CPVII: Santiago de Chile - Selknam

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Ashling
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CPVII: Santiago de Chile - Selknam

Mensaje por Ashling » 12 Abr 2012 16:05

Santiago de Chile

Serían pasadas las seis de la tarde, pero el calor se negaba a declinar. La sombra del paradero de buses lo parapetaba hasta las rodillas, pero sin menguar la temperatura. El sudor inundaba su cuerpo, amenazando con escurrir por entre sus cabellos ralos, por los pequeños pliegues bajo el mentón, por sus mismos hombros y su abdomen cada día más prominente. Observó sus brazos mientras seguía esperando: brillaban bajo la luz, con una fina capa de transpiración que más bien parecía vaselina o algún ungüento espeso, haciendo que sus vellos se le pegasen a la piel. No quería moverse ni un centímetro; la sensación de humedad le desagradaba profundamente. Contempló sus zapatones de seguridad, adentro movió cuanto pudo sus dedos, sintió sus pies caldeados y deseó llegar con prontitud a su hogar, quitarse el calzado y darse una ducha de agua fría.
Levantó la vista. Cruzando la calle, del otro lado, un gimnasio con amplios ventanales servía de reflector para la luz, esa misma que deseaba evitar. Dentro un buen número de personas corría sobre maquinas, sin avanzar ni un milímetro, con los audífonos pegados a sus oídos y transpirando a mares. Transpirando por gusto, pensó.
Volvió a observar la calle en dirección sur, por donde debería venir la micro. ¿Y si tomaba un taxi? Se hizo la imagen mental de su billetera de cuero humedeciéndole el trasero. Para qué la traería si en ella no tenía siquiera un miserable billete.
Una señora muy gorda llegó al paradero, como apurada, como si corriese riesgo de que la micro pasara de largo si es que no estaba ahí sentada para cuando esta apareciera recorriendo avenida Independencia. Sus brazos eran anchos y su estómago prominente, dueño de un vaivén gelatinoso, autónomo del resto de su cuerpo. Se sentó a su lado. Juan, en un primer momento, simplemente la ignoró, pero pasados unos segundos sintió el calor que irradiaba su cuerpo y el sudor que ella también sufría inevitablemente. En un gesto breve se desplazó, alejándose unos centímetros, tratando de darle la espalda como de medio lado, ignorando su presencia y la cercanía de su cuerpo voluminoso.
De pronto vio un bus acercándose en velocidad por la segunda pista: era el suyo. Se puso de pie y junto a él, con un gesto doloroso, la señora. Estiró el brazo y extendió la mano, haciendo al conductor la seña inconfundible de detención. Este, a lo lejos, hizo una maniobra precisa y los dos cuerpos de largo del bus se orillaron reduciendo la velocidad, hasta llegar casi justo a su lado. Un ruido de aire escapando por la parte inferior anticipó la apertura de la puerta. La señora, en un gesto que reveló una agilidad impensada, se le adelantó, subiendo primero. De todas maneras pensaba dejarla pasar, se dijo a sí mismo.
Vio su trasero ascender, y una mancha de humedad en su espalda, oscureciendo su vestido floreado pegado a la piel. Subió justo después que ella. Pagó el pasaje acercando su tarjeta al cobrador y, luego de dar una mirada ciega, optó por irse de pie en el primer lugar vacío a su izquierda, junto a una ventana donde sentiría en su cabeza el aire colarse hacia el interior del vehículo. El bus partió con un tirón, como si el chofer estuviese tratando de reacomodar la carga. La señora gorda, que aún no conseguía sentarse, retrocedió un par de pasos con el brusco movimiento, hasta que una mano invisible le ayudó a sostenerse; de no ser por ella pudiera incluso haber caído.
