NH 1 Cantos populares rusos - Isma

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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NH 1 Cantos populares rusos - Isma

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:01

Cantos populares rusos

Alexandr ha muerto.

No puedo pensar en nada más. Estoy sentado entre las paredes grises de la casa. No sé cuánto rato llevo así. Por la ventana se filtran los ruidos de la calle. En la plaza las mujeres recogen la ropa, cantando con voces graves las canciones populares de mi infancia. Las canciones que yo le cantaba a Alexandr. Todo me es tan ajeno ahora. Las mujeres de la plaza, la pared gris frente a mí, el aire que respiro. Todo es lo mismo. Alexandr se ha ido y se ha llevado nuestro futuro. La tarde cae. Alexandr ha muerto.

Ruido de llaves. Katerina entra y con ella un olor a col hervida. Escucho su tos apagada y persistente. Deja su bolsa junto a la puerta. Tiene el cabello rubio despeinado y los hombros caídos. Está agotada. Me mira.

—Nemov.

Escucho en su voz la semilla del llanto. Me levanto y antes de ponerme en pie ya está en mis brazos. Su cuerpo se entrega por completo y noto los sollozos contra mi pecho. Su respiración agitada me calienta por dentro, fluyendo hacia el hueco que Alexandr ha dejado. Yo también lloro. El cuerpo de Katerina es tan frágil como el de Alexandr cuando era un bebé hace ya tantos años. Nada tiene importancia.

Los sollozos se convierten en una respiración lenta y profunda. Su cuerpo se relaja y entonces se separa de mí.

—Oh, Nemov. Aún estás con la ropa de cama.

El pelo se le ha apelmazado allí donde mis lágrimas lo han mojado. No sé de dónde saca la fuerza para mirarme con esos ojos azules como el metal. Aparto la mirada.

—¿Qué tal en la fábrica?

—El capataz te ha dado un ultimátum, Nemov. Dice que si mañana no vas a trabajar te despedirá.

Se da la vuelta y pasa su mirada acerada por la casa en penumbra. Las tinieblas invaden las esquinas.

—Y ya sabes que no podemos permitírnoslo. ¿Irás mañana?

Vuelve sobre mí esos ojos intensos. Su mirada es mi ancla de salvación, la boya que me mantiene a flote, la única luz de mi abismo.

—Iré.

Por la mañana, en la oscuridad de la interminable noche rusa, Katerina y yo salimos. Hemos dejado a Grigory en la casa. La señora Pólovska lo llevará más tarde a la escuela pública junto con los otros niños del bloque de viviendas. No podemos consolarle y tendrá que aceptar la pérdida de su hermano mayor igual que hacemos nosotros. O al menos, igual que Katerina. Hace mucho frío y aún quedan otras cuatro horas hasta que amanezca. Caminamos entre muchos otros obreros que marchan a sus fábricas, por entre las calles atestadas de la periferia donde nos hacinamos los campesinos venidos a la ciudad. Lo hacemos en silencio. Las palabras son incapaces de romper la costra helada de la mañana en San Petersburgo.

La fábrica Putílov abre sus puertas y Katerina se une a la corriente de obreras que trabaja en una de las naves auxiliares. Allí pasará el día realizando soldaduras menores sobre componentes secundarios que usaremos en el taller principal. Me incorporo a la línea de producción en la enorme nave donde se ensamblan las calderas de buques y locomotoras. Mis compañeros me dan la mano y murmuran pésames y condolencias, pero no hay tiempo para más. El capataz comienza a ladrar órdenes que todos nos apresuramos a cumplir. La atmósfera se enturbia con el siseo de las cadenas, el agrio olor de la grasa almacenada en los toneles y el brillo de la fundición sobre las bobinas de acero. El sudor de los hombres comienza a empapar las camisas abiertas y los brazos desnudos.

Alexandr ha muerto. Mis manos caen a los costados. No tengo fuerzas para esto.

Entonces escucho la primera voz. Es de Tomasz, un campesino como yo, venido a la ciudad escapando de la miseria de la estepa. A su voz se unen otras: la de Vladimir, con su cara iluminada por las chispas del metal fundido; la de Vrasumivkine, cargando pesados fardos; la de Gustav, oculto tras la mesa de remaches; y sobre el infierno de las bocas de los hornos se impone el canto de los hombres unido en una única voz, un lamento profundo y hondo que ha viajado con nosotros desde los desiertos campos y las aldeas ruinosas. La voz resuena entre las paredes de la fábrica, cubriendo las distancias que nos separan a los unos de los otros, a los estibadores de los soldadores, a los operarios de los oficiales, a los jóvenes de los viejos. A los vivos de los muertos. Sin que pueda evitarlo, mis labios se mueven por sí solos, repitiendo la vieja letra de la canción. Caen mis lágrimas y se borra en mí todo recuerdo. Y cantando retomo mi trabajo ante la mirada vigilante del capataz. No puedo seguir lamentándome. La vida sigue.

