CI 1 - Pipo - Gavalia

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CI 1 - Pipo - Gavalia

Mensaje por lucia » 15 Oct 2015 11:44

Pipo

"Hasta que no hayas amado a un animal,
una parte de tu alma permanecerá dormida".


Las primeras sombras de la noche empezaron a hacer acto de presencia sobre el recinto en el que Pipo se encontraba. Se trataba del hospital «Provincial», y ya había estado en ese sitio otras veces con su «mami», pero nunca había tenido que llegar hasta allí corriendo detrás de una ambulancia. Los «dos patas» habían subido a su dueña en aquel ruidoso vehículo, y no pensaba dejarla sola de ningún modo; ella era la «dos patas» que más quería en el mundo desde que el destino decidió cruzar sus vidas.

Pipo apenas tenía un par de semanas cuando se produjo el encuentro durante la mañana de un frío y lluvioso día de invierno. El cachorro estaba encerrado en un solar vacío y medio derruido rodeado por una alambrada en todo su perímetro. El lugar estaba abandonado, aunque no por mucho tiempo, pues una constructora lo había vallado recientemente con la intención de construir en breve.

La madre de Pipo había escogido ese lugar para dar a luz a su camada antes de que procedieran al cercado del sitio. Tres cachorros llegaron al mundo, y sólo uno sobrevivió. La desgracia se cebó con ellos después de que un día, su madre, tuviera que ausentarse en busca del sustento necesario para poder seguir cuidando de ellos. No era la primera vez que lo hacía, pero desgraciadamente para los cachorros en esa ocasión no regresaría. La consecuencia al poco tiempo de su desaparición fue la muerte de dos de los perritos por hambre y frío, y bien pudieran haber sido los tres, de no ser por la aparición casual de quien a partir de ese entonces se convertiría en la mejor amiga de Pipo y en su protectora.

Aquél día el cielo era de un profundo color oscuro y descargaba una lluvia continua que calaba hasta los huesos. Un enorme trueno retumbó haciendo eco entre las paredes de la nave donde Pipo se encontraba acurrucado entre sus dos hermanitos. Los sentía muy fríos a los dos y, además, ya no gemían, cosa que no habían dejado de hacer desde que su madre se marchó en busca de alimento. Intentó empujar a sus hermanos con su pequeño hocico para saber qué les pasaba, pero ambos parecían profundamente dormidos. Tanto, que decidió no molestarlos más, y acurrucarse sobre sí mismo sobrecogido por aquel ruidoso estruendo desatado en las proximidades de la vieja nave.

El lodo se acumulaba en las inmediaciones de su precaria guarida y amenazaba con desbordarse hasta inundarlo todo. Pipo sabía que debían salir de esa trampa cuanto antes, pero sus hermanos seguían dormidos y no había modo de despertarlos por mucho que les mordiera en las orejas o los ladrara. Mientras tanto el barro avanzaba, y fue cubriendo poco a poco los cuerpos de los dos cachorros ya fallecidos. Pipo empujó y obligó a sus cortas patas a progresar entre la pegajosa avalancha que parecía querer engullirlo. Con un último esfuerzo, alcanzó los restos de basura acumulada justo enfrente del refugio. No sería fácil pasar por aquella barrera de alambres afilados como dagas, escombros, restos de vidrios rotos, barro y frío; sobre todo, mucho frío. Pipo apenas tenía fuerzas para continuar.

Unos extraños ruidos procedentes del fondo de una vieja nave industrial llamaron la atención de María cuando esta se dirigía a su puesto de trabajo habitual en un polígono del extrarradio. El solar de donde provenían se encontraba vallado. Observó con detenimiento apoyada sobre la barrera metálica y aguzó el oído. Los extraños sonidos parecían gemidos, aunque el ruido de fondo que producía la lluvia hacía difícil precisar que eran exactamente. Finalmente reparó en el montón de basura situado al fondo de la nave, alguien o, más bien algo, estaba luchando por salir de entre la maraña de desperdicios y barro.