A Juan le parecía que todo estuviese a punto de derretirse: el suelo, las paredes de la micro, sus ruedas, los vidrios, el bolso que llevaba abrazado y que tanto le hacía sudar las manos, y también él mismo. Le dolía el antebrazo. Trabajaba en el torno ocho horas diarias, presionando los metales hasta convertirlos en piezas precisas. Tenía, además, un leve dolor de cabeza provocado por el calor. Al interior del bus la gente parecía ignorarse conscientemente, como si cada cual fuese solo al interior del vehículo, derritiéndose a su vez. Había alguien que tomaba una bebida a sorbos cortos y un niño lloriqueaba pidiendo un helado. Casi al fondo dos escolares reían, también sudados, pero como si el calor no les importase nada, y estuviesen alegres por todo o por nada y ese fuese el mejor día de su vida. Cómo hubiese querido volver a esa edad y ser él quien riese por cualquier cosa, con tanta inocencia, con tanta vida por delante. La juventud se derrocha cuando uno la tiene a manos llenas, pensó.
A los minutos su cuerpo se hizo cargo del traquetear de la micro, sintetizándose con él, asumiéndolo como propio. La gente miraba por la ventana, miraba hacia fuera, miraba lejos, a cualquier parte que no fuera las caras de las otras personas. Él, en cambio, se dedicó a observar hacia adelante cómo la gente subía en grupos, cansada y comenzaba automáticamente a zarandearse.
Al rato su mente comenzó a avanzar, ganándole tramos al vehículo, llegando a su hogar, viendo su cuerpo lanzarse sobre la cama, en aquella habitación de tabiquería, con las paredes de madera oscura, pero siempre fresca. Sintió incluso cómo sus músculos se relajaban, perdiendo toda la tensión que habían sufrido durante el día. Percibió también los dolores musculares que lo aquejaban cada noche, pero no le importó; lo único que quería era estar ahí y poder descansar, aunque fuese un momento, aunque supiera que al siguiente día todo sería tal como el anterior, y que aquel maldito calor lo estaría esperando desde temprano en el taller, hasta hacerlo perder el último gramo de energías que hubiera recuperado durante la noche. No importaba, se sentía tan cansado que estaba dispuesto a que el siguiente día fuese exactamente igual con tal de poder descansar. Así anduvo por un buen tramo en dirección a su casa, abandonando cada vez más sus fuerzas. Le hacía falta descansar, comer y alguien que le diese un poco de cariño.
El bus dio un salto como cualquier otro y se detuvo en un paradero. La micro, al frenar, hizo un ruido que le recordó al torno, retorciendo los metales, moldeándolos hasta darles forma. Los pasajeros, resbaladizos, se reacomodaron en su asiento. Juan seguía mirando fijo hacia delante. El sol cada vez bajaba más y a ratos, entre las casas y edificios, la luz le daba de lleno en la cara, cegándolo. El ruido del aire comprimido antecedió, como cada vez, a la apertura de puertas. Alguien descendió del vehículo, por un costado. Por delante vio subir una muchacha. El calor arreciaba y él seguía sintiéndose cada vez más incómodo, más deseoso de terminar ese día, y de pronto aquella mujer. Aquella mujer, esa mujer…
