CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños - Gisso

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños - Gisso

Mensaje por lucia » 16 Oct 2016 15:26

Las Flores del Lupanar de los Sueños

Rita nació en una cajita protegida por retales de noticias infortunadas y feroces proclamas. Su padre, un par de farolillos de gas que iluminaban la entrada al Lupanar de los Sueños; su madre, una nube oscura que desapareció silenciosa por el alboreo horizonte dejando un reguero de gotitas de lluviosa amargura. Maullando como una lechigada de gatitos famélicos, así la encontró doña Violeta a las puertas de su negocio mientras las revoltosas luciérnagas jugaban a dar envidia a las estrellas. La madame, como una partera, la recogió con cuidado del vientre de cartón.
—¡Doña Violeta! ¿Qué pasa con tanto ruido a estas intempestivas horas? ¡Queremos descansar! ¿Saco la escopeta? —Rosita se quedó muda al ver la criaturita que llevaba protegida en el pecho una sonriente doña Violeta —. ¡Por la Santa Virgen Madre de Dios! No se le ocurrirá, ¿verdad? El orfanato de su…
Pero sí, se le ocurrió, y cuatro mil quinientas treinta y siete albas después Rita era la primera Flor en despertar en el Lupanar para servir los desayunos. Aún no había amanecido cuando sus pies desnudos acariciaban el suelo de madera y daba los buenos días a su mamá que se encontraba en un ladito en el tocador que presidía su cuarto. Tras adecentarse, bajó sigilosa hasta la cocina y puso una sartén a calentar. Cogió una luna y le dio unos golpecitos en la cima de la montaña más alta del este. Con sumo cuidado la abrió en dos para extraer el sol rodeado de nubes blancas de su interior y lo dejó caer en el chisporroteante horizonte. Con una sonrisa, y una vez hecho, lo sacó con una paleta y acomodó en un cielo de porcelana el primer crujiente y dorado amanecer. Lo guardó en el horno para mantenerlo caliente y se acercó a la nevera a por otra luna. Repitió la operación dieciséis veces, el número de habitantes del lugar contándose ella. Luego adornó los platos con cumbres de patata, bosques de verdura y pájaros de fruta, y se sentó a desayunar observando como las primeras luces iluminaban a las danzantes hadas del polvo. Ensimismada en el baile y con la boca repleta de rayos de sol y pan, no se dio cuenta que del reloj de cuco de la cocina emergía su habitante y volaba hasta posarse su lado.
—¡Viva España! —chilló Franquito, el periquito que, tiempo ha, entró revoloteando por la ventana a una hora en punto y, acercándose al reloj, le dio un par de picotazos y una patada al pájaro de madera, tirándolo al suelo y ocupando su lugar.
—¡Viva España! —respondió sobresaltada Rita, ya que la había pillado por sorpresa.
Mientras le daba unas miguitas miró la hora, momento que abrió mucho los ojos. ¿Ya eran las nueve? ¿Cómo era posible que el tiempo hubiese pasado tan rápido? De un salto se puso en pie y corrió por el pasillo hacia su habitación en lo más alto de la casa. De camino se cruzó a Rosita, la residente más antigua y, casi siempre, la primera en levantarse después de ella.
—¡Hum! —bostezó—. Buenos días Rita, ¿a dónde vas tan deprisa?
—Bueno días señorita Rosita, tiene el desayuno en el horno. Voy a hacer el pedido.
—Ve con cuidado, no tropie… —dijo mientras entraba en la cocina.
—¡Viva España!
—¡Ah! —gritó asustada—. ¡Ni España ni leches! Un día voy a bajar con la escopeta y...
—Furcia, furcia. Bri, bri. Furcia.
Rita no se detuvo a escuchar la típica discusión de todos los días y entró en su cuarto como una brisa en una noche calurosa. De un cajón sacó un espejito y, acercándose a la ventana, la abrió dejando pasar el aroma de la floreciente primavera. El sol, coqueto, comprobó al reflejarse lo reluciente que estaba ese día, momento en el que la niña aprovechó para hacer rebotar su luz.
—Rufito, ¿estás ahí?
Los destellos viajaron a una velocidad mayor que el vuelo del vencejo hasta la ventana de Rufo, el hijo del granjero y vecino. Era su mejor amigo, aunque un poco idiota a veces.
—¡Socorro! —Llegó la contestación—. Llevo tanto tiempo esperando que una araña me ha atrapado en su telaraña y se me va a zampar, ella y sus quinientas treinta y cinco hijas.
—Ah, ¿sí? Pues pobrecillas, espero que no les dé un corte de digestión. Por cierto, si estás atrapado, ¿cómo puedes contestarme?
—Esto… Es la luz que desprende mi hermosa mirada. Cierro y abro los párpados.