Sin dudarlo un momento, María se las arregló para entrar por una zona donde la valla estaba mal fijada a uno de los soportes que la sustentaban con la intención de comprobar personalmente qué estaba sucediendo. Ese fue el principio de una amistad tan profunda y cierta, que nadie ni nada en el universo podría perturbar nunca. María, se acercó con precaución hasta donde aquél pequeño ser luchaba por su vida. La suciedad se había hecho dueña del cuerpo del animal y costaba adivinar qué era realmente. A María se le partió el alma al comprobar que era un cachorrito a punto de morir. Lo cogió con delicadeza de entre la basura embarrada y lo puso con mucho cuidado dentro del grueso abrigo de invierno que llevaba sin importarle lo sucio que estaba. Su calor corporal era lo único de lo que disponía en ese momento, y pensó que los latidos de su corazón le ayudarían a conciliar el sueño.

—Ya pequeño, ya… Te voy a sacar de aquí, no te preocupes— Pipo estaba desnutrido, casi en las últimas, y temblaba de frío. Agradeció el calor que emanaba de aquel joven cuerpo hasta quedarse profundamente dormido arrullado por los latidos, el calor y las palabras de consuelo que María le ofreció.

—¿Dónde estás, «ama»? —no dejaba de preguntarse Pipo mientras esperaba—. Ojalá no estés enfadada por haberte desobedecido —se reprochó a sí mismo por un instante— ¿Qué otra cosa podía hacer si no seguirte para estar a tu lado? ¡Tengo miedo mami! ¡Para colmo, ahora empieza a llover! ¡Qué lata! Seguro que los «dos patas» de batas blancas te retienen otra vez… ¡Grrr…! Me caen muy, pero que muy, muy, mal… No me fío, «mami», no me fío… ¡Grrr…! —ladró enfurruñado al infinito— Sabía que la enfermedad de María era grave, pues, a veces, incluso tenía que quedar ingresada durante varios días. Eso le partía el corazón cuando sucedía, pero también sabía que su «ama» siempre terminaba por regresar a su lado.

Mientras tanto, en una habitación situada en un ala especial del hospital y en la íntima soledad que proporciona el silencio de la madrugada, Carmen, la paciente de la habitación cincuenta y dos, dirigía sus pasos con una lentitud casi eterna en dirección a la única ventana existente en la estancia. Al pasar junto al sofá, se fijó en su marido, que parecía dormir —sabía perfectamente que solo lo parecía, y que el pobre no era capaz de conciliar el sueño por mucho que se lo propusiera—.

Todo funcionaba a cámara lenta para ella desde hacía demasiado tiempo. Su cuerpo respondía a duras penas a cualquier exigencia que se le solicitara por mínima que ésta fuera, y cada paso que daba era una muestra de su rebeldía contra el mal que la afectaba. Abrió un ala de la ventana con cuidado de no hacer ruido, y recibió con gratitud a la brisa que la noche le regalaba; necesitaba respirar.

Sopesó con calma las palabras de esperanza que había mantenido con Juan hacía unas horas en el mismo sofá en el que ahora él descansaba. Sin embargo, a Carmen ya no le quedaba aliento ni tan siquiera para tener esperanza. Estaba muy cansada de luchar y apenas le restaban fuerzas.

Con lágrimas en los ojos, encontró consuelo mirando a la hermosa Luna que esa noche reinaba en los cielos. Le contó sus secretos en íntima oración con la intención de aliviar el dolor que la atenazaba y, en ese momento, escuchó un aullido que cortó sus pensamientos como el tajo de un cuchillo bien afilado. Era una especie de llamada tan cargada de tristeza, que Carmen olvidó el cansancio y el dolor por un momento, intentando averiguar de dónde provenía el lamento y cuál era su significado.

No podía ser otro que el perrito que llevaba varios días instalado en el jardín que daba a la parte de atrás de la torre principal en la que ella se encontraba internada. Se concentró en el lamento embargada por la desesperación que destilaba aquél triste llanto y alcanzó a entender al animal mientras se preguntaba: «¿Dónde estará su dueño? ¿Lo habrán abandonado?». Carmen no podía entender a la gente que trataba así a sus mascotas.

