CN1 - Dulce natividad - Kassiopea

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lucia
Cruela de vil
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CN1 - Dulce natividad - Kassiopea

Mensaje por lucia » 15 Dic 2012 23:18

DULCE NATIVIDAD

Una borrosa figura se movía entre los jirones de niebla que rodeaban las lápidas de piedra.
Una espesa capa de lana la cubría y la capucha caía sobre sus ojos. Era noche cerrada y el frío
calaba hasta el alma. En la diestra sujetaba un quinqué. Avanzaba zigzagueando, pues procuraba
sortear las losas de las tumbas que le salían al paso. Aunque no sentía reparos a la hora de
acudir de noche al camposanto, sí tenía la firme convicción de que pisar una tumba le traería la
desgracia: «no molestarás el sueño de los muertos», decía la máxima. Se arrebujó con la capa por
enésima vez y, al fin, distinguió los contornos del panteón que buscaba. Sonrió.

Empujó la verja de hierro forjado con manos anhelantes. Las oxidadas bisagras protestaron y, muy
cerca, una lechuza emprendió el vuelo y ululó. La puerta del panteón estaba entreabierta, como
habían acordado. Alumbró los empinados peldaños y subió. Allí dentro la atmósfera era opresiva,
muy húmeda y enrarecida. Distinguió un pequeño altar al fondo y varios féretros alineados junto a
los muros. De improviso, algo salió de detrás de la puerta. Rápidamente la inmovilizó, empujándola
contra la pared. Ella chilló y el quinqué cayó, rompiéndose contra las losas de piedra.

—¿Qué haces? ¡Menudo susto me has dado! —exclamó ella al reconocerle—. Sabes que no me
convienen los sobresaltos.
—Perdóname, tesoro, no me he podido resistir —aseguró, besándola en la boca y acariciando el
hinchado vientre de la joven—. Mmm, tenía tantas ganas de verte...
—Yo también. ¡Y ya queda tan poco para que nos marchemos de aquí!
—Sí, en cuanto me den la paga. ¡Feliz Navidad, mi amor! —dijo, mostrándole un anillo. Ella soltó
un gritito de euforia y se lo puso en el dedo.
—¡Oooh! ¡Es precioso! —exclamó, sin dejar de admirarlo. Él, mientras tanto, le abrió la capa y
empezó a acariciarle los pechos.

Ella cerró los ojos y le rodeó el cuello con los brazos. Le gustaba sentir aquellas manos callosas
que, tan apasionadamente, recorrían su piel. Y, además, la amaba de verdad. Lo sabía. De
repente sintió un espasmo. Y al mismo tiempo los labios del hombre se separaron de los suyos,
soltando un gemido. Luego gritó, cayendo sobre ella. Quedó tan perpleja que no comprendió qué
estaba ocurriendo hasta que un chorreón escarlata salió de la boca de su amante, salpicándole la
cara y derramándose sobre su vestido. De entre las sombras brilló el filo de un cuchillo.

—¡Aaahhh! —gritó la chica, viendo a su amante desplomarse. ¡Le habían apuñalado! ¡Y ella
correría la misma suerte! Una demencial carcajada arrancó ecos de las frías paredes. Asustada,
ella saltó hacia atrás protegiéndose instintivamente con los brazos. Aquello le salvó la vida, pues
el puñal tan solo le rasguñó el dorso de una mano. Huyó escalera abajo como alma que lleva el
diablo, sujetándose la tripa, intentando escapar de semejante horror.

Sin embargo, un extremo de la capa se le enredó con los oxidados y retorcidos hierros de la verja.
Tiró con todas sus fuerzas para liberarse. Comenzó a sollozar de terror cuando vislumbró la figura
que la observaba desde lo alto de los escalones. Mostrando con regocijo el arma ensangrentada,
el atacante empezó a descender con parsimonia casi voluptuosa. Ella, al fin, recapacitó: dejó de
tirar y se desanudó la capa. Sin la prenda arrancó a correr de nuevo, cruzando el camposanto.

La niebla era tan espesa que tropezaba con todo lo que encontraba a su paso. Varias veces se
lastimó las piernas con los bordes de las losas. Las ramas de un árbol le arañaron el rostro. Y,
cuando ya creía poder alcanzar el sendero que conducía al pueblo, se golpeó el abultado vientre
con el borde de una lápida. Un dolor lacerante la recorrió por dentro, aunque era muy consciente
de que tenía que seguir corriendo... Su respiración se volvió entrecortada y la tripa cada vez le
dolía más. Sintió algo caliente que descendía por sus piernas y, exhausta, decidió detenerse.

—No puede ser... ¡Ahora no! Mi niño... ¡mi niño! —murmuró desesperada, sentándose sobre una
tumba. Con la mano que no estaba herida acarició aquella humedad que impregnaba sus muslos y
comprobó que no se trataba de sangre; ¡estaba de parto!
—¡Vas a morir, perra! —gritó su perseguidor, golpeándola en plena cara. Ella se derrumbó sobre la
fría piedra. Sintió el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.
—Por favor... mi hijo... —suplicó, escupiendo sangre y algún diente.
—Tu hijo me pertenece, ¡igual que tú!

Y aquel dolor lacerante que sentía en el vientre se convirtió en el centro de todo su ser: no hubo
más que dolor y desesperación. El resto del universo desapareció. Supo que iba a parir, que
aullaría y se rompería las uñas contra la piedra de aquella sucia tumba. Y después, si es que aún
le quedaba un soplo de vida, sin duda alguna aquel asesino se la arrebataría.

Algunos años después...

Natividad parecía un ángel. Sus largos cabellos negros se desparramaban sobre la almohada
conformando una oscura aureola alrededor de su cara. Dormía de lado, aovillada, con el dedo
pulgar metido en la boca. Ana la abrigó mejor con la ropa de cama y la besó suavemente en la
frente. Hacía poco que había empezado a trabajar en aquella casa, pero ya sabía que haría todo lo
necesario para cuidar de aquella niñita tan dulce y cariñosa. Echó una última mirada a la durmiente
y cruzó el umbral que comunicaba con su propia habitación.

