CPVIII El club de los kekos muertos - Kassiopea

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPVIII El club de los kekos muertos - Kassiopea

Mensaje por lucia » 14 Abr 2013 15:11

El club de los kekos muertos

La tormenta arreciaba sobre el lóbrego cementerio. La lluvia repiqueteaba inclemente sobre estatuas descabezadas y antiguos panteones medio derruidos. Siguiendo la inclinación natural del terreno, el agua comenzó a acumularse al fondo del recinto. Justo en ese punto se encontraban las fosas más viejas, las que ya nunca nadie visitaba. El tiempo se había encargado de pudrir las cruces de madera que, en su día, mostraron el nombre de los desdichados que ahí fueron enterrados, aquellos que ni siquiera tuvieron nunca una lápida de piedra sobre su tumba. Olvidados por todos, en aquel lugar languidecían sus despojos, juntos y revueltos en el lodo.
El agua fue penetrando en la tierra reseca, sin prisa pero sin pausa, abriéndose paso hacia las tinieblas del subsuelo. La vida tentó a la muerte. Rayos y truenos restallaron aquella noche sobre el abandonado cementerio. De improviso, como un presagio funesto, un relámpago particularmente intenso cayó sobre uno de los árboles esqueléticos que bordeaban la tapia. El fuego prendió rápidamente y el ciprés, agonizante, terminó derrumbándose, abriendo un gran boquete en el muro de piedra.
Entonces, junto a una de aquellas ramas carbonizadas que arañaban el cieno, el suelo vibró, como si algo luchara para surgir de su interior. El siguiente relámpago alumbró la silueta de unos descarnados dedos emergiendo del barro, cual planta extraña recién germinada. Trabajosamente, aquellos dedos se alzaron, clamando al firmamento enfadado, hasta que logró surgir todo el brazo. Los fogonazos de los rayos iban mostrando diferentes escenas del agónico y particular parto: el relieve de dos brazos estirados, el contorno de una cabeza que asomaba, el perfil de un torso luchando contra la presa de la posesiva tierra... Completamente libre al fin, la figura quedó arrodillada sobre el fango. Aquella criatura se sentía tan extenuada como perpleja. Miró a su alrededor y un nuevo estallido de luz recortó su pútrido pero magnífico torso: dos pechos enhiestos coronados por pezones grisáceos y descarados que apuntaron al cielo. El rugido de la tempestad no consiguió acallar el aullido que surgió de su boca.
—¿Qué coño está ocurriendo? —preguntó ella, enfrentándose al firmamento entero.— ¿Y Manolo? ¿Dónde está mi Manoooolo?
—Creo que lo tiene Ororo —respondió, vacilante, una débil vocecita. Se trataba de la ranita Dori, la cual también recién acababa de emerger del barro.
—¿Qué? ¿Cómo se atreve esta arpía a mancillar a mi querido Manolo? —rezongó Berlín, lanzando espumarajos verdes por la boca. Dori saltó para esquivarlos.
—¡Oye, que yo no he mancillado a nadie! —replicó Ororo, que estaba unos metros más allá. Permanecía erguida bajo la lluvia torrencial e intentaba eliminar el lodo que había penetrado por las cuencas de sus ojos.— ¡Los pervertidos sois vosotros! —gritó indignada, tomando un objeto del suelo y arrojándoselo a Berlín.— ¡Todo tuyo! ¡Y que sepas que tu adorado Manolo ha osado profanarme un ojo!
Berlín tomó a Manolo con efusivas muestras de cariño: sin dejar de acariciarlo con sus dedos desollados, al tiempo que murmuraba tiernas palabras de amor, lo acercó a su cuerpo, acunándolo entre los generosos pechos. Es preciso aclarar que, aunque Berlín consideraba a Manolo como su más leal compañero, en realidad se trataba de un látigo, aunque no era un látigo cualquiera... como no lo es nada en este cuento. Intimidador y letal, dotado de varias lenguas lacerantes, Manolo tenía además poderes mágicos.
