CPXII - Vías cruzadas - Onomatopeya

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPXII - Vías cruzadas - Onomatopeya

Mensaje por lucia » 14 Abr 2017 10:03

Vías cruzadas

Jerónimo apoyó su hombro sobre el escaparate. Sacó su viejo encendedor y prendió la llama del que sería su último cigarrillo, aunque eso él lo desconocía. El viento azotaba fuerte y se colaba entre los callejones rebotando en los altos edificios, agitando el cabello de los transeúntes. Marzo venía este año cargado de borrascas y con ganas de alargar un poco más el invierno. Aspiró una bocanada de humo, tiró el cigarro en una papelera cercana y entró en la tienda. Usó aquella bocanada a modo de repositorio de fuerzas, un lugar dónde encontrar el valor suficiente para abrir aquella puerta de cristal. Una vez dentro, desabrochó el cuello de su gabardina para aliviar el calor del ambiente, y caminó paralelo a las jaulas de pájaros exóticos y peceras llenas de seres acuáticos multicolor. Pasó junto al mostrador y, girando su rostro sutilmente, guiñó un ojo al tendero de aquella antigua tienda de animales, que le pagó con una mirada de extrañeza. Paso a paso llegó hasta la puerta que había al fondo, y sobre la que colgaba el cartel de «almacén». La abrió como si estuviera familiarizado con ella y entró.
Una mujer trabaja al fondo, ordenando unas cajas, de espaldas a la puerta y ajena a la presencia que la miraba desde la entrada. Canturreaba una canción pegadiza, como los éxitos veraniegos de cada año, sólo que adelantado unos cuantos meses. Movía sus caderas y culo a un ritmo que apenas salía de su cabeza susurrado entre sus labios. Jerónimo echó de menos otra bocanada. «Estoy enganchado al tabaco. Necesito dejarlo», pensó. Metió su mano derecha en el bolsillo de la gabardina y comprobó que todo estaba en orden ahí dentro. Apretó los puños, tomó aire y avanzó hacia la joven.
─¡Hola! ─dijo por fin.
La joven dio un respingo del susto y tiró una de las cajas al suelo.
─Jerónimo, ¿qué haces aquí?
─Eva ─pronunció titubeante─, tengo algo que decirte.
Eva no avanzó, pero colocó su cuerpo para estar cómoda de pie y dijo:
─Está bien, ¿qué tienes que decirme?
─Yo… yo nunca he conocido a alguien como tú. Antes mi vida era como avanzar montado en unas escaleras mecánicas, subes y subes, pero en realidad no te mueves. Pero contigo aprendí a tomar nuevos caminos, a tomar decisiones, a arriesgarme. Porque tú eres a la vez como el faro que guía a los barcos o como el colibrí que vuela libre de flor en flor. Tú te mueves y tú mueves a los demás.
─¿A qué viene esto ahora? ¡Oh! ¡Por dios! ¿No estarás…? ─interrumpió la joven.
─Por favor, déjame terminar. Esto no es fácil para mí, como bien sabrás ─Jerónimo miró hacia arriba como intentando recordar las palabras que seguirían─. Lo que quiero decir es que hay muchas mujeres en este mundo, pero ahora todas me parecen iguales, salvo tú, como una rosa blanca entre un jardín de rosas rojas. Algo cambió el día que te conocí, lo supe al instante, pues todo se removió dentro de mí, como si todo se colocase con cierto sentido en mi interior. Así que, tras este tiempo que ha pasado, he tomado el valor suficiente para decirte que…
─¡Oh!
─Eva ─Jerónimo se arrodilló y sacó una cajita de su bolsillo─, ¿quieres casarte conmigo? ─preguntó mientras abría la caja y mostraba un anillo dorado con un pequeño diamante engarzado.
El silencio se apoderó del almacén como suele hacerlo siempre en estos momentos. Eva miró al joven. Allí estaba, con su pelo marrón engominado y revuelto por el viento, sus ojos verdes brillantes que parecían emitir destellos esporádicos, y declarándose.
