NH1 El alquimista - Gavalia

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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NH1 El alquimista - Gavalia

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:07

El alquimista

Anchiano (Vinci - Florencia) Primavera de 1457
El pequeño Leonardo parecía perdido en sus pensamientos mientras observaba con atención cómo una columna de hormigas rojas en perfecta formación avanzaba decidida entre el laberinto de raíces y restos orgánicos que alfombraban la superficie del bosque. Lo primero que le vino a la cabeza fueron los dibujos detallados de distintos ejércitos que había tenido la oportunidad de ver en casa de su tío Marcelo, un viejo militar retirado al que Leonardo estimaba mucho y que llegó a luchar al lado de los franceses contra el otomano, allá en Gelibolu. Con el tiempo, acabó al servicio de la familia Medici ejerciendo como maestro de armas de tan insigne casa.
La formación de hormigas le recordaba precisamente eso: un ejército en orden de batalla, perfectamente pertrechado y sin desajustar sus filas en momento alguno.
«¿Cuál sería su destino?» –pensaba intrigado el chico.
La columna desapareció de su vista por un momento para volver a reaparecer ordenada entre los diferentes accesos y salidas que dibujaba la abigarrada superficie por la que avanzaba. Escudriñó con atención el entorno intentando localizar el objetivo de los insectos, pero el cúmulo de restos orgánicos por el que circulaban hacía imposible localizar nada en particular. El sol se encontraba en su posición más elevada en el cielo, y sus rayos se esforzaban intentando atravesar la cúpula arbórea transformándose en juegos de sombras y colores al tocar el suelo. Resuelto en su propósito de descubrir qué estaba sucediendo en los entresijos del bosque, decidió fijar su mirada en un punto concreto, algo por delante de la cabeza de la columna de hormigas rojas; en ese momento, sin saber muy bien cómo ni por qué, sus pupilas encontraron lo que buscaba. Lo curioso de su descubrimiento era que, cuando giraba la cabeza para observar detenidamente aquello que creía haber localizado de soslayo, esto volvía a desaparecer de su campo de visión como por arte de magia. Anotó con detalle sus impresiones en un pequeño cuaderno que siempre llevaba, regalo de su madre Caterina, y volvió a repetir la operación intentando desenfocar como lo había hecho la vez anterior, y ahí estaba: una segunda columna de parecidas dimensiones –esta vez, de hormigas negras con aspecto temible– se dirigía inexorablemente al encuentro de sus enemigas. Al igual que las rojas, las del segundo ejército se disponían de forma parecida. Sin embargo, a Leonardo le pareció que la batalla estaba ganada de antemano por las negras, más grandes y en consecuencia más fuertes, y provistas de unas mandíbulas terribles.
El resultado final de tal encuentro enseñó dos cosas a Leonardo: la primera, que el famoso dicho «las apariencias engañan» era totalmente cierto –sobre todo, en la naturaleza–; la segunda, que podía ser que sí estuviera lo que parecía no estar, por extraño que pareciera como le demostró la naturaleza en aquella singular experiencia.
Con estos pensamientos, sus notas y un par de dibujos a carboncillo, Leonardo salió de su ensimismamiento sobresaltado al oír la voz de Melkliades, que le llamaba insistentemente y, al parecer, bastante enfadado por su tono de voz.
Mientras tanto, el ejército de pequeñas hormigas rojas terminaba con las últimas supervivientes negras, impotentes ante el feroz ataque de las primeras, mucho más numerosas que las segundas aunque, a ojos de un observador, ambas columnas parecieran tener el mismo tamaño.
–¡Maldito chico del demonio! ¡¿Dónde os habéis metido, condenado?!
Melkliades resoplaba como un buey enfadado cuando consiguió llegar a lo alto de la pequeña loma por donde, poco antes, había visto desaparecer a Leonardo.
Melkiades había sido una recomendación del tío de Leonardo –Marcelo Fruosino di Antonio– a su hermano –Messer Piero Fruosino di Antonio–, notario en la ciudad de Florencia por aquellos días y padre de Leonardo di ser Piero da Vinci. La idea era que Melkliades, criado personal de Marcelo desde hacía más de treinta años y profesor en todas las ciencias conocidas –o eso decía él de forma pomposa para deleite de sus propios oídos– fuera el tutor de Leonardo. De raíces griegas, entregó sus mejores años al servicio de la casa de Marcelo. Era tan pícaro como culto y descreído, además de buen bebedor y algo quisquilloso por los años, pero fiel a su amo hasta la médula.
Messer Piero no estuvo muy conforme con tal arreglo en un principio, pues, desde su punto de vista, aparte de que Melkliades no le gustaba un pelo, mandaría al chico a estudiar a Florencia en su debido momento. Leonardo era muy pequeño todavía, según Messer Piero, y no requería más cuidados que los propios de su edad, menester para el que se bastaban sobradamente su madre y los componentes al servicio del caserío familiar, situado en una pequeña pedanía rodeada de naturaleza a unos dos kilómetros del pueblo de Vinci.