En el descanso para comer recibo pequeñas ofrendas de mis compañeros. Un trozo de pastel de carne, un mendrugo de pan, un muñeco de trapo para Grigory, una salchicha. Los hombres comen conmigo y en sus caras manchadas de aceite y mugre veo los signos de quienes han sufrido como yo la pérdida de un ser querido. Nos bañamos en nuestra pobreza común y en nuestra desgracia de hormigas. ¿Dónde está el sol, dónde está la luz que nos saque de esta miseria? Somos muchos. Somos muchos así.

Al término de la larga jornada, salimos a las calles cansados y sucios como animales. Katerina me espera. Caminamos juntos, otra vez, en la oscuridad de la tarde otoñal. Pero no vamos a nuestro piso. Tras caminar un rato por la avenida principal, Katerina me coge de la mano y nos desviamos por los callejones. No conozco el camino pero no tengo fuerzas para discutir con ella. Mira hacia atrás con frecuencia y marca el paso rápido. Está nerviosa. Entonces, de improviso, entramos en un bloquecillo gris y subimos a un piso en la segunda planta. La persona que nos abre la puerta parece reconocer a Katerina con una leve inclinación de cabeza. La miro interrogante, pero no me hace caso. El apartamento está abarrotado de personas que discuten y conversan entre una nube de tabaco blanquecina.

—Katerina, por Dios, ¿no me vas a decir dónde estamos?

—En una asamblea de trabajadores —responde, con la voz tomada por la tos, mientras nos adentramos en la pequeña muchedumbre. Me quedo de piedra. Ella aparta un mechón rubio de su cara sin inmutarse. Las manos me sudan. De manera inconsciente busco mi pipa en el bolsillo de la chaqueta. Está en casa.

Los murmullos de las conversaciones se apagan y un hombre toma la palabra. Es un sacerdote ortodoxo con su sotana negra, un hombre joven. Me tranquilizo. Si hay un clérigo en la reunión, quiere decir que no estamos haciendo algo prohibido. El hombre nos exhorta a callar. Aprieto la mano de Katerina, pero ella se suelta.

El clérigo comienza a hablar. Dice llamarse padre Gapón. El lenguaje que usa es algo académico para mí, pero entiendo el tono y el mensaje. Enumera las calamidades de lo que él llama la clase obrera. Empieza detallando algunas de las condiciones de trabajo en la fábrica Lessner. No me sorprende descubrir que allí se trabaja tantas horas como en la nuestra y que los despidos son, a menudo, igual de arbitrarios e injustificables. A continuación lee un mensaje de los trabajadores de los astilleros imperiales. Su situación es igualmente deleznable. Me gusta lo que dice. Escuchar por boca de otros las penalidades que sufrimos me ayuda a sentirme de nuevo humano. La asamblea reacciona a sus palabras. Puedo sentir la exaltación en el ambiente por los murmullos crecientes. Otros asistentes a la asamblea participan, añadiendo datos a los ya expuestos o elevando su voz en aprobación. Mi corazón da un vuelco cuando escucho que comienza a hablar de nuestra fábrica Putílov. Me seco las palmas de las manos en el pantalón mientras escucho sus palabras. Dice que los obreros trabajan en condiciones precarias y carentes de la más mínima seguridad.

No puedo evitarlo. Pienso en mi hijo. La cabeza me da vueltas.

Katerina toma la palabra. Con el desparpajo de su procedencia campesina, les cuenta a estos desconocidos las circunstancias de la muerte de Alexandr. Un escalofrío recorre mi espalda mientras ella desgrana, con palabras simples y rotundas, los peligros del trabajo con maquinaria pesada en las maratonianas jornadas de doce horas, con equipo insuficiente, bajo la presión para obtener resultados sin importar los medios. Así es como murió nuestro hijo. Es la verdad. Y al compartirlo se libera un peso de mi corazón. No recuerdo cuándo fue la última vez que pude respirar sin sentir una opresión en el pecho. El sonido de su voz llena el apartamento con un eco de fe y de justicia.

