CPVIII ¿Cara o cruz? - David P. González

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPVIII ¿Cara o cruz? - David P. González

Mensaje por lucia » 17 Abr 2013 19:48

¿Cara o cruz?

—¡Vale!, hemos llegado. ¿Cómo lo hacemos?
—Pues no sé, entramos, vaciamos la caja y nos vamos. ¿Acaso hay otra manera?
—¿Que si hay otra manera? ¡Maldita sea, hay mil jodidas maneras! ¿Y sabes qué?, entrar ahí los dos es la peor de todas. Sé de un par de tipos que lo hicieron así. En la huida, uno de esos dos cabrones tenía las llaves del coche en el maldito bolsillo. ¡Joder! no les dio tiempo ni a abrir la jodida puerta cuando el viejo salió con una recortada.
—Les llenaría el culo de plomo, macho.
—¡Que va! A esos cabrones no se les ocurrió otra cosa que atracar una gasolinera, así que cuando el viejo disparó, ¡bum!, todo saltó por los aires: los dos tipos, el viejo, el coche, los surtidores, el establecimiento, ¡joder!, no quedó nada en doscientos metros a la redonda, tío.
—¿Ah no? ¿Entonces quién te ha contado esa historia? ¿El fantasma del viejo?
—¡No me jodas!
—Tampoco creo que una gasolinera pueda estallar por el disparo de una escopeta. Eso es muy de Hollywood, macho.
—¿Acaso importa? Bajo el mostrador de esa casa de empeños debe haber plomo suficiente como para hacer el... —hizo una pausa mientras trataba de recordar—, ¡joder, un puto ejército muy grande de muñecos de esos! Cuando nos demos la vuelta al salir por la puerta nos coserán a balazos. Tenemos que reducir el tiempo de huida. Uno de los dos se quedará en el coche con el motor encendido.
—¡Vale! ¿Quién entra y quién se queda?
—Cualquiera diría que tienes miedo, tío.
—¿Quieres entrar tú?, adelante, macho, me sacrificaré.
—Está bien, lo echaremos a suertes. ¿Tienes una jodida moneda?
—Pues claro que tengo una moneda —dijo lanzándola al aire sin preguntar: no hacía falta. La atrapó entre ambas manos, las abrió un poco para mirar y luego manipulo la moneda con disimulo sin que Oscar se diera cuenta—. ¡Cara, yo gano! Me cambiaré de asiento. ¡Ah!, Toma la bolsa.
—Trae. ¡Qué suerte tienes cabronazo! Enciende el motor y cuando entre, te acercas a la puerta.
—Ten cuidado, macho.
—Será mejor que lo tengan ellos —dijo guiñando un ojo y mostrando la pistola en la cintura de su pantalón. Caminó hacia la puerta y entró en la casa de empeños dando voces—. ¡Que nadie se mueva, joder, que estoy muy nervioso y el gatillo es muy suave! ¡Tú, vacía la caja en esta bolsa! —dijo tirándole la bolsa de deportes a uno de los hombres tras el mostrador— ¡¿Crees que soy imbécil?! —le increpó— ¡Esa caja no, la otra! —dijo refiriéndose a la caja fuerte—. ¡Vosotros, contra la pared! ¡Las manos en alto, que pueda verlas! ¡Al que se mueva lo dejo seco, joder!
—¿Sabes de quién es este establecimiento, chaval? —dijo uno de ellos.
—¿Por qué, su dinero vale menos?
—Eres hombre muerto chico —dijo el hombre que terminó de llenar la bolsa y se la entregó.
—¡Cojonudo! Ahora portaos bien y no os... —una muñeca matrioska llamó su atención—. Esta me la llevo. Te la pagaría amigo, pero luego te robaría la pasta, así que...
—Eso no está en venta —dijo otro con dureza. Todos se sobresaltaron.
—¡Pues claro que no! Es mía, ¡joder! —dijo guiñando un ojo antes de correr hacia la puerta.
—¡Coged a ese hijo de puta! —gritó uno de ellos, y las armas volaron de debajo del mostrador a sus manos, y de sus manos a las de los demás.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó Oscar metiéndose en el coche.
—¡¿Qué coño es eso, macho?! —preguntó Blas refiriéndose a la muñeca.
—Un souvenir. Para mi madre. ¡Arranca de una puta vez! —gritó. Blas arrancó y la puerta se cerró por la inercia —. ¡Agáchate, va a llover plomo, tío!
—¡Hijo de puta! Había alguien esperando con un coche —dijo uno de ellos.
—Tenemos que decírselo a Don Pablo.
—¡Joder!, esto no le va a gustar. ¡Quítate del puto medio! Le llamaré yo, panda de inútiles —dijo descolgando el auricular y girando el carrete de los números.
—¡¿Qué demonios quieres, Pedrito?! —contestó Don Pablo.
—Nos acaban de atracar jefe —dijo relatando lo ocurrido.