–No obstante, querido hermano, convendrás conmigo en que Leonardo es, cuando menos, diferente a los chicos de su edad, tanto en comportamiento como en capacidad –indicó Marcelo.
–Quizá tengas razón en algo de lo que dices –apuntó Piero–. ¿Diferente? Tal vez... a veces. En fin, que a veces hace cosas y se comporta de forma condenadamente absurda para su edad. Hace unos días, encontré un dibujo propio de una mente atormentada entre sus cosas, ¡era demoniaco Marcelo! –Messer Piero bajó el tono de voz hasta convertirla casi en un murmullo para dirigirse a su hermano–. En cuanto a lo de sus constantes preguntas... bueno, no creo que sea nada anormal. ¿No te parece?
–Me lo parecería siempre y cuando las cuestiones que plantea a todos los que viven en esta casa, y a ti, hermano, en especial, no versaran sobre el porqué de todo lo que le rodea. ¿Cómo funciona? ¿Por qué está ahí? ¿De qué está hecho? ¿Quién lo hizo y cómo? Ya no le basta con saber lo que es o como se llama tal o cual cosa o cuestión. Si no encuentra respuestas, se ocupa de buscarlas él mismo. ¿Es eso propio de un niño de cinco años, Piero? –Marcelo insistía vehementemente en su exposición.
–Si el chico fuera tan especial como tú crees –respondió Piero– no escribiría con una caligrafía que solo entiende él y no por buena, precisamente. A no ser que te esfuerces mucho por descifrar sus letras, es imposible comprender esos feos garabatos que suele hacer y, para colmo, al revés que todo hijo de cristiano.
–Ahí tienes otra razón, hermano, por la que deberías contratar a Melkliades. Es necesario que alguien se ocupe de Leonardo hasta que marche a estudiar a Florencia.
Vinci (Florencia) Invierno de 1462
Melkliades paseaba por las inmediaciones del pequeño mercado situado en el centro de Vinci. Había multitud de tenderetes en los que se podía encontrar cualquier producto de la zona. Grandes cestos de frutas y hortalizas poblaban los diferentes puestos junto con serones, alpargatas, sombreros de grandes alas y todo tipo de arreos para las bestias fueron sometidos al fino escrutinio del inquieto griego. Mientras, Leonardo se encontraba haciendo un encargo para su padre en casa del maestro Andrea Verrocchio, un asunto relacionado con los sorprendentes dibujos del muchacho. Melkliades aprovechó el tiempo que le quedaba después de dejarle en la casa familiar del maestro, lugar donde ambos se encontrarían algo más tarde una vez cumplimentada la visita. Melkliades no dudó un momento y se lanzó a curiosear por el pueblo. El sonido de una flauta atrajo la atención del griego mientras saboreaba un buen vino de Bérgamo en uno de los muchos puestos de comida y bebida existentes. Las notas que salían de ella eran de una belleza sutil, casi etérea, y le evocaron a su añorada tierra. Por ello, se dirigió hacia el lugar de donde procedía la música entre empujones, aspavientos y gritos para hacerse paso a través de la muchedumbre. Su insistencia le llevó a una zona del mercado en la que las mercancías expuestas eran de un tipo muy diferente. Los puestos estaban colmados de figuras decorativas de barro cocido transfiguradas en delicadas alegorías a la naturaleza. Los orfebres moldeaban el bronce, el oro y la plata en increíbles formas para dar soporte a espejos, cepillos para el cabello, collares, pulseras y artículos de toda índole, desde herramientas de labranza, como arados con una perfección pocas veces vista en sus acabados, hasta refinados útiles de cocina. Todo se exponía al público, y se sustituía lo burdo por lo bello manteniendo su utilidad. Nunca había visto cosa igual Melkliades, pues lo normal es que eso sucediera en otros círculos sociales.
«Pero... claro está» –pensó divertido y carcajeándose de su propia ocurrencia–, «no sé para qué podrían querer un arado perfectamente acabado en tan elevados círculos sociales. ¡Ja, ja, ja!».
–¡Pasad, señor, os lo ruego! El maestro Andrea os espera –invitó a Leonardo un engreído sirviente. Era el mismo que, poco antes, le había hecho esperar en un enorme recibidor de estilo romano rodeado de columnas y profusamente adornado con alegorías de las artes y las ciencias.
Una serie de dibujos en un mural, que sugería al observador el plan infinito de la proporcionalidad en la naturaleza y firmado por un tal Vitruvio, llamó vivamente su atención. Extrajo su cuaderno de trabajo del zurrón, no sin antes cerciorarse de que el repulsivo sirviente no estuviera por allí, y tomó notas de todo cuanto le interesó.
Leonardo entró en una sala repleta de manuscritos donde el olor a viejo barnizado de conocimiento era de un acre mohoso muy intenso.
El maestro le esperaba sentado tras una mesa enorme de roble.
–¡Así que vos sois Leonardo! Veo que habéis crecido mucho desde la última vez que coincidimos en casa de vuestro padre. ¿Qué edad tenéis? ¡No, no me lo digáis! Veamos... ¡Sí! Ahora debéis tener alrededor de diez años más o menos. ¿Verdad? Sin embargo, parecéis mayor por vuestra estatura –Verrocchio se mesaba su recortada y puntiaguda perilla una y otra vez mientras se dirigía animosamente a Leonardo–. Creo que traéis algo que debo valorar según vuestro padre. ¿De qué se trata? –preguntó el maestro.
