I Negra: La clienta muerta

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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julia
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I Negra: La clienta muerta

Mensaje por julia » 13 Oct 2009 13:42

En los cinco años que llevaba como detective privado, Alba había recibido trabajos de clientes de todo tipo, pero era la primera vez que el encargo venía de un muerto.
El que la fallecida en cuestión fuese una de sus mejores clientes, sólo descartaba que fuese una broma y empeoraba su malhumor.
María Catalina Emilia Sofía De la Rosa Salcedo –alias Gigi- había sido nieta única, sobrina única e hija única de una familia de rancio abolengo que la había hecho heredera de tanto dinero y propiedades que una vez la prensa la había bautizado como la Onasis española; y había muerto en una vacía casa de campo de su propiedad de varios disparos.
El elegante abogado de la señora De la Rosa esperaba con paciencia que ella dejase de fulminar el sobre lacrado que le había entregado. Pocas dudas le quedaban de su autenticidad. El texto era escueto y su tono inconfundible.

Alba, si lees esto, un cabrón me ha matado. Encuéntralo.
Gigi


-Hace pocos días cambió su testamento –comentó el hombre descruzando los brazos ante su continuado mutismo-, dejó todo su dinero a una O.N.G., llamó a sus ex maridos para comunicárselo, y me pidió darle a usted esto si algo le pasaba. También dejó a mi cargo dinero para sus honorarios. ¿Acepta el caso?
-¿Y su marido nº10? ¿Sabe algo de esto?
-No. Fue una petición privada de la señora.
-Entonces acepto.

La señora De la Rosa había ido acumulando una larga colección de hombres de adorno que cambiaba como quién se cambia de pendientes pero, por desgracia, su recientísimo consorte de turno no era esta vez uno de los habituales zánganos sin cerebro y/o sin escrúpulos que pululaban habitualmente a su alrededor, sino un arquitecto con aspecto de oscuro poeta torturado.
Uno que Alba conocía bien, solía salir en sus sueños. Al menos, en los que ella lo hacía sufrir sin piedad de formas imaginativas, papel principal que se había ganado hacía varios años al abandonarla por una rubia pechugona. A pesar de que después de esa traición Alex la hubiese perseguido sin descanso intentando recuperarla, ella no había cedido. Lo había rechazado una y otra vez. Había quemado sin abrir las cartas recibidas y, cuando empezó a mandarle mails, se los imprimió. No tenía ningún interés por lo que tuviese que decir, pero le gustaba ver arder sus palabras imaginando que era él.
Sin embargo, cuando le abrió la puerta con el mismo aspecto que la última vez que lo había visto estuvo a punto de salir huyendo pero, apretando los dientes cruzó el umbral y, enarbolando la nota manuscrita, le espetó antes de que pudiese decir algo:
-La señora De la Rosa me autorizó a interrogar a todo el mundo si algo le pasaba. ¡Apártate de mi camino!
-Yo no…
-Sé que no tienes coartada para esa noche. ¡Y no! ¡No confío en ti! ¡Y Gigi tampoco! Me mandó que te vigilase desde el mismo día de la boda. Tendría que haberme hecho caso cuando le advertí contra ti…
La espectacular –y fuera de lugar- sonrisa que arrugó los masculinos y chispeantes ojos verdes, la descolocó por un momento, aunque siguió avanzando sin mirar atrás.
Tras varios días de arduas investigaciones en colaboración con la policía, descartaron al digno mayordomo –golpe bajo para las típicas novelas de misterio-, a las pizpiretas doncellas –cebos obvios para maridos infieles- y a la anciana, y llorosa, cocinera. El abogado había pasado la noche con su amante –el jardinero de la difunta- para furia y bochorno de su religiosa esposa, aunque eso exculpaba a los dos hombres. Sólo quedaba sin coartada su Némesis personal.
Necesitaba resolver este caso para librarse de la silenciosa sombra que se cernía sobre ella a todas horas. Aunque Alex había cumplido sus peticiones sin dirigirle la palabra, pero sin dejarla sola, el olor del perfume que ella le había regalado hacía una eternidad, estaba crispándole los nervios. Quizás por esa distracción, hasta el tercer día Alba no se acordó de la caja de seguridad camuflada en el interior de una de las antiguas casas de muñecas que la señora coleccionaba. Sólo la había visto una vez, al principio de su relación comercial, cuando Gigi guardó la prueba de la infidelidad de su marido nº8, con salvaje satisfacción, pero recordaba a la perfección la elegante fachada amarilla.
Encontrar la secuencia para abrirla fue más complicado.
Al final –conociendo el sentido del humor de su estrambótica clienta-, halló la combinación. Cerrar la puerta del dormitorio principal y presionar rápidamente el colchón de la diminuta cama con dosel simulando un coito apasionado, desbloqueó el escondite.
En su interior reposaban las joyas menos caras, pero con mayor valor sentimental, las fotos del bebé que perdió al poco de nacer, algunos títulos inmobiliarios, las pruebas de las sucesivas infidelidades de los hombres que había pasado por su vida y una cajita de madera con un papel pegado encima, a su atención.