—¡No servís para nada, maldita sea! Ya me ocupo yo —gritó. Colgó el teléfono y se comunicó con su secretaria por el interfono— Sofía, dígale a Mario que suba inmediatamente —a continuación le contó a su hombre de confianza lo sucedido—. ¿Dónde está nuestra matrioska?
—Aquí, señor —dijo señalando— La entrega era hoy.
—No la lleves. Tendremos un problema con los coreanos —exclamó Don Pablo taciturno.
—Pero el señor Ho no le ha robado la muñeca.
—¡Lo sé Carlos!, pero no voy a pagarle a ese ojos rasgados por algo que no tengo.
—Solo digo que tenga cuidado con él. No me fío.
—¿Quería verme, jefe? —dijo Mario irrumpiendo en el despacho de Don Pablo.
—Pasa Mario, siéntate. Verás, ha ocurrido algo en la casa de empeños... —dijo relatando los sucesos por segunda vez—. El cabrón que se llevó mi muñeca huyó en un Renault 12 de color verde. ¿No tiene tu hermano un coche igual? —Mario asintió con la cabeza— Y, refréscame la memoria, ¿no fuiste tú quién me recomendó las matrioskas para las entregas? Tu madre las colecciona, ¿no es así? —Mario se encogió de hombros y abrió la boca para hablar, pero Don Pablo le interrumpió—. No hace falta que contestes —le hizo un gesto con la cabeza a Carlos, que ya acoplaba el silenciador en su arma—. Solo dime una cosa, ¿el golpe es cosa tuya o tienes un hermano más estúpido de lo que la RAE estipula para que pueda ser definido como tal?
—¿Cosa mía, jefe? —dijo frunciendo el ceño— ¿Qué quiere decir?
—Entiendo —dijo Don Pablo mirando a Carlos—. ¡Pero qué demonios…! —gritó— ¡Me has puesto perdido!
—Lo siento jefe, se ha movido en el último momento.
—¡Se ha movido, se ha movido! ¡Tengo los sesos de este malnacido por toda la camisa, maldita sea! —espetó limpiándose con un pañuelo—. Tendré que cambiarme. Dame un traje limpio del armario, este habrá que quemarlo —dijo desabrochándose la camisa—. ¡Mira esto!, hay sesos por toda la mesa. Salgamos de aquí, iremos a ver a los coreanos. Ocúpate de que alguien limpie esta mierda. ¡Ah!, y dame el teléfono de ese desgraciado, el número de su hermano estará en la memoria. Consígueme también el número de ese tal “Guguel”.
—¿Ese friki, señor?
—Ese friki es el mejor encontrando personas —dijo llevándose el teléfono de Mario a la oreja.
—Como quiera. Se lo conseguiré.
—¿Mario? —balbuceó Oscar extrañado al otro lado de la línea.
—No soy Mario hijo, me llamo Pablo Carretera. ¿Sabes quién soy?
—Si, mi hermano trabaja para usted. Lo que no sé es por qué tiene usted su jodido teléfono.
—No te preocupes por eso, hijo, a él ya no le hace falta.
—¿Cómo dice? Oiga cabrón, como le haya hecho algo a mi hermano…
—No, escúchame tú, desgraciado. Hoy has estado en mi casa de empeños y te has llevado algo que es mío. Tráelo a las cuatro en punto al aparcamiento 43C de la torre Carretera. Esta tontería tuya ya le ha costado la vida a tu hermano, procura no joderme, tienes más familia.
—No. No es usted tan estúpido como para matar a un jodido poli.
—¿Este malnacido era de la pasma? —dijo tapando el auricular con la mano. Carlos se encogió de hombros y Don Pablo volvió a llevarse el auricular a la oreja—. A las cuatro, hijo.
—Espera a que te ponga las manos encima mamón… —la llamada se cortó—. ¡Joder! —dijo antes de romper a llorar.
—¿Qué pasa, macho? —preguntó Blas intrigado.
—Ese cabrón ha matado a mi hermano tío, ¡lo ha matado, joder!, ¡lo ha matado! —gritaba y golpeaba el salpicadero del vehículo—. Quiere el dinero, tío —dijo dirigiéndose a su amigo.
—¡Coño!, lo sabía. No me daba buena espina ese sitio, macho. Nos hemos arriesgado para nada.
—¡Por mis cojones que no! —dijo Oscar sobresaltado.
—¿Qué?
—Que no le vamos a dar el jodido dinero, tío. Le mataremos.
—No me jodas, macho. Esa no es una buena idea.
—Tranquilo, no lo haremos nosotros. Gira a la derecha —dijo Oscar manipulando el volante desde su asiento. Luego guió a su amigo por las calles de la ciudad. —Para, aquí es —cogió la bolsa, bajó del coche y entraron en la cafetería—ahí está.
—¿Quién, esa friki? —dijo Blas contrariado—. Va vestida del siglo pasado, macho.
—Se llama Rebeca. Es de una tribu urbana de esas. Lolitas o algo así. Habla como en las películas, tío —dijo con sorna.
