CN1 - Advenimiento - Gavalia

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lucia
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CN1 - Advenimiento - Gavalia

Mensaje por lucia » 16 Dic 2012 15:39

Advenimiento

ERYTHRAIA a.C. Axum
Un viento frío comenzaba a soplar en las postrimerías de la madrugada sobre las vértebras de los montes
Itbai. La bruma espesa reptaba por la ladera oeste del pliegue natural de tierra haciéndose dueña de la
atmósfera más próxima al terreno bajo. Extendía su nebuloso manto cubriendo todo cuanto encontraba
con un lento, pero constante, paso. La niebla no fue un comienzo, pues no existen ni comienzos ni finales
en el entramado de la existencia, pero si el inicio de algo por ser testigo de un comienzo revelado en
aquella agreste tierra de bosques ralos, extensas llanuras y páramos desolados que limitaban con las
ardientes arenas del costero desierto de Eritrea. La densa atmósfera amenazaba tormenta desde hacía
días. La escarcha, congelaba las briznas de hierba, y a ello colaboraba el denso y plomizo cielo, que se
cernía sobre la siniestra comitiva de engendros de la Sombra. El desabrido ulular de un búho transmitía
ecos de funestos presagios. Los acólitos del Oscuro tenían órdenes, y los mandatos del Segador de la
vida, no admitían retrasos. Se habían puesto en marcha con premura, prestos a cumplirlos….
La caravana inició su andadura a los pocos días de ser avistado por primera vez aquél extraño y
persistente foco de luz escarlata que parecía gravitar en el firmamento como colgado de un clavo
invisible. Surgió de ninguna parte, y lo hizo de repente. Una intermitencia constante parecía dotarlo de
vida propia. Rielaba entre las densas nubes y podría decirse que sostenía una misteriosa y siniestra
frecuencia en un continuo y casi invisible parpadeo. Cualquier estudioso del fenómeno entre la
comunidad de eruditos no descartaría la posibilidad de que se tratara de un mensaje de las estrellas
o, cuando menos, de un augurio envuelto de misterio, que a todos preocupaba, desde ilustrados hasta
labriegos.
Ninguno, entre los muchos eruditos de aquel tiempo, supo dar una respuesta solvente, a la repentina
aparición del cometa; mucho menos, a su sorprendente estacionamiento, preciso y estático en un punto
muy concreto de los cielos. Todos estaban perplejos ante tal comportamiento gravitacional. «Los cometas
siguen un rumbo conforme surcan el firmamento» Este era un conocimiento básico en el estudio de las
ciencias estelares y las matemáticas aplicadas de aquellos antiguos tiempos. En muchas ocasiones,
estos astros desprenden restos rocosos también llamadas «lágrimas divinas», lágrimas que terminan
su efímero y centelleante viaje entre las estrellas colisionando finalmente con la corteza terrestre. Sin
embargo, el cometa escarlata, estaba como congelado en las alturas, y ese detalle en particular tenía a
todos perplejos.
LA TORRE
Galgalath, estaba totalmente convencido. La primera parte del Ciclo de las Profecías, anunciadas en
los textos sagrados, estaba comenzando a pesar del escepticismo de Magalath y a pesar también de
la lógica aplastante de Serakin. De los tres insignes maestros, Magalath, Galgalath y Serakin, sin duda
alguna era Galgalath el más versado en ciencias ocultas. Lo analizaba todo con tanto entusiasmo como
detenimiento. Ortodoxo hasta el final en su protocolo de trabajo. Incansable en su afán de conocimiento.
Los tres maestros formaban un círculo de estudiosos ascetas que vivían en la más espartana de
las condiciones, dedicados en cuerpo y alma al estudio, la meditación y la experiencia aplicada del
conocimiento.
El compromiso y la determinación en el arduo trabajo de entender el tejido del universo eran su premisa
principal. Experimentación, estudio, análisis y reflexión, sus herramientas de trabajo. El conocimiento y
amor a Dios conducían el día a día de sus existencias. Lo demás, carecía de importancia; ropa, comida,
y comodidades fútiles pasaban a un segundo plano en pos de la elevación del alma por medio del saber.
Dominaban todas las áreas de la ciencia conocida de aquel lejano tiempo. Poseían el don y la capacidad
de controlar la energía que fluía por el universo. Algunos lo llamarían magia, los menos preferían
denominarlo ciencia. No obstante, preferían no hacer uso de la fuente salvo en aquellos casos o
situaciones que lo hicieran totalmente necesario. Bien para curar heridas o enfermedades por medio de
tejidos de agua y aire, bien para defenderse o atacar usando tejidos de tierra y fuego. Solo podrían usar
los últimos en caso de peligro inminente para sus vidas o las de inocentes. Estaba prohibido en cualquier
otra circunstancia. Así lo habían establecido desde un principio por medio de juramentos vinculantes,
juramentos cuyas consecuencias serían nefastas para la propia integridad física de quien los usara de
forma incorrecta. Así fueron configurados por medio de la fuente del poder único, y así los cumplían.
Los tres procedían de familias poderosas. Los tres habían asistido a las mejores escuelas de todas las
confesiones contemporáneas de su tiempo y los tres partieron juntos a su particular encierro en la Torre
Eritrea. Entendían que, por alguna razón, el aislamiento y la concentración en su trabajo era lo que
Dios pretendía realmente de ellos y de sus vidas. Pero el tiempo de los anuncios había comenzado. Un

