CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO - David P.

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO - David P.

Mensaje por lucia » 12 Oct 2014 21:50

LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

La recta se torna curva y aparece el brillo. Así imagino que será viajar en el tiempo.
Me instan a entrar en la sala, pero se quedan fuera. Hay una mesa y dos sillas, una a cada lado. Me siento en una de ellas y espero. Las paredes son blancas, el suelo, el techo, blanco impoluto. La mesa y las sillas de acero frío, la sala entera es fría. La luz es intensa y abundante y blanca… fría. Desde luego, el conjunto no invita a una estancia agradable. ¿Qué ha sido del por favor, póngase cómodo? Supongo que esta no es una reunión amigosa.
La puerta se abre. Un hombre con bata blanca entra y me examina con minuciosidad desde la distancia. Camina hacia la otra silla sin quitarme el ojo de encima. Trae una carpeta que deja caer sobre la mesa. Se sienta, abre la carpeta y escruta su contenido detenidamente antes de hablar.
—Eduardo Domènech Isern —dice leyendo en voz alta—. Veintinueve años. Natural de Bergantes, provincia de Girona.
—Ese soy yo —contesto.
—Hola, Eduardo. ¿Sabes?, cuando tu naciste yo ya gastaba las suelas de mis zapatillas por esas calles.
—¿Es usted de Bergantes? —pregunto congratulado.
—Así es, y según esto estudiamos en el mismo sitio, en el Ana María Matute —dice examinando los papeles a fondo—. Aunque yo cursaba C.O.U. cuando tu empezaste primero de E.G.B. Recuerdo al profesor Don Diego, de biología. Me pregunto si todavía seguirá por allí. —Su voz denotó una mezcla de nostalgia, cariño y tristeza al hablar de Don Diego. Por un momento le brillaron los ojos.
—Allí sigue, dando capones con los nudillos. Me cepilló el pelo en más de una ocasión —digo rascándome la cabeza y frunciendo el ceño.
—Soy el doctor Rocamora, Eduardo —continúa él, esta vez sin leer. Me mira a los ojos con gesto afable—. ¿Sabes dónde estás?
—Pues creo que en el manicomio Rocamora. ¿Es usted el dueño de esto?
—Preferimos el término: clínica mental, y no, no se llama así por mí, sino por la doctora Rocamora —dice tomando unas notas.
—¿Su madre? —pregunto. Parece molestarle.
—No, no es mi madre. No somos familia, solo es una casualidad —dice tajante—. Continuemos, por favor. ¿Sabes por qué estás aquí?
—Porque mi familia me ha traído. Es curioso, porque si añadimos una vaca a ese acto en concreto da como resultado el adjetivo que mejor los describe: traidores.
—Tienes mucha imaginación —dice tomando notas de nuevo—. Pero no me refería a eso, sino al motivo por el que tu familia te ha ingresado.
—¿Porque son gilipollas? —contesto.
—¿Me lo estás preguntando? —dice el doctor.
—La verdad es que no, pero si tuviera que preguntarlo, desde luego sería a alguien de su profesión… ¿Es usted psicólogo o psiquiatra?
—Psiquiatra… —contesta.
—¿Qué diferencia hay? —pregunto antes de que continúe.
—No estamos aquí para hablar de mí, Eduardo.
—No hace falta que conteste, conozco la respuesta. Los psicólogos se meten en tu cabeza, toquetean lo que sea que toqueteen y te la arreglan. Ustedes, los psiquiatras, prefieren que las drogas les hagan el trabajo sucio. Un par de pirulas y se sientan a esperar. Son ustedes unos camellos, pero en elegante, unos dromedarios. Esos son los que tienen una sola joroba, ¿no?
—¿Eso crees que hacemos ahora? —dice el doctor garabateando los papeles— ¿Recetarte pirulas?
—No —sentencio. Hago una pausa y continúo—. Está valorando qué pirulas necesito. Luego me las recetará.
—Ya veo que no apruebas mis métodos, aún así, intentaré ayudarte —dice. Mira sus notas—. Nos habíamos quedado en que tu familia te ha traído aquí. ¿Conoces el motivo?
—Sí —digo escuetamente. Me frustra pensar en ello, me siento impotente.