─¡No! ─gritó─. Pero, ¿qué es lo que te pasa a ti? ¡Estás loco! ¡Eres un maniaco! Te presentas aquí a pedirme matrimonio cuando ni siquiera somos novios. Sólo cenamos una jodida noche porque mi padre se empeñó en que te conociera, y nada más. Desde entonces llevas persiguiéndome por todos lados. Vaya donde vaya te encuentro, por casualidad según tú. ¡Y encima vas diciendo por ahí que somos novios! ¡Estas chalado! ¡Vete! ¡Vete de aquí! ¡No quiero verte más! Mira, escúchame bien. Ahora vas a tomar esa puerta y te vas a marchar para no volver jamás. Como te vuelva a ver algún día pienso llamar a la policía. Es en serio. Vete para siempre ─gritó señalando la puerta.
El brillo de los ojos de Jerónimo se transformó en lágrimas de esas que no terminan nunca de brotar, sino que se acumulan en el párpado inferior. Él miraba el dedo de ella, que le señalaba su única salida. Cerró la caja, la guardó en su bolsillo y salió corriendo de aquel almacén y de la tienda, sin despedirse del tendero, que siguió a sus quehaceres sin inmutarse.
Si existía algún atisbo de primavera en aquel día, Jerónimo lo borró de un plumazo. Su rostro parecía desencajado; los ojos parecían estar uno más alto que el otro; la boca torcida e incapaz de cerrarse; la frente arrugada; y a veces se le guiñaba el ojo derecho sin querer, por puro nerviosismo. Ahora ya no corría, sino que caminaba a gran velocidad dejando algo de su esencia autodestructiva por donde pasaba. Todo el que se cruzaba con él sentía en sí mismo una sensación de amargura repentina. Unos recordaron lo que odiaban sus trabajos; otros pensaron en sus maridos gordos y sudorosos pasando todo el verano en calzoncillos por casa. Fue como un vendaval de miseria humana que dejaba un reguero de la inmundicia que todos llevamos dentro.
─¡Chico, chico! ─gritó una señora con la que se rozó al girar por una esquina antes de venirle a la cabeza la poca pensión que iba a recoger al banco, con la que apenas podría pagar luz, agua y gas; y que si por suerte sobraba algo, podría comer.
Por una vez en su vida, se había arriesgado con el amor, o con algo en general, pero estaba claro que no terminaba de entenderlo. En realidad, siempre le costó entender el funcionamiento normalizado del ser humano. Por ejemplo, cuando iba al cine a ver una comedia siempre reía de dos maneras diferentes. La primera forma era cuando algo le hacía gracia, pero por desgracia sus carcajadas siempre sonaban por encima del silencio general. La segunda manera era por imitación ante las risas de los demás, por no sentirse solo. Reía y miraba a los desconocidos que se sentaban a su lado como queriendo decir «Yo también me rio, ¿ves?». Lo cual daba miedo a sus adyacentes, que se inclinaban hacia el otro lado, cuando no se cambiaban de asiento.
Bajó por la calle, giró a la izquierda en un cruce y avanzó unos metros más hasta llegar a un viejo y feo puente sobre las vías del tren. Era uno de esas zonas que podrían salir en las listas de lugares más antiestéticos de la ciudad. Era como un paso industrial en medio de edificios refinados y señoriales. Se situó a mitad del puente y miró hacia las vías, decenas de metros debajo de él. Meditó durante un rato su próxima acción. Incluso llegó a pensar en encaramarse al muro y lanzarse, pero no se consideró digno ni de salir en los periódicos. Su final estaba más que claro, muerte solitaria en un pequeño piso, sin que nadie lo notara hasta días después; morir como vivió. Introdujo la mano en su bolsillo y sacó la cajita del anillo. Tuvo el deseo de abrirla y míralo, pero se contuvo. En aquel instante hubiera necesitado otra bocanada de sus cigarros, pero no llevaba más encima. Así que simplemente tomó aire y lanzó la caja hacia las vías. Pero aquello no fue una liberación como él esperaba, sino que supuso un profundo e instantáneo arrepentimiento en su interior.

