CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo - Aradia.ms

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo - Aradia.ms

Mensaje por lucia » 14 Abr 2013 21:09

El día en que se resquebrajó el cielo

Amanecía cuando se rasgó el velo del cielo, y llovieron almas como granizo, y los espíritus volaron a través de la herida abierta en el alba añil; mil luces cayeron en desorden y los demonios se desplegaron por el manto del mundo para abrigarse con él. El aire crepitaba a su paso. Al levante, el resplandor purpurado que se desperezaba sin prisa estalló en un paroxismo de colores nunca imaginados.
Los primeros en verlo fueron los estudiosos que anidaban en los observatorios, los campesinos de madrugadoras labores y un muchacho insomne por las penas del amor que buscaba en el firmamento inspiración para un soneto a su esquiva enamorada. Los estudiosos comenzaron a teorizar y discutir sobre las causas de tan imprevisible acontecimiento, los campesinos se preguntaron en qué grado afectaría a sus cultivos y ganados, antes de volver a sus tareas, y al muchacho le arrebató una idea para un drama versificado en tres actos sobre la inevitabilidad del destino y las ilusiones rotas.
El desgarro en el cielo seguía abierto, vertiendo gotas de vida contenida en átomos de oscura vacuidad, y el empeño del sol por teñir de inocencia la tierra con su luz diáfana provocaba pequeños impactos, revoluciones de múltiples facetas irisadas que dejaban a los maestros cristaleros y joyeros en meros niños aprendiendo a jugar.
En las calles, los más tempraneros se quedaban absortos en mitad de la calzada con los cuellos torcidos hacia atrás para mirar a lo alto, algunos con preocupación, con curiosidad la mayoría, unos pocos deseosos de alcanzar con las manos algún fragmento de cielo con el sueño de tocarlo, aprisionarlo, entenderlo. Otros corrían a refugiarse en los portales, bajo los toldos de las tiendas o tras sus puestos de trabajo, fingiendo indiferencia. O se asomaban desde sus casas, con mayor o menor disimulo, a la espera de que algo aún más asombroso sucediera. Algunas madres cerraban las ventanas, temerosas por la seguridad de sus hijos, pero luego se quedaban junto al cristal sosteniendo la cortina para atisbar el jugueteo de aquella lluvia que no mojaba.
Las almas caían, rebotaban, empezaban a girar; como los copos de nieve, no había dos iguales; girándulas en miniatura, esparcían un minúsculo rocío de brillo trémulo, en diferentes colores; espirales difíciles de captar por el ojo humano, que vislumbraba más que nada el movimiento helicoidal y lo perdía entre dos parpadeos. Se distinguía a los espíritus por sus tendencias gregarias: un enjambre de burbujas flotando sin rumbo aparente, jugando a la petanca entre dos golpes de brisa; menguaban, explotaban y volvían a surgir como si nada; si un haz de luz incidía sobre ellos, resplandecían igual que pequeñas vidrieras creadas por un genio miniaturista. Montados en el rayo, haciendo restallar el trueno, revestidos de tensión eléctrica, los demonios exploraban su libertad desahogando siglos de efervescencia contenida; tormentas eléctricas desatadas, relámpagos que cruzaban sus filos en combates lúdicos rebosantes de entusiasmo.
A medida que avanzaba la mañana, viendo que todo permanecía igual, empezaron a recuperar las rutinas normales porque no podían permitirse perder el tiempo; si se hubiera tratado del fin del mundo no habría importado pero, si la vida iba a continuar, tenían que ganársela de algún modo. Los comerciantes que habían llegado a sus tiendas y aguardaban dentro a la expectativa, abrieron por fin las puertas; los buhoneros montaron los tenderetes en las plazas, estirando con cuidado los toldos. En plazas y recodos, los niños jugueteaban con las almas, más novedosas que los gatos y los perros, los cuales se reservaban su opinión en medio de un digno retraimiento. Y los guardias paseaban con cautela por las aceras, sin saber muy bien cómo detener a un espíritu desmandado si no se le podía esposar.
Por su parte, las ánimas parecían haber definido sus espacios, sin estorbarse unas a otras, aunque a veces alguna se tomaba libertades y sembraba el desconcierto entre sus desiguales.