Has tardado mucho. Atrapa a ese cabrón. No pienso irme al infierno hasta que no lo hagas y me quieres demasiado para no hacerlo.
Gigi.
P.D: Espero que te guste mi regalo de despedida


Sólo se dio cuenta de que estaba llorando por la vieja arpía, cuando un pañuelo de papel apareció ante su borroso campo de visión. Lo aceptó sin decir nada, y durante unos instantes disfrutó de la mano que le acariciaba suavemente la espalda, antes de recordar a quien pertenecía y apartarse con una sacudida de hombros.
Dentro de la caja, se amontonaban una serie de cartas guardadas individualmente en bolsas de cierre hermético y con etiquetas indicando fecha y lugar.
La bolsa primera decía: “01/01/2009 - 01:00 – Teatro de la ópera – Bolso de Svarowski”. Y si el contenido del sobre no era una hoja suelta de un guión… Gigi había estado recibiendo amenazas de muerte desde hacía seis meses. Lo cual descartaba al imbécil que seguía mirándola con preocupación. Según tenía constancia, hacía sólo cuatro que se conocían.
El alivio que le quitó la respiración durante unos instantes, la puso furiosa y le secó las lágrimas de golpe.
-Es uno de sus ex.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque sólo se puede odiar tanto a alguien que te ha abandonado.
Y clavando con maestría esa banderilla, Alba se alejó castigando el suelo por estar ahí.
Como el marido nº10 había quedado descartado, no le quedaba más remedio que seguir el orden cronológico, saltándose los números 2, 5 y 7 que habían muerto.
El nº1 era el Conde Montecruz, un venerable ancianito con alzheimer en la actualidad, pero un playboy aristocrático en su juventud. Si había guardado algún rencor hacia la señora, ya no lo recordaba.
El nº3 era un exitoso empresario con nietos suficientes para jugar un partido de fútbol entre ellos mismos y que el día del asesinato ejercía elegantemente de anfitrión en una fiesta multitudinaria.
El nº4 se derrumbó por la pena en el mismo escenario en el que triunfaba cuando moría el gran amor de su vida.
El nº6 fingió un profundo pesar mientras que su actual esposa –con la que dormía la noche de autos- se sentaba a su lado y brindó por su asesino cuando esta se levantó. Gigi lo había desplumado cuando se enteró de su afición por las jovencitas.
El nº8 seguía siendo tan atractivo como la primera vez que lo vio a través del objetivo de una cámara, pero el doble de malvado. Afortunadamente no sabía que ella era la que había descubierto sus aventuras y sus estafas, sino… nunca hubiese sido capaz de dejar de mirar por encima del hombro. No tenía coartada, pero Alba sabía que aunque era lo suficientemente despiadado como para asesinar, también era lo bastante listo como no hacerlo sin una buena cobertura.
A pesar de todo, declamó con tal maestría una sarta de mentiras venenosas que si Alba no lo hubiese investigado a fondo, se hubiese dejado enredar por su apariencia encantadora. Por las miradas fulminantes que le dirigía Alex -que se había empeñado en acompañarla en su papel de viudo- a él tampoco lo engañaron sus tácticas seductoras.
Nº9 se convirtió antes de verlo en su principal sospechoso, ya que seguía tal y como lo recordaba. Con el aspecto de un dios y el cerebro de un mosquito. Su matrimonio con Gigi le había proporcionado un breve estrellato que había ido muriendo por la falta de chismes. Demasiado tonto hasta para organizar un escándalo interesante, vivía cómodamente –malvivía según él- con trabajos ocasionales como modelo y sirviendo de florero a mujeres sin acompañante en las fiestas.
Como la policía estuvo de acuerdo con ella -una prueba de ADN más tarde-, se le inculpó como autor de las notas amenazadoras, aunque bajo una dudosa presunción de inocencia.
