NH1 Un mal presagio - Jilguero

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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NH1 Un mal presagio - Jilguero

Mensaje por lucia » 14 Oct 2013 22:22

Un mal presagio

De entre todos los amaneceres vividos en la travesía, el de aquel cinco de octubre era sin duda uno de los más esperados. Si ningún imponderable la frenaba, por fin esa misma noche la escuadra española arribaría a Cádiz. Atrás quedaban cincuenta y siete largas jornadas de navegación, en las que las cuatro fragatas habían surcado la mar océana sin apenas sobresaltos. Solo las fiebres epidémicas, sufridas por algunos pasajeros como consecuencia de los calores de la equinoccial, habían alterado momentáneamente la plácida vida a bordo. El inicio del viaje, en cambio, había sido muy accidentado. Procedente de El Callao, el comandante don Tomás Ugarte había llegado a Montevideo al mando de una escuadra, que la difícil travesía por el Cabo de Hornos había dejado parcialmente inservible. Venía además afectado por una grave dolencia que desaconsejaba su permanencia en la expedición. Tomó el mando don José de Bustamante, quien tras recomponer la escuadra con dos nuevas fragatas, designó a don Diego de Alvear su segundo. En realidad, aquel insigne marino no se hallaba allí como parte de la tripulación, sino como un simple pasajero de la Mercedes, de regreso a la patria tras cumplir con el encargo real de delimitar las fronteras en la provincia de Misiones. España estaba en paz y, pese a ser buques de guerra equipados con cañones, en los recintos de las baterías de las cuatro fragatas se habían habilitado camarotes para alojar a pasajeros distinguidos, tal como era el caso de don Diego y su familia. Por añadidura, en lugar de con municiones, las bodegas habían sido abarrotadas con cascarilla, cueros, lana de vicuña, barras de plomo y estaño, lingotes de oro y plata, junto a incontables fruslerías. Por ello, aunque la formación naval que estaba a punto de llegar a Cádiz pudiera parecer una escuadra, realmente era una simple flota de carga trasladando pasajeros civiles y caudales de allende los mares.

Aún en sus albores, el día prometía ser espléndido: el cielo se hallaba totalmente despejado y soplaba viento bonancible del norte. Las embarcaciones, algo escoradas a estribor, navegaban a buen ritmo con rumbo este cuarta al nordeste. Entre dos luces, los más madrugadores asistieron a la aparición en el horizonte de las cumbres de la portuguesa sierra de Monchique. Era la primera tierra firme que avistaban desde su partida y su visión los llenó de regocijo. A doña Pepa, un día más acodada en la barandilla desde muy temprano por culpa de aquel mal presagio, divisar en lontananza la tierra natal de su padre y de don Diego ―ni en pensamientos osaba despojar a su esposo del don― la llenaba de esperanza. Apenas si restaban cuarenta leguas de viaje y eso significaba que llegaría a tiempo de celebrar el cuarto aniversario de la muerte de su primogénito junto a su tumba. Una muerte que ella había vivido desde la distancia: con angustia primero, al saber que Benito estaba muy enfermo; con dolor y desesperación luego, cuando recibió la noticia de su fatal desenlace. Creyente fervorosa, doña Pepa estaba convencida de que su hijo se hallaba ya entre los bienaventurados. Pero necesitaba completar el proceso de duelo depositando sobre su tumba la ofrenda de flores tantas veces imaginada durante aquella larga travesía: una enorme corona de rosas rojas salpicada, aquí y allá, con la blancura de las biznagas. De haber llegado en primavera, las moñas de jazmines habrían sido sustituidas por otras de azahar. Estando ya estudiando en la península bajo la custodia de sus abuelos paternos, en sus cartas Benito le había hablado de cómo las calles de Cádiz olían a azahar en primavera y de lo mucho que eso le hacía acordarse de su niñez en Santo Ángel Custodio. Y es que las calles de esa antigua reducción jesuítica, a la que ella había acudido para reunirse con don Diego tras el nacimiento de su hija Manuela, estaban llenas de limoneros y naranjos, plantados allí por los ya expulsados misioneros. Benito había sido su primogénito y, hasta el día de su muerte, su predilecto. Un estudiante ejemplar que acababa de graduarse como guardiamarina cuando la epidemia de fiebre amarilla, que en 1800 asoló la ciudad de Cádiz, puso fin a su vida. La dolorosa noticia la recibió doña Pepa en su estancia de la selva misionera donde, como madre prolífica, había enterrado ya a sus hijos Diego, Isidro y Mª Teresa. Pero todos ellos, al igual que Mª Bernarda ―nacida también en Misiones pero fallecida más tarde en Buenos Aires―, habían muerto muy niños y con sus diminutas manos agarradas a las suyas. Además, una vez Dios los había acogido en su seno, ella misma se había encargado de cerrarles los ojos y, estando el cuerpo aún tibio, los había despedido con un beso en la frente...