Todos seguían preguntándose cómo y por qué habría sucedido, pero no encontraban quien resolviera sus dudas. En la panadería, una mujer aventuraba si los estudiosos habrían averiguado algo mientras partía distraídamente un pedacito de pan crujiente que acababa de comprar.
“Deliberan todavía”, gruñó el panadero, dejando caer sobre el mostrador varias moneditas que sonaron con un tintineo desdeñoso. La mujer las recogió y se marchó, tras despedirse educadamente, con una expresión soñadora en los ojos.
Hubo quien acudió a la religión en busca de respuestas, pero los sacerdotes las desconocían y, cuando no callaban, mentían. Los monjes recluidos en sus claustros oraban casi sin descanso bajo las directrices de los jerarcas eclesiásticos, ocupados en digerir un desayuno que podría resultar ser el último de sus vidas. En las pequeñas capillas y las comunas de los barrios, los clérigos más humildes se preparaban para atender a quien acudiera a ellos, sólo un poco más cuidadosos de lo que lo eran habitualmente.
Surgieron predicadores que anunciaban por las esquinas el advenimiento de nuevos dioses, el retorno de los antiguos, el final de los días, el inicio de una nueva era, el castigo de los pecadores, la eternidad en la tierra… Sus voces eran las únicas que se levantaban sobre el inusitado silencio, ahora que el bullicio diario se había apagado con la incertidumbre. Para su desconcierto, los únicos que parecían prestarles un poco de atención eran aquellos vástagos del cielo, que reducían su libérrima excitación al sonido de sus proclamas y corcoveaban a su alrededor con lo que debía de ser interés; si era por sus palabras desaforadas o por su desquiciado aspecto no podía discernirse.
Nadie sabía nada. Y, si bien con el paso cambiado, el día continuaba. Entre la monotonía cotidiana, una ausencia comenzó a cobrar cuerpo: ningún prohombre había dado señales de vida. En algún momento de la mañana se había insinuado un vago mensaje de la gobernación acerca de un comité de emergencia que planificaría la estrategia a seguir, pero no se había tomado ninguna acción, ni siquiera se había vuelto a oír mencionar palabra alguna al respecto.
“Qué comité ni qué narices, no tienen ni idea de qué hacer y los muy gallinas están escondidos”, opinaba una lavandera, y atizó a la sábana que sostenía un golpe contra la tabla que hubiera desmembrado a un hombre. Las malas lenguas decían que, antes, había sido herrero.
Y no andaba desencaminada, porque los políticos se mantenían encerrados, igual que la mayoría de los miembros de la casta de los poderosos, aterrados por la situación. Y la razón de su horror era sencilla: desalmados como eran, no soportaban la idea de que un alma los encontrara y quisiera ocupar el vacío en ellos, quizá una de las que vagabundeaba dispersa fuera la suya y pretendiera recuperar su sitio. La posibilidad los paralizaba. ¿Y si traían algún tipo de escrúpulo consigo? Así permanecieron atrincherados en la sala de reuniones de la gobernación, mirándose unos a otros con recelo, o aislados en sus cámaras acerrojadas por dentro.
En la hora del almuerzo, la gente se agrupaba en turnos dispersos; los que comían un bocadillo en los jardines se entretenían observando las cabriolas de las girándulas, el revoloteo de las pompas y el zigzaguear de los relámpagos. En los cafés, quienes se sentaban junto a los ventanales echaban ojeadas al espectáculo mientras charlaban o fingían charlar, porque la mayoría no sabían lo que decían ni escuchaban al otro; los del fondo, se resignaban a esperar el momento de volver a salir y las conversaciones inconexas se limitaban al mismo tema.
Según contaron en los mentideros, a lo largo de la tarde se envió un mensajero a los decanatos de los estudiosos, quienes a su vez lo reenviaron a los puntos de observación con el objeto de indagar sobre las posibles explicaciones. Los mismos rumores, o acaso otros, dicen también que el correo en cuestión se quedó en uno de los nidos a mantener una acalorada discusión sobre la metafísica del acontecimiento con una joven licenciada que defendía su postura con especial apasionamiento. No llegó explicación ninguna, por descontado.
