NH1 El contador de pasos - Topito

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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NH1 El contador de pasos - Topito

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:10

El contador de pasos.

Esta es la última oportunidad que tengo para conseguir el salvoconducto, aunque con ello firme la muy probable decapitación de mi cabeza. Así pues, sin apenas pensarlo, mientras percibo cómo se desvanece el desaliento que me oprime, que no me deja respirar, firmo aquella declaración de intenciones bajo la atenta mirada del jongpon de Kirong.

—Bien, ya hemos terminado —me dice mientras bajo levemente la cabeza en un acto de sumisión—. Mañana partirá hacia los valles de Nubri acompañado de una escolta.

Es momento de mostrar el valor del explorador, actuar con prudencia y desterrar la arrogancia del espía.

Asiento con la cabeza.

—No olvide su compromiso —me recuerda—. Sólo visitará a su compatriota, y no viajara a Lhasa en el trascurso de este año.

Hasta hacía unas semanas, la insolencia del que sabe que todo le saldrá bien, tuteló mis actos. Pero ahora, frente al jongpon, debo ser juicioso y mover con sabiduría las piezas de esta importante jugada.

—Si nos llegan noticias de su estancia allí…, será ejecutado de inmediato —me advierte.

Tras oír aquella sentencia, comprendo bien las palabras de sahib coronel: «Número uno, no pienses que será fácil jugar al Gran Juego. Un mal movimiento hará que pierdas la cabeza.»

—Le estoy inmensamente agradecido —miento—. Y le puedo confirmar que soy un hombre de honor —añado mientras me inclino ante él, sintiendo como se posa suavemente mi coleta sobre la nuca. Aquella caricia me desconcierta, pero intento serenar mi rostro para que no lo perciba. Y aunque me peino así desde que partí de Katmandú, cuando adopté las vestimentas y costumbres ladakihis, no consigo acostumbrarme a ella.

Cuando por fin me encuentro al aire libre y el calor estival comienza a calentar mis agarrotados músculos, una bocanada de optimismo llena mis pulmones. Aquello me relaja, por lo que decido pasear hasta la casa donde me alojo. Por el camino, me detengo en cada una de las tiendas que encuentro a mi paso, donde los sagaces dependientes, nepalíes o bhotiyas, me instan a comprar los variados artículos que venden. Y una vez llego, informo a mi sirviente que partimos a la mañana siguiente, exhortándole a que prepare el equipaje sin demora.

—Una vez allí —le digo—, ya pensaremos la forma de continuar nuestro viaje.

Hasta hacía un par de días, un extenso follaje cubría cada valle que transitábamos. Sin embargo, ahora, a un par de millas de Babuk, el lugar donde finalizará nuestra custodia, toda aquella vegetación escasea. No así las montañas que las guardan, que se sitúan a ambos lados tan orgullosas e imponentes como los hombres del jongpon que nos escoltan. Y tras ellas, en la lejanía, como si fueran tropas en la retaguardia, se encumbran afiladas moles de roca maciza, abrigadas por una gruesa capa de nieve que ni este calor estival consigue derretir. En contadas ocasiones, nuestra ágil marcha es interrumpida para refrescar nuestras cansadas piernas con las aguas procedentes de los glaciares de la zona, y que reptan por aquellos valles como lo hacen las cobras entre las piedras. Desde que partimos, me siento con aliento suficiente para continuar con mi trabajo de campo, tan necesario para mi misión. Y lo hago con tal prudencia, para no levantar sospecha sobre aquellos hombres que nos acompañan, que solo he conseguido anotar con éxito los pasos recorridos en cada etapa, y tan solo en cuatro ocasione el punto de ebullición del agua.