—Mira que eres idiota. Venga, apunta, que si no llegan las provisiones antes de las cuatro las que te van a devorar son las Flores. ¡Y que no se te olvide nada!
—Bueno, ya lo tengo —Rufo grabó el pedido en sus ojillos traviesos y se dispuso a prepararlo—. Ah, se me olvidaba. Antes de irme, gira la cara y cierra los ojos.
—¿Y eso? ¿Me vas a lanzar un dardo envenenado?
—Tú haz lo que te digo, ¡tonta!
Rita hizo caso y giró el rostro. Sintió en su mejilla destellos de calor y sonrojándose, sonrió. Cerrando la ventana recogió el mensaje de despedida de su moflete y, acercándose al tocador, lo guardó en el interior de su mamá junto a otros hermosos recuerdos que atesoraba.
—Mamá, Rufo a veces es un poco idiota, pero es tan… tan… Bueno, ¡me voy! Hasta luego.
Al salir, el mensaje se transformó en mariposas que comenzaron a revolotear por la cajita.
Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ -- Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ ..- Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ .- Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ -.- Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ
Pasado el mediodía y una vez despiertas todas las Flores, el Lupanar era un hervidero de frenético trabajo, adecentando el lugar para antes de la apertura siempre a las seis de la tarde.
—¡Silene! Cambia las flores del piano. Petunia, revisa las botellas que no falte de nada y, junto a Begonia, limpiad los vasos. Margarita, Camelia, Dalia, ¡a las habitaciones! —Doña Violeta no paraba de dar órdenes a diestro y siniestro—. ¡Rosita! Tú… —Se quedó pensativa hasta que decidió darle una faena acorde con su extrema finura—. Tú, llévate las alfombras afuera y dales tal paliza que las hadas del polvo dejen de vaguear y reemprendan el vuelo lejos de aquí.
—¿Les doy con la escopeta para que no vuelvan?
—Mejor que no… ¡Rita! ¿Dónde se ha metido Rita? Ah, granujilla, estás ahí. Acaba de llegar tu príncipe azul montado en su carroza tirada por sus dos esplendidos corceles. ¡Recoge el pedido!
—¡Voy! Pero ese idiota no es mi príncipe. ¿Azul? Es más tirando a color cieno.
Las Flores presentes no pudieron contener una risita pícara al ver como Rita se marchaba dando saltitos y canturreando «tonto, idiota, cara de bellota» al exterior.
—¡Salve, mi hermosa señora! Aquí traigo su pedido —dijo Rufo al tiempo que bajaba de su destartalado carro tirado por dos rollizos cerdos y hacía una ampulosa reverencia ofreciéndole un ramillete de hermosos ajos tiernos recién cogidos.
—¡Salve, mi tercer cerdito! —contestó aceptando la ofrenda—. Espero que no se te haya olvidado nada, creo que acabo de ver a la señorita Rosita escopeta en mano.
A Rufo le dio un escalofrió por la espalda y miró preocupado de soslayo. Rita no pudo contener la risa, contagiándosela al chico.
—Vamos, tontorrón, tus corceles pueden pastar por ahí. Ayúdame y tendrás tarta de premio.
✿✿ (´’(oo)’`) ✿ (*´(0o)`) ✿✿
Cuando la varilla larga del reloj de cuco, o más bien del periquito Franquito, apuntaba arriba y la corta abajo, el Lupanar abría sus puertas al grito desde la cocina de «¡Viva España, la Virgen del Pilar y la madre que nos parió!». El lugar era afamado y muy concurrido por los habitantes de los pueblos colindantes que iban en busca de sosiego y la buena compañía de las Flores. Sin embargo, sus servicios no iban más allá de una buena conversación, una carantoña o un roce casual; no, lo que ofrecían a sus parroquianos era algo singular: hacer realidad sus sueños y deseos.
El primero en llegar era el señor Chopin, asiduo cliente y el único que no subía a una habitación. Tras los cariñosos saludos a doña Violeta y al resto de las Flores, dejaba su abrigo y se internaba en el salón principal dirección al gran piano de cola y su inacabable copa de whisky con dos hielos que esperaba sobre la cubierta. Hacía más de una década que animaba el lugar con sus espléndidas interpretaciones; incluso había obrado un milagro, como declaraba la madame, al conseguir que Rosita —siendo ella «más brutica que un arao»— se interesara por la música e incluso tocará ella sola, o junto a él, alguna composición con cierto refinamiento.
—¡Buenas noches, señor Barbarroja! —saludó doña Violeta al cliente recién llegado—. ¿Por cuál de los inmensos mares navegará esta noche?
