CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad - Kassiopea

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Lifen
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CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad - Kassiopea

Mensaje por Lifen » 01 Ene 2014 12:51

ERIN MC. GRATH VUELVE A CASA POR NAVIDAD
I
Erin se acercó a la tronera, apoyando las palmas de las manos en el frío muro de piedra. El viento aullaba con fiereza en el exterior y, desde alguna parte, llegaban los chirridos de unos goznes maltratados. Desde aquella posición solo logró atisbar una panorámica de las tierras turberas que se extendían más allá del alcance de su vista; luego, alzando sus pupilas grises hacia el cielo, contempló los densos nubarrones que oscurecían el firmamento. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aunque hasta ella llegaban, provenientes del gran salón principal, las alegres notas de los violines y las risas de algunos de los visitantes, había comenzado a acuciarle un mal presentimiento. “Será la humedad que penetra entre estas viejas piedras, impregnando la atmósfera de presagios funestos”, se dijo, ciñéndose aún más la chaqueta de lana.

—¡Erin! ¡Al fin te encuentro! ¿Pero qué estás haciendo en este lóbrego corredor? —preguntó Keira, que se arremangaba el vestido mientras ascendía por la empinada escalera—. ¡Cuántos escalones, por favor!
—¡Qué bien te queda el traje! —exclamó Erin, contemplándola de arriba abajo; sabía muy bien que semejante comentario llenaría de placer a su amiga—. No has podido evitar lucirte, ¿eh?
—A Liam se le han salido los ojos cuando me ha visto —aseguró Keira, lanzando una risotada y sacando pecho. A punto estuvo el generoso busto de desbordarse sobre el corpiño—. ¡Lástima que te lo has perdido!
—Lo imagino. Pero... ¿no tienes frío?
—¡Venga, vamos! —apremió la recién llegada, tomándole una mano y tirando de ella hacia la escalera—. ¡Van a abrir la cámara maldita! Todos están esperando, ¡no nos lo podemos perder!

Las dos chicas bajaron a toda velocidad. Ciertamente, aquello era algo que uno no podía perderse. De hecho, para eso habían venido, como hacían infinidad de turistas. Irrumpieron entre risas en el gran salón, en el cual cohabitaban elementos tradicionales junto a otros más modernos y foráneos, como el árbol de Navidad. Las chicas vieron que los visitantes se habían reunido junto a la gran chimenea. El grupo se apiñaba alrededor de un hombrecillo vestido de verde y tocado con un enorme sombrero de copa; adornaban el cinturón, los zapatos y la chistera grandes hebillas doradas. Se trataba de un leprechaun.

—Damas y caballeros, a continuación descenderemos por unos corredores hacia el mismo corazón de la edificación —explicaba elocuentemente el leprechaun—. Procuren no distanciarse del grupo, porque estas viejas galerías son como un laberinto en el que, sin duda, se perderían —Sonrió, mostrando unos dientes cariados—. Y uno nunca sabe con qué puede encontrarse ahí abajo...
—¡Qué miedo, por favor! —Se mofó un chico, estallando en risas.
—Got a leg in Dublin and an arm in Bray —Canturreó alguien a espaldas del hombrecillo—. I lost my ear in Galway Bay...

Y, en efecto, se internaron por angostos pasadizos adornados con antorchas y profusión de telarañas. Descendieron antiguas escaleras labradas en la roca a golpe de martillo y cincel y se adentraron en la tierra. El jolgorio inicial de los visitantes se tornó en callada expectación, acrecentada por el enrarecimiento de la atmósfera. Allá abajo corría el agua entre las piedras y, tras algunos recodos del camino, había quien sentía la caricia de unos dedos fríos. Hubo risillas nerviosas, toses y cuchicheos diversos cuando el leprechaun se detuvo ante un portón de madera.

—Tengo que admitir que todo esto es bastante siniestro —susurró Keira.
—¡Lo tienen muy bien montado! —arguyó Liam, que no quería arredrarse ante su compañera universitaria—. Ofrecen diversión, una pizca de historia, sacan partido del folclore local, añaden un poco de atrezzo... ¡Y a embolsar el dinero de los turistas! ¡Incluso sacan tajada con el alquiler de supuestos trajes tradicionales!
—Ssshhh, ¡qué van a abrir la cámara! —dijo alguien ajeno al grupo de estudiantes.
—¡Señores! Les recuerdo que no está permitido efectuar fotografías o grabaciones en el interior de la estancia —comentó el leprechaun, levantando la voz. Observó a todos los presentes y, de forma teatral, extrajo una llave grande de entre los pliegues de su ropa verde.