Lucía caminaba cabizbaja por la calle. Los demás transeúntes apenas eran sombras difusas que se cruzaban por sus pies. Existen días malos y, luego, estaba el día de hoy para ella. Bajo su largo abrigo rojo de paño, había un escueto cuerpecito que apenas podría decirse que se transformó cuando pasó la pubertad. En sus ojos, las lágrimas brotaban y se agolpaban esperando desbordar y correr por las mejillas llenas de pecas.
Hoy, a las nueve de la mañana, a primera hora, había salido de casa con el único ser que la había comprendido en sus treinta y cinco años. Y ahora caminaba sola bajo la ventisca. Parsiflora no fue una gata cualquiera. Hace más de quince años, ella se presentó en casa de Lucía de mutuo propio, sin que nadie la esperara, y decidió por si sola que aquel sería su hogar. En cierto modo, ella fue la que adoptó a Lucía, y así lo corroboraba los cuidados que proporcionó a la joven durante su vida. En la relación, Lucía recibía cariño, comprensión y un fino oído que la atendía siempre mientras giraba la cabeza, además de arrumacos en el cuello a modo de corbata. Por otro lado, el papel de Lucía se limitaba a aportar comida, algo de higiene y un poco de salud a la gata. Así pues, se podría decir que Lucía era la mascota de Parsiflora, sin que aquello pudiera sonar despectivo para la joven, orgullosa del cariño que le brindó su madre felina.
Pero en este mundo existe la manía de que todo lo que comienza tiende a acabar. Tras una lenta enfermedad los dos últimos años, Parsiflora no podía más, y se limitó a permanecer tumbada por dos semanas mirando a la cara de pena de su amiga humana; sin apenas comer y maullando de dolor. Lucía no tuvo más remedio que apiadarse de la gata, como nadie se había apiadado jamás de ella misma, pues su dolor nunca pareció ser aliviado por nadie, pues todos lo consideraban excesivo y nadie comprendía porque se ponía así. Porque a Lucía le hacía llorar el llanto de una persona desconocida al otro lado del andén del metro; o le ponía triste la tristeza de un espectador en una sala de cine situado varias filas detrás, al que ni siquiera había visto la cara; o reía sin sentido y sin venir a cuento porque alguien rio en la calle paralela del supermercado. Así que ahora caminaba por la calle bajo el resguardo de su abrigo tras haber salido del veterinario, dónde había dado muerte compasiva al único ser vivo que la iba a entender en su vida. La soledad había golpeado de nuevo a su puerta, y la había echado abajo, arrancándola de las bisagras y estampándose contra su dulce y delicada cara bajo esas discretas gafas.
─¡Hola, jovencita! ─dijo un señor con el que coincidió en un paso de cebra─. ¿Te ocurre algo? ─preguntó con una sonrisa que parecía sincera.
Lucía se extrañó al principio y se alegró después. ¿Pudiera ser que sí que hubiera personas que valiesen la pena ahí fuera y había dado con una que se interesaba realmente por ella? Puso la mejor sonrisa que se puede poner en un día así.
─Hoy ha muerto mi gata ─dijo débilmente.
─Bueno, es una pena. Esas cosas duelen mucho. Se le coge mucho cariño a esos bichejos. Pero se te pasará. ¿Por qué no adoptas otro gato?
¿Otro gato? «Qué clase de consejo era ese», pensó. Ningún gato puede sustituir a otro, pues todos son distintos, y ella había perdido a Parsiflora, así que ningún Michifú lo iba a poder sustituir. ¿Podría ese señor sustituir a su nieto Javier por otro llamado Andrés? ¿Y si su esposa Magdalena muriera se alegraría al cambiarla por la señora Josefa? Así que dijo:
─Buena idea. Gracias por el consejo. ─Y siguió caminando cuando el semáforo se lo permitió.
Tan sólo tenía ganas de huir a ninguna parte, pues todas partes le parecían iguales y carecía del valor para alejarse más de veinte kilómetros de su ciudad por un impulso repentino. Así que caminó sin rumbo, nada más. Ahora su casa le parecía incluso grande y poco apetecible. Un paseo bajo un día desagradable era mejor opción que sentarse en el sofá a esperar el abrazo de un gato que nunca llegaría.
Llegó hasta una parada del Cercanías, pero no por voluntad propia, sino por pura casualidad. Sacó su abono transporte y entró hasta el andén. Allí estaba, sobre un suelo hormigonado, gris y feo, con un borde pintado de amarillo a modo de aviso. Se acercó al borde más de lo que nunca lo había hecho, hasta dejar las puntas de sus zapatos colgando del vacío de metro y medio sobre las vías, todo un abismo para ella.
Vio una ambulancia sonar a lo lejos, viniendo a toda prisa hacia la parada, con dos enfermeros sacando la camilla y corriendo entre los gritos de los testigos. El feo gris parecía más colorido, adornado con difusas florecillas rojas pintadas con su propia sangre salpicada. Por primera vez vio una utilidad a su inútil vida, dar color a las horrendas arquitecturas que nos rodean y de las que apenas nos damos cuenta. Pues si miramos a fondo nuestra ciudad, veremos que abundan marrones y grises que no hacen más que encubrir los cuerpos de los viandantes, camuflando nuestra propia falta de alegría.
Un golpe interrumpió sus paranoias suicidas y volvió a su soledad del andén. Ni ambulancias, ni testigos, sólo gris. Algo había golpeado su cabeza justo cuando llegaba el tren a la estación. Miró a su alrededor y vio una pequeña caja en el suelo. No fue difícil de encontrarla entre tanta sobriedad decorativa.
─El tren va a salir ─dijo el megáfono.
Lucía corrió, agarró la caja y se montó en el tren justo cuando las puertas se estaban cerrando. Jamás se había introducido en lugar alguno sin la seguridad de saber que tenía tiempo suficiente para hacerlo sin riesgo. Casi le faltó el aliento por aquel pequeño esfuerzo, pero logró entrar. El último vagón estaba atestado de personas con cara de enfadados, que viajaban a sus trabajos y que ocupaban los asientos vacíos con sus pertenencias a modo de parapeto contra otros usuarios. «Personas que evitan a las personas» pensó mientras avanzaba hasta la ventana trasera del tren para hacerse un hueco alejado dónde apoyarse. Abrió la misteriosa cajita.
Los ojos de Lucía brillaron reflejando la piedra del anillo. Nunca había recibido ninguno ni lo esperaba, pero sabía que aquel anillo no era un regalo de aniversario, ni del día de la madre, aquel anillo era de pedida, porque ella notaba esas cosas. Echó una mirada al cielo por la ventana, en búsqueda de sentido a aquella caja voladora. Y le vio, en lo alto del puente. Un joven gesticulaba nerviosamente allá arriba, como queriendo recuperar lo que era suyo. Pero aquel anillo no había volado tanta distancia por caerse en un descuido, sino que había sido lanzado. Aquel extraño se había arrepentido de lanzarlo por alguna razón y detrás de aquel arrepentimiento había toda una historia desconocida que llamó su atención. Mientras el tren se alejaba, Lucía miró al chico y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

