CPVIII El viejo y el espacio - Isma

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPVIII El viejo y el espacio - Isma

Mensaje por lucia » 17 Abr 2013 19:22

El viejo y el espacio

Camino por los corredores metálicos de esta nave espacial día sí y día también, porque en el espacio no hay distinción diurna o nocturna como en la vieja Tierra; aquí siempre es de día, luminoso e invariable. Trabajo como barrendero, limpiador de las entrañas de este gigantesco transporte que recorre el espacio sin descanso, saltando de sol a sol y de planeta a planeta, mientras yo deambulo invisible por sus túneles, por sus cámaras de ventilación, por sus depósitos vacíos y las turbinas donde ya nadie va. Una vez al día voy a la consola donde leo las incidencias de servicio y así me entero que hay que recoger los desechos de uno de los generadores, o adecuar una de las salas para la instalación de una nueva máquina, o pulir uno de los depósitos de agua. Recojo mis instrucciones, me deslizo como un delfín por los relucientes pasillos de mantenimiento con mi equipo a cuestas y realizo la tarea asignada concienzudamente, con el orgullo que da el deber cumplido.
Conozco la nave mucho mejor que la tripulación que la maneja. Llevo aquí tantos años que ya ni me acuerdo de cuándo entré por primera vez en su panza vacía. Podría encontrar mi camino con facilidad incluso a oscuras; una vez hice la prueba, tuve que taparme los ojos con una venda para no hacer trampas en la luz inmisericorde y anduve todo el día sin perderme, guiándome tan sólo por el dulce runrún de los motores, por la leve pendiente de los corredores y las metálicas corrientes de aire acondicionado. Esta nave cuida de mí, estoy seguro de ello. Hay un pequeño rincón donde voy a descansar tras la jornada de trabajo y allí tengo mis escasas pertenencias y mi posesión más preciada; un diminuto cubo de datos, que es a la vez mi periódico, mi diario y mi enciclopedia. Una de las paredes de mi cubil es toda ella una claraboya y a través de su superficie transparente veo pasar planetas y lejanos soles, calvos asteroides, blandas nubes de polvo sideral. Me gusta imaginar que extiendo la mano fuera del casco y la dejo reposar en la corriente negra, con las estrellas escurriéndose entre mis dedos, como un barquero perezoso y vago que surca el tiempo y el espacio con su vida a cuestas. Antes solía venir a fumar a mi rincón a menudo, en las horas muertas, con el cubo de datos en mis manos, dándole vueltas como un antiguo cubo de Rubik, mientras las volutas de humo escapaban de mis labios y recreaban cúmulos, nimbos e incluso los nubarrones de tormentas que yo recordaba de la vieja Tierra. Durante un tiempo mi hábito mantuvo a toda la tripulación en vilo; se volvían locos buscando el origen de ese humo, pues un incendio en el espacio es el mayor peligro de una nave espacial. Yo, por supuesto, ponía buen cuidado en inhabilitar los detectores más cercanos, de suerte que el humo siempre recorría una distancia impredecible antes de activar las alarmas. Se emitieron avisos por megafonía, enérgicas circulares poblaron las consolas y se cancelaron temporalmente todos los postres, hasta que un día mandaron toda una flotilla de robots a recorrer los pasillos en busca de la invisible fuente de gases. Así fue como un día un pequeño robot plateado apareció por mi rincón en el momento menos oportuno y descubrió mi vicio secreto. El robot se iluminó con luces de colores y emitió una sarta de pitidos intolerables antes de salir disparado. Corrí tras él por los pasillos, pero el maldito era más rápido que mis viejas piernas y se escabulló con un puturrú agudo que me sonó como una risita. Al día siguiente encontré una severa reprimenda en mi terminal de servicio y desde entonces he dejado de fumar.
En mis andanzas por las tripas de esta ballena sideral me entretengo con la observación de la vida a bordo, con la tranquilidad que da mi privilegiada situación, desde la que puedo observar sin ser visto. Así me entero de que tal y cual tripulante está molesto con aquel otro por una deuda de juego, de que la sobrecargo llora de celos por su amante, que es un alférez de primera clase, de los negocios turbios que se trae el encargado de logística, o de los escarceos amorosos del mismo capitán. Soy un voyeur de las emociones, un ojo indiscreto; sigo los culebrones de los viajeros y a veces me despierto de mi sueño con la solución para aquel caso de amores no correspondidos o para el dilema de melancolía de un tripulante, y entonces pienso en todas estas cosas que la humanidad ha llevado hasta las estrellas, en todas las mentiras, desengaños y dudas que lastran nuestro avance como especie y de las que somos incapaces de deshacernos. El futuro sólo nos ha traído otro vehículo en el que transportar nuestras mezquindades y temores, y yo no soy menos, lleno de orgullo y soberbia por cumplir mi infantil sueño de viajar por el espacio, envilecido además por la ruin costumbre del tabaco.