Al entrar en Babuk, nuestro paso se ralentiza a causa del enorme trasiego de mercancías y hombres que transitan por sus calles. Me sorprende, pues esta población no debe de contar con más de doscientas almas a su cargo. Tardamos en alcanzar nuestro destino, pero en el preciso momento que lo hacemos, cuando me encuentro frente a la sobria edificación donde redactarán la carta confirmando nuestra llegada al jongpon de Kirong, mi corazón se acelera, pues apenas queda unos minutos para restablecer mi anhelada autonomía. Tras redactar la carta y salir de nuevo a la calle, situándonos de nuevo frente aquel edificio observando cómo se aleja el emisario a caballo con ella, reparo en que la fortuna me sonríe, un hecho que hasta ahora no había sucedido. Y ahora que soy de nuevo un hombre libre, no dejo de pensar que mañana será un nuevo día. Uno mejor con total seguridad.

En mis años de juventud, cuando acompañaba a mi padre en sus viajes, aprendí que si buscas información debes dirigirte a aquellos lugares en los cuales todo se ve y todo se oye. Por ello, tras levantarme al alba sintiendo que el azar está ahora de mi parte, no demoro mi visita al mercado: allí averiguaré si parte alguna caravana hacia Lhasa.

Mientras nos acercamos, comienzo a aspirar el aroma del exclusivo perfume de los mercados, una mezcla de olores de especias, alimentos y animales. Nada más entrar, aguzo el oído y, mientras disimulo interés por los productos allí expuestos, suelto mi lengua ante los mercaderes. Cuando el sol se sitúa en su cenit, mi oído capta la charla de dos hombres en un puesto cercano. Giro la cabeza de tal manera que parezca que hablo a mi sirviente, y examino con detenimiento su ropaje. Compruebo que son «compatriotas» de mi disfraz. Todo un golpe de suerte.

—Disculpad mi interrupción —les digo, una vez me encuentro a su lado—. Confío que no penséis que mis oídos son amigo de lo ajeno, pero no he podido evitar escucharos sobre vuestra partida hacia Tadúm.

—Nuestras palabras no tiene nada que ocultar —me responden con recelo—. Pero… solo la maldad se dirige a la gente sin ofrecer su nombre.

—No era mi intención molestaros —me disculpo intentando ser lo más afable posible ante ellos—. Mi nombre es Nain Singh y sólo vine a este mercado en busca de raíz de Nirbisi. Llegué hace unos días en una caravana desde Mansarowar, y mi intención es peregrinar hasta el monasterio de Tadúm.

—Nosotros partiremos hacia aquel monasterio mañana, y desde allí a Mansarowar.

—Os imploro ayuda a este compatriota vuestro para que habléis con el jefe de la caravana para que permita que me una a vosotros, pues bien sabéis que la soledad en el camino es amiga fácil de ladrones.

—Hablaremos de ti —me confirman—. No te preocupes, un peregrino entre nosotros atraerá buena fortuna a la expedición.

Asentí, inclinándome levemente ante ellos.

Sí, hoy sabía que el azar se aliaría conmigo, y no con la fatalidad.


Tras varios días de viaje por caminos de montaña, penetramos en tierra de amplios pastos. Las decenas de rebaños que surcan aquellos prados elevan sus cabezas al oír nuestros pasos, y los grandes perros tibetanos que los vigilan corren a nuestro encuentro moviendo la cola y ladrando sin cesar. Los doscientos yaks que conforma nuestra caravana caminan lentamente, de tal manera que me permiten contar mis pasos con mayor facilidad.

—Amigo Nain, por fin hemos dejado las tediosas montañas a nuestra espalda —me dice uno de los miembros de la caravana—. Las próximas etapas serán más favorables para nuestras cansadas piernas.

Le sonrío, intentando no perder la cuenta de mis pasos.

Tenía razón. Las siguientes etapas se desarrollaron sobre un terreno más llano, por lo que se aceleró la marcha y en apenas cuatro jornadas habíamos llegado a orillas del río Brahmaputra, una de las razones por las que comencé esta misión. Hasta ahora, el mando británico sólo conocían su existencia, pero ignoraban hacia que valles fluía. Sin embargo, aquellos hombres con los que viajo deben conocerlo bien. Así pues, les interrogaré cuando estén frente a un plato de comida: siempre es más fácil conseguir información de un hombre con el estómago lleno.