—¡Oh! ¿Y querrías compartirlo conmigo?
—Porque no me creen —contesto ofuscado.
—De acuerdo, Eduardo. ¿Y que es lo que no creen exactamente?
—Que voy a inventar la máquina del tiempo —explico. Su bolígrafo enloquece.
—Que vas a inventar —repite—. No que has inventado, sino que vas a inventar. ¿Puedes explicarme eso? —añade.
—¿El qué? Todavía no la he inventado, ¿que es lo que no entiende?
—Ya veo —señala. Más anotaciones—. Así que la vas a inventar. ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puede alguien saber lo que va a ocurrir en el futuro, Eduardo?
—Inventando la máquina del tiempo, viajando al pasado y haciéndoselo saber a sí mismo —digo sarcásticamente. Él sonríe.
—Esa es una buena razón. ¿De eso se trata? ¿Te has visitado a ti mismo desde el futuro? —pregunta moviendo el bolígrafo con habilidad sobre el papel.
—¿Me cree ahora? —digo buscando una camaradería que no hallo.
—Háblame de esa visita.
—Visitas, en realidad —explico. Eso estimula su muñeca y escribe.
—Visitas —repite—. Entiendo. Háblame de ellas, por favor. De la primera vez.
—¿La primera vez? La recuerdo como si hubiera sido ayer mismo —empiezo a relatar—. Tenía diez años e íbamos de excursión con el colegio. En el autobús, Pablo, uno de mis amigos de aquel entonces, encontró un cigarrillo debajo del asiento y nos lo enseñó a Luis, otro amigo de la época, y a mí. Él propuso que nos lo fumáramos, pero Luis se opuso. «Seguro que tiene cáncer», dijo. Un aguafiestas, el suelo de aquel autobús estaba limpísimo. Ya planeábamos cómo hacerlo cuando apareció Nicolás, el matón de la clase. Le llamábamos Nicoplás, ya sabe, ¡plás! —doy una bofetada al aire—. Nos ofreció compartir el mapa de un tesoro a cambio de unas caladas de nuestro cigarro. Aceptamos, por supuesto. Luego fingimos tener ganas de mear para que el profesor parase el autobús. Resultó que no éramos los únicos con ganas de orinar, así que la parada fue larga.
»Nosotros cuatro nos separamos del resto lo suficiente y Pablo sacó el cigarrillo. Exigió que Nicoplás hiciese lo propio con el mapa y este sacó un pergamino, lo lanzó a lo lejos y, haciendo honor a su mote, le propinó un puñetazo en la boca del estómago, le quitó el cigarro y se marchó. «Ves a buscarlo gili», dijo. Y fuimos a buscarlo. No era más que un papel de publicidad, ese sinvergüenza solo quería fumarse nuestro pitillo. Debimos haberlo imaginado. El caso es que nos llevó bastante tiempo encontrar el supuesto mapa y cuando regresamos al autobús, ya no estaba. Nicoplás le había hecho creer al profesor que estábamos todos, y el pobre, que era nuevo y no se enteraba de nada, nos dejó allí tirados. Precisamente don Diego se había casado unos días atrás y estaba de luna de miel, así que nuestro profesor le sustituyó a él, y a nosotros nos asignaron al sustituto. Al Solohayuno. Bruno solohayuno. Qué recuerdos. La cuestión es que nos vimos allí tirados y pensamos en regresar.
»Habíamos tardado unos cincuenta minutos en llegar hasta ese punto, así que pensamos que si seguíamos la carretera en sentido contrario durante cincuenta minutos, llegaríamos al punto de partida, al colegio. En seguida nos dimos cuenta de que los cruces serían un problema, confundirnos en uno solo podría alejarnos mucho del camino de vuelta.
»Luis creía saber en qué dirección se encontraba el pueblo, pensaba que si andábamos en línea recta, sin desviarnos, no perdería la referencia. El problema era que había que atravesar bosques muy frondosos y muy oscuros y muy, muy desconocidos. A Luis no le preocupaba, decía que Dios no permitiría que la pasase nada. Pablo opinaba que los osos también eran criaturas de Dios, y que tampoco permitiría que les pasase nada, como morirse de hambre. «Tal vez esté tratando de llevarnos hasta ellos con ese propósito», dijo. Esa frase me persiguió durante años.