Mientras las dos mujeres cruzaron miradas desafiantes, e incluso gruñidos de gatas salvajes, nuevas figuras tomaron forma surgiendo del barro. Un bulto informe, chorreante, se sacudió, expulsando inmundicia a metros de distancia. Una característica risita soez surgió de sus enormes fauces caninas; ¡era Gavalia, el chucho pulgoso! Berlín y Ororo, molestas por la dosis extra de porquería recibida, cargaron contra él, dando rienda suelta a su ya de por sí agriado carácter, acrecentado tras la insidiosa experiencia de haber pasado largo tiempo en descomposición en una fosa perdida y, encima, comunitaria.
—Sí, chicas, sí, lo merezco —Gavalia soltó más risitas—. ¡Cuántas veces soñé con esto! —Y con la mirada presa de los bamboleantes pechos, suplicó:— Más, por favor. ¡MÁS!
—¿Otra vez? ¡No puede ser! Es como estar atrapado en una pesadilla sin fin... —comentó una voz cercana, aunque por más que miraron no consiguieron ubicarla.
Berlín, Manolo, Ororo, Dori y Gavalia avanzaron hacia el lugar del que parecía provenir la misteriosa voz. Se trataba de un panteón gótico que, pese al deterioro, conservaba todavía un ápice de majestuosidad. Una gran cruz de piedra que hacía mucho tiempo coronó la cúspide de la edificación había caído, bloqueando la entrada. Junto a los escalones delanteros, una a cada lado, languidecían dos estatuas de mármol: a la izquierda un ángel lloroso de alas encorvadas, a la derecha la efigie de la muerte sujetando su guadaña. Todos se estaban preguntando si la voz habría surgido del interior del panteón cuando la estatua de la muerte alzó su diestra, amenazando las cabezas con su impresionante herramienta. Gritaron al unísono, sobresaltados, pero aquellos chillidos pronto mudaron, transformándose en murmullos de sorpresa, al ver lo que sucedía; ¡la estatua se estaba resquebrajando! Aparecieron entonces los contornos de una figura que había estado presa en su interior, y que al instante todos reconocieron. Se trataba de Ukiah, el robot, otro de los miembros perdidos de aquel insólito club.
—Qué castigo tener que lidiar de nuevo con estos sacos de pústulas y complejos —murmuró Ukiah a modo de saludo, mientras iba sacudiéndose el polvillo marmóreo—. Después de esto tendré que aceitarme la chapa sí o sí... ¡Y esta maldita humedad que me está jorobando los circuitos! —exclamó, corriendo a refugiarse bajo el dintel de la puerta.
—¿Pero qué hacías tú dentro de esa estatua, robotillo? —inquirió Dori. Estaba tan perpleja por todo lo sucedido que sus ojillos parecían más saltones que nunca.
—¿Y me lo preguntas a mí, ranita venenosa y resucitada? Al menos yo no estoy cubierto de repugnante carne putrefacta ni soy pasto de las larvas, como vosotros.
—Ñi, ñi, ñi —Se mofó Berlín, chasqueando obscenamente su lengua negruzca.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Ororo, que investigaba por su cuenta. Golpeó en pleno rostro la estatua del ángel lloroso. Todas las miradas confluyeron sobre ella, expectantes.
—¡Aquí, aquí! —respondió alguien desde el interior del panteón.
Todos corrieron hacia la puerta con semejante arrojo que incluso hubo empujones, ni faltó quien tropezara con los escalones. Sin embargo, la gran cruz de piedra desprendida impedía el acceso al interior. Decidieron entonces aunar esfuerzos e intentaron moverla. Apretaron los dientes o, en caso de no haberlos, las mandíbulas; tensaron músculos y empujaron a la vez... Una imposible cacofonía de chasquidos y crujidos envolvió al grupo, alcanzando tal magnitud que Ukiah, que ya no podía soportarlo más, decidió intervenir.