Cuando termina de hablar, la asamblea aprueba. El clérigo asiente. La miro y ella me devuelve la mirada. Tose débilmente y sonríe. En sus ojos que brillan con un color acerado encuentro una determinación de hierro. Nunca la he querido más que en este momento. En personas como ella reside la esperanza de los humildes.

Antes de abandonar el piso, nos despedimos de aquellas personas anónimas con efusividad. Me palmean la espalda y nos llamamos camaradas. La promesa del cambio flota en el aire y nos sentimos parte de ello. El clérigo distribuye unas octavillas y a nosotros nos entrega, además, un pequeño libro ajado que Katerina guarda. En la calle la nieve ha empezado a caer. Nos marchamos con el corazón ligero por las calles de San Petersburgo, caminando a través de las amplias avenidas, con el sonido del tráfico amortiguado por la alfombra nevada que cubre la calle. Bajo los lentos copos blancos nos besamos.

A la semana siguiente, Katerina cae enferma. Los médicos que vienen a visitarnos no son capaces de atajar su tos persistente. Una semana más tarde, muere.

Por mi cabeza pasan muchas cosas. Pienso en el diagnóstico de los médicos, una confusa explicación sobre pulmones e insuficiencia respiratoria. Pienso en las preguntas de los doctores sobre su lugar de trabajo, y en sus silencios. Pienso en los compañeros que conozco que han tenido esa tos. La señora Pólovska se ha quedado con Grigory por unos días y las tinieblas de la casa vacía se alargan más que nunca. Estoy solo. No sé qué voy a hacer sin Katerina. Ella era la fuerza de mi vida. Me siento tan vacío. No puedo tolerar el silencio insoportable de esta soledad. No puedo.

Salgo a las calles de la ciudad. En los barrios obreros hay abundantes locales donde se vende el olvido. No soy el único campesino al que la fábrica ha triturado. Los habitantes de la noche dejan en casa los monos de trabajo, las chaquetas remendadas y las gorras y merodean por las calles heladas como bestias humanas, con sombríos rostros de melancolía y desespero, con bocas sedientas de alcohol y deseo. En el refugio de los callejones boquean a la vez los jadeos de la lujuria y los estertores de una muerte infame. Me sumerjo entre ellos y me dejo llevar por su engañosa fanfarria. El dinero que tan duramente he ganado se diluye en una botella tras otra de vodka. La fábrica, la nieve, la fundición. Katerina bailando con Alexandr sobre las bobinas de acero mientras el capataz ríe y ríe. Todo se entremezcla en una espiral en la que ya nada importa.

Me despierto en el apartamento sin saber cómo he llegado a él. El más leve movimiento de la cabeza me provoca un latigazo de dolor. La luz que entra por la ventana es un cuchillo para mis ojos. Me levanto del suelo del comedor y tropezando con las sillas intento llegar al fregadero para beber un poco de agua.

En el marco de la puerta está Grigory. Sus ojos azules me observan en silencio. Nos miramos. Yo veo a un niño de ocho años de edad con todo el mundo por aprender. ¿Qué es lo que él ve en mí?

Ese mismo día tiro todas las botellas de alcohol. Al día siguiente, al volver del trabajo, me muerdo los nudillos y consigo no salir al encuentro de las sirenas de la noche. Al día siguiente, busco los lugares donde las asambleas de trabajadores se reúnen. Al día siguiente, comienzo a leer el pequeño libreto que nos dio el padre Gapón. Se titula El manifiesto comunista. Establezco una rutina. Trabajo, asambleas, lectura, vuelta al trabajo. Pienso mucho en Katerina y en Alexandr. Pienso mucho en lo que quiero que Grigory vea cuando me mire.

El invierno se abate sobre la ciudad y en las fábricas las voces de los oprimidos no pueden permanecer más tiempo en silencio. En diciembre, nuestra fábrica se pone en huelga. Los obreros no aceptan más miseria. En enero, el padre Gapón convoca una huelga general.

En enero marchamos. Por las calles de San Petersburgo, comandados por un clérigo, miles de personas caminamos pacíficamente hacia el Palacio de Invierno del Zar para reivindicar una jornada laboral de ocho horas, mejoras salariales, unas condiciones de trabajo dignas. Las voces de miles de compañeros colorean el cielo gris con las canciones tradicionales de la madre Rusia. Marchan hombres, mujeres y niños.

Frente al Palacio de Invierno, nos esperan los soldados del Zar.


