I Negra: El socorrista argentino - Montealbar

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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julia
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I Negra: El socorrista argentino - Montealbar

Mensaje por julia » 13 Oct 2009 13:38

En la mitad del pasillo del vestuario apareció el cuerpo retorcido del joven. El portero de la finca saltó los últimos escalones y removió precipitadamente el cadáver. El muchacho no presentaba muestras de sangre. Eran más de las tres y media de la tarde y, a esa hora, solían quedar para comer juntos. La piscina cerraba a las tres, el socorrista bajaba hasta los vestuarios y, allí, tomaba algún alimento en una estrecha habitación-vestuario que la comunidad le había asignado para ese periodo estival. Tal vez se había caído por las escaleras. El portero llamó inmediatamente al presidente de la comunidad de propietarios y le comunicó el hecho.
El joven portero y el socorrista habían establecido una sintonía especial en los escasos días que llevaban trabajando juntos en esta pequeña urbanización de las afueras de Madrid. El hecho de que los dos fueran sudamericanos – colombiano y argentino – y el alto nivel cultural de ambos, había trenzado entre ellos una complicidad basada en el amor por el trabajo bien hecho y un agudo sentido del humor. El socorrista argentino era un estudiante de medicina que aprovechaba estos tres meses para conseguir unos miles de euros y poder viajar después por Francia y Alemania, hasta que la plata se le terminara.
Su llegada fue muy bien acogida por todos. Era un joven despierto y con grandes habilidades sociales. Podía mantener una conversación apasionada sobre fútbol con los hombres, sobre belleza y medicina con las mujeres y jugar con las videoconsolas de los más jóvenes. A las adolescentes les tenía subyugadas. El cuerpo musculoso y proporcionado no era su único atractivo. Una habilidad especial para confeccionar collares, pulseras y colgantes le hacía tener a su alrededor a jovencitas que le solicitaban adornos caprichosos. Era reducido el precio que pagaban por los abalorios y, a él, esta afición le ayudaba a satisfacer algunas necesidades.

El calor se clavaba en la piel como agujas de cactus. A las cinco de la tarde se habían llevado el cuerpo y daba comienzo una soporífera investigación que suponía un fastidio para los dos policías municipales que habían acudido a la primera llamada y, también, para el presidente de la comunidad, que ya tocaba con los dedos el principio de sus vacaciones. Era un 14 de junio.
A las tres y veinticinco solía abandonar el trabajo la asistenta que realizaba tareas de limpieza en tres pisos vecinos. Como cada día laborable, se cruzaba con tres alumnos del cercano instituto de bachillerato. Paco, Ester y Claudia eran compañeros que solían salir y regresar juntos. En más de una ocasión se habían encontrado con el socorrista. Las chicas adoptaban un aire de seducción y pavoneo que a Paco le sacaba de quicio. Llevaba doce días en la finca y tenía obnubiladas a ese par de gallinitas. Ese día coincidieron con la asistenta abriendo la puerta de entrada y se despidieron hasta las cinco en que iban a quedar en casa de Claudia para preparar un examen de repesca.
Claudia estaba especialmente colgada del socorrista. Cada tarde frecuentaba el rincón desde el que vigilaba los movimientos de los bañistas. Solía moverse exagerando los contoneos, apareciendo cada día con un bikini más provocativo. Era una entusiasta de los abalorios que fabricaba y ya había vendido varios de ellos a compañeras de su clase. El socorrista empezó a curarse en salud el día que la notó echada sobre su espalda cuando estaba trenzando un hilo de cuero. Notó cómo sus pechos, casi sin tela, se aplastaban sobre su espalda y el agua resbalaba fría. Le pidió que se apartara, que le estaba molestando. Ella hizo un mohín, un amago de retirarse; pero siguió allí.
Conocía perfectamente que él, cada día, comía en los vestuarios. El sábado anterior había llamado a Ester y bajaron a visitarlo.
- ¿Qué hacen acá?– les dijo nada más verlas.
- Venimos a hacerte compañía. Debe ser tan aburrido… - contestó Claudia.
- Chicas, este no es lugar para ustedes. Es mi hora de descanso y les pido que me la respeten. No quiero dramas con nadie. Dos niñas como ustedes, aquí, me pueden joder la vida.
- No te lo tomes a mal – dijo Ester con un exagerado mimo. Pensamos que te sentirías aburrido y quisimos pasar un rato contigo.
- Será mejor que salgan afuera ya. Espero que nadie las vea ni les haga preguntas o suposiciones incorrectas.