Por la amura de estribor, el sol empezaba a asomarse en el horizonte y la belleza de sus rayos ―luminosas varillas de abanico apuntando hacía el límpido cielo de aquel cinco de octubre― consiguió que doña Pepa dejara atrás aquellos tristes recuerdos. La cubierta de la fragata Mercedes continuaba estando casi desierta, al menos en la zona de los pasajeros distinguidos. En la de la Medea, en cambio, se adivinaba ya más movimiento. Doña Pepa se colocó los binoculares ante los ojos y escrutó con minuciosidad el alcázar y la toldilla de la fragata insignia. Un golpe de alegría acalló por el momento la inquietud que tanto le había hecho madrugar: allí estaba don Diego y, junto a él, Carlos, su fiel sombra desde el inicio de la travesía. Doña Pepa se había despertado muy temprano con el corazón encogido por culpa de aquel mal pálpito. El mismo mal pálpito que, sin razón alguna, había sentido al separarse de su hijo Carlos en Montevideo. Cuando la familia se hallaba ya acomodada en los camarotes de la Mercedes, don Diego había venido a comunicarle su nombramiento como segundo de a bordo y su consiguiente traslado a la fragata insignia. Pese a haber deshecho ya el voluminoso equipaje, con tal de viajar en familia, doña Pepa se mostró dispuesta a recogerlo todo de inmediato para trasladarlo a la otra fragata. Pero don Diego, hombre práctico y entregado a sus deberes, tras mirar a su alrededor y ver el despliegue que ya había efectuado su esposa, comprendió que un traslado podría significar un nuevo retraso. La escuadra debería haber zarpado dos meses atrás y, por contrariedades varias, aún no lo había hecho. Resultaba inconveniente correr nuevos riesgos y, anteponiendo a sus obligaciones familiares las de oficial de la escuadra, declinó el ofrecimiento de doña Pepa. Quiso el destino, sin embargo, que en estas entrara apresuradamente un sirviente para informarles de que el señorito Carlos había abierto la jaula de los guacamayos y estos andaban revoloteando como locos por el camarote de los niños. A fin de que doña Pepa y sus hijos no se sintieran tan alejados de su tierra natal, habían acordado llevarse a España algunos pájaros exóticos. Las jaulas viajaban en las bodegas del barco, pero Carlos había decidido subir la de los guacamayos a su camarote: pretendía enseñarles a hablar durante el viaje para que a la llegada pudieran saludar a los abuelos. Doña Pepa había mirado inquieta a su marido y, sin necesidad de palabras, don Diego había comprendido: a su esposa le preocupaba hacer aquella travesía sola, sin su autoritaria presencia poniendo orden entre la numerosa prole. Llamó a capítulo a Carlos y, tras recriminarle su desobediencia, le ordenó que preparase su equipaje. Él era ya un cadete y como tal viajaría formando parte de la tripulación de la Medea. Doña Pepa había respirado aliviada: Carlos era un niño noble, pero demasiado atrevido cuando estaba lejos de su padre. El alivio le duró con todo muy poco por culpa de aquel mal presagio. Y es que, en el momento de despedirse de su hijo, lo había besado en la frente y, al hacerlo, tuvo la misma sensación que había tenido al besar la frente, todavía tibia, de Diego, de Isidro, de Mª Teresa, de Mª Bernarda…