-No me lo dijo… -murmuró Alex cuando les anunciaron la detención-. Nunca me dijo que la amenazasen.
-¿Por qué iba a hacerlo? Sólo eras un juguete más.
Él sólo la miró en silencio.
-¿Qué?
-Nunca me has preguntado por qué me casé con ella.
-No me interesa.
-Por desesperación –prosiguió hundiendo la verde mirada en los cínicos ojos femeninos.
-Ella nunca estuvo desesperada.
-Pero yo sí.
Con esta frase, sospechosamente parecida a una confesión velada, desapareció dejándola sola para rumiar un vergonzoso descubrimiento.
No quería creer que ese imbécil era un asesino.
Podrían gustarle las rubias pechugonas o las ancianas millonarias más que las morenas planas y sin un duro, pero no lo creía capaz de matar a nadie. Así que la imbécil era ella, que seguía enamorada de un tipo semejante.
Una vez que hubo asimilado su patetismo, Alba empezó a sopesar las distintas opciones. Nº9 quedaba descartado. Las cámaras de seguridad de la discoteca a la que decía haber acudido solo, lo habían mostrado a la hora de la muerte, desmayado en unos sillones bajo el efecto del alcohol y de las drogas. Su instinto le decía que nº8 no había sido –aunque podía equivocarse con semejante mal bicho-, lo que significaba que el asesino seguía suelto. Y eso era culpa de ella.
Adicta a las novelas de detectives desde que era pequeña, había seguido la biblia de los investigadores: “chercher la femme”, “buscar a la mujer” en cristiano –en este caso al hombre- como fuente de conflictos y no había resultado, por lo que se descartaba al amor como motivo de asesinato. El segundo motivo más común, el odio, era menos probable, ya que la mayor parte de los enemigos de la señora De la Rosa, hacía años que habían pasado a mejor vida y el resto habían sido investigados por la policía. Sólo quedaba el tercer motivo… el dinero. ¿A quién podía perjudicarle hasta ese punto que en lugar de dejar su dinero a una pandilla de vividores -incluyendo al poeta vividor de sus pesadillas-, Gigi lo hubiese donado a una fundación? No tenía sentido. Ella no tenía herederos directos ni grandes empresas que fuesen afectados.
Tras una llamada al abogado recién salido del armario que la mandó a la mierda sin su elegancia acostumbrada, no tuvo más remedio que consultar al molesto viudo para conseguir la dirección de la administradora de la ONG beneficiada.
Sin embargo, se sorprendió al reconocer a la anciana. Su rostro solía sonreír en la mansión de la señora De la Rosa, junto al de la difunta, en multitud de fotos a diferentes edades.
-Usted era amiga de la señora De la Rosa.
-Desde que éramos niñas. Colaboró muchas veces con mi bebé.
-¿Su bebé?
-Esto –indicó abriendo los brazos para abarcar la diminuta oficina-. Desde aquí llevo años trabajando para sacar a gente de la calle y devolverles un futuro. Ahora –gracias al legado de la señora De la Rosa- podré ayudar a muchas personas.
Extrañada ante tanta educación entre viejas amigas, Alba comentó con cautela:
-Ha sido una desgracia la muerte de Gigi.
Al escuchar el apodo cariñoso, el ceño de la mujer se frunció por un instante.
-Sí, era una leyenda.
-Y una mujer generosa. ¿Sabe a quién pensaba dejar Gigi su herencia originalmente?
-Nunca hablábamos de ese tema, suponía que nos dejaría una pequeña donación como llevaba haciendo desde hacía años, pero no esperaba que nos dejara todo su patrimonio.
-Tengo entendido que fue un cambio repentino de opinión, ¿sabe por qué Gigi tomó esa decisión?
-No –afirmó con una mirada mucho menos acogedora ante su insistencia.
-Alex, por favor, acércame la chaqueta. Gracias.
Como empezaba a sospechar, podrían haber estado solas por el caso que le hacía la administradora al tercer ocupante de la habitación.