A regañadientes abandonaron el vestuario. Claudia quedó la última y subió las escaleras con las manos en las caderas haciendo que su falda corta subiera unos centímetros más y dejara al descubierto unas negras braguitas mientras le lanzaba una mirada enigmática.

En clase, Claudia tenía totalmente seducido a Óscar, un muchacho que amaba tanto el deporte como repudiaba los estudios. Era más primario de lo que suelen ser los adolescentes de su edad y siempre estaba presto para impresionar a los demás. Solía acudir a clase con un bate plegable de béisbol que se colgaba en la mochila cuando finalizaban las clases. Ella jugaba con los sentimientos de este muchachote y había soportado más de una vez sus achuchones con el fin de conseguir tenerlo aún más amarrado.
Ella ya había fantaseado con el encuentro. Acudiría una primera vez con Ester para que la irrupción en el sótano no fuera tan descarada y, según reaccionara el socorrista, repetiría ella sola en ese tiempo muerto que se extiende entre las tres y las cuatro. Su madre no llegaba hasta las seis los días laborables y, ella, disponía de un tiempo, totalmente liberada de la constante bronca que mantenían ambas. Daba por hecho que él sucumbiría a sus jugueteos amorosos. Le había ayudado en sus ventas de adornos y colgantes y conocía perfectamente las penurias económicas por las que pasaba hasta que cobrara su primera mensualidad.
El portero de la finca lo había presentado a unos compatriotas colombianos que regentaban un bar. Era un local en el que podría exponer libremente sus trabajos y venderlos a cambio de pequeños porcentajes. En este bar se trapicheaba con droga, pero el socorrista desconocía esta circunstancia y se sintió muy halagado ante la posibilidad de ampliar la distribución. En pocos días ya tenía una demanda que sobrepasaba su capacidad de trabajo. A ellos les pareció que este recién llegado podría aumentar el mercado que ellos dominaban en esta parte de la ciudad. Sabían que se alojaba en un pequeño piso del centro de Madrid y, tal vez, podrían ampliar su negocio a una zona que controlaban mayoritariamente marroquíes.

El cuerpo sin vida del socorrista fue sometido a una autopsia. Informaron al dueño de la empresa de Gestión y Ocio que le había contratado. Los papeles y el contrato estaban en regla. La policía conoció el primer resultado de la autopsia que concluía que la muerte se había producido por un golpe fulminante en la nuca. Podría haberlo producido el último escalón en una caída accidental o un golpe seco de un objeto que hubiera impactado contra su cabeza. Había una dirección y un teléfono en el contrato donde informar a los familiares. En su móvil figuraban también números en la guía a los que recurrieron inmediatamente.