La fresca brisa hizo que doña Pepa sintiera un escalofrío. Se desplazó ligeramente hasta colocarse en la zona en la que le daba el sol más de pleno. En breve se despertarían los niños y ya no podría continuar ocupándose de Carlos. Nada más iniciar el viaje, había comprobado que a simple vista no podía ver lo que ocurría en la cubierta del buque insignia, ni siquiera cuando la mar estaba en calma y este se hallaba próximo a la Mercedes. Inquieta por la seguridad de su hijo, al ver a don Pedro Afán mirando hacia la Medea con un catalejo, se había acordado de los binoculares. Eran un regalo de sus padres, de cuando empezó a asistir a las representaciones teatrales de La Ranchería. De fabricación europea, tenían una excelente óptica, además de un acabado en oro y nácar muy apropiado para usarlos en el teatro. Por aquel entonces, ella era muy joven y llevaba una vida muy desenfadada en Buenos Aires. A las tertulias vespertinas de su casa acudía lo mejorcito de la sociedad bonaerense, así como los viajeros ilustres llegados de España al servicio de su Majestad. En una de esas reuniones sociales había conocido a don Diego, casualmente de paso hacia su destino en la provincia de Misiones. Su erudición, su valentía y su buen porte le robaron el corazón. Se casaron en la basílica de Nª Sª de la Merced y los hijos del matrimonio empezaron a venir a este mundo enseguida. Como don Diego andaba realizando tareas arduas y peligrosas en la selva amazónica, a fin de estar más cerca de él, doña Pepa se había trasladado con Benito y Manuela a Santo Ángel Custodio. Acostumbrada a la ciudad, comenzó allí una nueva vida, llena de aislamiento y dureza, pero que ella aceptó de buen grado por el bien de la familia. Para sus hijos, en cambio, pasar la infancia en la hacienda había sido una especie de arcadia tropical. Salvo las dos horas diarias de instrucción con el preceptor ―don Elías Galván se había trasladado con doña Pepa desde Buenos Aires a Misiones para realizar dicha función―, los niños gozaban de una gran libertad. Entre sus muchas aficiones al aire libre, estaba la de observar a los pájaros selváticos con los binoculares, de ahí que estos últimos tuvieran un aspecto tan ajado. Gracias a Dios, a través de ellos se continuaba viendo de maravilla y le estaban prestando un gran servicio. En estas, doña Pepa vio a su hijo en la toldilla de la Medea extendiendo el brazo hacia barlovento para indicarle algo a don Diego. Picada por la curiosidad, dirigió hacia allá los prismáticos y avistó cuatro fragatas aproximándose a la escuadra. La inesperada visita le alegró, sobre todo pensando en lo mucho que entretendría a los niños el paso de los barcos; y hasta tentada estuvo de correr al camarote para avisarlos. Pero el mal presagio volvió a hacerse presente y doña Pepa, el corazón de nuevo desbocado, buscó con los binoculares a su hijo Carlos y se olvidó de todos los demás.

En la cubierta de los pasajeros distinguidos no quedaba ya nadie a la vista. Unos minutos atrás, el buque insignia había dado la orden de zafarrancho de combate y las cuatro fragatas de la escuadra se habían alineado ipso facto. Un oficial había pasado por las cubiertas rogándole al pasaje civil que se pusiera a resguardo. Doña Pepa había visto subir a bordo de la Medea a dos visitantes, llegados en una chalupa, y quiso saber más detalles. Pero el oficial se limitó a tranquilizarla, diciéndole que eran medidas de seguridad rutinarias ante la presencia de naves extrañas. Nada convencida, tras comprobar que todo seguía en orden en los camarotes y encargar a Manuela que cuidara de los más pequeños, se camufló entre dos enormes maromas. Al dirigir de nuevo los binoculares hacia la toldilla de la fragata insignia, en el camino se le cruzó la chalupa alejándose con los dos desconocidos a bordo. Para mayor tranquilidad, vio que al lado de don Diego continuaba estando Carlos sano y salvo: ¡el peligro parecía haber pasado! ¿Por qué seguía, entonces, aquel mal presagio atenazando su ánimo? Casualmente, su hijo estaba mirando hacia donde se hallaba ella. ¿La estaría viendo, acaso? Hizo un amago de levantar la mano para saludarlo, pero abortó el gesto a tiempo: cuando estaban de servicio, Don Diego era extremadamente rígido y aquella expresión de familiaridad entre madre e hijo pudiera haberle parecido fuera de lugar. Se conformó, pues, con tener de nuevo la imagen de Carlos en el centro del ya familiar nimbo negro de los prismáticos. Pero esta vez eso no bastó para acallar su inquietud de madre y trató de sobreponerse pensando en la casa palacio que les aguardaba en Montilla. Era nueva, mandada a construir por don Diego con amplios patios porticados, para que ella no echara en falta su casa de Buenos Aires; y con limoneros y naranjos en el huerto, para que los niños no añoraran demasiado la selva misionera. Allí podría montar tertulias vespertinas y... ¡Dios mío! ¿Qué había sido aquel cañonazo?, ¿una salva de despedida de las otras fragatas? ¿Y ese desagradable zumbido que...?

