija en su último cumpleaños. Bajó la mano lentamente hasta colocarla frente a sus ojos. Aún en la penumbra que gobernaba el ambiente pudo observar las arrugas provocadas por la edad y las manchas que cubrían su ya envejecida piel. Su vista se posó de una mano en la otra, con la que observó, no sin sorpresa, que agarraba su pequeña maleta de viaje, aquella que siempre utilizaba cuando iba a ver a su hija a la ciudad.
Así pues, ¿estaba en la ciudad? Y si era así, ¿en qué parte de ella? ¿Y por qué se sentía tan cansado?
Sumido en sus pensamientos se dio cuenta de que llevaba allí de pie varios minutos sin siquiera parpadear, y mucho menos moverse. En el mismo instante en que decidió comenzar a caminar hacia la puerta, ésta se abrió y la figura de un pequeño muchacho, un niño en edad todavía de jugar, se recortó contra la luz artificial del exterior. La imagen del chico evocó en él una avalancha de emociones que lo confundieron, pero elevándose sobre todas ellas como aquellos enormes rascacielos que se alzaban sobre la ciudad, lo asaltaron sensaciones de cariño y amor. Tan sólo unos segundos le llevaron reconocer a aquel muchacho por el que sentía tanto afecto.
-¡Niño! ¡Mi niño! – dijo con enorme ternura mientras las lágrimas abordaban sus arrugados ojos.
Comenzó a avanzar lentamente hacia el chico, caminando con torpeza, pero éste se abalanzó sobre él con una infantil carrera llena de alegría y lo envolvió en un cariñoso abrazo. Aquel jovenzuelo era el único hijo de su única hija, su gran debilidad, y lo que más quería en el mundo.
-¡Abuelo! ¡Abuelito! – gritaba el muchacho mientras sus pies bailaban sobre las lozas del suelo todavía abrazado al anciano.
Permanecieron así durante unos segundos, hasta que finalmente el chico se separó de él y lo miró a los ojos, alzando la cabeza debido a su limitada altura.
-Te he estado esperando, abuelito – anunció con su aguda, voz aún sin formar por la temprana edad del joven. Resultaba extraño, pero en sus palabras y en su forma de hablar había algo que iba más allá de la inocencia infantil, algo de madurez oculta, algo de sabiduría, que también se transmitía a través del brillo de sus ojos.