Primero la observó de perfil, mientras ella acercaba su tarjeta a la máquina cobradora de pasajes. Vio su rostro emerger entre sus cabellos, su nariz empinarse levemente, su tez clara, sus pómulos firmes. Contempló en apenas un instante el mechón liso que cubría el margen de su rostro, como si fuese un marco que estuviese ahí sólo para realzar su belleza. Entre un mechón y otro escapaba la parte superior de su oreja asemejando un arete, tan alba entre el alazán de su cabello, tersa y rígida, describiendo una circunferencia que desaparecía entre más cabellos, una circunferencia formada a trazos rectos, como si la hubiese dibujado un niño pequeño destinado a ser un gran artista. Se imaginó a sí mismo, frente a ella, ayudándola en un gesto sutil, atemorizado, con sus dedos índice y medio a acomodar ese mechón tras su oreja, descubriéndola por completo, sin atreverse siquiera a poner dentro el sonido de un murmullo. Verla y contener el resuello fue todo uno. Y se quedó contemplando esa nariz recta, esos ojos pardos que buscaban el lugar exacto donde acercar su tarjeta de pago, moviéndose rápida pero brevemente de un lugar a otro, como si titiritasen, y aquel trocito de oreja que desaparecía, sugiriendo formas finas ocultas en todo su ser.
Un bip agudo anunció que el pago había sido cargado a la tarjeta y que la muchacha podía avanzar por el torniquete. De veintisiete a treinta años, no más que eso le calculó Juan. Hizo un gesto con su cuerpo, adelantó su cadera en un movimiento simple pero sinuoso y, instantes después, se vio liberada del torniquete que cercaba su paso. La vio dueña de una frescura, con una liviandad en sus movimientos que le intimidaron. Era como si nada en ella reflejase el calor que hacía ahí afuera, como si el clima no la afectase, como si a cada momento pudiese seguir sintiéndose tersa.
Percibió su propio pecho repleto del resuello contenido y un hilito de sudor que amenazaba con correr por su mejilla. La muchacha avanzó un par de pasos, acercándosele, mientras casi oía las palpitaciones sufrientes de su corazón, víctima de una epifanía. Estiraba sus brazos, afirmando su cuerpo del vaivén del vehículo que había vuelto a comenzar su marcha, agarrándose de los pasamanos en la altura, estirando sus extremidades juveniles. El vehículo seguía avanzando y Juan pensaba que en cualquier momento podría morir, que ya no necesitaba llegar a su casa, ni quería su cama, que perfectamente ese momento podría perpetuarse para la eternidad y con eso sería feliz, ya no sentiría el dolor de su cuerpo, ni escucharía el ruido del torno al girar cuando estuviese acostado en su cama por las noches, que si ello le miraba su dicha estaría completa, que si se quedaba de pie a su lado se iría directo al cielo, que si…
De pronto, en la calle por la que avanzaban, a un edificio le sucedió un conjunto de casas de baja altura y el interior del bus se inundó de luz, en un haz cortado entre las construcciones. Esa luz dio de lleno en el rostro de la muchacha, quien escondió un poco el rostro y arrugó el entrecejo. Que me mire, que me mire, pensaba con fuerza Juan. Pero ella giró hacia el otro lado. Alcanzó a ver sus ojos iluminados con claridad, luego no vio más que su perfil semioculto, el gesto de molestia, el rostro escondido y pasó junto a él, pasó de largo, dejándolo abandonado en aquel lugar. Atrás quedaron los asientos vacíos que él no quiso utilizar. Allá atrás fue a ubicarse, saliendo de su vista, justo donde él podría haber estado sentado. Fue así como la mujer quedó fuera de su campo de visión. Tampoco faltaba mucho para bajar, pensó tratando de resignarse.
Cinco minutos más tarde, al descender de la micro la buscó con la mirada. Sus ojos no la hallaron.
***