A escasos doscientos metros de distancia, desde la cubierta de la fragata Medea, padre e hijo escucharon el amenazador silbido y, un instante después, la tremenda deflagración: una bala incendiaria, calentada al rojo vivo, había alcanzado la santabárbara de la Mercedes. En cuestión de segundos, parte de la nave saltó por los aires hecha pedazos, alcanzando sus astillas a las otras naos, incluidas las enemigas, entre cuyo pasaje hubo también heridos; el resto del casco se lo tragó el mar, en cuyo oscuro lecho, tumba de silencio y olvido, habría de permanecer durante los dos siguientes siglos. El joven Carlos sintió una tremenda zozobra: en medio de aquel infierno se hallaba atrapada su madre, junto a sus siete hermanos, un primo, cinco criados y ocho parejas de pájaros. Abrumado por la impotencia, a modo de súplica desesperada, abrió los brazos en cruz y dispuso las palmas de las manos hacia arriba. Educado en la fe desde pequeño, quería atraer la atención de Dios para suplicarle piedad. Era, con todo, demasiado niño y sintió también la inaplazable necesidad de expresar su dolor con un alarido. Levantó la cabeza, abrió la boca y, cuando la garganta comenzaba ya a darle forma al grito, con una serenidad solo posible en quienes ya están familiarizados con el horror de la muerte, don Diego le puso una mano en el hombro. No hubo necesidad de que le dijera nada. El simple apretón de aquellos dedos autoritarios, llenos de honor y valentía, bastó para que el joven recordara que, antes que cualquier otra cosa, él era un cadete del Regimiento de Dragones de Buenos Aires. Cerró la boca, apretó los dientes y, conforme las palmas de las manos se le fueron llenando de cenizas ―las cenizas de aquellos a quienes más quería―, las lágrimas surcaron sus mejillas. Lágrimas de rabia, de impotencia y de angustia, pero que tuvieron la virtud de transformar a un travieso cadete de solo quince años en un hombre de honor.

La historia recordaría aquella brutal refriega, contra las fragatas Medea, Fama, Santa Clara y Nª Sª de las Mercedes, como la batalla naval del Cabo de Santa María. Una tragedia intuida casi dos meses antes, por el corazón de una madre, como un mal presagio. Un desagradable pálpito por el que ella se temió que aquel traslado de última hora pudiera significar la separación definitiva de su hijo. Un joven siempre cariñoso y alegre, pero también indócil y jaleoso cuando se hallaba a solas con ella, si bien se convertía en un juicioso cadete en presencia de don Diego. Que viajara con el padre les aseguraba a todos una travesía mucho más tranquila. Era, no obstante, demasiado niño y en cualquier descuido, con su hacer intrépido, podría caerse al agua, herirse con un arma, golpearse con una verga, y un largo etcétera de terribles accidentes imaginados en torbellino por la mente de una madre. Doña Pepa nunca pensó, sin embargo, que aquel mal presagio, aquella separación definitiva adivinada de antemano, era la forma elegida por el destino para que el futuro compañero de logia y armas del libertador San Martin pudiera salvarse y luchar por la independencia de España y de su tierra natal. Pero, de haberlo sabido, al alba de aquel aciago día del mes de octubre del año de Nuestro Señor de 1804, aun con el corazón sobrecogido, doña Josefa Balbastro y Dávila, esposa de don Diego de Alvear y Ponce de León, en lugar de sentir incertidumbre y miedo por su hijo Carlos, habría sentido sobre todo orgullo y admiración.

