NH1 El barco de naranjas - Ratpenat

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lucia
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NH1 El barco de naranjas - Ratpenat

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:08

El barco de naranjas

1
Desde el puerto se podía avistar cómo el sol asomaba por el mar Mediterráneo con timidez, esperando a resplandecer más con el paso de la mañana. Un hombre atravesaba una rampa de madera que crujía a cada paso que daba. El caminar firme de este hombre era fuera de lo común. Había algo en sus andares, en su porte, en su fisonomía seria y confiada. Cuando subió al barco, todos los tripulantes sabían que aquel no era un hombre cualquiera.
Con sus ojos oscuros oteó a la gente que le observaba subir y, con un gesto, le indicó a un grumete que se acercara. El muchacho no aparentaba ser aún mayor de edad y su pelo rubio y su piel pecosa no le ayudaban a parecerlo. Se arrimó a este hombre y, sin decir nada, esperó a que le dijera algo.
El hombre vestía con elegancia, con arreglo a la moda. Su chaqueta negra era magnífica, poco ostentosa, con solapas discretas, pero bien cuidada, con todo el aspecto de ser nueva. Llevaba unos pantalones bastante anchos y unos bonitos zapatos que brillaban de lo pulcros y bien encerados que estaban. La masculinidad de su rostro, con una nariz algo gruesa y un mentón prominente, bien visible con un afeitado perfecto, le hacían un hombre bello. Portaba un maletín muy pequeño en la mano.
—Quisiera hablar con el capitán, de ser posible —la voz del hombre también era agradable al oído que, sin ser especialmente grave, sonaba en un tono muy reconfortante.
—El capitán… —el muchacho titubeó—. El capitán está ocupado ahora mismo, ¿quién le llama?
—Dígale que soy el señor Ferrandis. Me está esperando.
—¿Quién? —el muchacho se encogió de hombros y miró a un compañero suyo, que le hizo una seña a otro tripulante, gritando: «¡Es el señor Ferrandis!».
Aquel hombre tan elegante se llevó la mano a la cara ante aquel grito. Dio un paso hacia atrás y miró a tierra. Nadie en el puerto parecía fijarse en lo que ocurría en aquel barco. Un mercader anunciaba a gritos que tenía el mejor pescado de Valencia, que era imposible tenerlo más fresco. Por lo demás casi todos eran marineros, dedicándose a lo suyo o gente que caminaba con prisas. Mientras tanto, en el barco, aparecía por fin el capitán, caminando con celeridad hacia Ferrandis.
—¿Es usted el señor Ferrandis?
—Así es, entiendo que es usted el capitán.
—¿Cómo lo ha sabido, por el sombrero de capitán o porque ha llamado al capitán y he venido yo?
—¿Disculpe? —Elevó su mentón, mostrando evidente molestia por el comentario ofensivo.
—No me gusta que se una a nosotros, señor. Su historia es muy extraña. Este es un barco de naranjas. Nadie paga tanto dinero para que le transporten en un barco de naranjas hasta Inglaterra.
—Si quiere discutir esto, le agradecería que fuese…
—¿En privado? —el capitán le interrumpió, con una sonrisa de superioridad—. Claro, claro, luego hablaremos, señor Ferrandis. Tiene suerte de que el armador me obligue a tenerle conmigo, porque le aseguro que me desharía de usted si pudiera.
—Siento que crea así.
—¡Tú, murciano! —el capitán señaló al grumete con el que hablaba Ferrandis—. Quédate a su lado en todo momento, encárgate de que no le falte de nada y, de paso, échale un vistazo. —Luego se dirigió a Ferrandis de nuevo y añadió—: Usted y yo hablaremos más adelante, le mandaré llamar.
Dicho esto, el capitán volvió sobre sus pasos con la misma velocidad, gritando «¡A trabajar!» a la tripulación, que se había quedado pasmada ante aquella extraña escena. Aquel chico murciano miró cómo se iba el capitán y luego, echándole una mirada de extrañeza a Ferrandis, le invitó a que le acompañara a su camarote.
Entraron en el barco, bajando unas escaleras. Dentro estaba todo bastante oscuro, aunque se distinguían bien todos aquellos cajones, llenos de naranjas, dulces y amargas, que ocupaban aquella estancia tan grande. A proa estaba la cocina y a popa los camarotes, a excepción del que el capitán ocupaba, que estaba arriba. El chico murciano siguió guiando a Ferrandis hasta su camarote y, antes de entrar, le dijo:
—Aquí está su camarote, señor. Como el capitán me ha ordenado que me ocupe de usted, estaré allí, sentado encima de esas amarras, ¿ve? Aquellas cuerdas, esperando a que me llame usted o el capitán. Yo seguiré las labores que me ordenen, pero cuando no esté trabajando, permaneceré allí, ¿lo ve? —señaló el sitio de nuevo—. Allí, en las cuerdas, ¿le parece bien?
—Bien —contestó de forma escueta. Acto seguido entró en su camarote y echó un vistazo.
Seguramente habría cuatro tripulantes desplazados para que él pudiera dormir solo allí, pues había cuatro camastros vacíos en aquel lugar. Dejó su maletín en uno de ellos y lo abrió. Entonces emitió una sonora respiración, cerró los ojos y lo cerró, a sabiendas de que tendría que enfrentarse a su contenido antes o después.