»Anduvimos de un lado a otro sin saber qué hacer cuando encontré un periódico clavado en un árbol. Lo había dejado mi yo del futuro.
—¿Un periódico clavado en un árbol? ¿Por qué lo relacionaste contigo mismo?
—Porque el clavo atravesaba un anuncio de cerveza. La primera vez que probé la cerveza fue en la boda de un primo segundo de León. El León es un felino, y fe en el lino era lo que mi abuela, por parte de madre, tenía. No había manera de vestirla de lana o algodón. Mi madre solía decir que murió de lino. En realidad fue eritema pernio en los pies. Sabañones —explico.
—Estudié medicina, estoy familiarizado con el término —dice el doctor—. Pero los sabañones no son mortales —añade.
—No fueron la causa de su muerte, sino la de su caída por las escaleras.
—Entiendo —reflexiona—. Continúa, por favor.
—El caso es que en su entierro, dos años antes de la excursión, conocí al hermano de mi madre. Llevaban años peleados y esa tragedia les unió de nuevo. Mis hermanos y yo perdimos una abuela, pero ganamos un tío. Él era militar y solía decirnos que si alguna vez nos perdíamos, debíamos permanecer en el sitio hasta que fueran a buscarnos. ¡Ese era el mensaje! Y eso hicimos. Media hora después el autobús volvió a por nosotros.
»¿No lo ve? Si no es por ese periódico nos hubiéramos marchado, nos hubiéramos perdido y quién sabe qué hubiera sido de nosotros. Había osos allí.
—¿Te das cuenta de lo difícil que es que alguien haga todas esas relaciones a partir de un anuncio de cerveza? —señala el doctor—. Que lo hagan dos personas se me antoja del todo improbable.
—Bueno, yo las hice, ¿no? —contesto—. Y se supone que el mensaje lo dejé yo mismo en el futuro. ¿No es razonable?
—De acuerdo, lo es, pero también puede que hayas hecho todas esas relaciones porque, en tu subconsciente, conocías la solución, y es la manera que tiene tu cerebro de comunicártela —explica.
—Pero puede explicar que el periódico lo pondré yo, ¿no? —digo orgulloso.
—Sí, sí que puede —afirma él. Suspira y despacha renglones con la diestra. Hace una larga pausa que aprovecho para tomar la iniciativa en la conversación.
—¿Por qué eligió esta profesión? —pregunto.
—¿Cómo dices? —exclama el doctor contrariado.
—¿Que por qué eligió la psiquiatría?
—Preferiría que me contaras otra de esas visitas, si no te importa.
—Y yo preferiría estar tumbado en una hamaca, tomando el sol en una isla paradisíaca con un mojito en la mano, pero aquí estamos, ¿no? —digo socarrón. Él no reacciona—. ¡Venga! Yo le cuento, usted me cuenta. Creía que esto era una charla.
—Lo es. Tú hablas y yo te escucho —sentencia.
—¿Qué más le da? Si cuando acabemos me va a recetar un viaje solo de ida al país de los arcoíris y las nubes de azúcar. Concédame una última conversación como persona —suplico. Su cara me dice que funciona.
—Fue por mi padre —dice secamente.
—¿También era psiquiatra?
—No. Nos obligaba a hacer cosas a mi hermano y a mí —explica.
—Eh… ¿Cosas? —La revelación me pilla por sorpresa. Él sigue hablando.
—Aunque creo que mi hermano disfrutaba con ello.
—Vale, se pone interesante. Siga, siga.
—Nos obligaba a ver todo tipo de deportes en la televisión: fútbol, baloncesto, motos, coches, bicicletas. —No es lo que esperaba. Me siento decepcionado y aliviado al mismo tiempo—. Y no contento con eso, nos obligaba a practicar el fútbol. Mi hermano era un fenómeno, pero a mí no se me daba bien, y mientras a él le admiraban, yo era objeto de las burlas de todos los chicos de nuestra edad en el barrio, en el colegio y allá donde fuéramos. No entendía a qué se debía esa diferencia. Mi hermano y yo teníamos la misma constitución atlética…
—¿Qué ha pasado? —pregunto socarrón interrumpiéndole.