—Oscar, que grato que me honréis con vuestra presencia —dijo la chica con una sutil reverencia.
—¡Joder! —susurró Blas al oído de Oscar.
—Decidme, ¿qué os empuja a regalarme con vuestra compañía? —dijo dando un sorbito de te.
—Quiero… —se giró y miró a Oscar— Queremos que te encargues de un tipo.
—Espero que esa no sea una propuesta indecorosa, soy una dama.
—¿Indecorosa? —volvió a mirar a Blas, quién se encogió de hombros—. Mira, tu decóralo todo lo que quieras, siempre que ese cabrón deje de respirar.
—Vuestro vocabulario es soez y vulgar, deberíais cuidarlo —Oscar asintió—. ¿Así que se trata de un asesinato? Lo siento, pero tendréis que buscar en otra parte, yo me dedico a trabajos más delicados, más... artísticos.
—Ya sé que lo tuyo son los robos, pero en esta bolsa hay unos cuarenta mil pavos —dijo Oscar acercándole la bolsa de deportes—. Son tuyos si lo haces.
—¡Ese dinero también es mío, macho! —susurró Blas al oído de Oscar cogiéndole del brazo.
—Te lo compensaré, tío. ¡Joder!, te lo prometo —Blas le soltó resignado—. Si lo haces te deberé una, Rebeca —dijo girándose hacia la chica.
—No poseéis nada que sea de mi interés —dijo ella con la taza de te en la mano—. Eso incluye el cerebro —se llevó la taza a la boca y sorbió—. Pero accederé a vuestra burda petición por los posibles de la bolsa, el cachemir es muy caro —dijo acariciando el vestido. A continuación se levantó e hizo una reverencia a las chicas que acababan de llegar—. Aquí llega mi corte: Silvia, Raquel y Marta. Ellas se repartirán el contenido —dijo señalando la bolsa encima de la mesa.
—¿Cuantas frikis de estas hay, macho? —susurró Blas al oído de Oscar.
—Gracias —dijo Oscar dirigiéndose a Rebeca, después de saludara las recién llegadas— Estaré en el aparcamiento 43C de la torre Carretera a las cuatro. Allí te diré quién es ese cabrón... Perdón —se disculpó, llevándose la mano a la boca, antes de marcharse de allí, seguido de Blas.
—¿Quienes eran los caballeros? —preguntó Marta.
—¿Y cuál es el contenido de la bolsa, aparte de polvo y grasa? —añadió Silvia.
—Los caballeros nos acaban de encomendar una tarea que llevaremos a cabo a las cuatro en la torre Carretera. A cambio, nos agradecen el servicio prestado con riquezas —dijo poniendo la mano encima de la bolsa —. Asistiréis, ¿no es cierto? —las tres asintieron—. ¡Oh, cuanta dicha!
—Disculpad, he de tener una conversación telefónica. Partiré en busca de cobertura —dijo Silvia antes de salir a la calle.
—Silvia, ¿qué haces aquí? —dijo Carlos.
—¿Carlos? —dijo ella volviéndose—¿Está mi padre aquí? —preguntó con la mirada clavada en el jamón que portaba él.
—Ahí en frente, en esa casa de apuestas —señaló con el dedo—. Es para el señor Ho —dijo moviendo el jamón—. No te preocupes, no le diré nada a tu padre. Procura que no te vea con esa ropa, ya sabes como se pone.
—Gracias, sois muy amable —dijo con una reverencia y sonriendo en tono de burla.
—No te reirás tanto cuando tu padre me haga quemar todos esos vestidos —dijo antes de cruzar la calzada y entrar en la casa de empeños.
—Ya era hora, cualquiera diría que has tenido que matar al cerdo —dijo Don Pablo—. Venga, vamos dentro. A ver que le digo yo ahora al ojos rasgados este.
—Señol Caletela —dijo Chung-Ho inclinando el torso— Tu bienvenido. ¿Qué tael pol aquí? ¿Muñeca mía? —preguntó mientras varios hombres cacheaban a Don Pablo y a Carlos.
—Le he traído un regalo —dijo Don Pablo haciéndole un gesto con la cabeza a Carlos—. Me han dicho que le gusta.
—Mi encanta jamón, pelo más encanta matioska, que llaves de coche con dinelo en inteliol.
—Verá, señor Ho, hemos tenido un pequeño problema que estamos tratando de resolver —dijo Don Pablo. A continuación relató lo ocurrido en la casa de empeños—. Si usted fuese tan amable de decirnos dónde está el coche, no necesitaríamos las llaves de la muñeca que nos han robado. Podríamos hacerle el puente. Luego, yo, personalmente, le traería su muñeca.
—Mi contal cosa, señol Caletela. En noche pasada —empezó a hablar Chung-Ho—, mi quital lopa de pies, ¿cómo dice?
—Calcetines —se apresuró a decir Carlos.