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David P. González
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por David P. González » 17 Oct 2013 19:41

La verdad es que no me ha gustado mucho.
Lo encuentro denso y tedioso.
Creo que se dan datos innecesarios, como el de los binoculares hechos en Europa, que no aportan nada a la historia.
El título anuncia el desenlace, lo que hace que la historia pierda interés.
Y, bueno, historia, historia no veo. Me parece más la descripción de unos hechos con un poco de dramatismo.

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ciro
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por ciro » 17 Oct 2013 19:53

Historia bien documentada, pues tal ocurrió con don Carlos de Alvear y la fragata Nª Sª de las Mercedes (muy de moda ultimamente por lo del Odissey). El lenguaje del relato es un poco recargado para mi gusto, pero me parece un muy buen relato.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Yago » 17 Oct 2013 19:56

¿Carlos de Alvear?

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por ciro » 17 Oct 2013 20:00

Yago escribió:¿Carlos de Alvear?


Efectivamente el niño es Carlos Maria del Alvear, personaje clave de la independencia argentina. Vamos éste:
No tiene los permisos requeridos para ver los archivos adjuntos a este mensaje.
Suele ser más rentable escuchar que hablar. No hagáis como yo. Cosecha propia

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por ukiahaprasim » 17 Oct 2013 20:21

Historicamente bien enfocada, aunque creo que la contextualización historica anda un poco escasa..
Se siente más el vaiven de la cubierta que el peso de los siglos.

Por lo demás, un relato episodico que se hace un poco lento y denso... algo mas de visión periferica y menos foco en el mal presagio hubiera ayudado ...
Quizas haber detallado más la estancia en ultramar, o algo más el contexto politico, te hubiera ayudado a descongestionar el meollo del relato..

Nuevamente, buen nivel narrativo y bien trabajado en lo formal, con un estilo algo recargado ... aunque no le va mal al relato

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Emisario » 17 Oct 2013 20:38

Se me hizo un poco lento, debido quizá al exceso de detalles y de las descripciones (lo cual no es malo, solo es una impresión personal). Con un móvil final mixto “el del presagio y el de la honra del espíritu de un marino profesional mezclado con el orgullo patrio y familiar” que no alcanzó a golpear con la fuerza que de seguro el autor quiso, aunque confieso que tiene momentos buenos hacia el final, sobre todo algunos segmentos de prosa poética que están muy bien. En resumen, a mi juicio: una historia bien ambientada y de mucha significancia histórica, máxime si se es Español. Con buena prosa poética que por momentos se logra disfrutar, pero que la encontré algo lenta y poco golpeadora.
Saludos y suerte.
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Nínive » 17 Oct 2013 22:35

¡Hola compeñero! :hola:
Primero, darte la enhorabuena porque me parece un relato en el que hay mucho trabajo detrás. Muy bien.
La narración me ha resultado un tanto enrevesada al principio (no sabía a qué hijo se estaba refiriendo, por ejemplo) y quizá tanto redundar en el "mal presagio", cargue un poco.
Sin embargo la historia me parece estupenda. Defines muy bien cada personaje en poco espacio y aún así te sobra para darle autenticidad a la narración, llenándola de detalles que la enriquecen.
El cambio de vista del narrador al final, con la explosión también me parece muy acertado. Lo que no me ha gustado tanto es la explicación final. Yo la hubiera suprimido. Hubiera quedado un relato más rotundo, haciendo pensanr al lector, dejándolo con esas ideas bullendo en su cabeza.
Por lo demás, me ha gustado mucho. :60:
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Topito » 17 Oct 2013 23:30

Bueno, yo di mucha caña para que saliera histórica, y sabía el esfuerzo en la documentación. Así que... ¡ven aquí que te doy un abrazo! :60:

Me ha resultado tedioso los párrafos tan largos. Creo que uno de los fallos es no dejar respirar al lector. Jugar con la ambientación y las descripciones y saltearla con pensamientos (eso me gusta hacerlo mucho a mí), pero intentar dejar sus espacios para que el lector no se atiborre. Pero vamos, eso ya es meterme en tu estilo. Y cada uno tiene el suyo. Esto lo puedes dejar o tomar, según veas tú, amigo autor, si te sirve o no.