Fue una niña que se había caído sentada en el asfalto, persiguiendo una bandada de pompas escurridizas, quien alzó la vista hacia la brecha en el atardecer y la descubrió teñida de índigo y carmesí en los bordes que temblaban y parecían buscarse, como si quisieran plegarse y cicatrizar. La señaló con su manita sucia, sin abrir la boca en medio de su perplejidad. Un hombre que andaba cerca hizo ademán de ponerla en pie, pero ella se apartó y continuó señalando arriba. Al cabo de un rato no había una sola persona en la calle que no se hubiera dado cuenta de que el cielo se sanaba a sí mismo, animado por la caricia del ocaso. La noticia corrió de boca en boca, se deslizó por callejones y pasadizos, entró abiertamente en los comercios y las casas, se escurrió con astucia por las rendijas de la sillería de monasterios y palacetes, fluyó por las acequias y las alcantarillas. Tan sólo a un lugar no alcanzó el rumor: la gobernación y sus inquilinos, más alejados del pueblo de lo que nunca habían estado.
La danza de las girándulas fue ralentizándose, las pompas se arracimaron en grupos pequeños, los demonios soltaron las riendas de los relámpagos; hasta el tiempo pareció fluir más lento. La fuente de la que habían manado se cerraba. Todo se agitó de pronto. La gente sintió la alteración en cada átomo de su ser. Como si el mundo hubiera cruzado a través de ellos y, durante un instante, éter y materia hubieran sido uno solo, eterno y efímero hasta el final del tiempo contenido en un centelleo. Luego, en una algarabía de aleteos superpuestos, almas, espíritus y demonios fluyeron en una cascada inversa desde la tierra hacia el firmamento, un tornado de resplandor vítreo que absorbía lo que restaba de luz y dejaba a su paso sólo la oscuridad de la noche, el sopor y el sueño. Se precipitaron por la hendidura que los devolvía a su lugar, apenas un resquicio ya, y cuando el último de ellos la hubo traspasado se desdibujó, se disolvió con la negrura, desapareció.
Aquella fue una noche larga en horas, en ensoñaciones y recuerdos maravillados, en charlas bajo la luna y amoríos renovados, según se deduce del excepcional número de nacimientos habidos nueve meses después.
Los hombres de iglesia, convencidos del poder de sus oraciones y los dioses de cada uno de ellos, dedicaron sus sermones a exhortar a los fieles desde los púlpitos a seguir los predicamentos de sus respectivas religiones. Se cruzaron escritos defendiendo los argumentos de su fe, luego se cruzaron palabras de viva voz; cuando el preboste del Divino Padre atizó con el báculo al prior de la Orden del Sagrado Hijo en la cabeza, haciendo saltar las perlas que coronaban su mitra, pasaron a las manos. Los intentos de las hermanas de la Madre Misericordiosa por mediar acabaron con sus hábitos rotos y comentarios subidos de tono por parte de los miembros masculinos de la clerecía. Al cabo de un mes, el cisma entre todas las sectas se formalizó ante notario.
Los prohombres tardaron casi una semana en salir de su acantonamiento, con la precaución debida a sus cargos y la responsabilidad para con su pueblo, y comenzaron a solicitar informes de lo sucedido, en un alarde de actividad frenética que sus asistentes no habían conocido antes. La decepción de los capitostes, al comprobar que no se había lamentado su falta y que una vaga sensación de bienestar mantenía a la gente en paz, originó la promulgación de un nuevo código legislativo que regulara la capacidad para el disfrute de los ciudadanos.
Entre tanto, los estudiosos seguían investigando en los nidos de observación las razones por las que el cielo se había abierto, pues aún no habían pasado a analizar la caída de las ánimas, con la mayor meticulosidad (a excepción del mensajero del decanato y la licenciada, cuyo entusiasmo produjo numerosas disputas y un hijo por año). En el campo, los labriegos continuaban dedicados a sus cultivos y los pastores a su ganado. En la ciudad, el joven inspirado finalizó su drama en verso, que se estrenó en el teatro con todos los honores y se publicó con gran éxito, lo cual le granjeó la devoción de todas las jovencitas impresionables. Su enamorada reconsideró, entonces, la actitud distante pero ya era tarde: ahora fue él quien la rechazó.

