CH 1 El cementerio de Noceda - Jilguero

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CH 1 El cementerio de Noceda - Jilguero

Mensaje por lucia » 12 Oct 2014 21:50

El cementerio de Noceda

Del anodino pasado histórico de este pueblo solo se salva el ostentoso castillo medieval sito en lo más alto de la loma. Y justo a su espalda se encuentra el discreto camposanto protagonista de esta póstuma confidencia.

Unas semanas después de hacerme cargo de la escuela de Noceda, llegó a mi buzón una carta sin franqueo ―sospecho que dejada allí por Eulalia, la antigua casera de Braulio―. En el exterior del sobre, con una caligrafía primorosa y escrita a plumilla, se indicaba que la misiva iba dirigida «A algún vecino no oriundo de Noceda». Como soy natural de Montijo y la habían depositado con el resto de mi correspondencia, me consideré su destinatario. El autor era un guasón de cuidado y, por supuesto, no di crédito a su contenido. Pero pasé un rato tan agradable leyéndola que me dio lástima romperla y la guardé con el resto de mis cartas.

No me volví a acordar de ella hasta que, en una noche muy ventosa del pasado otoño, mientras daba mi habitual paseo nocturno por las inmediaciones del castillo ―acostumbro a salir a estirar las piernas tras la cena―, entre el murmullo del follaje de los árboles, tuve la impresión de distinguir el tamborileo de un pájaro carpintero. Parecía hallarse en el interior del cementerio y, extrañado ―nunca antes había escuchado el repiqueteo de un picamaderos de noche―, agucé el oído. Pronto tuve el convencimiento de que aquel sonido no lo producía ningún pájaro. ¿Acaso el castañeteo de unos dientes humanos…? Y de inmediato, por asociación de ideas, me acordé de la misiva.

De regreso a casa, la volví a leer con calma. En contra de mi inmovilista sensatez, tomé la decisión de hacer ciertas averiguaciones. Pesquisas que, aparte de permitirme conocer las aventuras y desventuras del sepulturero, me han hecho cambiar mi actitud frente a la vida: ahora me implico en gestas de las que no me creía capaz. Prueba de ello, la hermosa flor de peonía que será mi silenciosa y perfumada compañera durante esta nueva relectura de la confesión de Braulio...

Estimado confidente:
Aunque no soy oriundo de Noceda ni tengo parientes que lo sean, por razones que no vienen al caso, me afinqué aquí cuando aún no había agua corriente en las casas y cada mañana, con gran alborozo de su parte, las nocedanas bajaban al río a hacer la colada. Porque Noceda tiene un arroyo sinuoso y esmirriado, como suelen ser los arroyuelos de estas tierras, pero también lleno de vida: con bogas y ranas nadando en sus aguas, libélulas revoloteando por el aire y juncos y tifas cimbreándose sin descanso en las orillas. Y es que en Noceda el viento nunca cesa, ni siquiera en las noches más bochornosas del verano, siendo esta la razón de que yo, su antiguo sepulturero, sea ahora el único habitante del viejo cementerio…

Pero esto es empezar la historia por el final, en lugar de hacerlo por donde es debido. Le ruego, bienquisto confidente, que sea benévolo conmigo. La mayor parte de mi instrucción la he adquirido escuchando las conversaciones de los inquilinos del camposanto. Para ellos, el tiempo ya no cuenta y acostumbran a rememorar el pasado de forma caótica. Habrá, pues, de perdonarme esta forma atolondrada, aprendida de los muertos, que tengo de expresarme. Procuraré, no obstante, ser ordenado y claro porque deseo con toda mi alma ―en ello me va el descanso eterno― que acepte usted ser el cabal aliado que ando buscando.

Como ya le he avanzado, pese a no haber nacido en Noceda, me convertí en su sepulturero cuando aún no había agua corriente en el pueblo y sus mujeres bajaban en algarabía al río para hacer la colada. También subían a esta loma a coger agua de La Milagrosa, el venero que hay en un costado del cementerio. Daba gusto verlas desfilar con los brazos en jarra y los cántaros sobre la cabeza, poniendo en evidencia la fortaleza de su esqueleto y el armonioso balanceo de sus caderas. Un garboso movimiento por el que tenían fama en el resto de pueblos del valle, cuyas vecinas también caminaban con los brazos en jarra y los cántaros en la cabeza, pero carecían de cuestas empinadas en las que lucir convenientemente el vaivén de sus posaderas. Y como mi trabajo se encontraba justo al lado de La Milagrosa, mientras duró la falta de agua corriente en el pueblo, pude disfrutar de la belleza de todas sus féminas. De ahí que, alcanzada la edad del casamiento, elegir a solo una me pareciera absurdo y optara por quedarme soltero. Un error del que solo fui consciente demasiado tarde: una vez las matriarcas dejaron de bajar al río, las mocitas de subir a La Milagrosa y mi capullo de florecer con el cadencioso contoneo de las unas y las otras.