Una de las órdenes que recibí me llevó a limpiar los conductos de ventilación de una gran bodega de carga. La nave había recogido un Perseo, otro objeto a la deriva de utilidad desconocida que vuelve loca a la comunidad científica por sus extrañas propiedades gravitatorias y que se supone procede de la nebulosa del mismo nombre. Desde los conductos de ventilación lo podía ver con toda claridad; era un pedazo de roca negra como cualquier otra. A su alrededor se afanaban científicos vestidos con costosos trajes aislantes, en un deambular de pasos torpes y blandos. Y yo ahí en mi atalaya con la escoba en la mano, respirando a pecho descubierto como si nada, por si fuera poco miro a mi derecha y veo un conejo, sí, un conejo, yo sabía que había ratas en la nave, pero nunca imaginé que hubiera conejos; el animalillo me miraba con ojos negros, yo le devolvía la mirada, él movía el bigote, yo seguía mirando, y así estuvimos un rato mientras allá abajo en la bodega los grandes hombres daban vueltas alrededor de aquella roca negra y se asombraban. Es un mundo extraño. Al día siguiente volví al mismo lugar para ver si encontraba de nuevo al mamífero, me había pasado toda la noche leyendo mi cubo de datos y venía con intención de distinguir si me encontraba a un pentalagus o a un simple lepus; cuando llegué al lugar encontré no un conejo, sino un zorro, un zorro que me miró con desprecio antes de darse la vuelta, mostrando una cola esponjosa y tiesa como uno de aquellos juncos que recuerdo de mi infancia. Es un mundo extraño.
He descubierto, por cierto, que el robot traidor me espía. El pequeño bichejo, una semiesfera plateada con luces de colores en su cúspide, se planta en el umbral de mi rincón, medio oculto por la pared, emitiendo pitidos apenas audibles de cuando en cuando. En mi peregrinaje diario me sigue y he llegado a considerarlo mi mascota particular, pues no sé si me vigila o si simplemente siente curiosidad hacia mi persona. Los dos vamos así, como don Quijote y Sancho Panza, por esta Castilla la Mancha moderna y poblada por los mismos moradores del siglo dieciséis, o al menos sembrada de las mismas emociones y desdichas; y donde elucubré una solución para aquel enamorado, dejo una nota escrita que le lleva a los brazos de su amada, y donde resolví aquella congoja de tristeza, programo en mi robot una música alegre que desentumece el ánimo sombrío de ese tripulante triste. Voy por la nave con mi escoba como un invisible espectro vengador, y no hay entuerto que no desfaga. En mi rincón leo mi cubo de datos las densidades de los planetas y la composición de las estrellas, estudio con atención los astros celestes desde mi escotilla, y mi robot zumba y se engancha entre las sábanas de mi cama, que tienen pequeños mordiscos de conejo, buscando ocultos paquetes de cigarrillos.
A pesar de lo que me gusta mirar el espacio, salgo poco al exterior. La última vez fue a causa de un suicidio; un tripulante que sufría a causa de su condición homosexual se sacó el casco en la cámara de descompresión cuando la puerta exterior aún estaba abierta. Me horroricé cuando leí la incidencia, por supuesto había conocido a esa persona, que como todos tenía sus luces y sus sombras, pero sobre todo me dolió el reconocer el fallo fundamental de los seres humanos, que somos incapaces de entender a otros distintos de nosotros mismos. Por eso tal vez nunca nos hemos atrevido a contactar con los invisibles habitantes de la nebulosa de Perseo, con sus extraños e incomprensibles artefactos a la deriva. Me calcé mi traje espacial y salí por una de las escotillas de servicio. El espacio me llamaba, oscuro como un océano insondable. El sistema en el que nos encontrábamos albergaba dos soles enroscados, danzando el uno alrededor del otro un vals inestable, y al calor de los dos astros orbitaba un único planeta rojizo y carente de vida. Mientras raspaba la sangre coagulada de las juntas y paredes de la cámara me pregunté si el desdichado no habría elegido este sistema en concreto como una parodia de sí mismo, donde él representaba uno de los soles fatalmente rotando alrededor de otro en una espiral eterna de amor no correspondido. Y yo asumí la identidad del planeta rojizo, espectador impasible de las desgracias ajenas. Salir al espacio me pone melancólico y por eso no lo hago nunca, sentí en aquel momento unas ganas irresistibles de hacer algo absurdo, como quitarme yo mismo el casco y fumarme un cigarro imposible en el vacío sideral. Como si hubiera oído mis pensamientos, mi pequeño amigo robótico me sacudió la pierna, y yo desperté de mis ensoñaciones, terminé de limpiar y volví a la seguridad de mi nave conocida.