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Medianoche
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Medianoche » 19 Abr 2013 14:35

Mala puntuación. No me ha convencido. Encuentro un cierto contenido metafórico de crítica social. Sin embargo, la historia no me dice nada, la encuentro un sinsentido.

Descartado.
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Tadeus Nim
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 14:40

Tiene cierto encanto. Pero no ha terminado de cuajrme. El final con las referencias "sociales" se cargan un potencial cuento muy chulo.

Jur medianoche, das miedito. :mrgreen:

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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Ororo » 19 Abr 2013 14:42

Este relato me tiene impresionada por la originalidad y la facilidad con la que parece escrito siendo un tema tan abstracto y difícil. Me ha gustado cómo está contado y, además, consigue que te hagas una idea bastante clara de lo que está ocurriendo. Correcto formalmente y embriagador.
Me ha gustado bastante. Tiene la ración justa de todo, sin excesos.
La frase final no me ha gustado del todo, puesto que parece dar una importancia que no tiene al joven dramaturgo, cuando debería ser una consecuencia más.
Pero muy bien.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Saber
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Saber » 19 Abr 2013 17:42

Si tuviera que describir el relato con una palabra, la elegida sería: exagerado. Uso el adjetivo de forma positiva... las descripciones, la imaginación y la fantasía que desprende son enormes.

Medianoche... trata de refrenarte un poco. Lo que dices y, sobre todo, cómo lo dices... me produce repugnancia. Se puede expresar todo lo que expresas con mucha más educación y elegancia de lo que lo haces.

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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por andres451 » 19 Abr 2013 18:27

Me pareció interesante cómo cuenta el punto de vista de diversas personas frente a un fenómeno extraño que ocurre repentinamente. Un cuento sin diálogos que está muy bien escrito. Sin embargo, creo que necesito una explicación sobre el fenómeno.
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por doctorkauffman » 19 Abr 2013 18:50

Saber escribió:Si tuviera que describir el relato con una palabra, la elegida sería: exagerado. Uso el adjetivo de forma positiva... las descripciones, la imaginación y la fantasía que desprende son enormes.

Medianoche... trata de refrenarte un poco. Lo que dices y, sobre todo, cómo lo dices... me produce repugnancia. Se puede expresar todo lo que expresas con mucha más educación y elegancia de lo que lo haces.


¿perdón?, ¿qué has dicho? ¿repugnancia?, ¿mala eduación? ¿dónde ves tú todo eso?
Lo que dice Medianoche y cómo lo dice es de una gran elegancia y corrección.
francamente, Saber, tu comentario me deja así :shock: :shock: :shock: :shock: :shock:

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Tadeus Nim
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 18:57

doctorkauffman escribió:
Saber escribió:Si tuviera que describir el relato con una palabra, la elegida sería: exagerado. Uso el adjetivo de forma positiva... las descripciones, la imaginación y la fantasía que desprende son enormes.

Medianoche... trata de refrenarte un poco. Lo que dices y, sobre todo, cómo lo dices... me produce repugnancia. Se puede expresar todo lo que expresas con mucha más educación y elegancia de lo que lo haces.


¿perdón?, ¿qué has dicho? ¿repugnancia?, ¿mala eduación? ¿dónde ves tú todo eso?
Lo que dice Medianoche y cómo lo dice es de una gran elegancia y corrección.
francamente, Saber, tu comentario me deja así :shock: :shock: :shock: :shock: :shock:


Estoy con doctorkauffman. Medianoche ha sido respetuoso y sincero. Sin mas.