—De acuerdo, me lo merezco por glotón —dice él dándose unas palmaditas en el abdomen—. Como decía, ambos teníamos buena complexión para la práctica deportiva, y no había una gran diferencia de edad como para considerarlo determinante, nos llevábamos un año, así que pensé que la respuesta debía estar en la mente y me interesé en el tema. Leí todos los libros de la biblioteca que lo trataban y, cuanto más leía, más me fascinaba. Y no hay mucho más, universidad, carrera, especialización... Luego llegué aquí y las burlas se convirtieron en desprecio.
—¿Aquí? ¿Por qué? —pregunto.
—Me llaman enchufado.
—¿Por la doctora Rocamora? Pero no es familia suya.
—No. Ni siquiera la conozco, no sé nada de ella, la habré visto en un par de ocasiones en los años que llevo aquí. Dudo que sepa que compartimos apellido, es más, siendo tan ególatra como para ponerle su nombre al centro, dudo que desee compartir esa gloria con alguien que ni siquiera es de su familia. Si supiese de mí no estaría aquí, te lo aseguro. Mejor así —sentencia—. Venga, sigamos con tus visitas.
—Mis visitas —repito pensativo. Él se prepara para escribir—. De acuerdo, le contaré una en la que urdí un plan para vengarme de todas las fechorías que Nicoplás me había hecho a lo largo de los años.
»Había cumplido los diecisiete cuando el alcalde convocó a todos los centros de enseñanza a un concurso de ideas para impulsar la innovación y el desarrollo… ¡Pero qué estoy diciendo!, para impulsar su propia economía, ya que los participantes cedían los derechos de las patentes de sus creaciones.
—Muy hábil por su parte —señala el doctor. Escribe.
—No tan hábil. No hubo más convocatorias, con eso se lo digo todo —señalo. Él arquea una ceja sorprendido—. El concurso trataba de inventos —explico—. Yo no participé, no directamente. Me limité a ayudar a Luis. Pablo también. De todos mis amigos solo Luis participó. Tenía sus cosas, pero era un auténtico genio. Logró sintetizar, para la ocasión, un suero al que se le podían programar consignas. Al ser luego ingerido por un individuo, este se veía afectado por dicha consigna. Él lo programó para inhibir cualquier conato de violencia contra su persona, y lo presentó como un producto revolucionario para la seguridad de grandes personalidades. Tenía hasta una demostración preparada para el día del evento, aunque esta no llegó a producirse.
»Yo había aprovechado su confianza para sustraer pequeñas cantidades del suero y reproducirlo en mi casa siguiendo sus pasos. Cuando tuve suficiente, lo programé, como él me había enseñado, para que quién lo ingiriese se chupara el dedo índice y se lo metiera en la oreja a Nicoplás si lo veía. El día antes del concurso, por la noche, fui a la planta que suministra el agua potable al pueblo y lo vertí todo. Yo no entiendo de química, pero, al parecer, el agua del pueblo es rica en no sé qué compuesto que reaccionó con el suero y la consigna se vio ligeramente alterada: la parte que hacía referencia a Nicoplás desapareció.
—¡No!
—Ya lo creo que sí. Todo el mundo chupándose el dedo y metiéndolo en la oreja de todo el mundo. Fue divertido… hasta que mi oreja fue ultrajada por primera vez. Mi madre —apunto.
—Yo no estaba en el pueblo por aquel entonces, pero recuerdo vagamente que alguien me lo contase —reflexiona el doctor—. ¿Qué pasó? ¿Dónde estaba tu otro tú?
—A eso voy —continúo—. No tardaron en analizar el agua y descubrir mi artimaña, sin embargo, no fue a mí a quién detuvo la policía acusado de no sé cuantas cosas, la lista era larga, sino a Luis.
—Y supongo que eso lo hiciste tú. Tu otro tú —señala el doctor.
—Por supuesto —afirmo con contundencia—. Verá, la prueba que incriminó a Luis fue un testigo que afirmó verle entrar allí cargado con un pesado bidón de considerable volumen, que media hora después se volvió ligero cuando huyó del lugar.