Temía profundamente su reacción. Debía decírselo, no podía evitarlo. De todas maneras, no podía durar demasiado. La había sorprendido con él. Sí, así había sido. Pedro se lo había advertido: de ahora en más, no más engaños. La habían descubierto de nuevo. ¿Qué si estaba arrepentida? Ni ella lo tenía muy claro. Estaba arrepentida de que la hubiesen descubierto, eso por seguro. Sobre lo demás, ni idea.
Fue a buscarlo a la salida del trabajo. Tenía miedo. Sentía su presión arterial baja; siempre le pasaba lo mismo cuando algo la asustaba. Estaba pálida. Bebía a pequeños sorbos de una botella de agua, evitando empeorar, esquivando un eventual desmayo. Seguramente hacían más de treinta grados, pero ella tenía frío.
Caminó durante un buen rato, de acá para allá, haciendo la hora fuera de la farmacia donde él trabajaba como guardia de seguridad. Ya no estaba en la entrada, ni se le veía caminar por dentro; era hora de que estuviese cambiándose ropa, alistándose para salir. ¿Cómo se lo diría? Intentaba infructuosamente de ensayar las palabras en su mente, pero no lograba coordinar nada. Algo le soltaría, quizás lo mejor fuese actuar con algo de desfachatez, largárselo todo, mostrarse sin arrepentimiento, eso podría eventualmente funcionar... ni ella se lo creía; la abandonaría, esta vez sí que la abandonaría. Se lo merecía.
Finalmente emergió de la farmacia, con un estuche bajo el brazo donde guardaba sus útiles de aseo. Al verla endureció el rostro. Tenía esa cara que se prestaba bien para la función que desempeñaba: hosca, de pocos amigos, con facciones firmes y formas rectas. Se le acercó, avanzando con pasos decididos. Cómo lo saludaría. Le hubiese gustado besarlo en los labios, como cuando todo estaba bien, pero él podía ofenderse, correr la cara o simplemente insultarla como respuesta. Y razón tendría, pensaba, razón tendría
Se paró frente a ella. Todo sucedió tan rápido que ni tiempo le dio para decir lo que malamente había preparado. Quería disculparse, decir alguna cosa que ayudase a mejorar las cosas, por ellos, por su hijo… Qué quieres. Quéquieres, quémierda quieres. Quéhacesacá, cómosetecurre. Y todas esas cosas le dijo, como si estuviese disparando palabras de indignación. Se lo esperaba. Claro que Clara se lo esperaba. Mecagaste. Te metiste con el Joaquín, brujaemierda, cómosetecurre meterteacá. Y no hubo ni un: peromiamor escúchame, unapalabritanomás que valiera. Fue tan rápido. Y él venía saliendo recién bañado del trabajo, con las mejillas rojas, sulfurado. Repasaba su imagen mientras iba dándole la espalda para alejarse calle abajo, mientras la gente comenzaba a rotar la cabeza, siguiendo con la vista la escena. Andateynovuelvas, escuchó que le gritaba. Notequieron mi-casa. Ándate. Tequeríaporlamierda. Eso lo oyó diáfano. Se mantenía un par de pasos tras ella. La gente los miraba, acumulándose. Putaemierda, cuando llegue a la casa tienes que haberte ido. Ta’hemierda!
Y lo sentía mordiéndole los pasos, pegado a su espalda. Temió en algún momento que le levantara la mano. No le habría sorprendido. Jamás lo había hecho, pero esta vez no le habría sorprendido.
Un hombre pasó muy cerca por su lado, con la mano extendida, firme, robusta, haciendo con ella detenerse a su marido. Por el rabillo del ojo vio el primer empujón que le daba, sintió cuando comenzó el forcejeo y escuchó asustada, al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda, el primer puñetazo que impactaba en pleno rostro, sonando húmedo, como si lo que golpeara no fuese el rostro de su marido, sino que la superficie de un lago aquietado. Se detuvo en seco, pero una mujer la agarró del brazo y la hizo seguir caminando hasta el próximo paradero. No opuso resistencia, sabía que no había vuelta atrás. Quizás sí existía alguna posibilidad antes de esos golpes que ahora oía, pero jamás después. Tendría que irse. Irse de la casa. Dónde iría. Era su culpa. Al menos si fuese la primera vez, tendría otra opción, podría esperarlo e intentar convencerlo de que jamás, nunca más lo haría, que todo había sido un error, que no había querido. Pero ya no más. Hasta su hijo se había enterado de todo. No se iría con ella. Ya se lo había dicho, sin ninguna duda, la vez anterior. Me quedo con mi papá. Eso le dijo. Te vas y me quedó con mi papá.
Sintió que se le nublaba la vista. Dónde iría. Escuchó otro golpe seco sobre una piel húmeda. Oyó gente que daba voces indiscretas, y mirones que corrían deshaciendo los pasos que ella acababa de hacer, yendo hacia donde su esposo comenzaba a ser golpeado por no solo uno, sino que varios hombres que habían entrado en su defensa. Todo se había enredado. Todo estaba mal, partiendo por su matrimonio. Todo se iba al carajo. Y pensar que había ido ahí con el fin de arreglarlo.