Era noche cerrada cuando una ráfaga de viento huracanado abrió las puertas de la terraza, que
golpearon contra el tocador y la silla del escritorio. Las cortinas salieron volando hacia el exterior.
Ana despertó, sobresaltada por el estrépito. Con el corazón palpitante se dirigió al balcón, sin
pensar siquiera en echarse alguna prenda sobre el blanco camisón. El viento rugiente le azotó el
rostro y los cabellos, que escaparon de la trenza que caía sobre su cuello. No obstante, apenas fue
consciente del tiempo inclemente, pues su mirada quedó presa de lo que vio en el exterior.

La niña andaba por la baranda de piedra, completamente ajena a todo lo que ocurría a su
alrededor. Avanzaba con una facilidad pasmosa, como si no existiesen los tres pisos que la
separaban del suelo. Ana corrió hacia ella.

—¡Nati! ¡Nati! —exclamó la chica, acunando el frágil cuerpecito entre sus brazos. Entonces, bajo
la luz de la luna, reparó en sus ojos: estaban muy abiertos y fijos, pero en ellos no había rastro de
consciencia. Eran como puertas abiertas a la nada.

Ana llevó a la pequeña a su propia cama y la abrazó con ternura, dándole calor con su cuerpo.
Pasó la mano sobre sus párpados y se los cerró. La niña siguió durmiendo, tranquila. Tras un buen
rato, ella misma consiguió serenarse y volvió a conciliar el sueño.

Cuando despertó, los oblicuos rayos del sol ya iluminaban gran parte de la habitación. Ana se
encontró con dos pupilas azules que la observaban fijamente.

—Anoche... ¿hice algo malo de nuevo? —preguntó Nati, haciendo un mohín.
—No, cariño. No fue nada malo, pero sí muy peligroso. Podrías haberte caído y lastimado,
¿entiendes? Me asustaste mucho.
—¡Pero si no podía caerme! —afirmó, como explicando algo que para ella era tan evidente.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué no podías?
—Porque mi mami me estaba sujetando de la mano.
—¿Tu madre? Sabes que ella nunca sube la escalera, se fatiga mucho. Duerme abajo.
—¡No! ¡Ella no! ¡Ella no es mi madre!
—¿Cómo? —preguntó Ana, perpleja, con sus propios ojos abiertos como platos—. ¿Por qué dices
eso, cariño?
—Me lo ha dicho mi mami de verdad. Ella sí que me quiere...

Más tarde, mientras Nati desayunaba en los aposentos de la señora, Ana bajó a la cocina para
prepararse un vaso de leche. La cocinera, Juanita, ya estaba allí... como era de esperar. Había
decidido hablar con ella, pues consideraba que aquella no era mujer amante de vulgares dimes
y diretes, a diferencia del resto del personal. Aunque bien sabía Dios que las apariencias podían
engañar a cualquiera...

—Buenos días, jovencita —la saludó Juanita. Estaba sentada en un taburete y sobre las huesudas
rodillas sostenía una gallina, la cual desplumaba con destreza.
—Buenos días. Voy a prepararme un poco de leche. Hoy no he dormido muy bien...
—En ese caso, sería más efectivo tomar café —comentó la mujer con amabilidad, remetiéndose un
blanquecino mechón bajo la cofia—. Sírvete una taza de la cafetera, que aún estará caliente. Y en
el horno hay bollos recién hechos. Luego ven, siéntate aquí a mi lado.
—Gracias. ¡Qué bien huelen! —exclamó Ana, tomando un bollo de la bandeja.
—¿Ha habido otro accidente con la pequeña? —preguntó la cocinera, sin andarse con rodeos. La
miró con sus ojillos saltones, olvidándose de la gallina.
—Anoche se paseó por la baranda de la terraza. Otras veces ha andado en sueños, pero en esta
ocasión... ¡se podía haber matado!
—¡Válgame Dios! Esta niña está maldita —afirmó Juanita, meneando la cabeza.
—¿Maldita? ¡No, por favor! ¡Las maldiciones no tienen nada que ver con esto! Esta niña está
intentando llamar la atención, simplemente. Busca cariño, desea sentirse querida. Esta mañana me
ha dicho que la señora no es su madre de verdad.
—Y no lo es —contestó la cocinera con toda tranquilidad—. Es un secreto a voces.
—¿¡Qué!? —exclamó Ana, tan sorprendida que a punto estuvo de tirar la taza.
—La señora nunca pudo tener hijos. Sufrió varios abortos. Cada nueva decepción la fue apagando
más y más... Ahora apenas sale de su santuario. ¿Sabías que esa habitación en la que languidece
fue una sala de música? Incluso teníamos un piano.
—Entonces... ¿quién es la madre de Nati?
—Podría ser cualquiera... —afirmó Juanita, dibujando en el aire un amplio gesto con la mano—.
¿Qué humilde jovencita no estaría dispuesta a obtener el favor del señor, un respetado juez? —
inquirió, arqueando significativamente las pobladas y grises cejas.
—Ya comprendo... —murmuró la joven con un hilo de voz, impresionada por las últimas
revelaciones.
—Chiquilla, alcánzame la botella que está en el estante de arriba, haz el favor... Sí, la que está
detrás de los tarros de conserva de tomate. Muy bien, esa —dijo, tomando la botella y extrayendo
el corcho. Echó un buen chorro dentro de la taza que sostenía Ana y otro, más largo, dentro de su
garganta—. He aquí un buen reconstituyente, querida, creo que ya te iba haciendo falta.