Se hizo el silencio. Todos escucharon cómo la llave giraba dentro de la cerradura, desatrancando el mecanismo. Los oxidados goznes protestaron y la puerta comenzó a abrirse. El leprechaun indicó a los visitantes que fueran entrando. Aprovechando que todos miraban con expectación hacia el interior del rectángulo de tinieblas, el hombre abrió un panel que estaba oculto en la pared del corredor y accionó unos dispositivos. Unas antorchas, convenientemente situadas, alumbraron entonces el interior de la cámara maldita.

Lo primero que contemplaron los visitantes fue el altar de piedra que se levantaba frente al muro opuesto al de la entrada. Algunos de los presentes avanzaron atraídos hacia él, cruzando la estancia en un santiamén. Acariciaron, con una mezcla de veneración y de temor atávico, la superficie pétrea pulida por el paso del tiempo. Luego centraron su atención en la gran cruz medio podrida que se levantaba tras el altar. Era evidente que aquel símbolo católico había sido añadido con posterioridad. También saltaba a la vista que la cruz había sido amarrada a la pared recientemente, con el fin de evitar que, deteriorada como estaba, se derrumbara sobre alguien.

—¡Es una cripta! —exclamó Keira, que en verdad había empezado a sentir mucho frío. Abrazó a su amiga. Sus ojos barrieron los muros laterales en los que se abrían multitud de oquedades. Eran como pozos de oscuridad abiertos a otro mundo.
—Cuenta la leyenda que un espíritu fue encerrado en esta estancia —Comenzó a relatar el leprechaun. Su voz sonó más firme y poderosa en aquel lugar, incluso arrancó ecos de aquellos muros que atesoraban secretos—. Se le consideraba responsable de horrendos crímenes, pero con la ayuda de un clérigo fue recluido entre estas paredes. Tan maligno era aquel ser —aseguró—, que nadie que cruzara esta puerta sobrevivió nunca para contarlo...
—¡Vamos a morir tooodos! —aulló uno de los estudiantes, regocijándose.
—Ssshhh...
—¿Y qué sucedió? —preguntó alguien con genuino interés.
—Ocurrió que un exorcista, ávido de dinero y poder, penetró en la cámara con el objetivo de liberar a la terrible criatura que la habitaba... Le encontraron muerto a la mañana siguiente. Una mueca de horror absoluto deformaba su rostro.
—Entonces..., ¿el espíritu nunca fue liberado?

Un grito espeluznante interrumpió la conversación. Muchos de los visitantes pensaron que aquello formaba parte de la lúgubre puesta en escena, por lo que se oyeron a continuación toses secas y algunas risitas. Pero alguien se abrió paso entre la multitud, susurrando disculpas y sintiendo el rostro arrebolado. Varias pantallas de teléfonos móviles se iluminaron.

—¿Qué ha ocurrido, Erin? —inquirió Keira, que había salido al corredor tras su amiga—. ¿Por qué gritaste de esa manera? ¡Se me pusieron los pelos de punta!
—Siento haber dado el espectáculo, qué vergüenza... Es que creí ver... No sé...
—¿Qué? ¿No me digas que viste el espíritu maldito?
—No sé qué era —afirmó Erin, tirando del brazo de Keira para alejarse más de la puerta. No quería que los compañeros universitarios pensaran que estaba loca—. Junto al altar, en la penumbra, me pareció ver que... ¡Que se movía una sombra! Entonces me fijé más y reparé en que esa sombra cobraba nitidez y..., me pareció una mujer, una mujer vieja.
—¿Una vieja? ¿No sería alguna de las turistas yanquis?
—No, no... No era tan nítida como una persona real. Ya sé que suena descabellado, pero... ¡Diría que era una mujer vieja envuelta en un sudario! Gemía y lloraba, ¡he oído su llanto! Y me ha mirado, ¡me ha mirado directamente! En sus ojos negros había toda la tristeza del mundo.
—Chica, ¿no habrás fumado algo? —dijo Keira, sonriendo—. No me mires así, mujer, solo intento sacar algo de hierro al asunto...


II


La mañana siguiente, muy temprano, los estudiantes se reunieron en el gran salón. Después de aquella parada turística muchos continuarían viajando juntos hasta Dublín, para pasar las vacaciones navideñas en sus casas, aunque otros tenían otras destinaciones. Ese era el caso de Erin, que tomaría un tren hacia Galway y luego un autobús de línea hasta Kinvara, el pequeño pueblo de pescadores en el que había crecido. Tras desayunar se despidió de su mejor amiga, sorprendiéndola con un abrazo más efusivo de lo que en ella era habitual.