comienzo que no era inicio, sólo principio de lo que ya estaba anunciado.
Teje el Hacedor de lo visible y lo invisible.
Teje hilo a hilo el entramado de la existencia.
Una lazada escarlata en el tejido.
Un anuncio que presagia llegada.
Estaos prestos, que todos sepan, que todos entiendan.
Que no es siempre leyenda.
Aquello que aparenta ser mito,
Pues no hubo nunca inicio.
Mas al lanzar los dados sobre el tejido,
Todo ha de comenzar.
Y lo que no es inicio, se tornará en principio,
Configurando un posible y fatal final.
Profecías del Devenir de los tiempos
Extracto. Suras 11/10/03
–Galgalath, ¿por qué ese empeño en dar por válido que pueda ser una señal de los cielos anunciando
cambios? ¿Cuántas veces hemos podido observar fenómenos parecidos al presente a lo largo de todos
estos años? –comentó Magalath, sosegado pero extrañamente intranquilo
Magalath quizá estaba preocupado por el empecinado y reflexivo ensimismamiento en el que parecía
haberse sumergido Galgalath. Con mucho, Magalath era el ser más escéptico que jamás nadie pudiera
imaginar, por no hablar de su capacidad para no inmutarse por nada. Así estuviera ardiendo la Torre,
Magalath nunca correría para salvar la vida por simple dignidad; no daría por cierta la noticia hasta que
no se le abrasaran las nalgas. Si le preguntaban de qué color era el cielo, diría que azul seguramente,
pero también es seguro que saldría a la luz del día para comprobarlo.
–Se encuentra recogido en los textos, Magalath. No es un invento mío, hermano. ¿Cómo puedes dudarlo?
¿Acaso has perdido la habilidad de la comprensión, querido amigo? –respondió Galgalath con una sonrisa
mientras mostraba ojos de sorpresa.
«Al menos, no ha desaparecido el buen humor tan característico del sabio, pensó Magalath más tranquilo.
No obstante, cualquiera diría que era imposible que el sabio reflejara intranquilidad de ninguna de las
maneras.
–¿ Cómo interpretarlo si no, Magalath? De alguna forma, nos hemos estado preparando durante todo este
tiempo para nuestra misión. Actos que podrían llevarnos a la más horrible de las muertes. Acciones que,
posiblemente, pasen desapercibidas en los anales de la historia porque así está escrito, tanto si salimos
victoriosos como si, por el contrario y dios no lo quiera, la sombra termina con nuestras vidas. Luchar al
lado de la luz contra el Segador de la Sombra es nuestro único propósito y nuestra más importante batalla.
El verdadero Mesías nos necesita. Por más vueltas que le doy, no me lo quito de la cabeza, pero si algo
tengo claro, es sin duda, qué debemos hacer. Algo muy grave está sacudiendo el entramado y ese algo se
encuentra en la latitud que señala ese misterioso cometa.
Cerró el gran volumen del que se valía para aleccionar a sus colegas y que tenía sobre su regazo con un
golpe seco. Fijando la mirada en el duro y estoico rostro de Magalath, el sabio espetó con resolución:
–Debemos partir, no hay otra opción. Así me lo dicta mi conciencia, que es la vuestra. Así lo refrendan los
datos. Así nos lo exige la luz. Que esta nos ilumine y ampare en nuestra misión.
–¿Y si no es lo que supones, Galgalath? –intervino Serakin– Y si, simplemente, se trata del paso furtivo
de un cometa como dice Magalath. Las profecías siempre han contemplado la llegada del mesías, pero
un mesías de luz y no un enviado de las sombras velado entre líneas de predicción. ¿Sabes, Galgalath, lo
que supone poner en marcha semejante andadura? Lo primero sería avisar a nuestras familias. Ya sabes
lo que eso significará ¿Qué crees que dirán en casa? Empezaran a inmiscuirse en nuestro retiro, siempre
lo han deseado; sobre todo la propia corte. Sólo esperan la oportunidad de hacerse necesarios. Aspiran a
controlar la torre, y ¿que mejor oportunidad que la que se ofrece en bandeja? En poco tiempo, tendríamos
a las puertas una multitud de enfermos y tullidos, buscando solución a sus problemas, y todo gracias
a la presión política que este viaje puede provocar con la intención final de que retornemos a nuestros
respectivos reinos. Renunciamos a ellos en su día, Galgalath. Decidimos que nuestro destino sería servir
a la luz. Se terminará el aislamiento voluntario que hemos elegido. No sé, Galgalath, si lo que nos jugamos
con esta aventura que propones no será una pérdida irreparable de tiempo y esfuerzo o, lo que es peor,
¿no estaríamos faltando a nuestro compromiso para con el creador guiados por fábulas propias de niños