Apenas aguantaba el mareo. Cada vez veía menos. Sentía ganas de largarse a llorar y un frío que le calaba los huesos. Miró su antebrazo y vio como sus bellos se habían erizado y la piel se le había puesto de gallina. Frío en pleno verano, frío con más de treinta grados. Vio una micro venir y la hizo detenerse. El ruido del aire comprimido le dio la subida. Buscó entre sus prendas donde había metido la tarjeta. Se sentía desolada, completamente desorientada. Apuntó con su tarjeta a distintos lugares de la máquina cobradora sin atinar al lugar exacto donde el mecanismo se activaba. La pena comenzó a anegarle la vista, dificultándole aún más su misión. Parpadeó rápido, tratando de aclarar las cosas y por fin escuchó el bip. Ni siquiera intentó empujar la barra del torniquete con la mano como acostumbraba a hacerlo; era muy probable que con el mareo que sentía no la alcanzase. La empujó, en cambio, con la cadera.
Un hombre se quedó observándola. Inmediatamente, un rayo de luz la golpeó en la cara, cegándola, obligándola a entrecerrar la vista. En tanto sentía que los ojos de aquel hombre seguían clavados en ella, como si en su frente tuviese escrita la palabra “adúltera”. Evitó su mirada a toda costa, sintiéndose acusada. Quizás quién sería. Un busca vidas, un mujeriego, un hombre intachable al que espera su mujer en la casa, mujer que jamás lo ha engañado y a quien él jamás engañará. Prefirió pasar de largo. Su sola mirada le dolía.
Avanzó hacia el final de la micro.
***
Corrían veloces, saltando obstáculos más imaginarios que reales, esquivando personas, animales, carritos de bebidas, kioscos. A sus trece años nada podía parecerles más alegre que correr, alejándose del timbre del colegio que les daba la partida, como si estuviesen escapando, mirar la ciudad en velocidad y ver cómo algún perro callejero se les sumaba en su carrera, como si no pudiese evitar sentir envidia a tal punto que sus patas lo obligaban a integrarse a aquella carrera desbocada, sin ton ni son, lengua afuera y el torso alargado. Los niños corrían como si a cada paso se desarmasen un tanto; su mochila resbalaba más y más de sus hombros, sus cabellos se desordenaban sudorosos, sus pantalones comenzaban a bajar y bajar, los cordones se desabrochaban de sus zapatos.
–¡La micro! ¡Ahí va la micro!
Y fue así como la carrera tomó sentido. Debían alcanzarla. Debían correr como un zumbido entre la calle atestada de gente, avanzar una manzana completa antes de que bajara el último pasajero. Javier iba un poco más atrás, Ernesto era el más ágil. El perro los había superado a ambos y parecía darles tiempo para que lo alcanzaran a su vez; miraba hacia atrás a cada instante, como apuntándoles con la lengua floja el lugar exacto a su lado donde deberían estar. Y correr, correr lo era todo. Ernesto recordaría ese día cuando más grande. Recordaría esa carrera, el perro enjuto, blanco, como un galgo mal nutrido, estirándose sobre el cemento, como si volara, para alcanzar precisamente esa micro. Pudieron haber chocado con algún transeúnte, el bus pudo haberse demorado algo menos en la parada, o simplemente haber pasado después. El perro quizás jamás pudo habérseles unido y así no habrían acelerado más aún. Tantas cosas podrían haber pasado, pero nada ocurrió distinto y fue así como Javier y Ernesto se subieron a la micro, justo cuando las puertas traseras se cerraban, sin pagar su pasaje.
Se sentaron en los dos asientos vacíos que enfrentaban esa puerta. El perro los miró desde abajo, como sintiéndose traicionado, con la lengua cada vez más larga, vibrante, como si quisiese barrer el suelo con ella. Y el bus se puso en marcha.
Recordaría también el movimiento acompasado de la micro. La señora gorda que iba sentada un par de puestos más adelante, con los brazos desnudos. La niña que comía un helado y rezongaba quién sabe qué. El hombre que abrazaba un bolso, cansado, y con las manos ennegrecidas. Todos esos detalles recordaría.
Pero lo sabía. Tenía ya más de sesenta años y sabía que jamás había logrado recordar cuando apareció su madre a su lado como de la nada. Tampoco recordaba qué fue lo que le dijo durante todo el trayecto, aunque estaba consciente de que no paró de hablarle con voz tierna, acunante; voz de madre dolorida. Sí recordaba lo frío que estaba su cuerpo, pegado al suyo y cómo lo acarició con desesperación y amargura; recordaba perfectamente que su amigo primero lo miró con sorna pero luego se quedó en su rostro un gesto de miedo o incomodidad o ambas cosas juntas al ver la fruición con que ella lo acariciaba. Por último también recordaba que no se bajó con él, sino que varias cuadras antes de la casa.
Jamás volvió a verla.
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Isma
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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Isma » 15 Abr 2012 18:00