—Te echaré de menos —confesó Erin, que volvió a ruborizarse al recordar el numerito de la noche anterior. El color de sus mejillas rivalizó con el de sus cabellos.
—Y yo a ti, bruja —respondió Keira, haciendo un mohín—. Estaremos en contacto. Por muy perdido que esté ese pueblo tuyo, seguro que no ha escapado de las garras tecnológicas.

Dormitó en el tren, puesto que durante la noche anterior apenas pudo conciliar el sueño. Cada vez que había cerrado los párpados veía de nuevo esos ojos oscuros e insondables que le traspasaban el alma. Estaba segura de que no lo había imaginado, pero...; ¿por qué nadie más había visto aquello? Decidió olvidarlo. De hecho, no siempre había una respuesta.

Una hora después, hallándose ya en Galway, comenzó a nevar. Parecía que al final sí tendrían unas Navidades blancas, como había anunciado el hombre del tiempo. Se arrebujó dentro del chaquetón y se cubrió media cara con la bufanda. Con hipnótica fascinación observó cómo los copos caían, flotando y arremolinándose en una danza incomprensible pero hermosísima, aunque se deshacían cuando llegaban a posarse sobre el suelo, los coches o el techo de la marquesina bajo la que ella esperaba el autobús. Se recordó a sí misma de pequeña, corriendo con los brazos extendidos, riendo e intentando atrapar los copos de nieve con sus manitas. “¿Por qué desaparecen cuando los cojo, mamá?”, había preguntado. Y su madre, como siempre, no había contestado.

—¿Señorita?
—¡Oh! Discúlpeme... —respondió azorada. El conductor del autobús aguardaba con cara de fastidio—. Bajaré en Kinvara, por favor.

Disfrutó de la magnífica panorámica a lo largo de toda la bahía de Galway. La había contemplado muchas veces, por supuesto, pero en esta ocasión, y desde la posición elevada que le ofrecía el autobús, pudo ver cómo los copos de nieve tapizaban el azul cobalto del Atlántico antes de desvanecerse en el mar. Tomó asiento junto a la ventanilla y, durante todo el trayecto, se ocupó de limpiar el cristal cada vez que este se empañaba. Avanzaron paralelos al río Corrib, bordearon un lago, cruzaron tierras turberas, avistaron el paraje rocoso, casi lunar, del Burren; vislumbraron finalmente las ruinas del castillo de Dunguaire que, como un fantasma del pasado, se erguía estoico mientras se cubría de blanco. “Erin Mc. Grath vuelve a casa por Navidad”, pensó. Luego suspiró.

—¡Niña, pero qué flacucha estás! ¡Lo sabía! Si es que en la gran ciudad todo son prisas y ese maldito fast food del demonio... Venga, siéntate ante la chimenea, que estás helada. ¡En un periquete te serviré algo decente!
—Estoy bien, abuela —dijo Erin en cuanto pudo respirar tras el abrazo de oso—. Ahora no tengo hambre. Dime..., ¿cómo está mamá?
—Como siempre, mi niña —contestó la anciana, deteniéndose en el umbral de la puerta. De improviso ya no tenía prisa. Sus manos arrugadas estrujaron el delantal.

La encontró donde siempre, sentada en el malecón. Sus ojos fijos en el horizonte, las manos como aves muertas en el regazo y los cabellos salpicados de blanco. Erin posó una mano en su hombro y, muy lentamente, como si regresara de otro mundo, de otra vida, le miró. Una leve sonrisa de reconocimiento se dibujó en aquellos labios mustios. “Mamá”, dijo la chica, sintiendo el escozor de unas lágrimas en los ojos. Y aquella mujer, su madre, no respondió.

En el pueblo era conocida como “la loca”, aunque también como “la merrow” —apelativo de las sirenas en la isla esmeralda—, porque su eterna presencia en el malecón, oteando abstraída el mar, les recordaba la escultura de cierta sirenita extranjera. Con el transcurso de los años se había convertido en una leyenda local, en una leyenda viva. Pocos de los turistas que paraban a comer en alguno de los establecimientos del pintoresco puerto de Kinvara se marchaban de allí sin una foto de la no menos pintoresca merrow de carne y hueso. Mientras degustaban las especialidades marineras, siempre encontraban a alguien que les hablara de aquella mujer:

“...es una historia muy triste, ¿saben? Ella era una joven recién casada, feliz y enamorada. Una mañana vio partir a su esposo desde el malecón, justo desde el lugar donde siempre está. Él era un marinero apuesto, fuerte y orgulloso como un guerrero. Había sido un joven bastante casquivano, pero resultó que la amaba de verdad. Puedo asegurarles, porque yo mismo ya estaba por aquel entonces sirviendo mesas, que hacia mediodía de ese día de Navidad estalló una tempestad tan brutal que pareció noche cerrada. Los cielos se abrieron y olas amenazadoras barrieron el puerto e incluso calles enteras. Esas olas se cobraron sus víctimas, porque la mar es caprichosa y siempre va en busca de compañía. Aquel marinero no regresó, señores, tal vez por ser demasiado apuesto... Desde entonces ella le espera. ¿Y pueden creer ustedes que la chica descubrió poco después de la tragedia que estaba embarazada?...”

Los ojos de “la merrow” se extraviaron de nuevo hacia el mar. Erin suspiró. ¡Con qué ligereza hablaban todos de leyendas cuando nada les costaba, cuando nada habían perdido! Eso es lo que más le fastidiaba. Decidir marcharse a estudiar a la capital fue duro, pero más duro era regresar.

Desde el interior de uno de los bolsillos del chaquetón zumbó el teléfono, pero no le prestó atención. Rodeó la cintura de su madre con el brazo y echaron a andar hacia casa.


III


Esa misma tarde, cuando dejó de nevar, salieron a dar una vuelta por el pueblo. Erin había pasado largo rato desenredando la hirsuta melena de su madre —solo algunas vetas plateadas la distinguían de la suya propia—, mientras la abuela cocinaba. Tomadas de la mano, exponentes de tres generaciones de mujeres, avanzaron decididas hacia el mercadillo navideño. Algunos cuchicheaban al cruzarse con ellas, otros saludaban con un ademán cordial. El mercadillo era muy pequeño, nada que ver con los de las grandes ciudades, pero en los cuatro puestos que lo constituían se exponían una bonita variedad de objetos y abalorios de fabricación artesanal; manufacturas de vidrio y joyería, bisutería y juguetes de madera. También se ofrecía chocolate caliente y mullet wine —vino tinto con canela que se servía tibio—, bebidas que caldeaban los ánimos de los paseantes.

Todas las puertas de las casas de Kinvara, y en algunos casos hasta las ventanas, estaban decoradas con coronas o guirnaldas de acebo, pero en pueblos pequeños como aquel no había parpadeantes luces de colores que adornaran las calles. Allí la Navidad se celebraba principalmente puertas adentro, en familia. Erin echaba en falta el bullicio de Dublín, la decoración alegre de las calles, la música que sonaba por todas partes, el colorido de los escaparates... Recordó a su amiga Keira, dublinesa de los pies a la cabeza, y cayó en la cuenta de que, desde su llegada al pueblo, no había consultado el teléfono móvil. Lo extrajo entonces del bolsillo y, mientras la abuela conversaba animadamente con una vecina, comprobó que, en efecto, Keira le había enviado un mensaje: “parece que tenías razón, brujita”, decía. Había un video adjunto. Abrió el archivo.

Reconoció de inmediato el interior de la cámara maldita que visitaron el día anterior; por lo visto alguno de los chicos había estado grabando a hurtadillas con el móvil. Vio la gran cruz que se elevaba tras el altar, esos lúgubres agujeros abiertos en el muro lateral y... ¡Un momento! ¡Junto al altar había algo! Pulsó pausa y retrocedió para ver de nuevo la secuencia. Sintió cómo se aceleraba el martilleo de su corazón dentro del pecho. Había una mancha oscura, una sombra que ningún cuerpo físico proyectara. En la grabación no se percibía la figura con la nitidez con que ella la vio al natural, pero estaba segura: era aquella vieja que lloraba desconsolada.

Ya en casa, y mientras la abuela terminaba de preparar la cena, Erin se entretuvo adornando el salón con guirnaldas de acebo y de tréboles de cristal que recién habían adquirido en el mercadillo. Se subió a una silla para alcanzar a sujetar el extremo de una de las guirnaldas en lo alto del aparador. Allí arriba encontró, cubierto por una espesa capa de polvo, un deteriorado portarretratos de plata. Dejándose llevar por la curiosidad, la chica pasó los dedos sobre la mugre que ocultaba el cristal y pudo contemplar lo que el paso del tiempo había escondido: una fotografía en blanco y negro de sus padres en el puerto, posando sonrientes ante una barca llamada Esperanza.