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Frigg
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Frigg » 21 Abr 2017 16:54

Las vidas cruzadas en esas vías cruzadas. Me gusta. Me gusta cómo dibujas a los personajes y cómo nos adentras en su soledad. El personaje de Lucia, con ese abrigo de paño rojo entre el asfalto gris, lo veo como una flor que nace en la piedra; desubicada, frágil pero sobreviviente ante lo árido. Y Jerónimo, ay el muchacho, que va derrumbando moralmente a todo el que se cruza en su camino. Me encanta su declaración de amor, y eso que suelo odiarlas todas, pero me gusta no como una proclama del amor sino como un mensaje que todos nos deberíamos de plantear... ¿Estamos en unas escaleras mecánicas, subiendo sin movernos, sin vivir de verdad?
Creo que has hecho un buen trabajo. Te tendré en cuenta en las votaciones.
“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
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Paraná
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Paraná » 24 Abr 2017 18:40

Muy buen relato. Es una de esas historias en que saber el "final", qué pasó con los personajes, no es lo importante. Me gusta la prosa; es clara, suave y eficaz. Algunos errores de vocabulario o gramática (pequeños, en realidad) merecen ser revisados.
Me quedo pensando si los personajes se encontrarán otra vez, o cómo podría haber afectado sus vidas ese cruce en la estación de trenes...
(Si alguna vez escribes sobre ello, me gustará leerlo)
Última edición por Paraná el 29 Abr 2017 06:57, editado 1 vez en total.