-¿Dónde estamos pequeño? – preguntó el hombre mirando confundido a su alrededor - ¿Qué haces tú aquí sólo? ¿Dónde está mamá?
Por toda respuesta, el niño agarró la mano libre del hombre, aquella que no cargaba con la reducida maleta y tiró de él hacia el exterior. Cuando atravesaron la puerta pudo comprobar que se encontraban un una vieja estación de tren. El suelo estaba formado por tablones claveteados, que presentaban muestras evidentes del paso del tiempo y de infinidad de zapatos por su superficie. Una hilera de vigas de madera sostenían un techado que había visto mejores días, y del que colgaban alineados a cierta distancia unos de otros, carteles que informaban de sobre cada una de las puertas que daban a la misma: “Jefe de Estación”, “Correos”, etc... Fuera de los límites de la estación todo quedaba cubierto por una espesa niebla, que impedía ver nada más allá de unos pocos metros.
El hombre giró sobre sí mismo aturdido, paladeando cada detalle, cada resquicio de aquel lugar que le era tan familiar. En su volteo acabó mirando a la fachada principal de la estación, donde sobre la pared un gran rótulo daba nombre a la misma: “Glastonville”.
-¡Dios mío! – exclamó en un susurro – Pero… ¡no puede ser!
La sorpresa había tomado el control de su rostro, haciéndose dueña y señora de su expresión.
-Muchacho esta es la estación en la que yo recogía a tu abuela cuando éramos jóvenes – comentó melancólico sin apartar sus ojos del rótulo. En sus ojos, la incredulidad y la felicidad se mezclaban a partes iguales, pugnando ambas por conquistar el resplandor que comenzaba a formarse en ellos.
Todo estaba exactamente igual que hace cincuenta años. Los viejos faroles de bronce, bruñidos hasta que relucían como el oro, derramando su tenue luz sobre el andén cual ola solitaria que se dispersa por la playa. Las piedras ennegrecidas que soportaban el peso de los raíles, la pintura que comenzaba ya a levantarse de las paredes por la humedad del clima, hasta los olores eran tal y como él los recordaba. El aroma de las flores que crecían silvestres en el linde de las vías, la fragancia salada del mar arrastrada por la brisa, el olor a hierro de los contenedores y vagonetas. Hasta le parecía respirar la cálida esencia del guiso que procedía de la casa del jefe de estación y que siempre le acompañaba mientras esperaba nervioso la llegada de la chica más bonita que había visto en su vida y que, aún hoy, se preguntaba como era posible que se hubiese fijado en él.
Una lágrima solitaria recorrió la mejilla del anciano mientras era asaltado por cientos de hermosos recuerdos y vivencias del pasado.
Instantes después, un familiar sonido le hizo regresar de su memoria. A lo lejos, perdido algún punto de la niebla, sonaba un silbido de vapor con su inconfundible acento, que anunciaba la llegada próxima del tren. Podía escuchar asimismo el sonido de las barras de metal transmitiendo a las ruedas la fuerza de las calderas y que hacían avanzar la locomotora.
-Pero… hace muchos años ya que no circulan trenes a vapor – comentó para sí mismo en un murmullo. El desconcierto y la confusión en el hombre eran patentes.
El muchacho, sin decir nada, tiró de nuevo de la mano de su abuelo y le guió hasta uno de los antiguos bancos de madera que descansaban contra la pared del edificio. Se sentaron despacio, y el anciano apoyó la raída maleta sobre sus piernas, notando por primera vez su reducido peso. Aún así, se sentía enormemente agotado, casi sin fuerzas.
-Ahí dentro van tus recuerdos… y esos no pesan – dijo el chico señalando la maleta - En este viaje es el único equipaje que podemos llevar, nuestros propios recuerdos.
Extrañado, una vez más, el hombre desató el cordón de cáñamo que cerraba la misma y la abrió. Estaba vacía.
Su paciencia se agotó de repente, sobrepasada con creces por la confusión que le ahogaba. Aún así, continuó hablando con cariño a aquel niño que tanto quería.
-Tú… tú… no eres él, ¿verdad? – preguntó dubitativo.
El gesto de negación con la cabeza del muchacho y la seriedad de éste contrastaban con la imagen infantil y adorable de aquella criatura.
-¿Quién eres? ¿Qué es este sitio?
-Estoy aquí para acompañarte en tu viaje. Tanto la estación, como mi propia imagen, son los recuerdos más agradables que tu propia alma ha seleccionado para este momento.
-¿Este momento? ¿Qué momento? ¿Estoy… estoy muerto? ¿Acaso esto es el Purgatorio? – el anciano comenzaba a ponerse nervioso.
-No exactamente – explicó el muchacho tratando de ofrecerle algo de tranquilidad – Nombres muy diversos se han dado ha este lugar a lo largo de la historia y por distintas religiones o creencias. Piensa en él simplemente como en una sala de espera, créeme, te será más fácil así. Para algunos… será la antesala del cielo.
De nuevo volvió a escucharse el sonido del vapor al escapar hacia el cielo por el silbato de la locomotora, que continuaba aproximándose. Ya podía verse la columna de humo blanquecino elevándose por encima de la niebla.
-¿Dónde va ese tren?
-Eso nadie lo sabe. Ni tan siquiera yo.
-¿Qué ocurrió?
-Tuvisteis un accidente. Tú te llevaste la peor parte.
El anciano manoseaba nervioso el cordón de su maleta mientras miraba en todas direcciones, parpadeando repetidamente, como queriendo despertar de una mala pesadilla.
En esos momentos una voz llegó hasta él, elevándose por encima de cualquier otro sonido, una voz que reconoció al instante.
-¡Catherine! Mi amor, mi vida… – el hombre se levantó del banco y comenzó a caminar trastabillando por el arcén, intentando localizar la fuente del sonido. A pesar de su edad, nunca había necesitado utilizar bastón, mas caminaba con esa lentitud que obligaba la vejez -. ¡Estoy escuchando su voz! ¡Me llama! Y llora.
El muchacho se acercó hasta él y volvió a agarrar su mano.
-Lo sé. Tu alma está aquí conmigo, pero ellos continúan intentando reanimar tu cuerpo tumbado sobre la carretera. Tu mujer te llama para que despiertes.
-Pero, ¿puedo hacerlo? – sus palabras sonaron leves, como un susurro. Las fuerzas le abandonaban por momentos y parecía que iba a caer sobre las tablas del suelo en unos instantes.
-Tienes ese privilegio, poco frecuente. Se me ha indicado que te permita elegir, aunque desconozco el motivo, a veces ocurre, pero son las menos – el chico hizo una pausa, mientras observaba como se aproximaba el tren, cuya borrosa silueta ya comenzaba a ser visible entre la niebla -. Si decides subir a ese tren, te acompañaré, haremos el viaje juntos. El último viaje. Tendrás al fin el descanso que tanto anhelas.
El anciano sintió su cuerpo pesado como una piedra, por unos instantes la idea de tumbarse allí mismo le pareció apetecible. Si subía a ese tren podría descansar.
Pero entonces volvió a escuchar la voz de Catherine. Cargada de miedo, de dolor y de amor. Y su corazón se quebró.
-¿Y si quiero regresar? – preguntó despacio. Las palabras salían de su garganta con gran esfuerzo, de una a una como una interminable procesión.
-En ese caso se te permitirá hacerlo.
El muchacho tiró de su mano y volvió a dirigirlo al interior de la estancia donde despertó. Al fondo de la misma había una puerta entreabierta que el anciano no recordaba haber visto instantes antes, por ella se filtraba una luz cegadora.
-Tan sólo tienes que entrar – explicó el niño señalando a la puerta -. Yo estaré aquí, esperándote. Cuando llegue el día, el último tren volverá a pasar por aquí y lo tomaremos juntos.
La voz del muchacho, de su nieto, era firme y segura. Más allá de la mentira, más allá de la duda.
Al abuelo le tiritaban todas las partes de su cuerpo. Le suponía un esfuerzo continuo permanecer en pie. Pero tomó una decisión. Se inclinó con un gemido de dolor y plantó un delicado beso en la frente del chico. A continuación acarició su rostro con mano temblorosa y rompió a llorar. Ni tan siquiera intentó secar sus lágrimas, en vez de ello, comenzó a caminar hacia la puerta que le devolvería junto a su amada Catherine, que le devolvería a la vida… y al dolor. Sabía que volvería a ver muy pronto aquella habitación de blancos azulejos. Aquella estación de su juventud donde una vez se enamoró. Aquel niño angelical que sería su luz y su guía. Pero aún no. Aún no.
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Atali
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Atali » 14 Abr 2009 13:54