—Era hermosa cuando sonreía, ¿verdad? —comentó de improviso la abuela, dejando dos velitas sobre la mesa—. Tu padre siempre conseguía arrancarle unas risas. Y tú, jovencita, también deberías hacerlo más a menudo...
—¡Qué susto me has dado! —exclamó Erin, bajando de la silla con el portarretratos en la mano—. No te he oído entrar.
—¿Sabes? Hay un viejo proverbio irlandés... —dijo entonces la abuela, sumiéndose en sus propios pensamientos, y tomó aquel objeto que hacía años que no veía—. Dice que para que una relación amorosa funcione es preciso que uno de los amantes esté despierto y el otro, por el contrario, dormido... Aunque nunca se sabe quién es el que realmente está despierto y quién el dormido... —La abuela dejó de meditar en voz alta y, más animada, continuó—: ¡Vaya sarta de bobadas! Puesto que ya están listas las decoraciones, ¡vamos a servir la cena!
—Abuela... ¿No pondremos una vela en la repisa de la ventana? —sugirió Erin, pasando por alto aquellas súbitas reflexiones de la anciana que atribuía a su edad avanzada—. Es una antigua tradición navideña que incluso en las ciudades grandes sigue en auge.
—¡Pero chiquilla! ¡A mí me parece que esa es una tradición muy peligrosa! Nunca me ha gustado. Dejaremos las velas sobre la mesa, ¿de acuerdo?

Tras la cena las tres mujeres tomaron asiento ante la chimenea. La danza de las chisporroteantes llamas enseguida captó la atención de la madre de Erin, que permaneció observándolas, completamente hechizada, mientras abuela y nieta conversaban.

—¡Tendrías que verlo, abuela! Es el restaurante más increíble de Dublín —explicaba Erin, con los ojos brillantes—, y se llama “The Church” porque está localizado en una antigua iglesia protestante; allí se casó el mismísimo Arthur Guinnes. Mientras saboreas la comida puedes contemplar el auténtico órgano en el que Haendel practicara su Mesías. ¡Es alucinante! —La chica se rió y se llevó a la boca una buena porción de plum pudding. Una reluciente gota de salsa de coñac resbaló por su mentón—. Pero va siendo hora de que nos cuentes una de tus historias de fantasmas, que sabes que a mamá también le gustan.
—Está bien... —dijo la anciana, encantada. Se reacomodó en el sofá—. ¡Vamos allá! Siendo yo una niña, aún no había cumplido los diez años, me levanté una noche para ir al excusado. En aquellos tiempos no teníamos un cuarto de aseo en el interior de la vivienda, así que tuve que cruzar el cercado de la granja de mis padres. Había luna llena y enseguida le vi: un impresionante caballo negro se acercaba al galope, aplastando con sus poderosas patas los cultivos que tantos sudores habían costado a papá. El caballo me vio, relinchó y se levantó sobre sus patas traseras. Sus ojos despedían un fulgor rojo infernal y de sus fauces caían babas espesas. Era un pooka.
—¿Un pooka?
—Los pooka son duendes perversos que pueden adoptar diferentes formas, todas amedrentadoras. Son destructivos, disfrutan sembrando el caos y el terror a su paso.
—¿Y qué sucedió, abuela?
—Pues ocurrió lo que tenía que pasar... Sentí un líquido caliente bajando por mis piernas y ya no tuve necesidad de seguir avanzando hacia el excusado.

La chica estalló en carcajadas en cuanto comprendió. La abuela se unió a las risas y algunos de sus mechones blancos escaparon del moño que siempre lucía en la coronilla. Repararon entonces en que la madre de Erin había dejado de prestar atención al fuego para observarlas a ellas; y, regresando por un instante de aquel lugar lejano en el que solía refugiarse, les sonrió.

Aquella Nochebuena las tres terminaron abrazadas ante la chimenea.


IV


Erin soñó esa noche que volvía a ser una niña. Corría con los brazos extendidos, riendo e intentando atrapar los copos de nieve con sus manitas. De improviso descubrió que no estaba sola. Unos brazos la detuvieron, alzándola hacia el cielo. Vio a su madre sonriendo, con un gorro de lana verde cubriendo sus cabellos rojos. Le guiñó un ojo, tan azul como el mar.

—¡Mamá, mamá! ¿Por qué los copos de nieve desaparecen cuando los quiero atrapar?
—No los cojas, mi vida —respondió ella, poniéndose seria—. Los copos de nieve son como nuestras vidas, ¿sabes?; son un regalo que nos ha sido dado, un milagro de la naturaleza que debemos apreciar. Sin embargo..., en este mundo todo llega y se va. Nada es nuestro en realidad. Debes disfrutar y ser todo lo feliz que puedas. Y recuerda que siempre te he querido, cariño mío —dijo la mujer, abrazando una vez más a la niña.