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Aquella tarde traerían el abeto que el señor en persona había encargado. Lo instalarían en el salón
principal, el cual solo se abría en ocasiones muy especiales. Aunque era sabido por todos que
la señora odiaba la Navidad, en aquella casa nunca había faltado un árbol navideño. «Así ha de
ser en cualquier familia de bien», decía el reputado señor juez. Y como la servidumbre andaba ya
muy atareada con todos los preparativos, fue Ana la encargada de las tareas de decoración del
flamante árbol.

Subió hasta el cuarto piso, como le indicaron. Ahí, al final del pasillo, encontró la puerta que
conducía al desván. Las bisagras gruñeron, molestas por la intrusión, y ante ella se abrió un pasaje
tan tenebroso como garganta de lobo. Hizo crecer al máximo la llama del quinqué que sujetaba y,
con más resignación que ganas, entró. Sus pasos resonaron en aquel lugar estrecho y cerrado.
Pronto llegó a una escalera que torcía a la derecha. Justo cuando apoyó el pie en el primer escalón
sintió con horror que algo pegajoso acariciaba su rostro. Se sobresaltó, pero enseguida vio las
telarañas que la rodeaban. Por lo visto, hacía mucho que nadie pasaba por ahí.

Al llegar arriba suspiró de alivio. El desván era tan enorme que desapareció por completo la
sensación claustrofóbica que, por la estrecha escalera, había empezado a atenazarla. Incluso
por algunas zonas del tejado, en las que faltaban tejas y la madera se había podrido, penetraban
inclinados rayos de luz. Avanzó hacia el fondo, sorteando toda índole de muebles, objetos

cubiertos por sábanas deshilachadas y viejos cachivaches. Le habían dicho que los objetos
decorativos de Navidad estaban dentro de un gran arcón rojo.

Localizó el arcón junto a varios baúles. Curiosa, abrió uno de ellos. ¡Eran vestidos de fiesta! Un
derroche de sedas y encajes, gasas y tules, cintas de raso y lazos de todas las texturas y colores.
Serían de cuando la señora era más joven y acudía a fiestas y hacía sus pinitos como cantante de
ópera. Tomó un vestido largo de color rojo y se lo acercó a su propio cuerpo. Se imaginó bailando
en un salón lujoso, rodeada de gente que la admirara y envidiara... Pero no... ella no sabía bailar.

Abrió otro baúl, arrodillándose, y se encontró con unos brillantes ojos amarillos. Gritó tan fuerte
que, encima del tejado, echaron a volar algunos pájaros. Una oscura silueta saltó veloz hacia ella.
Intentó esquivarla, echándose hacia atrás. Pero aquello aterrizó a su vera y la miró con soberbia.
Era un gato negro como noche sin luna.

—¿Pero quién eres tú? ¡Menudo susto me has dado! —dijo, riéndose de sí misma. Entonces
reparó en que el baúl estaba roto por un lateral y la mayoría de su contenido se había echado a
perder. El animal estaría durmiendo allí dentro, entre aquella ropa vieja—. ¡Ooohhh, mira lo que
hay aquí! —exclamó al vislumbrar una antigua caja de música justo en el fondo. La abrió y una
bailarina plateada empezó a dar vueltas mientras la melodía sonaba. Eran los primeros compases
de «Claro de luna». Decidió regalarle la cajita a Nati, puesto que el día de Navidad también era el
de su aniversario.

Reunión familiar en Navidad

La comida de Navidad fue servida con gran esmero y pompa en el salón principal. Ana también
había sido invitada a la mesa y en aquella ocasión lució su mejor vestido de paño. Mientras el
señor empezaba a cortar el asado con gran ceremonia, los ojos de Ana recorrieron el lugar.
La enorme araña de cristal era realmente impresionante, aunque no menos que la chimenea
de mármol rosa. Pero ella se sentía especialmente orgullosa del árbol de Navidad, que había
decorado la tarde anterior con la inestimable colaboración de la pequeña Nati. Resplandecientes
cintas de colores y guirnaldas de flores lo cubrían de arriba abajo.

La señora, en tan solemne ocasión, había salido de sus aposentos. Apareció con un vestido blanco
que acentuaba más la palidez de su piel y la decrepitud de su cuerpo. Un pañuelo bordado y con
flecos le rodeaba estratégicamente la cabeza, a fin de disimular la escasez de cabellos. Ana la vio
muy desmejorada. Y, de hecho, aquellas funestas impresiones aumentaron cuando las nudosas
manos de la señora empezaron a temblar tanto que apenas podía sostener los cubiertos de plata.

Natividad, sentada junto a Ana, jugaba incansable con la caja de música entre sus manitas. La
niña apenas había pronunciado palabra, tan fascinada estaba con aquel regalo. Giró la caja y, de
repente, accionó un resorte que descubrió en la parte inferior. En el interior del objeto se abrió un
compartimiento oculto. Los ojos de la niña brillaron de excitación y júbilo cuando tomó aquello que
hasta entonces había estado escondido allí dentro.

—¡Mirad! ¡Aquí está el collar de mi mami! —exclamó Nati triunfal, sujetando en alto el colgante que
había hallado. Se trataba de un medallón con forma de flor que tenía un nombre grabado: María.

Este suceso produjo distintas reacciones en los presentes, a cuál más sorprendente. Al señor juez
se le cayó el monóculo dentro de la salsa de arándanos que justo se disponía a degustar; un gran
manchurrón escarlata profanó la nívea pureza de su chaleco recién estrenado. Se levantó muy
furioso y, acercándose a la niña, le arrebató con brutalidad el colgante. A continuación lo echó al
fuego, lanzando una retahíla de imprecaciones muy poco dignas para alguien de su alta cuna.

Ana permaneció clavada en su silla, retorciéndose las manos sin parar por debajo del elegante
mantel bordado. Unos paralizantes escalofríos recorrieron todo su cuerpo y, de improviso, reparó
en que sus manos estaban frías como el hielo. Sin embargo, no encontró dentro de ella la valentía
suficiente como para intervenir en la escena, ni siquiera cuando Nati empezó a llorar...

