CIFI:Donde muere el sol - joserc (Ganador popular)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CIFI:Donde muere el sol - joserc (Ganador popular)

Mensaje por lucia » 14 Oct 2012 12:25

Donde muere el sol

Una idea, una sola, pasó haciéndole cosquillas como un ratoncillo blanco y suave. Se deslizó por su mente con cuidado, acariciándole el alma con sus pequeñas patitas. “No tengo dolor” pensó. No sabía cuánto tiempo llevaba flotando en aquel líquido espeso y oleoso. No había nada en ninguna dirección, no había un arriba ni un abajo, nada que le sirviera como referencia. Tan solo un vacío absoluto, un espacio blanco e infinito por el que se movía lentamente, con una sensación total de abandono, sin preocupaciones, sin pensamientos negativos, sin dolor.
Cerró los ojos y sonrió, pero se dio cuenta que daba igual, seguía viendo lo mismo. Era como si sus párpados fueran transparentes, una idea rara y extraña, un ratoncillo gris, que no le inquietó lo más mínimo. De hecho, nada le inquietaba.
Desde algún sitio lejano llegó una voz femenina: “David…”
Se giró en todas direcciones, buscando el origen. “David…” repitió aquella mujer. “David… David… David…”
Un punto brillante apareció debajo de sus pies. Sin duda alguna la voz procedía de allí. Le llamaba insistentemente, invitándolo, pero David sentía que no debía hacerla caso, que debía nadar en sentido contrario a través de aquel universo líquido. Entonces el punto empezó a atraerle poco a poco. No había nada a lo que agarrarse, no podía resistirse y el punto empezó a crecer a medida que iba acercándose. La sensación de tranquilidad se fue diluyendo y algo negro y negativo empezó a ocuparle la mente. Los ratoncitos huyeron despavoridos. El punto se convirtió en una especie de pozo y supo entonces que caería por él irremediablemente.
Abrió los ojos. Estaba recostado en su sillón, delante del televisor. Sus brazos reposaban cómodamente y su mano sostenía el mando, apuntando como si quisiera fusilar a la caja tonta.
Elena estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándolo seria.
–Ya estás aquí de nuevo –Le dijo con una voz suave, tranquilizadora.
–¿Cómo…?
–Te has quedado dormido... pensé que no ibas a despertar nunca.
–Ah, claro –Se frotó los ojos con los nudillos.
En algún lugar de su cabeza empezó a germinar una migraña. Últimamente empezaba como una pequeña y molesta semilla que apenas despuntaba en la base de la nuca, luego crecía y se dividía en múltiples ramas espinosas que le arañaban dentro del cerebro. La solución entonces era irse a la cama, con un paño húmedo sobre los ojos y una gran dosis de analgésicos. Por lo menos al principio funcionaba, el problema era que desde hacía un par de semanas, que él recordara, las pastillas habían dejado de hacer efecto.
–Maldita sea, debería haber seguido durmiendo. Ya empieza a dolerme la cabeza, ¿me traes una pastilla?
–No te hará efecto.
David la miró frunciendo el ceño.
–Algo me hará, ¿no?
–No te hará efecto, David.
–Qué rara estás. Voy a salir al jardín. Tráeme el analgésico y un poco de zumo.
David salió y se sentó en una hamaca. Miró hacia la ventana de la cocina. Veía a Elena a través del cristal. Estaba de pié mirándole fijamente, sin apenas expresión. La migraña le lanzó un dardo de dolor que impactó directamente en la parte superior de la cabeza. Fue como si subiera quemando a través de su cabeza, hasta explotar con una quemazón justo debajo de la piel. Cerró los ojos, apretando los párpados. Cuando volvió a abrirlos, Elena seguía mirándole desde la cocina. No se había movido nada. Le parecía algo raro. Normalmente se habría preocupado de traerle el analgésico inmediatamente, se habría sentado a su lado y le habría dado un masaje en las sienes, susurrando palabras dulces para alejar el dolor. Definitivamente estaba muy rara.
Se recostó en la hamaca y respiró hondo, intentando relajarse. Miró hacia la casa de enfrente. En el porche estaba jugando Miguel, el hijo pequeño de los vecinos. El crío empujaba un cochecito de colores. Levantó la vista y le miró directamente. David alzó la mano y le sonrió. El niño se puso de pié y le miró seriamente, sin moverse.