—Jojojo, tal vez por las aguas del peligroso Mediterráneo del este, jojojo —dijo mientras se mesuraba su imberbe rostro—. ¡Hoy tengo ganas de grandes aventuras y batallas!
—¡Excelente! Lo tenemos todo preparado. ¡Dalia! ¿Lo acompañas a su habitación?
Y así, junto a la sonriente Flor vestida de corsario, ascendieron la escalera al son de «Polonaises op 40» que interpretaban en ese momento a cuatro manos Rosita y el señor Chopin, internándose en aguas desconocidas para vivir mil y una aventuras.
El Lupanar se iba llenando con sus clientes habituales —el imaginativo Verne, el intrépido Pégoud o el indagador Von Braun— y alguno nuevo. En ocasiones llegaban visitantes novatos, normalmente jovenzuelos achispados, con una idea equivocada del lugar. La mayoría marchaban, pocos se quedaban y algunos armaban algo de bronca. Para estos casos estaba Rosita.
—A ver, zagales, se acabó la juerga —dijo mientras se arremangaba y sacaba los puños.
—¡Perdone! Al leer el nombre del lugar pensábamos que era una casa de putas.
—¿Putas? ¡¿PUTAS?! Ahora veréis, gurruminos desgarracalzas.
Oscuras nubes emergieron de sus orejas formando una temible tempestad sobre su cabeza enrojecida al tiempo que cogía a ambos de las patillas y los sacaba del lugar a empellones suplicando clemencia. Su pie restalló como un relámpago contra sendos traseros y los mandó volando fuera del Lupanar batiendo su propio record de distancia en lanzamiento de borregos.
—Y no volváis, ¡zarandajas! Llamarnos putas… ¡A nosotras!
—Vale, ya pasó. Ya han marchado. —Procuró calmarla doña Violeta mientras escampaba las nubes de tormenta con un abanico.
Llamaron a la puerta y Rosita, como un vendaval y pensado que los mozuelos habían vuelto en busca de réplica, la abrió quedándose paralizada y con la boca abierta viendo al cliente que esperaba en el porche. Al llegar doña Violeta su expresión se turbó, pero enseguida se recompuso.
—Buenas noches, Coronel, hoy no lo esperábamos. Enseguida llamo a Lirio. Pero pase, pase.
El Coronel, taciturno y gris como siempre, marchó en su silla de ruedas al interior apagando el colorido del lugar a su paso y, por un momento, la melodía que tocaba el señor Chopin. Lirio llegó con rostro afligido y lo acompañó a su habitual cuarto. Doña Violeta los observó hasta que desaparecieron por el pasillo, regresando el color y la música al Lupanar. Recordó su primera visita hacía poco más de un año; fue la única vez que escuchó su voz rogando por el servicio de una Flor en concreto. Desde aquel día, cada cierto tiempo volvía y entraba junto a Lirio en la habitación preparada a deseo. Bajo la luz lúgubre de las velas, el lugar estaba presidido tan solo por un scriptorium donde se sentaba él frente a la Flor. Sacaba unas hojas y empezaba a vomitar mudas palabras sobre ellas. Al acabar lo metía en un sobre, anotaba algo en él, y lo guardaba para continuar con otra. La chica observaba en silencio sin saber ni preguntar qué es lo que escribía con trémulo pulso. A veces se detenía, tembloroso y abatido, momento en el que levantaba el rostro unos momentos hacia Lirio con letras en la comisura de los labios, e intentaba recomponerse para poder continuar con mirada vidriosa. A doña Violeta le apenaba la dura situación por la que solía pasar su chica, más conociendo su trágico pasado durante la guerra, y había intentado en vano sustituirla en alguna ocasión, pero el Coronel se negaba. A parte, nunca había hecho un mal gesto o intento de acercarse, y tan siquiera hablaba; además de pagar muy bien. Al día siguiente le daba descanso a la Flor ofreciéndole una paga extra para suavizar el asunto. La madame suspiró, se pasó la mano por el rostro y miró a un lado y a otro dándose cuenta de algo.
—¿Alguien ha visto a Rita?
❀ ❁ ✾ ♫ ⋛⋋(◕∈◕)⋌⋚ ♫ ✾ ❁ ❀
Dos silenciosas sombras se ocultaban entre la maleza en la orilla del lago al amparo de la rutilante bóveda celeste de luna ausente. Esperando el momento oportuno, observaban con cautela a la cuna de agua que ofrecía fresco reposo al singular, y ya durmiente, orfanato flotante, y al reflejo de las estrellas mecidas con suavidad por el poniente al son de la nana que interpretaban los melancólicos grillos. Esta vez no podían fracasar.
—¡Ahora! —dijó una de ellas y ambas se abalanzaron sobre el húmedo espejo rompiéndolo en multitud de ondas y poniendo en órbita miles gotitas como volcán en erupción. Las figuras fueron engullidas unos momentos para reaparecer en la superficie como delfines juguetones. Tras recuperar el aliento se miraron las manos.