El rostro de la señora perdió el poco color que le quedaba. Se incorporó tropezando con la silla,
empezó a chillar con espanto sin dejar de enarbolar en sus manos el tenedor y el cuchillo con los
que hacía un momento había estado comiendo el asado. Sus ojos de loca se clavaron en la niña y
con aquellas extrañas e improvisadas armas pareció que pretendía defenderse de la pequeña.

—¡Maldita, maldita! ¡Maldita hija de Satanás! ¡Sacádmela de delante! ¡Sacádmela, sacádmela,
sacádmela! —gritó con histeria arremetiendo contra la porcelana fina, lámparas, jarrones e incluso
contra el árbol de Navidad—. ¡Ya te dije que no la quería! ¡No! ¡NOOOO!

Y habiendo dicho esto, con el cuchillo que sujetaba en la mano izquierda, se abrió una profunda
herida en la muñeca derecha. Provenientes del gramófono de la sala de música, llegaron hasta el
salón las notas de la última aria de Madame Butterfly. La sangre empezó a manar a borbotones
sobre su vestido blanco y, exhausta, se derrumbó finalmente sobre la antigua alfombra persa, a los
pies del árbol. Las verdes ramas del abeto se cubrieron de brillantes salpicaduras rojas.

—Nunca... La maldita nunca dejará de atormentarme... —susurró casi inaudiblemente, mirando al
vacío. Lo que veía no estaba en aquella habitación: vislumbraba fantasmas del pasado.

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Ana, pensativa, se dirigía a la habitación de Nati. Los últimos acontecimientos estaban resultando
demasiado perturbadores. ¿Acaso las crueles garras de la locura perseguían a todos los miembros
de aquella familia? ¿Estaban alcanzándola también a ella? No podía evitar sentirse inquieta.
Afortunadamente, tras la transfusión de urgencia que le había practicado el médico, la señora
empezaba a recuperarse. Suspiró, pues debía seguir con sus obligaciones. Su mano rozó el pomo
de la puerta, pero se detuvo. Había oído algo. Algo que se le antojó raro.

Escuchó perfectamente la vocecita de Nati. Y percibió en su voz más felicidad de la que nunca
antes mostró. Aquello la extrañó, porque después de la terrible escena que había tenido lugar
durante la comida familiar... Hubo una leve pausa y luego escuchó una risita, como un tintineo de
campanillas. La pequeña estaba hablando como si mantuviera una conversación... con alguien.

A la vez curiosa y temerosa, abrió la puerta. Vio a la niña sentada sobre la alfombra, junto a la
cama. Ante ella estaba la caja de música. Sobre el regazo de Nati ronroneaba el gato que encontró
en el desván. Aunque más bien fue al revés: él la había encontrado a ella. La niña no dejaba de
acariciar el lustroso pelaje azabache del animal, el cual le dedicó una significativa mirada taimada.

—¿De dónde ha salido este gato? ¡Estará lleno de pulgas! —acertó a decir la sorprendida Ana.
—Le gusta estar conmigo, y me hace reír... Se llama Mixi. Y es una gatita —afirmó la niña,
apretando el animal contra su pecho y estampando un tierno beso entre las puntiagudas orejas.
—Bueno... pero procura que tus padres no lo... la vean —concedió, enternecida por la ilusión que
asomaba a los ojos de Nati y los hacía brillar como resplandecientes ópalos.
—Aún no has mirado qué hay dentro de tu calcetín... —sugirió la niña después, cuando se hubo
tranquilizado tras la explosión de alegría. Había dado saltos con el gato entre los brazos, sin que el
animal protestara un ápice. Nati señaló la chimenea de la habitación con el dedito índice extendido.

Ana se acercó, intrigada. «¿Qué se le habrá ocurrido ahora a esta niña?», pensaba. De la repisa
de la chimenea colgaban dos calcetines que ellas mismas colocaron la noche anterior: uno rojo y
otro verde. Acarició este último, que era el que le correspondía. Palpó algo pequeño en el interior.
Metió la mano y las yemas de sus dedos tocaron un objeto duro y frío. Lo extrajo y sus pupilas se
agrandaron observando aquello que descansaba sobre la piel de su palma: ¡era una llave! Antigua,
cilíndrica y hueca por dentro, con una anilla en la parte superior que simulaba una corona de flores.

—¿Una llave? —preguntó, confundida—. ¿Qué abre esta llave?
—Pues no lo sé, pero es para ti.
—Pero... ¿De dónde la has sacado? —inquirió, cada vez más perpleja.

—Estaba en la cajita de música, con el collar de mami. Ella me ha dicho que te la diera a ti, que tú
ya sabrás qué hacer...

Ana se apoyó en la chimenea, pues tenía la impresión de que la habitación había empezado a
dar vueltas a su alrededor. Todo aquello no podía ser casualidad. Era una locura, pero... En aquel
instante dio un respingo y un escalofrío le subió por la pierna; Mixi estaba restregándose contra
ella. Una expresión inteligente brilló en aquellos ojos amarillos.

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—¿Hay alguien por aquí? —preguntó Ana, entrando en las dependencias de la cocina. Miró incluso
en la despensa, pero no encontró a nadie. No obstante, una gran olla hervía sobre el fogón; la
cocinera andaría cerca. Salió por la puerta trasera y, en el patio, junto al gallinero, distinguió la
enjuta figura de Juanita. Estaba de espaldas y la chica no pudo distinguir qué hacía.
—¡Ah! ¡Eres tú! —exclamó la mujer, dándose la vuelta con una rapidez inesperada; el crujir de las
hojas secas había anunciado que alguien se acercaba.

