NH1 El precio de la adormidera - Tanisfer

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lucia
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NH1 El precio de la adormidera - Tanisfer

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:11

El precio de la adormidera

17 de Noviembre de 1858
—¿Por qué fluye el agua? —pregunta Jian Lin observando el surco de plata gris que traza el arroyo.
Lo miro en silencio, prisionero involuntario de mis propias y amargas reflexiones. Es de noche ya, la luna brilla en el cielo y una suave brisa oriental mece las flores de los cerezos. El estanque está en calma, o al menos así lo parece, los juncos se agitan en las orillas y cientos de farolillos voladores de papel gimen con el viento.
—No lo sé —contesto al cabo de un instante. La vieja herida me molesta, sobre todo si permanezco demasiado tiempo inmóvil, pero después de tantas semanas he aprendido a convivir con el dolor.
—Sí lo sabes —insiste él, sentado sobre sus rodillas, mientras acaricia la superficie cristalina del marjal. Su larga trenza le llega hasta la cintura—. Sólo que aún no has tomado conciencia de ello.
Cierro los ojos y dejo que el eco melódico de las aguas me llene de paz. Han pasado muchos meses ya desde el día en que el gobernador de Cantón le ordenara a Jian Lin acogerme en su casa y, desde aquel entonces, me he esforzado todo lo posible por tratar de comprender su extraña forma de pensar.
—Supongo que siempre ha sido así… —respondo por fin, abriendo los párpados lentamente, con la indolencia de aquel que pretende aferrarse a las fronteras imprecisas de un sueño difuso.
Al oírme levanta la cabeza y sus ojos, dos pozos profundos de marcada nostalgia, se encuentran con los míos. En el horizonte, tras la bruma gris que empaña las aguas de la charca, el cielo poco a poco se ha ido convirtiendo en un campo poblado de estrellas. A lo lejos, escondida tras la sombra de los cerezos, creo vislumbrar la silueta huidiza de Kumiko, pero la noche es demasiado oscura para saberlo con certeza
—“Siempre ha sido así”… —repite mi anfitrión entonces, con tono tardo y reflexivo, casi como si estuviera degustando cada palabra. Su inglés, pienso, recuerda al trino melancólico de un gorrión—. Es cierto —admite por último—. Pero ¿por qué, Edward?
Me revuelvo incómodo en mi lugar. Comienza a molestarme aquel interrogatorio.
—No soy un filósofo —respondo frustrado—. Sólo un simple teniente de la Armada. No tengo respuestas para todas tus preguntas.
Jian Lin me mira en silencio, pensativo, con la expresión de aquel que calla más de lo que dice.
—¿Recuerdas lo qué me preguntaste antes? —suspira finalmente—. Querías saber por qué acepté albergar en mi casa a un inglés herido. A un bárbaro enemigo del imperio celestial.
—Lo recuerdo —asiento yo, aprovechando la breve pausa para extender las piernas sobre el verde del césped. El suelo esta húmedo, pero tengo el cuerpo tan entumecido que no me importa demasiado—. Pero en lugar de responderme guardaste silencio y me trajiste aquí.
—Para que tú mismo encuentres la respuesta —replica él—. Dime, Edward ¿por qué corre el agua?
Me encojo de hombros admitiendo mi derrota. Los grillos susurran tras la espesura y una rana solitaria le canta con tristeza a la luna. Jian Lin, sin embargo, no parece dispuesto a dar su brazo a torcer. Se inclina hacía mí, con la sonrisa tenue de aquel que está por confesar un secreto, extiende su mano y señala la superficie plácida del estanque, allí donde los lirios agonizan en silencio.
—¿Por qué fluyen los afluentes? —repite una vez más— ¿Por qué mueren las flores cada noche?
Sigo con los ojos el camino que traza su brazo y luego me pierdo en el curso intermitente del arroyo que desemboca en la charca. El cielo, observo alzando la vista, es sólo un pálido reflejo de las aguas donde flotan las azucenas moribundas.
—Porque es inevitable —respondo por fin, comprendiendo el por qué de la tristeza que vela su rostro.
—Exacto —aplaude Jian Lin, cogiendo un capullo sonrosado del estanque. Sus movimientos parecen dotados de una cuidada afectación.
—Entonces… —comienzo a decir yo, pero él se levanta del suelo y no me deja terminar.
—Sí —asiente interrumpiéndome. La melancolía, descubro, escapa por su voz como huye la lluvia por el cauce de un río seco—. Era inevitable…
Lo miro sin atreverme a formular palabra. El silencio, me ha dicho él en otra ocasión, es el único amigo que jamás traiciona.
—Ven —me llama luego inclinando la cabeza hacia mí—. Asómate al estanque. ¿Qué ves?
Me levanto del suelo y camino hasta la orilla.
—Mi propio reflejo, aunque algo difuso —respondo fascinado por los ondas que deforman mi silueta.
—Mírate ahora en el arroyo. ¿Puedes ver algo?
—No —confieso por fin, tras un largo instante de contemplación—. Nada
Jian Lin me observa sin decir ni una sola palabra. «Lo sabe —pienso abatido—. Sabe lo de Kumiko», pero las palabras agonizan en mi boca.
—Un hombre de verdad —me dice entonces él, citando a Confucio, ajeno, al parecer a mis afligidas elucubraciones— no trata de verse en el agua que corre, sino en el agua tranquila; solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a otros. Yo te abrí las puertas de mi casa porque era inevitable, pero tú si has de tomar una decisión. Puedes quedarte aquí, si así lo deseas, bajo mi techo y en mi jardín; eres un extranjero, pero sé que es lo que mi hermana querría. O puede marcharte con los tuyos, regresar a tu barco y continuar con esta guerra. La elección es tuya, Edward, pero si te despides ya jamás podrás volver. —Y tras decir esto se aleja caminando con pasos lentos, dejándome solo en aquel edén donde el propio tiempo parece haberse detenido. Entregándome, una vez más, a las garras dolorosas de un silencio cargado de recuerdos.