temerosos? Máxime si encima, el maldito cometa no es más que eso, un simple cometa y no el comienzo de
esas veladas profecías que citas con tanto entusiasmo.
Serakin hizo el inciso de forma contundente, pero con un tono de ensimismamiento; algo raro en él. Lanzó
con fuerza el juego de dados de marfil blanco con el que se solía entretener mientras trabajaba. Los dados
rodaron ruidosamente sobre la gran mesa de trabajo. Por momentos, parecía que no se detendrían nunca.
Giraban sobre su propio eje a una velocidad antinatural. Sin aviso ni atisbo de que fueran a para de girar en
algún momento, los dados se detuvieron de repente con un sonoro chasquido quedando unidos cara con
cara.
Los dos puntos negros aparecieron sobre la impoluta y amarfilada superficie blanca de los dados. Llamaban
a esa jugada «Los ojos del oscuro». Los tres sabios, se quedaron ensimismados observando el color
negro como la obsidiana, de los dos puntos. De fondo, el ruido ensordecedor de la descarga de un
trueno impregnó la atmósfera de una energía estática sobrecogedora. Parecían dos ojos acechantes que
observaran desde otra dimensión la perplejidad en los rostros de los sabios. Galgalath se convenció aún
más de su análisis de la situación. Algo maligno estaba a punto de llegar a este mundo desde el reino de
la oscuridad, lo perverso personificado en un ente oscuro con funestas y dramáticas intenciones. Quizá ya
estuviese aquí. Había que darse prisa antes de que lograra hacerse más fuerte. La profecía principal, la más
importante, la prometida por el mismo Dios en los sagrados textos, tendría alguna oportunidad de alzarse
victoriosa así resultase del esfuerzo de los sabios.
–La venida del verdadero Mesías no tendrá opción de ser si no logramos detener la infección a la que
dará lugar la llegada del Oscuro –murmuró pesaroso Galgalath–. Es necesario partir cuanto antes. Esta
es la señal velada de la que hablan las profecías. La venida del verdadero Mesías corre peligro. Debemos
protegerlo a toda costa. Esa luz roja en los cielos marca con exactitud el punto donde se encuentra nuestro
objetivo. Debemos acabar con él sin miramientos o todo estará perdido. –las palabras de Galgalath eran
serenas, pero sonaban angustiosas y cargadas de incertidumbre y miedo.
Eran sus conclusiones, y según parecía, también las de los textos proféticos
–Entonces, hemos de organizarlo todo sin dilación. Avisaré de inmediato a los heraldos –comentó Serakin
sin apartar los ojos de los dados.
De pronto, llegada de la nada o quizá de la oscuridad más ponzoñosa, una imagen invadió la cabeza
del sabio embotando su mente con un terror inesperado e intenso. La rechoncha figura de una extraña
criatura agazapada en una especie de cuna de piedra le observaba a través de unas enormes pupilas,
completamente negras, que abarcaban toda la cavidad ocular. Parecía un niño, pero no lo era; en
absoluto. Su propia desnudez permitía observar una capa de escamas que cubría la totalidad de su piel
grisácea y agrietada como la de un lagarto, lo que delataba su inhumanidad sin duda alguna. Parecía
estar murmurando o, más bien, barboteando incongruencias de forma casi gutural, como algún tipo de
oración o algo más parecido al gañido propio de un animal. En su visión, Galgalath intentó acercarse a
la criatura pretendiendo ver su rostro con más claridad. Alargó temeroso su brazo a modo de protección,
aunque no sabía de qué. Repentinamente, la criatura se incorporó como un resorte que se tensara sin
aviso y, quedando en posición de sentado, clavó su sobrecogedora mirada en su observador. Esa mirada
derramaba maldad a la vez que curiosidad. Unos pequeños colmillos despuntaban sobre sus labios y una
sustancia de color rojo corría entre sus comisuras. En una de sus manos, que más bien parecían garras y
estaban curiosamente cubiertas de una patina de escamas como todo el resto de su cuerpo, sostenía un
bulto sanguinolento con forma de víscera que parecía palpitar entre sus dedos terminados en largas uñas.
Entonces, su boca se abrió emitiendo un estridente grito: «¡Me comeré tu corazón sabio!» La visión duro
un instante, aunque a Serakin debió parecerle una eternidad por lo demudado de su rostro. Galgalath y
Magalath jamás pensaron que tal cosa pudiera sucederle al guerrero. Serakin provenía de una familia de
ricos comerciantes y antiguos guerreros entrenados en el arte de la guerra, el combate con el acero y el
control de la mente. Además, estaba versado en las técnicas más secretas de la danza con espadas. Cuatro
marcas gravadas a fuego alrededor de sus desnudos brazos marcaban su condición de maestro. Duro como
una roca. Firme cual montaña. Sin embargo, parecía un bebé asustado y desamparado en aquel momento.
–¡¡¡Serakin!!! ¡¡¡Serakin!!! ¡¡¿Qué te pasa?!! Pareces… –Galgalath, sobresaltado, se inclinó haciendo un
extraño equilibrio para sujetar a Serakin antes de que este cayera al suelo como un muñeco de trapo.
Magalath asió la fuente de inmediato y buscó como si presintiera que algo extraño rondaba por la sala; algo
que, sin duda, olía a podrido. Sus sentidos captaban una presencia antinatural y maligna en la atmósfera
que los rodeaba.
–El tiempo se agota –rezongó Serakin mareado y sudoroso, pero algo más repuesto.

El representante del Segador de Almas había llegado y acababa de anunciar su existencia. El Oscuro les
esperaba y se regodeaba en su desafío sembrando la atmósfera de horror y miedo.
–Debemos tener en cuenta que estará rodeado de mucha protección. No debemos descartar nada. Son
legión quienes conforman sus huestes. Lo protegerán con sus propias vidas antes que incurrir en la ira del
Maligno –concluyó de forma severa Magalath más convencido de la situación.
Los mensajeros salieron de inmediato hacia los centros de poder de los diferentes reinos, a los que
había que hacer llegar sus misivas. No tardarían mucho en llegar a ellos las cartas escritas por Magalath,
Galgalath y Serakin; los eruditos contaban con toda una red de emisarios. Las misivas anunciaban su
partida, pero solo en una de ellas se solicitaba a la corte del reino de Magalath, el más próximo a la Torre,
que dispusiera todo lo necesario.
MONTES DE JUDEA (Caravasar Beit Lahama)
Amín tenía la cara descompuesta. Su rostro demudado hizo sospechar a su hermana Admira que había
estado otra vez con los fumadores de kif. Ya le había advertido de lo peligroso de esos tratos. Llevaban dos
semanas estacionados en el Caravasar de Beit Lahama y, desde entonces, Amín parecía cambiado. Seguía
preocupándose por sus obligaciones y no se le podía reclamar falta de atención o negligencia alguna en
sus acciones como principal responsable de la caravana de los tres sabios, pero no era el mismo desde su
llegada a los montes de Judea.
– ¿Qué te pasa, hermano? Últimamente te encuentro lejano e irascible. ¿Puedo hacer algo para ayudarte? –
inquirió la bella Admira de forma dulce y suave.
–No hermana, no me pasa nada, es sólo esta espera. Esos sabios serán muy sabios, pero creo que de
más pacientes, podrían ser santos. Se escuchan hablillas y rumores estrafalarios en la zona. Pasan cosas
extrañas, por no llamarlas absurdas. Personas que desaparecen. También, hay quien dice haber visto a los
difuntos paseando por las calles del Caravasar. Armas, que de pronto asumen vida propia, atacando a sus
propios dueños. Criaturas oscuras y deformes, que dicen deambulan por el páramo. Desde que esa maldita
luz escarlata apareció en los cielos, nada es como antes ─sentenció Amín con aire ausente.
– ¿Y que dicen los magos al respecto? –Admira, sabía que su hermano necesitaba hablar del asunto. Ella
era su consejera, fiel y leal siempre, además de su hermana, y no le iba a fallar ahora.
–Lo primero que te diría Serakin, que por otra parte es el único de los tres que tiene a bien hablar con sus
servidores, es que él no tiene nada de mago, que eso lo deja para Magalath y Galgalath.
Era cierto, la imagen de Serakin era la de un guerrero. Deambulaba por el campamento como si fuera
un general inspeccionando a la tropa. Se sentaba al calor de las diferentes hogueras esparcidas por el
asentamiento y charlaba o hacía chanzas con los componentes de la caravana. No hacía exclusiones. No
admitía reverencias. En todo, quería ser un igual para con los que le rodeaban y maldecía para sus adentros
cada vez que alguien le trataba de Sabio, Rey o, incluso, de Majestad. Si, era cierto que tenía derechos de
heredad sobre las tierras que le vieron nacer, pero había renunciado a los mismos desde que optó por su
retiro en la torre Eritrea.
– ¿Y que opina de esos sucesos, hermano? –Admira, sabía de las costumbres de los tres sabios, y
como eran cada uno de ellos. Todo lo que le decía Amín, al respecto de ellos, ya era conocido entre los
integrantes de la gran caravana.
–Aduce, que es el maligno, que anda suelto entre nosotros. No él directamente, pero si sus representantes.
Serakin le había comentado hacía algún tiempo que la prisión del Segador de la Vida se estaba
resquebrajando y que su poder crecía a medida que se hacía realidad no sé qué profecía. Cosas de sabios,
suponía. De ahí esos últimos sucesos tan extraños producto de emanaciones malignas espontáneas que
escapaban a través de las grietas que se estaban produciendo en la cárcel del Oscuro. Al parecer, el
advenimiento de los últimos augurios estaba en pleno proceso. Tenían que descubrir dónde se encontraba
la fuente de maldad que daba lugar a esos acontecimientos y, lo que era más importante, destruirla para
preparar la llegada del verdadero Mesías deteniendo al enviado del maligno y acabando con sus oscuras
intenciones. Eran tiempos de cambios. Tiempos de muerte y sufrimiento, pero también era el tiempo de la
esperanza. Así estaba escrito y así sucedería si todos cumplían con el papel que tenían adjudicado en el
entramado de la existencia.
Unos gritos despavoridos en el exterior de la pequeña tienda terminaron con la conversación de Amín y
Admira. Amín saltó como la tensa cuerda de un arco que disparara una flecha y se lanzó hacia fuera con
su acero desenfundado presto para el combate. Tardó unos instantes en adaptarse a la escasa luz. Las
sombras envolvían al campamento como un sudario. Una figura extraña corría por delante de su línea de
visión arrastrando algo. El objeto que acarreaba tras de sí de forma violenta chocaba una y otra vez contra