La súbita visión de Juanita a punto estuvo de provocarle un vahído e, involuntariamente, Ana dio
un paso atrás. La cocinera sujetaba un cuchillo con una mano y un indefinido manojo de carnes y
vísceras sanguinolentas pendían de la otra. Varios lamparones escarlatas adornaban el delantal—.
Ven, vayamos adentro. Tengo que echar esto al fuego —dijo la mujer, no sin cierto regocijo: le
satisfacía provocar a aquellos que consideraba «vergonzosamente débiles e impresionables».
Cuando echaron a andar, la chica vio lo que Juanita había estado haciendo; el cuerpo de un animal
despellejado pendía boca abajo desde un gancho...

—¿Reconoce esta llave? —preguntó Ana, abriendo la mano y mostrando el objeto. Juanita, que
estaba añadiendo algunas verduras al caldo, pareció interesada y se acercó, restregándose las
manos en el delantal manchado.
—Mmm... Hay puertas que no deberían abrirse, jovencita. Olvídate de esta llave.
—¿De qué puerta estamos hablando exactamente? Debo saberlo, por favor —afirmó ansiosa.
—No te estaré haciendo ningún favor si te lo cuento, créeme: tras esta llave se esconden
fantasmas del pasado que deberían permanecer encerrados.
—Pero yo...
—No sé cómo habrá llegado hasta tu mano, pero procede del infierno, hija. No hay que molestar
a los muertos. Los muertos... deben seguir descansando en el cementerio —añadió, y tras decir
aquello le dedicó una penetrante mirada y guiñó uno de sus arrugados ojos.
—¿El cementerio? ¡La llave del cementerio! —exclamó Ana, deduciendo.
—Sshhh... No grites, niña. ¿Acaso no sabes que las paredes tienen oídos?... Se trata de la llave
del panteón familiar —susurró casi inaudiblemente, acercándose a la oreja de la chica.

Fantasmas del pasado

El sol ya declinaba tras los árboles del horizonte cuando Ana enfiló el camino que conducía al
cementerio. De repente se sintió inquieta por la soledad del paisaje y el derrotero sombrío de sus
pensamientos. Sin embargo, momentos antes, mientras anduvo por las calles, se había sentido
contagiada por la algarabía de los chiquillos. Unas niñas que jugaban a la rayuela la habían
saludado, mostrando sonrientes sus vestiduras nuevas. Luego, mientras observaba distraída cómo
unos chicos en cuclillas lanzaban hábilmente sus canicas, a punto estuvo de tropezar con un aro
metálico que, veloz, rodaba calle abajo. Pero enseguida había aparecido a la carrera el rubicundo
hijo del bodeguero, el cual presumía invariablemente de sus aros de metal (procedentes de los
toneles), mientras sus amigos debían conformarse con los de madera.

Sin duda alguna, aquel era el día de Navidad más extraño de toda su vida. En lugar de disfrutar de
una velada tranquila con Nati frente al hogar, ahí estaba: camino del lúgubre cementerio. Pero ya
era hora de llegar al final de aquel misterio, ¿acaso no estaba ahí para ello?

Una furiosa ráfaga de viento hizo aletear la bufanda que le rodeaba el cuello y se llevó en volandas
su gorro de lana. Ana corrió para recuperarlo y, justo cuando se agachaba para atraparlo, creyó
ver con el rabillo del ojo que algo se escondía tras los arbustos que bordeaban el camino. Sin
embargo, transcurrieron los segundos y nada más sucedió. Siguió adelante, reprendiéndose en su
interior. «Mal vamos si ya empiezas a imaginarte cosas», pensó.

Cuando alcanzó la herrumbrosa puerta del cementerio, el sol inflamaba el cielo en un sangriento
atardecer más allá de los esbeltos cipreses que, golpeados por el viento ululante, protestaban
tras las tapias descascarilladas. Los goznes chirriaron con estridencia, denunciando la llegada de
una alma extraña. Ana vislumbró en su imaginación cómo centenares de criaturitas reptantes y
nauseabundas despertaban de su letargo eterno y, anhelantes de vida y calor, resurgían de entre
pútridas oscuridades, tan molestas como atraídas por semejante intromisión.

La joven rebuscó dentro del bolsito que había traído y sacó la llave. Cerró la mano con fuerza
alrededor del objeto y, resuelta, respirando hondo, comenzó a avanzar entre las viejas lápidas de
piedra. Al fondo, a la izquierda, divisó una hilera de construcciones rematadas con agujas góticas
y cruces que se alzaban indolentes hacia el cielo tapizado de nubes negras. Eran los panteones
pertenecientes a las familias más adineradas del pueblo. Se dirigió hacia el que tenía unas vistosas
ventanas emplomadas, como Juanita le había dicho.

Contuvo el aliento al cruzar la verja y su mano tembló al introducir la llave en la cerradura. Durante
un angustioso momento deseó que, a causa del óxido o de alguna otra abrasión por el paso del
tiempo, la puerta no se abriera... Pero se abrió. Un hedor a húmeda putrefacción salió al exterior.

—¡Aaahhh! —gritó Ana, cuando al retroceder un paso a punto estuvo de precipitarse por la
escalera. Reponiéndose, extrajo de su bolsito una pequeña lámpara de aceite y la encendió. Se
adentró en la viciada atmósfera cubriéndose la nariz con la mano.

Algo le rozó el tobillo. Algo que estaba junto a la puerta, agazapado en la oscuridad. Dirigió la
lámpara hacia el rincón y volvió a gritar. Contempló con horror un esqueleto humano rodeado por
un amasijo de ropas podridas que, sentado en el suelo, parecía mirarla con sus órbitas vacías.
Sintió un frío repentino que, como la caricia de unos dedos gélidos, la penetró hasta el tuétano de
los huesos. Entonces, tiritando, alumbró el resto del habitáculo.