—¡Dejadme a mí, pandilla de humanos debiluchos! No es que me importe que se os partan esos nauseabundos huesos corrompidos, es que me resulta sumamente intolerable ser testigo de tanta incompetencia junta.
Y tras estas palabras, el robot hizo cálculos, posicionó sus manos sobre la piedra con precisión y, al tiempo que un trueno sonaba en la distancia alejándose ya del cementerio, levantó la cruz sin ningún esfuerzo aparente. Luego, con una mínima rotación de muñecas, la echó a un lado. Todos estallaron en vítores, incluso la circunspecta Ororo. La ranita Dori empezó a saltar con tanto entusiasmo que de repente se encontró sentada justo sobre el hombro de Ukiah.
—Ya sé que no eres tan malo, hombre de hojalata —dijo Dori, entornando los ojos.
—Quita esas ancas despellejadas de mi brillante armadura, rana loca —respondió Ukiah.
Gavalia, deseoso de protagonismo, aprovechó la algarabía para infiltrarse entre las piernas de los presentes. Parándose bajo el umbral de la puerta recién desatrancada, tomó asiento sobre sus cuartos traseros y procedió a olisquear los oxidados goznes. Un intenso hedor a rancio y a humedad inundó sus narices. Sin embargo, medio oculto por aquel olor a cerrado, captó el rastro de otro aroma ante el que se sintió irremediablemente subyugado: ¡no cabía duda de que ahí dentro se escondía una hembra de buen ver! Fuera de sí, comenzó a ladrar y a menear el rabo de forma compulsiva. Berlín, que sabía leer en Gavalia como si de un libro abierto se tratara, procedió a abrir la puerta. Una nauseabunda vaharada salió del interior, que estaba oscuro como garganta de lobo. La expectación silenció a todos nuestros protagonistas.
De improviso percibieron el movimiento de algo que era aún más negro que la misma oscuridad que reinaba en la estancia. Aquella cosa voló veloz hacia el exterior y aterrizó justo entre las orejas de Gavalia. El murciélago cubrió los ojillos burlones del perro con el manto de sus alas desplegadas, al mismo tiempo que le hundía las uñas en la cabeza con placer y saña. Era Ratpenat. Mientras cánido y rata alada peleaban, la hembra olfateada apareció en la entrada, surgiendo de las tinieblas. Todos la miraron con estupor y admiración, pues su cuerpo se había conservado perfectamente, burlando a la misma muerte. Unos tentadores labios rojos, del mismo tono que la cabellera, destacaban en su rostro de nácar. Ella era Ayrween, la novia cadáver. Al verla, celoso y protector, Ratpenat recuperó su forma humana y corrió a su lado.
—Compañeros, sabía que volveríamos a encontrarnos —dijo Ayrween—, lo he visto en mis sueños. Tenemos que abandonar este tenebroso lugar y dirigirnos hacia el Este. Siempre al Este. Tras superar el río de la soledad y cruzar el bosque de la incertidumbre llegaremos a la morada de la bruja Lucía... y descubriremos la verdad.
—Esto... que alguien me lo explique —murmuró Ukiah—. ¿Por qué se supone que tenemos que visitar a la susodicha bruja?
—Pues no tengo más información... Simplemente es lo que he visto en mis sueños.
—¡Vaya oráculo de pacotilla! —rezongó el robot, que a punto estuvo de tragarse un tornillo.
Tras mucho discutir, y considerando que no había muchas otras alternativas, optaron por dar credibilidad a las visiones de Ayrween. De todas formas tampoco se perdería nada por intentarlo: ya estaban muertos. Tras dar una vuelta por el recinto sin hacer nuevos hallazgos, salieron por el boquete que el árbol caído había abierto en el muro.