Verrocchio observaba de vez en cuando a Leonardo mientras revisaba los documentos que el muchacho le había entregado. Sus pupilas de artista no pudieron dejar de valorar la belleza casi perfecta del chico que tenía delante. Una melena rubia como el trigo ya maduro que se balanceaba sobre unos esbeltos hombros enmarcaba unos rasgos angulosos que aún reflejaban la etérea candidez de los niños. Sus ojos eran como dos gemas del color azul del cielo que terminaron por perturbar al maestro cuando Leonardo le miró fijamente. Unas largas pestañas ayudaban a tal efecto, pestañas que bien podían haber adornado los ojos de una hermosa dama. Su boca se acunaba entre unos labios perfectamente acotados, ni gruesos ni delgados, sencillamente perfectos en opinión del maestro, que estaba acostumbrado a evaluar ese tipo de detalles de forma natural.
Leonardo recordaba perfectamente la visita a la que aludía el maestro, pues para él supondría algo más que un simple encuentro social. Para Leonardo, fue casi una revelación escuchar la conversación que el maestro tuvo con su padre y, aunque ya habían pasado cinco años desde aquel entonces, Leonardo parecía no haber olvidado ningún detalle. Concretamente, recordó que su padre había felicitado efusivamente al maestro por el triunfo obtenido en la última exposición celebrada en la ciudad de Florencia gracias a un retrato de la familia Medici al completo. En tal ocasión, la preeminente familia y su representante oficial a la cabeza, Lorenzo el Magnífico, convocaron a los principales artistas de la época mediante edicto público para participar en una gran exposición en la que todos los artistas tendrían cabida: pintores, escultores y músicos, matemáticos, geómetras y arquitectos…
Muchos de ellos ya eran tutelados por la insigne familia gracias a la novedosa corriente surgida entre la clase noble de promocionar artistas a través del mecenazgo. Con mayor motivo en esa ocasión, todos estarían bajo el manto de los Medici. La idea de estos era situar a su ciudad en el más alto estatus social respecto al resto de otras grandes ciudades de la época, y todo merced a las nuevas tendencias e ideas que germinaban por doquier en Europa gracias al dinero de los ricos.
Los Medici se tomaron muy en serio el apoyo a las artes y, especialmente, a la arquitectura como medio de progreso. De hecho, la poderosa familia regidora de los destinos de Florencia en aquellos días ya había concedido su apoyo para la construcción de diferentes edificios públicos en su ciudad.
El maestro revisaba los dibujos de Leonardo con aparente gesto de aquiescencia. Se decidió por uno en concreto que le llamó la atención, pues no lo entendía o, mejor dicho, no podía ver de qué se trataba exactamente. Todo estaba embarullado, sin espacio libre alguno entre sus intrincadas líneas.
–¿Puedes aclararme qué clase de dibujo es este, Leonardo? –insistió Verrocchio.
–Por supuesto, maestro, se trata de una reunión de animales en el bosque. Si observáis con detenimiento, veréis sus siluetas. Os diré cómo –Leonardo acercó el dibujo hasta casi tocar la nariz de su interlocutor–. Ahora, concéntrese en un punto del dibujo. Da igual el que elija, el efecto será el mismo. ¿Lo tiene?
El maestro respondió que sí un tanto inquieto y a la expectativa, y Leonardo empezó a separar el dibujo poco a poco alejándolo muy despacio de la vista del maestro y advirtiéndole que no dejara de fijar la mirada en el punto elegido. De repente, Verrocchio emitió una especie de gruñido de sorpresa y, a continuación, exclamó:
–¡Por Dios santo, están todos ahí!
Unos veinte minutos más tarde, Leonardo abandonaba la casa familiar del maestro con una carta de Verrocchio dentro del zurrón dirigida a su padre. Melkliades le esperaba a la salida, tal y como habían acordado. El tutor no tardó mucho en darse cuenta de que el ánimo del chico había cambiado, pues saludaba a todo el que se cruzaba en su camino con aire ufano. Tanto si le conocían como si no, él saludaba.
–Debemos pasar por la granja de los Gherardini antes de regresar al caserío. Vuestro padre quiere estar al tanto de las previsiones de Tito para la próxima cosecha.
A Leonardo le alegró la noticia, pues los hijos de Tito eran los únicos amigos de su edad que tenía en la pedanía. En especial, Lisa, la mayor de los cuatro vástagos del aparcero de su padre encargado de laborear y cuidar la tierra de la familia di Antonio.
La señora Constanza, esposa de Tito, les recibió en la pequeña pero coqueta casa familiar de los Gherardini. Era una morada humilde de una sola planta, hecha por completo de madera salvo el tejado, cubierto por una enmarañada capa de paja de color ocre. Tras ofrecerles un pequeño refrigerio, doña Constanza les explicó que Tito no se encontraba en casa a cuenta de un problema que tenía que ver con el aljibe que servía de depósito de agua principal para toda la comarca. Por lo visto, había sido un descuido de Andrea, uno de los hijos medianos. Andrea era el encargado de supervisar el nivel del gran contenedor y de cerrar la trampilla de entrada del agua cuando se llenara. Su olvido podía significar la inundación de casas y zonas de cultivo de los alrededores hasta empantanarlas para terminar congelándolas debido al intenso frío que reinaba. De ese modo, era un asunto preocupante que requería la atención de Tito y, por eso, no estaba allí para recibirles como correspondía.