Por favor, qué buen relato. Cada una de sus tres partes narrada con un estilo distinto, con una cualidad característica; el primero, el de Juan el trabajador, marcado por el calor que lo impregna todo como un color. El segundo, el de Clara, marcado casi por lo opuesto, por el frío y por esas palabras unidas al estilo de Joyce en su Ulises. El tercero, el de los niños y el hijo de Clara, definido por la velocidad de la vida infantil y por las frases encadenadas, igualmente veloces. Muy bien trabajado y coherente, y cada estilo se adapta muy bien a lo que se cuenta.

El nexo de unión, es el micro o autobús, en el que la señora gorda juzga la escena, como si fuera el lector. Ahora que lo pienso, el título del archivo en el que viaja sin billete ese relato es 17 - Santiago de Chile, que cualquiera podría reconocer como una de las líneas que recorre. ¡Qué casualidad!

Qué pena ese bello en la forma, impecable por lo demás. Muchas gracias por este precioso relato.

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Gisso
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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Gisso » 15 Abr 2012 23:00

Otro voto a favor de este relato, me ha parecido muy bueno. Muchas veces he intentado escribir algo parecido, pero sin éxito. Me gusta como se entretejen las historias con el nexo de unión que es el encuentro casual en un microbús. ¿Cuántas historias nos cruzaremos al cabo del día? Reconozco que el último párrafo me dejó desconcertado en un principio, ya que no lo entendí, creía que faltaba historia. Tonto de mi, que después de una relectura me di cuenta que Clara era la madre del niño. Pero se me hace extraño ese salto al futuro en la forma de narrar de los dos últimos párrafos. Gracias por este maravilloso relato :60: Imagen.
Última edición por Gisso el 18 Abr 2012 13:58, editado 1 vez en total.

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por sergiocossa » 16 Abr 2012 16:03

Muy buen relato, con historias separadas que uno intuye se unirán en algún momento. Cada uno con su descripción y su voz. El vehículo conductor (la micro) es el lugar ideal y me recuerda a algún cuento de Cortázar. Como todo texto, tiene cosas para pulir, como la reiteración del “poder descansar” en un mismo párrafo.
No comprendía la razón del título, pero me queda bien la interpretación de Isma en su comentario.
Un gusto. Saludos.
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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Emisario » 16 Abr 2012 16:46

Me ha gustado, transmite una sensación de vivir y seguir adelante, como en la micro, que te lleva a un desenlace a veces no definido y otras marcado por hechos irreversibles, como la vida misma.

Saludos, coterráneo.

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Nínive » 16 Abr 2012 17:04

Me ha gustado mucho. Cómo el autor consigue que se entremezclen las historias.....ese final que te deja un sabor amargo....
Buen trabajo :60: Otro relato a tener en cuenta.
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por elultimo » 16 Abr 2012 18:48

Es evidente que está muy bien escrita y la lectura se hace amena y agradable. Se nota que el autor/a tenía muy claro lo que quería contar desde el principio y por eso, y aunque la historia en sí no me ha llamado mucho la atención, de momento la tengo en cuenta.

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Gavalia » 16 Abr 2012 21:19

SANTIAGO DE CHILE en su conjunto me ha parecido excelente. Algo denso en algún momento y quizá confuso por los ajustes de los vocablos latinos que utilizas. He notado que estos desaparecen en párrafos completos del relato. Como si fuera otro el que escribiera, pero sin Perder la línea y el tono en ningún momento, esto es una impresión bastante subjetiva por mi parte, pero eso me ha parecido. Lo cierto es que he oído el murmullo de la ciudad claramente, y he sentido tanto las presencias de tus personajes como los vaivenes del autobús. Muy interesante la forma de enlazar escenas y tiempos. Gracias compañer@ (candidato seguro)
-¡Qué felices éramos hace quince años!
-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
-Por eso María, por eso... 8)

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por shirabonita » 18 Abr 2012 13:27

Relato muy interesante, que parece arrancar contando historias inconexas, pero que al final convergen en un microbús atestado, que avanza por una ciudad recalentada.
Lo que más me ha gustado es el realismo con el que describe el transporte público: la gente está muy cercana físicamente, pero intenta estar lo más distante posible de aquellos que se sientan a su lado,y generalmente miran hacia fuera para no tener que mirar a la cara a otra persona, que puede estar viviendo un infierno en silencio, o una vida tan dura o más que la nuestra.
Me gusta que converjan todas las historias finalmente es ese microbús atestado, y que la madre "infiel" pueda despedirse de su hijo.
Es una historia que da que pensar, y eso le añade aún más puntos.
Muy, muy buen trabajo!
Como un gran cielo, color verde claro, desearía que mi corazón fuese así de inmenso. (Emperador Meiji)

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Lía » 19 Abr 2012 09:47

Qué relato más bueno, impresionante. Sin duda el que más me ha gustado hasta el momento.
Impecable en todo. Se me hizo corto . Muchas gracias :hola:
Leyendo: La delocadeza de David Foenkinos

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por kassiopea » 19 Abr 2012 12:18