Fue entonces cuando Erin comprendió que se encontraban en la playa, pues hasta ella llegó el arrullo de las olas del mar. Su madre le lanzó un beso y luego se alejó hacia la orilla. Los contornos de su figura desaparecieron tras un cortinaje frío y blanco.

Cálidos rayos de sol entraban por la ventana la mañana de Navidad. Erin despertó temprano, con la extraña sensación de sentirse revivificada. Recordaba vagamente haber estado soñando con su madre y una playa cubierta de nieve, aunque se le escapaban los detalles. Pero fuera lo que fuese no habría sido malo, porque el sueño había resultado reparador. Descendió la escalera saltando los escalones de dos en dos, cosa que no hacía desde pequeña. Entró en la cocina y se sobresaltó un poco al encontrar allí a su abuela, que ya estaba preparando crepes de patata para desayunar.

—¡Qué bien huele! ¡Y qué hambre tengo! ¡Feliz Navidad, abuela!
—Igualmente jovencita... ¡Me alegra verte tan conten...

El rostro de la abuela se transmutó en aquel momento, el plato de porcelana que sujetaba se estrelló contra el suelo, rompiéndose en multitud de fragmentos. Un grito entrecortado escapó de entre sus labios resecos y se llevó una mano crispada al corazón. Erin permaneció unos segundos inmóvil, completamente asombrada. Luego reaccionó y corrió asustada hacia la anciana, temiendo que la mujer estaba sufriendo un ataque.

—Ahí..., ahí afuera... —murmuró la abuela con un hilo de voz, señalando con un dedo tembloroso hacia la ventana de la cocina, que estaba entreabierta—, ¿puedes verla?

Erin miró y, en efecto, la vio. La cabeza empezó a darle vueltas y tuvo que aferrarse al fregadero. Porque en el jardín trasero, bajo la sombra de unas ramas retorcidas, estaba aquella vieja envuelta en un sudario, cabizbaja, gimiendo y llorando de forma sobrecogedora. Sin duda era algo inaudito, y sin embargo..., ¡se trataba de la misma que vio en la cámara maldita! De improviso, como si hubiera percibido que le estaban observando, aquel ser volvió su rostro y les dirigió una mirada penetrante; en sus ojos negros había toda la tristeza del mundo.

—¡Es una banshee! —exclamó al fin la abuela, su semblante tan blanco como la nieve—. Llora por las almas de aquellos que están por partir hacia el más allá. Y se aparece a... a los familiares del que morirá. Corre mi niña, ¡corre a ver a tu madre!

Y Erin corrió, salió de la cocina como una exhalación, tropezó con la alfombra del corredor, cruzó jadeante el salón, con la vista nublada y los nudillos muy apretados, temiendo que la abuela tuviera razón. Llegó ante la puerta de la habitación de su madre y, sintiendo cómo el corazón cabalgaba dentro de su pecho, aferró la manija. La hizo girar. Muy lentamente, puesto que de repente había dejado de tener prisa. Ahora le embargaba el miedo, un temor atroz que le oprimía el alma y aflojaba sus rodillas. No quería ver qué había tras esa puerta y, al mismo tiempo, sus ojos estaban fijos en aquel resquicio que iba abriéndose hacia lo inevitable.

Las imágenes desfilaron ante sus ojos muy despacio, como si el tiempo se hubiera ralentizado. Lo primero que vio fue la ropa de cama desordenada, parte de la colcha arrugada sobre el suelo. Luego vio el brazo, que colgaba lánguidamente, y distinguió algo verde en su mano. Erin se obligó a avanzar. Después se obligó a mirar el rostro de su madre. Cuando lo hizo se sorprendió, porque aquel semblante reflejaba serenidad. Sus ojos abiertos, como dos aguamarinas, enfocaban la ventana. Las comisuras de aquellos labios estaban levemente curvadas. Erin acarició la frente, las mejillas, el cuello..., estaban fríos como el hielo.

Siguiendo la dirección de los ojos de su madre se volvió hacia la ventana. “¿Qué estaría mirando? ¿Acaso en esos últimos momentos deliraba?”, se preguntó. Las hojas de la ventana estaban abiertas de par en par y, al fondo, avistó una hermosa panorámica del mar. “Por eso le gustaba esta habitación”, pensó. Había una velita en el alféizar, casi consumida, y luego descubrió que había algunas más que, tras caer, habían rodado por el suelo.