—Palabla lala, lopa de pies gusta más —dijo con sorna—. Mi quital “calcines” pala il cama dolmil. Esposa vel uñas de pies y decil mi gualo. Mi plegunta ¿pol qué? Esposa dice uñas lalgas. Mi plegunta cada cuántos días coltal uñas de pies ella. Esposa dice cuando sel lalgas. Mi solplende y dice que día antes de ella coltal uñas, ella guala, polque uñas lalgas. Mi líe polque bloma, pelo esposa no líe, ella no hace glacia. Acelca a mi y abofetea —hizo una pausa—. Mi ama a esposa, señol Caletela. Ella sel única pelsona en mundo que podel abofeteal. Pelo tu viene casa y abofetea también —Don Pablo hizo ademán de hablar, pero Chung-Ho levantó la mano y continuó—. Mi hace bomba nucleal pala tu y entega como acoldado, pelo tu no entega dinelo. No justo. Mi no lobal muñeca, pelo tu lesponsabiliza. No justo. Tu deshonla nomble Chung-Ho —hizo otra pausa—. Mucho espacio en ciudad, señol Caletela. Habel de sobla pala todos, pelo tíadas japonesas no opina mismo que mi, ellos no quiele competición. Ellos Puede hablal con mi, pelo no hace. Manda soblino en valias cajas pala que mi sabel —de nuevo una pausa—. Mi hace bomba pala tu, pelo tu no paga. Mi queda bomba. Sí justo. Hoy leunión de tíadas. Ellos alepentil no hablal con mi.
—¡No puede hacerme esto, señor Ho! ¡Necesito esa bomba para esta semana! ¡No puedo esperar dos meses a que me consiga otra! —protestó Don Pablo en vano.
—¿Si tu necesita, pol qué tu no paga? —dijo Chung-Ho dando por finalizada la reuión.
—¡Maldita sea! Salgamos de aquí —dijo Don Pablo—. Vamos a la torre, quiero estar pronto en el aparcamiento, por si ese malnacido intenta algo.
—El coreano nos la ha jugado, jefe, le dije que no se fiara.
—A mi no me la juega nadie, Carlos. ¡Nadie! —dijo tecleando en la pantalla del teléfono y llevándoselo a la oreja—. Esa bomba es mía, aunque el ojos rasgados diga que “no justo”.
—¿Quién llama, hermano? —contestó una voz con tono chulesco al otro lado de la línea.
—Pablo Carretera.
—Tranqui, colega, que lo tuyo casi está. Estoy en una cafetería, por lo visto acaba de estar aquí.
—Olvídalo, cambio de planes —dijo Don Pablo—. Quiero que encuentres otra cosa.
—¿Cosa? Hermano, yo busco personas, de carne y hueso, blanditas, que ofrezcan poca resistencia a la hoja de mi cuchillo, ¿me sigues?
—Te pagaré el doble.
—Mi cuchillo se acaba de coger el día libre, colega. ¿De qué se trata?
—Quiero que encuentres un coche —dijo Don Pablo dándole todos los datos de que disponía.
—De acuerdo hermano, ese carro ya es tuyo. Tranqui, sabré encontrarte cuando lo tenga —dijo antes de colgar y guardarse el teléfono en el bolsillo—. ¿Y tu de qué siglo sales golosina?
—Vuestra mirada es lasciva y vuestros gestos obscenos, ¿cuál es vuestra procedencia, la selva?
—Hostias con la damisela, no sé si eres más cursi o más zorra.
—Hemos de partir, Raquel —dijo rebeca cogiendo a su amiga del brazo y tirando de ella hacia la salida—. Sin duda el caballero no es digno de vuestra conversación.
—Se hace tarde, deberíamos evaluar el emplazamiento —dijo Marta.
—No os falta razón, partamos —dijo Rebeca subiendo a la parte de atrás del coche.
—¿Si tenéis la bondad de proporcionarme la dirección? —dijo Silvia detrás del volante. Rebeca asintió y así lo hizo—. Conozco el camino, la finca en cuestión es propiedad de mi familia.
—Señoritas, es el momento de comprobar el buen estado de los pertrechos —dijo Rebeca. Todas excepto Silvia se entregaron a dicha tarea durante varios minutos—. ¡Válgame el cielo! La autoridad, guardadlo todo —gritó exaltada mirando por la ventanilla.
—¿No es el caballero que nos ha encomendado la tarea?
—Así es. Parece que la autoridad le requiere. Esperemos que no se demore.
—Oye, esas no son... —empezó a decir Blas.
—Las frikis —le interrumpió Oscar terminando su frase, y levantó la mano para saludar mientras se alejaban—. Dime una cosa Dani —dijo girándose hacia el agente de policía—, ¿cuánto tiempo fuisteis compañeros?
—¿Tu hermano y yo? Siete años. Los peores siete años de mi vida —dijo con sorna—. Aunque seguramente, él te dirá lo mismo —dijo golpeándole en el hombro y riendo.