el firme y apelmazado suelo en una loca carrera. Un lamento desesperado parecía partir del saco. A su
izquierda, un enorme hombre, con una guadaña entre las manos, partía por la mitad y de un solo tajo a
una mujer que sostenía a un crío entre sus brazos. Enseguida, el siniestro se percató de la presencia del
pequeño. Este se encontraba tumbado de espaldas sobre el suelo y con los ojos desorbitados por el terror.
El gigantón del Oscuro tendría unos dos metros de altura, y una capa de pelo grisáceo le cubría de pies a
cabeza. Su rostro mostraba rastros lobunos. Los colmillos eran afilados como dagas. Su mirada era rojiza,
como la estrella que pendía del cielo brillando en la noche con tonos escarlatas. La criatura se acercó al
chico y comenzó a patearlo con saña mientras este gritaba y pedía lastimeramente, con un desgarrado
llanto, que no le golpeara más. Todo bullía alrededor del campamento con un frenesí infernal. Gritos salvajes
y desenfrenados. Exclamaciones de angustias compartidas y de sorpresa pincelaban la dantesca escena.
Amín no lo dudó un instante. Corrió con rabia hacia la grotesca figura que, distraída, golpeaba al crío tendido
en el suelo. La espada de Amín desplegó «El abanico al cielo» y se sintió uno con su acero. Era el ataque
definitivo que solía practicar con Serakin durante horas y horas de entrenamiento. El ser intentó volverse
hacia aquello que había sentido como una caricia y que lo traspasaba de lado a lado. Intentó girar sobre sí
mismo. Al instante, la parte superior de su simiesco cuerpo cayó al suelo con un rictus de sorpresa. Poco
después, el resto de su antinatural corpulencia se desplomó con estruendo sobre el terreno. Amín se acercó
al crío. Una carita asustada, pero con gesto resuelto, le recibió con sorpresa.
–Amín, ¿eres tú? –sobrecogido, se echó a los brazos del caravanero.
La perseverancia de Amín en pos de la protección de los componentes de la caravana había sido
determinante en la localización de la grieta. Se había aventurado en una arriesgada y difícil carrera detrás
de los últimos siniestros que abandonaban el campamento expulsados a la fuerza gracias al coraje de
los soldados. Amín había logrado organizar la defensa del campamento contra la horda de amigos de la
sombra. A pesar del caos reinante, sus hombres habían respondido con honor y se emplearon con inusitada
intensidad ante el rostro de la muerte.
Amín corría desesperado detrás de los engendros rezagados. Adentrándose poco a poco entre los pliegues
riscosos y de escasa vegetación, dominado por su ansia de venganza, persiguió sin descanso a los
monstruos asesinos. Una brisa fría removió los cabellos de Amín terminando por introducirse entre los
pliegues de su ropa y produciéndole un desagradable escalofrío. Las primeras luces de la mañana luchaban
por llegar a tierra atravesando las espesas nubes que, de un tiempo a esa parte, parecían omnipresentes
en los cielos. Amín estaba agazapado tras un grupo de arbustos de mediano tamaño que le permitían
ver la ladera de la montaña que tenía enfrente. Agachado y en silencio, observaba cómo los siniestros
entraban, en fila de a uno, en una grieta natural de la roca protegida por un saliente de granito. Escudriñó
a su alrededor y tomó nota mental de las referencias necesarias para poder encontrar de nuevo el lugar.
Hecho esto y sin más dilación, corrió como un poseso para informar con urgencia a los sabios de su
descubrimiento.
–No deberías haberte marchado solo, Amín. Has arriesgado demasiado, no quiero pensar qué hubiera
pasado si te hubieran agarrado esos engendros. Para empezar, no estarías aquí para contarlo, mendrugo –
un Magalath distante pero aleccionador, con un rostro que más parecía de piedra que de carne, reprendía la
acción del caravanero que, humillado, no levantaba la mirada del suelo.
–No Magalath ─espetó enérgico, Serakin─ No, y mil veces no. Amín hizo lo que tenía que hacer, ni
que si ni que no, hermano…Gracias a la luz él estaba allí ─el mago miró de reojo al caravanero en ese
momento con una mueca casi imperceptible de complicidad─, ahora sabemos dónde se encuentra la
mácula del Oscuro. Es el momento de atacar y destruirla de una vez por todas. ─Serakin posó su mano
diestra sobre el hombro de Amín y le transmitió su satisfacción más sincera con orgulloso afecto.
–Necesitaremos algo más que tu fuerza y destreza con la espada, Serakin, Maestro del Acero. –Galgalath
habló con la majestad propia de un rey–. Aunque no literalmente. En las profecías se menciona un
modo de acabar para siempre con el pérfido de la mentira, una forma de que el Oscuro nunca pueda
liberarse de su prisión a través de su nefasto vástago. Sin embargo, nunca se ha probado –titubeó con
la lengua seca como la arena– y seremos los primeros en ponerlo en práctica. Que la gracia de Dios nos
acompañe en nuestra misión, nunca nos hizo tanta falta –sentenció un Galgalath algo sobrepasado por las
circunstancias.