Esa misma tarde, dos grupos de policías realizaban unas visitas rutinarias que fueron sometiendo a todos los vecinos presentes a un pequeño cuestionario sobre los hechos. A la hora del accidente, más de dos tercios de los propitarios se encontraban fuera de sus domicilios. Había que completar muchos datos y la tarea les pareció poco eficaz; se iba a dilatar demasiado en el tiempo y las informaciones aportadas carecían de interés. Era una investigación en la que recibían muestras de condolencia, afecto hacia la víctima y poco más. Estaba claro, para los policías, que se había producido un desgraciado accidente y que lo más lógico era cerrar, cuanto antes, este lamentable caso.
Un segundo informe de la autopsia parecía dar más relevancia a un golpe seco que hubiera podido recibir la víctima por la espalda. La caída accidental no se descartaba, pero había menos evidencias de que el fallecimiento se hubiera producido por esta causa. En el segundo interrogatorio que hicieron al portero de la finca, aparecieron algunos datos que hacían más complejo el caso. Empezaron a ser visibles la venta de abalorios, la relación con el bar de los colombianos y los compañeros de piso que la víctima tenía. En cuarenta y ocho horas se había formado un delta donde antes solo había una corriente sencilla que desembocaba en un lamentable accidente en los vestuarios de una urbanización.
Abrir el abanico suponía un aumento y una complejidad en las líneas de investigación iniciadas. Ni los recursos de la policía eran demasiado generosos ni este fallecimiento pasaría de ocupar un pequeño espacio en las noticias locales de cualquier medio de comunicación. No aparecían elementos que pudieran ser un bocado suculento para la prensa. A fin de cuentas, en las grandes ciudades siempre hay demasiados casos urgentes que atender; no se vislumbraban aspectos políticos ni religiosos que contaminaran el caso. El comisario asumiría con el forense la posible responsabilidad, en el improbable supuesto de que hubiera que reabrir el caso.

Tres días más tarde el cuerpo fue repatriado. La madre del socorrista hubo de ser tratada psicológicamente y las autoridades españolas estuvieron a la altura esperada poniendo todos los medios para que el traslado se hiciera sin costes para los familiares. La empresa pagó los días trabajados y colaboró con un finiquito ampliado.

Los vecinos de la urbanización permanecieron sumidos en una extraña niebla de dolor y desconsuelo que duró varios días. La piscina permaneció cerrada tres jornadas hasta la contratación de un nuevo socorrista. Se trataba de una chica española, morena y autoritaria que no despertaba las simpatías de nadie.

El sábado a las tres y cinco, Claudia lamía un helado de frambuesa y chocolate. Pasaba lentamente su lengua por los bordes de la oblea del cucurucho. Sus piernas apretadas notaron un cosquilleo que ascendía como un punto carnoso de luz hasta el fondo de su cerebro. Recordaba como Óscar golpeaba con el bate al socorrista. El golpe seco, sin otro ruido que el impacto contra el suelo, aparecía en su cabeza como una secuencia de telefilme. A las tres y diez habían salido juntos y nadie se percató de su presencia. Tuvieron tiempo de encontrarse con los vecinos de Claudia y adentrarse en la urbanización tal y como ocurría habitualmente.
Óscar no iba a permitir que un puto inmigrante intentara cepillarse a su chica.
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ciro
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por ciro » 15 Oct 2009 23:36

Es un relato correcto, pero muy lineal y con poco "misterio", lo que hace que uno pierda interes en él segun avanza la lectura.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por artemisia » 18 Oct 2009 09:58

No mew ha disgustado, aunque quizás le falte algo más de intriga, o de ingredientes misteriosos, pues algo se ve venir, pero me ha resultado original....

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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Felicity » 18 Oct 2009 12:53

A mí se me ha gustado :)

Pero creo que está bastante bien narrado al principio, para la precipitación del final

Suerte ;)
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por kharonte » 18 Oct 2009 13:26

Bien escrito, pero demasiado "frío" a mi parecer.

Quizás ha desprovisto de misterio la historia al presentar elementos de la investigación desde un punto de vista que debería haber sido el del "sospechoso", en lugar de un narrador exterior.
Nunca sabes de qué eres capaz, hasta que te pones a ello.