9 de Diciembre de 1957
El agua, observa el teniente Edward Norton, es un desierto de olas grises y errantes que azotan la proa de la embarcación. A lo lejos, tras la desembocadura del Río de las Perlas, avanzan a fuerza de remo los barcos enemigos, y más allá, bajo un horizonte que sangra atardeceres, se alzan las murallas orgullosas de los fuertes que protegen a Cantón.
«¿Qué demonios hago aquí? —se pregunta el joven oficial, reprimiendo un suspiro de cansancio y contemplando hipnotizado las construcciones de bambú de los puertos cercanos—. Me alisté en la Armada para conocer el mundo, no para llevarle la guerra a un pueblo milenario en un confín perdido de la Tierra…». Sin embargo, ya es demasiado tarde para echarse atrás. Además sabe, porque los restantes oficiales lo repiten a diario, que con el incidente del Arrow los orientales han ofendido el nombre de su Majestad, la reina Victoria, y es ese un crimen que ningún británico puede dejar impune.
De repente la voz gruesa y malhumorada del capitán interrumpe sus amargos pensamientos.
—¡Preparad la batería de estribor! —Ordena a voz de grito y el teniente se apresura a cumplir con su mandato. Al fin y al cabo, todos los que están bordo del HMS Worcester saben que no prudente arriesgarse a contraer la ira de aquel viejo lobo de mar. El océano es su reino y allí, pese a las ordenanzas de la Royal Navy, el impone sus propias leyes.
El HMS Worcester es una fragata de tres puentes y 64 cañones, recuerda Edward cruzando con pasos veloces la cubierta, que se ha fogueado en 1853, durante la Guerra de Crimea, y que luego ha participado de la lucha contra los Cipayos, en la Rebelión de la India. Sus cañones, mucho más modernos y de mayor alcance que las tristes culebrinas de la Dinastía Qing, son capaces de hundir a una docena de navíos enemigos, antes incluso de que estos puedan disparar una sola carga.
Quizás las cosas hubieran podido resolverse de otro modo, medita entonces el joven oficial sintiendo una punzada de lástima por los chinos, pero los orientales aún no se han percatado de que su amado emperador es un dios de pies de barro y, mientras no sean conscientes de ello, jamás aceptarán las condiciones que Gran Bretaña impone para el comercio.
—Existe un antiguo proverbio chino —ha afirmado un par de días atrás el almirante Seymour, en un banquete ofrecido en Hong Kong—: “El dragón inmóvil en las aguas profundas se convierte en presa de los cangrejos”. Caballeros —ha añadido luego, alzando en alto su copa de champagne—, el imperio celestial es ese dragón y nosotros los cangrejos. Si Dios así lo quiere dentro de unos días estaremos cenando en Cantón —y Edward cree recordar que él ha vitoreado y aplaudido junto a todos los demás.
—¡Apunten los cañones! —ordena ahora el capitán, contemplando el horizonte con sus prismáticos. Los barcos enemigos, descubre el joven teniente imitándolo, parecen haber recibido una orden similar. La desembocadura del río es un hervidero de actividad y el cielo luce oscurecido por las velas de los frágiles juncos.
—¡Fuego!
Los obuses rugen y los morteros emiten su canción mortal. Edward casi siente compasión por los chinos.
—¡Segunda batería! ¡Fuego! —vuelve a ordenar el capitán y, cuando por fin se disipa el humo gris de la pólvora, todos a bordo del HMS Worcester descubren que han bastado aquellas dos simples andanadas para mandar a pique a unas cuantas naves enemigas.
—Esto es incluso demasiado fácil —comenta un joven guardiamarina por lo bajo, sin percatarse de que Edward se encuentra a su lado, pero este sabe que no tiene sentido reprenderlo por su indisciplina.
—¡Fuego! —grita por tercera vez el capitán, bajo la lona que protege el castillo de popa, y otras tantas embarcaciones orientales son heridas de muerte en su línea de flotación.
De todos modos, y pese al fuego graneado de los barcos ingleses, una docena de naves chinas logran acercarse lo suficiente como para poner a prueba también ellas su poder de tiro.
«Pobres ingenuos —musita Edward contemplando como las olas del océano sacuden a su antojo a los frágiles juncos—. Valientes hasta el fin». Y hace ademán de darse media vuelta para reprender a los artilleros que están tardando demasiado en recargar los cañones, cuando de repente siente un agudo dolor en el costado.
Perplejo se lleva la mano a las costillas. Al bajar la vista descubre que está cubierto de sangre.
«No puede ser —piensa, entre confuso e incrédulo—. No es posible». Pero la mancha roja que rápidamente se extiende por su casaca azul le confirma que no está soñando.
Desesperado intenta llegar hasta el puente de mando. Sin embargo, no ha dado aún más de dos pasos cuando las rodillas le fallan y cae sobre la ardiente arena con la que han regado la cubierta.
«No se suponía que esto acabase así», medita entonces, sintiendo que un fuego devorador lo consume por dentro. Las lágrimas, descubre en un fugaz destello de conciencia, amenazan con desbordar el dique de sus párpados.
Trata de pararse, de gritar, de suplicar ayuda, pero es inútil. Las fuerzas no lo acompañan. Sabe que no debe rendirse, que no tiene que entregarse sin luchar, pero no puede evitar que sus ojos poco a poco se vayan cerrando.
Lo último que cree ver, antes de perder la conciencia, son los últimos restos de la flota china huyendo bajo una densa nube de pólvora. Luego la vista se le apaga y, mientras el gris mar se sacude con violencia, enfurecido quizás por el tributo sangriento que ha recibido, los gritos de victoria de los marinos británicos lo sumergen en un sueño poblado de pesadillas.