Mas dejando a un lado estas lamentaciones más propias de plañideras, procedo a aclararle que la mayoría de los vecinos de Noceda son jornaleros del campo que trabajan de sol a sol en tierras ajenas. Hay, además, un reducido grupo de gente versada, de origen variopinto y moderados haberes; y un par de familias con abolengo y caudales, propietarias de los fértiles campos de cultivo que rodean al pueblo y de las lomas baldías que los salpican con la única misión de dar cobijo a los futuros trofeos de caza de los señoritos. Este desigual reparto de bienes y haciendas no ha causado, sin embargo, ninguna lucha de clases entre los nocedanos, quienes aceptan su destino con naturalidad y resignación, sin plantearse siquiera que la pobreza de los unos pudiera deberse a la riqueza extrema de los otros, y viceversa.

Así, pues, ningún vecino ha puesto jamás en duda la primacía disfrutada por los Castellí y los Campos a la hora de elegir las parcelas en las que descansarían sus muertos. Primacía que tuvo como lógica consecuencia el que, al hacerme cargo del camposanto, los panteones de ambas familias apenas si necesitaran de mis cuidados, mientras que en el resto de las tumbas hube de realizar labores de saneamiento para eliminar los nocivos efectos del cercano acuífero de La Milagrosa.

Trabajos que realicé con cierto agrado, sobre todo tras descubrir que la compañía de los finados era mucho más interesante que la de los vivos. Debo aclararle que, cuando los nocedanos pasan a mejor vida, no están tan muertos como los demás pretenden. Y gracias a esa vitalidad post mórtem, me enteré de que esta ventosa loma no es un sitio idóneo para enterrar a nadie. Un asunto nada baladí si se tiene en cuenta que, una vez quedamos reducidos a un puñado de piel apergaminada y huesos, ya no podemos abandonar nuestro postrer lecho.

Como le iba diciendo, intuí muy pronto la incómoda situación de mis clientes. Pero hasta que no lo logré descifrar su silente lenguaje, algo que me llevó mucho más tiempo, no pude apreciar el verdadero alcance de su tragedia. Desde su aparente paso a mejor vida, lo que en verdad hacían los difuntos de este cementerio era yacer en un ambiente húmedo e insalubre, que transformaba sus restos en una suerte de cieno pestilente, en lugar de hacer realidad el mucho más higiénico destino bíblico de «¡polvo eres y en polvo te convertirás!».

Un barrillo sulfuroso que, en cada temporada de lluvias, las escorrentías subterráneas se encargaban de arrastrar hasta el acuífero de La Milagrosa. Cierto es que no hay ninguna prueba científica que lo avale pero, según le escuché referir al antiguo farmacéutico, quien a la sazón debatía el tema con otros finados, mientras no hubo agua corriente en el pueblo, las menopaúsicas de Noceda nunca tuvieron problemas de descalcificación ósea. Pero con la instauración de la democracia en España y del agua corriente en los pueblos, las vecinas dejaron de beber el agua rica en calcio de La Milagrosa y los inquilinos de este camposanto perdieron el consuelo de que su incómodo destino sirviera, al menos, para que sus hijas y nietas tuvieran osamentas sanas y fuertes, que les permitieran portar los cántaros sobre la cabeza y cimbrear las caderas con donosura.

Tras enterarme de las infiltraciones que padecían las tumbas, comencé a abrir una detrás de otra con el propósito de orear los enmohecidos esqueletos. A pesar de que me empleé a fondo, tardé varios años en completar el saneo. Y es que los nocedanos son muy supersticiosos y, de haberme visto desenterrando huesos, me habrían despedido por profanar el supuesto descanso de los suyos. No podía, por tanto, sanear los enterramientos durante el día. Ni, por razones obvias, en las noches lluviosas o cuando las bajas temperaturas apuntaban a que helaría de madrugada. Y como noté que la completa oscuridad ponía muy nerviosos a mis clientes más jóvenes, las noches sin luna pasaron también a ser inhábiles. Mi clandestina faena quedó, pues, constreñida a los plenilunios del estío y algunas otras noches propicias.