—Pero eras tú, ¿no? —dice el doctor desconcertado bolígrafo en mano.
—Era yo —afirmo—. Con su ropa —añado. Él arruga el ceño y yo continúo—. Antes de ir a la planta de suministro de agua, los tres estuvimos trabajando en el sótano de Luis, en su laboratorio, como decía él. A mí me parecía un vertedero de cacharros, aunque de allí salieron cosas muy interesantes, no sé cómo se las apañaba, la verdad. Estaba todo listo para el día siguiente, solo hacíamos comprobaciones para asegurarnos, manías de Luis. Yo vigilaba unas probetas, Pablo manipulaba sustancias al otro lado de la mesa y Luis repasaba el código de programación para asegurarse de que no había errores. Hicimos esas mismas tareas durante dos meses, nos sabíamos el procedimiento de memoria, sin embargo, una de las sustancias de Pablo explosionó. Por suerte él se había tomado un descanso para saborear un Huesito, le encantaban esas chocolatinas. El caso es que la explosión hizo volar un fragmento de magnetita que rebotó en el pomo de la puerta, luego en la lámpara y en algún sitio más para, finalmente, hacer añicos un frasco que contenía ácido sulfúrico que se hallaba al fondo del sótano, en una vitrina medio oxidada y sin puerta donde Luis guardaba las sustancias peligrosas. Desafortunadamente yo me encontraba en ese lugar y el ácido salpicó toda mi ropa. Luis nos había aleccionado bien por si un accidente ocurría y reaccioné con rapidez para desnudarme. Me lo quité todo, hasta los calzoncillos, por si acaso.
—Y te vestiste con su ropa, ya veo —dice el doctor—. ¿Por qué no te cambiaste de ropa en tu casa?
—Porque era muy tarde. Mis padres no me dejaban estar fuera de casa a esas horas, salvo si estaba en la de mis amigos, como era el caso. Aproveché esa circunstancia para entrar por el garaje, coger mi bidón e ir a la planta de suministro de agua directamente.
—Entiendo —dice el doctor mientras escribe—. Pero lo de la explosión es puro azar, ¿cómo podrías guiar el fragmento de magnetita para que cayera donde lo hizo?
—No guié el fragmento, doctor, me guié a mí mismo al lugar donde iba a impactar —explico.
—Tiene sentido —dice él pensativo—. Continúa.
—Yo vigilaba unas probetas, como le he dicho, cuando empecé a oír unos golpecitos en la pared del fondo, donde estaba la vitrina con el ácido sulfúrico. Era muy tenue, solo yo podía oírlo. Sentí curiosidad y me acerqué, resultó que venían de fuera de la casa. Pero una vez allí me interesé en un armario, al lado de la vitrina, que Luis siempre tenía cerrado con llave y cuyo contenido no había compartido con nadie, que yo supiera. La llave, casualmente, estaba en la cerradura, invitándome a girarla. Habría sido descortés no hacerlo. Estaba lleno de frascos con un muñeco o un peluche dentro, sumergidos en un líquido transparente. Entre ellos, Bulmo, un muñeco mío muy raro con el pelo azul al que tenía mucho cariño y que desapareció en extrañas circunstancias cuando tenía nueve años. No había desaparecido, yo lo cogí, o lo cogeré de 1 994 y lo pondré ahí en 2 002, entre los de la colección de Luis, para que me abstraiga de la explosión y el ácido queme mi ropa, tal y como sucedió.
—La colección de Luis —balbucea el doctor moviendo el bolígrafo sobre el papel— ¿Por qué dejaste que tu amigo fuera a la cárcel por algo que no había hecho?
—No le metieron en la cárcel, terminó aquí, en este centro —explico—. No por aquello, resultó que al final estaba un poco trastornado y cuando entraron en su casa, a raíz de la detención, descubrieron que la demostración que pretendía hacer con la sustancia poco tenía que ver con lo que nos había contado a Pablo y a mí. Parece ser que pretendía vaporizarla para que todos la respirásemos y le reconociéramos como el líder del mundo o algo así. En cuanto a lo demás, ¿no le parece razonable? ¿No explica que vaya a inventar la máquina del tiempo?