EL ACCESO

A primera hora de la mañana, cuando el frío aún cala los huesos y el día se despereza entre tímidos
rayos de luz, los tres magos, Amín y una nutrida guardia de soldados cercaban el acceso a la grieta
difuminados por la espesa niebla. Una especie de letanía hipnótica reverberaba entre las paredes de las
enormes laderas de piedra circundantes, que sostenida por la humedad de la mañana, llegaba hasta los
oídos de los soldados de la guardia. Estos murmuraban plegarias y oraciones contra el maligno, súplicas
de protección tan antiguas como la misma piedra de la grieta. El aire transportaba un profundo olor a
podredumbre. Los tres magos parecían estatuas recortadas en el perfil de la mañana. Amín observó que
portaban una especie de pequeña bolsa negra atada al cuello por medio de un cordón de cuero trenzado.
El único que iba armado era Serakin, pero el caravanero sabía que el acero del mago serviría de muy
poco cuando se enfrentaran al Oscuro. Le preguntó por aquellas curiosas bolsas. Después de hacerse
rogar lo necesario –siempre lo hacía–, Serakin le explicó quedamente durante el camino hasta el acceso
que no se preocupara en demasía, que los sacos que tanto le llamaban la atención eran realmente un
arma muy poderosa. Cada uno de ellos contenía un elemento diferente. Las tres sustancias o elementos
habían sido tratados por Magalath con el poder único siguiendo las instrucciones de Galgalath y,
por tanto, todo iría bien. Lo que Serakin no le dijo era que si los planes no funcionaban como había
pronosticado Galgalath, no habría segunda oportunidad para los hombres. Bastante tenía el muchacho
con la orden de partir a todo correr en caso de que las cosas fueran mal y llevarse de allí, más pronto que
tarde, la caravana de vuelta a la Torre. Después…bueno, posiblemente todo daría igual…así se abrasara
la oscuridad.
El escenario que encontraron los tres magos en el interior de la cueva era tan intimidador como
sobrecogedor. En el aire, flotaban moléculas de azufre con un olor similar al de una cesta de huevos
putrefactos que abotargó el olfato de los sabios y logró que Serakin mostrara una mueca de asco.
Mientras, Galgalath y Magalath, impasibles como siempre, no parecían notar nada en absoluto. «Quizá es
que saben disimularlo muy bien», se mortificó Serakin para sí. La escasa iluminación en el interior de la
cueva, proporcionada por unas pocas antorchas repartidas aleatoriamente por el perímetro principal de lo
que parecía un anfiteatro natural, daba un clima agónico a la escena. Un murmullo de sorpresa comenzó a
viajar retumbando entre los riscosos salientes del anfiteatro. Las sombras se cernían sobre los tres magos.
Dos enormes sabuesos del Oscuro se abalanzaron contra los intrusos. Serakin asió la espada que portaba
en la espalda con la rapidez de un rayo. El Maestro del Acero comenzó a bailar su particular danza. Los
dos cancerberos, excitados por la caza, saltaron al unísono sobre el guerrero, y Serakin puso en práctica
la técnica conocida como «El giro del ciclón», la más adecuada ante ese tipo de ataque descontrolado.
Los perros babeaban deseosos de arrancarle la garganta en su aterrador asalto y ni siquiera advirtieron
que habían muerto hasta que aterrizaron, también al unísono, en el suelo. Ambos tenían el vientre abierto
con un corte profundo de lado a lado y sus intestinos estaban desparramados por doquier. Con un último
gañido de frustración entre sus fauces, expiraron un postrer resuello de muerte en forma de protesta de
impotencia.
Un éxtasis de locura envuelta en estridentes gritos inundó el interior de la cueva al olor de la sangre
derramada, y una horda de engendros apareció de repente ante ellos aullando como lobos. Los había de
todos los tamaños y formas. Unos corrían encorvados usando las cuatro extremidades para desplazarse.
Los más humanos, lucían rostros animalescos, dotándoles de una malignidad antinatural que parecían
escupir en forma de grotescas babas. Lo que buscaban los magos se encontraba justo detrás de la turba
exacerbada que les amenazaba. Un hierático Magalath confeccionó de inmediato, gracias al poder, un
muro defensivo de tierra que aisló del ataque a los tres sabios. Los engendros golpeaban con manos
y garras contra la arenosa barrera. Magalath no podría aguantar mucho tiempo ese pesado y exigente
tejido, así que optó por aligerarlo introduciendo aire en él. De esta forma, también se podría ver qué
sucedía al otro lado del muro creado por Magalath. Pero debían pasar al ataque cuanto antes, pues los
engendros renovaban sus esfuerzos por traspasar la barrera de forma continuada, y su empuje podría
ser fatal ante la mínima falta de concentración al ejecutar los tejidos que necesitaban. Magalath volvió a
tejer, pero en esta ocasión lo hizo para introducir con gran esfuerzo tejidos entramados con ráfagas de
fuego primigenio que se mezclaron con la tierra y con el aire. De repente, el muro no solo aislaba, sino que
también avanzaba con paso firme presionando sobre la turba desenfrenada de engendros de la noche. El
entramado de fuego introducido por Magalath consumía con tan solo tocarlo. Todo lo que encontraba a
su paso quedaba incinerado instantáneamente. Un enorme engendro de anchos hombros y cubierto con
una especie de capa ceremonial intentó detener la barrera, o eso pensó Serakin, porque la criatura, desde
el otro lado del muro, levantó su enorme y peludo brazo emitiendo a la vez un estridente grito con el que