Las lápidas de los pudientes eran espaciosas y, a la hora de orear los huesos, bastaba con alinearlos sobre ellas y aguardar a que el aire y la radiación nocturna hicieran su benéfico efecto. Sanear, en cambio, los restos de los menesterosos era un trabajo mucho más peliagudo. Sus nichos se hallaban muy apiñados y, una vez llenaba de restos el tejadillo comunitario, me veía obligado a esparcir los excedentes por el albero del camposanto. Y aunque le cueste creerlo, sorprendido confidente, el esfuerzo merecía la pena: ¡daba gusto ver a tanto muerto reposando plácidamente a la luz de la luna! Por desgracia, yo debía ocuparme de sellar las paredes de las tumbas y solo muy de noche en noche me podía permitir el lujo de fumarme un cigarro en medio de aquel sosegado panorama…

Como le iba diciendo, blindar los enterramientos me llevó un sinfín de tiempo y, para colmo, cuando terminé de hacerlo, descubrí que mis clientes continuaban sin hallarse a gusto. Obcecado en subsanar la que yo creía causa única de su desazón, cada vez que el viento arreciaba con fuerza y las hojas de las casuarinas silbaban, en lugar de prestar atención a las quejas de los difuntos, me dedicaba a regocijarme de tener a Eolo como aliado en mi empeño de hacer realidad la bíblica profecía de «polvo eres y en polvo te convertirás». Ni que decir tiene que, en cuanto fui consciente de mi error, solicité al alcalde la tala de los vetustos centinelas del camposanto. Como es natural, no pude argumentar en su contra el nocivo efecto que ejercían en mis clientes y me hube de inventar falsas razones. Pero habían sido plantados por un nocedano ilustre, en memoria de su fallecida esposa, y resultaron ser intocables mientras quedara vivo alguno de sus numerosos descendientes.

De nuevo me tiene, usted, que disculpar el caos cronológico en el que andamos inmersos. Mejor volvamos al instante en el que terminé de orear las osamentas, me pude fumar por fin un cigarro escuchando la entretenida charla de quienes fueron antaño los notables de Noceda y me enteré de que mis clientes continuaban sin gozar del tan cacareado descanso eterno. Como ya se puede imaginar, el alma se me cayó a los pies. Mi desánimo no fue, sin embargo, óbice para que los escuchara quejarse de las casuarinas. Con el atolondramiento que me caracteriza, di por hecho que las raíces, cada día más largas y abultadas, eran la verdadera fuente de su descontento. Hacha en mano, me adentré en el panteón de los Campo y, una vez mis ojos se adaptaron a la penumbra, me llevé un tremendo chasco: allí no había ningún intruso vegetal pero sí humedad, mucha humedad…

Mis noches insomnes habían sido en balde y, con el ánimo otra vez por los suelos, decidí tomarme el resto del día libre. Para holgazanear a gusto, me encaramé a un tejadillo comunitario de los nichos del ala sur. Era aquel un lugar muy resguardado desde el que se escuchaba de maravilla el silente murmullo de los difuntos. Tenía la palabra el antiguo boticario de Noceda y, durante su prolija disertación, comprendí que no era la humedad, sino el sempiterno viento, la principal causa de su malestar. Por su culpa, las acículas de las casuarinas no cesaban de silbar y eso los ponía alteradísimos. Un silbidito de nada que, desde mi perspectiva de vivo, siempre había considerado muy agradable. Incluso sedante. Pero ese día me enteré de que, cuando el viento arrecia ―en esta ventosa loma, eso ocurre a cada instante―, el silbidito se vuelve más agudo y provoca en los huesos de los finados un efecto similar al del azogue. En cualquier otro camposanto, esta suerte de resonancia ósea no pasaría de ser una simple molestia pasajera. En el de Noceda, en cambio, el fenómeno da la impresión de que durará ad eternum y se transforma en tormento.

Tal cual ya le he adelantado, mi visita al Consistorio fue un total fracaso. Para colmo, yo era el único conocedor del problema y, por ende, el único que podía remediarlo. Abrumado por la responsabilidad, anduve cavilando varios días hasta que concluí que la mejor forma de liberar a mis clientes de su calvario era trasladar el cementerio a otro sitio. Ya no era joven y las fuerzas empezaban a faltarme ―y de mi pobre miembro, esa especie de mariposa sin alas que no había vuelto a salir del capullo desde la llegada del agua corriente a Noceda, mejor no hablar―. Pero mi pundonor me impedía mirar para otro lado y me puse manos a la obra.