—De acuerdo, lo explicaría, pero yo solo veo una cadena de casualidades.
—¿Casualidades? ¿Bromea? —digo con cierta indignación—. Pero si responde a una meticulosa planificación.
—La casualidad es caprichosa, Eduardo —dice él escribiendo de nuevo—. Dime una cosa, ¿todas las visitas son así o en alguna has tenido contacto físico contigo mismo?
—Lo he tenido, pero le toca a usted, ¿recuerda? —digo.
—Claro, la charla. ¿Qué quieres saber?
—Hábleme del mundial de fútbol del ochentaidós, yo no había nacido.
—¿El mundial de fútbol? —titubea, lo que me extraña—. ¿Qué quieres saber?
—Eh… ¿Quién lo ganó? —pregunto desconfiado. Él hace una larga pausa.
—De acuerdo, no lo sé —dice para mi sorpresa. No respondo—. Mi padre nos obligaba a verlo y seguramente así lo hice, pero no me interesaba en absoluto. Mi cuerpo estaría delante del televisor, pero mi mente volaba lejos de allí. No es cierto que me inquietase el hecho de que no se me diera bien la práctica del deporte. No se me daba bien, eso es verdad, pero lo que no comprendía era por qué no me gustaba, por qué prefería jugar con muñecas en vez de con la pelota, por qué me sentía cómodo entre chicas y desubicado entre chicos, por qué me enamoré de mi profesor en lugar de hacerlo de mi profesora —revela inesperadamente como un volcán que entra en erupción—. Eso fue lo que me empujó a estudiar la mente humana, y con los años me di cuenta de que el problema no era psíquico, sino genético: era una mujer atrapada en un cuerpo de hombre. —No sé qué decir y los dos permanecemos en silencio hasta que él lo rompe—. Se acabó, Eduardo, he tenido suficiente —dice agitando sus anotaciones. Yo hago un repaso mental de la sesión entera hasta la última intervención del doctor y comprendo que lo he planeado todo desde el principio.
—¿Pero no quiere saber como fue mi encuentro conmigo mismo? —digo.
—Te contaré un pequeño secreto, Eduardo: tienes un hermano gemelo. No hay encuentros contigo mismo, no hay planificaciones meticulosas y no vas a inventar la máquina del tiempo. Lo siento, es la hora de tu viaje —dice escribiendo en un talonario de recetas. Arranca la que acaba de rellenar y la exhibe en el aire.
—¿Cree que no se diferenciar a mi hermano de mí mismo? —Parece ser que no lo cree—. De acuerdo, pero dígame una cosa, y sea completamente sincero, ¿si pudiera viajar en el tiempo, adónde iría?
—¡Basta, Eduardo, o tendré que llamar a los celadores!
—Con el corazón en la mano —insisto.
—¡He dicho que basta!
—¡¿Adónde?! —grito desesperado.
—¡Al pasado! —grita él con rabia—. Al pasado, —repite resignado—. Me dan pánico los quirófanos. Me aterrorizan. Hasta ahora no me he atrevido a operarme para cambiar de sexo porque no ha habido nadie en mi vida que mereciese que yo pasara por ese trance, pero si pudiera viajar en el tiempo me operaría y viajaría veinte años atrás, aunque solo sea para sentir que él me ve como una mujer.
—¿Él? —pregunto para que diga su nombre en voz alta.
—Diego. Hace veinte años tenía la edad que tengo yo ahora.
—¿Se refiere al profesor que se casó hace diecinueve años? —apunto.
—Sí, eh… —dice desconcertado. Hace una pausa. Me mira pensativo y desliza la receta al interior de su bolsillo.
La puerta de la sala se abre y dos celadores entran respirando con celeridad.
—Hemos oído gritos —dice uno de ellos.
—Vale, está todo bien —indica el doctor levantando una mano—. Hemos terminado, podéis llevarlo a su habitación.
—¿Puede ponerme junto a mi amigo Luis? —pregunto.
—Por supuesto —contesta él aún pensativo desde la silla. La línea recta que describen sus labios se torna ligeramente curva. Ese brillo en sus ojos.