—Puso las velas en su ventana... —murmuró la abuela, que observaba la escena desde la puerta—. Igual que un faro muestra el camino a los marineros perdidos.
—¿Tú lo sabías? —preguntó la chica, abriendo mucho los ojos—. ¡Por eso nunca querías dejar una vela en la ventana por Navidad!
—¿Cómo iba a saberlo? No, mi niña. Aunque..., tal vez algo intuía...

Erin volvió junto a su madre y esta vez se fijó en aquello verde que sus dedos sujetaban. Tuvo que tirar con fuerza para liberarlo de la mano. Era un gorro de lana verde, raído y viejo. Enredado con él halló un cabello largo y rojo. En aquel instante, como si un tupido velo se alzase, recordó todos los detalles del sueño que había tenido esa noche; su madre con aquel gorrito, el calor de sus abrazos, la serenidad en sus palabras. Unos lagrimones empezaron a rodarle por la cara.

Sujetó entre las manos aquel gorro viejo como si de un tesoro se tratara. Avanzó hacia la abuela, emocionada. Resbaló. Había pisado algo viscoso. Se agachó a mirar y descubrió un manojo de algas junto a la cama. Después encontraron algunas más junto a la ventana.



FIN

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Última edición por Lifen el 02 Ene 2014 20:44, editado 1 vez en total.
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Dori25 » 01 Ene 2014 19:57

Que bien!!!
Un tradicional cuento de fantasmas con la misteriosa Irlanda de fondo!!!
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Sinkim » 02 Ene 2014 09:00

Me ha gustado mucho, no lo he encontrado especialmente navideño pero la historia está muy bien escrita y los personajes muy bien desarrollados, felicidades, autora (me da a mí que eres femenina, ahora seguro que meto la pata por hablar :cunao: :cunao: )
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Tadeus Nim » 02 Ene 2014 13:23

Me ha gustado bastante. Bien desarrollado. La tradición irlandesa no me ha resultado nunca atractiva. Quizá echo en falta mas definición, mas diferencia rítmica entre los momentos bajos y los altos. Tiene una estructura muy bien definida.

Buen trabajo, autor. :60:

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por noramu » 02 Ene 2014 14:53

La descripción de los paisajes y el personaje de la madre de Erin me han recordado a Nora Joyce :D Las leyendas o historias mitológicas no me llaman demasiado pero debo reconocer, autora ( aquí estoy de acuerdo con el dragoncillo ) que se trata de un trabajo muy bien narrado, con descripciones muy evocadoras y conocimiento del entorno.
Gracias y suerte :60:

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Ororo » 02 Ene 2014 16:56

Un relato conmovedor, pero lo que más me ha gustado ha sido el halo tenebroso que has creado. La buena ambientación ha ayudado mucho y, hacia el final, hasta he sentido un escalofrío.
Está bien escrito, con necesidad de capítulos por la extensión y cambio de escenario -aunque personalmente no me gusten en un relato corto- y, aunque podría haberse sacado más partido a la magia irlandesa, me has transportado ligeramente allí. La historia, aunque poco novedosa, se lee con desasosiego.

Pero es un relato cargado de "muchas cosas que ya he oído muchas veces" y de tópicos pasados al papel.
Desde los personajes con nombres "tan irlandeses", a sus rasgos tan típicamente irlandeses también (pelo rojizo, ojos grises...-aunque es un acierto lo del gorro verde que combina muy bien con el pelo :P -), la aparición de nada menos que dos criaturas de la mitología irlandesa, los naufragios, la mujer de marinero que espera, tres generaciones de mujeres abrazadas...
Me falta algo nuevo. Está bien por la ambientación y la prosa -aunque algunos diálogos sobre todo al principio no me han resultado naturales- pero me ha parecido una historia ya leída.

En resumen, bien. Es un relato sombrío.

Con perdón, también diré que el apellido McGrath, es sin punto. Me ha dolido un poquito eso!
:P

Quizá lo peculiar de este relato resida en que es una de las historias más clásicas :wink:
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Yuyu
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Yuyu » 02 Ene 2014 16:58

Me gustó en general, pero me quedé dándole vueltas a algunas cosas. Por ejemplo no entiendo porque empieza todo con una amiga y en una cámara secreta que luego no tiene relación con el tema. Después llama la amiga para decir que la banshee sale en el vídeo, lo cual tampoco me cuadra pues se supone que sólo la ven los familiares de la persona que va a morir. Por último el toque de que el marido marinero desaparecido vuelva de los mares para llevarse a su mujer no me cuadra tampoco. Me gustó que la madre traumatizada se despidiera de su hija en el mundo de los sueños. :60: :hola:
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albatross
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por albatross » 02 Ene 2014 19:51

Un relato muy extenso. Me pregunto como habrá hecho la autora :twisted: para hacerlo entrar en ocho páginas. Aprovecho para sugerir a los moderadores un límite máximo de PALABRAS en los concursos, porque si seguimos poniendo un número máximo de páginas, podríamos meter el Quijote en ocho páginas si la letra es lo suficientemente pequeña. Creo que es más justo.