En una sola jornada alcanzamos Muna Ghat. Y desde allí cruzaríamos en botes a la orilla opuesta del río. No obstante, cuando observo los destartalados botes de madera, un escalofrío recorre mi espalda. De inmediato parte uno de ellos hacia la otra orilla con varios hombres en su interior. Ninguno de mi expedición, pues aún están negociando el precio con los barqueros. Mientras se aleja el bote, me acerco a la orilla para refrescar mis pies. Aprovecho que los hombres de la caravana están afanados con los yaks para anotar mis últimos pasos en un papel, e introducirlo en el interior de mi rueda de oración. Me encuentro tan absorto en mi escritura que me sobresalta los desgarradores gritos que proceden del río. De inmediato elevo la vista: en el punto medio del río se encuentra aquel bote que partió hace varios minutos, meciéndose como la cuna de un bebe y arrastrado por la fuerza de la corriente hacia unas afiladas rocas. Los remeros son incapaces de controlarlo y el pánico se ha apoderado del resto de aquellos hombres. Cierro los ojos, pues no quiero ver su muerte. Sólo escucho sus gritos, que las aguas del Brahmaputra se encargan de acallar de una en una.

Después de contemplar aquellas muertes, mis amigos decidieron remontar el río hasta el monasterio de Likche. Y ahora que contemplo las sosegadas aguas que cruzaremos, comprendo bien aquella decisión. La anchura es menor, y percibo que su profundidad también. Lentamente, como se hace todo en estas tierras, van cruzando los yaks y los hombres a la orilla opuesta. Yo decido ir en los últimos botes, mientras suplico a aquellas aguas que respeten mi vida.

Antes de llegar a nuestro destino, debemos recorrer varias millas sobre la amplia llanura que se extiende ante nosotros. Una vez se comprueba la mercancía, retomamos la marcha. Aquella planicie es prácticamente yerma, y sólo se aprecia en la distancia algún solitario árbol y cientos de arbustos moribundos que los acechan. Cuando en la lejanía veo la suave colina coronada por el monasterio de Tadúm, mi corazón se llena de júbilo. El monasterio está custodiado por ocho chortens que se disponen a su alrededor del mismo modo que la guardia personal del Virrey de la India lo hace sobre su persona. A sus pies, sobre aquella extensa llanura, se sitúan al menos ocho tarjum. Mientras la miro, una nube de polvo la acecha desde el noroeste. Posiblemente se trata de una caravana procedente del lago Manasarowar, o de aún más lejos, desde las tierras ladakhis, pues la ruta entre Cachemira y Lhasa atraviesa aquel lugar.

Cuando entramos en Tadúm, me alojo en uno de los tarjum junto a los hombres con los que había compartido la extenuación de las jornadas diurnas y la vitalidad del descanso nocturno. Aquella noche, mientras alimentamos nuestros cuerpos, entre charlas y risas, escucho a un sirviente del tarjum comentar que la caravana Lopchak pasará por aquí este año.

—¿Qué es la caravana Lopchak? —le pregunto lleno de curiosidad.

—¿No lo sabes? —me contesta perplejo ante mi pregunta—. Es la expedición más opulenta de las que transitan por estos parajes, y es todo un honor atenderles si deciden descansar en el tajum donde sirves.

Uno de los hombres con los que viajo me informa que, una vez cada dos años, el Maharajah de Kashmir envía una expedición colmada de mercancías y presentes para el Dalai Lama. Tras esta información tan relevante para mi misión, y mientras mis amigos continúan con su distendida conversación, me quedo en silencia cavilando la manera de no continuar el viaje con ellos.