—¿Y qué haces aquí, en medio de la nada, parando jodidos coches, en vez de poner el culo del cabrón que lo ha matado entre rejas?
—¿Muerto? ¿Mario? ¿Es una maldita broma?
—Pablo Carretera —dijo desafiante—. ¡Joder!, ese mamón me llamó para decírmelo, tío.
—Lárgate —dijo el agente conmocionado.
—Esto no va a quedar así, tío. ¡Por mis cojones que no!
—¡Que te largues! —gritó—. ¡Maldita sea! —espetó antes de coger la radio del coche y comunicarse con sus compañeros de la comisaría.
—Dime Dani —contestó una voz al otro lado.
—Oye, hazme un favor. ¿Puedes contactar con Mario?
—¿Lo dices en serio? Sabes de sobra que no puedo hacer eso. Mario es un agente infiltrado, contactar con él fuera de lo estipulado pondría su tapadera en peligro.
—Escucha, tengo motivos para creer que esa tapadera se ha visto seriamente comprometida.
—¡Qué diablos!, veré lo que puedo hacer. Espera ahí ¿vale? —dijo antes de ausentarse unos minutos—. ¿Dani?
—Sigo aquí.
—Me temo que no tengo buenas noticias. Se ha saltado dos contactos de seguridad y cuando le han llamado al teléfono lo ha cogido otra persona.
—¿Ha dicho su nombre?
—No, solo que se habían confundido. Luego ha colgado.
—Gracias —dijo arrancando el motor para seguir al Renault 12 de Oscar. Cuando lo alcanzó lo siguió durante algunos minutos, luego cogió el teléfono y se lo llevó a la oreja—. ¿Alberto?
—Dime Dani.
—Es Mario. Le han descubierto, y todo indica que está muerto. Creo que tengo algo, estoy entrando en el aparcamiento de la Torre Carretera. Manda refuerzos.
—De acuerdo, pero no hagas nada hasta que lleguen, ¿entendido?
—Entendido. Date prisa —dijo antes de guardarse el teléfono en el bolsillo. Aparcó, bajó del vehículo, desenfundó el arma y la amartilló. Su compañero le imitó—. Por ahí se oyen voces, vayamos a ver.
—¿Has traído mi muñeca, hijo?
—¡Joder!, ¿su muñeca? ¿Ha matado a mi hermano por una jodida muñeca?
—Una muñeca que esconde la llave de un coche, con una bomba nuclear montada en su maletero, chico. Una bomba capaz de reducir este edificio de trecientos metros de altura, a escombros. ¿Sabes lo difícil que es conseguir algo así? Cuesta mucho dinero, pero sobre todo, cuesta mucho tiempo, y yo no tengo tiempo para conseguir otra. El consejo de administración de Carreterasa se reúne esta semana en la última planta de este edificio. ¿Sabes para qué, hijo? ¡Para darme la patada! ¡A mí! —gritó. Luego hizo una pausa—. La patada se la van a llevar ellos, ¿sabes? — dijo riendo—. Dame la maldita muñeca, chico.
—¿Quiere su jodida muñeca, cabrón de mierda? Le he traído cuatro —hizo un gesto con la cabeza y las chicas salieron de entre los coches estacionados—. Este es el mamón.
—Sin duda debéis estar confundido, este caballero es mi progenitor —dijo Silvia interponiéndose entre Don Pablo y las armas de sus amigas.
—Por favor, apartad de en medio si no deseáis que ser lastimada —dijo Marta.
—¿Qué tal si yo te lastimo a ti, Juana de Arco? —gritó Carlos sacando un arma con cada mano y apuntando a Marta y a Rebeca.
—¿Juana de Arco? —dijo Rebeca sacando un segundo arma y apuntando a Carlos. Raquel y Marta hicieron lo mismo—. Si sois tan amable de no inmiscuiros.
—Disculpad mi insolencia, pero me congratularía que bajarais vuestras armas —intervino Silvia sacando sus dos armas para encañonar a Raquel y a Rebeca.
—¡Joder!, ¿pero que coño está pasando aquí, tío? —dijo Oscar empuñando un revolver contra Silvia—. ¿Es que este cabrón es tu viejo?
—No —dijo Don Pablo.
—Si —dijo Silvia al mismo tiempo mientras movía uno de sus brazos para apuntar a Oscar.
—Lo es —dijo Marta.
—Me repudiáis —dijo Silvia girándose hacia su padre.
—¡Policía! —gritó Dani acercándose y enseñando la placa, seguido de su compañero—. Será mejor que todos bajéis las armas. Tu también Oscar, no hagas tonterías.
—¿Vos sois la autoridad? —dijo Rebeca apuntando a Oscar. Raquel y Marta hicieron lo mismo.
—¡No joder! Solo le conozco. Y no pienso bajar mi jodida arma, tío. Tendrás que dispararme.
—Me temo que también rechazamos vuestra invitación —dijo Rebeca apartando el arma de Oscar y moviéndolo hacia el policía. Marta hizo lo mismo, mientras que Raquel volvió a apuntar a Carlos—. ¿Vais a disparar? Observo que os encontráis en situación de desventaja.