Recorrí el valle palmo a palmo sin encontrar ningún enclave adecuado. La mayoría eran campos de cultivo bien labrados en los que enterrar restos humanos resultaba, cuando menos, temerario. Y los manchones de serranía ―los cotos de caza de los Castellí y los Campos― estaban tan bien vigilados que adentrarse en ellos sin ser visto era una total quimera. Continué trazando círculos concéntricos cada vez más alejados de Noceda, hasta que por fin, en los alrededores de Olivenza, di con el lugar perfecto: un olivar asilvestrado que trepaba por las laderas del valle entremezclándose con los matorrales propios del monte bajo extremeño. Entre los olivos apenas había indicios de escorrentías y la exuberancia de la maleza indicaba que por aquellas tierras no había pasado un arado en años. Y lo que era todavía más primordial: ¡ni un solo verdugo arbóreo en el horizonte! Un enclave privilegiado en el que mis clientes podrían descansar a la sombra de los centenarios olivos; o bien optar por hacerlo entre sol y sombra, rodeado de jaras y margaritas, o a pleno sol, en la zona más alta y despejada del collado.

Regresé a Noceda orgulloso de mi hallazgo y dispuesto a emprender el traslado de inmediato. Pero el desalojo me acabó llevando tanto tiempo que hubo momentos en los que, exhausto por la falta de descanso, pensé que moriría sin concluirlo. Gracias a dios, el destino ha sido generoso conmigo: no solo me ha dado las fuerzas necesarias para culminar la proeza sino también unos cuantos años de propina, en los que al fin me he podido pasear entre mis clientes sin escuchar ni una sola queja. He tenido, además, la gratísima sorpresa de ver que, donde yo enterraba los restos de un muerto, a la primavera siguiente medraba una mata de peonías. Es más, al igual que les pasaba a las nocedanas cuando aún saciaban su sed en La Milagrosa, las peonías del nuevo cementerio de Noceda son más recias y gallardas que en ningún otro lugar de España.

Poco más tengo que contarle. Acaso alguna anécdota, nimia pero muy ilustrativa de la condición humana en la otra vida, sobre las preferencias de los terratenientes por las soleadas cumbres y de los proletarios por la sombra de los modestos olivos. Mas tampoco en el nuevo cementerio han existido jamás luchas de clases: cada muerto sigue aceptando su posición con naturalidad y buen talante, sin tan siquiera plantearse si el mayor porte de las peonías en las partes altas tiene, o no, su origen en que los antiguos notables del pueblo tuvieron la primacía a la hora de elegir el terreno en el que yo iba a enterrar sus restos.

Espero, paciente confidente, que haya comprendido ya mi angustiosa situación. Le imagino tentado de tacharme de cobarde por no haberme atrevido a contar en vida este secreto. Pero, tal como ye le he adelantado, aunque sencillos y afables, los nocedanos están muy apegados a las tradiciones y, de haberlo sabido antes, no me habrían permitido el traslado. Y hecho este, no me habrían perdonado el ridículo de haber depositado flores y conversado con sus seres queridos cuando las tumbas estaban ya vacías. Confío en que, gracias al gran respeto que tienen a los muertos, ahora que soy uno de ellos, puedan perdonarme la osadía de haberles cambiado de sitio el camposanto.

En todo caso, es mejor que de momento desconozcan la farsa. Reclame, pues, mis huesos en la alcaldía con el pretexto de que yo deseaba ser enterrado entre los míos. Con ayuda del mapa que le adjunto podrá encontrar el nuevo cementerio y, una vez en él, tenga en cuenta que no deseo descansar en lo más alto, junto a los engolados señores, ni tampoco entre los proletarios de la vaguada. Entiérreme mejor entre las matas de peonías que hay en el collado. Atendiendo a sus inclinaciones, allí enterré al antiguo farmacéutico y al resto de tertulianos de Noceda para que pudieran seguir conversando de lo divino y de lo humano, del bien y del mal, de la paz y de la guerra, o de cualquier otro dilema: con tal de filosofar, toda excusa les parece buena. A esos instruidos nocedanos debo esta peculiar y atolondrada forma de expresarme. Fueron mis mentores en vida y, ahora que estoy muerto, pretendo que lo sigan siendo.