pareció ordenar al muro de tierra, aire y fuego que se detuviera. Por supuesto, no quedó de él más que el
recuerdo y un montón de ceniza a los pies de los tres sabios.
El enviado de la sombra descansaba recostado sobre un pequeño trono que parecía labrado en la misma
piedra. Estaba completamente desnudo, y sus formas parecían rubicundas y tiernas, como las de un
bebé de pocos meses y bien alimentado. Sin embargo, su piel era de un gris apagado y estaba cubierta
por brillantes escamas que absorbían la escasa luz reinante reflejando un halo rojizo alrededor de su
rechoncha figura. Dos grandes ojos del color del ónice observaban con interés la escena en la que los
esbirros de la noche eran segados como la mies en tiempo de siega. Unos pequeños colmillos destacaban
sobre una irregular pero afilada dentadura cubierta por unos labios excesivamente llenos.
–¿De verdad pensáis… que podréis detenerme con ese truquito de feria? –el Enviado tomó la palabra con
una voz mezcla de retumbo grave y dulces notas de timbre asombrosamente infantil.
A Serakin le chirriaron los oídos al oírle. Aquella cosa inmunda golpeaba en su cerebro, pero lo que más
sorprendió al sabio fue que la criatura no movió en ningún momento los labios cuando habló. Galgalath
y Magalath, sin embargo, no parecían sorprendidos por aquel efecto, asunto que volvía a mortificar a
Serakin, que optó por rezar una plegaria a la luz rogando que los planes de Galgalath salieran bien.
–Creo, Excelso Señor, que somos víctimas de un error –comenzó a decir Galgalath con un tono recargado
de excesivo respeto–. La verdad es que no esperábamos este recibimiento, mi señor. Nunca pensamos
que venir a rendiros tributo fuera una ofensa para el enviado de las sagradas profecías del devenir de los
tiempos. –los dados comenzaron a rodar. La apuesta urdida por los magos estaba en marcha.
–No te entiendo, viejo. Aclara eso del tributo y dime, ¿qué sabéis vosotros sobre profecías cuando aún
andáis en pañales en lo que a conocimiento se refiere? Sois mulas a las que hay que arrear para que
anden. Así os hicieron y, aunque no seáis culpables, sí sois las víctimas propiciatorias del sacrificio. Sois
débiles. ¿Cómo nadie pudo concebiros por amor cuando no sois más que la peste que deprime a la
creación? Sois, simple y llanamente, humanos; la verdadera mácula del universo. Yo he venido a poner
fin a eso. Cuando haya limpiado y cribado vuestro mundo, emergerá un nuevo entendimiento de la mies
que quede, tal y como lo desea mi padre –sus palabras acogotaron sin duda a los tres sabios, pero debían
aguantar –los dados seguían girando, y mejor que no pararan de momento.
–Es necesario aclarar, si así me lo permite Su Reverencia… que, antes de contestaros, debéis saber que
somos tres príncipes de Oriente viajando a través del mismo desierto en pos de la señal que gravita en
los cielos y que las profecías marcan para este tiempo. Nosotros venimos buscando al Mesías redentor
descrito en ellas, y vuestras propias palabras refrendan, sin duda, la verdad de lo que os digo. El porqué
de nuestras razones y lo que nos motiva a acudir a vuestro lado no es otra cosa que prestaros juramento
de lealtad y ofrecer el debido tributo a una divinidad tan esperada y deseada por los hombres como
la que vos representáis. Así está escrito y así se nos ha enseñado. Que se cumpla, por tanto, lo que
dictan las escrituras. «Eres vanidoso y quieres el tributo por simple que sea si eso supone colocarte por
encima de todo y de todos. Usas los mismos subterfugios que emplea la humanidad. Eres lo peor de
nosotros personificado en una criatura tan negra y pagada de sí misma que no me quedan dudas en mi
pensamiento. Gracias a tu desmedida vanidad, saldremos de este brete no demasiado mal parados; si la
luz quiere», pensó Galgalath acotado por el silencio y esperando una respuesta.
–Muy bien. Al menos, sé que no mientes. También conozco las escrituras. Ten por seguro que me daría
cuenta inmediatamente si así fuera. Parece que sabes de lo que hablas y supongo que ha de honrarme
que lo hagas. Sin embargo… –la criatura fijó su vista en Serakin–. Quizá, Serakin, ¿así te llamas, verdad,
gusano de color negro? ¡Ja, ja, ja, ja! Posiblemente él no sea tan sincero después de mi visita tan personal
a la Torre. ¡Ja, ja, ja, ja! No temas, Serakin, y dime: ¿qué tributo me traes? Ardo en deseos de arrancarte
ese corazón que casi ya viene solo hasta mí de lo desbocado que lo tienes.
Serakin se postró de hinojos ante el Enviado del Oscuro y, muy a su pesar, entonó la letanía que había
ensayado con sus dos hermanos intentando no pensar mucho en lo que decía. Debía convencer y debía
ser humilde para que sus planes funcionaran o todo se iría al traste por su culpa.
–Reverencia –anunció Serakin–, el primer tributo dispuesto en los escritos proféticos es el más preciado
de los metales: el oro. El oro es el símbolo de los reyes y a vos, mi rey, os lo entrego.
Magalath había implantado previamente un tejido en el metal que aumentaba la euforia y seguridad
de quien lo tocara. Sin moverse un ápice, la criatura atrajo hacia sí el saco que contenía el primer
tributo de los sabios. Flotó por el aire hasta llegar a una de sus garras. Con recelo, abrió el saquito y lo
volcó sobre una repisa de piedra que sobresalía del mismo trono en el que se encontraba recostado.
Inexplicablemente, el saco no dejaba de vomitar oro en diversas formas. Anillos con filigranas, collares