Ya había pasado casi treinta días, y anhelaba oír noticias de la llegada de aquella caravana. Lo cierto es que no fue difícil permanecer en Tadúm, pues al día siguiente de tener noticias sobre aquella caravana, averigüé por medio de un mercader que en apenas un mes llegaría hasta allí. Sin demora alquilé una pequeña casa, y envié a mi sirviente con el encargo de anunciar a mis amigos que me encontraba enfermo, de modo que no podría continuar mi viaje con ellos y deseando que les acompañara la fortuna hasta el lago Manasarowar. Lógicamente, permanecí varios días sin salir de aquella casa, tumbado sobre la cama, pues en todo este tiempo he comprendido que la prudencia es mi mayor aliada, y no podía arriesgar que cualquiera me viera sano tras oír noticias de mi enfermedad.

Ya hacía tiempo que el otoño penetró desde las montañas que separan el Tíbet de Nepal, y la esperanza de que fuera cierta la llegada de aquella caravana se iba desvaneciendo de mi mente. Además, sabía que, con el paso del tiempo, mis posibilidades de continuar a Lhasa disminuían. Sin embargo, el corazón me da un vuelco cuando veo a mi sirviente correr hacía mí del mismo modo que un tigre lo hace tras su presa.

—¡Ha llegado! —me grita—. ¡Ha llegado!

Desde que partí de Tadúm, no he dejado de pensar que actuando con determinación lograré llegar a Lhasa, medir su altura y obtener su latitud, de tal manera que regresaré ante sahib coronel con la cabeza sobre los hombros y victorioso del Gran Juego. Sin embargo, ahora que me encuentro en el monasterio de Tashilhunpo, la fatalidad vuelve a acecharme, y una gran inquietud me asalta.

—Eres un hombre muy devoto, amigo mío. Y no podía dejar de invitarte a honrar al Pachan Lama junto a nosotros —me dice Chiring Nurpal mientras descansa una de sus manos sobre mi hombro—. En numerosas ocasiones, en nuestro trayecto hasta Shigatze, he querido acercarme para continuar nuestras charlas, aquellas que interrumpía el sueño, pero te veía tan absorto en tus rezos que no me atrevía a interrumpirte.

Aquellas palabras me oprimen el corazón, pues en apenas mes y medio ha surgido una gran amistad entre nosotros. Chiring Nurpal es un gran hombre, severo durante la marcha, pero jovial frente al fuego. Además, los doce hombres que la acompañan son afables conmigo, haciendo que me sienta uno más de aquel grupo. Por lo que siento tener que mentirles, que piensen que rezo cuando me observan deslizar las bolas del rosario entre mis manos o girar la rueda de oraciones. En realidad, lo que ocurre, es que debo alejarme de ellos para no ser descubierto, y no oigan en mis rezos la cuenta de mis pasos.

Aún continúo recordando las duras horas de entrenamiento para aprender a dar una zancada de treinta y una pulgadas y medias, lo que suponía que cada cien pasos recorría una milla. Fue lo más costoso de mi aprendizaje. Aún más que las clases de astronomía y las prácticas con el sextante para aprender a calcular la latitud de un punto. Lo cierto es que aquellas otras clases me resultaron más amenas. No obstante, aprendí con rapidez, y logré tener tal maestría que llegaron a apodarme como el Pundit.

Voy a contestar a Chiring Nurpal, cuando nos interrumpe un monje nos insta a seguirle para llevarnos ante el Pachan Lama. M

Mi creciente nerviosismo en palpable por mis amigos.

—Amigo Nain, ¿nervioso de conocer al Pachan?

Asiento, aunque más que nervio es pánico lo que siento, pues todo el mundo sabe que aquella deidad es capaz de leer el pensamiento de los hombres y el interior de su corazón. Por ello, sé que descubrirá mis intenciones, avisando que soy un espía de los británicos en aquellas tierras, y que mi única intención no es adorarle, sino recabar la información necesaria para la confección de un mapa. Y después… Después sentiré cómo mi cabeza es separada del cuerpo.