2
El camarote del capitán estaba perfectamente ordenado. Todo estaba dispuesto con una simetría tan perfecta como le era posible y sus armarios estaban perfectamente clasificados. Cuidaba mucho también su aspecto: un bigote arreglado y ropa asequible, pero elegante. Trataba de pasar como un modelo a seguir por el resto de su tripulación, pero fuera de este camarote se oían rumores, desavenencias y disgustos. Para la gente, delante del capitán, él era un hombre modelo; en cuanto desaparecía, tenía fallos por todos lados. El respeto era apariencia sin más.
El capitán estaba eligiendo una bebida, pues había invitado a Ferrandis a su camarote. Se decantó por sacar un licor de Castellón que había adquirido recientemente y que sabía que era de gran calidad. Cogió la botella y, justo entonces, llamaron a la puerta.
—Adelante.
Era Ferrandis, que entró y cerró la puerta tras de sí. Saludando con un escueto asentimiento, se permitió acercarse al capitán. No le hacía cara de disgusto, ni de aceptación, sino que se mantuvo en una postura inalterable, neutra.
—Tengo este licor que me gustaría compartir con usted, señor Ferrandis.
Contestó volviendo a asentir, sentándose en una de las sillas, enfrente de la silla del capitán. Este sacó dos vasos pequeños y los puso delante de él, los rellenó y cogió uno.
Aquel marinero se sintió de repente muy incómodo y carraspeó, se sentó en su silla, delante de Ferrandis, y dio un sorbo a su vaso. Quería tratar algún tema intrascendente antes de pasar a hablar de lo que le interesaba, pero se quedó bloqueado, la situación no le daba pie a empezar una conversación. Se dio cuenta de que Ferrandis no había tocado el vaso y preguntó:
—¿Qué le parece el licor?
Ferrandis cogió el vaso y se lo acercó, lo olió, dio un sorbo minúsculo y lo dejó en la mesa. Entonces contestó:
—Está bien. —Y añadió de forma seca—: Deseaba usted verme…
—Sí, bien, yo quería disculparme por haberle gritado delante de mi tripulación. Creo que hemos empezado con mal pie usted y yo.
—Desde luego, debería lamentarlo.
—Sí… —se bloqueó de nuevo. Pero adivinando qué quería preguntarle el capitán, se anticipó a él, hablando con un tono serio y firme.
—A usted se le ha pagado más de lo normal por transportar naranjas a Inglaterra. No espere que le explique por qué voy en este barco, de ahí viene ese dinero extra. Quiero eficiencia, nada más. ¿Tiene algo más que decirme?
—No tiene que explicarme nada —el capitán trató de fingir una sonrisa, que quedó en una extraña mueca—. Sin embargo va a tratar conmigo durante su trayecto y creo conveniente mantener un buen ambiente dentro de mi barco —resaltó la palabra mi—. Debo entender que respetará mis decisiones a bordo, pues después de Dios, yo soy quien ordena en este lugar. ¿Me ha entendido?
—Entiendo —y acomodándose en el respaldo de la silla, sin cambiar su expresión para nada, añadió—, acepto su peculiar disculpa.
El capitán chasqueó la lengua, disgustado.
—Todo este mal humor con el que me ha visto durante estos dos días se debe a que mi barco surca otros mares, ¿entiende? Yo solía llevar naranjas a Marsella, un lugar precioso, un trayecto fácil y unas putas exquisitas —el capitán empezó a reír, pero al ver que Ferrandis seguía igual de serio, disimuló tosiendo—. El caso es que ahora, por culpa de la peste de Portugal, los cítricos se han desperdiciado y los ingleses, que les compraban a ellos, nos compran ahora a nosotros. ¡Imagínese!
—¿Y no se alegra de que sean los cítricos valencianos, los que vayan a Inglaterra, en vez de los portugueses?
—Hombre, pues sí que me alegro, ¿sabe? Pero yo llevo haciendo el mismo trayecto durante años, me gusta, entiéndame. Ahora al armador le ha dado por enviarme a Inglaterra y, no le engaño, me molesta, ya lo creo.
Ferrandis apoyó los codos en la mesa, mirando al capitán con condescendencia, pero no dijo nada.
—En fin —el capitán suspiró, haciendo un ademán—, solo quería disculparme. Ya puede irse.
Ferrandis se levantó de la silla, se arregló la chaqueta y salió tranquilamente. El capitán miró la puerta cerrada de su camarote mientras se bebía el licor, lo rellenó y, arrimándoselo a la boca, murmuró:
—¡Imbécil!