Sobre la losa de piedra que cubría el féretro, a su derecha, distinguió otros restos. Los jirones de
una amplia tela los cubrían cual mortaja. Avanzó y distinguió los descarnados huesos de un brazo
que, colgando desde la losa, arañaban el suelo con sus dedos esqueléticos. De improviso pisó
algo. Ana se alumbró sus propios pies y, bajo la suela del zapato, distinguió el objeto: era un anillo.
Comprendió que el anillo se habría desprendido de alguno de los dedos del esqueleto. Los suyos,
temblorosos, tomaron el anillo y, acercándolo a la luz, pudo leer la inscripción que habían grabado
en su interior: «de José para María, con amor eterno».

—¡María! ¡María! —exclamó la chica, mientras las lágrimas empezaban a rodar por su cara. Y,
desolada por el cruel descubrimiento de la verdad, se echó a llorar sobre los restos de María, su
hermana. Sí, había llegado hasta allí por su hermana. Gracias a la última carta que recibió de ella
supo las señas de aquella casa, en la que María dijo que trabajaba de sirvienta. Y luego, tras años
sin saber nada más de la hermana mayor, Ana decidió ir tras sus pasos. Al fin la había encontrado.

Mientras lloraba desconsolada, alguien la agarró con fuerza desde atrás, sujetándola por la
cintura. Procurando liberarse, asustada, chillando, luchó contra aquellos brazos y, justo mientras la
lámpara caía al suelo, distinguió por un momento el rostro de Juanita. Luego reinó la oscuridad.

—Niña, ya te dije que no convenía abrir ciertas puertas —murmuraba la mujer, abalanzándose
sobre ella—. Y mira lo que ha pasado, niña... Huye, ¡huye!

Apenas susurró aquellas palabras, la mujer se derrumbó. Ana escuchó un desagradable estertor
agónico y luego se hizo el silencio. La chica palpó el cuerpo, que había caído ante sus pies, y una
sustancia pegajosa y caliente manchó sus manos. ¡Era sangre! Descubrió con horror que la sangre

manaba abundantemente del maltrecho vientre de la mujer, impregnando las ropas.

—¡Maldita perra entrometida! —bramó un desafiante vozarrón desde la puerta. Una figura se
recortó en el umbral, una mancha negra sobre el rojo oscuro del firmamento—. Voy a enseñarte
quién manda aquí —afirmó, avanzando, con un tono de voz más templado y amenazador.
—¡Asesino! ¡Tú mataste a mi hermana! —gritó ella, comprendiendo todo.
—¡Jajaja! —se carcajeó él, seguro de sí mismo— Ya veo que la sangre de ramera también corre
por tus venas... ¡Ella pretendió escapar de mí! ¡Y se revolcó con un sucio jornalero!

Y tras decir esto, pataleó con furia el esqueleto que durante años permaneció junto a la puerta.
Aprovechando el acceso de rabia del hombre, Ana intentó salir a la carrera, pero él la golpeó
en plena cara. Un hilillo de sangre empezó a manar desde su nariz y, mareada, cayó junto a la
puerta. Él se le echó encima y, gracias a la luz del exterior, Ana vio la mueca despiadada y cruel de
aquella cara. Aquel rostro que habitualmente engañaba a todos bajo su disfraz de venerable juez.

El filo de un cuchillo recorrió la garganta de Ana. También sintió con indescriptible horror cómo
la otra mano del hombre subía por su pierna, desgarrando la fina tela para manosear la cálida
piel. Pero mientras, palpando el suelo con la diestra, ella encontró algo: un hueso del esqueleto
destrozado. Desesperada, golpeó la cabeza de su agresor utilizando la tibia como arma.

—Mami dice que te espera en el infierno —dijo de improviso la vocecita de Nati desde el exterior.
Ana y el juez la escucharon claramente. El hombre se incorporó, un reguero escarlata cruzaba su
cara y los ojos le llameaban de ciega ira. Golpeó de nuevo a Ana y salió en busca de la niña.
—¡Maldita hija de Satanás! ¡Debí matarte cuando naciste! —gritó, frotándose los ojos empañados
por la sangre, y se lanzó renqueante por los escalones.

Justo en aquel instante, algo negro y peludo se enredó con sus pies. Era Mixi, la mascota de
Nati. El hombre perdió el equilibrio y se precipitó por el lateral de la escalera, cayendo sobre los
oxidados hierros de la verja que rodeaba el panteón. Como un muñeco roto, empalado, con la
mirada desorbitada por el dolor y la locura, murió viendo el rostro de María, que se regodeaba por
su venganza, en las facciones de su propia hija. La pequeña tomó en brazos a Mixi y sonrió.

---------------------------------

La mañana del día de Año Nuevo, Ana, Nati y Mixi acudieron por última vez al cementerio. El cielo
estaba encapotado y hacía un frío intenso. Moviendo constantemente los pies para entrar en calor,
permanecieron durante unos momentos ante la única lápida nueva, bajo la que descansaban los
restos de Juanita, la cocinera. Ella, temiendo por Ana, había acudido aquel terrible atardecer al
panteón; por desgracia, encontró una muerte prematura por el camino. Aunque un tanto excéntrica,
había sido una buena mujer. Ana depositó, emocionada, un ramito de flores sobre su tumba.

—Adiós, mami. Te quiero mucho —dijo Nati después, extendiendo el resto de flores sobre una
losa de piedra. Ana la miró extrañada—. Ella dice que murió aquí, justo cuando yo nací —explicó
la pequeña—. ¿Sabes, Ana? Mi mami venía por las noches a tomarme de la mano y me daba
muchos besitos mientras yo dormía... Pero me ha dicho que ya no lo hará más.
—¿Por qué? —quiso saber Ana, enternecida por lo que la niña le contaba.
—Porque ahora tú estás conmigo. Y dice que nunca me abandonarás —afirmó, muy seria.
—¡Claro que no! —exclamó Ana, tomándola en brazos y besándola en la frente— Ya sabes que
soy tu tita, y a partir de ahora siempre estaremos juntas.