—¿Qué te pasa, perrito? ¿Estás herido? ¿Por qué lloras, pequeño? —susurró Carmen al oscuro infinito de la noche— El lamento cesó y el pequeño can se agazapó en la oscuridad. Dos ascuas de color esmeralda alimentadas por el reflejo de la Luna comenzaron a brillar en el jardín. Fue entonces cuando Carmen entonó una antigua nana que antaño su madre a ella le cantaba cuando los malos sueños le inquietaban el alma.

El perrito levantó una oreja al oír la melodía que llegaba hasta sus oídos transportada por la brisa nocturna. Le reconfortó y, poco a poco, se dejó llevar hasta el mundo de los sueños y soñó. Soñó con el calor del hogar al amparo de su ama. Soñó con la pradera a la que solían llevarlo a jugar mientras ella leía sentada en un banco a la sombra de un viejo castaño. Soñó, o creyó estar soñando, que ya era por la mañana y que, por fin, irían a recogerlo para llevarlo a casa.

Pipo despertó poco a poco algo agitado, es lo que tienen los sueños cuando parecen tan reales. Notó que algo se acercaba muy despacio hasta él, tan despacio que su instinto de supervivencia se puso en marcha de inmediato. Algo raro estaba pasando y no era precisamente un sueño.

—¡Tienes que moverte ya! —algo le gritó desde dentro y, en ese momento, se le encendieron todas las alarmas. Salió corriendo como alma que lleva el diablo escondiéndose entre los coches estacionados en el aparcamiento del hospital.

Un «dos patas» enviado por el ayuntamiento había intentado atrapar a Pipo por sorpresa mientras éste dormía. Habían llegado los de la perrera municipal.

Lo primero que Carmen hizo esa misma mañana entre náuseas y cansancio fue preguntar a la enfermera que la atendía si sabía algo sobre el perrito abandonado. Sin darle mucha importancia, la sanitaria le explicó que era el perro de una paciente ingresada en estado crítico desde hacía ya varios días. También le dijo que se llamaba Pipo, y que de momento no habían podido sacarlo de allí porque el muy tozudo no quería abandonar el lugar. Nadie lo había reclamado hasta el momento según la estirada profesional, y suponía que, tarde o temprano, lo atraparían los de la perrera municipal, pues ya habían sido avisados por la administración del centro.

—De hecho, su dueña, la señora María, estuvo ingresada dos habitaciones más allá de la suya hasta ayer tarde, cuando… —la voz de la enfermera se entrecortó con un carraspeo para después continuar como si tal cosa—. Bueno, lo importante ahora es que usted se vaya preparando pues en breve vendrán a llevársela a la sala de operaciones —terminó de decir sin mucha empatía en su aflautada voz mientras le tomaba el pulso.

—Debe quererla mucho —respondió Carmen con un susurró fijando su atención en la ventana ahora cerrada.

Su memoria retornó a la noche anterior cuando el animal, arrobado por la melodía de la nana que Carmen le cantó, cesó en sus lamentos y dejó que su voz le acariciase. El pobre animal se encontraba muy solo. Cerró los ojos concentrándose en la imagen del perrito abandonado y deseó con todas sus fuerzas que los de la perrera municipal nunca lo atraparan.

Carmen se estaba despidiendo de los suyos en la intimidad de su habitación. El reloj de la mesilla anunciaba que el trascendental momento se acercaba, y no podía evitar pensar que, quizá, la agonía que soportaba desde hacía tanto tiempo tocaba a su fin, fuera cual fuera el resultado final. Todo había sido un infierno para ella hasta ese momento. El tratamiento médico que se veía obligada a seguir era muy agresivo y estaba reduciéndola a un estado físico lamentable, o eso parecía convenir con ella el espejo instalado en el aseo.