Han pasado doce años desde aquel domingo sangriento. En aquel momento la revolución me pareció un fracaso. Hubo muchos muertos, y ni siquiera aquel acorazado que se amotinó —cuyo nombre no recuerdo— pudo arrastrar consigo un verdadero cambio. Hubo algunas concesiones a raíz de la matanza, que los políticos malgastaron en inútiles disputas sin sentido. La represión posterior fue brutal. Obreros y campesinos siguieron como antes, pobres, explotados y oprimidos, mientras el mundo continuaba girando. Me despidieron. Grigory y yo nos marchamos de vuelta al campo. San Petersburgo no era para nosotros.

—Padre. —Retorno a la realidad. Mi hijo está frente a mí. Me pierdo con frecuencia en mis ensoñaciones—. Me han nombrado presidente del sóviet de nuestra aldea.

Mi vista ya no es lo que era, pero distingo en su gorra una diminuta estrella roja. Le observo. Encuentro frente a mí a un joven en la plenitud de su vida, sano, robusto y fuerte. Tiene el pelo rubio muy corto, al estilo que se lleva ahora. Algo en mi mirada le hace sonreír. Quizás haya notado que estoy orgulloso.

Y entonces vuelvo a recordar las canciones de los hombres en la fábrica de San Petersburgo, aquellas que cantaban nuestros abuelos en los campos de trigo. Las voces de los hombres y mujeres vienen a mí, como si las estuviera escuchando ahora; las voces de quienes han vivido y muerto con las espaldas rotas por el trabajo, con las manos encallecidas por la hoz y el martillo; las voces de quienes lloran por una tierra que aman y a la que habrán de volver desnudos como llegaron. El recuerdo me ofrece consuelo. Sí, y extrañamente, también esperanza.

Miro a mi hijo. Un calor brota en mi pecho.

Sus ojos reflejan determinación. Brillan con un color acerado.

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Nínive
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Nínive » 17 Oct 2013 23:02

¡Hola compañero! :hola:
Nos presentas una historia contada de manera lineal, en primera persona. Este narrador le pega, está muy bien. La muerte del hijo, la fábrica... Quizá redunda demasiado en la caída personal del protagonista. ¿Por qué digo esto? Porque parte de la narración está contada después apresuradamente: la huelga. Pasa por encima de esa parte como si nada, cuando fue un punto de inflexión. Se cierra la historia con un salto temporal demasiado grande que me aleja del protagonista, de su dolor y de su lucha.
El principio me gusta mucho y la parte de la fábrica también, aunque retocaría la parte final y haría menos énfasis en la tristeza del protagonista.
Pero me parece un relato notable. :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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imation
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por imation » 17 Oct 2013 23:23

Estupendo relato lleno de fuerza. Me gusta porque aunque creo que priman los sentimientos, retoma un momento histórico que se recuerda poco y además lo hace desde el punto de vista de la base de la sociedad, dándole voz. Por un lado es bonito ver la alegría de ese padre que tanto ha pasado y que ha salido adelante; pero por otro lado, da pena lo que viene después y como su lucha y sacrificio quizás no van a parar a donde él esperaba.
Aunque el relato está encuadrado perfectamente, me gusta que no sea evidente, y además, muestra un problema social que se repite a lo largo de toda la historia, es casi algo cíclico.
También me ha gustado mucho el detalle del título y su referencia a lo largo del relato.
Y especialmente me ha gustado cuando Nemov se plantea qué es lo que ve su hijo cuando le mira.

Muy bueno :D

Ah, y cuando se desvelen las autorías me gustaria saber si el nombre del padre, Nemov, lo ha elegido por el gimnasta o no :lol:
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por andres451 » 18 Oct 2013 04:05

Una novela situada en San Petesburgo. La forma en que el autor describe la ciudad es similar a como lo hizo Dostoievski: un lugar totalmente gris, lúgubre…
Pero me quedé pidiendo un poco más en cuanto a trama, dejando de lado las trágicas muertes que rodean al protagonista, no sé.. a lo mejor es por mis gustos.
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Topito
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Topito » 18 Oct 2013 09:20

—¡Camarada! —abrazo al autor del relato —.Ven, rellena tu copa de nuevo… ¿Cómo que no bebes? Un verdadero ruso nunca rechaza el vodka. ¿Quieres que piense que eres un espía?

Silencio.