Al entrar, nos destapamos la cabeza. Justo al otro lado de la estancia, frente a nosotros, el Pancha Lama nos observa con curiosidad, es apenas un niño, no más de once años calculo, sentado sobre un trono ricamente labrado y revestido de seda. A ambos lados se sitúan un grupo de monjes de rostro serio y posé estática, como si fueran parte de la columnata que soporta el techo de aquella sala. Un monje se acerca a nosotros en con largas telas blancas de seda. Nos ofrece una a cada miembro de aquella expedición. Mientras camino hacia el trono, trastabillo por mi creciente pánico, y el silencio que reina la estancia es interrumpido por una leve risa procedente del trono. Cuando me encuentro frente a él, hago una reverencia y elevo mis manos hacia aquella deidad, ofreciéndole la tela de seda. Él la recoge y posa sus manos sobre mi pelo. Pienso que evidenciará mi auténtica identidad, pero al subir la cabeza y observar su rostro… no capto en él suspicacia alguna. De inmediato me retiro a un lado, sentándome junto a Chiring Nurpal. Mi pánico desciende pero no así mi inquietud, pues comienza a preguntarnos, y pienso que en cualquier momento lo hará sobre mí. Sin embargo, sólo pregunta sobre el bienestar de nuestro rey, la prosperidad de nuestro país y el estado de nuestra salud. Tras aquellas preguntas, vuelve el silencio. El mismo monje que nos ofreció las telas de seda, nos coloca una sobre nuestros cuellos. Después, aferra una tetera de plata y vierte té en nuestras tazas. Apenas salgo de allí, vuelvo a sentir el mismo optimismo que tras la audiencia ante el jongpon de Kirong.

No sé si supo de mí y se calló, o simplemente es un niño entre mayores, pero di gracias que la fortuna me arropó. Y ahora, a penas a unas pocas jornadas de Lhasa, puedo sentir de nuevo optimismo, sabiendo que llegaré a finalizar mi misión.

En la lejanía vemos un grupo de hombres junto al camino, frente a uno de los números laptha que se pueden encontrar a lo largo de la ruta a Lhasa. Al principio pienso que serán peregrinos orando, mientras depositan una piedra sobre él, como tantas otras veces hemos visto. Sin embargo, cuando nos acercamos al trote y nos encontramos a su lado, un escalofrío recorre mi espalda.

—¡Parad! —grita uno de ellos, mientras los otros corren hacia mi caballo para aferra con fuerza las riendas.

—¡Desmontad, hijo de cien padres! —nos grita.

Siento que mis músculos se tensan y que mis piernas se adhieren a la montura como si formaran parte de ella. Soy incapaz de moverme. No sé si son dacoits, o simplemente bandidos, pero sé que ni uno ni otros les importa acabar con las vidas de quienes roban. Mi vista se nubla, pienso que voy a desmallar. Nunca pensé en ellos, aunque cientos de veces me hablaron de las bandas que infectaban estos caminos, pues siempre temí más a los jongpons o garpon de los poblados que transitábamos. Y mientras pienso que mi misión ha finalizado a pocas jornadas de Lhasa, que no volveré a ver a mi familia, que moriré por un puñado de rupias y un maldito caballo… oigo un chasquido. Ese mismo sonido que he escucho cada vez que azoto a mi caballo. Giro la cabeza. Uno de los mahometanos que me acompañan intenta escapar.

—¡Tú! ¿Adónde vas?—le dice uno de los ladrones mientras saca el sable colgado a su cintura, abalanzándose sobre él.