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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Ororo » 18 Oct 2009 22:54

No está mal este cuento. Las partes buenas: el cruce de las vidas de los distintos personajes que conocían al socorrista, realidad y cotidianeidad lo que lo hace creíble y la denuncia del final.
Lo que flojea un poco quizá es, como habéis dicho arriba, la intriga. Falta un poco de emoción.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Nieves » 20 Oct 2009 09:29

De acuerdo, le falta emoción, y creo que hubiera sido igual sin tintes xenófobos, es decir, que al chaval tendría el mismo ataque de celos si el socorrista no fuera extranjero, ¿o no?
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Sunrise
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Sunrise » 20 Oct 2009 20:00

Pienso que este relato refleja dos puntos de vista muy diferentes y a la par muy interesantes, el del socorrista argentino que además de ser argentino, es socorrista y está como un queso, harto de las niñatas que lo agobian y a las que complace con una sonrisa, parte de su trabajo, todo muy bien definido por él. Y en la sombra el novio celoso al que le reconcome la envidia. Aunque no fuera argentino ,creo que bien podría sucederle lo mismo, pero al decirnos el autor/a que lo es, transmite un mensaje muy evidente y nada alejado de la realidad. No me muestra demasiado misterio ni intriga, pero si una buena explicación.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Desierto » 20 Oct 2009 21:31

Un relato interesante y bien escrito. Es cierto que al final tienes la sensación de que le falta algo, pero es difícil de precisar. Notble sin duda.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Ororo » 20 Oct 2009 23:17

Nieves escribió:De acuerdo, le falta emoción, y creo que hubiera sido igual sin tintes xenófobos, es decir, que al chaval tendría el mismo ataque de celos si el socorrista no fuera extranjero, ¿o no?

Yo creo que es un detalle importante, porque le da un toque actual. Me parece acertada la denuncia de lo que, desgraciadamente, podría ocurrir no sólo por celos, sino por racismo.
Escribiendo estos relatos, además de crear algo bonito, se pueden decir muchas cosas que hacen falta. Y veo que hay varios relatos con diversas reivindicaciones :D
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Arwen_77 » 21 Oct 2009 22:03

Me ha gustado, sobre todo el planteamiento de la historia: original en la novela negra , al desarrollarse con sol, calor, luz, piscina y realista . Me gusta el hecho de que sea argentino. Da un punto muy bueno de ambientación para la historia: recuerdo que este verano en mi piscina hubo un socorrista colombiano que en invierno era profesor de matemáticas en su país (no estaba tan bueno como el del relato). Podría ser que el asesino hubiera reaccionado igual con un español, pero no lo sabemos, la historia le da también el punto xenófobo y creo que eso es muy verosímil y que la enriquece.
Las adolescentes pululando alrededor del socorrista son un gran clásico piscinero y están muy bien descritas, aunque creo que al personaje de la perversa femme fatale Claudia se le podría haber sacado más jugo.
Como pega, digo la misma que el resto: falta intriga y el final resulta precipitado.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por al_bertini » 22 Oct 2009 11:08

Bien escrito y correcto, pero también echo en falta un poco de misterio en la historia.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Cronopio77 » 22 Oct 2009 23:08

No me dice nada de nada y hay varios puntos que me chirrían. No me gusta que el culpable aparezca de pasada y con una referencia indirecta, de modo que el lector no le "ve" actuar y, por lo tanto, no puede hacerse una idea sobre cómo es. Y tampoco entiendo la conversación que el socorrista mantiene con las adolescentes: ¿por qué dice que le pueden joder la vida? Quizá con un desarrollo más elaborado, el lector podría entender el porqué de ese miedo y/o rechazo.
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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Escorpion » 22 Oct 2009 23:23

Coincido con (casi) todos. Vaya por delante que me ha enganchado prácticamente desde que he empezado a leer pero al contrario que con otros se me ha hecho corto por esa precipitación del final. Creo que con un golpe de tuerca más o menos ingenioso al final hubiera quedado soberbio.
Un saludo

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Re: I Negra: El socorrista argentino

Mensaje por Brezo » 23 Oct 2009 12:13

Me ha parecido fantástico. Un hallazgo el tono aséptico de la relación de los hechos y la capacidad de sugestión del último párrafo. Hacía tiempo que no leía un relato tan bien equilibrado, sobre todo en un género tan proclive a la casquería

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