3
De actitud callada y siempre guardando las formas, Ferrandis mantenía poco contacto con la tripulación en general. Paco, que así llamaban al chico murciano, no le perdía de vista, como le había pedido su capitán. Ferrandis calculaba todos sus movimientos, fijándose en su entorno, incluso para hacer cosas mundanas, como sentarse en una silla u otra. Generalmente salía a cubierta tres veces al día y observaba los movimientos de los marineros trabajando, comparaba el ondular del agua en cada tramo y palpaba la baranda, notando la firmeza que tenía. A Paco le resultaba curioso, que si bien no socializaba demasiado, el cocinero era una excepción. Cuando llegaba la hora de cocinar, generalmente salía Ferrandis de su camarote, caminando hasta la cocina a paso lento, agarraba un taburete y le daba conversación mientras el otro pelaba, cortaba y cocía.
El cocinero era algo mayor que Paco, pero no mucho más. Ambos se tenían de afecto por la similitud de la edad y el cocinero lamentaba que se refiriese el capitán hacia su amigo con rutinaria falta de respeto. Siendo el cocinero alto y de anchas espaldas, destacaba por encima del resto de la tripulación, pero su actitud positiva y sus sonrisas sinceras relajaban a cualquiera que hablase con él. Realmente era con el único con el que Ferrandis parecía sentirse cómodo.
Paco no permanecía sentado encima de las amarras si aquel hombre no estaba en su camarote. Iba a sentarse encima de una caja, en el almacén donde estaba la carga de naranjas, cercana a la cocina. A veces oía la conversación que mantenían, pero no prestaba mucha atención. Sin embargo se dio cuenta de que el cocinero era bastante más capaz de lo que creía, pues discutía con fervor sobre temas de política con Ferrandis y, siendo este mayor y obviamente muy culto, discutían al mismo nivel, rebatiéndose los argumentos con otros argumentos sólidos, que pretendían anular lo que el otro decía. Parecía que compitieran por tener la razón, pero ambos se escuchaban con atención.
A Ferrandis no le gustaba tener a alguien detrás de él. Tenía asuntos personales que atender y, al no haber puerta en su camarote, no tenía intimidad. Paco era un chico bastante risueño, despistado y amable. Solo se le iba la sonrisa en presencia del capitán que, sin duda, le despreciaba. Normalmente llevaba un libro ajado, muy pequeño, metido en el bolsillo de atrás de su pantalón. Lo leía y lo releía, una y otra vez. A Ferrandis no se le escapó este detalle, y aprovechaba lo absorto que estaba para abrir su maletín, a sabiendas de que no se fijaría en su hacer.
A la hora de comer, se reunía toda la tripulación en la cocina, la cual preparaban el cocinero y el chico murciano, por regla general. Como era habitual en los barcos, el espacio estaba muy bien aprovechado, descolgando las mesas de la pared, preparando todo, casi cambiando por completo aquella cocina, transformada en un comedor con celeridad. Aquel día se sentó el capitán al lado de Paco. Nada más hacerlo dijo que le había tocado ese día sentarse junto al tonto de la tripulación.
Ferrandis estaba sentado al lado del cocinero y seguían una complicada discusión económica. Habían empezado a conversar hacía ya un buen rato, pero durante la comida seguían el debate. El tema de la discusión eran los acuerdos comerciales que tenían Portugal y España con Inglaterra en relación a la exportación de naranjas. Dada la problemática que tenían los portugueses con la plaga que asolaba sus tierras, España estaba sacando mucho partido y se empezaba a decir que las naranjas valencianas eran las mejores del mundo. El cocinero estaba convencido de que toda aquella propaganda terminaría en cuanto Portugal se pudiera rehacer y que Inglaterra volvería a hacer tratos con ellos, dejando a España con una capacidad de exportación muy alta, que no se podría satisfacer. Ferrandis discrepaba, manteniendo que España tendría un beneficio a largo plazo y que convenía invertir mucho en esa relación comercial, mejorando los sistemas de transporte dentro del país, para una exportación eficiente, que se impusiera a la portuguesa.
La mesa no prestaba mucha atención a esa conversación en particular, pero el capitán parecía querer oír más, decir algo inteligente, aunque siempre levantaba las cejas pensando en decir algo y al final no lo hacía. Mientras se trataban cuestiones como lealtades comerciales, números y oportunismo; el capitán miraba la conversación, casi sin comer, pensando en aportar algo a la conversación, pero no podía. Dio un trago e inclinándose en la mesa iba a meterse en la ella, pero se le adelantaron.
—¿Y Sicilia? —Interrumpió Paco—. Tiene fama de cultivar buenos cítricos y seguramente quiera también…
El capitán paró la interrupción pateando el taburete donde se había sentado el grumete, que cayó al suelo, golpeándose la cabeza. La conversación paró inmediatamente y miraron todos la escena.
—¿Buenos cítricos en Sicilia? —gritó el capitán, incorporándose—. ¡Mira si eres tonto! Las únicas naranjas buenas son las valencianas, ¿te enteras? Ni las portuguesas, ni las sicilianas, ¡las valencianas! —Mientras se sentaba de nuevo, añadió—: De Murcia tenías que ser…
Paco se llevó una mano a la cabeza y frunció el ceño, enfadado. Mientras se incorporaba, el contramaestre, sentado al otro lado de Ferrandis, dijo en tono severo:
—Capitán, está empezando a molestarme ver cómo trata usted a algunos de los tripulantes.
—Usted se calla, aquí el capitán soy yo.
El contramaestre le miró con indignación y luego se dirigió al chico:
—¿Estás bien, Paco?
—Sí, sí… sólo ha sido un golpe en la cabeza —aseguraba, mientras iba a poner su taburete donde estaba.
—No, no —ordenó el capitán—. A mi lado no vuelvas, murciano. Siéntate entre el señor Ferrandis y el contramaestre.
Toda la mesa quedó callada mientras Paco llevaba su taburete, su plato y sus cubiertos donde le había ordenado el capitán. Ferrandis miraba aquella escena de forma indiferente, pero le hizo sitio al chico. El resto de la comida transcurrió tranquila, sin conversaciones.
Después de comer estuvieron Paco y el cocinero limpiando y reordenando la cocina, mientras Ferrandis volvía a su camarote. Al terminar fue el grumete a su rincón lleno de amarras, cerca del camarote donde estaba Ferrandis. Volvió a sacar su libro y leyó.