Sin mucha fortuna, intentaba sujetar las lágrimas que amenazaban con desbordarse como el agua de una cascada al observar los rostros de amor que la rodeaban. Juanito, su pequeño de ocho años, tomó su mano con especial dulzura entre sus pequeños dedos y le dijo en voz baja y con la inocencia propia de su edad:

—No te preocupes, mamá, sé que te vas a curar. Los médicos lo arreglan todo, todo, todo. ¿A qué sí, papá?

Juan miró a su mujer con un brillo de esperanza en los ojos imposible de apagar mientras los enfermeros la trasladaban hacia el quirófano. Las noticias eran buenas, muy buenas al parecer, y los doctores ya lo tenían todo preparado para la intervención. Sin embargo Juan dudaba también, pues sabía perfectamente que la esperanza podría tornarse fatalidad —pensó para sí mismo trasladando su memoria a otro momento de sus vidas—

Había pasado un año desde el último intento por proporcionar a Carmen una vida normal. Después de muchos padecimientos y una operación muy complicada, Carmen había terminado por rechazar el órgano que le habían implantado. Su organismo lo entendió como algo extraño e imposible de aceptar. «Mentir al cuerpo humano es harto complicado», dijo el especialista que la trataba aduciendo que la medicina aún no era capaz de formular al cien por cien un engaño tal que nuestra propia naturaleza no pudiera detectar.

Toda una cadena de síntomas alarmantes se habían precipitado durante los dos últimos meses antes de que Carmen ingresara nuevamente en el hospital. Los temblores, las nausea continuas, y las ausencias causadas por el uso continuado de medicamentos cada vez más agresivos, la habían debilitado de forma extrema, y habían tirado al traste las esperanzas de Carmen y Juan en el futuro. No obstante, el destino planeaba una nueva oportunidad para los dos, o mejor dicho, para los tres.

La noticia había llegado en el último momento y cuando ya nadie la esperaba en el transcurso de la madrugada: El corazón de una donante fallecida la tarde anterior mientras se encontraba ingresada en el hospital había superado las pruebas preliminares de compatibilidad. El problema estribaba en la falta de tiempo, pues Carmen empeoraba por momentos y era urgente intervenir aun a riesgo de que las prisas pudieran camuflar algún dato que hiciera comprometer la adaptación del órgano que sería trasplantado. El laboratorio trabajaría hasta el último momento para asegurarse de que la operación tuviera posibilidades de éxito…

Ya había pasado un mes desde que Carmen fue operada con éxito en el Provincial. Todo parecía ir a pedir de boca y aquel día Juanito estaba muy feliz, tanto, que no paraba un momento quieto de lo contento que estaba.

—¡Por fin mi mamá vuelve a casa! —gritaba el pequeño como un loco corriendo por los pasillos del hospital. Juan le llamó la atención, aunque sin mucha vehemencia, por no decir ninguna, más bien todo lo contrario. Su corazón se encontraba henchido de alegría, y alborotaba el pelo de Juanito cuando lo reprendía a la vez que le guiñaba un ojo de forma cómplice.

Carmen parecía otra. El color sonrosado de la vitalidad había retornado a sus mejillas y también las ganas de vivir al cien por cien, aunque todavía tardaría un tiempo en conseguir eso.El equipo de especialistas que la atendía convino que era posible dar el alta a la paciente después de valorar su estado, pero, eso sí, debería cumplir con un programa médico muy estricto que la ayudaría a mejorar o, cuanto menos, a no recaer por las temidas infecciones oportunistas y otras particularidades que se deben tener en cuenta después de un trasplante. Nada que Carmen y Juan no supieran a cuenta de la terrible experiencia pasada. De momento, el corazón de la donante no provocaba signos de rechazo y galopaba con normalidad en el interior de Carmen.

Tanto los pacientes ingresados en su planta como los profesionales que allí trabajaban acudieron a despedir a Carmen felicitándola por su buen estado de salud e inminente vuelta a casa. Carmen quería abrazarlos a todos, incluso a la enfermera con voz de flauta, que se acercó a ella a regañadientes y empujada por sus compañeras.