Poco después se alejaron del camposanto con las manos enlazadas y las mejillas coloradas. La
niña apretaba contra su pecho a Mixi, que ronroneaba sin parar con sus brillantes ojos entornados.
Ana observaba el horizonte con renovada esperanza. Una nueva vida empezaba para ellas.

Cuando sus siluetas dejaron de distinguirse al final del sendero, los copos de nieve empezaron a
caer sobre el cementerio. Todo se cubrió de blanco.

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Re: Dulce natividad

Mensaje por Isma » 16 Dic 2012 15:20

Sin paños calientes; a este relato le falta un buen repaso, entre otras muchas cosas. Hay faltas de ortografía muy gordas que hacen daño a la vista -aber/haber, tildes diacríticas, tiempos verbales...- y además la historia es predecible, los personajes planos y el final anticlimático. Es un auténtico terror leerlo de lo mal que está escrito. Y además, tengo la impresión de que el autor es mala persona, seguidor de Mouriño por lo menos, y torturador de gatitos en sus ratos libres.

Bueno, ahora que he escrito una crítica terrorífica (es un concurso de terror, ¿verdad?) voy a continuar leyéndolo, porque tiene muy buena pinta. Cuando termine haré una crítica en serio. Hasta entonces, autor, un cariñoso abrazo :60:

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Isma
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Re: Dulce natividad

Mensaje por Isma » 16 Dic 2012 16:08

Ya me lo he terminado. Me ha gustado mucho. Está muy bien escrito, con descripciones muy precisas que permiten recrear el ambiente de manera nítida, un ambiente costumbrista. Hay numerosos puntos de suspense a lo largo del relato. La entrada de Ana en el desván, la vieja cocinera con sus botes de tomate y su animal desollado, la presencia fantasmal que sólo puede ver la niña. Todo contribuye a que el final alcance un clímax y a que la historia deje un agradable regustillo en la garganta. O eso, o la paella que me acabo de terminar de comer ahora mismo, que estaba riquísima.

Pegas, muy pocas. Exceso de adjetivos en los primeros párrafos, que luego se van normalizando. Algunos laísmos. Quizás, fríamente, alguien se podría preguntar lo que hace la hermana de la defenestrada en la casa del juez, cuidando de su hijastra y comiendo en la misma mesa que los señores. Muy poco más. Es una historia muy bien narrada y planteada de manera ordenada y coherente.

¡Muchas gracias por un buen relato! Y perdona por mi broma anterior... jeje... je...

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Berlín » 16 Dic 2012 23:00

Y seguro que la paella de Isma caminaba de la mano de un buen vinito jaja

Una historia bien desarrollada, que el autor sabe mantener en cuanto a ritmo hasta el final.
¿cómo llegó Ana hasta allí? Supongo que la respuesta está en las cartas que recibía de su hermana antes de morir, luego sólo fue cuestión de ponerse plasta hasta conseguir ese trabajo y descubrir que le pasó verdaderamente a su hermana.

En fin, que me lo he pasado pipa leyéndote, autor anónimo y misterioso.

Sólo una pega ¿la tita? :( A Poe le hubiese dado un patatús...

Abrazo navideño sangriento.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Isma » 17 Dic 2012 00:26

Berlín escribió:Y seguro que la paella de Isma caminaba de la mano de un buen vinito jaja
En efecto querida Berlín, en efecto. Y bien rico que estaba.

Berlín escribió:¿cómo llegó Ana hasta allí? Supongo que la respuesta está en las cartas que recibía de su hermana antes de morir, luego sólo fue cuestión de ponerse plasta hasta conseguir ese trabajo y descubrir que le pasó verdaderamente a su hermana.
Pero los hermanos se parecen ¿no? ¿No reconocería el juez la cara?

Mis felicitaciones one more time, como dice la guasona de Berlín, autor anónimo y misterioso.

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Yuyu » 17 Dic 2012 09:48

Me ha gustado en general,pero me han chocado algunas cosas.Lo primero que María y Ana fueran hermanas,vale que después resulta ser lo ideal para que Ana pueda "adoptar" a Nati,pero de mano,no se comenta nada,parece que Ana entra de servicio en esa casa sin ningún fin.También veo lagunas en el personaje de Juanita;parece que sabe mucho,pero no hace nada al respecto,en cambio cuando Ana empieza a interesarse,Juanita tiene un ramalazo de altruismo y decide ir a salvarla al panteón, :lol: .Con esto también quiero decir que me he metido de lleno en la historia,por lo tanto que me parece buena.Felicidades!!!! :60: :hola:
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Firefight - (Reckoners 2) - Brandon Sanderson
La misión de Rox (Guardianes de la ciud.) - Laura Gallego
La profecía de la luna roja (LEdlV 7) - Terry Goodkind

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Ladrona » 17 Dic 2012 22:09

Tercer relato que leo y es el que más me ha metido en la historia, además que al empezar a leer imaginaba una cosa pero sorpresivamente era otra y así hasta el final.

Me ha gustado mucho la historia :D
Leyendo:

La Casa de los Espíritus - Isabel Allende

Recuento 2013

Mi estantería

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Re: Dulce natividad

Mensaje por jilguero » 18 Dic 2012 17:47

Isma escribió:Sin paños calientes; a este relato le falta un buen repaso, entre otras muchas cosas. Hay faltas de ortografía muy gordas que hacen daño a la vista -aber/haber, tildes diacríticas, tiempos verbales...- y además la historia es predecible, los personajes planos y el final anticlimático. Es un auténtico terror leerlo de lo mal que está escrito. Y además, tengo la impresión de que el autor es mala persona, seguidor de Mouriño por lo menos, y torturador de gatitos en sus ratos libres.
:60:

¡Qué susto me has dado Isma! Creí que ibas en serio y Jilguero estaba ya dispuesto a, en lugar de atacar al relato, irse directamente contra tu comentario. Pensé que habías tenido un brote esquizofrénico o que debajo de tu habitual piel de afable cordero se escondía un feroz lobo :wink: .
Última edición por jilguero el 18 Dic 2012 18:01, editado 1 vez en total.
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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por jilguero » 18 Dic 2012 17:58