El usuario se ha dado de baja porque cree que los moderadores de este foro carecen de respeto.
Última edición por Atali el 18 Abr 2010 11:15, editado 1 vez en total.

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ciro
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 15:10

Opino lo mismo que Atali. Bien la historia, pero un poco visto el tema de la muerte utilizado en relatos cortos.
El pueblo debe desconocer siempre dos cosas: con qué se hacen las salchichas y como actúan los estados

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Ororo
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Ororo » 14 Abr 2009 17:43

Es una historia muy bien contada y ambientada.
Me pareció original que "el lugar" y "el mensajero" los eligiera el subconsciente.
Irradia serenidad y esperanza.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Aprendiz de Meiga » 14 Abr 2009 18:10

Ororo escribió:Me pareció original que "el lugar" y "el mensajero" los eligiera el subconsciente.


Sí, esto es lo que más me ha gustado del relato.

Es bonito y ágil de leer, pero le falta una revisión, hay varias faltas de ortografía y erratas.
"Que no haya sueños que se queden pendientes"

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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Minea » 14 Abr 2009 18:17

Este es otro de mis favoritos, es precioso de principio a fin.

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Ángel_caído
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:14

el principio me ha parecido muy emocionante pero el final, no sé, esperaba que fuera diferente, es bonito, pero simple...
Leyendo: La feria de las vanidades
*Pienso, luego insisto* *** Recuento 2012

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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Cronopio77 » 14 Abr 2009 23:46

Me gusta el principio. Está bien ambientado: el lector comparte la sensación de desconcierto con el protagonista. Sin embargo, va perdiendo puntos según se avanza en la lectura. El final me parece muy flojito. Una lástima que el autor no haya conseguido mantener el nivel de la primera parte.
"Cónclave", mi última novela. ¡¡Descárgala gratis!! http://www.bubok.com/libros/2115/Conclave
Visita su hilo en el foro: http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... 10&t=31897

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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 20:51

Opino lo mismo en general: es un relato bien escrito y que destila belleza, pero a medida que avanzas en él, el final se hace evidente mucho antes de que termines. No sorprende.
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Katia » 15 Abr 2009 21:21

Precioso. Clásico. Elegante.

"Los recuerdos no pesan..."

¡Y tanto!

Diría que está escrito por una mujer



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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por El Ekilibrio » 16 Abr 2009 17:17

Renoi!!!!

Parece un concurso dedicado a la muerte.... cuando pillas dos o tres seguidos.
Me ha gustado más en la segunda lectura que no en la primera... Eso sí, va de más a menos.
Felicidades!
Nunca discutas con un imbécil, te hará descender a su nivel y allí te ganará por experiencia
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por takeo » 16 Abr 2009 17:54

Buen relato y bien contado. Sin más.

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Fenix
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Fenix » 16 Abr 2009 18:14

Me ha gustado y mucho, sin embargo, a veces, los "relatistas" creemos que por adjetivar en exceso o emplear figuras comparativas, incrementamos la calidad de lo escrito: "derramando su tenue luz sobre el andén cual ola solitaria que se dispersa por la playa". Derramando su tenue luz sobre el andén. Punto, me sobra lo de la olita y los níveos azulejos.

Candil
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Candil » 19 Abr 2009 09:45

Relato bien contado y que mantiene viva la llama del interés. Estoy un poco saturado de muerte, me está empezando a parecer un concurrso larriano.
Notable alto

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Emma
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Re: CPIV- La última estación

Mensaje por Emma » 19 Abr 2009 13:22

En general bien escrito y emotivo, aunque creo que un poquito más corto ganaría en intensidad.

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