-¿Qué opinaba del último matrimonio de Gigi?
-Nada. Era su vida. Siempre había hecho lo que había querido.
“Frío”, pensó Alba.
-¿Sabía que Gigi recibía amenazas de muerte?
-No, pero ya lo han atrapado.
“Templado”, pensó al verle los rasgos crispados.
-Aunque creen que no fue él quién la asesinó.
-En ese caso espero que lo encuentren pronto.
“Caliente, ni se ha inmutado”.
-Debió ser alguien de confianza para que quedase en la casa de campo a solas con ella.
-Un hombre. Le sorbían los sesos y no pensaba en nada más.
“Bingo. Suficiente veneno como para competir con nº8”.
-¿Cree que fui yo?
El comentario inesperado de Alex que hasta ese momento no había abierto la boca las sobresaltó a ambas.
-Quién sabe… Decía que por fin había encontrado a un hombre capaz de querer para siempre y de ser fiel.
La flecha acertó, pero en el pecho equivocado. Alba consiguió a duras penas no encogerse por el dolor y, tras respirar hondo, consiguió hacer la última pregunta.
-¿Por qué mataste a Gigi?
-No lo hice.
-Sí lo hiciste. Asesinaste a tu mejor amiga, a alguien que te quería, sin ningún motivo.
-¡Sí que lo tenía!
Asustada, la mujer se tapó la boca con ambas manos ante lo que había confesado. Después se enderezó y mirándoles con desprecio, prosiguió:
-Sí, lo hice. Yo la maté. Y volvería a hacerlo. Tendré que pagar por ello, pero volvería a hacerlo. Cuando fui emocionada a agradecerle lo del testamento, me dijo que sólo lo había hecho público para que dejasen de molestarla. Cuando encontrara al culpable de las amenazas pensaba devolver el testamento a las condiciones originales. ¡Lo iba a hacer de verdad! ¡Con todo lo que se podía hacer con ese dinero y ella se lo iba a dar a ellos! Ni siquiera pensó en mí. En lo que había significado para mí ese gesto. En lo que significaría para mí perderlo. Estábamos solas, así que le disparé y me fui.
Y con aire retador se cruzó de brazos dispuesta a aceptar su destino.
Alba llamó a la policía, la cual, al aceptar su colaboración en la investigación, le había puesto un micrófono oculto, por lo que tenían la confesión grabada y aguardó su llegada.
-Gigi… no pensaste en eso, ¿verdad? –murmuró Alba para si una vez en la calle, mirando al suelo por si esa vieja cabezota decidía irse al infierno sólo por tener razón-. Sólo creíste que era un método efectivo. Te costaba pensar en los demás.
-Ella no era así. Simplemente… no sé qué le pasó. Posiblemente no creyó que ella se enteraría nunca.
-Al menos tú la querías.
-Sí. La quería.
-Me alegro de que encontrase a alguien que pudiese amar de verdad.
-¡Alba! –explotó el hombre agarrándola cuando intentó marcharse-. Pregúntame por qué me casé con ella.
-La querías.
-La quise después. Primero te quería a ti.
Asustada de escuchar, la chica intentó soltarse sin demasiado éxito.
-Ella quiso conocerme porque sabía que era yo quien te había hecho daño. Se dio cuenta de cuanto te quería. Me creyó cuando le dije que nunca te fui infiel, que salí huyendo con aquella chica por miedo al compromiso pero que enseguida me arrepentí. Sin embargo sabía que tú, que eres tan sumamente intransigente, nunca me escucharías; así que me prometió que si firmaba un matrimonio sólo de nombre con ella, conseguiría que tú volvieses a verme de nuevo y tendría mi oportunidad de volver a conquistarte. ¡Y lo ha hecho! Mírame y dime que no sientes nada por mí y me iré. Pero dímelo a la cara. Por favor…
Alba miró con temor la cara a la que tanto había amado, y recordó la risa de Gigi cuando le dijo que se casaba con él por una buena razón y que necesitaba que se pegara a él porque quería un informe detallado del tipo de hombre de era.
Como arrastradas por el viento le pareció oír las palabras socarronas de su última nota.