–Eh, Miguel ¿qué tal? ¿Ese es el cochecito que te trajo Papa Noel? Es bonito.
El niño no le respondió.
–¿Te ha comido la lengua el gato? Ven aquí y dime por qué estás tan serio, anda.
El crío siguió sin moverse y empezó a hacer pucheros.
–Pero... ¿qué te pasa, Miguel? ¿Por qué lloras?
De repente se abrió la puerta del porche y salió el padre del niño. David se dirigió a él.
–Toni, al niño le pasa algo. Estaba jugando tan tranquilo y de repente se ha puesto muy raro. Le estoy hablando, pero no me responde.
El padre se agachó y cogió al niño, que le echó los brazos al cuello y enterró la cara en su cuello, desconsoladamente. Se dio la vuelta hacia la puerta y justo antes de entrar se giró en dirección a David, apretó los labios en un gesto de reproche y, meneando la cabeza, entró en casa.
–Pero, ¿qué coño le pasa a este?
Dos latigazos más le sacudieron la cabeza. El dolor no desaparecía. Se levantó y entró en casa.
–Elena, me voy a dar una vuelta, a ver si se me pasa un poco esta jaqueca.
–No salgas.
–A lo mejor con un paseo se me pasa.
–No salgas, David. No puedes salir.
–¿Por qué no voy a poder salir? Deja de decir tonterías –descolgó el abrigo de la percha y se lo puso. Elena se colocó delante de la puerta.
–Te repito que no puedes salir.
Algo negro y colérico invadió la mente de David.
–Pues voy a hacerlo. Deja de decir sandeces y apártate –gruñó.
La cogió por el hombro e intentó empujarla pero es como si estuviera pegada al suelo. No pudo moverla ni un centímetro.
–Pero, ¿qué...? –la miró asombrado–. Está bien, saldré por el jardín.
Se dirigió hacia la puerta acristalada del salón y miró por encima del hombro. Elena no apareció detrás de él. “Menos mal”, pensó. Todo el mundo está hoy muy raro.
Salió a la calle y empezó a andar por la acera. Había una suave brisa muy agradable que invitaba a disfrutarla paseando, a pesar de lo cual no se veía a nadie en ninguna dirección. Avanzó mirando las casas de sus vecinos. Parecían estar en silencio, sin apenas movimiento. De repente detectó por el rabillo del ojo que la cortina de una ventana se movía. Una mujer mayor le miraba con los ojos muy abiertos y la mano en la boca.
–Vieja cotilla, espiando a todo el que pasa. Siempre ha sido así la señora… –no le venía su nombre a la cabeza –¿Cómo se llamaba esta mujer? La señora…
A pesar de que conocía a esa mujer desde hacía años, fue incapaz de recordar su nombre. Siguió andando durante varios minutos, observando su alrededor. La migraña iba subiendo de intensidad poco a poco y los latigazos en el cerebro eran cada vez más fuertes. De repente se paró en seco. Acababa de ver algo raro. Volvió sobre sus pasos y observó una placa metálica que estaba atornillada a la pared. Sin duda alguna era el nombre de la calle, pero era totalmente ininteligible. Es como si estuviera escrito en un idioma desconocido. Intentó identificar a qué lengua podían pertenecer aquellos caracteres, pero lo fue imposible.
–¿A quién se le ha ocurrido hacer esto? Gamberros de mierda.
Siguió andando y al volver una esquina vio otra placa de caracteres ilegibles en la pared. Parpadeó asombrado. Caminó deprisa hasta un cruce que había más adelante para ver si había más placas como aquellas. Al llegar se giró buscándolas. Allí estaban, en las cuatro esquinas. Los caracteres eran exactamente iguales a los que había visto antes. “Esto es una locura”, pensó. Un golpe de dolor le hizo agarrarse la cabeza con las dos manos. “Tengo que volver a casa”. Sin embargo, debía comprobar algo más. Echó a correr en dirección a la zona comercial. Solo estaba a tres calles. A pesar de que el dolor empezaba a ser insoportable, consiguió llegar hasta el aparcamiento que había en la puerta del supermercado. Miró a su alrededor asombrado. Todos los carteles estaban escritos en aquella extraña lengua.
–Eh, ¿dónde vas? –le gritó un extraño a su espalda.
Se dio la vuelta para enfrentarse a un hombre mayor, que gesticulaba airado.
–Vuelve con Elena ¿Cómo es que te ha dejado salir? Vamos, vete de aquí.
–¿Quién es Usted? No le conozco de nada.
–¿No me oyes? Qué te vayas te estoy diciendo. –El viejo se acercó y David sintió de nuevo aquella sensación de furia que había tenido hacía un rato con Elena.