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Sinkim » 15 Oct 2014 15:49

Me ha gustado la historia, me ha hecho sonreir en algunos momentos y me ha parecido bastante original y entretenida. El problema es el de siempre siendo el humor tan subjetivo no sé si llegaría a clasificar este relato de humor :meditando:

Se nota que el autor ha trabajado la historia y no hay ningún error de esos cantosos que se dan a veces en las millonarias películas de Hollywood sobre viajes en el tiempo :cunao:
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por jilguero » 15 Oct 2014 18:41

Pues me da que te los has pasado muy bien escribiéndolo, que has derrochado un montón de imaginación, que has tratado de ser ingenioso pero que te ha perdido la longitud del relato, al menos en mi caso: a ratos lo he leído con curiosidad, viendo a donde me querías llevar, pero en otros me han resultado cansinas las aventuras de Eduardo y sus amigos. Y lo de sonsacar al siquiatra no me ha resultado del todo creíble, aunque, dado el tono general del relato, tampoco eso tiene una gran importancia.
En cuanto al título, creo que no he sido capaz de captar tu intención, como tampoco he sabido comprender bien el final. Pues eso, que no digo que esté mal, pero que no me acaba de llenar. :60:
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por albatross » 15 Oct 2014 18:48

Un relato que promete, con un título muy bueno, que por otra parte te explican muy amablemente en el primer párrafo. Es muy extenso, casi 4.000 palabras, pero no por ello se hace largo; tal vez por el dinamismo que le da el hecho de que casi todo esté construido en diálogo.
El autor es catalanoparlante . No por el nombre del personaje, Eduardo Domènech Isern, de Girona, sino porque solo un catalanoparlante podía escribir «Ves a buscarlo gili», en lugar de «Ve a buscarlo, gili». A menos que afine mucho y ponga queriendo ese error tan común entre los catalanoparlantes en boca de un personaje. Lo señalo no con ánimo de crítica sino porque la extensión del relato y la casi certeza de la procedencia del autor me hace sospechar un poco su identidad.
Se encuadra bien dentro del género del humor. Señalo una de las cosas que me han parecido más graciosas:
—Porque el clavo atravesaba un anuncio de cerveza. La primera vez que probé la cerveza fue en la boda de un primo segundo de León. El León es un felino, y fe en el lino era lo que mi abuela, por parte de madre, tenía. No había manera de vestirla de lana o algodón. Mi madre solía decir que murió de lino. En realidad fue eritema pernio en los pies. Sabañones —explico.

Enhorabuena.

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por IrisCornegie » 15 Oct 2014 19:07

Qué gracioso! Me ha gustado mucho. De hecho lo vería perfectamente como una novela, dada la cantidad de información importante que aparece en él.
A ratos me ha recordado al pequeño Nicolás y otras veces a algo que no sabría identificar. La historia es genial con ese personaje un poco ido, sus amigos, sus locuras... Y el doctor tampoco se queda corto.
Muy bueno, autor :lol:
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por ukiahaprasim » 15 Oct 2014 23:46

pufff.... debe ser las horas que son ya... pero a mitad del relato ya me he hecho la picha un lio, y me he perdido tanto en las diferentes argumentaciones concretas de cada acontecimeinto, como en la continuidad del tema...


He decidido dejarlo para coger el relato en mejores condiciones mentales ... que creo que si no me voy a perder el meollo del asunto...

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Verditia » 16 Oct 2014 00:12

Relato muy bueno como ciencia ficción, pero de humor... al menos, su humor no me ha llegado.

Lo que más me ha gustado: muy bien escrito, fluido, envolvente. Una historia que da para mucho más, y además de las buenas.

El "pero": no me ha transmitido humor...

¡Suerte!
Alma de fuego, la 1ª novelucha de la saga Invocatio
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¡Ya la 5ª novelucha! Las heridas abiertas
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por elultimo » 16 Oct 2014 01:33

Se me ha hecho eterno, es demasiado largo para, al final, no llevarnos a ninguna parte. Me ha recordado aquella película protagonizada por Kevin Spacey que hacía de un loco que decía ser un extraterrestre y al final resulta que es... (os veis la película :lista: ). El planteamiento de la historia está bien, pero no tanto el desarrollo.

El humor no lo he visto por ninguna parte.

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Isma » 16 Oct 2014 10:12

Es un poco raro, pero tiene su gracia. Está bien que todo el texto sea un diálogo. Creo que está muy trabajado y por momentos derrocha ingenio, aunque el flujo de pensamiento del protagonista pueda ser difícil de seguir. La conversación con el psiquiatra se usa como excusa para describir ciertas situaciones increíbles que se nos presentan con la mayor naturalidad como normales. Creo que ahí está el quid del relato y el toque de humor "serio". Me gusta.

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Gavalia » 16 Oct 2014 13:06

Mucho trabajo tiene el presente relato. Lo encuentro muy bien escrito, y el aspecto humor es muy sutil desde mi punto de vista. Gustarme no me ha gustado demasiado pero eso no le quita ningún valor a este cuento. Quizás demasiado largo como única pega y tampoco es que me haya hecho reír como un loco, pero la semisonrisa ha permanecido expuesta en mi cara hasta que he terminado de leerlo. No eres mi candidato pero reconozco un buen trabajo cuando lo veo. Enhorabuena.
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triste
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por triste » 16 Oct 2014 20:10

Creo que, en general, este relato ha tenido comentarios positivos. A mí no solo no me gustó, sino que casi lo odié y quiero que me devuelvan mi tiempo :cunao:.