17 de Noviembre de 1858
El jardín huele a jazmines y cerezos, descubro mientras me palpo el costado derecho, allí donde la bala a punto estuvo de perforarme un pulmón. La herida está cicatrizando bien, y he tenido suerte de que el gobernador Bo-Gui ordenara alojar a los oficiales heridos en las casas de los comerciantes chinos más ricos. De otra manera de seguro habría cogido alguna infección en uno de esos mugrientos hospitales de campaña. Sin embargo, reflexiono luego, quizás fuera mejor así. Después de todo, duelen más las heridas del corazón que las que provocan el frío acero y el gris plomo. La gangrena puede curarse con el beso del fuego, las penas de amor, en cambio, no sanan jamás.
La brisa otoñal sacude las ramas de los árboles y un sinfín de capullos de cerezos caen sobre el suelo en una danza lenta y melancólica. Me inclino y cojo un puñado de pétalos marchitos. Luego los soplo suavemente y observo como bailan en el aire. Tengo que tomar una decisión, recuerdo mientras el viento gime entre las cañas de bambú. El emperador se ha negado a firmar el tratado de Tianjin y almirante Seymour ha decidido llevar la guerra a Pekín, en el corazón mismo de China. Es mi oportunidad de obtener un nuevo ascenso, pero en el fondo de mi alma me siento culpable. Por Jian Lin, por Kumiko, y por todo el resto.
«Tienes que elegir» me ha dicho mi anfitrión, y el peso de aquella certeza me desgarra por dentro.
Me doy vuelta y observo a mí alrededor. La noche es oscura, miles de sombras difusas danzan tras los árboles y a lo lejos, tras el pequeño arroyo que corre hacia el estanque, las luces de la mansión luchan una batalla perdida contras las tinieblas que cubren la ciudad. Por un instante, lo admito, me tienta la idea de refugiarme allí y hasta puedo imaginarme el aroma de la comida caliente y el té recién servido. Sin embargo descarto rápidamente ese pensamiento. No sería justo, me digo, ni para mí ni para ellos, compartir su arroz y su pescado hasta tanto no haya tomado una decisión.
De repente una fugaz silueta se refleja en las aguas prístinas de la charca. Me doy vuelta, con el corazón galopando en mi pecho, y descubro que Kumiko se halla recostada sobre un árbol, observándome en silencio.
«¿Hace cuánto que estas allí?» quiero preguntarle, pero sólo conozco unas pocas palabras en su idioma, y ella apenas si entiende el inglés, por lo que la pregunta fenece en mi boca, aún antes de partir. Como el último tren de una estación en ruinas.
Ella es hermosa, me digo, una vez más, mientras admiro su grácil silueta bajo la luz de las estrellas. Lleva puesto un largo vestido de vaporosa seda azul, con mangas amplias y cuello alto, que resalta el brillo opaco de sus cabellos. Es pequeña, muy pequeña, y parece frágil, aunque en el fondo sé que no lo es, pero eso no impide que sienta una imperiosa necesidad de abrazarla.
—Edward —me saluda ella, acercándose con pasos dubitativos. Una extraña tristeza parece hacer mella en sus ojos pardos—. Edward —repite cogiéndome de la mano, y no puedo menos que estremecerme por dentro al sentir su contacto. Mi nombre es una de las primeras palabras que ha aprendido a decir en inglés y, si bien su pronunciación es algo extraña, jamás he oído nada tan dulce como el sonido de mi nombre en sus labios.
—Kumiko —le respondo yo, acariciando sus delicados dedos de marfil. Durante un instante que se me antoja eterno me pierdo en la observación del fino talle de su cintura. Su figura,
pienso entonces, a veces parece confundirse con los juncos gráciles y quebradizos del marjal.
Ella me mira también, sin apartar sus ojos de los míos, y luego se deshace de mis brazos con una expresión nostálgica.
—Edward —farfulla entonces, luchando con el idioma—. ¿Decidir ya? ¿Irte?
Sacudo lentamente con la cabeza. Un hondo pesar se adueña de mí.
—No —respondo por fin, tratando de recordar las pocas palabras que se pronunciar en su idioma—. Aún no, pequeña —y al decirlo recuerdo la tarde de nuestro primer encuentro, en aquel mismo jardín, bajo un sol de estío que arrancaba pálidos destellos de los lirios del estanque.