**********

—No me lo quito de la cabeza —rumiaba Ororo mientras avanzaban por una vasta llanura desértica—. ¿Por qué nos hemos levantado de nuestras tumbas justo ahora... y todos a la vez?
—¡Tal vez alguien haya comprado nuestro viejo recopilatorio! —exclamó Dori, risueña.
—¿Y hemos resucitado porque una persona ha leído nuestros relatos? —arguyó Berlín.
—¿Quiénes somos? —inquirió Ororo, sumida en profundas reflexiones—. ¿Acaso nos hemos convertido en nuestras propias criaturas, unos kekos muertos? —Nadie respondió.
Quiso la providencia que un rato después, en una encrucijada en mitad del desierto donde confluían cuatro caminos polvorientos, distinguieran de lejos la silueta de una mujer arrodillada que, con evidente desesperación, sollozaba y se tiraba de los cabellos. No la reconocieron hasta llegar a su lado; era Kassiopea. Su antigua compañera parecía haber enloquecido, puesto que aseguraba haber perdido a su personaje más querido, una niña psicópata. La convencieron de que si seguían todos juntos podrían encontrar a la desvalida criatura y, a regañadientes, accedió a unirse al grupo.
Cuando el sol empezaba a teñir de morados y granates el horizonte, distinguieron la arboleda que cubría los márgenes del río de la soledad. Recorrieron con alegría el trecho que los separaba de su cauce, puesto que, como mínimo, la existencia del río corroboraba una parte de lo que Ayrween había profetizado. Tomaron asiento sobre la hierba mullida y fresca y estuvieron largo rato observando cómo los primeros rayos del sol, tímidamente, arrancaban destellos rojizos y ocres de las copas de los árboles.
—¡Mirad! ¡Alguien se acerca! —exclamaron el robot y la rana al unísono.
—¡Ahí, junto al agua! ¡Y yo lo vi antes, que tengo la vista muy clara! —insistió Dori, señalando con un dedito la figura que vestía túnica larga y sombrero picudo y que al andar se apoyaba en un cayado.
—¿Claros esos ojos amarillos y saltones? —Se mofó Ukiah, haciendo un gesto obsceno con los dedos.
Todos se incorporaron y acudieron junto al peregrino, que se había detenido en un punto de la orilla. Asombrados, descubrieron que a los pies del recién llegado había un hermoso jilguero dorado que, con férrea determinación, hundía una y otra vez el pico en el agua, bebiendo sin descanso. El hombre se atusó la larga barba blanca y luego, sonriendo, se quitó el sombrero. Fue entonces cuando lo reconocieron: era Eleanis, el sabio.
—Jilguero es un insensato —explicó—, pero su corazón es puro como muy pocas cosas en este mundo. Amigos míos, escuchadlo con atención.
—Si Jilguero viene a beber cada día de las aguas de este río sombrío —dijo entonces el pájaro—, un día desaparecerá, y ya no habrá más soledad.
—A veces no vemos lo que tenemos justo ante los ojos, ¿verdad? —añadió enigmáticamente el peregrino sabio. Y en ese instante, como por arte de magia, repararon en una barcaza que bajaba por el río. Eleanis levantó el brazo e hizo señas con su cayado.
Nuestros protagonistas prosiguieron con su singular viaje a bordo de “La Perla”, que así se llamaba la destartalada pero orgullosa nave, la cual por otro lado, curiosamente, era un reflejo del talante de su capitán, Kharonte. El marino curtido en mil refriegas de capa y alcoba aseguró que al caer la tarde arribarían sin novedad a su destino, el bosque de la incertidumbre. Sin embargo, los dioses tenían otros planes: una borrasca inesperada agitó los cielos y las aguas.
Berlín observaba embelesada cómo el joven grumete, Tadeus, recogía velas y ataba cabos, enfrentándose a la tempestad como un guerrero invencible de brazos musculosos y tatuados y ensortijada melena al viento. Ororo, por el contrario, hubiera preferido darle un buen repaso al capitán, que permanecía inamovible ante el timón a pesar de los continuos bandazos que daba la embarcación. Kassiopea había dejado de mesarse los cabellos y miraba de reojo el culito respingón de Isma, marinero melenudo que se lo estaba pasando en grande dejándose resbalar por la cubierta empapada al tiempo que soltaba berridos metaleros. Los demás viajeros estaban a buen recaudo en la bodega, algunos mareados y otros, como Ukiah, alérgico al agua, maldiciéndose por haber emprendido aquella aventura sin sentido.
Cuando ya parecía que “La Perla” iba a zozobrar sin remedio en aquellas aguas negras y turbulentas, Eleanis subió a cubierta y, asomando medio cuerpo por la borda, apuntó las aguas revueltas con su cayado. Al poco de pronunciar unas palabras en una lengua extraña, la superficie del río empezó a alisarse. Milagrosamente, la borrasca cesó con tanta rapidez como había empezado. Tan asombrados como aliviados, todos aplaudieron y jalearon, incluso los aguerridos miembros de la tripulación.
—Ellas se sienten solas... tan solo desean compañía —explicó Eleanis—. Han cumplido con su promesa, ahora debemos cumplir con la nuestra.
—¿De qué hablas, viejo? —inquirió Ukiah, que al fin había subido a cubierta.
—Peor es ser más viejo por dentro que por fuera, hijo —respondió el peregrino sabio. Luego añadió—: Una de ellas nos acompañará, ese ha sido el trato.
Y tras decir esto, algo trazó un arco sobre la borda, cayendo ante los pies de los presentes: era una preciosa estrella de mar de color turquesa. Eleanis sonrió y pronunció de nuevo unas palabras en aquella lengua extraña. A continuación, envuelto en una lluvia de gotitas de agua que hizo retroceder al robot, el equinodermo se transformó en una muchacha de melena oscura y traviesos ojos violetas que, muy sonriente, tomó la palabra:
—Estoy encantada de poder acompañaros en este incierto viaje, compañeritos lindos.