No deseo, sin embargo, que se llame a engaño y, antes de que se ponga manos a la obra, quiero aclararle que solo puedo ofrecerle un pequeño estipendio. Una recompensa insignificante y efímera pero, como usted mismo tendrá ocasión de comprobar, de inigualable belleza: la primera flor de peonía que brote sobre mi tumba en el nuevo cementerio de Noceda.

Queda de usted eternamente ―nunca mejor dicho― agradecido

Braulio Facundo

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Sinkim » 15 Oct 2014 15:48

Me ha gustado la historia y como está contada pero no le he encontrado el humor, la situación es subrealista y recuerda a películas como "Amanece que no es poco" pero ese subrealismo no es suficiente por si mismo como para crear una historia de humor, por lo menos esa es mi impresión :oops:
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Isma » 15 Oct 2014 16:43

Jeje. Me ha arrancado una buena sonrisa con el capítulo de las mocitas subiendo a la loma a coger agua. Supongo que me ha sacado la vena sátira. La narración es extremadamente fluida y se hace muy cómodo seguir las andanzas de ese sepulturero. Me ha faltado algo más de cohesión en los habitantes. Salvo el episodio de las aguadoras y las faldas que se contonean (mmmm... :twisted: ), el farmacéutico y los nombres de los nobles, poco más sabemos de los nocedanos. Me hubiera gustado saber más para terminar de encajar todos esos destinos de manera entrañable, una suerte de "antes" y "después" en relación con el sepulturero. Pero el relato está muy bien y se me ha hecho una lectura entretenida.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Dori25 » 15 Oct 2014 16:56

Que voy a decir que no hayan dicho Sink e Isma antes, yo tampoco acabo de verle la gracia salvo la parte (que me encanta) de que los habitantes de Noceda no tienen problemas de huesos.
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por joserc » 15 Oct 2014 16:56

Lo siento, se me ha hecho un poco largo con todo ese lenguaje florido. Está bien usado, desde luego, pero no he podido evitar aburrirme un poco. Lo siento de verdad, porque está muy trabajado, pero es que no es de mi gusto este tipo de lectura.

Siento no poder ser más constructivo.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por albatross » 15 Oct 2014 18:35

Está muy bien escrito. De momento es uno de los relatos que más me han gustado. Es un placer deslizarse entre las palabras exquisitas de esa carta. No obstante, uno lee con la esperanza de que ocurra algo más, una historia, algo de acción y al final acepta, casi con resignación, que se limita a la confesión del traslado del cementerio. Tampoco he encontrado demasiado humor, no estoy seguro de que se pueda describir como un texto de humor. Prefiero, de cualquier forma un buen texto con poco humor antes que un relato de humor fallido. Enhorabuena.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Verditia » 15 Oct 2014 23:14

Relato muy bonito de leer y bellamente escrito. Me ha gustado que todo se cuente a través de una carta, como una confesión de algo que sabía que estaba mal hecho, pero que en realidad era lo mejor (para los muertos, claro).

Lo que más me ha gustado: que la fuente de la Milagrosa fuese tal por los pobres huesos de los muertos.

El "pero": no lo acabo de catalogar como humor. De hecho, el final me transmite ternura y melancolía, y aunque eso es bueno para un relato, no creo que sea lo que tenga que transmitir uno de humor.

¡Suerte!
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Gavalia » 16 Oct 2014 00:23

Muy bien escrito pero demasiado denso para mi gusto. Magnífico uso del lenguaje con algún que otro término hasta ahora desconocido para mi. El humor me cuesta encontrarlo, aunque haberlo, lo hay.
Un gran trabajo que no acabó de engancharme pero que valoro en lo que vale en cuanto a escribir como los ángeles . Enhorabuena autor. :chino:

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por IrisCornegie » 16 Oct 2014 12:35

Muy bien escrito aunque con un lenguaje demasiado florido para mi gusto (se me hace un poco farragoso de leer). La historia me ha gustado y el formato es bastante original. Además tiene su punto gracioso el tema de los muertos quejándose de su ubicación y hablando entre ellos :cunao:
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Dori25 » 16 Oct 2014 13:05

IrisCornegie escribió:Muy bien escrito aunque con un lenguaje demasiado florido para mi gusto (se me hace un poco farragoso de leer). La historia me ha gustado y el formato es bastante original. Además tiene su punto gracioso el tema de los muertos quejándose de su ubicación y hablando entre ellos :cunao:

A mi lo de los muertos no me queda muy claro, a fin de cuentas al enterrador se le podía haber ido la cabeza
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por IrisCornegie » 16 Oct 2014 13:06

Pues también puede ser. Debe ser que estoy tan acostumbrada a la fantasía que ya no pienso en esas cosas :cunao:
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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por triste » 16 Oct 2014 20:48

—acostumbro a salir a estirar las piernas tras la cena—


¿No queda mejor quitando esa primera "a"?