Me ha gustado mucho. Me ha gustado que el relato retrate unos personajes anónimos que se mueven en la cotidianidad, en lo trivial de su existencia... Pero muy pronto conocemos el nombre del cansado empleado que está deseando llegar a casa para descansar: Juan. A partir de ahí ya nada es trivial. Es un relato hermoso y cruel, duro, triste como puede ser la vida misma. Partiendo de unos hechos cotidianos, el autor refleja diversas facetas de la existencia... y, tal vez, que la casualidad no existe: Si el autobús hubiese llegado con retraso, si el perro no hubiese animado a los niños a correr más, tal vez el niño no hubiera visto por última vez a su madre: Clara :cry:
Excelentemente narrado, muy interesante la forma de presentar la historia al lector. Me parece un gran trabajo y es preciso dar la enhorabuena al autor :eusa_clap:

Muchas gracias por compartir y un saludo :60:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Dori25 » 19 Abr 2012 12:58

Me gusta mucho la idea, dá para mucho más, una novela entera con todos los personajes del autobus.

Muy bonito. Gracias autor!!!
El edificio Yacobian
Recuento 2019
Este año me he hecho un sandwich fantástico, entre Mariki y Judy.

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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Lifen » 19 Abr 2012 14:46

Huy, otro que me encanta, al final no se lo que voy a hacer. Es que éste describe todo tan bien, si hasta me he puesto a sudar con Juan y luego me he quedado helada con Clara y me he puesto a correr con su hijo... que menos que ponerle un montón de estrellicas. Y me han encantado esos términos chilenos. En fin, que a mi me has transportado hasta Santiago de Chile y he hecho todo el recorrido con ellos en la micra :D

Y cómo lo del bello ya te lo han dicho, yo me lo evito, además quiero imaginar que ha sido una confusión provocada por no ser español :D
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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Berlín » 19 Abr 2012 14:58

Un gran relato.
He dejado pasar un rato para dejar reposar mi opinión. Sé cuanto me ha gustado un relato por el tiempo que se queda rondando dentro de mi cabeza, y este está dando vueltas y más vueltas. Me ha dejado un sabor triste y amargo que perdura. Es muy difícil hacer un relato así, crear personajes y hacerlos coincidir en un momento de sus vidas. Algo así como tomar a los personajes de la mano y presentarlos "mira este es Juan, aquí, Juan, tienes a Clara, y este que entra es su hijo, ella le adora, pero ha engañado a su padre y ha tenido que marcharse, y mira esta señora está gruesa, seguro que tiene un problema de tiroides, o a lo mejor no, simplemente le gusta mucho comer"
Hace mucho calor y todos escuchamos las tripas de ese micro. ¡Es bonita esa mujer y tiene toda una historia detrás, ella parece no hacer mucho caso de Juan, porque recela de todo el mundo.
y él la mira como si ella fuera un oasis.
Y que hermoso sería poner ese mechón de pelo tras la oreja.

En fin, que me enrollo, me parece un texto muy bueno, y no me importaría nada que me ganaras por goleada.
Un gusto y enhorabuena.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: CPVII: Santiago de Chile

Mensaje por Eleanis » 19 Abr 2012 15:06

Lamento disentir de las opiniones anteriores, pero este relato no me ha gustado. La idea es muy buena y original, pero los innumerables fallos de redacción, semánticos y hasta ortográficos —de los que enumeraré algunos después— entorpecen y hacen desagradable la lectura.
A favor puedo decir, además de la originalidad de la idea y el evidente esfuerzo del autor por transmitirla, que me ha parecido muy acertado intercalar los pensamientos del protagonista de forma paralela a la narración. Esto le da fuerza al relato.

En cuanto a los fallos mencionados, a modo de ejemplo cito el abuso de los ¨su¨y ¨sus¨, en lugar de ¨lo¨ y ¨los¨, especialmente en el primer párrafo, aunque se reiteran a lo largo del texto.
En la frase: ¨... Los ojos de la muchacha se movían... como si titiritasen... ¨Titiritar o tiritar es temblar de frío; lo correcto es titilar, es decir destellar.
Algunas descripciones sobran, son más para una novela que para un relato. Es el caso de ¨estiró el brazo y extendió la mano, haciéndole al conductor la seña inconfundible de detención¨.
En fin, reiteraciones, oraciones mal construidas, tildes que faltan, puntuación incorrecta en muchos frases.

Para terminar, quiero decirle al autor que su esfuerzo se advierte claramente, que es evidente que ha trabajado mucho para conseguir este relato, y que si he sido duro en mi comentario no es por desacreditarlo sino, al contrario, para que los errores puedan ser enmendados, pues la historia lo amerita.

Un saludo, compatriota.
El tiempo es arte

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