CPIV- Segunda oportunidad-Ojo Poderoso(Gan. Mejorconunlibro)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Arwen_77
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CPIV- Segunda oportunidad-Ojo Poderoso(Gan. Mejorconunlibro)

Mensaje por Arwen_77 » 07 Abr 2009 23:55

Segunda oportunidad

Ahora ya no me arrepiento de haberme pegado aquel tiro con la vieja escopeta de mi abuelo.
Aseguro esto no sé bien si por haber recobrado parte de la esperanza o ilusión que tiempo atrás me hizo vivir o por la decepción de descubrir qué se esconde tras el velo de la muerte.
Mis motivos tenía para meterme el cañón de la escopeta en la boca, como había visto hacer en algunas películas, y apretar el gatillo. A pesar de parecer algo difícil no lo es en absoluto. Tampoco es que me importase. Cuando uno llega al punto de pensar que un acto tan bárbaro podrá ayudarle no suele tener muchas esperanzas en nada. Mi mujer, que antaño se había conformado con robarme el corazón, hace unos días había llegado a arrebatarme la custodia de mi único hijo, lo que en lo que antes era mi vida se traduce como quitarme todo por lo que había luchado ese último año. Los estigmas del alcohol eran el único recuerdo que ahora queda de tantas noches dedicadas al solitario vicio de la autodestrucción.
Pero guardaré para mí mis lamentos. Las penurias, aunque ocupan gran parte de mi vida y mi pasado, no deben interferir en el claro mensaje que deseo expresar con este escrito: no se suiciden, no soluciona nada.
Afirmo esto desde el otro mundo, ese lugar aterrenal, marcado por el misterio, al cual se supone somos guiados por una voz, encaminados hacia una luz y donde por fin descansamos en paz.
Os aseguro que en mi caso no pudo resultar más frustrante. Quizá no sea para todos así, pero mucho me temo que en este lugar he descubierto que muchos sufren mi mismo destino.
La vida nos da una segunda oportunidad.
El tiro que me pegue en la cabeza no resultó ser tan doloroso como pensaba. Más bien se asemejó a un desmayo, una pérdida de consciencia que apenas me pareció durase unos segundos. Sin voz, sin luz a la que dirigirme. Después desperté. Estaba tendido en la cama. Olía a pólvora. Como seguía viendo rodearme el mismo entorno que de costumbre, botellas vacías, vasos rotos, el espejo que fracturé en un arranque de ira y colillas apagadas, en un primer momento deduje que había errado el tiro. Sólo un detalle me indujo a creer que podía estar equivocado: sentado en la silla de mí escritorio un viejo de cara apergaminada y mirada ausente me dijo una única palabra.
- Bienvenido.
Debió creer que era suficiente. Acto seguido cruzó la puerta de la habitación y se marchó.
No era esta misteriosa visita el único cambio, había algo más. En mi mente un hecho se asentaba, arraigado en su certeza, susurrándome que estaba muerto y que me felicitaba por haber descubierto el misterio de la vida tras la vida. Era un pensamiento de veracidad innegable, una de esas cosas que, si bien no se sabe donde tienen origen, se toman como un hecho consabido. Y yo sabía que estaba muerto, si es que a eso se le podía llamar muerte.
El mundo tras la muerte es una copia casi exacta al original, hasta en sus detalles más íntimos. Toda casa, montaña, árbol, respiración, pradera, animal, sentimiento u objeto que en la primera vida estuviese presente seguía existiendo en esta segunda. Sólo una cosa distingue ambas realidades: las personas. Pues todo habitante de esta a la que llamo segunda oportunidad es alguien que en su época perdió la vida, ya sea de una manera o de otra, por forma no natural. Enfermedades, accidentes de coche, guerras, víctimas de diferentes atentados y asaltos… todas las personas que sufrieron desgracias están aquí acompañándome.
Esta nueva situación puede suscitar muchas cuestiones a todo aquel que oiga hablar de ella por primera vez. Si bien yo ya me las pregunté en su día, éstas ya fueron saciadas una a una hasta hacer de este nuevo mundo un lugar para nada irreal.
Aturdido como me encontraba, salí de mi casa dando traspiés, entre asustado y desconcertado, buscando algo en que apoyarme, algo que diera sentido a la certeza de mi muerte. El ambiente de las calles era diferente: aunque la defunción por accidente es más común de lo que imaginamos, no basta con ello para poblar los cientos de casas que aun albergaban a gente en lo que yo llamo la vida original. Por tanto las personas “renacidas” habitaban cualquier edificio, el se les antojase, sin preocuparse de hipoteca alguna. La mayoría permitían vivir con dignidad, pues una nueva conciencia social se había impuesto y muchos de los servicios básicos que una ciudad acomodada podía ofrecer, como el agua o la electricidad, eran gestionados por una empresa sin ánimo de lucro en la cual muchos colaboraban. Yo nunca llegué a indagar mucho sobre el tema. Supuse que la gente estaba agradecida por seguir viva e intentaba comportarse como creía debía actuar. No era mi caso.
Jamás supe en qué basar mi existencia dentro de esta nueva sociedad. Debo admitir que ésta era mucho más permisiva en cuanto a leyes y libertades. No había posibilidad de organizar un gobierno, aunque sí oí de varios intentos fallidos. Un sistema de leyes y control de la población requería más recursos de los que se disponían. El sistema capitalista de antaño era más una sombra que una realidad. Si bien era consciente de los mercados ambulantes, todos ellos basados en el trueque, yo me decantaba más por saquear varias huertas de las afueras. Algunas personas intentaban recomenzar de nuevo, plantando y sembrando cosechas con lo que ellos creían que necesitaría su nuevo mundo. Muchos otros, entre los que me incluyo, nos aprovechábamos de estas pobres gentes y de algunos locales comerciales que quedaban por asaltar en carreteras y pueblos olvidados.
Si bien me fueron resueltas casi todas las preguntas sobre la forma en que una sociedad como ésta podía sobrevivir, no pasó igual con las que planteaba sobre la llegada a este mundo. Parecía existir un equilibrio, etéreo e imposible de definir, que impedía, por ejemplo, que una persona viese a otra trasfigurarse de la nada y aparecer ante él tras haber muerto en el universo original. Creo que aquel viejo de la habitación no me esperaba; puede que únicamente estuviese dando un paseo por los edificios del vecindario. Por otra parte, era presumible que los cambios acontecidos en la vida original pudiesen influir en esta segunda vida. No era así. Como pude constatar con las experiencias de muchos otros, todo lo que uno había conocido antes de morir seguía igual: aquel grabado en el árbol, aquella cuna meciéndose, el agua todavía corriendo en la bañera en la que habían sufrido el infarto o se habían cortado las venas. El cómo la existencia encajaba todos estos hechos solo podía atribuírselo al destino, a un plan prefijado. Todos debíamos tener inscrita una inamovible fecha para morir.