24 de Junio de 1858
El verano ha llegado ya a Cantón, observa Edward recostado sobre una esterilla fabricada con juncos, y junto con la nueva estación poco a poco comienzan a difuminarse las huellas del reciente asedio. Las casas destruidas han vuelto a edificarse, se repararon los embarcaderos de bambú y las mareas se han llevado consigo los restos ennegrecidos de los naufragios. Sólo los muros de los fuertes cercanos aún se encuentran derruidos, como un recuerdo imperecedero del poder de bombardeo británico.
«Pronto podré regresar a casa», piensa el joven teniente, reconfortándose en la idea de volver a contemplar la verde campiña inglesa. Uno de los oficiales del HMS Worcester ha ido a visitarlo hace unos pocos días, y le ha contado en secreto que está a punto de firmarse un tratado con los chinos que pondrá fin a la guerra.
—Nos lo darán todo —ha asegurado su compañero con una sonrisa de satisfacción—. Dos millones de taeles de plata, el derecho a navegar por todos sus ríos, y diez nuevos puertos para comerciar —y Edward no ha podido menos que alegrarse también él. En su interior comienza a fantasear con la posibilidad de regresar a su pequeño pueblo en Norfolk. Tiene familia allí: dos hermanas, una madre anciana y una novia que espera paciente por su regreso. De no haber resultado herido, reflexiona al recordar el semblante dulce de Mary, de seguro habría recibido un ascenso y hubieran podido casarse y mudarse a Londres juntos. Pero no tiene sentido pensar en ello.
El sol avanza con pasos lentos sobre el firmamento y sus rayos lastiman los ojos del joven oficial. Molesto, trata de girarse hacía el costado, pero no ha logrado desplazarse ni un par de centímetros siquiera cuando siente que un millar de agujas incandescentes le perforan el costado.
—¡Diablos! —masculla irritado. Detesta sentirse como un inválido—. Maldita sea —murmura luego, tratando en vano de levantarse. Vuelve la cabeza hacia atrás, buscando a alguien que pueda ayudarlo, pero sólo el gemido del viento entre los juncos responde a su silenciosa desesperación.
—¿Hola? —Llama entonces en voz alta. Cada vez le duele más la herida—. ¡Hola! —pero nadie parece escucharlo. Ya está por rendirse cuando de repente una bella silueta femenina cruza por su campo de visión.
La muchacha, porque es una muchacha como descubre en seguida el joven teniente, se detiene ante él y lo observa con atención, tratando, quizás, de comprender el por qué de sus quejas.
Él la mira, olvidado de repente el martirio que le provoca la herida sin cicatrizar, y en sus pequeños ojos rasgados cree contemplar la inmensidad del mar.
—¿Me ayudas? —pregunta entonces, extendiendo su mano hacia ella, y aunque la joven no comprende sus palabras sí parece entender el gesto que él le hace. Hace primero un amague de acercarse pero luego, recuperado el natural decoro, retrocede dos pasos hacia atrás—. Por favor —insiste Edward, extendiendo aún más el brazo, y el tono de súplica de su voz basta para conmover a la joven quien, tras echar una breve y nerviosa ojeada en torno suyo, lo abraza con delicadeza por los hombros y lo ayuda a sentarse.
—Gracias —dice el teniente, asiendo entre sus manos la de ella un segundo más de lo necesario. Al oírlo la joven inclina la cabeza con recato y hace un ademán de alejarse—. ¡Espera! —le ruega él sin resignarse a dejarla partir. Teme que si ella se va ya nunca más vuelva a encontrarla—. ¿Cómo te llamas?
La muchacha lo mira en silencio, sin decir nada, y después sacude lentamente sus oscuros cabellos, agitando el rodete que los sostiene en un peinado tan delicado como complejo. «No entiendo —parecen decir sus ojos de avellanas—. Lo siento». Pero el extranjero no está dispuesto a rendirse tan fácilmente. Sentado como esta en la esterilla de juncos se lleva la mano al pecho y pronuncia con lentitud.
—E-dw-ard.
Ella lo observa durante un largo instante, mientras las aguas del estanque acunan a los lirios pálidos.
—Edward… —repite por fin, reclinándose a coger una azucena que luego entrelaza tras su pelo negro.
Él asiente sonriendo. Huele a azahar, piensa deleitándose con el sutil perfume que emana de sus ropas. A azahar y naranjos en flor. Aún no lo sabe, pero ha quedado preso del extraño embrujo de su presencia.
—Si —dice—. Edward —luego alarga la mano para señalarla y agrega—: ¿Y tú?
La muchacha aparta sus ojos del extranjero y se dedica a observar el horizonte. Sus delicados dedos, observa el joven teniente atento al menor detalle, juegan nerviosos con la flor que pende de sus cabellos.
—¿Cómo te llamas? —insiste él, aunque es consciente de que sus esfuerzos son en vano.
La muchacha, sin embargo, sí parece entenderlo, porque captura el vuelo de sus ojos con el brillo de los suyos propios y pronuncia tan sólo:
—Kumiko… Wǒ jiào Kumiko —después inclina el cuello hacía él y huye corriendo del jardín.
Detrás de ella, descubre Edward, queda flotando en el aire la fragancia delicada y floral de su cuerpo. Como la última nieve de un invierno que se resiste a partir.
—Kumiko… —murmura entonces, recostado sobre la esterilla, mientras observa con ojos melancólicos las aguas cristalinas del estanque. En su boca el nombre de ella sabe a bosques de bambú, a lagos cubiertos por las neblinas de primavera y a ríos eternos que atraviesan los campos de arroz—. Kumiko…