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Mario Cavara » 24 Abr 2017 19:05

El relato es bueno y está bien construido. Desarrolla además bien la sintaxis, superando con solvencia el habitual defecto de las frases cortas. Sin embargo, adolece de contenido poético, no emociona, no hay apenas comparaciones ni metáforas (y eso que el tema daba para ellas), no hay en definitiva estética literaria.

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Paula De Grei » 24 Abr 2017 21:08

Dos pérdidas, dos pensamientos suicidas conectados a través de un desgraciado anillo.
Me gustó la idea de dos historias en una, pero al iniciar la segunda parte me sentí un poco perdida, primero por cómo comienzas el final de la escena a grito de "¡chico, chico!, luego pensé que Lucía era la misma que había rechazado a Jerónimo.
Espero haber aportado.
Buen concurso!
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prófugo
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por prófugo » 25 Abr 2017 00:04

Estimado(a) autor(a):

Donde y cuando menos te lo esperas puede aparecer el amor de tu vida..o la persona que de alguna manera cambie para bien tu existencia...ya sea solo con verlo..o por un simple detalle, como en este caso con la caja del anillo de pedida de mano.

Me ha gustado tu relato. Muy bien escrito, fácil de leer y entretenido. Te felicito :-)

Un abrazo y gracias por compartir tu criatura con nosotros :60:

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Tolomew Dewhust » 25 Abr 2017 13:30

Estação da Luz, São Paulo
25 de abril de 1997


Hola Larús,

... hoy he recibido tu carta.

Letras demasiado tristes como para que me cautiven, y, tal vez, una voz un tanto plana incapaz de encandilarme. El conjunto es redondo, lo sé, solo que... bueno, igual nos vendría a ambos bien tomar cierta distancia... darnos un tiempo.

Sin embargo, soy consciente de que has sido capaz de hacerme partícipe de esa melancolía con la que escribes... y, eso me sobrecoge. Significa que lo has hecho bien, muy bien, aunque yo no sea el mejor auditorio para tus melodías...

Siempre tuyo, T.D.

Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
si te gusta, es tu castillo.

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Dama Luna
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Dama Luna » 25 Abr 2017 16:25

Está bien llevado, la prosa fluye y se lee con naturalidad, es muy agradable de leer, a pesar del tono melancólico del relato.
El diálogo entre Jerónimo y Eva me ha sonado un pelín forzado, nada grave en todo caso.

Me gusta la contraposición de personajes, uno incapaz de sentir y la otra que atrapa cualquier atisbo de emoción en el aire para hacerlo suyo. Y las descripciones también, por cierto, con unas pocas pinceladas has pintado muy bien el cuadro donde se desenvuelve la escena.

Te recordaré en mis votos. Suerte!

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Ororo » 26 Abr 2017 17:31

Creo que es una historia buena con unos personajes que, algo más perfilados, también son buenos y ricos en matices. El título también está muy bien, puesto que hace alusión a las vidas y a las vías.

Pero ahí se queda. Jerónimo da mucho juego. De hecho, en algún momento me ha parecido que el autor jugaba con su parte grotesca con todo eso de los guiños y los aspavientos del final. Lucía también, por su fragilidad. Pero no he visto que hayas sacado todo este partido. Lo mismo que a la historia: un cruce, una casualidad, dos "locos" en un mundo lleno de "grises" (bastante visto, pero bueno) que empieza a ser, pero no llega.

A todo esto, la narración nada fluida para mi gusto y cargada de frases artificiales, no suma nada positivo. Pongo ejemplos para explicarme: "seres acuáticos multicolor", "caminó paralelo a las jaulas", "colocó su cuerpo para estar cómoda de pie", y la frase de la señora con la que se roza es para reconstruir totalmente. Con esto quiero decir que, antes de dejar una frase tal cual, hay que dar muchas vueltas para que suene lo más natural posible. No por añadir palabras o ponerlas rebuscadas se consigue una mejor prosa.
"Le ponía triste la tristeza de un espectador". Vamos, que un repaso le hace falta.