—Ella tiene lazón. Tu desventaja —dijo Chung-Ho saliendo de entre los coches flanqueado por varios hombres armados con automáticas.
—¿Quién coño es este, macho? —se sorprendió Blas.
—El señor Chung-Ho —dijo Don Pablo—. Supongo que viene a hablar conmigo, ¿no es así?
—Señol Caletela tiene lazón, mi quiele hablal con él —dijo mirando a los demás, cuyas armas ya le apuntaban. Sus hombres encañonaban a unos y a otros con movimientos laterales—. Mi no tiene nada conta vosotos.
—¡Joder! ¿Ha dicho que se llama chungo, tío? —susurró Oscar al oído de Blas.
—No sé si se llama así, pero tiene pinta de serlo, macho —contestó Blas.
—Si el caballero no nos desea mal alguno —dijo Marta haciendo una reverencia—, ¿por qué no sois tan amable de apuntar hacia un lugar menos comprometido con nuestra integridad.
—Chica habla lalo, pelo tiene lazón —hizo un gesto con la cabeza y sus hombres apuntaron sus armas contra Don Pablo, Carlos y los policías—. ¿Mejol así?
—Sin duda sois un caballero —dijo Raquel retirando su arma, seguida por sus amigas.
—¿Qué demonios quiere chino? —dijo Don Pablo en tono despectivo.
—Chino, no, coleano, señol Caletela.
—"Señol Caletela", no, Carretera —contestó Don Pablo burlándose del acento de Chung-Ho.
—Mi deja coche en leunión de tíadas y coche desapalece. Mi sabe que lobas tu. Devolvel y mi volvel pol donde venil.
—Aquí no está su coche, búsquelo si es lo que quiere.
—Mi sabel que coche no aquí. Bomba en coche ploglamada pala cuato. Queda minutos pala que explota. Tu no estal celca de coche. Tu no tonto.
—¡Guguel! —exclamó Carlos mirando a Don Pablo.
—Olvídalo, no podemos hacer nada por él.
—Pero que oyen mis oídos, hermano. ¿Quién se atreve a nombrarme sin pedir permiso? ¿Has sido tu grandullón? —dijo guguel con tono chulesco, saliendo de entre los coches y dirigiéndose a Carlos—. De todos los que estáis aquí, solo él puede nombrarme sin pedir permiso. Los demás sois más bajitos que yo, ¿me seguís?
—Vos sois el caballero de la cafetería —dijo Raquel apuntándole—. ¿Acaso consideráis que debo rendiros pleitesía? —añadió ladeando la pistola.
—Tranqui, hermana —dijo levantando los brazos delante de Raquel, luego hizo un movimiento rápido y se colocó detrás de ella, poniendo un cuchillo en su garganta—. Creo que ya me he decidido —le susurró al oído—. Eres más zorra que cursi.
—¡Soltadla de inmediato! —Gritó Rebeca encañonándole. Marta la imitó.
—Tranquis —dijo levantando las manos de nuevo—. Solo bromeaba "mileidis". Tu debes de ser Pablo Carretera ¿no? Eres inconfundible, hermano, a la sombra de este armario.
—Y tu eres el buscador —dijo Don Pablo—. ¿Qué demonios haces aquí?
—¿Estás de coña, hermano? ¿Acaso me llamo “Yajú”? Me llamo Guguel, colega, y tu buga está ahí mismo —dijo señalando con el dedo.
—Mi letila lo que dice antes—dijo Chung-Ho dirigiéndose a Don Pablo—. Tu si tonto. Mucho tonto.
—¡Joder, tío! —exclamó Oscar mirando su reloj—. ¡A tomar por culo! —espetó antes de disparar a Silvia en la cabeza.
—¡Hijo de puta! —gritó Don Pablo.
—¡Silvia! —ladró Carlos disparando a Oscar y a Blas, mientras caía cosido a balazos por las chicas y los coreanos.
—¡Oscar, no! —vociferó Dani fuera de sí disparando Don Pablo, a los coreanos y a las chicas, matando a Marta, hiriendo a Rebeca y fulminando a dos de los hombres de Chung-Ho y a Don Pablo. Los disparos fueron recíprocos—. ¿Dónde están los putos refuerzos? —exhaló malherido al oído de su compañero, que instantes después caía muerto a su lado—. Mi teléfono —balbuceó.
—¿Qué coño ha pasado aquí, colegas? —exclamó Guguel estupefacto. Todos los que quedaban en pie se giraron hacia él y levantaron sus armas— ¡Eh, eh, eh! ¡Venga hombre!, vamos a calmarnos, ¿vale? ¡Venga ya, ¿es porque soy negro? —bromeó antes de ser abatido.
—Mi es encantado conoce vosotas. —dijo Chung-Ho cuando los disparos cesaron, mirando su reloj.
—El placer es nuestro caballero —dijo Raquel haciendo una reverencia.
—¿Dani? Eres tú? —dijo Alberto al otro lado de la línea cuando el suelo de toda la ciudad tembló—. ¡¿Pero qué coño ha sido eso?! ¡¿Dani?!... ¡¿Dani?!...