**********

Era noche cerrada cuando, sin más contratiempos y tras un pronunciado recodo del río, avistaron su destino: la linde del bosque de la incertidumbre. Desembarcaron junto a unas rocas y, con cierto pesar, contemplaron cómo se alejaba la desgarbada y ya familiar silueta de “La Perla”. A sus espaldas se elevaban como torres los impresionantes árboles de aquel viejo e impenetrable bosque que debían cruzar. En aquella ocasión todos llegaron rápidamente a un acuerdo: decidieron tomar asiento sobre los cantos rodados de la orilla y esperarían a que se hiciera de día.
Con el amanecer llegaron nuevas sorpresas, puesto que nuestros desconcertados peregrinos atisbaron las figuras de dos pescadores que se acercaban bordeando la orilla. El más alto, el varón, se entretenía recogiendo piedrecitas y conchas de colores que después iba guardando en distintos saquitos que colgaban de su cinto; la mujer sujetaba los aparejos de pesca y cargaba sobre su espalda un saco abultado. Cuando se acercaron a saludarlos reconocieron a sus antiguos compañeros, David y Shigella, que no dudaron en unirse al grupo.
—¿Qué dicen tus sensores, compañerito robotillo? —preguntó Estrella de Mar, bromista incluso en un paraje como aquel. Hacía apenas una hora que habían comenzado a adentrarse en la espesura del bosque y ya estaban perdidos.
—No hay nada como un buen olfato, hombre de hojalata —opinó Gavalia—, y ya sabes que en eso me vas a la zaga, ¡ea! —Se mofó el chucho, riéndose a gusto.
—¡Ha sido la maldita humedad la que me ha jodido, coño! —soltó Ukiah, muy contrariado.
—¡Callaos y a orientarse todos! —exclamó Berlín, haciendo restallar a Manolo.
Las copas de los árboles eran tan densas que, en las alturas, conformaban una techumbre entretejida que muy escasos rayos de sol conseguían penetrar. El sotobosque, rico y húmedo por las recientes lluvias, era un hervidero de vida. Quien más parecía estar disfrutando era la ranita Dori, que estuvo saltando de hongo en hongo, entre arbustos y helechos frondosos, hasta que fue sorprendida por el ataque de una planta carnívora; esquivó aquellos tallos retráctiles por muy poco. A partir de entonces optaron por avanzar extremando las precauciones y David tuvo la idea de grabar señales en los troncos de algunos árboles, indicando por dónde habían pasado.
Con la caída de la tarde todo se complicó, puesto que esponjosos jirones de niebla empezaron a rodearlos, reduciendo aún más la ya escasa visibilidad. Improvisaron unas teas con ramas y trapos previamente untados con el aceite que el robot, con profunda consternación, se vio obligado a ceder. Comenzaron a sentir sobre sus cabezas la inquietante presencia de criaturas aladas que parecían planear en círculos y a las que, sin embargo, no lograban ver. Percibieron que aquellos seres rozaban amenazadoramente sus cabellos mientras graznaban: “uhu-uhu-uhu”.
Al fin, adoptando su forma de quiróptero, Ratpenat decidió salir a investigar por su cuenta; de pronto parecía que todos tenían mucha fe en aquel radar con el que la naturaleza lo había dotado. Agobiados por la incertidumbre, los demás acordaron aguardar el regreso del murciélago. Shigella, buscando un poco de intimidad tras el tronco de un árbol, se apartó algunos pasos del grupo. Cuando escuchó unos crujidos tras ella fue demasiado tarde; el frío filo de una hacha pasó silbando junto a su cara. Shigella chilló, no daba crédito a lo que creía haber visto; ¡el árbol se había movido! Luego, cuando los demás acudieron, todos pudieron verlo: una mujer de cabellera verde surgía del tronco del roble, como si formara parte de él. Y junto a Shigella había otra mujer similar, pero de cabellera anaranjada, que retenía sin esfuerzo al hombre de la hacha.
—Este humano lleva demasiado tiempo perdido, el bosque lo ha enloquecido —dijo una de las mujeres—. No temáis, somos dríadas. Me llamo Shira y mi hermana es Shimoda.
—¿Dónde está mi hacha? ¡Devolvédmela, sucias ladronas! —gritaba el hombre demente, debatiéndose. Sus cabellos eran tan largos como los de las dríadas y su barba aún más poblada que la de Eleanis. Cuando se hubo calmado un poco lo reconocieron: era Gisso.
Pocas horas después, y con la inestimable ayuda de Shira y Shimoda, nuestro grupo de peregrinos salió del bosque. Ante ellos, tras una verde hondonada, se levantaba la fortaleza de la bruja Lucía. Todos saltaron de alegría, excepto Gavalia, que permaneció sentado contemplando cómo las dos bellas ninfas regresaban al bosque. No podían alejarse de allí, puesto que estaban vinculadas para siempre a sus robles.