Leonardo solicitó a doña Constanza que le indicara cómo llegar hasta donde se encontraba su esposo. Melkliades levantó las cejas algo fastidiado. No le apetecía mucho andar por ahí con el frío que hacía, y rogó encarecidamente que se le permitiera quedarse al amparo de doña Constanza «y del buen aguardiente que, como oro en paño, Tito atesoraba en la bodega». Doña Constanza salió de la casa y llamó a su hija. Lisa, contestó desde el lavadero en la parte posterior de la casa.
–Lisa, cariño, deja lo que estés haciendo y acompaña al joven amo a la acequia para que se reúna con tu padre, y no te retrases, que aún hay mucha faena por hacer.
Lisa apareció en la entrada y quedó como petrificada, sin poder decir ni una palabra. Estaba totalmente concentrada en la mirada de Leonardo.
–Pero... ¿se puede saber qué te pasa, niña? ¡despierta te digo! –le gritó su madre.
–No se preocupe, Constanza –intervino Melkliades divertido–. Creo que se les ha paralizado la lengua a los dos, y quizá hasta el entendimiento.
Una vez se encontraron con Tito, este todavía estaba un poco derrotado por las circunstancias y aún más en ese momento debido a la visita del hijo del propietario. Tras los saludos de rigor, Tito pasó a exponerle lo sucedido. Gracias a Dios, el desaguisado no había sido tan grave como la última vez, pues el caudal del río era bajo por esas fechas. Leonardo se agachó junto al canal de agua que formaba la acequia y tomó unas notas: radio de la bocana por la que el agua accedía desde la acequia, profundidad, largo y ancho del aljibe, grosor de los muros... Finalmente, se quitó las botas y se arremangó las calzas todo lo que pudo sin parecer indecoroso. Se quitó las prendas de abrigo quedando desnudo de cintura hacia arriba y terminó introduciéndose en el interior del profundo y gigantesco aljibe. Ante el asombro de todos, se acercó nadando hasta la bocana de entrada situada en la pared frontal del depósito. A continuación, ordenó a Andrea que subiera la trampilla de contención del agua hasta que él le avisara para cerrarla de nuevo. Cuando Leonardo puso las palmas de sus manos a modo de pantalla delante de la bocana y Andrea abrió la trampilla, la presión del agua empujó al chico hacia el fondo hasta hundirle por completo. Al poco, volvió a emerger atragantado y salió del aljibe con toda la dignidad que pudo pero tiritando de frío. Seguidamente, se agachó con intención de protegerse y se puso a hacer cálculos para la idea que le rondaba por la cabeza.
Andrea andaba avergonzado por lo ocurrido, alejado de su padre, no fuera a ser que a este le entraran ganas de volver a darle de cogotazos. Lisa no se separaba de Leonardo ni un segundo, tapándole amorosamente con su capa de gruesa lana y absorta en cada gesto del muchacho. Por fin, este se puso en pie e informó a Tito.
–Espero tener una posible solución al problema de los desbordamientos en una semana como mucho, pero antes es preciso que se haga un fuerte cuello de obra a la mitad inferior de la bocana de unos treinta centímetros de vuelo aproximadamente. También necesitaré que, justo en las marcas que voy a señalarle sobre los dos laterales principales del aljibe, realice un par de hendiduras profundas de modo que tengan un radio de, al menos, una cuarta, y una profundidad de unos cincuenta centímetros. Nervioso y algo desconcertado, Tito se mesaba el poco cabello que tenía. Andrea, por su parte, no salía de su asombro mientras escuchaba a Leonardo, y Lisa suspiraba acaramelada hasta que su padre la sacó de su particular ensueño ordenándole que regresara a casa para ayudar a su madre.
–¿Cómo lo harás, hijo? –preguntó Tito.
–Bueno. Le diré, que es una cuestión de presiones –respondió Leonardo.
–¡Ah, claro! ¡No tengo nada que objetar siendo así, muchacho –comentó Tito jocosamente mientras revolvía los cabellos mojados del chico–. Haz lo que tengas que hacer, porque creo que el asunto me sobrepasa.
Pasada una semana desde la visita a la granja de los Gherardini, Leonardo volvió a presentarse ante la puerta de doña Constanza. En esa ocasión, aparte de su inseparable Melkliades, también le acompañaban dos pollinos cargados con unas largas estructuras de madera envueltas en arpillera y sujetas con cuerdas.
–¡Así que has vuelto! –saludó Lisa al ser la primera en salir de la casa.
–Se lo prometí a vuestro padre –cumplimentó Leonardo haciendo una leve inclinación de cabeza.
–Habéis regresado como prometisteis y, al parecer, con vuestra idea a cuestas –indicó un dubitativo Tito no muy convencido de los planes del chico.
Nuevamente en la acequia, Leonardo descargó las diferentes partes de la estructura que transportaban los pollinos con la ayuda de Tito y de sus hijos. Mientras tanto Melkliades, no paraba un momento de dar explicaciones a todos al respecto de lo delicado que era el ingenio que descargaban; resultado de su amplia experiencia como ingeniero y de los consejos que le había proporcionado a la mente preclara de Leonardo a la hora de configurarlo con resultados tan excepcionales. Leonardo le suplicó que callara por un rato, o sus sabios consejos terminarían yéndose al infierno, si no se concentraban en lo que hacían.