[b]“Espero que te guste mi regalo de despedida”.[/b]

Sonriendo, se puso de puntillas y lo desenvolvió.
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ciro
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por ciro » 15 Oct 2009 22:49

Tiene una vuelta de tuerca interesante, pero es un relato poco creible de principio a fin.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Ororo » 19 Oct 2009 23:21

A mí me ha parecido muy gracioso por la forma de comunicarse Gigi con la detective y por los golpes humorísticos que tiene, aunque le habría venido bien algo más de intriga. Más misterio y menos amoríos :wink:
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Desierto
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Desierto » 20 Oct 2009 01:52

Pues bueno, bien escrito y con un final interesante, con un giro que pilla bien el concepto de "traca final" que creo debe tener cualquier relato corto.
Para mí el problema radica en que resulta un poco confuso, es difícil saber, sobretodo al principio, dónde se sitúa el narrador y a quién hace referencia. Tardas en ubicarte.
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Felicity » 20 Oct 2009 12:22

A mí me parece Bastante interesante :meditando:
Y como ha dicho ciro... con otra vuelta de tuerca del final
Sería una buena novela :D
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por kharonte » 20 Oct 2009 18:03

Pues... no me convence. Más que un relato de negra es romántico.

Y la trama está bien, es curiosa. Pero se alarga al final con la historia de ella con el chico, y quizá podría haberlo planteado de otra manera.
Nunca sabes de qué eres capaz, hasta que te pones a ello.

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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Ororo » 20 Oct 2009 23:22

kharonte escribió:Más que un relato de negra es romántico


:lol: Claro, es que hubo tanta "lucha" entre negra y romántica que es normal que salgan híbridos!
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por artemisia » 21 Oct 2009 11:12

buenos ingredientes pero le falta sal...no me disgusta pero no me acaba de convencer.

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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por al_bertini » 22 Oct 2009 15:39

Divertido, y con cierto toque de chick-lit que haría apostar por el autor/a
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por SHardin » 23 Oct 2009 20:41

Leído. Atado y bien atado, me encanta. Atrapa bastante y me gusta lo que el final sugiere sobre la pérfida Gigi, me gusta como lo deja a elección del lector y yo por cierto me quedo con la versión de que lo prepara todo, hasta la reacción de la asesina.

Uno de mis favoritos.
Última edición por SHardin el 02 Nov 2009 12:01, editado 1 vez en total.

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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Cronopio77 » 27 Oct 2009 23:39

No me dice nada. Está bien estructurado pero, en mi opinión, no bien ambientado. No me queda claro si pretende ser un relato cómico, romántico o de intriga; y he acabado con la impresión de que no es ninguna de las tres cosas. Quizá con más desarrollo para perfilar mejor los personajes, sus amores y sus odios podría conseguirse un buen resultado, pues la idea es buena.
"Cónclave", mi última novela. ¡¡Descárgala gratis!! http://www.bubok.com/libros/2115/Conclave
Visita su hilo en el foro: http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... 10&t=31897

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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Arwen_77 » 28 Oct 2009 21:39

Tiene puntos positivos pero no me acaba de convencer. La confesión de la asesina resulta demasiado fácil (se le escapa la verdad sin ton ni son), la aparición de la policía por ejemplo está explicada a posteriori , traída por los pelos , para asegurar que la confesión está grabada y el final romántico me rechina bastante.
La explicación de la lista de maridos de Gigi tiene sus puntos graciosos, pero resulta un pelín farragosa.
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por Merridew » 04 Nov 2009 10:53

No hay ambientación alguna, y las situaciones están resueltas con pocas sutilezas. La frase final mola, eso sí :mrgreen:
Lo que eres me distrae de lo que dices

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lucia
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por lucia » 25 Abr 2010 18:46

La historia en sí no me llama por la protagonista, pero el final deja con la sonrisa en la boca :D

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nosequé
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Re: I Negra: La clienta muerta

Mensaje por nosequé » 21 May 2011 16:41

Relato romántico, auque haya un muerto
Entretenido

:60:
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
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