trabajados con esmero, pepitas del tamaño de nueces... todo brotaba de él como si fuera algo natural.
Finalmente, el Enviado se fijó en un collar de eslabones entrelazados del color del mismo sol y, después
de incluso olerlo, se lo colocó en el cuello con cuidado. La sensación de poder se incrementó de forma
intensa. Una sonrisa taimada y ufana apareció en aquel rostro, la viva imagen de una pesadilla de locos.
–Yo soy Galgalath –el sabio se arrodilló con decisión ante la criatura–, y os ofrezco el incienso, aroma de
los dioses y de la realeza. Así está recogido en los sagrados escritos.
El incienso que tributaba el segundo sabio también estaba tratado con tejidos de poder. Magalath había
manipulado unas moléculas ricas en feromonas con un alto poder hipnótico que aumentaban la confianza
del receptor de la ofrenda. El Enviado tomó el saco con menos reticencia que el anterior y lo volcó sobre
las escasas llamas que crepitaban en un pequeño recipiente en el que estaba instalada una aceitada tea
de esparto. El ambiente se inundó de un fuerte olor a incienso que consiguió que el Enviado entrara en
éxtasis. Sus sentidos se incrementaron con la nueva sensación de saberse tributado como un verdadero
dios. «Las profecías se están cumpliendo al pie de la letra», pensaba el Enviado seguro de sí mismo.
Eso le aportó una mayor confianza ante tan curiosos personajes que, creía, eran sus enemigos; sin
embargo, se postraban ante él humildes y entregados. Todo marchaba según los planes de su padre,
prisionero en los infiernos. Se sentía eufórico y poderoso por la forma en que se estaban desarrollando los
acontecimientos a su alrededor.
–Mi nombre es Magalath, mi señor, y os tributo con la mirra, aceite muy utilizado por los reyes de todos los
tiempos y tercer elemento citado en las profecías como tributo a la divinidad. Me postro ante ti, mi señor, y
os ofrezco humildemente el tercer elemento que legitima vuestra llegada.
Magalath se arrodilló ante el Enviado intentando transmitir humildad. Sabía que no decía mentira alguna
con respecto a la mirra. Era cuestión de interpretaciones por parte de la criatura y esperaba que el
Enviado se sintiera cada vez más seguro con los presentes otorgados. Ciertamente, la mirra era un aceite
utilizado por los reyes desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, lo que el sabio ni tan siquiera quería
pensar a fin de que el Enviado no pudiera leer su mente era que ese regio aceite se usaba como secante
en los embalsamamientos reales. Gracias al poder único, Magalath había aumentado infinitamente esta
capacidad de la sustancia para conservar los cuerpos en los que se depositaba extrayendo de ellos
cualquier rastro de vida que quedara. El Enviado, ufano y confiado por los resultados de los anteriores
presentes, no dudó en frotarse cuerpo y brazos con la mirra que le tributaba Magalath. Cuando terminó,
se alzó henchido de divinidad dando la impresión de que crecía por momentos de forma desmesurada
ante ellos. De su garganta brotó un grito desgarrado e, inmediatamente después, calló como un bloque
de piedra retorciéndose de dolor sobre el simulacro de trono en el que descansaba. Temblores convulsos
sacudieron al grotesco ser, que observaba a los tres sabios con odio e impotencia mientras se consumía
por dentro. No podía creer que le hubieran engañado. Él era el Enviado, pero comenzaba a darse cuenta
de que había perdido la partida incluso antes de que comenzara. Un enorme estallido de fuerza y luz
inundó la amplia sala natural donde se encontraban. La criatura quedó consumida como un guiñapo
desecado. Los engendros de la noche, dispersados por la cueva, se desmoronaban como si su rey
hubiese sido la batería que los mantenía con vida y, ya apagada, se consumían sin remedio.
Amín se asustó como nunca al oír el inmenso estruendo proveniente del interior de la cueva. El silencio
cubrió los sonidos del disperso bosque circundante como si fuera un manto. Los cielos se despojaron
de las densas nubes que hasta ese momento todo lo acogotaban. La estrella escarlata colgada del
firmamento se había trasladado unos grados desde su anterior posición y ahora lucía brillante cual
diamante en su nueva posición. Preocupado, Amín miraba con atención la entrada de la cueva esperando
ver salir de ella, de un momento a otro, a una barahúnda de engendros enfebrecidos. Sin embargo, no se
movió ni una pluma en el perímetro circundante hasta que una tos profunda llegó a sus oídos. Entre una
mezcla de polvo y escombros, y manchados de suciedad hasta los ojos, aparecieron los tres magos de
Oriente en la puerta de la cueva. Amín gritó de júbilo al verlos.
–¡Lo sabía, lo sabía! –gritaba al cielo Amín señalando con su mano hacia la estrella que palpitaba en los
cielos, ahora brillante y clara.
Sin pensarlo un segundo, salió emocionado al encuentro de los sabios.
Habían ganado la partida. Los dados dejaron de rodar. El triunfo de la luz sobre las sombras se había
impuesto definitivamente. El verdadero Mesías estaba a salvo, pero esa… esa es otra historia.

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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Lifen » 17 Dic 2012 12:37

Madrededios!!!!! :shock: :shock:
Primer relato que leo y vaya, me he quedado sin palabras, es como si todas las hubieras usado tú en tu relato :D

Que me ha gustado mucho, a pesar de que es largo estaba deseando saber que pasaba y como ésto es un concurso de relatos de terror no las tenía todas conmigo sobre el final :mrgreen:

Quizá, por decir algo, por poner algún pero, el principio resulta un poco denso con tanta descripción, aunque a mi no me disgusta, he tenido que leer dos veces una frase para centrarme, luego ya todo ha ido como la seda.

Hay un cambio de personaje, cuando Sirikim tiene la visión escribes: “En su visión, Galgalath intentó acercarse a la criatura pretendiendo ver su rostro con más claridad”. Y algún acento que falta (solo he visto uno: sabia por sabía).

Nada más, como es el primero que leo no me atrevo a decir que entra de lleno en favoritos, a saber como van a ser los demás, pero ahí está :D
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Dori25 » 17 Dic 2012 18:14

Bufff, demasiado para mi mente a esta hora, tengo que releerlo
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Gisso » 17 Dic 2012 21:23

Un relato bastante cuidado en la trama y muy “profesional”, pero que se me ha hecho algo denso, que no pesado, ya que me lo he leído de un tirón. Me gusta el toque histórico que le das a la historia, pero me he quedado un poco falto de escenas de terror para su tamaño. Tampoco la treta final me ha convencido, pero esto, como entenderás, es un gusto propio y personal. Se me ha pasado desapercibido el fallo que comenta Lifen. Pero ante todo, un gran relato.

¡Felices fiestas terroríficasImagen!