No, bromeo, no para tanto, pero la verdad es que sí no me ha gustado. Queda claro que el psiquiatra también tiene sus laberintos mentales, como todos, pero me cuesta mucho imaginar una conversación así entre un paciente y su médico. La primera parte de la narración de Eduardo es DEMASIADO larga. No entiendo cómo al autor le pareció que eso sería creíble. Cuando hablas con un psiquiatra, éste te hace preguntas de TODO. Si dices "y entonces caminé hacia la izquierda", te pregunta "¿y por qué a la izquierda?". Tampoco puedo ver a éste o cualquier otro psiquiatra cediendo ante un paciente que insiste a que le hable de sí mismo. Así que bueh, encuentro completamente absurdo que el primer encuentro se contara en tantos párrafos seguidos sin intervención del psiquiatra, cuando poco más adelante resulta que es muy platicador y le cuenta sobre su infancia.

Ya sé, es ficción, pero el relato tenía que ser humorístico, no sci-fi. De hecho, aunque intente considerarlo como un relato de ciencia ficción, tampoco termina de hacerme clic.

La redacción es muy buena. Escribes bien, autor, hay ritmo y las frases parecen un perfecto rompecabezas, pero lamento que el contenido del relato no me haya agradado en absoluto.
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Shigella » 16 Oct 2014 20:55

A mí este relato se me ha hecho largo. Y no me refiero a que sea largo en extensión, sino que se me ha hecho largo porque entre tanta batallita de niño y tanto hablar el protagonista al final ya no sabía ni qué me estaba contando ni a dónde quería llegar el autor con esta historia.

Para mi gusto, si se hubiera simplificado el mismo relato hubiera ganado bastante. Hay alguna cosilla que encuentro muy bien traída, como lo que han comentado de la cerveza y alguna otra que no recuerdo porque con este no pude tomar notas. Pero en conjunto no me ha parecido muy humorístico. Se me ha hecho demasiado denso y me he perdido como el protagonista al bajar del autobús del cole.

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Topito » 16 Oct 2014 21:11

El relato está muy bien construido. Buena redacción.

En cuanto a los personajes. Primero: sí me creo que un paciente suelte tal perorata al psiquiatra. En nuestro país muchos de ellos prefieren que el paciente cuente, mientras ellos analizan lo que cuentan y observan los movimientos, los gestos, etc. Segundo: no es creíble que dicho profesional acabe contando sus vivencias al paciente (sólo sería creíble en un texto más largo donde nos explicaran las motivaciones que le llevan a realizar dichas confesiones; por ejemplo: en El silencio de los corderos). Una de cal y otra de arena en ese sentido.

En cuanto al humor. Sí, existe cierto humor en algún tramo de los diálogos; sin embargo, para mí no quiere decir que sea un texto humorístico. No veo un escrito irónico, ni sarcástico, ni satírico, ni paródico, ni absurdo, ni de humor negro... Pero insisto: no quiere decir que no vea un gran relato, pero en mis votaciones va a pesar ese esfuerzo de los autores intentando crear un texto de humor dentro de lo que se ha clasificado como textos humorísticos.

Lo he disfrutado, muy mucho. Gracias por tu relato, autor.
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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por Nínive » 16 Oct 2014 21:48

Pues a mí me ha gustado.
Yo es que me llevo a matar con los diálogos, así que admiro a quien los resuelve tan bien. Vale que no es hilarante, pero tiene su punto.
También me parece que el psiquiatra se desmelena demasiado pronto, pero ¿qué queréis? Luego nos quejamos de la longitud... :P
La narración me parece estupenda, fluida y amena. Y el título hace referencia a la sonrisa del psiquiatra al pensar que va a poner juntos al prota y a su amigo, por lo que van a construir la máquina del tiempo. ¿Será al final la novia del maestro con su cuerpo recién operado? :mrgreen: Así cierra un relato redondo.
Buen trabajo. :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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Re: CH 1 LA RECTA SE TORNA CURVA Y APARECE EL BRILLO

Mensaje por ukiahaprasim » 16 Oct 2014 22:19

bien... hoy si he podido contigo (ayer ya llegue muy cansado, y tu formato es muy exigente)..

Macho, te lo has currao de lo lindo, y le has echao toneladas de imaginacion al asunto (eso, o necesitas un bono de descuento en la habitacion contigua a la de Edu... porque hay que estar de atar para hilar ciertos racionamientos irracionales de esa manera..)

Eso si, he llegado agotado al final, y seguro que me pierdo la gracia o el intringulis del tema... pero el final no lo pillo..

Dejando eso al margen, he de decir que el relato no me ha gustado mucho, ni me ha hecho especial gracia... aunque tiene su punto tontorron... pero no mas... lo siento.

Pd: razonamientos. Jodias autocorrecciones..

Ukiah
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