17 de Noviembre de 1858
La muchacha me observa con ojos tristes. No sé si ha comprendido mis palabras, probablemente no, pero estoy seguro que adivina el peso de las dudas que me atormentan por dentro.
—Venir —me dice entonces, cogiéndome con fuerza de la mano—. Venir, Edward.
No estoy seguro de que se una buena idea. Quiero señalarle lo peligroso que resulta que nos vean juntos, pero no encuentro las palabras necesarias y la protesta se desinfla en mi boca. Además, es tan hermosa que no puedo negarle nada. Me dejo conducir entonces por ella, como una libélula fascinada por el brillo de la lámpara que habrá de consumirla, y ni siquiera protesto cuando me lleva hasta un pequeño puente que atraviesa el arroyo y conecta el jardín de Jian Lin con el resto de la ciudad.
La muchacha me arrastra por calles cada vez más oscuras y tétricas. Los barrios más pobres de Cantón, descubro persiguiendo sus pasos, se aglomeran junto al puerto y un nauseabundo olor a pescado podrido, pobreza, muerte y suciedad impregna mis fosas nasales. Ni siquiera el delicado perfume de Kumiko es capaz de enmascarar la sórdida fetidez que emana del estuario.
La noche es una espiral de sombras oscuras y amenazantes que me observan desde sus escondites. Que lejos queda la calma seguridad del distrito de los comerciantes, reflexiono observando las olas que rompen contra la costa.
—Aquí— me dice entonces Kumiko deteniéndose ante una puerta desvencijada y ruinosa—. Entrar. —Durante un segundo, lo reconozco, pienso que quizás todo aquello sea parte de una elaborada trampa.
Sin embargo, me adentro en el portal, como ella me ha indicado y, tras recorrer un breve pasillo cubierto de inmundicias, me detengo ante un sujeto que por las trazas que lleva parece ser el matón del lugar.
—Tres taeles de plata —me dice en chino. Reviso mis bolsillos hasta que logro dar con un puñado de libras que extiendo sobre su mano sucia.
—Venir —repite entonces Kumiko, pagando también ella el precio de su entrada. La miro un instante, dudando entre seguirla o no. Hay algo extraño en todo aquello, algo que no huele bien. Sin embargo la muchacha me sonríe y yo, embrujado como estoy por el hechizo de su belleza, me dejo conducir hasta una pequeña sala de techo hundido que apesta a miseria.
Un denso humo pardo flota en el aire y comienzan a escocerme la nariz y los ojos. Aquí y allá, descubro luego, tras estornudar varias veces y derramar un par de lágrimas, se encuentran desperdigados los cuerpos cadavéricos de una docena y media de chinos. Algunos están recostados sobre esterillas desvencijadas, otros yacen desmayados en el húmedo suelo de tierra y hay uno, incluso, que se ríe solo y por lo bajo, con la mirada perdida en las paredes desnudas. Todos, sin excepción, tienen el mismo rostro macilento y vencido.
—Vámonos de aquí —le digo a Kumiko sujetándola con fuerza de la mano, pero ella se deshace de mi presa.
—No —replica la muchacha alejándose. En sus ojos creo atisbar una dureza que jamás antes le conocí—. Opio —agrega luego —y señala el espectáculo triste de los adictos moribundos.
—Si —confirmo yo asintiendo con tristeza. No puedo evitar que la culpa y los remordimientos me torturen la conciencia. Es este el motivo por el cual los británicos hemos estado guerreando con los chinos y al final nos hemos salido con la nuestra, convirtiendo al imperio celestial en un pueblo de adictos grises y sin conciencia—. Adormidera. Ahora vámonos, por favor.
Kumiko me observa en silencio, con un brillo extraño ardiendo en su mirada.
—Opio —repite, una vez más, obligándome a contemplar el triste espectáculo de aquel lugar. Sin embargo no son las siluetas lívidas y extenuadas las que me provocan un intenso escalofrío en la espalda, sino el odio con el que me miran desde sus ojos apagados. Soy un extranjero, comprendo entonces, y siempre lo seré. Un extranjero en una tierra que ha destrozado con la guerra y las drogas, y nunca nadie podrá olvidarlo.
—Suficiente. Vámonos —vuelvo a pedirle a Kumiko. Esta vez la muchacha parece compadecerse de mí porque asiente con la cabeza y emprendemos el camino de regreso.
Media hora después nos hallamos de vuelta en el jardín de Jian Lin. La luna es un pálido reflejo de mi propia desolación.
—¿Comprender, Edward? —me pregunta entonces ella y un suspiro agoniza entre mis labios.
—Si —respondo por fin—. Comprendo… —Ella me mira, una sonrisa se dibuja en sus labios delicados cual flor de loto y luego se acerca a mí y me da un largo y profundo beso. Es la primera vez que nuestras bocas se encuentran, y hace tiempo que lo deseo, pero luego de lo que he visto su dulce aliento sólo consiguen entristecerme aún más.
No sé cuanto tiempo dura aquella caricia, pero finalmente Kumiko se aparta de mí y me mira con expresión feliz.
—¿Decidir, entonces? —dice, acariciándome la mejilla con un gesto cargado de ternura. Y tras sacarse el anillo de jade que adorna su dedo anular lo deposita en mi mano.
Yo asiento con la cabeza, demasiado triste como para rechazar su obsequio. La suave brisa de la noche nos envuelve en un abrazo que pareciera no tener fin.
—Si —contesto finalmente, rememorando las miradas de odio que recogiera en el fumadero—. Ya me he decidido. Debo ir a hablar con tu hermano, pequeña…
Luego me quedo en silencio, prisionero de un dolor que me resulta insoportable. A lo lejos, tras los cerezos del jardín, resuenan durante un largo rato el eco triste de mis últimas palabras.