4
Ya había transcurrido más de la mitad del trayecto y aquel fue el día que peor lo pasó Ferrandis. El mal de mar le atormentaba y, por consejo, se quedó en el camarote mirando un punto lejano, pero seguía sintiéndose mal. Terminó por salir de de allí, probando a caminar un poco, esperando que ello le ayudase. Paco seguía en su sitio, donde las amarras, leyendo como siempre. El barco se movía arriba y abajo, pero no soltaba el libro. Desde la entrada de su camarote, Ferrandis se quedó de pie, mirando con sorpresa cómo el chico no apartaba la vista de las letras.
—¿Cómo puede leer así, Paco?
El chico estaba absorto y no se había fijado en que había salido de su camarote.
—¡Ah, señor Ferrandis! —cerró su libro y, sonriéndole, le dejó un sitio a su lado—. ¿Quiere sentarse un poco? Tiene mal aspecto.
—Sí, creo que me sentaré —contestó con malestar—. ¿Cómo puede leer con el temporal que hay?
—¿Temporal? —rió Paco—. No, hombre, no. Esto es solo un poco de viento.
—¿Un poco de viento? —repitió Ferrandis incrédulo—. ¡Dios!
Era la primera vez que Ferrandis se dejaba ver débil. Estaba pálido y ojeroso. Siempre aparecía con gran seguridad y fuerza interior, pero ahora daba el semblante de un humano mediocre. Paco le puso la mano en el hombro, sonriendo y le dijo:
—¿Quiere que le traiga un vaso de agua? Iré a buscarlo a la cocina.
El chico se incorporó, pero Ferrandis le cogió de la manga y dijo:
—No, no… Creo que iré yo, así camino un poco.
—Debería quedarse aquí, esta es la parte del barco donde menos se va a marear, créame. Yo le traeré agua.
Ferrandis contestó negando la cabeza, señaló la dirección en la que iba a caminar y anduvo dando tumbos hacia la cocina. Paco se quedó mirando cómo se iba alejando. Y cuando llegó donde estaba la carga, dejó de mirarle para volver a su libro.
El cocinero se fijó en que Ferrandis se acercaba y, viendo su mala cara, dijo:
—¡Señor Ferrandis, qué mala cara me trae usted! ¿Desea un poco de agua?
La respuesta de Ferrandis no fue la esperada y vomitó sobre el suelo de la cocina, gimiendo y quejándose, mientras el cocinero se debatía entre la compasión del enfermo y la rabia que le daba que alguien le ensuciase la cocina. Le llevó una bolsa y le ayudó a reconfortarlo.
—¡Siéntese, siéntese! ¡Le voy a traer un poco de agua, no se mueva!
Mientras Ferrandis bebía pequeños sorbos de agua, el cocinero limpiaba el suelo con cara de resignación. Ferrandis se disculpó mientras limpiaba y volvió a hacerlo cuando, sintiéndose aún mal, pero sin angustia, decidió regresar a su camarote. El cocinero dijo que estaba bien, que fuera a su camarote. Ferrandis dudó si lo decía por ayudarle o para asegurarse de que no le ensuciara la cocina de nuevo, pero caminó de todos modos en dirección a su camarote.
Paco estaba aún ahí, pero estaba temblando y con la cara colorada. Tenía el libro delante, pero era evidente que no leía. Ferrandis le dio un saludo rápido y entró, sentándose sobre el camastro, apoyando la cabeza en la pared y suspirando. La angustia había remitido, pero seguía mareado y débil. Deseó con todas sus fuerzas que acabara ya aquella pesadilla.
Miró su maletín y una idea terrible le pasó por la cabeza. Se asomó fuera del camarote y vio que no estaba ya Paco, se había ido. Cogió el maletín. Usando un cordel muy fino, podía saber si se había abierto sin su permiso y así era, estaba roto. Alguien había mirado en su interior y solo podía ser Paco. Lo abrió y comprobó su contenido: no faltaba nada. Suspiró algo aliviado, pero se maldijo por haber sido descuidado. Aquel chico ya sabía algo.