—Bien, así me gusta —le digo—. Un brindis por tu relato, y brindaremos hasta acabar esta botella de vodka.—Levanto sobre mi cabeza la botella con un semblante lleno de orgullo—.Empecemos por brindar por los obreros, el motor que mueve nuestro país. Después, ya pensaremos por que brindar más.

Tras dos botellas de vodka, y unas cuantas caídas al suelo, le abrazo y continuo con las alabanzas hacia su relato.
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Isma » 18 Oct 2013 10:43

Me ha parecido muy intenso y descarnado, haciendo lo que llevamos pidiendo en el foro desde hace varios concursos; que se vea la carne bajo la piel de los personajes. Muy bien, aunque tampoco hacía falta cargarse a (casi) todo el elenco. El final me ha chocado por dos razones; primero, por el precioso bucle entre la mujer y el hijo a través de la mirada, con padre de por medio, y el segundo -no tengo reparos en reconocerlo- por mi ignorancia histórica. Verás autor, yo siempre había pensado que la revolución rusa empezaba con Lenin subido en una locomotora :roll:, no con un sacerdote en San Petersburgo. Así que me he ido a la wikipedia con la mosca detrás de la oreja y he descubierto que hubo dos revoluciones :eusa_wall:, la primera en 1905, a la que parece referirse este relato, y la segunda en 1917, que es la (única) que yo imaginaba. Separadas por doce años, los mismos que separan el texto. Supongo que no es casualidad.

En fin, que muy buen relato, entretenido e intenso. Felicidades.

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Ratpenat
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Ratpenat » 18 Oct 2013 10:54

Me ha gustado mucho.

Curiosamente hace poco estuve estudiando enfermedades del trabajo, algo que entiendo que le ocurre a Katerina. Trabajando horas excesivas sobreexplotas partes de tu cuerpo (como los mineros, que pueden capacidad pulmonar y por eso han de jubilarse antes que el resto). Diría que también hay un guiño hacia la sociedad actual, que va camino de la explotación de los trabajadores "one more time".

Eso, que muy bien, autor.

Здоровья!

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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por imation » 18 Oct 2013 10:54

Si, por eso me ha gustado, Isma, por ser de la de 1905 y la ligazón con la más conocida posterior :wink: . Yo partía con ventaja porque ahora justo me estoy leyendo un libro en el que se hace referencia al Domingo Sangriento ruso , comparándolo con el posterior irlandés, y además menciona en el relato al acorazado Potemkin, que me ha perseguido durante años como una pesadilla por un trabajito que tuve que hacer sobre su película :lol:

Y de paso, digo algo que me dejé de decir en mi comentario anterior.

Este relato tiene algo que en mi opinión debe tener la novela histórica; que de pie a hablar sobre el hecho o personaje histórico que nos quiere mostrar, no que se pierda en otras cosas. Creo que eso es algo que muchas veces se confunde. No vale sólo con estar ambientado en x momento histórico, tiene que ser lo principal el suceso o persona histórica.

Cada vez me gusta más
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Pulp » 19 Oct 2013 11:13

Spassiva tovarich!

Ai, ai, me he emocionado, me ha llegado, mucho. Mucho. Me ha recordado a La Madre, de Gorki. Pero esta vez es un padre quien llora y llora. El contexto, parecido. La ruina de la Rusia zarista para los obreros, los compesinos, el pueblo en general. Una ruina que solo vivió unos pocos años de auténtica revolución llevada a la realidad. Stalin vino a joderlo todo.

El relato, lineal, claro. Emotivo (quizá sí con 'demasiadas muertes' cercanas... pero la vida es así, es así). Y transportándome a esa época en la que siempre he creído. Ay, si mi osito de peluche se llamaba Vladi!! (por Lenin, claro)

Gracias, gracias por hacerme sentir. No suelo pedir más a un relato. Pero si encima le añades una buena estructura; un hacernos (re) conocer -como en el caso de un relato histórico- una época bien situada, trazada, en su contexto; si la descripción es meticulosa; si la gramática y la sintaxis son de libro de texto -excepto alguna comilla por ahí que quizá yo modificaría... entonces ya tenemos un BRILLANTE RELATO HISTÓRICO!!!

Felicidades.

(En off, digo: justo leía este relato ayer café en mano, en un bar, cuando en la mesa de al lado unas mujeres desayunaban. Una de ellas explicaba que a su hermana, que vivía en Sevilla -yo, en Barcelona- se le acababa de morir el tercer hijo, éste, de cáncer. Con 44 años. Por eso decía, yo, antes, que sí, que estas cosas pasan. Buf.)