12 de Octubre 1860
El capitán de navío Edward Norton contempla con tristeza el fuego que devora al Palacio del Verano. Las llamas, observa, se extienden incluso sobre los jardines y, mientras lo que hasta hace unos días era un maravilloso edén se convierte en un infierno, no puede menos que derramar una lágrima de tristeza.
A lo lejos cree ver a dos soldados de infantería que huyen cargando en sus manos delicadas estatuillas de oropel. Por un momento piensa en detenerlos, su nuevo cargo así lo permite, y en cierta forma el recuerdo de Jian Lin y Kumiko se lo exige, pero luego comprende que no tiene sentido. Nada tiene sentido ya, la guerra ha impuesto su locura.
Con ojos melancólicos se vuelve hacía los pequeños templos que aún se permanecen intactos. Pronto el fuego los alcanzará también a ellos, piensa. Pekín abrirá sus puertas a los británicos y sus aliados los franceses, los rusos se harán con las tierras del norte y todo cuanto hubo alguna vez de bello y misterioso en aquella tierra desaparecerá para siempre.
El Imperio Celestial, medita hipnotizado por la danza de las llamas, jamás volverá a ser el que era. El fuego ha consumido los pies de barro del coloso y su milenaria cultura se encamina hacía la extinción. Por mucho que le duela, comprende Edward, él mismo ha contribuido a ello. No importa lo que piense ni lo que sienta, no interesa tampoco que durante un breve otoño su corazón latiera por una princesa oriental; nada importa ya. Él es, y siempre ha sido, un extranjero en una tierra de dioses moribundos.
—Fue sólo un sueño —murmura entonces, olvidando las enseñanzas de su anfitrión, la música de las flautas, el sabor cálido de los labios de Kumiko—. Sólo un sueño… —y arroja sobre la pira encendida el anillo de jade que le regalara la muchacha.