Dos mástiles de un diámetro de poco menos de una cuarta y un metro de longitud fueron introducidos en las hendiduras realizadas sobre los dos laterales del aljibe. Comprobó que quedaban nivelados usando una cuerda que llevaba atada una pieza de bronce en uno de sus extremos. Lo siguiente fue colocar un grueso y largo travesaño del ancho del aljibe que se embutía por sus dos extremos en los mástiles.
Leonardo extrajo de su envoltorio el objeto largo y pesado de más de dos metros de longitud con la ayuda de Andrea. Era un larguero con sendas formas abultadas en sus extremos que recordaban las pesas de los forzudos en los espectáculos de feria. Sin embargo, aquel artefacto parecía algo descompensado, pues algo más de la mitad del mismo era recia, muy larga y delgada, con su final descansando en una especie de gran plato urdido con chupones de olivo entrelazados y forrados en su conjunto con cuero, todo asegurado al extremo del larguero mediante cuerdas. El extremo opuesto era más, corto y pesado, con un final semejando una gran maza de un diámetro algo superior al de la bocana, acolchada con lana de oveja y envuelta en cuero de cabra, todo muy apretado para darle consistencia. Lo izaron empleando un cabestrante improvisado con cuerdas en una de las gruesas ramas de la encina que cubría por completo la zona de trabajo. Muy despacio, encajaron el larguero en el travesaño por medio de un cajeado de carpintería en forma de media luna que se ajustaba a otro con el mismo aspecto situado en la parte central del travesaño, ambos dotados con unos dientes labrados en su superficie a modo de rudo engranaje, que evitarían el desplazamiento del larguero hacia adelante cuando la presión del agua actuara. Por un momento, el larguero quedó en extraño equilibrio sobre el travesaño, pero la parte más larga del mismo descendió poco a poco hasta quedar al nivel de la poca agua acumulada en ese momento. Una vez asegurado el conjunto por medio de cuerdas y tendones en aquellas partes que requerían cierta elasticidad, Leonardo pidió a Andrea –con permiso previo de Tito– que abriera la trampilla por la que entraba el agua. Esta comenzó a llenar el aljibe y, a medida que esto ocurría, la parte del larguero que tocaba el líquido comenzó a elevarse conforme subía el nivel de este. Por contra, la parte corta y más gruesa del mismo bajaba a medida que la primera ascendía. El sistema bascularía sobre el eje establecido hasta que el extremo grueso de final con forma de maza descansara sobre el cuello de obra realizado en la bocana de entrada. De ese modo, esta se bloquearía y se impediría el paso del agua mientras no se abriera el aliviadero. El sistema funcionó correctamente, con el añadido que suponía que el agua del aljibe volvería a reponerse por sí sola gracias al constante fluir del río. No obstante, habría que supervisar el ingenio hasta estar totalmente seguros de su buen funcionamiento.
Anchiano (Vinci - Florencia) Primavera de 1467
El maestro Andrea Verrocchio se personó en casa de Messer Piero con la intención de seguir viaje hasta Florencia acompañado por Leonardo. El chico había sido aceptado como aprendiz en el taller que el maestro poseía en esa ciudad. Su madre, Caterina, siempre a la sombra debido a su delicada condición social, hizo un aparte con el chico pidiéndole que se esforzara duro con el maestro.
–Tú eres especial, mi querido hijo –le dijo–. Estoy segura de que triunfarás en lo que te propongas. Procura aprender todo lo que puedas y hazte un futuro del que tu madre se sienta orgullosa.
Messer Piero no era amigo de demostraciones afectuosas, así que se limitó a indicarle que trabajara duro y no diera problemas. Melkliades, por su lado, no paró de animarle, y le encargó que dijera a todo el mundo que él había sido su primer maestro; según el griego, eso sería sin duda bueno para la reputación del chico gracias a su afamado prestigio de excelso erudito. Leonardo le sonrió con gesto cómplice y le respondió que contara con ello.
En el camino en dirección a Florencia, aún dentro de la pedanía, una figura esbelta se había parado justo en el centro de la calzada por la que transitaban los viajeros. Leonardo adivinó de quién se trataba casi al momento. Lisa le esperaba.
–¿Pensabas marcharte sin despedirte de mí, muchachito engreído?
–Hola, Lisa. Bueno, verás... –Leonardo se sonrojó un poco y sonrió–. Iba ahora hacia tu casa para despedirme de tu padre –no pudo evitar ruborizarse en su presencia.
–¿Y de mí no? –comentó ella quisquillosa y traviesa con un pequeño mohín que la hizo todavía más hermosa a los ojos de Leonardo. Siempre le había parecido que Lisa tenía una sonrisa tan bella como extraña y enigmática.
–«Algún día, dibujaré tu rostro en un lienzo para tenerte siempre cerca de mí»–, se dijo a si mismo mientras una Lisa radiante pero con lágrimas en los ojos se despedía depositando un amoroso beso en los labios de Leonardo.
FIN