Los demás miembros de la banda le imitan, sacando sus sables y elevándolos sobre sus cabezas. Entonces, el instinto de supervivencia que todo hombre tiene, me invade. Sin pensar, fustigo a mi caballo mientras tiro hacia mí de las riendas, de tal manera que se encabrita, elevando sus patas delanteras. El bandido cae al suelo. De inmediato lo espoleo y salgo al galope, como si la misma muerte nos siguiera, aunque en cierto modo es así, pues comienzan a silbar balas sobre mi cabeza.

Debo aferrar con fuerza las riendas del azar de mi fortuna y espolear con fuerza mi misión. Si ellos quieren, el azar y la fortuna, me permitirán finalizar mi destino.

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ciro
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por ciro » 17 Oct 2013 21:58

Bueno, uno se pregunta , Y ¿por qué no finaliza su destino en el relato? Se agradece que nos acerque a una cultura tan interesante como la tibetana, pero le falta algo de coherencia al relato y le sobra alguna falta. La idea no es mala, habría que trabajarla un poco más (como esto no suele gustarme que me lo digan a mí, porque precisamente cuando menos lo trabajo es cuando menos me lo dicen, doy la alternativa: o tener más talento).
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por andres451 » 18 Oct 2013 04:14

Una cultura totalmente desconocida para mí, así que tuve que investigar un poco. Por momentos se me hizo un poco pesado y me dejó un sabor un poco amargo el final.. me pareció demasiado abierto. Al menos para mi gusto...
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Berlín » 18 Oct 2013 15:42

Parece ser que el tal Nain Singh nació en Sikkim al nordeste de la India en el año 1826 (aprox.) y fue reclutado como pundit en Dehra Dun. Un pundit parece ser que era algo así como un hombre de conocimiento en un idioma indio pero que luego pasó a significar simplemente explorador. Pues eso que el tal Nain era un espía de los ingleses para confeccionar un mapa del suelo que les valdría a ellos luego para posibles conquistas. Nada favorece más el éxito de una contienda que conocer previamente el terreno enemigo.

Una historia muy chula. La historia de un topógrafo topito.

Ya la sigo leyendo y a medida que le vaya sacando el juguillo ya comentaré más. A mi me ha gustado.

Y si voy muy descaminada que me corrijan los sabios.

Por cierto: el título me encanta. :hola:
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Isma » 19 Oct 2013 14:42

Guau. Me ha encantado. El misterio de un viaje hacia lo desconocido, el de un cartógrafo que crea un mapa de una de las regiones más inaccesibles de la tierra. Sobre todo el relato pende una tiniebla de aprensión y misterio ante una cultura ancestral, la de un pueblo que medra entre unas montañas que lo ocultan todo. Contribuye a esa ambientación la descripción de los ríos torrenciales, las desiertas llanuras y las caravanas que las recorren. La visita al lama realmente consigue transmitirnos el temor reverencial ante ese místico supremo. Y así, una y otra.

Pega; el final queda en el aire. Una auténtica pena, porque cerrando eso hubiera quedado, a mi juicio, redondo.

Muy bueno. Uno de mis favoritos.

Notas:
- Hay muchas, muchas redundancias. Decapitación de mi cabeza. Asiento con la cabeza. Mi oido capta la charla...
- El texto requiere un repasillo en lo formal. Letras sueltas... alguna concordancia verbal que falla... nada terrible.
- El punto de ebullición del agua lo anota para saber la altura. Me ha gustado leerlo.

Notas sobre el lenguaje:
- Un jongpon es una especie de gobernador.
- Ladakh es una región india fronteriza con el Tibet.
- Un chorten es una estructura semiesférica que guarda reliquias, generalmente budistas
- No he conseguido averiguar lo que es un tarjum, y creo que un laptha no es un tronco de madera.