Dicho esto, el relato no se me ha hecho largo en absoluto. Me ha resultado de lo más entretenido y he disfrutado con una prosa sumamente cuidada.

Tal vez -el peligro de ser tan extenso- tiene demasiados altibajos. El problema de este relato es que, a mi juicio, la mejor parte es la primera (estaba esperando ver salir a Scubee-Doo de una puerta en la cámara secreta) y luego decae un poco. Es muy difícil mantener el mismo nivel de tensión cuando se empieza tan fuerte. Se arregla bastante con el personaje de la madre ida en el espigón. Es un retrato muy bonito y bien conseguido.

Podría haber servido para el concurso de Semana Santa si se cambia el título por "Erin Mc.Grath vuelve a casa por Semana Santa" o para el de vacaciones de verano etc.

Sin ser una temática que me entusiasme, reconozco los méritos que tiene y puedo decir que es de los mejorcitos de los seis que llevo leídos.

felicidades autor(a) :twisted:

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Gavalia
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Gavalia » 02 Ene 2014 21:00

También a mi me ha llamado la atención la extensión del relato, pero dejando ese detalle a un lado, lo cierto es que aunque no sea mi favorito, si que es un gran relato y debo darte la enhorabuena autor. Quizá esperábamos algo de acción producida por esa sensación de que va a pasar algo en cualquier momento. Mantiene el ritmo con cierta y trabajada compostura aunque baja en expectativas a medida que avanzas. Pedazo relato chato 8)
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Lifen » 02 Ene 2014 22:11

Bueno, como veo que hay dudas respecto a la extensión, he adjuntado el relato, 8 páginas en letra tipo 12, la Times New Roman, creo.
Lifen
¿Nunca has pensado en participar en el Club de Lectura? Pues ya va siendo hora!!! 8)
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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Isma » 03 Ene 2014 00:08

Es muy bueno. A través de un paseo por las tradiciones irlandesas, contado poco a poco, con pequeñas historias, recuerdos y anécdotas. Ninguna de las cuales supone un elemento clave para la resolución de la historia, lo cual me encanta. Crean atmósfera, cuentan algo que gusta leer y sugieren un aroma, un halo de misterio, un sabor. Como son los cuentos, en los que no siempre entendemos todo lo que se nos cuenta.

En definitiva, una narración espléndida, serena y disfrutada. Un ejemplo de cómo un cuento puede trascender el formato hacia un texto más largo sin perder fuerza. Muy bueno!!

Una nota para mejorar: En la frase siguiente, que corresponde a un párrafo descriptivo, el narrador que hasta ese punto era imparcial se identifica de improviso con la protagonista. Esa transición me confundió y creo que hubiera sido mejor dejarlo como observador ajeno.
Pero alguien se abrió paso entre la multitud, susurrando disculpas y sintiendo el rostro arrebolado.

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Shigella » 03 Ene 2014 01:28

yuyu escribió: Después llama la amiga para decir que la banshee sale en el vídeo, lo cual tampoco me cuadra pues se supone que sólo la ven los familiares de la persona que va a morir.


Es verdad, no me había fijado en ese detalle!

El tema Irlanda/mitología irlandesa me encanta, y para colmo está muy bien escrito. Normalmente prefiero los relatos más breves, pero en este caso te perdono, autor/a :mrgreen:

De momento es de mis favoritos :60:

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por ukiahaprasim » 03 Ene 2014 21:23

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por Ratpenat » 04 Ene 2014 14:11

La redacción está bien hecha... pero no sé, no me ha terminado de gustar la historia :roll:
De todas maneras has gustado a muchos, enhorabuena :hola:

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Re: CN2 - Erin Mc.Grath vuelve a casa por Navidad

Mensaje por elultimo » 04 Ene 2014 20:01

Al ver la extensión del relato, pensaba que iba a acabar aburriéndome, pero no ha sido así. Me ha gustado mucho, quizás no de los que más, pero me ha tenido enganchado de principio a fin. Enhorabuena.

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