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por andres451 » 18 Oct 2013 04:10

¡Así que Da Vinci!

Tengo que reconocer que por momentos se me hizo un poco tedioso todo el asunto de la reparación. Me gustó el último párrafo, pero creo que para ser un relato, hizo falta de algo que llamase al lector a seguir leyendo.
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Isma » 18 Oct 2013 23:16

Pues... no me gusta.

La división en secciones temporales, que a priori puede estar bien, se rompe a mi modo de ver en la segunda (invierno de 1462) en la que se enlazan uno detrás de otro dos sucesos, mezclados además con algunos recuerdos de Leonardo. Esta sección me resulta extremadamente densa y algo confusa, sobre todo en la larguísima descripción del ingenio que Leonardo fabrica para el aljibe. Me gusta más la primera, que evoca con la observación de las hormigas los milagros que están por llegar. Sencilla y clara, llegando mejor al lector.

Pero en conjunto, por resumir, me parece un compendio de anécdotas, que aparte de evidenciar el genio de Leonardo aporta poco a su carácter o incluso a la recreación de su vida. Está todo salpicado, además, de múltiples nombres de personas con las que tuvo que tratar (aquí uso una palabra que una vez usaron para criticar un relato mío: namedropping). Seguro que el autor se ha documentado muy bien para todo esto, lo que tiene mérito, pero ha volcado todo ese conocimiento tan a conciencia que a ratos me recuerda la wikipedia. La mención final a Lisa tampoco me gusta; no aporta sorpresa.

En todos los concursos hay un relato que se me atraganta y me temo que en este va a ser el tuyo, autor. Siento dar este comentario tan descarnado. Te tengo que felicitar por la documentación y por la precisión, eso sí.

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por RAOUL » 19 Oct 2013 10:49

A mí no me ha gustado tampoco, la verdad. Empieza ofreciendo unas expectativas muy altas con ese Leonardo contemplando el combate de hormigas. Pero creo que luego va descendiendo y a mí particularmente se me ha hecho una lectura muy tediosa. Me cae antipático Leonardo, ese Superman adolescente. Y la referencia a Lisa sólo me produce una torcedura de boca.