Los mandamases han decidido que ya está, que no va más, y desde hace un par de semanas vienen inundando mi terminal con mensajes apocalípticos; que si la nave es ya muy vieja, que si fallos de navegación, que si las mejoras son imposibles… en definitiva, que el futuro viene decidido a por nosotros y que esta nave va a pagar el precio del progreso. Una vez dada la orden ha comenzado el realojo y la evacuación, y enormes cargueros han ido extrayendo el poco material de valor que queda por aquí y se lo han llevado vete a saber dónde, a los mismos sitios a donde se llevan a los viejos como yo, supongo. Los tripulantes han recogido sus cosas y se han ido marchando, uno a uno y en grupos, y yo he quedado a la espera, agazapado en mi rincón, esperando; hasta que al final, cómo si no, ha sido mi pequeño delator, maldito bribón, el que se ha plantado delante de mí pitando con todas sus luces de colores y no ha dejado de hacerlo hasta que me he avenido a tomar su bracito metálico y le he seguido por los corredores, hasta justo antes de llegar a la salida donde esperaba el último carguero. Allí he acariciado la cabeza metálica del tramposo cacharro y he desconectado con dulzura uno de sus cables. El granuja se ha quedado en silencio, y yo lo he recogido, inerte y silencioso, y lo he llevado a mi rincón para ver desde la escotilla cómo se desprendía aquel último carguero.
Han pasado ya varias horas. La nave vacía ha sido puesta en rumbo hacia la estrella más cercana. A nadie le gusta dejar chatarra en órbita y yo, barrendero espacial, lo sé mejor que nadie. He despertado a mi amigo fiel, que ha pitado como un poseso durante unos segundos, antes de darse cuenta de que él y yo éramos los últimos habitantes de la vieja nave, excluyendo a la población de conejos y al zorro, claro está. Ahora está calladito, muy pegado a mí, como si fuera mi sombra. Abro la escotilla de servicio y salgo a los pasillos. Me siento solo e inquieto ante tanto espacio, un corredor de verdad. Hace años que no lo hago. Comienzo a caminar hacia el puente, y al pasar entre los camarotes mi memoria se despierta y recuerdo en aquel cuarto de la izquierda a aquella pareja atacada de celos, en esa habitación de la derecha al técnico roído por la envidia, en este otro camarote al corrupto oficial. Los detalles más banales me parecen ahora brillantes y limpios, como si quisieran relucir una última vez antes de permitir que los deje atrás. Continúo andando a lo largo de la nave, son muchos metros y muchos años de recuerdos los que tengo que abandonar poco a poco, mis pasos resuenan en el silencio de la nave vacía, mis pasos y los pitidos temblorosos de mi robot mascota, que aún no se ha cansado de mí ni tan siquiera a estas alturas. Encuentro el puente de mando en todo su esplendor, glorioso aunque vacío, y sin pensarlo dos veces me siento en la silla del capitán, que domina toda la sala y que se enfrenta a la pantalla donde una estrella descomunal se agranda y crece como un globo de fuego. Así era mi sueño de juventud, ser el capitán de una nave estelar en rumbo al universo; entre aquel niño que hacía volar un avión de juguete sobre los campos de trigo y el momento actual hay muchos años de distancia, años que me han ido enriqueciendo con su azar y su fortuna, con conocimiento y con amor a la vida. La estrella sigue creciendo en la pantalla gigante. El robot tironea de mi pantalón, y cuando le miro veo que gira la cabeza de izquierda a derecha con desesperación. Su bracito metálico me ofrece un cigarro. Río a carcajadas. Sería un buen final, acabar siendo un pedacito de estrella, para iluminar el cosmos con una luz que durará miles y millones de años.
Cojo los controles, soy aquel niño que soñaba con el espacio en la vieja Tierra, y soy un anciano que conoce el precio de los deseos. Desvío el rumbo de este cetáceo de metal antes de que entre en la sima de gravedad de la estrella y establezco un nuevo rumbo hacia la lejana nebulosa de Perseo. Mi nave con su rincón y su claraboya, con su tripulación de conejos y su zorro, mi subalterno robótico, toda la soledad que anida en mi corazón, y mi cubo de datos, y mis paquetes de cigarrillos, todo, todo ello lo llevaré hacia lo desconocido, hacia la esperanza, hacia el universo, hacia donde espero poder encontrar, tal vez, un lugar para mí.