—Quiero que sepa, señora, que me alegro mucho por ustedes y que… bueno, quería decirle al respecto de lo que me preguntó esta mañana… ¡¿ya sabe?! Bueno, pues que ya sé por qué hoy el chucho no está donde siempre. Por fin han vuelto los de la perrera para llevárselo, aunque le diré en confianza que no sé qué tal les irá, porque son bastante inútiles, ¿sabe? O el perrito es muy listo, que también puede ser.

—¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo? —el rostro de Carmen cambió a un color pálido que alarmó a todos los presentes en la despedida. La señal del monitor adosado a su silla de ruedas y conectado a ella por medio de un sensor se disparó de forma descontrolada. Carmen intentó levantarse de la silla de ruedas arriesgándose a caer de bruces sobre el suelo.

—¿Qué haces, cariño? ¡No puedes levantarte todavía! —Juan la reprendió con firmeza mientras la sujetaba por los hombros asustado ante el arrebato de nervios que su mujer estaba sufriendo.

—¡El perrito, Juan! ¡Pipo! ¡Se lo llevan! ¡Lo sacrificarán! Está solo, Juan, me necesita. Te lo ruego, amor, no lo permitas.

—No, Carmen, no. Tranquila, cariño, iremos a buscarlo esté donde esté. Te lo prometo. Te lo traeré, amor mío, te lo traeré. Pero ahora debes calmarte o tendremos que volver a la habitación.

Carmen pareció encontrar algo de consuelo en la voz de su marido, al fin y al cabo era cierto que siempre podrían ir a la perrera a buscarlo. Eso aportó a su corazón la tranquilidad que necesitaba. El monitor retornó a zona segura poco a poco. Los doctores entendieron que el episodio nervioso había pasado y les aconsejaron repetidas veces, tanto a él como a ella, que debían evitar a toda costa emociones de ese tipo; lo contrario podría ser fatal.

Continuaron las despedidas, pero algo más estaba aconteciendo en el corazón de Carmen, algo más allá de las evaluaciones médicas de los doctores. Carmen animó a Juan para que salieran a la luz del día cuanto antes; un susurro que nacía de lo más profundo de su alma la avisaba en ese momento. Alguien la llamaba, lo notaba y ansiaba llegar a su destino a medida que avanzaban por el pasillo hacia la salida con Juanito agarrado de su mano y su marido empujando la silla de ruedas.

Una vez en la puerta principal, pidió a Juan que la acercara hasta la barandilla que bordeaba la escalera que daba acceso a la calle. Eran pocos escalones y había una rampa lateral de bajada, pero tenía altura suficiente para poder ver con claridad los alrededores. Lo primero que Carmen observó fue una furgoneta del ayuntamiento estacionada en las proximidades del aparcamiento público. Escuchó con atención aguzando el oído y logró oír a alguien que gritaba a lo lejos.

—¡Ahora no escaparás chucho! ¡Esta vez no podrás huir maldito!—

Un tipo uniformado con un mono azul gritaba como un loco mientras corría con un palo muy largo acabado en forma de lazo en dirección a donde parecía que el perrito se encontraba escondido. Finalmente, el funcionario se detuvo fijando su atención en un punto concreto entre la multitud de vehículos estacionados, a la vez que avisaba por el transmisor a su compañero de servicio, para que éste entrara desde la parte de atrás del aparcamiento. Lo atraparían entre los dos. De repente, una pequeña mancha de color marrón y blanco salió disparada colándose entre las piernas del hombre uniformado mientras este maldecía su mala suerte.

En su loca carrera, la mancha marrón y blanca de no más de dos palmos de altura enfiló hacia la escalera en la que Carmen, Juan y Juanito se encontraban. A pocos metros de ellos, Pipo se detuvo en seco y se mantuvo quieto, observándolos. Carmen no lo dudó un momento y pidió a Juan que la bajara por la rampa de inmediato. El servidor de la perrera municipal gritaba desde lejos que nadie se acercara al maldito perro a la fuga.

Cuando la familia estuvo en la acera, Pipo centró su mirada en la silla de ruedas y en la mujer que estaba sentada en ella.