Lo siento, porque sé que hay bastante trabajo detrás de este relato. Ya llegarán comentarios positivos :D

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por ciro » 19 Oct 2013 12:24

El relato no está mal, pero, como ya te han dicho, te pasas en la descripción del mecanismo ingenieril, hasta tal punto que dan unas ganas enormes de saltarselo (cosa terrible para un escritor, puesto que significa que el lector se aburre). No digo que en una novela no hubieras podido añadir ese prodigio de ingeniería, pero en un relato se hace pesado. Gracias por el esfuerzo y por algunos momentos buenos que tiene el relato. En conjunto, no es de mis favoritos.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Miss Darcy » 19 Oct 2013 13:31

Leonardo Da Vinci. Uf, complicado... sobre todo cuando tratas de recrear su genialidad desde tan jovencito y en un espacio de tiempo tan grande. Aún así, a mí sí que me ha gustado tu relato y creo que está muy currado en temas de investigación histórica y demás. Desde luego el inicio con las hormigas es fantástico, aunque luego se desinfle un poquito.

Mi enhorabuena autor :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por jilguero » 19 Oct 2013 23:54

Personaje interesante, Leonardo. De ahí que, nada más empezar, conforme ibas describiendo las hileras de hormigas, mi entusiasmo iba en aumento :D . Incluso cuando andabas describiendo el ingenio, te aseguro que Jilguero te leía con interés. Pero la verdad es al final no he sido capaz de ver el ingenio y, lo peor de todo, que inesperadamente el relato se ha acabado. No sé si por problema de espacio o por qué, pero, tratándose de un grande como Leonardo, lo que me cuentas me ha sabido a poco.
Así, pues, me has hecho pasar muy buen rato al principio pero al final me has defraudado. Me ha gustado tu personaje, cómo no, pero el remate de la faena ya no tanto. ¡Qué le vamos a hacer! :60:
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Berlín » 20 Oct 2013 17:33

Pues casi coincidimos en la historia, socio/a, porque una de las opciones que barajé fue escribir sobre Da Vinci, pero fíjate que pensé que un personaje tan popular seguro que ya estaría pillado y así ha sido :cunao:
Da Vinci, Isaac Newton, Galileo y unos cuantos más eran la rehostia, estaban igual de capacitados para hacer un dibujo que para resolver una operación matemática, y lo mismo levantaban una escultura que se perdían abstraídos en los misterios de las constelaciones. Gente curiosa, gente ansiosa de saber. Creo que estamos involucionando jaja nos estamos volviendo limitaditos y conformistas en esto del saber.

Veo mucho curro en tu relato, te has documentado y le has dado muchas vueltas, eso se nota. Lo malo es que veo un intento de demostrar cuánto sabes del tema, creo que has pensado "más vale que sobre que no que falte" y no te has limitado a un hecho en concreto. Bah, pero no me hagas mucho caso que yo siempre suspendía historia, entre otras cosas, porque, sin que se dieran cuenta, yo me escapaba volando por la ventana. Cosas buenas: la redacción, la documentación, el esfuerzo, la sencillez, ¡Uy! y el temita ese de Lisa me ha encantado también. ;)

Este concurso está lleno de talentos, autor, estoy sorprendida de lo buenos que son todos los relatos, y debo decirte que aunque tu relato no sea el que más me gusta no desluce al lado de los demás, que lo sepas.

ea :hola:
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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Emisario » 20 Oct 2013 22:06

A mí me ha gustado. Sobrio, por momentos críptico, como lo era la mente de Da Vinci. Me ha gustado que la promesa de pintar a Lisa fuera para él, y no expresada a viva voz a modo de compromiso social. Mucha investigación, narración más que aceptable y bien escrito.
De alguna manera demuestra el respeto que se le tenía, todos apuntando hacia él, desde niño, lo cual humaniza al genio detrás de sus obras y de sus inventos, si hasta se ruboriza frente a la que, en un futuro, se transformará en su retrato más famoso, dando a entender que, quizá, sonríe por otros motivos, ajenos a la pose :mrgreen:
Saludos y suerte,

Emisario.

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albatross
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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por albatross » 21 Oct 2013 16:14

A mí me ha extrañado el título. ,¿Por qué alquimista si lo que se describe es la faceta de ingeniero o de artista del polifacético personaje? No tengo mucho nuevo que decir aparte de lo que ya se ha dicho: que la descripción del ingenio se hace larga, etc... aunque encuentro que la prosa es más cuidada que otros muchos relatos que están obteniendo el beneplácito del público.
No sé si has estado en Vinci. Yo sí, y te aseguro que solo la descripción del pueblo ya da para un relato. Es impresionante y misterioso. En cualquier caso, el personaje es tan interesante en sí mismo que me ha bastado eso para leerlo con mucho interés.