**********

En el interior de la fortificación, una sombra se movía en las mazmorras. Sujetaba entre sus manos el pesado tomo del Necronomicón. Había consultado por enésima vez un interesante apunte sobre cierta magia ritual que, en pocos minutos, se disponía realizar. Con un gruñido de satisfacción, acariciando ya en su imaginación el tan ansiado momento de la victoria, Nínive depositó de nuevo el preciado libro en su escondrijo. Por fin se sentía capaz de derrotar a la poderosa bruja Lucía. Durante largo tiempo había logrado engañar a todos simulando ser una simple aprendiz, ¡pero ya estaba harta de las excentricidades de la maldita arpía! Recordaba con rabia todas aquellas veces que tuvo que salir en busca de leche de burra para que esa bruja se bañara... ¡Y menos mal que ya no se le antojaba la sangre de virgen! La detestaba tanto que, solo de pensarlo, el fuego empezaba a correr por sus propias venas.
Antes de abandonar el frío subterráneo, Nínive echó un último vistazo al prisionero que seguía amarrado al potro. Era un miembro de la excelentísima Guardia Verde y había intentado robar el Necronomicón. Lo miró una vez más con desdén y pensó: “qué estúpido has sido al dejarte apresar, Ciro”. Luego, mientras se dirigía a buen paso a las dependencias de la cocina, Nínive iba meditando sobre qué sería lo primero que cambiaría cuando ella tomara el mando de la fortaleza.
—¿Dónde están mis churritos? —preguntaba la bruja en plena sala de vistas a voz en cuello. Aquella mañana Lucía se había levantado con el pie izquierdo y la cosa iba a peor. Unos muertos vivientes habían llamado a su puerta pidiendo audiencia y ella ni siquiera había desayunado todavía—. ¿Dónde se habrá metido esta despistada de Nínive? —rezongó.
—Aquí está su desayuno, señora —anunció la susodicha con gran solemnidad, entrando en la estancia. Depositó la bandeja ante Lucía con cuidado de no derramar ni una gota de la bebida burbujeante y oscura, la favorita de la bruja, que Nínive había enriquecido con un ingrediente muy especial. Los churros recién hechos por Lifen, la cocinera jefa, olían de maravilla.
—¡Espera! —ordenó Lucía al ver que Nini iba a retirarse—. Haz pasar a esa variopinta pandilla de zombis. Desayunaré mientras me ocupo de ellos.
Berlín, Manolo, Ororo, Dori, Gavalia, Ukiah, Ratpenat, Ayrween, Kassiopea, Eleanis, Estrella de Mar, David, Shigella y Gisso, al que mantenían inmovilizado por su propia seguridad y la de los demás, entraron en la sala, flanqueados por dos guardias. Lucía indicó con un ademán que tomaran asiento y empezaran a hablar. Mientras, ella iba devorando churritos que previamente mojaba en la peculiar bebida. Nínive, apoyada en el vano de la puerta, aguardaba con ansiedad el momento crucial.
—Bueno... si habéis llegado hasta aquí es que para vosotros aún hay esperanza —anunció misteriosamente la bruja en cuanto los peregrinos terminaron de relatar todo lo acontecido. Y Eleanis, sentado en la primera fila, asintió.
—¿Volveremos a ser normales? —preguntó la ranita con voz chillona, entusiasmada.
—¿Normales? ¡No! —respondió la bruja con rotundidad—. Vosotros jamás seréis normales —Y tras esta afirmación, engulló el último churro y apuró con evidente placer lo que quedaba del refresco. Los ojos de Nini a punto estuvieron de salirse de sus órbitas.
—Esto... a ver si nos explicamos mejor, ¡leñe! —opinó Ukiah, recibiendo al instante una afilada mirada de Gavalia, puesto que el perezoso poseía el copyright del “leñe”.
—Vosotros sois los únicos culpables de estar muertos —explicó Lucía, incorporándose y observando con atención a todos. En la sala reinó un silencio absoluto—. Porque poco a poco dejasteis de creer en vuestras capacidades hasta que un día, realmente, ya no os quedaba nada, ¡y os convertisteis en títeres, en unos pútridos despojos! ¿Y ahora venís buscando respuestas? ¡En el potro os debería atar, almas de cántaro!
—¡Oiga! Estaremos muertos... ¡pero nos merecemos un respeto! —espetó Berlín, haciendo restallar a Manolo.
—¿Seguís sin daros cuenta? —Lucía sonrió por vez primera—. Habéis hecho un largo camino para encontraros a vosotros mismos. ¡Y ya es hora de regresar!
Fue entonces cuando se precipitaron los acontecimientos. La bruja Lucía chasqueó sus dedos y, de inmediato, una especie de espiral de energía rodeó al grupo de kekos muertos. Asustados, lucharon por escapar. En vano. El mundo parecía girar de repente ante sus ojos y bajo sus pies ya no podían sentir el suelo. Manolo, por iniciativa propia, se libró con facilidad de las garras de Berlín, escapándose como arena entre sus dedos. El látigo atravesó el campo energético y voló por los aires hasta las manos de la bruja, que lo recibió como quien se reencuentra con un ser muy querido.
Un grito demencial reverberó en las paredes de la sala aún después de que nuestros protagonistas hubiesen desaparecido:
—¡Manooooooloooooo! —Era el aullido de una mujer traicionada que clamaba venganza.
Cuando el silencio retornó a la estancia, Lucía tomó de nuevo la palabra:
—¡Guardias, guardias! ¡Arrestad a Nínive y atadla junto a Ciro! Yo misma bajaré luego a las mazmorras para presenciar la tortura.
Emisario y Elultimo, los guardias que flanqueaban la puerta, redujeron con facilidad a Nini, que no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que la maldita bruja hubiese podido burlar una magia tan poderosa? ¡Aquellos saberes arcanos eran incuestionables e infalibles! Lucía, como leyendo en sus pensamientos las preguntas que se estaba haciendo, dijo a la prisionera:
—Has sido una necia, Nínive. ¿Pretendías envenenarme con mi propia medicina? —inquirió, estallando en carcajadas—. Si el Necronomicón... ¡soy yo!
Las diabólicas risotadas de la bruja retumbaron a lo largo de los gruesos y húmedos muros de la fortaleza, hasta alcanzar los más recónditos rincones del subsuelo, en el que se hallaban las mazmorras con sus calabozos. Allí languidecerían durante el resto de sus días aquellos que, desafortunadamente, habían sido condenados por Lucía.