Como la invisible oscuridad que ensombrecía mi alma no llegó a desaparecer, nunca intenté adaptarme. No me había llamado la atención el seguir con mi vida antes del disparo y no había nada nuevo que me impulsase a continuar en ésta realidad. Opté por suicidarme de nuevo. Vistos los buenos resultados que me había dado la escopeta de mi abuelo, cargue dos nuevos cartuchos y apreté el gatillo. Renegué de esta segunda oportunidad que se me ofrecía.
Pero la vida es irónica y, a pesar de que yo no quería participar en ella, parecía requerir que siguiese adelante hasta alcanzar mi verdadera última hora de vida. Por tanto, tras una idéntica experiencia post mortem me desperté, aturdido, en mi habitación, y con aquel olor a pólvora flotando en el aire de esa manera que ya empezaba a serme familiar. Mi cráneo fue reconstruido de igual modo. En esta ocasión nadie me saludó.
Mi frustración cedió nuevos horizontes para desplegar su potencial. Admití en silencio la inutilidad de mi acto y, puesto que ya me era conocido tanto el lugar como la situación, me puse a indagar siguiendo los mismos pasos que anteriormente di en la segunda vida.
Parece que en ninguna de estas realidades el hombre queda exento de la mano de la muerte. Las mismas desgracias acontecían en todos sitios: enfermedades, accidentes… todo era igual. Todo menos la certeza de que en esta ocasión no podría evadirme de este mundo, pues posiblemente otro igual me aguardaba si volvía a abandonarlo.
Opté por esperar a la muerte. En este tercer plano de existencia, Dios sabrá como definirlo, me encontré con un nuevo orden en las cosas. La población que sucumbía a la muerte por segunda vez era menos numerosa, y su concepto de la existencia se truncaba, pareciendo sumirse en una necesidad religiosa. Puesto que la existencia de algún tipo de entidad o dios parecía ser casi palpable, dada las condiciones por las cuales habíamos llegado a este lugar, grandes grupos de personas se afianzaban a los dioses que conocieron en su vida original. Muchos otros formaban extrañas sectas con diversas motivaciones y estilos de vida, buscando algo que explicara su situación, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse, algo que pudiese dar explicación a lo que a todos nos había ocurrido. Deambulé un tiempo por algunos de estos grupos, pero finalmente admití que yo era un caso perdido. Nunca encontré un sentido a la vida en sus palabras, ni me sentí lleno por compartir una experiencia tan trascendental como es el estar muerto junto a otras personas.
En el fondo de mi corazón la sombra seguía creciendo. Cometí otra vez el mismo error y volví a pegarme un tiro.
Como era de suponer, un nuevo nivel existencial me esperaba.
La nueva realidad era, si eso es posible, más deprimente que sus antecesoras. Parece que poca gente que no esté sumida en la demencia, sea muy desafortunada o tenga graves tendencias suicidas muere tres veces. Me adapté fácilmente a este tercer grupo.
Puesto que seguir un orden o ley era difícil, cada cual campaba a sus anchas. Por entonces yo solía juntarme con otros dos personajes de ideas extravagantes. Uno vivía con la certeza absoluta de encontrase en el Infierno, que todo era una ilusión y que el demonio intentaba volverle loco y consumir su alma. El otro afirmaba que conocía la forma de morir: planeaba constantemente el tirarse a un lago con una piedra atada, pues si volvía a la vida en ese estado no tendría otra opción que morir de nuevo, y así su condena terrenal acabaría. Un día dejamos de verle; supongo que ese pobre bastardo sufre ahora la agonía eterna que tanto ansiaba.
Yo había perdido la esperanza de dejar el mundo y esperaba el fin de mis días apaciblemente. Recuerdo con placer como se abrió un abanico de posibilidades, pues ahora todo lo que en su día nunca me atreví o pensé hacer se hallaba al alcance de mi mano. Visité museos. Me pasee desnudo sobre las cornisas de los edificios. Robé coches y los conduje a velocidades endiabladas por carreteras y autopistas, visitando diferentes lugares a los que siempre quise ir. Creo que no estaba loco. Creo que solo intentaba reafirmar mi existencia, dar algún sentido a algo que había perdido hace tiempo.
Acabé pegándome un tiro.
La misma habitación, la misma colocación en cada uno de sus detalles. La vida era una máscara grotesca que se burlaba de mí, no me dejaba escapar y me imponía el continuar bajo su tutela hasta que me tocase la vez en su ineludible camino.
En esta ocasión no me interesé siquiera por conocer donde estaba. Cargué la escopeta y volví a disparar. No recuerdo con exactitud que me pasaba por la cabeza en aquel momento. Supongo que mi deseo por morir superaba al de vivir, e incluso puede que siguiera conservando, en algún lugar recóndito de mi subconsciente, una esperanza de poder huir.
No recuerdo las veces que descargué el terrible arma sobre mi cabeza. Sí sé que, tras haber agotado los cartuchos, me dirigí a una tienda para robar más, los esparcí por la cama y continué con mi labor. Concienzudamente fui agotando mis reservas de energía y munición. Caí exhausto.
Desperté sumido en la oscuridad. Esperaba haber acabado con la maldición, pero no se me brindó esa suerte. Había anochecido y me encontraba, como debí haber supuesto desde un primer momento, en mi habitación. No sé, quizá esperaba encontrar un final en el túnel, una vía de escape.
Como era inútil seguir muriendo, salí a comer. Elegí un buen restaurante, un italiano tres calles abajo al que siempre había querido ir, pero cuyos exorbitantes precios siempre acababan frenándome. El local, como era de suponer, estaba vacío. Abrí la puerta del gran frigorífico que se ocultaba en la cocina y cual fue mi sorpresa cuando vi que todos los platos que servían eran precocinados. Me enfadé con los que fuesen dueños del local en la vida original, la que hace tiempo había dejado atrás. Y, no sé muy bien por qué, un extraño impulso me hizo buscar una manera de enmendar este error: busqué los ingredientes necesarios, estudié libros de recetas, probé con distintas combinaciones. Y, pasadas unas semanas, abrí el local.
No tenía objetivo en esta vida, tan alejada de la primera realidad que en su día conocí. Así que era un acto tan lógico como cualquier otro el reabrir un restaurante en un mundo en el cual posiblemente solo se alojasen, desperdigados y casi siempre solo de paso, un puñado de locos como yo.
El restaurante fue todo un éxito. Cuando quise darme cuenta ya incluía en la carta casi veinte tipos de pasta, varias pizzas y seis postres de elaboración artesana que cocinaba y retocaba con esmero. Claro está, no existía ningún cliente, pero eso no importaba. Me di cuenta (admito que tarde, a mi pesar) que disfrutaba con ello. Confeccionaba nuevas recetas, rebuscando en libros de bibliotecas públicas o particulares, todas ellas abandonadas. Colocaba cada día la cubertería mesa por mesa y hacía cisnes con las servilletas. Escribía largas listas para comprar ingredientes y llevaba una contabilidad imaginaria, en la cual cada hoja de cuentas se cerraba con números negativos.
Al fin era feliz.