5
Quedaban pocos días para llegar a Inglaterra y la niebla era aquel día muy espesa. Al subir a cubierta notó Ferrandis aquella excesiva humedad, que le calaba. Apenas veía a pocos metros, con esa capa de blancor que se extendía por todos los lados. Saludó con un asentimiento a algunos de los tripulantes y los observó durante un rato, luego fue a la baranda y colocó la mano encima, sintiendo el tacto de la madera. Con el trayecto había aprendido a base de tocarla una y otra vez dónde estaban las imperfecciones y algunas grietas minúsculas.
El capitán estaba fuera, cerca de la puerta de su camarote. Daba órdenes al contramaestre, airado, y le despachó rápido. Al ver a Ferrandis, le miró con cara de desagrado, pero trató de disimularlo con una sonrisa.
—Quisiera hablar con usted, señor Ferrandis —empezó a decir—. ¿Puede venir a mi camarote, por favor?
Ferrandis no dijo nada, miró al contramaestre, que se alejaba y asintiendo al capitán, entró. No se sentó, se quedó de pie al lado de la puerta. El capitán entró también, cerrando la puerta del camarote y se acercó a la mesa. Queriendo decir algo que le costaba mucho.
—No es ninguna novedad que la tripulación me ha perdido el respeto —enunció, dando una palmada a la mesa—. El contramaestre va detrás de mi puesto, lo sé —apretó el puño—. Todo porque tengo mano dura y…
—¿Qué es lo que quiere? —Interrumpió Ferrandis, con mirada de hastío.
El capitán apoyó las manos en la mesa y se reclinó hacia Ferrandis.
—Sin tapujos, ¿eh? ¿Eso es lo que quiere? Muy bien. Quiero que envíe una carta de agradecimiento a mi armador y que defienda mi forma de actuar. Quiero que me ayude. No estoy dispuesto a dejar que me degraden. —La voz del capitán era firme, pero sus ojos le miraban con súplica.
El primer impulso de Ferrandis era decirle que acabaría degradado enviara una carta o no, pues su hacer era penoso. No era un buen líder, solo enarbolaba su mal carácter o su falsa simpatía para conseguir lo que quería. Sin embargo Ferrandis se mordió la lengua y, tocándose el mentón con el dedo índice, comenzó a pensar. Tendría la opción de hablar desde una posición de poder durante el resto del viaje, incluso si no escribiese carta alguna.
—Usted me debería un favor… —insinuó.
—Por… —el capitán dudó—. Sí, por supuesto.
—Está bien, déme esa botella de licor, brindemos.
El capitán sacó la botella de licor y ambos chocaron los vasos y bebieron. Tras beberse el licor de un trago, Ferrandis dijo:
—Deje de atormentar a Paco, ¿lo hará?
—¿Cómo dice?
—Hablo de Paco. He estado viendo durante el viaje que le ningunea y le maltrata. Quiero que deje de hacerlo.
—Yo… no… —el capitán paró a pensar un poco, no comprendiendo la postura de Ferrandis. Para el capitán era Paco un inútil que necesitaba que le trataran así para ser efectivo. Pero no le servía de mucho negarse. Si eso era lo que quería, se lo daría.
—¿Y bien?
—Está bien, señor Ferrandis, le llamaré por su nombre y le trataré como al resto.
—No, es insuficiente —le señaló con el dedo y remarcó cada palabra de lo que decía—: Cuando haga algo, reconózcaselo y dígale que ha hecho un buen trabajo.
El capitán se quedó pensativo. Tampoco quedaban muchos días para que se fuera Ferrandis, después de enviar aquella carta, podría volver a actuar como él considerara mejor. Bebió del licor y dijo:
—De acuerdo, le trataré mejor, tiene mi palabra y podrá comprobarlo usted mismo.
Luego se levantó Ferrandis, botella en mano y se dispuso a salir del camarote. El capitán le preguntó que si se iba a llevar la botella entera y él respondió afirmativamente, sin siquiera girarse. Decidió no ponerse en contra de ello. «Que se lleve la botella», pensó, «no importa». Se quedó solo, frotándose las manos, convencido de que aquel trato sería bueno para él.