**********

En aquel mismo instante, pero en otra realidad paralela, tan lejos y a la vez tan cerca, un puñado de escritores amateurs justo se disponen a enfrentarse al infierno de la página en blanco. Con arrojo y decisión, dispuestos a luchar o a morir en el intento, cada uno de ellos inspira y se lanza a mancillar el níveo lienzo con los primeros, e inciertos, trazos de su impulsiva pluma...
¿Quién sabe si saldrán victoriosos de semejante aventura y/o locura o si por el contrario terminarán muertos y enterrados, convertidos en parias y sombras, kekos de sí mismos?
Su destino quedará sellado en el concurso de primavera de ¡Ábrete libro!

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Isma » 19 Abr 2013 14:26

Me veo incapaz de hacer un comentario crítico a semejante texto. Lo he leído nervioso por ver dónde hacía aparición mi persona... afortunadamente no muy mal parado, aunque fustigado por mi último cuento metalero. La estrella es Ukiah, y también Lucía en el tramo final bordando su papel de bruja todopoderosa y sabia.

Mola. ¿Quién no ha fantaseado con una historia de los foreros?

p.d. Es verdad que Kassiopea me mira el culo

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Lifen » 19 Abr 2013 14:29

Así que cocinera, ¿eh? y en las últimas líneas y seguro que porque era jurado, ya hablaremos, ya, seas quién seas :twisted:
Lifen
¿Nunca has pensado en participar en el Club de Lectura? Pues ya va siendo hora!!! 8)
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Medianoche » 19 Abr 2013 14:32

Espero que nadie se ofenda con mis comentarios :roll:

Escrito con soltura pero poco más. Historia insustancial, sin gracia. Meter a los foreros es demasiado partidista. Se supone que es un relato de humor y yo me he aburrido como una ostra. Me ha costado terminarlo.

Descartado.
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 14:36

¿Grumete "Güenorrako" ? ¿Mua? pues si, porqué voy a faltar a la verdad... :cunao:

Isma escribió:Mola. ¿Quién no ha fantaseado con una historia de los foreros?


Hayla hayla, busca en LFE :wink:

Bueno que me disperso. Es muy divertido y me ha gustado por la referencia del contenido. :60:

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Ororo » 19 Abr 2013 14:43

Este relato, pese a ser una secuela de otros ya colgados, me ha gustado mucho. Está bien pensado, muy bien escrito, diría que perfecto y, sobre todo al principio, tiene una ambientación espectacular. La salida a la superficie de los kekos me ha encantado.
Me ha parecido original pese a haber otras versiones por ahí de los mismos personajes, lo cual tiene mi aplauso.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Tanisfer
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Tanisfer » 19 Abr 2013 15:34

La historia esta bien narrada, y es muy entretenida, pero esta poblada de referencias al foro, y si uno no es un participante asiduo a él se pierde el sentido de estas alusiones. Y eso hace que pierda puntos para mi.
Por lo demás el cuento es muy bueno, esta narrado con maestría y su lectura deja un buen sabor en la boca. Felicitaciones por ello a su autor/a

Valoración personal: 5.5/10
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Ismael González
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 17:11

Un guiño al concurso, al foro y una manifiesta intención de tocar el corazoncito de usuarios concretos del mismo. Y es que no puedo decir otra cosa. Leyendo me he sentido… ¿lejano? ¿Indiferente?