Un día de otoño, no recuerdo cual, pues no seguía calendario alguno, estaba escuchando una pieza de piano de Chopin mientas probaba a realzar el sabor de mi salsa carbonara cuando caí en la cuenta de la belleza implícita que me trasmitía la música, de que no me hubiese importado aprender a tocar el piano como él lo hacía. Y descubrí que no solo la música me interesaba. La pequeña huerta que hace poco había sembrado para tener a mano algunas hortalizas frescas había empezado a dar sus frutos, y me había llevado una alegría al comprobar la frescura que ofrecía una ensalada compuesta por lechuga plantada por uno mismo. Y existían, además, muchas otras cosas que había ido descubriendo: el disfrute de un buen libro, el pasear por el parque y pararse a escuchar ese extraño momento de calma que anuncia la proximidad de una tormenta de verano, la forma en que ésta caía y te empapaba de improviso, gritar bajo su furia…
Todo lo que antes me había hastiado, todo aquello que hubiese considerado un sueño idílico y una pérdida de tiempo, todo ello estaba al alcance de mi mano. En realidad siempre quise hacer todo esto. Y cientos de cosas más que ahora mismo podría recitar. Deduje, no sé si de forma errónea o no, que era la libertad la que me había brindado tantas oportunidades en este mundo de soledad. La libertad, que siempre estuvo allí y que no supe aprovechar hasta no verme liberado de los cientos de yugos que yo mismo me había impuesto en aquella primera vida.
Era ya tarde para cambiar lo acontecido. Para mí, esa libertad, esa lucha por los sueños, esa posibilidad de poder hacer lo que uno quisiese, eso era mi sentido de la vida. Nada de misticismos, nada de dioses. El ser feliz consistía en, simplemente, saber que podía aprovechar como me viniese en gana aquello que se me ofrecía. Siempre estaría condicionado, de mil formas, pero la posibilidad de elección nunca me la quitaría nadie.
Ese mismo día la puerta del restaurante se abrió. Como si el caprichoso destino que me había traído a esta situación tuviese en realidad un plan elaborado, una silueta se asomó, temerosa, por la puerta.
- Necesito ayuda – dijo con tono de desespero.
- Bienvenido – respondí yo.
Pensé que era suficiente.
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Atali
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Atali » 14 Abr 2009 13:46