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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Nínive » 17 Dic 2012 22:09

¡ Hola Creador de Universos! :hola:
Qué puedo decir de tu relato. Me ha parecido muy original, una mezcal curiosa de tintes históricos, imaginación y fantasía.
¿Terror? no mucho. Y aunque me ha gustado por su planteamiento y por su trama, creo que pecas de exceso de lenguje (para mi gusto, claro). Tantos adjetivos, tanta floritura en las palabras, me saturan un poco. También repites mucho ciertas palabras, como "tejido" y "entramado". Con un lenguaje un pelín más sencillo estaría perfecto. Y que conste que me ha gustado ¿eh? Solo aclaro ciertos puntos que creo, mejorarían el relato.
Enhorabuena por el relato. :60:
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Dori25 » 17 Dic 2012 22:34

Eso era!!!
Gracias Nínive, tanto tejer me recordó al relato de Meiko que ganó en primavera!!! "Dónde se tejen los nombres"
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Gavalia » 17 Dic 2012 23:40

Que historia más chula. Eso si, menudo mamotreco. Como has conseguido meter todo eso en tan poco espacio? Otra vez observo el formato estrecho, parece que esté de moda leñe!!
Yo también vi el fallo que comenta Lifen, donde quiere decir Baltasar dice Gaspar. Pero casi que no se nota demasiado. Por lo demás creo que esta muy currado.
Veamos que pasa con tu suerte y felices Reyes magos :cunao:
-¡Qué felices éramos hace quince años!
-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Dori25 » 18 Dic 2012 10:00

Ya lo he leido!!!!!! Y esta vez con atención.

Tengo varias cositas que señalar (pero no dejan de ser apreciaciones mías). Si, vale, para demostrar que lo he leido!

Esos sabios serán muy sabios
Eso dice Amin al comenzar su participación en el relato, pero el estilo de la narración me choca con esta frase que me parece coloquial, como llamarle "mendrugo" al mismo Amín al perseguir a los engendros. ¿Un sabio como Galahal, Malahal o esos nombres llamaría "mendrugo" a otra persona????

Los engendros que entran en la caravana intentaban matar al Niño Jesús, no? Y por qué había niños ahí?

Bueno, simplemente esas cosas que pido aclaración, pero claro, este relato sube muchísimo el nivel, no tengo ninguna duda que debe ser de alguno de los "sabios" del foro. Vamos que este no es el mío, seguro!!!
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Topito » 18 Dic 2012 10:49

Mi gran enhorabuena por el relato. Se nota que el autor tiene experiencia.
No obstante, no votaré por él, puesto que he estado comprobando que la extensión del relato es mayor del que se indica en las reglas del concurso. Por cortesía a los que han tenido que acortar sus relatos (no es mi caso) he optado por creer conveniente hacer esto. A pesar de ser un muy buen relato.

Mientras lo leía pensaba que esta muy bien cuidada la redacción y el ritmo. Se ha comentado que puede ser algo tedioso el comienzo, sin embargo, para mi gusto, es uno de los mejores momentos del escrito. Su autor ha sabido realizar con maestría la descripción; algo bastante fácil de conseguir. A pesar de que el final me hubiera gustado algo más impactante: el Mesías no muere y es ese Mesías es el que todos conocemos bien por estas tierras occidentales, me ha gustado la idea. En cuestiones de forma, de ortografía, o de narrativa no se puede decir muchos peros. Así que mi gran
Enhorabuena al autor, y mi pena por no poder darte algún voto por culpa de mi deferencia hacia los demás autores.

Espero poder leer más escritos tuyos.

Pd: si estoy confundido en la extensión avisarme. Aunque en un primer momento copiando y pegando en Word me sale más de 6 páginas.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Berlín » 18 Dic 2012 10:58

Topito escribió:Mi gran enhorabuena por el relato. Se nota que el autor tiene experiencia.
No obstante, no votaré por él, puesto que he estado comprobando que la extensión del relato es mayor del que se indica en las reglas del concurso. Por cortesía a los que han tenido que acortar sus relatos (no es mi caso) he optado por creer conveniente hacer esto. A pesar de ser un muy buen relato.

Mientras lo leía pensaba que esta muy bien cuidada la redacción y el ritmo. Se ha comentado que puede ser algo tedioso el comienzo, sin embargo, para mi gusto, es uno de los mejores momentos del escrito. Su autor ha sabido realizar con maestría la descripción; algo bastante fácil de conseguir. A pesar de que el final me hubiera gustado algo más impactante: el Mesías no muere y es ese Mesías es el que todos conocemos bien por estas tierras occidentales, me ha gustado la idea. En cuestiones de forma, de ortografía, o de narrativa no se puede decir muchos peros. Así que mi gran
Enhorabuena al autor, y mi pena por no poder darte algún voto por culpa de mi deferencia hacia los demás autores.

Espero poder leer más escritos tuyos.

Pd: si estoy confundido en la extensión avisarme. Aunque en un primer momento copiando y pegando en Word me sale más de 6 páginas.


Topito, se amplió la extensión a 8 páginas.

1- La extensión de los relatos será el equivalente a de dos a ocho páginas A4 en formato doc, odt o txt con fuente arial 11, times new roman 12 o equivalente (la letra puede ser mayor).
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com/

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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Topito » 18 Dic 2012 11:37

8 pág... Uff cuando se cambio? Jajaja, pues nada. Mejor, me daba pena no poder votarlo. Pero estos cambios,¿ cuando fueron?
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Berlín » 18 Dic 2012 11:42

Topito escribió:8 pág... Uff cuando se cambio? Jajaja, pues nada. Mejor, me daba pena no poder votarlo. Pero estos cambios,¿ cuando fueron?



jaja... ¿en la página 3000? ya sabes que es un concurso improvisado, no oficial y entre amigos Topi. Vete a la primera página y lo verás. Ahora estamos perfilando la manera de votar.
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Dori25 » 18 Dic 2012 11:58

Topito escribió: A pesar de que el final me hubiera gustado algo más impactante: el Mesías no muere y es ese Mesías es el que todos conocemos bien por estas tierras occidentales, me ha gustado la idea.

Uy no!! :noooo: Eso no me hubiera gustado nada, ¿qué hacemos con los villancicos?? Calla, calla, así está bien.

Pues yo tampoco sabía que se había cambiado la extensión!
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Nínive » 18 Dic 2012 12:01

Eso os pasa por no leer las bases del primer mensaje del hilo, que fui editando según fueron saliendo las cosas. :lista:
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Re: CN1 - Advenimiento

Mensaje por Lifen » 18 Dic 2012 12:38

Nínive escribió:Eso os pasa por no leer las bases del primer mensaje del hilo, que fui editando según fueron saliendo las cosas. :lista:

Y además se dijo varias veces en los post, que yo los leí y hasta lo sabía. Así que no tenéis disculpas, si yo me enteré, os teniais que haber enterado los demás :cunao:
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