La redacción no opino, pues no he visto ningún fallo. Repito: sí no es muy grave, no suele molestarme en la lectura. En tu texto no me ha molestado ese tipo de detalles, así que, supongo, esta bien redactado.

La historia es interesante, y me gusta que se centre en los pensamientos, sensaciones, presentimientos de la protagonista. Es un buen recurso.

No es que me entusiasme el relato, pero creo que es un relato mucho más que digno. Notable, diría yo. Buen trabajo y gracias por tu esfuerzo.
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Sinkim » 17 Oct 2013 23:56

Pues a mí me ha gustado, es cierto que en algún momento se hace algo lento, pero para eso es novela histórica, ¿no? :twisted: :twisted: :cunao: :cunao:

El final me ha encantado, yo pensaba
que iba a morir el hijo y el marido y me ha sorprendido que sea la madre la que muera :lol:
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por albatross » 18 Oct 2013 10:44

Tiene una prosa interesante, pero erra en la medida: se ha intentado meter mucha información en un relato corto, cuando realmente habría argumento para una novela. Al intentar memorizar tantos personajes y escenarios, en un espacio temporal extenso, se hace algo farragoso como otros ya han señalado. Cabría claramente una división en capítulos. La batalla naval, resuelta de una manera tan rápida y contundente es poco creíble.

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Ororo » 18 Oct 2013 11:22

Oh, éste me ha parecido un buen relato. Muy bien escrito, ambientado a la perfección, trabajado.
Muchas palabras que no entiendo, lo cual me estimula y me hace pensar en el vasto vocabulario del autor.
Te mereces un B, aunque no todo puede ser bueno:
- Me ha parecido lento en algunos momentos. Un ritmo algo más rápido me habría metido más en la historia, de la que, con perdón, he desconectado en algunas ocasiones por ese motivo.
- Entretenimiento excesivo en momentos contemplativos de doña Pepa, por ejemplo, y un final acelerado que desequilibra un poco la narración. Además, el contraste entre la explicación al detalle de las primeras páginas con el final esbozado me ha chocado un poco.
- La conclusión sobre lo que pasa me habría gustado incluída en la propia historia, no como un "capítulo" aparte.

En definitiva, enhorabuena.
:D
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Isma » 18 Oct 2013 16:19

Lo siento, no me gusta. Pero quiero aclarar: esto es por preferencias mías, porque la novela histórica no es mi género literario preferido. El relato está muy bien escrito, muy documentado y coherente. Y el esfuerzo para ponernos en situación es innegable. Pero se me hace muy duro leerlo, sobre todo ese segundo párrafo tan denso de nombres y detalles. Disfruto más, por ejemplo, con un estilo como el del tercero; pero en el cuarto entra otra vez a saco a raíz de los prismáticos y me pierdo, me pierdo. No hace falta dar una lección de Historia para contar una historia, pero claro, estamos en un concurso de relatos históricos, y aquí el que desentona soy yo.

En fin. Buen trabajo, magnífico quizás, al que le deseo suerte con lectores más adecuados que yo.

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elultimo
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por elultimo » 18 Oct 2013 23:57

Me quedo solo en este relato :dragon: . A mí me ha encantado y, de hecho, tiene muchas posibilidades de llevarse uno de mis votos. El lenguaje sí que puede resultar un poco denso, pero la historia lo requiere. Además, es muy fácil meterse en la historia sin tener ni idea siquiera de lo que está hablando (y por eso agradezco la explicación final en la que todo queda bien claro). Por otra parte, que se cuente desde el punto de vista de una persona anónima me parece un gran acierto; lo veo como una forma muy útil para permitirse alguna licencia histórica.

Me ha hecho que tenga ganas de buscar más información sobre el tema.

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Ratpenat
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Re: NH1 Un mal presagio

Mensaje por Ratpenat » 19 Oct 2013 15:56

Está bien el relato. Es verdad que en algunos momentos parece más una lección de historia que un relato. Pero el estilo de narración, con su ritmo y como se desarrollan los hechos que menciona, creo que está muy bien agarrado. Por mi parte este relato, sin parecerme el mejor, creo que tiene muchísimo mérito y seguro que lo valoraré.

:60:

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