6
Los colores no eran especialmente llamativos en aquella ciudad inglesa de cielo gris. El aire era muy frío y llovía bastante, por lo que los marineros se estaban calando hasta los huesos mientras descargaban las naranjas. Dando órdenes el capitán de que terminaran rápido, miró a Paco, a quien había estado tratando muy bien los últimos tres días, debido a la conversación que había tenido con Ferrandis. Daba la impresión de no haber dormido bien, lo que no le extrañaba, Ferrandis había estado mimándolo demasiado. El día anterior incluso le invitó a beber de la botella que le había cogido. Y, claro, por culpa de la maldita carta de agradecimiento, no podía quejarse de que Paco estuviera sin dar un palo al agua.
Por su parte, Paco charlaba con el cocinero y el tema de conversación era aquel compañero de travesía tan curioso que habían tenido. El cocinero admitió que lo echaría de menos, pues era un hombre agradable. Paco dijo que le extrañaba su comportamiento, pero que había terminado por reconocer que era una buena persona.
La conversación seguía, enumerando, por lo general, cosas agradables de Ferrandis. El capitán, desde lejos, gritó molesto:
—¡Menos hablar y más trabajar!
Ahora que Ferrandis no estaba, no había necesidad de tener miramientos. Si Paco holgazaneaba, podía criticarlo. Con la carta de Ferrandis podría seguir siendo capitán a su manera. No le gustaba ver la parsimonia que llevaba el chico en sus quehaceres ese día y, lo peor, es que hacía trabajar más lento al cocinero. No estaba dispuesto a permitirlo.
Pero Paco estaba cada vez más cansado. Cargar naranjas le estaba agotando mucho más de lo normal y, sintiéndose exhausto, tuvo que sentarse un momento. Jadeaba y tenía un dolor de cabeza que había empezado por la mañana, pero que empeoraba por momentos. El cocinero, preocupado, le tocó la frente: estaba ardiendo. Entonces avisó a gritos al capitán, algo malo ocurría.
Cuando el capitán llegaba, pensando que Paco no hacía más que poner excusas para no trabajar, este se desmayó, cayendo en los brazos del preocupado cocinero.
Todo esto ocurría mientras Ferrandis, sentado en un carruaje, esperaba ser llevado al lugar donde iba a alojarse. Abrió el maletín. Una carta, una bolsa de piel y una pistola. Leyó una vez más la carta. Allí estaban los detalles de su misión y los datos de su objetivo, el hombre al que debía asesinar. También había otra especificación: «Eliminar a cualquiera que tenga conocimiento de esta misión». Ferrandis acarició la piel de la bolsa donde estaba el veneno que había matado a aquel chico murciano. Un sentimiento de culpabilidad le asoló por un instante, pero se lo quitó de encima inmediatamente.

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por andres451 » 17 Oct 2013 19:43

Me encantó el relato. Qué bien logrado que está el personaje tanto de Ferrandis, como de Paco o el Capitán. Te mantiene expectante todo el relato porque uno quiere saber qué hay en el bendito maletín :lol:
Si bien no hay mucho contexto histórico (sólo se sabe que se comerciaban naranjas a Inglaterra desde España, por lo que uno deduce la época), el relato me gustó mucho.
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por ciro » 17 Oct 2013 20:31

Apenas hay una leve referencia histórica. Lo demás me parece demasiado atún para tan poco pan (o si se quiere demasiadas naranjas). Es la historia de un señor inmisericorde, que muestra un pedacito de compasión. Regular.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por RAOUL » 17 Oct 2013 22:59

¿Pero es un episodio histórico el que hay detrás? ¿Era Ferrandis un ... no sé, un anarquista español que quería atentar contra la reina? :roll: Ando investigando.