Así pues, ni por fondo (le falta algo que no sea tan gris ni tan cursi) ni por forma.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Ratpenat » 29 Abr 2017 08:20

Está bien el relato. Es melancólico pero no se hace pesado. Creo que te he visto alguna falta pero nada que me haya chirriado en exceso. Suerte :hola:

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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Berlín » 29 Abr 2017 09:59

Dos seres solitarios que se cruzan en un punto concreto en un momento de sus vidas; ella le ve, él no. Dos historias, dos granos de arena en un gran desierto. No está mal. Tal vez lo que más me gusta de este relato es esa puerta que dejas abierta al final. La sonrisa de Lucía.

La prosa es muy buena, autor, pero los diálogos me han causado un poco de risa, y como la historia es trágica pues me he distraído imaginando que hubiera declamado yo, si hubiese sido Jerónimo.

Pero en conjunto me ha gustado bastante.

Del tema de los gatos ya no hablo, que luego piensan que estoy chalada. :cunao:
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por prófugo » 29 Abr 2017 10:30

Berlín escribió:
Del tema de los gatos ya no hablo, que luego piensan que estoy chalada. :cunao:
:meparto: Acaso es mentira? :dragon:

Disculpa autor(a) pero no pude evitarlo :cunao:


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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Spicata » 29 Abr 2017 11:56

Bonito relato, personajes muy bien definidos. Curioso destino que cruza las vías (y las vidas) de dos personajes melancólicos en un solo momento. Muy buena narración.

Mucha suerte.
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por jilguero » 29 Abr 2017 12:26

Me ha parecido un buen ejercicio de redacción, donde todo se describe con detalle (con demasiado detalle tal vez), con una prosa correcta, con unos personajes bastante convencionales pero que tampoco están mal (luego comentaré algo más sobre esto), se entiende todo con facilidad, no es excesivamente largo. Todas ellas cualidades que indican que es un trabajo muy correcto.

La historia, sin embargo, flojea ya que casi todo el peso de la originalidad del relato se lo das a ese cruce de historias, algo que me suele gustar mucho (me gustan las casualidades), pero ese cruce es tan abierto que al final me ha sabido a poco. Mi sensación es que no has ambientado mal pero que tal cual nos presentas la historia no es suficientemente atractiva como para que le deje a uno mucha huella (al menos es mi caso). Da la sensación de que tuviste la idea del anillo y montaste el resto para que ello ocurriese. Tal vez si cada historia por separado tuviese más enjundia, incluso con ese leve cruce me hubiera dejado ya más contenta. :roll:

De los personajes te quería comentar que me han resultado un pelín teatrales. La declaración, por ejemplo, me la esperaría más en una serie de estas de la tele donde se dice todo lo previsible con la idea de que los personajes nos resulten jocosos más que creíbles. Si era esa tu intención por quitarle hierro al asunto, perfecto. Si querías que nos tomáramos en serio su drama vital, conmigo no ha funcionado. :wink:

Conclusión, que con tu pluma y una trama con más ganchos seguro que eres capaz de montar un buen relato. Este, por supuesto, no es malo, pero para mi gusto entra en el gran pelotón. :60: :wink:
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Re: CPXII - Vías cruzadas

Mensaje por Nínive » 02 May 2017 17:35

Vías cruzadas

Idea: Siempre me ha gustado el entrecruzar de historias en los relatos. Aunque me he quedado en esta como si fuera un final inacabado. Me ha faltado algo. Dos seres incomprendidos unidos por un objeto en un instante y un lugar.

Desarrollo: Manías personales, me gusta más que la historia me muestre su desarrollo y que no sea el narrador el que me lo cuente todo y saque conclusiones por mí. Y eso ha hecho que me desconectara de la historia. En vez de sumergirme en ella, alguien está haciendo juicios de valor por mí,y no me ha gustado.
Y en el final: ¿Por qué la chica sabe todo eso solo al ver el anillo? No es muy coherente, te ha faltado espacio, yo creo, para desarrollar un poco ese final y no dejarlo todo a la sensibilidad de la protagonista y su visión de la historia.

Ejecución: la prosa se puede pulir bastante. Hay palabras repetidas y alguna frase que se podía haber mimado más.
Un... :60:
Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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