—Vaya —dijo una de ellas algo decepcionada—. He vuelto a fallar.
—¡Cara tonta! Corre, ven, ¡mira! —gritó Rufo no muy lejos de ella.
Rita nadó hasta él con ganas de devorarlo y excretar sus restos al fondo de lago, pero su enojo se calmó cuando Rufito le mostró lo que llevaba entre las manos. La niña observó el agua que tenía en el cuenco que había formado con ellas. En un principio no veía nada hasta que, tal como se calmaba su pulso, apareció, diminuta.
—Oh, Rufo, ¡has capturado una!
El brillo de la estrella que había cazado titilaba con suavidad iluminando de un hermoso azul sus dedos y el rostro de ambos. Rufo levantó la mirada con una sonrisa y fue acercando sus manos despacio a la cabeza de su amiga. Justo encima de su oreja izquierda, en el pelo, las abrió dejando escapar su contenido, mojándola. Rita iba a protestar cuando el chico le pidió silencio y señaló el agua para que mirase. La chica observó su reflejo y dio un gritito de sorpresa al ver como la estrella engalanaba ahora su pelo. Se quedó un rato en silencio hasta que por fin pudo hablar.
—Es… es, hermosa.
—Sí, lo eres…
Rufo dio un salto y se calló al darse cuenta que lo había dicho en voz alta al tiempo que Rita levantaba el rostro sonrojada. Ambos se miraron, paralizados, hasta que por fin Rufo pudo hablar.
—Uy, que tarde, mejor salgamos a secarnos, no nos vayamos a constipar, y regresemos.
—Sí… sí, mejor. Con tanto ruido despertaremos a los niños del orfanato y…
La vuelta la hicieron sin mediar palabra, ensimismados, hasta llegar a la puerta del Lupanar en la que se despidieron de forma breve y sin mirarse. Rufo voló a su casa sobre una nube de algodón.
—¡Por fin! Ya ha regresado la perdida, ¿dónde estabas? —dijo doña Violeta al verla entrar en el salón principal. La Flores y clientes iban a saludarla cuando, ruborizada, bajó la cabeza y salió corriendo—. ¿Qué le pasa a esta chica?
—Debe ser la edad del pavo, doña Violeta —dijo entre risas el señor Chopin—. Su pequeña se está haciendo mayor.
La madame suspiró. En ese momento Rosita se giró hacia ella algo sorprendida.
—¿Ha visto? ¿Qué era eso que brillaba en su pelo?
Rita cerró la puerta de su habitación apoyándose en ella mientras intentaba calmar los latidos de su corazón. Acercándose al tocador se miró en el espejo unos momentos. Sonriente, se durmió bajo la tenue luz del navío plateado que empezaba a surcar las aguas de la noche y el de las mariposas jugueteando con el titilante regalo de Rufito en el interior de su mamá.
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Los días caminaban risueños por el sendero que llevaba al verano al tiempo que doña Violeta investigaba el porqué de la pomposa aura multicolor que desprendía la pequeña Rita. ¿O ya no era tan pequeña? Rosita reía en silencio de las cómicas e ineficaces dotes detectivescas de la madame o como balbuceaban y sonrojaban cuando se encontraban la chica y Rufo. A veces no podía callar.
—¡Rita! —gritó desde la ventana de la cocina a la pareja—. ¿Por qué no subes una noche y le enseñas una de nuestras habitaciones? Pequeño Romeo, ¿no tienes un sueño por cumplir?
La jovencita abrió mucho los ojos, pero sin poder articular palabra para la contraofensiva, solo pudo salir corriendo a esconderse dejando a su amigo con un ramillete de perejil y albahaca en la mano. Rosita le mandó un beso y un guiño, y se dio la vuelta para seguir cocinando.
—Bruja, bri, bri. ¡Eres una bruja! —la reemprendió Franquito sobresaltándola.
—Ven aquí, pajarraco, que te voy a meter en el estofado.
Mientras la noche desplegaba sus encantos, Rita bailaba junto a el Maestro —un joven muy tímido en un principio y que llegó con el sueño de convertirse en un gran profesor, siendo ella su alumna favorita—, animados por las alegres notas del Vals del Minuto interpretado por el señor Chopin. La campanilla de la puerta sonó y la chica, tras una reverencia de disculpa a su acompañante por dejar a medias el baile, salió corriendo a abrirla.
—A lo mejor es su Príncipe Azul. No puede hacerle esperar —afirmó entre risas Rosita.
Sin embargo, al abrir la puerta se quedó paralizada temerosa. En el porche se encontraba el Coronel mucho más demacrado que tras su última visita semanas atrás. Parecía un muerto en vida. Iba a apartarse para dejarlo pasar, pero levantó la cadavérica mano para llamar su atención.