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por ciro » 17 Oct 2013 21:50

Otro relato con fallitos tanto históricos como de redacción. El relato está bien pero también existe alguna incongruencia argumental. Buen intento, no obstante. Quizá puliendo todos esos detalles subiera mucho en la puntuación.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Ratpenat
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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Ratpenat » 18 Oct 2013 11:17

Lo de las fechas, es como topito aconsejó hacer para marcar el momento histórico. :D

Está entretenido el relato, aunque del tema histórico ni idea. Esperaré a que se comente más, me temo, para enterarme de qué va la cosa. Creo que lo haré en bastantes relatos :roll:

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por andres451 » 19 Oct 2013 00:29

El nombre "Kumiko" creo que es más japonés que chino. :lol:

Me gustó bastante, tiene una tonalidad triste. Por momentos me recordó a Shogun de Clavell o a El último samurai. Es decir, un capitán extranjero encariñandose con una cultura que desconocía.
Me gustó.
Leyendo: El castillo de los buhos Ryōtarō Shiba
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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por jilguero » 19 Oct 2013 00:39

Inicialmente, el tono reposado y melancólico del relato me ha gustado mucho. Pero luego me ha cansado un poco. En cuanto al momento histórico del que habla, ni idea, pero ahora buscaré para ubicarme mejor. En conjunto, no está mal y me alegro de haberlo leído. :60:

Edito para decirle al autor que anoche, ya en la cama, Jilguero seguía viendo el jardín, escuchando la rana, oliendo el aroma de los jazmines y cerezos... Es decir, que el relato me ha llegado más de lo que se pudiera pensar de mi escueto comentario. Y como he supuesto que te agradaría saberlo, te lo digo :D .
Última edición por jilguero el 19 Oct 2013 12:55, editado 1 vez en total.
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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por albatross » 19 Oct 2013 11:24

Pues yo encuentro que es un relato delicioso, con una prosa sencilla y sin pretensiones que fluye como el agua del primer párrafo. Si tuviera que elegir un adjetivo para describir este relato sería "cinematográfico". Me ha despistado un poco la fecha de la segunda parte (9 de Diciembre de 1957) pero pronto me di cuenta de que se trataba de una errata. Es verdad que se puede pulir bastante y que Kumiko me pareció un nombre más japonés que chino, pero me ha resultado de una lectura muy agradable. Enhorabuena.

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Sinkim » 19 Oct 2013 12:05

A mí me ha gustado, me ha parecido una historia muy bonita y bien contada y no se me ha hecho lenta para nada :D :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

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Miss Darcy
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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Miss Darcy » 19 Oct 2013 12:41

¡Mi primer comentario!

Verás autor, tu relato es poético, cuidado y transmite muchísima melancolía. Si esa era tu intención lo has bordado :D, sólo señalarte que quizás me hubiese gustado ver más de esa relación entre kumiko y edward a la que tanta importancia das desde el principio pero que luego se pierde demasiado rápido. Pero eso es sólo mi apreciación personal.