Algo le impulsaba a empujarle y quitarle de su camino. Cuando el hombre se encontraba a un metro escaso, David juntó todas sus fuerzas y le golpeó el pecho con ambas manos. Fue como intentar mover un muro. Se tocó la frente perlada de sudor. “¿Será que estoy tan enfermo que no puedo ni empujar a un viejo?”
Varios rayos de dolor se dispararon dentro de su cabeza. Esta vez vinieron acompañados de una sensación de vértigo y náuseas. En cuanto se recuperó echó a correr. Las voces del anciano quedaron a su espalda y se fueron haciendo cada vez más lejanas. “Tengo que volver a casa” pensó.
Sus pasos le llevaron esta vez a escoger otro camino de vuelta. La migraña parecía ya un inmenso puño de espinas que se cerraba y se abría dentro de su cabeza. Se agachó e intentó vomitar, pero no le salía nada del cuerpo. Al levantarse sintió que el corazón se le disparaba. En la acera de enfrente, entre dos casas, había un espacio de unos veinte metros cuadrados totalmente vacío. Era como si un gigante, con un cutter enorme, hubiera trazado un rectángulo en el aire y todo lo que hubiera dentro hubiera desaparecido. Cruzó la calle hasta situarse delante del rectángulo. Alargó una mano temblorosa, esperando que quizá desapareciera dentro pero no tocó nada. Sus dedos avanzaron en lo que parecía un vacío suspendido en el aire. Retrocedió asustado, pensando que podría caerse en aquella nada y desaparecer y echó a correr por el centro de la calle. Se dio cuenta entonces que había más rectángulos vacíos a ambos lados.
Tambaleándose, llegó por fin a su casa y entró. Quizá fuera el olor familiar de su hogar lo que hizo que la migraña se escondiera momentáneamente en su cubil, dándole un breve respiro. Abrió los ojos y llamó:
–¡Elena! No sé qué está pasando –Se quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Miró en derredor buscándola. Oyó entonces un gemido en la habitación del fondo y se dirigió allí.
Elena estaba sentada en la cama. A su alrededor, cubriendo cada centímetro de colcha, había montones de fotografías, folletos de viajes, facturas y un sinfín de papeles y recuerdos. Provenían de una vieja caja de hojalata que reposaba encima de sus rodillas. No parecía darse cuenta de la presencia de David, quieto bajo el marco de la puerta. Con parsimonia metió la mano en la caja y sacó lo último que quedaba, una tarjeta de color gris oscuro. La miró atentamente y dos gruesas lágrimas se deslizaron por su cara. David se acercó, sin saber a qué venía todo aquello y se sentó a su lado. Abría la boca para hablar, cuando se fijó en la tarjeta. Era la reproducción de un dibujo hecho a lápiz. Una carretera vista en perspectiva, desde arriba, que avanzaba hasta el horizonte, donde despuntaba un sol rodeado de nubes, con pájaros volando, lejanos. Un sentimiento positivo, de algo cálido, intangible, algo que no podía recordar con exactitud, le inundó al instante. Trató de retenerlo, pero se escurrió como agua entre las manos. Debajo del dibujo había unos caracteres como los que había visto escritos por todas partes. Bailaron brevemente delante de sus ojos, se movieron y empezaron a colocarse en su sitio. Entonces entendió lo que decía aquella escritura:
“Allí, dónde muere el sol, aquel sitio que solo conocen los pájaros, allí, al final del camino, te espero, amor mío”
“David, nuestro amigo, compañero, amado esposo, nos abandonó. Su funeral se celebrará el próximo 20 de Abril. Te rogamos acudas para darle nuestro último adiós”
–¿Qué… qué… es eso? Elena, qué… ¿Ese soy…?
El dolor, monstruo espinoso, salió en tromba desde su guarida y atenazó su cerebro de nuevo. Esta vez vino para quedarse, para destrozar todo lo que había de bueno y malo, para reducir a cenizas el mundo y dejar solo una gran llanura desolada. David se agarró la cabeza con las dos manos y apretó los ojos desesperadamente. Cayó sobre la cama entre gemidos, retorciéndose, intentando apartar a la bestia.
Elena le miró entre sollozos. No podía soportar aquel momento, nunca podía soportarlo. “Ya es suficiente”, se dijo a si misma, y, alargando la mano hacia David, presionó en un punto, justo detrás de la nuca.