—¿Eres tú, «mami»? —Pipo no lo tenía claro del todo y titubeaba ante la escena. La «dos patas» que tenía delante y que se parecía a su «mami» llevaba la cara medio tapada—. ¿Por qué te ocultas? ¿Qué es eso que te han puesto sobre la nariz? —Pipo torcía la cabeza mientras miraba directamente a los ojos de Carmen intentando entender lo que pasaba; ahora a la derecha, ahora a la izquierda... buscaba confirmar que se trataba de María. La sentía muy cerca, aunque no acertaba a verla.

—Ven perrito —le pidió Carmen con dulzura— Soy yo ¿Me recuerdas?.

Pipo no dejaba de titubear ante Carmen. Se acercaba a ella y se alejaba. Lo hacía una y otra vez cada vez más nervioso. Olisqueaba el aire intentando encontrar una respuesta. Volvía a acercarse para, al poco, retirarse de nuevo y regresar al punto inicial un instante después. Temblaba como un flan, no sabía qué hacer y gemía constantemente.

—¿Eres tú? —ladró nuevamente Pipo.

Carmen entendía la confusión del perrito y le pidió a Juan que detuviera al tipo del uniforme. Le dijo que hablara con él y le explicara que el animal que perseguía tenía dueña.

—Ahora lo sé. —susurró Carmen mirando a Pipo a los ojos—

Se deshizo de la mascarilla protectora que la ocultaba el rostro y se dirigió a Pipo en el mismo tono que lo hacía cuando le hablaba desde la ventana del hospital.

—Ven Pipo. María está conmigo —musitó Carmen señalándose el corazón ¡Sube conmigo! Volvemos a casa. –lo apremió haciéndole un suave gesto para que se aproximara hasta ella.

Pipo adoptó expresión de sorpresa y levantó las orejas al oír su nombre. Se fue acercando poco a poco hasta Carmen. Lo hizo no sin cierta cautela, más por no asustarla, que por temer que ella pudiera hacerle daño. Finalmente, se alzó sobre las patas traseras y depositó sus pequeñas zarpas en las rodillas de Carmen con suma delicadeza quedándose mirándola a los ojos muy quieto, como si nada más en el mundo existiera; solo ella, su «mami».

FIN

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Sinkim
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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Sinkim » 23 Oct 2015 11:37

Una historia preciosa, me ha gustado muchísimo y transmite un gran amor por los animales :D

El único problema que le veo es que no creo que sea una historia muy infantil, me parece más un buen cuento pero que hubiera podido presentarse en cualquier concurso y hubiera tenido el mismo éxito. Pero bueno, es solo mi opinión y el relato es de los que conmueve y hace soltar alguna lagrimita :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Berlín » 23 Oct 2015 12:16

Habla el niño del ascensor:

--Niño, no me toques las narices y deja de llorar ya carajo, que lo estas poniendo todo perdido. Vale si, es una historia bonita, muy bonita, preciosa y tierna.
--Pero es que...su corazón...ella...Pipo buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
--¡Dios bendito! Ven que te suene los mocos, pequeño excremento de vaca. ¿Que tienes dentro de la nariz, hijo mio, una fábrica de mocos purulentos?
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com/

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Shigella » 23 Oct 2015 12:18

Este es de los que menos me han gustado. Sin paños calientes.
Lo de perritos abandonados y señoras que mueren me parece demasiado tirar por la lágrima fácil. Y cómo sabe la mujer cómo se llaman Pipo y su anterior dueña? Es que los órganos transplantados tienen memoria? Esto me recuerda a cierta presentadora de televisión con la que hubo mucha guasa... :roll:

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Ororo » 23 Oct 2015 12:44

zPipo.jpg
No tiene los permisos requeridos para ver los archivos adjuntos a este mensaje.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por jilguero » 23 Oct 2015 18:25

Ella:

¡Qué alegría que Pipo vuelva a tener dueña! :alegria:
Pero hay cosas que no he comprendido; y andar por los pasillos del hospital me ha aburrido. :noooo:
Creo que hubiera preferido estar en la calle, viendo lo que hacía Pipo. :wink:
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre



Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

***********************************************
Agüita y fanguito de mis entretelas forever

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Gavalia » 24 Oct 2015 14:49

Soy un sensiblero, ea! :colleja:
Es complicado cuadrarte en infantil salvo por lo de tierno. La historia creo que estå bien construida y al menos yo la he entendido bien. Desde el momento en que la enfermera se interrumpe al comentarle a Carmen la muerte de la señora María la noche anterior, vecina de habitación de Carmen y dueña del perrito Pipo, comencé a intuir que el asunto iba de donanción de órganos.

Enhorabuena.
Última edición por Gavalia el 26 Oct 2015 10:57, editado 1 vez en total.
Una madre arropaba en su camita a su pequeño niño invidente y mientras esto hacía, le susurraba al oído...
Si no te portas bien... cambio los muebles de sitio... :twisted:

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Topito » 24 Oct 2015 16:03

Le falta planificación. Pensar en detalles que se escapan, pues es demasiado abrupto para un relato que no llega a ser de fantasia que por tener un simple corazón sientas que es de la dueña del perro. No sé, pensar mejor esa parte para que sea más creible. Me parece también muy rápido que ella se encariñe del perro que ve por la ventana, muy poco tiempo. Si hubiera sido más tiempo, meses viéndole una y otra vez... La sensación que tengo es que me falta credibilidad para que me llene de emoción y llore al final del cuento.

Un cuento para niños de 11 y 12 años, que están en la etapa de pasar de los cuentos infantiles a las novelas juveniles.

No es de mis favoritos, pero en general tienes mi aprobado.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por kassiopea » 25 Oct 2015 07:45

Esta historia me ha recordado mucho la del famoso perro Hachiko, que cada día acudía a la estación esperando el regreso de su amo (regreso que no era posible porque el hombre había muerto). En la revista del Círculo de Lectores está la versión en cuento infantil, recomendada a partir de los 9 años.

El relato me ha llegado al corazón, es una historia muy entrañable y emotiva, aunque por otro lado suene a otras historias ya leídas u oídas. Me hubiera gustado ver más la historia desde el punto de vista de Pipo, sentir aún más cercanía hacia el perro, que al fin y al cabo es el alma del relato. El principio me ha gustado muchísimo, pero luego, ya por los pasillos del hospital, algún párrafo refiriéndose al trasplante se me ha hecho un poco largo. Pero vaya, la historia en general me ha gustado y me ha encantado el final feliz. Bien hecho :60:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por prófugo » 25 Oct 2015 09:19

Profuguito
Papá...a mi me encantan los perritos y Pipo debe ser lindo. Fíjate que querian pillarlo y no se dejaba porque esperaba por su dueña pero al final se fue con otra y no sé por qué...no me he enterado. Prometes regalarme un perro asi?

Prófugo

Los perros son encantadores. Son leales..fieles..cariñosos siempre que los trates con amor.
Se nota que la dueña de Pipo lo queria mucho y este a ella. Por eso la esperó siempre fuera del hospital y aunque no la vio a ella salir..si sintió su alma..su corazón...su bondad en el cuerpo de esa otra señora. Es una bonita historia pero que la entenderás mejor cuando cumplas 11 o 12 años.

6/7 G

Enviado desde mi GT-I8530 usando Tapatalk 2
Última edición por prófugo el 31 Oct 2015 12:12, editado 1 vez en total.
Leyendo: Anna Karénina - Lev Tolstoi

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Mister_Sogad » 25 Oct 2015 16:50

Bonito relato. Tal vez le falta originalidad, pero a mí me ha gustado.

El problema es que no lo acabo de ver infantil, no tanto por lo que cuenta si no por cómo lo cuenta, ya que es pausado y detallado. Porque a ver, un niño/a con mascota es muy posible que sienta curiosidad por saber qué le pasa al perrito y se enganche al texto; pero entonces hay otro escalón que salvar, el fondo triste del relato, y de nuevo me hace dudar autor/a sobre si le engancharía a un niño/a.