Muy buen trabajo autor :60:
:101: Leyendo: Crónicas de la Dragonlance

:user: Blog: http://librosplumasyte.blogspot.com.es/

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Dori25 » 20 Oct 2013 17:46

Iba a decir lo mismo que Albatross, he visto la segunda fecha y la reina Victoria y he pensado; horror!!! Pero bah! Es una errata sin importancia que no le quita magia al relato.

Lo que no entiendo es por qué el teniente no se quedó con Kumiko, creía que era para eso para lo que quería hablar con su hermano.
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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Emisario » 20 Oct 2013 18:43

Este relato me ha gustado bastante, ¡cuánto se sumerge en las culturas que describe! Me refiero a invasor e invadido. Se me hizo un poco lento por momentos, por culpa de una sobrecarga filosófica (a mi gusto) pero el mensaje de fondo me ha encantado. Lo he disfrutado. Fallos mínimos en la escritura, por lo demás bien.
Saludos y suerte,

Emisario.

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Berlín » 20 Oct 2013 19:38

También podrías haberlo titulado "La casa de té de la luna de agosto" y lo podría haber protagonizado un joven y apuesto Marlon Brando.

Nada, que me ha recordado a esa película, en la que un joven oficial se enamora perdidamente de una cultura hasta entonces desconocida por él, y de una mujer.
Al margen de la historia bélica, de vencidos y vencedores y del error en las fechas, me quedo con la belleza del texto, una belleza asombrosa, delicada y tierna, y triste.

Lo demás, las guerras, pues lo de siempre, dinero, política, cosas que convienen, eso.

Me quedo con el gemir de los juncos y con ese amor, con el agua que fluye, y con el aroma de los cerezos en la noche.

Me ha gustado mucho.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Isma » 21 Oct 2013 21:04

Un relato dulce que rezuma melancolía. Es triste, sí. Muy bien escrito, un poco redundante en cuanto a la carga de adjetivos otoñales, quizás enfatizando el olor denso de las flores que envuelve al texto. Sí, es coherente.

Me gusta el tema que trata. Las guerras del opio. El enfoque es muy visual, con las escenas bien definidas. Supongo que le pega bien al texto aunque lo hace más convencional. El tratamiento del lenguaje es exquisito.

Una sugerencia. Quizás para hacer de contrapeso con el ambiente sereno y un poco mágico y misterioso de Cantón, la escena de guerra debería ser algo más fría, más cortante. Más metálica. Está bien que el teniente vea atardeceres sangrantes (por cierto: buena elección de palabras) porque está bajo el embrujo oriental, pero luego los cañones no pueden ir por ahí cantando. Otra sugerencia: aprovechar mejor los estampidos. Que el ¡Fuego! ocupe toda una línea, sin aclaración posterior, como un disparo que lo enmudece todo. Y para colmo, repetido tres veces, tres veces rompiendo la continuidad del texto. La brutalidad de la guerra.

-¡Fuego!

Eso es por poner una pega a un relato que me parece muy, muy cuidado. Gracias por esta buena lectura.

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Vientoo » 21 Oct 2013 21:32

EStá bien, pero me ha resultado plano, como si no hubiese desenlace, y dulzón. Como bien dice "Isma" algo cortante hubiese sido un buen contrapunto.
Gracias por compartir.
Último relato en "los foreros escriben" "La mirada (1º)"

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por Nínive » 22 Oct 2013 12:45

¡Hola compañero! :hola:
Leer este relato ha sido como subir a una atracción de feria. El principio me ha encantado, toda esa poesía, el nivel estaba muy alto. Luego me ha cansado un poco tanta poesía (sí, lo sé, es incongruente). Luego he llegado a un lugar extraño que no me ha casado con el resto de la narración (el fumadero de opio), porque no sé realmente lo que la chica le quería transmitir al soldado (la acción decía una cosa y sus ojos otra) y por último, ese final tan precipitado que me ha dejado con la sensación de haber sido cortado con tijeras. En general me gusta, aunque estos vaivenes me han descolocado un poco. Seguramente porque yo quería que el relato transcurriera por otros derroteros, pero eso es cosa mía. :cunao:
Un abrazo. :60:
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: NH1 El precio de la adormidera

Mensaje por imation » 22 Oct 2013 13:32

Me parece que hay una cosa que se ha conseguido muy bien en el relato, y es el tono oriental, el ritmo y tiempo.

Pero sin embargo hay algún error en las fechas y no queda clara la historia. Además también en este caso se menciona y se encuadra el relato de pasada un hecho histórico, pero no es lo principal, es caso anecdótico.
Confundimos información con conocimiento
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