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por jilguero » 19 Oct 2013 15:43

Otro relato que me produce sentimientos encontrados. Por un lado, ha sido un placer acompañar a este espía- explorador, compartir su viaje, su miedo por ser descubierto. Aunque redactado en una prosa más lenta e indirecta, me ha recordado a los libros de viajes y, como me ocurre al leer estos, he sentido envida del protagonista. Me parece una misión envidiable tener que recorrerte palmo a palmo un territorio para medirlo contando sus pasos. Hasta ahí, todo positivo.
Los inconvenientes, pues que, sobre todo al principio, la prosa es más premiosa y reiterativa de lo necesario, algo que tiene fácil solución trabajando un poco más el texto. Y la mayor pega, pues que termina siendo una simple puesta en escena, un iniciar una historia que no acaba (¿será esta la inacabada obra de Topito?). Por último, algo que me ha descolocado :shock: : había entendido que medía las distancias a través de sus propias zancadas y que deseaba culminar su misión en Lasha. ¿Por qué, entonces, cuando llegan los bandidos, resulta que él va a caballo? Igual es que me he perdido algún detalle que lo aclara.
En general, me ha gustado la idea y me ha gustado acompañarte en este tramo del viaje :D , pero no me ha gustado que de pronto me hayas dejado tirado en mitad del camino a Lasha. :(
Y he olvidado decirte que el título me encanta (incluso con el punto detrás :60: ).
Última edición por jilguero el 23 Oct 2013 15:20, editado 1 vez en total.
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Miss Darcy » 19 Oct 2013 16:54

:ola: :ola:

Eso para empezar, por atreverte con algo tan desconocido (al menos para mí) y saber acercarlo al lector neófito de esta manera.

Y ahora un par de tirones de orejas. Personalmente, aún no he descubierto quién es el protagonista, ni de dónde es ni exactamente para quién trabaja y por qué. Se me ha perdido el protagonista entre tantos pasos y paisajes (perdona el chiste fácil jejeje). Aún así, me has atrapado con la lectura, aumentando el misterio acerca de su persona y me has hecho leer con más interés. ¿Lo dejamos en tablas? :P

Lo que no te perdono es ese final. No, no, no :icon_no_tenteras: ¿Intuyo falta de tiempo? No puedes dejarlo corriendo en aquellas estepas sin darnos una pista de lo que va a ocurrirle al final :D

Enhorabuena autor, has sido muy valiente :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Sinkim » 19 Oct 2013 22:37

Coincido con el resto de los foreros, una historia muy buena pero el final se queda tan abierto que me la chafa :D Me ha gustado el protagonista y la idea de cartografiar un pais a base de andar :lol: Aunque se me ha hecho raro lo de que apunte la temperatura de ebullición del agua, con tanto cuidado que tiene para no hacer nada raro y que le descubran no me convence que esté con un termómetro midiendo la temperatura :D
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Fernando Vidal » 20 Oct 2013 08:11

En los primeros párrafos el relato no me llamó la atención (quizás porque el autor no nos daba todavía suficientes pistas como para hacernos una imagen del protagonista) pero hacia el 30% del texto lo sentí mucho más interesante y mi atención fue capturada por completo. Me gustó la narración. Creo que por momentos me vi también viajando a través del Tibet.
Sin embargo el final no terminó de satisfacerme. No tanto porque fuese un final abierto sino porque no sentí que aquel fuese el momento indicado para que la historia acabe después de las expectativas que despertó en el lector.

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por albatross » 20 Oct 2013 11:03

Reconozco que, de entrada, lo poco afortunado de la frase "la muy probable decapitación de mi cabeza" me puso en guardia. Una cabeza no se decapita, se corta. Lo que se decapita es un cuerpo.

Luego la historia me fue atrapando poco a poco. La idea es magnífica: un topógrafo que mide sus pasos durante meses de marcha. Eso tiene unas enormes posibilidades narrativas que se han explotado solo en parte. Historias de bandidos persiguiéndose a caballo hay muchas, pero hubiese preferido detalles de las anotaciones topográficas y de las técnicas rudimentarias de medición, aderezadas con lo clandestino de su misión.

De cualquier modo he disfrutado mucho con la lectura y animo al autor a que lo trabaje más, ya que tiene muchas posibilidades.