Pues creo que está regular. Pienso que le falta ponerle misterio al misterio. Con la redacción, con la escritura, quiero decir. No sé, es como si le faltara carne al asador y así pasa, que a los personajes se les ve poco hechos. Acaba cuando empieza lo mejor, en mi opinión. Pero quiero releerlo.

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por elearah » 18 Oct 2013 01:10

Me ha gustado el relato, es entretenido. No me ha encantado, sin embargo.

A mi modo de ver, siendo los cuentos tan breves, cada palabra cuenta. En esta historia hay demasiadas cosas que acontenen que no traen nada. La forma en que el capitán trata al protagonista al principio por ejemplo. Sí, es cierto que puso al muchacho a vigilarlo, pero realmente no trae cola. Lo mismo sucede con la pseudo amistad con le cocinero. Parecería que la mayoría de lo que sucede en la historia es anecdótico, no colabora, no está realmente entretejido.

No estoy segura cómo se puede resolver, porque si se saca todo lo que es anecdótico casi no queda nada.

Pero de todos modos, es una historia llevadera y bien escrita.

Felicitaciones. :60:
"El destino de muchos hombres dependió de tener o no una biblioteca en su hogar paterno." Edmundo Amicis

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Isma » 19 Oct 2013 13:39

Ingenioso giro final en un relato de viajes en barco bienintencionado. Creo que está bien escrito y que la exposición es correcta. Correcta pero no magnífica. Para llegar un poco más habría necesitado quizás descartar hechos menos relevantes para la historia que se narra; o ambientar mejor al lector en ese barco que recorre los mares de costas extrañas (por ejemplo, ¿qué siente Ferrandis, que no es marinero, cuando huele el mar? ¿Qué se siente en un camarote? ¿Cómo es la noche a bordo de un barco?); o apuntar pinceladas del lenguaje naval, que es para echarle de comer aparte. Son detalles que a mi juicio habrían elevado el nivel del texto, que sin embargo y como digo, es correcto.

El tema histórico es... hmm... no me sale la palabra... ¿conservador? No, mejor no uso ese término, que parece tener malas connotaciones. Digamos que me hubiera gustado, por poner un ejemplo, saber de qué hablaban exactamente en las comidas cuando discutían sobre el gobierno. Me apuesto un doblón a que se quejaban de la corrupción y de los malos gobernantes igual que hacemos ahora. Hubiera sido un detalle menor, pero también un guiño a los que los sufrieron igual que nosotros.

Me ha resultado una lectura fluida y entretenida y por ello te felicito.

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Miss Darcy » 19 Oct 2013 14:24

Me ha costado sacarle el contexto histórico, porque un barco y el comercio en nuestro país... quitándole o cambiando dos cosillas tienes a los fenicios de Tiro comerciando con la Inglaterra protohistórica a través de Tartessos... Vale, quizás he sido un poco exagerada, pero me ha faltado chicha histórica.

En cuanto a la historia, me ha encantado autor. Mucho, porque Ferrandis me ha llegado a caer bien o mal dependiendo del momento. He conseguido conectar con tus personajes y eso no es fácil. Y eso es algo que te agradezco. Pero no te perdono que no me contaras más sobre la misión de Ferrandis... ¿Quién era? ¿A dónde iba? ¿Quién le mandaba? ¿A qué dedica el tiempo libre? XD

Mi enhorabuena autor :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

:user: Blog: http://librosplumasyte.blogspot.com.es/

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Ratpenat
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Ratpenat » 19 Oct 2013 20:33

Uhh, el puerto de Valencia. Me gusta que hablen de la terreta. :cunao:

No sé mucho sobre el tema. Lo que dice Raoul de un anarquista, podría ser... ¿Algún asesinato famoso en Inglaterra? Lo que sí me suena más es lo de la peste de Portugal (o plaga, no sé qué fue). Que fue lo que le desbancó del mercado internacional. España se convirtió y sigue siendo la mayor potencia en relación a la exportación de naranjas gracias a esa peste.

Respecto a la historia, transcurre un poco lento. Hacia el final es cuando le encuentro más interés.