“Clic”

David se quedó totalmente inmóvil, sus brazos cayeron laxos, y su cabeza quedó boca arriba, con unos ojos vacíos que miraban el techo de la habitación.
Pasados unos segundos, un monitor que había colgado en la pared se encendió automáticamente. La imagen de una teleoperadora, con cascos y micrófono, llenó toda la pantalla. La chica miraba una pantalla de ordenador, mientras tecleaba.
–Buenas tardes Señora Elena. Hemos recibido una incidencia de tipo tres. Ha pulsado el botón de apagado de emergencia.
–Él no me ha hecho nada.
La chica suspiró.
–Claro que no, Señora, todos nuestros productos cumplen las Tres Leyes. Veo que ha pulsado este botón al menos cinco veces en los últimos seis meses ¿Está teniendo problemas con la unidad?
–No, funciona perfectamente.
–¿Entonces?
–Es qué… él lo pasa tan mal.
La teleoperadora apartó la vista de su monitor y se giró hacia la minicámara. Pareció que miraba directamente a los ojos de Elena.
–Es una máquina, señora. No siente nada, se limita a comportarse según la carga que se le hizo en memoria. Umm… quizá sea eso. –Empezó a teclear de nuevo – Voy a buscar en qué consistió la carga… bien, aquí está.
La chica abrió los ojos, sorprendida. Se dirigió de nuevo hacia la cámara. Elena levantó la vista y la miró.
–Veo, señora, que se trata de una carga totalmente inusual. Me sorprende mucho que accedieran a realizarla. El protocolo es muy exigente en estos casos. Leo aquí que su marido sufrió un tumor cerebral al final de su vida. En estos casos no se recomienda la extracción de información, ya que puede estar seriamente dañada. La unidad solo tendrá registrados algunos trozos inconexos de su vida. Puede que no sepa hablar, comer, etcétera, es decir, en general perderá capacidades mentales y motoras, incluso verá imágenes incompletas. Además, no podemos garantizar su comportamiento. Supongo que todo esto ya se lo explicaron en el momento de firmar el contrato.
–Si, lo hicieron.
–Ya… comprendo. Bien, si la unidad no tiene ningún problema le ruego que, por favor, no pulse el botón de apagado de emergencia, si no es –suspiro de resignación– una emergencia. Debe hacerlo según el protocolo estándar. Tarda un poco más, pero la vida útil de los mecanismos se alarga considerablemente. ¿Tiene alguna consulta?... ¿No?... Bien… entonces buenas tardes, Señora. –La imagen desapareció con un parpadeo.
Elena levantó la tarjeta que aún tenía en las manos. Repasó el dibujo con las yemas de los dedos y sonrió entre lágrimas. Una de las imágenes que más recordaba era verle sentado tras la mesa del estudio, absorto, pensando en sus cosas, con un lápiz entre los dedos. Sin querer, su mano se movía encima de cualquier papel, trazando aquel mismo dibujo. Por todas partes había copias de la carretera que viajaba hasta el horizonte. En servilletas de bar, en el dorso de facturas de la luz, en la contraportada de un libro, incluso en billetes de metro. Al principio, cuando se conocieron, le preguntó una vez: “¿Qué significa eso que pintas?”. Él sonrió y le dijo: “Me gustaría saber qué hay allí, en el horizonte, dónde muere el sol”.
Elena suspiró y dejó la tarjeta dentro de la caja.
Solo eran unos minutos cada vez, una hora como máximo. A veces la unidad tardaba veinte o treinta minutos en pasar por la parte de la carga que contenía las vivencias de la enfermedad. Entonces disfrutaba de la vida como había sido antes del Gran Dolor, con sus pequeñas y agradables rutinas. En otras ocasiones, como la de ahora, el programa aleatorio que controlaba la memoria no le daba esa oportunidad y pasaba primero por las zonas que contenían la enfermedad. Sea como fuere, llegaba un momento en el que David, o aquella cosa que se parecía a David, empezaba a sufrir, reviviendo las últimas partes de su vida, tan sumamente dolorosas.
Era terrible, pero era todo lo que le quedaba de él. Era mejor que nada. La gente le miraba despectivamente por la calle, viendo a aquel ser artificial que andaba y hablaba como David. Y la despreciaban a ella. Y lo despreciaban a él. Para ellos era fácil pensar así; no habían sido tan felices como ella antes que llegara la oscuridad del dolor.
Además había otra cosa. Los teleoperadores que le llamaban cuando apagaba la unidad, siempre le decían lo mismo: “es una máquina, no siente nada”. Sin embargo ella le veía actuar, moverse, comportarse. Y la sombra de la duda siempre quedaba flotando en el aire, molesta e insidiosa, como el humo de un cigarrillo mal apagado.
Sacudió la cabeza intentando desembarazarse de aquellos pensamientos. Eran solo imaginaciones. Probablemente se engañaba a si misma intentando creer que había algo más.
“Por si acaso, no volveré a encenderlo”.
Cogió el pequeño mando a distancia que había encima de la mesita de noche, lo tiró al suelo y lo aplastó con el zapato. Luego se levantó de la cama, resuelta, y salió de la habitación.