—No, espera… puede… ¿Puede llamar a Carm…? No, perdón, ¿a Lirio?
Rita tragó saliva, asintió y salió corriendo en su búsqueda. De camino se cruzó con doña Violeta que le preguntó qué pasaba, pero no se detuvo. Al encontrar a Lirio las palabras se atascaron en su garganta, así que la llevó de la mano hasta a la puerta. La Flor se estremeció al verlo y se acercó a él. El Coronel, sin apartar su turbia mirada, sacó una carta y se la entregó. Las manos y el cuerpo de Lirio comenzaron a temblar al comprobar que había tres nombres: Julio Cortázar Torres y Dulce Maestre Castellanos; Carmen Cortázar Maestre bajo de ellos. Ante la atónita mirada de Rita, Lirio cayó de rodillas al suelo y, apretando la carta cerca de su corazón, comenzó a llorar y gemir desconsolada. Doña Violeta llegó corriendo en ese momento.
—Vete, ¡vete de aquí! ¡Márchate! —gritó la madame abrazando a Lirio.
—Lo siento —dijo dándose la vuelta y alejándose por el camino. A Rita le pareció ver, tal vez por su vista anegada, una delgada figura con capa oscura empujando la silla.
Tiempo después llegaron habladurías de que habían encontrado a un heroico combatiente con la tapa de los sesos levantada, rodeado de letras en color sangre, las cuales formaban los nombres de los caídos y asesinados bajo sus órdenes y que no conocieron el final de una estéril guerra.
✟ (๑१д१)ノ(ݓ_ݓ)\(・᷄︵・᷅) ✟
Tras lo ocurrido, Lirio deambulaba por el Lupanar convertida en una nubecilla gris perdida en un cielo azul de atmosfera tristona y gélida brisa. Aunque casi todas las Flores tenían un pasado del cual querían escapar, estaban apenadas al ver como la pobre chica había sido atrapada en la telaraña de los aciagos recuerdos; y Rita, tras mucho pensar, decidió que era hora de liberarla. Corrió a hablar con doña Violeta, Rosita y demás habitantes del Lupanar. Les pareció buena idea ya que hacía tiempo no organizaban algo así, perdiendo una buena costumbre. Una semana después la campana de la puerta no paraba de sonar. Los primeros en llegar esa mañana fueron el señor Chopin, el señor Verne y el Maestro, partes indispensables de lo que iba a acaecer. Más tarde se presentó Rufito con el encargo y una diadema para su amiga hecha de ajos y cebollino trenzado que se colocó encantada. Llamaron una vez más y Rita salió corriendo a abrir.
—Ah, hola pequeña. Ya estamos aquí yo y mis alborotadores. Gracias por la invitación.
—Buenos días, doña Rocío, bienvenidos y espero que lo pasen bien.
De detrás de ella emergió un manada de picaruelos y granujillas de muy diversas edades y que asaltaron con mimos y besos a su amiga Rita, y pellizcos y capones a Rufo, que llegaba en ese momento con doña Violeta. Ambas mujeres se observaron con una sonrisa y se fundieron en un afectuoso abrazo. Cuando estaban cerca costaba distinguir quién era cada una. Doña Rocío era la directora del orfanato flotante del lago —el cual Rita visitaba a veces con Rufo o le gustaba observar, cada vez que iba a bañarse allí, como navegaba sobre la hoja gigante de una ninfea rodeada de flores—, además de la hermana gemela de doña Violeta. La niña las siguió con la mirada mientras se alejaban charlando alegremente, pensando en lo agradecida de que en ese lugar perdido del mundo existieran, no una, sino dos mujeres así. Llegando a la sala conversaron con el Maestro, quien daba clases a los niños en el orfanato siempre que podía, ayudando así a doña Rocío.
—¿Vamos Rita? Es la hora —dijo Rufito ofreciéndole la mano. Su amiga, tomándola, sonrió.
Los espectadores se iban sentando alrededor del teatrillo que habían montado en la sala. El Maestro, Verne, Rosita y otras Flores participaban como actores, mientras que el señor Chopin tomaba posición al piano. Justo en ese momento bajaba de su habitación la nubecilla gris quedándose bastante turbada de ver a tanta gente.
—Aquí, aquí, Lirio —gritó Rita—, te hemos guardado un sitio.