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Ismael González
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 17:20

Creo que los diálogos están desaprovechados al basar toda la historia exclusivamente en ellos.

Me ha dado la impresión de estar viendo una película de Tarantino a cámara rápida. Independientemente de que me guste o no el cine de Tarantino, el relato resulta confuso (para mí, claro). :?

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Tadeus Nim » 19 Abr 2013 17:26

Me ha gustado mucho. Como dice Ismael, muy tarantiniana.

Creo que el que el foro no reconozca los retornos como separadores de párrafos es un problema. Se queda todo apelotonado y se hace mas confusa la lectura.

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Ismael González » 19 Abr 2013 17:29

Tadeus Nim escribió:Creo que el que el foro no reconozca los retornos como separadores de párrafos es un problema. Se queda todo apelotonado y se hace mas confusa la lectura.


Lo mismo digo.

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Nínive » 20 Abr 2013 12:43

Pues yo me he perdido completamente con tanto personaje y tanto diálogo. :roll:
Por un lado, hay que revisar la puntuación de los diálogos porque necesitan un repaso. Falta alguna tilde, además.
Y por otro lado, tanto personaje sin presentación, tanto cruce de acciones...se me ha hecho largo de leer, la verdad y al final, he acabado haciéndolo en diagonal.
Lo siento autor, no puedo cambiar mi impresión, aunque haré una relectura si tengo tiempo, por si hoy no tengo el día adecuado para juzgar tu relato. :60: :60:
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por doctorkauffman » 20 Abr 2013 13:54

Nadie, absolutamente nadie que vaya a atracar lo que sea (banco, casa de empeño, etc...) apaga el motor de su coche para luego encenderlo en cuanto sale el compañero que ha hecho el atraco, a no ser que el autor haya querido decir "acelera" y ha puesto "arranca"
demasiadas muletillas, muchas, muchas. Nadie dice (ni en las pelis de Tarantino) "quítate del puto medio" ese puto es imposible en esa frase.
tienes que darle un respiro a los diálogos con algún tipo de comentario o indicación. hasta los guiones cinematográficos lo hacen.
Tratar de definir a los personajes solo por cómo hablan está bien si solo se hace un ratito, pero no todo un cuento poblado, además, de muchos personajes.
no me gustó.