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jilguero
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por jilguero » 19 Oct 2013 21:35

Una historia sencilla y narrada con una prosa demasiado detallada, describiendo cada acción con minuciosidad, incluso cuando esta no sea transcendental en la historia. Tanto lo que se nos cuenta como el estilo narrativo me han hecho tener la impresión de estar leyendo un relato infantil, lo cual no es algo negativo, pero si el que me haya resultado poco histórico.
Comparándolo con otros del concurso (toca hacerlo como jurado popular), no te puedo decir, autor, que hayas escrito un gran relato. Pero, si nos dejamos de comparaciones, creo que trabajando más el texto, podando todo lo que no es esencial a la historia y dejando algo más a la imaginación de lector, podría quedar mucho mejor.
En cualquier caso, me ha gustado el candor de la historia y, por eso mismo, tus personajes me han resultado entrañables :60: .
Ese niño siempre con un libro encima me ha hecho acordarme de aquel otro niño que se encerraba en un armario y leía sin parar: ¿será la ranita murciana la autora? :wink:
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Sinkim » 19 Oct 2013 22:42

Me ha gustado mucho como historia de misterio, aunque la ambientación histórica la he encontrado un poco escasa, cambiando 4 cosas se podría ambientar en cualquier época :D

El protagonista y su maletín me han parecido geniales :lol: se me ha hecho un poco raro que Paco supiera leer en esa época pero bueno era algo necesario para que pudiera entender lo que había en el maletín :lol:
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por albatross » 20 Oct 2013 20:19

A mí me ha tenido en vilo durante toda la lectura hasta saber lo que había en el maletín. Creo que la redacción se podría trabajar más y podría pulirse la historia eliminando lo superfluo. Por otra parte, admito que cualquier relato relacionado con la navegación despierta mi interés y este lo ha conseguido.

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Tanisfer » 21 Oct 2013 21:35

Una historia sencilla, poco arriesgada, quizás, pero con un punto de intriga que mantiene en vilo al lector y da sentido a toda la narración aunque luego, para ser sincero, el final no esté a la altura de la expectativa generada.
Entre las cosas a corregir tengo que decir que los diálogos en ningún momento me parecieron “reales”, siempre los sentí algo forzados, afectados, como encajados a la fuerza en el texto. Asimismo he visto numerosas repeticiones de palabras que me fueron distrayendo de la lectura. Por ejemplo, se repite tres veces el término “hombre” en el primer párrafo (ya me predispuso mal con el texto, he de reconocerlo), y son seis las veces que aparece mencionada esta palabra si cuentas los tres primeros párrafos. Lo mismo ocurre con los verbos, por ejemplo en el siguiente fragmento: “Sin decir nada espero a que le dijera algo” donde el verbo decir podría haber sido sustituido por otro similar, o en el primer párrafo del capítulo dos, donde se menciona tres veces el término “estaba”.
En cuanto a lo positivo destaco principalmente la prosa del autor, simple pero efectiva, con un estilo casi "naturalista", por llamarlo de algún modo, que se centra en las descripciones minuciosas de todos los detalles que hacen a la vida diaria en el barco. Podría alegarse, tal vez, que la redacción no tiene "grandes vuelos de pluma", pero si posee la eficiencia suficiente como para mantenerme atrapado a lo largo de toda la historia, queriendo saber que habrá de pasar a continuación. El apartado ortográfico está muy bien y la redacción (aunque no soy quien para juzgar eso), también me ha parecido buena.
En definitiva un relato interesante pero que no resalta demasiado. La historia es algo cándida, y si bien la narración es buena al terminar de leerlo tuve la sensación de que había faltado “algo más”. No estará entonces entre mis preferidos, pero pese a ello me ha gustado.
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Isma » 21 Oct 2013 21:46

Qué bueno verte de nuevo por aquí, Tanisfer :D

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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Tanisfer » 21 Oct 2013 22:01

Gracias Isma. Excelente la "cantata del sol radiante", por cierto. No participé del concurso pero leí algunos cuentos y ese me pareció maravilloso. Nunca creí que nadie fuera capaz de representar tan bien el sentir de un autista, y lo mejor es que leyendo los comentarios al relato me hice con esa joyita que es "El curioso incidente del perro a medianoche".
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Re: NH1 El barco de naranjas

Mensaje por Isma » 21 Oct 2013 22:29

Tanisfer escribió:Gracias Isma. Excelente la "cantata del sol radiante", por cierto. No participé del concurso pero leí algunos cuentos y ese me pareció maravilloso. Nunca creí que nadie fuera capaz de representar tan bien el sentir de un autista, y lo mejor es que leyendo los comentarios al relato me hice con esa joyita que es "El curioso incidente del perro a medianoche".

Err... jo... muchas gracias :oops:. Me alegro de que te sirviera para una buena lectura.

Dejemos espacio para que sigan comentando este relato :oops:. Gracias otra vez.

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