A punto estuvo de darse la vuelta, pero al observar un amago de tristeza en la cara de la pequeña y el resto de niños, suspiró y fue flotando hasta quedarse en medio del tumulto. La obra comenzó con una bonita interpretación de piano mientras se subía el telón, apareciendo una chiquilla en la playa. «La niña que lloraba olas de mar», así había titulado Rita su obra, escrita con ayuda del Maestro y Verne, y la música compuesta por Chopin. Relataba la historia de Mamen que, tras salir sus padres a pescar, nunca regresaron. Así, en la orilla, lloraba desconsolada derramando sus lágrimas al mar. Un día, tras una fuerte tormenta, apareció una sirena desmayada traída por las olas. Tras cuidarla, supo que también había perdido a sus padres. Juntas, comenzaron su búsqueda navegando por el extenso océano y encontrándose con otros huérfanos: un niño pájaro, una estrella fugaz de mar, el verde de un arcoíris, una botella sin mensaje, un periquito que chillaba ¡viva España! Aunque con un trasfondo triste, los pequeños disfrutaban con las aventuras que vivían los protagonistas; luchando contra la marea, piratas —con la aparición estelar del señor Barbarroja— y tiburones, e incluso con unos seres verdes llegados de Marte en platos de porcelana. Hasta que un día, una terrible tormenta los hizo naufragar hasta una isla paradisiaca, pero solitaria. Mamen, extenuada, comenzó a llorar en la orilla creando unas olas gigantes que hicieron desaparecer la tormenta y, vencida por no encontrar a sus padres, se echó silenciosa en la arena. Entonces, la sirena —protagonizada por Rosita— se acurrucó a su lado.
—Es cierto que nuestra busca ha sido en vano, pero… —se le trabó la voz a la sirena—, pero mira a tu alrededor; ¿no crees que ahora tenemos una nueva familia?
Toda la sala se quedó en silencio observando a la nubecilla sentada entre ellos y que había comenzado a chispear. Poco a poco su afligida lluvia interior fluyó limpiando su tono gris. Rita se abalanzando sobre ella, abrazando su algodonosa figura.
—¿No crees? —le dijo al oído.
La nube se evaporó lágrima tras lágrima, y Lirio se aferró con ternura a la pequeña entre vítores y sollozos de alegría de los asistentes. Muchos de los huérfanos no pudieron aguantar y también se unieron al abrazo. La obra, cuando pudo ser continuada, tuvo un final feliz viviendo todos en la isla como una gran familia. Los protagonistas, tras el baño de aplausos, se unieron al grupo, y de allí, a la gran merendola que habían preparado.
ヽ( ̄д ̄;)ノ=3=3=3 ԅ(≖‿≖ԅ) ٩(・ᴗ・๑)۶ ☜(゚ヮ゚☜)
El día pasaba con aire festivo entre cantos, risas y juegos. Rufito estaba siendo apaleado a base de cosquillas entre varios niños cuando una mano salvadora cogió la suya y lo rescató del alud de dedos traviesos. Se sorprendió al ver a Rita un poco avergonzada y con una lucecita en el pelo. Iba a decirle algo, pero le mandó silencio. Juntos de la mano subieron a hurtadillas al piso superior y mientras recorrían el pasillo la chica miraba nerviosa las puertas de un lado y otro hasta que se detuvo sonriente frente a una, y abriéndola, entraron. Rufito era la primera vez que accedía a una de las famosas habitaciones del Lupanar, quedándose desconcertado al ver lo vacía y oscura que estaba, quitando de algún extraño destello que observaba por el rabillo del ojo.
—¿Cuál es tu sueño? —farfulló Rita mirándolo fijamente y agarrándole las manos.
—¿Mi… mi sueño?
—Sí, idiota —contestó bajando el sonrojado rostro.
—Pues mi sueño es. —Se quedó pensativo—. Mi sueño es…
—Chsss, no lo tienes que decir en voz alta. Cierra los ojos e imagínalo.
Haciéndole caso, cerró los ojos y continuó pensando y pensando mientras la calidez de las manos de Rita pasaba a las suyas y, de súbito, se dio cuenta de que sí sabía lo que quería, que lo había tenido siempre cerca. Su cuerpo se estremeció y se hizo tan ligero que parecía que en cualquier momento comenzaría a flotar. La imagen de su deseo se hizo más clara y real en su mente.
—¿Ya? Ahora abre los ojos poco a poco.
Al hacerlo, una miríada de vivos colores acariciaron sus fascinadas pupilas, y boquiabierto, contempló el mágico cambio que había ocurrido en Rita y en la habitación.
—¿Este es tu sueño?
Rufito observó a su amiga con la mirada repleta de ternura y siendo correspondida por la suya. Ambos se quedaron en silencio hasta que el chico se acercó con delicadeza a su oído.
—Mi sueño hace mucho que me acompaña en la realidad del día a día —susurró aproximándose ahora al rostro de ella.
Esa noche, mientras bailaba junto a las hadas de polvo, mariposas y una estrella, Rita guardó en su mamá, una cajita de cartón en la esquina de su tocador, uno de sus mejores e inolvidables recuerdos; de esos que te acompañan toda la vida y se graban en el alma por ser la primera vez.
☼ ♥ (◕‿◕)爻(Ő‿Ő) ♥ ☽