El relato no es apto para todo el público potencial, tan solo para su público objetivo. :roll:

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Saber
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Saber » 19 Abr 2013 17:20

Me encantó. Este es uno o una de los "elegido@s" dentro del concurso, alguien capaz de escribir con una fluidez fantástica... y de hacer un relato que se tome con la ligereza de un vaso de agua. Críticas como "insustancial" no tienen ningún sentido... porque el relato no busca ser sustancial. No busca hacer pensar... no busca ser profundo ni ahondar en el alma de los lectores, solo busca entretener. Por mi parte, y siguiendo el ejemplo de Tanisfer... le daré una nota: 9´5.


P.D. : Es importante valorar los relatos por lo que son. No tiene sentido leer un relato romántico y decir que tiene poco de terrorífico, no a menos que el concurso sea de "relatos de terror".

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por elultimo » 19 Abr 2013 17:58

Me ha gustado la historia y como está contada. Hasta ahora es la única que no me ha aburrido (solo he leído tres más, aparte de este)... peeeeero, las alusiones al foro y los foreros me ha parecido una mala treta para crear complicidad, y eso me parece de un peloteo que no me gusta nada.

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Gavalia » 19 Abr 2013 18:13

Aparecemos todos, me encanta. ¿Por qué rat puede cambiar de forma y yo no? ¡No es justo. ea!. Me ha gustado tu versión de los hechos ajajajajaja. Creo que se lee fácil y es divertido. ¿Qué más se puede pedir? Lo mejor, la parte de la Bruja y nini. Que Mala es la jodía. Ya apuntaba, pero no sabía que tanto....
Sin embargo no entras en mis votos. Creo que tenemos relatos mejores. Así que lo siento guapa, y mira que me fastidia pues el solo hecho de que aparezca pulgoso ya merecería mis atenciones.
-¡Qué felices éramos hace quince años!
-Pero si en ese entonces no nos conocíamos.
-Por eso María, por eso... 8)

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por andres451 » 19 Abr 2013 18:16

Me pareció simpático, un relato en homenaje a los usuarios más conocidos del concurso y al concurso en sí. Aunque se me hizo bastante largo y no me divirtió tanto al no conocer a fondo a esos usuarios y a sus chistes internos.
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Yuyu » 19 Abr 2013 18:51

Me ha gustado, me ha entretenido y me ha arrancado sonrisas. El principio me parece lo mejor con la resurrección y demás, luego va flojeando. Ayuda mucho conocer a los personajes y conocer el valor de Manolo :cunao: . Poner a Lucía de bruja y a Lifen de cocinera, no será contraproducente :cunao: ? Felicidades por la creación!!! :60: :hola:
Bleach - Tite Kubo
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Steelheart (Reckoners 1) - Brandon Sanderson
Tumba de dioses (Crónicas de la Nuncanoche, 2)- J. Kristoff

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por Isma » 19 Abr 2013 19:18

Tadeus Nim escribió:
Isma escribió:Mola. ¿Quién no ha fantaseado con una historia de los foreros?


Hayla hayla, busca en LFE :wink:

No hace falta buscar, que ellas salen solas de los bordes del subforo escapando de los delirios de sus creadores. Pero me refería a crear una historia uno mismo; para que me entiendas, jugar el papel de Crom, que no es lo mismo que jugar el papel de Conan o de uno de los secuaces que éste machaca antes de la hora de comer.

No sé si me he explicado bien; quería sacar el nombre de Crom y la frase ha quedado un poco críptica.

Emm. Toyota :loco:

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Re: CPVIII El club de los kekos muertos

Mensaje por jilguero » 20 Abr 2013 16:32

Ya veo que el desbarre se ha infiltrado en el concurso... :D
Resulta entrañable pero difícil de valorar con objetividad. Solo te diré, autor, las dos cosas más destacables: lo mejor, la camaradería que rezuma; lo peor, la dificultad de entretener a quienes no sean del foro. Pero que hayas gastado tu tiempo en divertirnos y en que nos sintamos parte de una gran familia virtual te honra. Gracias por el guiño. :60:
Última edición por jilguero el 22 Abr 2013 21:17, editado 1 vez en total.
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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