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Nínive » 19 Abr 2013 17:10

Poético relato, que me hubiera gustado más si se hubiera contado en otro contexto histórico. Más que nada porque me chirría que en una nave espacial existan los barrenderos, o se hable del cubo de rubik, o que el robotillo le ofrezca el cigarro al viejo que haya conejos y un zorro. :|
Por otro lado, me gusta el ritmo con que lo has dotado, los chascarrillos de la nave.
Esta frasese me ha hecho muy largo. Yo pondría un punto después de "nada".
"Y yo ahí en mi atalaya con la escoba en la mano, respirando a pecho descubierto como si nada, por si fuera poco miro a mi derecha y veo un conejo, sí, un conejo, yo sabía que había ratas en la nave, pero nunca imaginé que hubiera conejos;"
:60: :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 17:15

Algo triste, plagado de melancolía, pero al final hay sitio para la esperanza y las ganas de vivir.

Genial narración cargada de emociones. Muy bueno. :60:

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Desierto » 21 Abr 2013 00:19

Está bien escrito, se lee con mucha soltura y mantiene la atención perfectamente. A pesar de ello no ha terminado de emocionarme del todo a la primera, así que le daré un repaso.

Pasa a la fase de relecturas.
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Yuyu » 21 Abr 2013 12:00

Me ha gustado. Me molestan algunas cosas, como que el barrendero sepa pilotar la nave o que haya ratas, pero es tu mundo, no el mío :mrgreen: . También he notado algo en la puntuación y algunas frases con composición rara. El mensaje muy bonito. Felicidades por la creación!! :60: :hola:
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por doctorkauffman » 21 Abr 2013 12:24

me ha gustado. se lee bien y fácil, lo cual es meritorio.
pero estoy con nínive: tantos robots que tienen y que usan para detectar el causante del humo y no tienen robots barrenderos. parece una pequeñez pero te saca de la historia.

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Topito » 22 Abr 2013 07:17

Llevo 22 relatos ya, uno iba en cabeza para mi voto y le has desterrado al aegundo puesto.

Me has dejado impresionado con lo que transmites. Y que sepas que sera el primer relato de ci-fi que votaría en el concurso de primavera. No me suelen llamar la atención la cifi n estos concursos.