…………………………

David miró hacia su izquierda. Algo había llamado su atención. Un puntito brillante, pequeño, lejano, había surgido en mitad de aquella nada blanquecina y oleosa y empezaba a crecer poco a poco. Braceó desesperadamente, intentando alejarse de él, pero el punto empezó a atraerle de forma inexorable.

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ciro
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Re: Donde muere el sol

Mensaje por ciro » 17 Oct 2012 13:39

Relato muy correcto, pero demasiado poético para mi gusto. Lo siento, el problema es mio.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Topito
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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Topito » 17 Oct 2012 14:20

Por ahora, sigo diciendo que sólo he leído 18 relatos, es uno de los que más me han gustado. El desarrollo de la historia esta muy bien. Cada cosa a su tiempo. Cada momento me das esa información que te hace querer seguir adelante en la lectura para saber el por qué de ese "dato". Por ejemplo, lo de las letras en los cartéles es un muy buen recurso.

Sin embargo, y esto es a título personal, el relato para mi gusto, es decir, subjetivamente, hubiera sido redondo sin
el último parrafo. Directamente
ella saliendo de la habitación
Pero lo tendré en cuenta a la hora de dar mis votos.

Enhorabuena buena autor/a
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Saber
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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Saber » 17 Oct 2012 14:27

Pude sentir la confusión y ansiedad de David. También comprendo los sentimientos de la mujer. Por otra parte, algunas reacciones me parecieron algo exageradas.

Al saber que se trataba de ciencia ficción, sospeché que David debía ser un robot o alguna "cosa de esas" y el final no me impactó tanto. Fue un buen relato y está bien escrito, gracias por compartirlo.