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Landra » 17 Oct 2016 19:41

lucia escribió:Las Flores del Lupanar de los Sueños

Rita nació en una cajita protegida por retales de noticias infortunadas y feroces proclamas.

"Aunque resulte inverosímil, Sereno Williams nació con los ojos abiertos y una ramita de aguacate en la boca"

:dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon: :dragon:

Aún no lo he leído...será uno de los últimos.

:mrgreen: :mrgreen: :mrgreen: :mrgreen: :mrgreen: :mrgreen:
Dos más dos igual a cinco, de toda la vida.

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Berlín » 17 Oct 2016 22:12

Maravilloso, genial, tierno. ¿Más?

De momento digo esto, luego ya vendré. :60:
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com/

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Topito » 18 Oct 2016 12:13

Uff, espera, que esputo unos cuantos arcoiris antes de continuar :mrgreen:

Yo entiendo que a las feminas os gustará mucho esta historia, o eso creo. Me recordaba a los osos amorosos ( yo tuve un peluche de ellos).

No me ha llamado este relato para nada y me ha costado acabarlo. Pero es subjetivo, claro está.

Eso sí, la autora derrocha un torrente bravo de imaginación y nos ha dejado imágenes muy evocadoras. Creo que en otro estilo esta autora me enamoraría.

Mucha suerte en el concurso.
leyendo: Haruki Murakami
leyendo cuentos: Zuñiga, O´Connor, Fitzgerald, Chéjov, Matute

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Gisso » 19 Oct 2016 19:51

Un bonito y extraño relato, donde la realidad se entremezcla con la fantasía. Más parece un intento de realismo mágico, aunque poco puedo decir ya que solo he leído "Cien años de soledad" y hace tanto que no me acuerdo. Todo es muy de color de rosa, parece que vivan en un mundo donde las penas son algo pasajero y lejano, aun así, algo se deja entrever con la historia del Coronel y ese pasado desconocido de las "Flores". Los personajes son tiernos, demasiado :cunao: y tiene momentos muy bonitos (me encanta el primero parrafo), pero reconozco que la longitud juega en contra un poco y hay mucho elemento que solo hace una corta aparición. No está mal.
Última edición por Gisso el 21 Oct 2016 23:09, editado 1 vez en total.

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Megan » 19 Oct 2016 20:46

Me gustó, es muy dulce y está bien escrito.
Me gusta como describes las situaciones que se le van dando a Rita.
Que tengas mucha suerte :60:

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Isma » 20 Oct 2016 00:00

Hay un barrio en Nueva Crobuzón por el que me gusta pasear. Está desaseado y las casas desparejas se asoman al adoquinado como los dientes de un anciano, temblorosos e irregulares. El barrio es conocido en la ciudad por sus lupanares, y uno puede encontrar por sus calles desde cactos hasta viscosos vodyanoi. No es que yo frecuente las casas de placer, pero me gusta la animada algarabía de la zona. Y en especial una cierta placita donde las khepris se reúnen para charlar y elaborar sus esculturas hechas de esputos. Hasta allí dirigí mis pasos una vez más. Las mujeres me saludaron, acostumbradas a mi presencia.
—¿Qué te pasa hoy, mi amor?
—Estoy desconcertado —respondí—. Dejad que os cuente el motivo.
Y les relaté la historia de Las flores del lupanar de los sueños. Las khepris me escucharon en un silencio tan solo interrumpido por el chasquear de sus mandíbulas de escarabajo. Las torres de esputo endurecido se apiñaban a nuestras espaldas. Una de ellas habló.
—Es una historia interesante. ¿Qué piensas tú?
—No sé qué pensar. Por eso he venido hasta aquí, para intentar aclarar la mente.
—Ay, amor. Eres tonto.
—¿Por qué dices eso?
—A veces hay que ver con los ojos del corazón. ¿No te han enseñado eso?
Dudé. Las khepris siguieron moldeando sus esculturas orgánicas con unos colores tan vivos que dolía mirarlas. No dijeron nada más, y yo pensé que quizás me estaban dando su respuesta a través de sus creaciones. Porque, ¿qué es el arte? ¿No es acaso un sueño hecho realidad? El portero de la casa de placer se acercó a mí, balanceando su pesado cuerpo de rehecho, todo metal y aristas. Los ojos lagrimosos me miraron.
—Yo no he entendido nada —me confesó con su voz de ecos metálicos—. Pero me ha calentado por dentro. No sé expresarlo mejor.
Pese a su confesión, no quería que se acercara más, así que me levanté. El cielo estaba oscureciéndose y murmuré que se me hacía tarde. Las khepris zumbaron.
—¿No subirás hoy, amor?
—No —respondi. Ya he dicho que no frecuento estos lugares—. Hoy estoy saciado.
Toma ya. Estoy que me salgo. ¿Seré capaz de escribir un comentario útil en este concurso? Por si acaso, has de saber, autor, que me ha gustado.

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Isma
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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Isma » 20 Oct 2016 09:54

Retorno al lugar del crimen para puntualizar que a mí me gustan los relatos que no hay por dónde cogerlos. Como este, que te mete en su mundo mágico nada más leer la primera frase. Por otro lado, y pese al aspecto poético, me cuesta clasificarlo como de fantasía tal y como yo la entiendo.