Al final me faltó el texto "CONTINUARÁ"

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Dori25 » 21 Oct 2013 17:36

El título me encanta.
Pero para mi, es demasiado intenso. Le daré otra lectura.

Esto....... ¿Un topito topógrafo??? mmmmmm
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Gisso » 21 Oct 2013 23:04

Bueno, a mí se me ha hecho un poco tedioso y el final me ha dejado muerto matado :noooo: . Eso no se hace... Yo pienso que un relato histórico debería enseñar por sí mismo y no dejarte con tanta miel en los labios. La mayoría de las palabras o localizaciones no aparecen buscando por San Google o, por lo menos, tal como están escritas. Nain Singh Rawat, sí que es un personaje historico, pero poca referencia puedes encontrar de él y lo que encuentras, está en inglés, así que apaga y vamonos, yo que no tengo ni pajolera idea... Por desgracia, me he quedado igual o peor que cuando he empezado a leer el relato.

Lo siento, compañero escritor, pero tal como está planteado, este relato me ha derrotado. Ahora necesito un "Nain Singh Rawat para Dummies"

:60:

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Topito » 22 Oct 2013 08:58

Bien, otro más leído.

La historia es interesante, y he estado investigando... Casi nada en castellano, que coñazo, como dice Gisso. Aunque con algunos enlaces de la wiki he podido llegar a ver un artículo del Royal Geographical Society, pero están escritos en un ingles del siglo XIX que me es complicado entender del todo.

http://archive.org/stream/jstor-1798572 ... 2_djvu.txt

Es este... Por si alguno que sabe bien ingles puede darnos más información. Yo es que esto del ingles, y menos la forma de escribir del siglo XIX, se me da bien. Pero me ha parecido super curiosa la historia y más siendo algo tan cercano a mis estudios. :mrgreen:

Además, he encontrado el mapa que dibujo ese coronel que se nombra en el relato. Es este:

http://www.google.es/imgres?imgurl=http ... CCwQrQMwAA


Me ha gustado eso del Spy Explorer . Parece que así llamaban los ingleses a estos cartógrafos-topográfos-exploradores... además de espías. Un 007 pero del siglo XIX.

Sin embargo, no entiendo ese final tan brusco :evil: Era una historia que no ibamos a conocer y podías jugar con ese final: ¿le decapitan?, ¿llega a Lhasa? ¿por qué el final es a caballo? No sé, me da que falta muchos detalles. También me gusto eso del destino, la fatalidad, tan usado en las novelas del siglo XIX ¿Es a propósito? Pero no sé, está poco explotado. Tienes algunas faltas, y algunas se nota que es porque ni se ha realizado una segunda lectura.

Y estoy con albatross en que no entiendo que no explicarás la utilización del sextante (con lo chulo que es eso de mirar a una estrella, medir su distancia) Lo del termómetro he leído por algún lado que lo llevaba escondido, al igual que los demás instrumentos. Y mirando las tablas que he visto en ese artículo que he encontrado, no están mal los cálculos. Y sobre todo el de las alturas, en algunos casos apenas tiene error.

Bueno, lo leeré de nuevo en mi segunda vuelta.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Berlín » 22 Oct 2013 09:05

Voy a utilizar un recurso que mi adorado Isma, el del culo prieto, suele utilizar mucho conmigo en todos los concursos:

tooooooooooooooopitoooooooooo, aquí huele a gato encerrado :boese040:
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: NH1 El contador de pasos

Mensaje por Gisso » 22 Oct 2013 14:23

En este relato hay una cosa que no se debe desmerecer, y es, con la poca información que hay al menos en castellano, el autor nos haya querido enseñar un poco la vida de este personaje. El problema y, para mi gusto, es que al final haya quedado tan desangelado. ¿Conocería ya la historia de antemano?

Por cierto, ¿puedo intuir al autor? No sé... Veremos al final...

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