El usuario se ha dado de baja porque cree que los moderadores de este foro carecen de respeto.
Última edición por Atali el 18 Abr 2010 11:11, editado 1 vez en total.

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por ciro » 14 Abr 2009 15:26

Impecable de estilo, no es de mis tematicas favoritas. Se adentra demasiado en la filosofía para mi gusto.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Momochan » 14 Abr 2009 16:45

Me gusta como empieza, es impactante.

Quizás se me hace un poco pesado la de tiros que llega a pegarse... en fin, no le dolía nada?

Pero me gusta eso de que al final se de cuenta de que no era tan horrible estar vivo, ironicamente despues de haberse matado unos cientos de veces...

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¿Qué quien es Dios?
¿Sabes cuándo cierras los ojos y deseas algo con mucha fuerza?
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Minea » 14 Abr 2009 16:57

El tema me ha gustado, cuando ha empezado a suicidarse una y otra vez he visto venir el final, pero pensaba al igual que Atali que al aprender a disfrutar de la vida acabaría muriendo.

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Aprendiz de Meiga » 14 Abr 2009 17:37


“grandes grupos de personas se afianzaban a los dioses que conocieron en su vida original”


Esta frase me ha recordado a algún poema colgado hace poco en Los foreros... A ver si acierto el autor!


El mensaje es positivo, la idea original, tiene algunas frases excelentes, pero faltan datos. Por ejemplo como llegó a morir en esa segunda vida que parecía tan eterna e inmortal. Un paso muy rápido al "tercer plano de existencia"

¿Qué le llevaba a pegarse tantos tiros? Total, para intentar volver a la vida real de la que tanto huía...