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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 19:01

Quizás algo recargado en ocasiones. No estoy seguro.
Pasa que no entiendo qué quiere contar el autor. ¿Hay una idea de fondo que se me escapa?
Como intuyo que la respuesta a mi pregunta es afirmativa, estaré atento a las interpretaciones de los demás usuarios. :roll:

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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Medianoche » 20 Abr 2013 02:47

Medianoche... trata de refrenarte un poco. Lo que dices y, sobre todo, cómo lo dices... me produce repugnancia. Se puede expresar todo lo que expresas con mucha más educación y elegancia de lo que lo haces.


Cuando encuentres un comentario mío que vaya a hacer daño o contenga un insulto o una palabra malsonante, avísame. Mientras tanto, si no me gusta, no me gusta.

Los que me han gustado o encantado, también lo he dicho.

:wink:
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Yuyu » 20 Abr 2013 18:24

Me parece bien la forma en la que está contado, me parece bonita y que lo que cuentas lo haces con todo lujo de detalles. Pero hay mucho que no dices y que yo creo necesario. La conclusión a la que llegué es que cuentas las diversas actitudes que se toman ante un momento de crisis e insertas la crítica social, hasta ahí bien, pero luego todo se queda en un acontecimiento aislado sin explicación y me falta algo :roll: . Felicidades por la creación!! :60: :hola:
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por jilguero » 20 Abr 2013 20:01

Este relato me parece de una gran originalidad y, al menos a Jilguero, le he hecho creerse por un rato la existencia de esa brecha en el cielo y de esa lluvia inexplicable de ánimas y demonios. :60:
Me gusta especialmente esa mezcla de lo “sobrenatural” con lo cotidiano, esa extrañeza y, al mismo tiempo, capacidad de aceptación del pueblo llano frente a lo que no entiende, a lo desconocido. Me ha parecido una mezcla de personajes tan increíble como la de Canudos En la guerra del Fin del Mundo (Vargas Llosa) . Eso sí, pese a que a Jilguero le gusta el lenguaje bien elaborado y la riqueza de vocabulario, en este caso lo ha encontrado a ratos muy recargado :wink: , excesivo, con lo bueno y lo malo que eso tiene.
¡Mi sincera enhorabuena, autor, has creado un día distinto y eso es una maravilla!
(espero que esta vez no nos ocurra :noooo: como con aquel atardecer apolcaliptico, pero tan inolvidable, del que nunca supimos quién era el padre)
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre



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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Desierto » 20 Abr 2013 21:37

Este relato me ha gustado bastante. El ritmo y la cadencia de la narración están bien conseguidos y pasa algo, lo cual es de agradecer (a pesar de que es verdad que en todo momento uno tiene la sensación de que se le están escapando matices reservados solo para el autor).
Formalmente está muy bien escrito, con un uso rico del vocabulario. Quizá un tanto recargado en ocasiones con algunas construcciones subordinadas demasiado complejas.
Lo que me sobra es la moralina, pero vista la línea general del concurso eso debe de ser un problema mío, personal.

Desde luego, para mí pasa el corte: a la lista de relecturas.
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por elultimo » 20 Abr 2013 22:32

Me ha encantado. Supura cinismo por todos lados, pero del bueno, del que raspa y hace daño. Tiene algunas frases tan formidables como esta
si se hubiera tratado del fin del mundo no habría importado pero, si la vida iba a continuar, tenían que ganársela de algún modo

Lo único malo es que me recuerda mucho a un relato del concurso anterior lo cual supone que el autor de aquella historia no ha sido muy original, por lo menos en el estilo y la base de ambos relatos, o que alguien ha pretendido imitarlo, lo cual tampoco es muy original. Pero esto son solo suposiciones mías.

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Nínive
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Re: CPVIII El día en que se resquebrajó el cielo

Mensaje por Nínive » 20 Abr 2013 23:37

Por qué tanta descripción y tanta metáfora, si todo vuelve al punto de partida... Lo siento se me ha hecho algo denso y algo largo. Tiene algunas frases geniales, pero creo que hubiera ganado con más simpleza en la narración y con un argumento más definido. Pero aún así, me parece un buen trabajo en general. :60: :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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