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Sinkim » 22 Oct 2013 01:33

Me ha gustado la historia y la idea de conocer al joven Leonardo, aunque me parece que el autor se recrea demasiado en la parte ingenieril del aljibe y puede llegar a aburrir a alos que no sientan predilección por las clases de Mecanica :lol: :lol: El giño final de Lisa me ha parecido gracioso y me parecido un acierto cuando hablan de su caligrafía y de sus dibujos raros :D :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por kassiopea » 22 Oct 2013 21:27

albatross escribió:A mí me ha extrañado el título. ,¿Por qué alquimista si lo que se describe es la faceta de ingeniero o de artista del polifacético personaje?


Da Vinci fue a la vez anatomista, arquitecto, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista (ordenado por orden alfabético), y la alquimia es una disciplina que combina elementos de la química, la metalurgia, la física, la medicina, la astrología, la semiótica, el misticismo, el espiritualismo y el arte... según la fuente de la wikipedia. La verdad es que, considerando las disciplinas que dominaba, bien puede considerársele un alquimista. Supongo que el título es a modo de metáfora :roll:

Me ha gustado mucho, mucho el principio, con ese joven Leonardo observando el desfile de hormigas en formación y tomando apuntes, siempre tan observador y perceptivo. Autor, has sabido meterte bien en la piel del pequeño genio, me parece a mí, ¡y eso tiene mérito con semejante personaje! También me ha gustado mucho el encuentro de Leonardo con Verrocchio, quien se queda asombrado ante la técnica 3D de los dibujos del muchacho. La redacción del relato me ha parecido muy buena, pero el ritmo narrativo se me ha hecho un poco lento (tal vez sea cosa mía), en concreto con el episodio del invento en el aljibe. En un relato más largo habría estado bien tanta explicación con el invento en cuestión, pero en un relato de seis folios ocupa demasiado... El final, con la referencia al cuadro de Lisa, me ha gustado. ¡Al fin sabemos quién era Mona Lisa! :lol:

P.D. Un genio como él ruborizándose ante Lisa, la niña que le gusta; ¡qué tierno! :P

Gracias por regalarnos tu historia, autor. Me ha encantado descubrir al joven Leonardo. Además, está claro que has trabajado mucho documentándote. Un abrazo grande y suerte!!!! :60:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Gisso » 22 Oct 2013 22:48

Iba a comentar positivamente el relato, porque a mí se me estaba haciendo interesante y tampoco me ha molestado la explicación sobre el invento de Da Vinci y que lo hace para exaltar su persona y por medio de una buena explicación que no se me ha hecho pesada. Pero... tengo una gran duda y no sé sí estoy muy cansado o se me escapa un detalle.

Sí es Lisa Gherardini la que aparece en este relato junto a Da Vinci, ¿cómo es posible que tengan un encuentro en 1467, si según la Wikipedia, nació en 1479? Necesito que alguién me aclare este detalle, que estoy muy espesito...

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Emisario » 23 Oct 2013 02:48

Gisso escribió: ¿cómo es posible que tengan un encuentro en 1467, si según la Wikipedia, nació en 1479? Necesito que alguién me aclare este detalle, que estoy muy espesito...


Ay, Dios mío... Gisso, Gisso, Gisso... ¿Es que no sabes que las mujeres se quitan la edad? ¡Le ha mentido a la wikipedia! Tenlo por seguro... :wink:

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Re: NH1 El alquimista

Mensaje por Gisso » 23 Oct 2013 14:37

Emisario escribió:
Gisso escribió: ¿cómo es posible que tengan un encuentro en 1467, si según la Wikipedia, nació en 1479? Necesito que alguién me aclare este detalle, que estoy muy espesito...


Ay, Dios mío... Gisso, Gisso, Gisso... ¿Es que no sabes que las mujeres se quitan la edad? ¡Le ha mentido a la wikipedia! Tenlo por seguro... :wink:


Eso pensaba yo, estas mujeres... :roll:

Bueno, anoche estaba cansado y ya se me emborronaba la vista, pero sigo viendo que aquí hay un fallo histórico. A no ser que alguien me ilumine...

Se pueden tener ciertas licencias historicas (como que Lisa sentía amor por Leonardo, aunque tal vez no esté escrito en ningún lado), inventar (o no) un personaje para crear un relato bien ambientado y con la aparición de algún personaje real, pero que un personaje aparezca doce años antes de su nacimiento, y más dándole un papel importante a partir de la mitad del relato, me parece un fallo bastante garrafal y más, viendo la temática del concurso. Lo siento autor, no puedo tenerte en cuenta en mis votaciones, y eso que tu historia me estaba gustando bastante y el final no me ha parecido mal.

Lo siento :60:

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