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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por ciro » 19 Oct 2013 11:56

Buen relato, aunque mejorable bajo mi punto de vista. Las frases, sobre todo al principio son muy cortantes, cortas y rotundas. Supongo que es buscado pero da un carácter efectista que no me gusta. Luego cuando te metes en las fabricas , la descripción de las formas de vida, las jornadas de trabajo, la visita clandestina al cura,... es lo mejor del relato, realmente brillante. Luego matas abruptamente a Katerina, demasiado abrupto para mi gusto y das un salto temporal también muy brusco. Me molesto en decirte todo esto porque el relato me ha gustado mucho. Es decir que a pesar de todo lo que te digo estás entre mis favoritos.
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Berlín » 19 Oct 2013 18:37

Muy bueno este relato. Vengo de la wiki y parece que los datos que hay en él son correctos: las fechas, el momento histórico, el padre Galpón, la matanza...

No no no, pero tú no te has limitado a extender todos esos datos y esas fechas sobre el papel, no, tú le has dado alma para que yo sufra leyéndolo, para que se me encoja el estómago y no pueda parar de leer.

Gracias, me ha gustado muchísimo.
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Miss Darcy » 19 Oct 2013 18:54

Este es sin duda mi relato favorito. Te prometo que he llorado leyéndolo y se me ha encogido el estómago en ciertos momentos. Quizás has matado a Katerina demasiado rápido, pero es la única pega a un relato de por sí magnífico. Y yo soy blandita, pero para llorar me cuesta tela... :roll:

Me ha gustado mucho también que hablases de 1905, a mi entender una fecha crucial para la historia posterior de Rusia y por extensión del mundo occidental y que tan poco conocida es para la gran mayoría de la gente.
Grande autor, de mayor quiero ser como tú :lista:

Así que sin palabras. Chapó.

Mi enhorabuena :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

:user: Blog: http://librosplumasyte.blogspot.com.es/

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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Topito » 19 Oct 2013 20:27

Ratpenat escribió:Me ha gustado mucho.

Curiosamente hace poco estuve estudiando enfermedades del trabajo, algo que entiendo que le ocurre a Katerina. Trabajando horas excesivas sobreexplotas partes de tu cuerpo (como los mineros, que pueden capacidad pulmonar y por eso han de jubilarse antes que el resto). Diría que también hay un guiño hacia la sociedad actual, que va camino de la explotación de los trabajadores "one more time".

Eso, que muy bien, autor.

Здоровья!


Eso lo digo yo desde las huelgas por la ùltima reforma laboral. Los empresarios quieren que retornemos al siglo XIX. Arriba la lucha trabajadora... Joder!

Con permiso del autor. Aquí os dejo un enlace al artículo sobre un libro de relatos que están escritos durante la misma época que trascurre este relato. Y la autora fue una de las más grandes escritoras satíricas de Rusia.
http://revista.abretelibro.com/2011/08/ ... ue-ni.html
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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por Sinkim » 19 Oct 2013 22:39

Una historia muy dura y muy bien contada, me ha gustado mucho, la ambientación y la descripción de la época está muy lograda :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: NH 1 Cantos populares rusos

Mensaje por kassiopea » 20 Oct 2013 19:12

Maravilloso :eusa_clap: :eusa_clap: Desde el momento uno me ha atrapado, he leído sin aliento hasta llegar al final. Esas frases del principio cortas y abruptas son deliberadas, por supuesto. En esos momentos el autor consigue que hable el silencio, ¡y con qué intensidad! He visto y he sentido la mirada acerada de Katerina perdiéndose en los rincones oscuros de la casa... ¡No he dejado de sentir durante todo el relato! Como si de una montaña rusa de emociones se tratara, me he sentido embargada por el dolor, la pena, la desesperación... y al final, afortunadamente, por la esperanza. Me lo has transmitido todo a la perfección, autor. ¡Cómo te envidio! :mrgreen:

Me parece un trabajo magnífico y ha sido todo un placer leerte. ¡Ya tengo otro favorito! :P ¡Muchas gracias y una gran enhorabuena! :60: :60:

Por cierto, ¿podría ser que el personaje de Grigory, el hijo pequeño, correspondiera a algún revolucionario real?
(He encontrado en la wikipedia algún Grigory que participó activamente en la revolución rusa del 1917, pero sus fechas de nacimiento no concuerdan con el personaje del relato, que solo tiene 8 años en 1905). Me ha picado la curiosidad :wink:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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