Que buena mañana pasaré recordando a este personaje
leyendo: Haruki Murakami
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Topito » 22 Abr 2013 07:30

doctorkauffman escribió:me ha gustado. se lee bien y fácil, lo cual es meritorio.
pero estoy con nínive: tantos robots que tienen y que usan para detectar el causante del humo y no tienen robots barrenderos. parece una pequeñez pero te saca de la historia.


Yo he entendido que los mandan a detectar. No que sea esa su unica misión. Además, yo entiendo que es tan viejo que es el ùltimo barrendero que queda en la nave. Como aquellas profesiones que las mâquinas han ido desterrando al ser humano. Me ha recordado a la serie Galactica: lo nuevo y lo viejo coexistiendo.
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por jilguero » 22 Abr 2013 11:08

Ha sido un placer leerme este relato. :60: Bien escrito, con un ritmo sereno, adecuado a la edad de su protagonista, y que podía estar igualmente ambientada en una nave espacial como en un rascacielos de cualquier ciudad moderna. Fuera de concurso, a esta historia no le pondría ni un pero. Mas, como estamos en un concurso, toca comparar y verle también sus posibles pegas. Quizás la pega que le podría poner, es que detrás de esa buena prosa no hay una historia con excesiva garra y me ha recordado vagamente a otros relatos de previos concursos.
Cuando apareció el primer conejo y luego el zorro, debo confesarte, autor, que a Jilguero el corazón le brincó. Creí que de ahí iba a salir ese toque de originalidad que la hiciera ponerse por encima del resto. Pero no fue así, por lo cual, este relato pasa a engrosar la lista de la relectura y habrá de pelear con esos otros relatos bien escritos, sin pegas llamativas, pero que tampoco tienen ese algo que les hace destacarse de manera clara.
Pero ya te digo, autor, que si no fuera por estar en el contexto de un concurso me habría leído tu relato y, al acabar, habría sonreído con satisfacción. :D
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Sinkim » 22 Abr 2013 17:42

Me ha encantado, para mí uno de los mejores del concurso, una historia muy bonita con un gran final, con una nota melancólica y emotiva. Me ha gustado mucho la relación que se establece al final entre el viejo y el robot de los cigarrillos :cunao: :cunao:
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por aradia.ms » 22 Abr 2013 22:16

Con este relato me has provocado sensaciones contrapuestas. Me gusta cómo ha quedado dibujado el personaje del viejo, me gusta la sensación decadente de la nave vacía a la deriva, me gusta el encanto casi surrealista de la aparición del zorro (durante un segundo pensé en El principito, sólo durante un instante)... y no entiendo qué es lo que le falta para que esté entre los que más me han llegado. Quizá sea el final, que se me hace fortuito y forzado. No estoy segura.
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Gisso » 22 Abr 2013 22:54

Tierno y melancólico monólogo espacial, con un final soñador. Lleno de recuerdos, tristezas y esperanzas. Se me ha hecho un poquito lento, pero el final me ha gustado muchísimo. Un buen relato de ciencia ficción y sentimientos.

:60:

"Vaya, una turbulencia espacial"

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por moskita » 23 Abr 2013 02:33

Este es uno de esos relatos a los que no les encuentras ninguna pega, y sin embargo no te llenan lo suficiente. Me gusta, pero no me basta.

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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por Tadeus Nim » 23 Abr 2013 15:57

Bien escrito. Pero intrascendente. Me gusta que pasen cosas pero parece que no pasa nada. Me gusta pero le falta emoción, por que historia tiene y potencial para dársela también. :60:

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ciro
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Re: CPVIII El viejo y el espacio

Mensaje por ciro » 23 Abr 2013 16:22

El relato está bien narrado, pero todo el rato espero alguna sorpresa y la que podría ser esa sorpresa que es que el viejo barrendero va hacia lo desconocido y despreciado por los otros seres humanos, no me gusta demasiado, por poco creible. Bueno, un relato sobre lo servible de lo que consideramos inservible. Puede ser una buena definición.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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