Procuraré, no obstante, ser ordenado y claro porque deseo con toda mi alma —en ello me va el descanso eterno— que acepte usted ser el cabal aliado que ando buscando.


Una coma después de "claro" haría que la oración se lea mejor.

De ahí que, alcanzada la edad del casamiento, elegir a solo una me pareciera absurdo y optara por quedarme soltero.


Esto nomás lo cito porque es hilarante :cunao:, me encanta.

cada vez que el viento arreciaba con fuerza y las hojas de las casuarinas silbaban, en lugar de prestar atención a las quejas de los difuntos, me dedicaba a regocijarme de tener a Eolo como aliado en mi empeño de hacer realidad la bíblica profecía de «polvo eres y en polvo te convertirás».


Acá no me queda clara la referencia a Eolo. Sí, el señor de los vientos y eso, peeeero... ¿cómo el viento que arreciaba fuerte convertiría en polvo a los muertos? Según recuerdo, Eolo le dio a Ulises un odre que contenía todos los vientos. En su barco se quedó dormido y la tripulación lo abrió pensando que en él había oro y se creó un caos. Entonces, le sigo dando vueltas y no entiendo. Eolo nunca quiso convertir en polvo a nadie al prestar su ayuda, de hecho, cuando regresaron a la isla, se va enojadísimo, ¿no? La ayuda era para que llegaran Ítaca. Bueno, me da vergüenza no entender la relación que quisiste hacer, autor, :oops:, estoy segura que se debe más a mi ignorancia, lo pongo nomás para que alguien me lo explique, porque me gustó mucho la construcción de ese párrafo, aunque no lo entienda del todo.

Imagen

De nuevo me tiene, usted, que disculpar el caos cronológico en el que andamos inmersos.


Las dos comas en esa frase me chocan muchísimo.

He tenido, además, la gratísima sorpresa de ver que, donde yo enterraba los restos de un muerto, a la primavera siguiente medraba una mata de peonías.


Qué belleza. He recordado algo que escribió Edvard Munch en sus diarios:

“From my rotting body, flowers shall grow and I am in them, and that is eternity.”

El humor en el relato está, es elegante y sutil. El narrador es un personaje maravilloso y, contrario a un comentario que leí, no encuentro nada farragoso en el lenguaje. Me parece precioso y preciso.

Felicidades, autor. Muchas gracias por un relato tan bonito.

Ah, y agrego que para mí está muy claro que los muertos no era que se quejaran ni nada por el estilo, era la simple percepción del hombre, y pues con mucha razón, ¡algo tienen que hacer los sepultureros! Si no se hacen ideas de muertos que se quejan del viento, humedad que molesta huesos y árboles que hay que cortar, ¿qué harían?
Aquí yace un pájaro.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Shigella » 16 Oct 2014 21:04

Este relato me parece que está muy bien escrito. Un poco recargado para mi gusto (simple que es una), pero reconozco una buena pluma.
El tema del humor, supongo que el autor pretendía hacer humor negro, pero no sé, no termino de ver la vertiente humorística. Me ha resultado un poco monótono, de hecho. Lo siento.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por elultimo » 16 Oct 2014 21:12

Que lástima me da no haber encontrado el humor en esta historia porque me ha gustado mucho (el que más de los cuatro que llevo leídos). La única pega que le veo es que el lenguaje lo veo un poco rebuscado para tratarse de un sepulturero, pero quizás la gracia esté ahí.

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Re: CH 1 El cementerio de Noceda

Mensaje por Topito » 16 Oct 2014 22:28

Bella prosa y bello relato. Si fuera en el concurso libre pudiera ser uno de mis favoritos.

El humor es sutil, pero pensé en un momento dado que podría ser irónico o sarcástico, y no.

Cito a Oscar Wilde sobre lo que decía del sarcasmo: «La forma más baja de humor pero la más alta expresión de ingenio». Esta carta hubiera quedado bien siendo irónica con le pueblo o sarcástica.

Ingenio tiene el texto, eso no le falta.

Muchas gracias por hacerme disfrutar con un gran relato.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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