Quizá si hubieras jugado más con Pipo y alguna que otra aventura escapando de los de la perrera se hiciera más atractivo para un niño/a.
Mi agenda Pon un tigre en tu vida.

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Ratpenat
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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Ratpenat » 26 Oct 2015 12:09

Lectura trigésima: Pipo

+Hola a todos, aquí Lord Fledermaus. El doctor Piruleta a mi lado, pero dormidito, que le he dado una píldora porque lo veía nervioso (una pildorita en el cerebro que le ha regalado mi pistola, ya se la iba mereciendo). Bueno, amigos, ¡veamos qué dicen en la excell!
Ororo escribió:Este es de los cuentos que dan mucha rabia. No salen humanos, sólo osos de peluche hablando entre ellos. Pipo es el protagonista que acabará con un solo ojo y una mancha de zumo de grosella que nadie podrá quitar de ahí. Muy ñoño. A Pablito le gustaría.
Triste escribió:Pipo es un perrito que nos cuenta la historia de la familia en la que vive y cómo la abandonan y él sufre mucho. Otro cliché.
+Eso es lo que se ha opinado. Por mi parte, puede que sea un drogadicto asesino y por ello sea yo el único culpable de no empatizar con tu relato. Pero es que ya esa primera cita de amar un animal es necesario y qué mono es vivir con mascotas me ha echado para atrás y ha condicionado mi opinión del relato. Lo he leído, pero no me ha gustado, autor, ni me hubiera gustado de pequeño. Pero son gustos personales y ante eso, poco se puede hacer. Lo lamento, pero seguro que a otros muchos sí gustas.
+Eyre lo ha vetado también porque es como yo, dura y de corazón malvado. :twisted:

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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Elisel » 26 Oct 2015 19:05

A mí me ha emocionado. No me parece muy infantil por lo mal que lo pasa el perrito y por el tema de los transplantes y me ha chocado un poco que del punto de vista de Pipo se pase al de Carmen, pero me ha gustado mucho :D
"Hasta que no hayas amado a un animal,
una parte de tu alma permanecerá dormida".
¡Pero qué bonito! :D
Leyendo: Un abogado rebelde (John Grisham)

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joserc
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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por joserc » 28 Oct 2015 15:13

Historia un pelín demasiado larga.

Cosas positivas:
El autor ha hecho un verdadero esfuerzo con esta historia. Tiene planificación (creo), y larga ejecución (creo también). El hecho de intentar transmitir el amor a los animales también es de agradecer.

Cosas no positivas:
Historia demasiado larga y un poco manida. Le falta un poco de fluidez. Hay trozos en los que se atasca un poco y hay que hacer un esfuerzo para seguir leyendo.

Trata de enseñar algo, pero se pierde un poco con tantas palabras.

Cosas curiosas:
No soy de mascotas, aunque mis hijos las tienen y yo las tuve cuando era pequeño. No obstante, no me ha influído esta opinión personal en la lectura.

Gracias autor/a

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Ororo
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Re: CI 1 - Pipo

Mensaje por Ororo » 30 Oct 2015 22:35

Este relato no es santo de mi devoción, pero mucha culpa la tiene mi gusto personal. Ya sabes, demasiado drama.
El principio creo que se pasa de duro con todo eso de los cachorros durante párrafos y párrafos. Demasiado.
El tema de enfermedades, muerte, hospitales... Está claro que los infantes tienen que saber todo, lo bueno y lo malo, pero creo que es un poco durillo para ellos.
Insisto en que, con el drama de fondo, podrías haber escrito sobre las aventuras del perrillo y así habría sido todo más suave.
También veo el estereotipo del trabajador de la perrera. A mí tampoco me gusta la gente cruel, pero ¿es todo el personal contratado para ese ingrato trabajo cruel?

De todas formas, veo una historia que has pensado mucho, seguramente te ha salido del corazón y la has plasmado como has querido. Lo veo bien hilado y trabajado el argumento.
Y la frase inicial es cierto que es preciosa.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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