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Nínive » 17 Oct 2012 16:03

Me ha gustado.
Otraq vez sale el tema de las inteligencias artificiales. ¿Sienten? ¿Toda creación es susceptible de evolucionar?
Me da pena David, condenado a repetir el proceso una y otra vez. Y me da pena Elena, aferrándose a él como todo lo que le queda.
Mi enhorabuena al autor. Buen trabajo. :60:
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Bagrar » 17 Oct 2012 16:07

Uno de los relatos favoritos de un servidor. Al leerlo me sentí plenamente identificado con los dos protagonistas. Llegué incluso a vibrar sentimentalmente. Este es sin duda el aspecto fuerte del relato.

Flojea por la falta de sorpresa (sobretodo porque todos sabemos de que va el concurso) y porque es un tema (el del robot como sustitutivo de la persona muerta) muy usado en la ciencia ficción.
Y ahora en Amazon "Demonios Nacidos. La joya azul" por menos de lo que cuesta un café.

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Gisso » 17 Oct 2012 21:12

Opinión personal:

¡Jo**r, que relato :o ! Me ha encantado... En un principio me has tenido en tensión por saber que estaba ocurriendo y mis ideas se han ido hacia otra clase de trama, por eso me ha dejado totalmente sorprendido a partir de ese “clic”. La aversión de la gente hacia ese ser extraño, como una aberración; la historia de los dibujos; la carga inusual (reconozco que lo he tenido que leer otra vez, porque se me había escapado un detalle y ya iba a echar la bronca); el aferrarse a algo que ya se ha ido; el final... Me has dejado el corazón acongojado :15: . Al contrario de Topito, ese último parrafo, no me sobra. Muy bueno :eusa_clap: .

PD: He visto alguna cosilla sin acentuar, "–Si, lo hicieron.", entre otras. ¿Me equivoco :oops: ?

Ya sabéis que la ortografía no es lo mío :roll: ...


Greencito opina :arrow: Imagen

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Isma » 18 Oct 2012 12:34

Muy, muy chulo. Opresivo y angustioso. Todos sabemos que algo le pasa al protagonista, pero no sabemos el qué. Mientras tanto, sufrimos igual que sufre él, olvidados ya de que es un relato de apenas seis páginas. Es la virtud de la narrativa sencilla y clara que nos hace enfocarnos en la intriga, la tristeza y el recuerdo.

El final me gusta, planteando las preguntas que llevan obsesionando a los escritores de ciencia ficción desde siempre. ¿Qué hace ser humanos a los humanos? ¿Se puede replicar ese estado en un ser artificial?

Muy buen relato, ¡felicidades!

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Ororo » 18 Oct 2012 17:14

Me ha gustado mucho este relato. Si bien hay algunas expresiones a pulir y algunas tildes bailando, es un relato interesante y muy expresivo. La emotividad es su punto fuerte, pero no sólo por la necesidad de Elena de suplantar a su marido, sino por lo mal que lo pasa David en su incomprensión. Muy bien expresado en el relato. A mí me ha emocionado el pobre.
Al principio pensaba que estaba sufriendo algún tipo de mutación (ya van dos relatos en los que pienso que ocurre eso :lol: ) con esos dolores y espantos que provoca a la gente, lo cual, hasta descubrir lo que ocurría, me ha mantenido en vilo muy interesada. También he sentido algo de miedo cuando no le dejan salir o cuando todos le miran de refilón.
En definitiva, un relato emotivo, que conecta y bien llevado.
¡Enhorabuena! :D
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por elultimo » 19 Oct 2012 17:09

Muy bien escrito y todo eso pero completamente carente de originalidad (yo no he leído mucha ciencia ficción, pero el tema del robot como sustituto me parece un tema muy recurrente). No sé, pero cuando me predispongo a leer una historia CiFi no espero encontrar sentimentalismos sino más bien todo lo contrario. Y como ya he comentado en otro relato, un lenguaje poético o metafórico es, para mí, incompatible con la ciencia ficción.

Siento ser la nota discordante en este relato :60:

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por ukiahaprasim » 19 Oct 2012 17:51

Me gusta, aunque tampoco tengo gran cosa que decir sobre el ya que es de una sencillez que desarma...
No solo me parece bien escrito, sino que además la historia engancha desde principio al final...