La historia me ha parecido la típica de un cuento y que, por ello, para que resulte creible, hay que vivirla con la candidez de un niño. Y a Jilguero esa virtud le queda ya tan lejos que no ha sido capaz de recuperarla para la ocasión. No tengo, pues, ninguna objeción importante a este relato, pero la verdad es que no me ha llegado mucho.
Pero ya te digo, autor, que la culpa es posiblemente de Jilguero que no ha sido capaz de recuperar el alma ingenua con la que debe ser leída tu historia. :oops:
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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Shigella » 19 Dic 2012 00:32

Pues yo debo de tener alma de niña, porque lo he disfrutado mucho. :D

Por poner alguna pega, en algunos momentos me ha abrumado tanto adjetivo, pero en general es de los que más me han gustado hasta ahora. Eso sí, llevo poquitos leídos, todavía queda mucho concurso por delante.
Felicidades al autor.

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Lifen » 19 Dic 2012 12:25

Estaba pegada a la pantalla del ordenador, muy ensimismada cuando algo me ha sacado del relato de golpe y, de alguna manera, me ha chafado un poco la historia y es el momento en que se nos revela que Ana es la hermana de María. No por el hecho en sí, que está muy bien, es un buen recurso de cara al final sino por cómo está contado. Parece como si estuviera pegado a la fuerza, como si el autor no hubiera sabido en que momento del relato hacer la revelación y lo hubiera tirado al aire y caído donde fuera. Lo del rescate de la cocinera también me ha parecido muy forzado.

Por lo demás, muy bien, ya he dicho que me he metido en la historia rápidamente. El principio es soberbio y la parte en que Ana está en la casa y empieza a descubrir el misterio es genial. Me ha recordado mucho a James y a los niños de Otra vuelta de tuerca.

Y ese tita del final también me ha hecho polvo :mrgreen: En resumen, las descripciones y la ambientación son maravillosas y cojea un poco en los diálogos, según mi opinión que no tiene porque ser la de los demás. A pesar de todo, entra de lleno en mis cinco primeros favoritos salvo que los dos que me quedan de leer sean la octava maravilla del mundo, claro :D
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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Shigella » 19 Dic 2012 12:36

Lifen escribió:Estaba pegada a la pantalla del ordenador, muy ensimismada cuando algo me ha sacado del relato de golpe y, de alguna manera, me ha chafado un poco la historia y es el momento en que se nos revela que Ana es la hermana de María. No por el hecho en sí, que está muy bien, es un buen recurso de cara al final sino por cómo está contado. Parece como si estuviera pegado a la fuerza, como si el autor no hubiera sabido en que momento del relato hacer la revelación y lo hubiera tirado al aire y caído donde fuera. Lo del rescate de la cocinera también me ha parecido muy forzado.


A mí me ha pasado lo mismo, pero bueno, se lo perdono porque el relato en general está muy bien.

Como curiosidad, lo de "Sí, había llegado hasta allí por su hermana" me ha parecido sacado de la voz en off de Mujeres desesperadas, que siempre decía ese tipo de frases. :cunao:

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por Gavalia » 19 Dic 2012 15:31

Un buen relato en general. Sin embargo a mi se me hizo largo, y es que no pasa nada interesante hasta el final. Avanzas en la lectura pensando bueno ya llegará, pero no llega. Describe con extraordinaria facilidad para el lector lo que acontece en el relato, y por eso digo que es muy bueno. El final me ha gustado, pero es que soy un puñetero sensiblero.
Enhorabuena compañer@
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-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por shirabonita » 20 Dic 2012 11:42

Sospecho la autoría de este relato, con una certeza del 99% :mrgreen: pero no diré nada por ahora, ja,ja!
Es una historia que me ha encantado, parece ambientado hace casi un siglo.
La parte de venganza incluida en la trama, le da una sensación de inevitabilidad muy de mi gusto.
Y a la vez tiene elementos que lo hacen entrañable, como la inocencia de Nati, Mixi, y la voluntad de Ana por desentrañar el misterio , a pesar del miedo.
La historia cierra un círculo perfecto, pues comienza y termina en el cementerio, aunque en muy diferentes circunstancias, en cada ocasión.

La redacción es muy buena, y aunque es un relato largo, en mi opinión no le sobra nada, se me ha hecho muy ameno. Felicidades, autora! Creo que vas a estar entre mis puntuaciones más elevadas.
Como un gran cielo, color verde claro, desearía que mi corazón fuese así de inmenso. (Emperador Meiji)

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Re: CN1 - Dulce natividad

Mensaje por ciro » 20 Dic 2012 14:17

Es un relato con una ambientación muy buena. Falla algo en la verosimilitud. ¿No existe la policía? Por muy juez que sea el asesino, digo yo que buscarían a los desaparecidos. En el relato no parece tener ningun eco. ¿Su hermana ni siquiera la busca, hasta que la niña le da la clave? La cocinera que lo sabe todo y se mantiene callada ¿era una buena persona? :shock: Para mí claramente no. Luego, los esqueletos no son como los pintan. Es decir, una mano en garra no se mantiene en un esqueleto, se desmoronan los huesos de la mano. Aparecerían los huesos de la mano desparramados por el suelo. Aunque lo más fácil con los pocos años que han transcurrido y con un cadáver oreado es que aún no se viera el esqueleto sino una especie de cuerpo momificado o medio putrefacto dependiendo de la humedad ambiente. Otra cosa: ¿nadie visitaba el panteón familiar ni para poner unas flores? ¡Que descuidado el asesino que no se molestó ni en meterlos en un nicho!
Es decir por un lado tendría una puntuación de un 10 y por otro de un 4. Nos quedamos en la mitad.
No entiendo la vida sino como aprendizaje constante. Cosecha propia

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