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Desierto » 21 Abr 2013 00:53

Querido autor@: Tarantino solo hay uno. No puedes intentar imitarlo. Es un descalabro. Los diálogos resultan forzados, con exceso de muletillas y poco verosímiles.
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Yuyu
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Yuyu » 21 Abr 2013 11:50

Animado y entretenido, algo confuso por momentos por la cantidad de personajes y diálogos. Me gustaron las lolitas, conocía la tribu y tengo una imagen visual de ellas pero no sabía que hablaran así :cunao: . Felicidades por la creación!! :60: :hola:

:vampy: ?
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Gavalia » 21 Abr 2013 13:02

Un relato muy en línea de los que nos tiene acostumbrados cierto forerito. Si es cierto que se hace algo confuso con tanto personaje. La escena donde todos se encañonan es incluso divertida. Estaba deseando que se liaran a tiros y no me decepcionó.¿ No te cansas de sangre verdad coleguita?
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por moskita » 21 Abr 2013 16:54

Muy original, pero algunas cosas me han chirriado, como las chicas frikis o que el policía se presente en medio de la trifulca sin refuerzos, sabiendo que todos llevan armas en la mano. O que don Pablo mande buscar el coche sabiendo que tiene una bomba. Pero me ha encantado la anécdota de las uñas largas :lol:

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Gisso » 22 Abr 2013 13:38

Mientras leía tu relato, mi mente se imaginaba las escenas y me ha parecido estar viendo una película en VOSE (por los diálogos) al estilo “Snatch. Cerdos y diamantes”, con un toque Tarantiniano y alguna otra (por el final y que no recuerdo ahora). Todo metido en una batidora y bien mezclado. Reconozco que debe de haberte costado lo tuyo crear esta historia casi en su totalidad con diálogos. Aun así, en ocasiones se me ha hecho lioso perdiéndome entre tanto personaje. Pero me lo he pasado bastante bien. El final es tremendo, aunque me ha parecido un poco excesivo lo de la bomba nucelar (la palabra es, nucelar..). Nada, que me lo he pasado teta.
Un detalle, ¿tira la moneda y gana sin elegir? También he visto alguna faltilla, un Rebeca en minúsculas, té (infusión) o un tú sin acento y mucho “...—dijo...” seguido en ocasiones (“habló”, “comentó”, “mencionó”...)

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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por shirabonita » 22 Abr 2013 14:02

Hay varios puntos que faltan, después del guión que cierra el inciso del narrador, en la retahíla de frases que suelta Óscar, al entrar a atracar la tienda de empeños.
Precisamente por eso, me ha hecho mucha gracia que don Pablo mencione a la RAE cuando faltan tantos puntos asociados a los guiones de diálogos.
La infusión "Té" lleva tilde, recuérdalo para el futuro. También faltan tildes en pronombres personales como "tú" o "mí" (a mí, para mí, etc...)

Todo el relato habría sido una historia estupenda, si no fuera por las faltas de ortografía, puntuación, etc...Me ha sorprendido cómo se complicaba toda la trama con las relaciones familiares. Parece que ha historia está ambientada en Los Ángeles, por la presencia de las tríadas japonesas, la gran cantidad de nombres hispanos, etc...
Me ha gustado que haya mucha acción y ese final casi apocalíptico. :hola:
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Medianoche » 22 Abr 2013 15:03

No me gustan los relatos dialogados. Además, éste está poco cuidado: me ha costado muchísimo seguirlo. Resulta confuso, cuesta centrarse, identificar personajes y situaciones... Es poco original. La escena del robo a la casa de empeños donde el jefe es un pez gordo es calcada a una película cuyo nombre no recuerdo. Creo que es una de Jason Stahan.

Flojito, vaya.
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por jilguero » 22 Abr 2013 15:51

No te enfades con Jilguero, autor, pero es que los asuntos de tiros y sesos desparramados no le atraen demasiado. Este es el típico relato que me siento incapaz de valorar por lo poco que me atrae su temática :oops: . Si te parece lo dejamos en tablas: yo no te juzgo como escritor y tú me disculpas que como lector tenga estas limitaciones. :60:
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Re: CPVIII ¿Cara o cruz?

Mensaje por Dori25 » 22 Abr 2013 16:11

Oooye pues está chulo. Mi gustal!!!
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Este año me he hecho un sandwich fantástico, entre Mariki y Judy.

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