Ya que tenemos la fortuna de que participen -como lectores o autores, no sé- dos monstruos de la fantasía como son Ukiahaprasim y Sinkim, me gustaría, digo, que pusieran ejemplos de libros en los que se explora un aspecto de la fantasía similar al que expone este relato. No soy tan iluso como para pensar que un género tan abierto como la fantasía no los tiene. Lo que pasa es que yo no llego a conocerlo tanto. Pero siento curiosidad. A ver qué dicen.

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Gabi » 21 Oct 2016 01:44

Este relato me hizo acordar a Laura Esquivel y su realismo mágico de Como agua para chocolate.
Quien sea el autor/a tiene un don extraordinario, festejo que lo compartas con nosotros.
Muchas gracias y suerte!
"Sé selectivo en tus batallas, a veces tener paz es mejor que tener la razón".

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Frigg » 22 Oct 2016 21:18

Si bien el lenguaje es denso, como una tarta de la abuela, cada cucharada del relato está llena de magia, ternura y poesía. Puede que a veces empalague pero, en otros momentos, un atracón puede sanarte.
Me fascinó el momento desayuno, con esos huevos de sol y nubes.
Me encanta tu manera de escribir pero si hubieras añadido un poco de menta o sal a la receta ya me hubieras cautivado del todo. :60:
“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
Carmen Martín Gaite

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Landra » 22 Oct 2016 21:30

No tengo mucho que opinar sobre este relato, no veo la fantasía por ningún lado ni entiendo de que va, por lo tanto, calladito estoy más guapo.

Suerte Autor.
Dos más dos igual a cinco, de toda la vida.

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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Berlín » 23 Oct 2016 01:16

Soy muy fan del periquito Franquito.

Eso, que lo he vuelto a leer y me encanta. Yo quiero un ramo de ajos tiernos y una diadema de cebollinos. :cry:

En serio, buen trabajo.
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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Iliria » 25 Oct 2016 17:34

No es de mi estilo, me van cosas más rudas, pero reconozco el esmero y la delicadeza que has puesto en la prosa, en cada imagen y metáfora. En lo formal todo muy correcto.
Tiene muchos detalles graciosos, como el periquito Franquito :mrgreen:

Gracias por el trabajo y dedicación :60:
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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por jilguero » 25 Oct 2016 21:08

Empecé a leerte con una amplia sonrisa porque ese amanecer, pese a costarme el ritmo de tu prosa, me pareció original y poético. Hay escenas muy logradas y simpáticas. Muchos ingredientes que me gustan. Ese lupanar inocente. Sin embargo, conforme he ido avanzando, he tenido la sensación de que cambiaba el tipo de prosa y que perdía parte de esa magia.

Sentimientos encontrados, tengo, pues. Me gusta el lupanar que has creado, me gustan sus habitantes, me ha resultado peculiar pero agradable la prosa del principio (eso sí, con cierto abuso de los diminutivos), pero ya me ha convencido menos la parte de los distintos sueños y, sobre todo, el final me ha resultado demasiado convencional para una creación tan peculiar como la tuya. Mucho potencial te veo pero te ha faltado espacio o tiempo o ambas cosas y se queda en un querer y no poder. Pero, ya te digo, tienes personajes y escenas preciosas. Una buena idea, una buena ambientación pero un desarrollo que me convence menos. Mucha suerte :60:
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para llenar un corazón de hombre



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Re: CF 2 - Las flores del lupanar de los sueños

Mensaje por Ratpenat » 26 Oct 2016 15:55

Hola, autor/a:

Este relato ha sido una cosa difícil. Por un lado está la cuestión del género, no hablo de la fantasía. Este relato es de fantasía a mi modo de ver, aunque no sea la fantasía que esperaba. Pero hablo del otro género, de infantil. Y es que aunque es un relato que parezca dirigido a los niños, no me parece que realmente lo sea. El vocabulario y la redacción a mi modo de ver son algo enrevesados. Que quizá esté menospreciando a los críos, pero bueno...

Ahora, volviendo a la parte de fantasía, también tengo que decir que dentro de nuestros relatos (de todos) hay siempre un subgénero, porque es inevitable. La fantasía al final es la ambientación y el género lo ponemos nosotros. De este modo pienso que si bien has escrito fantasía infantil, has hecho más un relato en el que le has metido elementos de fantasía que un relato de fantasía de carácter infantil.

Yo esto último no lo voy a valorar negativamente, autor/a, porque es un relato muy trabajado y creo que merece un respeto grande.

Dicho esto, no me ha gustado demasiado. El humor no me ha hecho reír y los elementos se me han hecho cuesta arriba a la hora de digerirlos. El absurdo por el absurdo nunca me ha seducido aunque sé que es algo muy popular y que a muchos entusiasma. No se puede gustar a todos, qué le vamos a hacer.

Mucha suerte :hola:
Última edición por Ratpenat el 26 Oct 2016 22:51, editado 1 vez en total.

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