Cierto que el sustituto es un tema habitual, y que no es ninguna sorpresa pero ¿cual de los relatos no lo es?... de hecho, ¿cuantas novelas profesionales son realmente originales hasta tal punto de que no hay paralelismos previos)

Además hay que reconocer que algunos toques como las lagunas de memoria con los vecinos te dejan un tanto inseguro... ¿es un clon sustituto? ¿un robot? ¿otra cosa?.

Me gusta sobre todo el hecho de que el robot tenga los sentimientos de aquel del que hereda la memoria, eso te hace plantearte muchas cosas acerca de la naturaleza de la de la Inteligencia natural y la artificial... Si una replica artificial es sintiente, ¿porque no lo puede ser una inteligencia originalmente artificial? ¿que es el yo, simple biología, o simple consciencia?

En cuanto al final, a mi no me sobra para nada... el robot será humano, pero ella lo es aún más, y teniendo la posibilidad ¿quien se resistiría a la tentación de calmar el dolor personal, aunque sea mediante autoengaño, aunque sea pasajero?


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Re: Donde muere el sol

Mensaje por David P. González » 20 Oct 2012 11:46

De este relato sólo puedo decir que encuentro un fallo, y es cuando la telefonista le dice todos sus productos cumplen con las tres leyes. Eso da mucha información indirecta, como que no pudiese apartar a Elena cuando le bloquea la puerta o por qué no puede golpear al viejo. Yo conozco las tres leyes de la robótica de Asimov, pero supongo que no todo el mundo las conoce. Los entendidos en el género me sacarán de dudas, seguro, pero ¿se pueden obviar, dando por hecho que el lector las conoce, o, al tratarse de un relato de lectura independiente y autoconclusivo, hay que enumerarlas?

Es lo único que puedo decir de este relato. Por lo demás, me ha gustado todo y no puedo aportar nada que no se haya dicho. Uno de mejores para mí.

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por kassiopea » 20 Oct 2012 21:32

Este relato me ha gustado mucho, mucho :D Y cada vez que lo releo, me gusta más. Hay ciencia ficción, intriga y mucho sentimiento, todo configurando una mezcla tan sorprendente y entrañable que... ¡me ha cautivado! Además, formalmente, también está muy bien escrito :402:

Me gusta todo tal y como está. Para nada le quitaría la frase final (como alguien ha señalado), pues así, tal como está, es un relato redondo, circular, acaba como empieza :wink:
Los personajes me han atrapado y me han llevado de su mano. Me he identificado con David y con Elena. He sentido la angustia y la perplejidad de él, el dolor desgarrador de la pérdida de ella. Elena sufre recordando el David que ya se fue y también sufre viendo lo que queda de él... :cry:

Las escenas están muy bien presentadas, creando una intriga y, poco a poco, dando algún dato al lector, datos que no cobran sentido hasta el final. Genial lo de las palabras que David no puede entender y lo de las casas que han desaparecido (a causa del tumor que sufrió, su memoria quedó dañada) :o
Me ha llegado al corazón el detalle de que David dibujaba siempre esa carretera hacia el horizonte, con los pájaros volando alto, donde muere el sol... Es precioso :eusa_clap:

Muy bueno. Lo he disfrutado y hasta me ha emocionado. ¡Una gran enhorabuena! :60:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Berlín » 20 Oct 2012 22:52

Pues como ya dije anteriormente a mi que soy prácticamente virgen en estos temas de cifi casi todo me sorprende, porque al no haber leído nada, nada espero. Y a mi me ha encantado. Me has tenido todo el relato intentando imaginar que tipo de "cacharro" era ese tal David, imaginaba que se trataba de algún ser artificial claro, ante la extrañeza y comportamiento raro de los vecinos y de la esposa, pero no sabía bien que podría ser. Me gusta porque se mezcla la cifi con unos sentimientos tan dolorosos como una pérdida.

¿ podríamos sustituir a un ser querido por uno artificial tan sólo por recuperarlo? ¿nos conformaríamos con un
sucedaneo?

enhorabuena, un buen relato.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: Donde muere el sol

Mensaje por Emisario » 20 Oct 2012 23:32

Me gustó mucho, candidato a favorito. Enhorabuena autor/a.

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