Anoté esta frase, tremenda:

“La libertad, que siempre estuvo allí y que no supe aprovechar hasta no verme liberado de los cientos de yugos que yo mismo me había impuesto en aquella primera vida.”
"Que no haya sueños que se queden pendientes"

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Ororo » 14 Abr 2009 18:11

Me ha gustado mucho este relato, tanto la temática como la forma de escribirlo.
Me parece muy original la cantidad de planos existenciales que hay. No me importa no saber el motivo del suicidio, el relato empieza después de éste y todo transcurre después.
Acaba con la misma "bienvenida" del principio. Me gusta.
Bravo! :D
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Ángel_caído » 14 Abr 2009 22:41

sin duda es muy original, tiene que ser desesperante esa situación... me gusta.
Leyendo: La feria de las vanidades
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Cronopio77
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Cronopio77 » 14 Abr 2009 23:55

Me parece una muy buena idea. Creo que trata el tema de la vida después de la muerte de forma muy original y muy inquietante (el castigo eterno para quien se suicida arrojándose al río con una cuerda atada al cuello es aterrador). Y me gusta su simetría: el "bienvenido" con el que un veterano recibe al protagonista, y el "bienvenido" con el que este último, ya veterano, recibe a un nuevo.

Pierde puntos por el discurso del final. Me gustan los relatos con ideas, pero no me gusta que el narrador tenga que escribirlas explícitamente, como si se tratara de un manual de filosofía. En un buen relato (o en una buena novela) hay que trasmitir las ideas mediante los elementos narrativos: personajes, descripciones, etc. Aún así, me ha gustado.
"Cónclave", mi última novela. ¡¡Descárgala gratis!! http://www.bubok.com/libros/2115/Conclave
Visita su hilo en el foro: http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... 10&t=31897

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Emperatriz_Infantil » 15 Abr 2009 10:48

A mi también me parece muy original, aunque me desespera la de veces que puede llegar a matarse.

Una pregunta ¿Cada vez que muere llega a planos distintos? ¿Son todos los mismos?

Tanto el principio como el final me parecen muy buenos.

¡Felicidades al autor/a!

Kisses
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Desierto » 15 Abr 2009 11:30

Una buena idea, resulta angustioso contemplar el puzzle terrible de los diferentes planos de existencia cada vez más solitarios y llenos de gente cada vez más desesperada por un final que no pueden alcanzar.
Formalmente bien, algunas pegas.
Relato sólido y original.
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Zelti » 15 Abr 2009 12:19

Atali escribió:Me he reído mucho, me ha gustado tu relato, es una buena historia, salvo una cosa, yo le habría dado otro final, el ultimo cliente habría deseado que fuera Jesucristo y le invitara al protagonista a morir ya que había aprendido por fin a disfrutar de la vida, y solo se puede disfrutar de la muerte cuando ya has aprendido a disfrutar de la vida


:mrgreen: Si hubiera acabado así me habría pegado un tiro. Me explico:

El relato empieza magistral, impactante, con afán de sorprender, espantar, recuerda a algunos escritores de inicios del XX, y más con la facilidad con la que describe el hecho de pegarse un tiro

"no deben interferir en el claro mensaje que deseo expresar con este escrito: no se suiciden, no soluciona nada".

Después de esta gran frase y la sentencia final, el relato pierde un poco, y poco a poco se va desplazando cada vez más hacia lo convencional (de ahí que si hubiera acabado como dice Atali me hubiera pegado un tiro), hacia comportamientos esperados, aunque con algunas chispas del bombazo inicial que brillan por sí solas. El hombre que se ata la piedra me recuerda al castigo de Alá a los suicidas :P

Espero que el autor perdone mi opinión =)

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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Robert Jordan » 15 Abr 2009 13:01

La idea es muy original y formalmente está bien, pero hay algo que no termina de convencerme del todo, el final no me gusta...

Gracias

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Merridew
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por Merridew » 15 Abr 2009 13:33

Este debería leérmelo de nuevo. Es original pero no sé, había algo que no me acababa de convencer del todo. Quizá era que lo leí en el bus...
Lo que eres me distrae de lo que dices

takeo
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Re: CPIV- Segunda oportunidad

Mensaje por takeo » 15 Abr 2009 20:35

A mí algunas frases me parece que no están bien construida. El caso es que, a medida que avanzaba y seguía matandose, más me descolgaba del relato. No pude acabarlo. En la página 3 de seis, consideré que ya había muerto demasiadas veces y me di por vencido.

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