CPXII - Sombras - Kassiopea (2° Jur, 3° Pop)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CPXII - Sombras - Kassiopea (2° Jur, 3° Pop)

Mensaje por lucia » 14 Abr 2017 11:31

Sombras


Corríamos hacia la entrada del refugio más cercano mientras la sirena nos reventaba los oídos. La alarma había sonado cuando el pueblo ya dormía y la gente había invadido las calles echándose alguna prenda de abrigo por encima. El bombardeo era inminente. Había estado lloviznando durante todo el día y algunos resbalaban sobre los adoquines mojados, pero la mayoría seguía avanzando ignorando a los caídos. Incluso pasando por encima de ellos. El objetivo era llegar cuanto antes al refugio subterráneo.

Me agarraba al brazo de mi madre con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Sin embargo, no era la primera vez que, en plena noche, habíamos tenido que salir de casa a la carrera. No. Ni sería la última. Pero cada vez que se repetía aquella situación sentía cómo iba haciendo mella en mí el pánico, algo visceral y oscuro. No era solo por el inminente peligro —que también— si no por la reacción conjunta de la gente que, al tomar las calles, se convertía en una suerte de marea humana; un ciclón inmisericorde que arrasaba todo a su paso. Contemplar esa reacción en las personas que conocía —vecinos de toda la vida— me asustaba aún más que las bombas.

Cuando llegamos a la plaza nos encontramos con un tumulto ante la entrada del refugio. Recuerdo que me detuve y tiré del brazo de mi madre porque temía que el río humano nos arrastrase, incluso le grité: «¡Esperemos un poco, mamá!». No me escuchó. Lo cierto es que era tal el griterío que, en ese momento, apenas resultaba audible la estridente sirena. Enseguida nos rodearon y, recibiendo no pocos empellones, fuimos avanzando hacia la boca del túnel. Justo descendíamos el primer tramo de la escalera cuando cayó el primer obús y se desencadenó el caos. Un sexagenario barrigón nos empujó con saña y, en un instante, la marea humana nos arrastró a cada una por un lado...

Abajo, en los túneles, aún hacía más frío. Descubrí que me castañeteaban los dientes. Aquí y allá alguien sujetaba un cabo de vela o alguna lamparita de aceite, pero la penumbra reinaba en el lugar. Algunos permanecían en silencio, con la mirada un poco extraviada; otros rezaban y sujetaban un rosario entre los dedos; unos pocos lloraban. Busqué y pregunté, pero no logré encontrar a mi madre. Al final, exhausta, me rendí y decidí sentarme en un rincón hasta que todo pasara. Fue entonces, mientras intentaba cubrirme mejor con la chaqueta y frotaba las manos para entrar en calor, cuando me fijé en el hombre que estaba sentado cerca de mí. Era el barrigón que nos había empujado en la escalera, el dueño de la taberna y, según mamá, «un usurero y chantajista malnacido».

El hombre estaba sudoroso y me pareció que le costaba respirar. De repente, sus manos se crisparon y abrió mucho la boca, aunque solo salió de ella una especie de gorgoteo. En ese instante vi las sombras. Quedé paralizada por la sorpresa y el miedo, aunque... Sí, ahora sé que aquello también ejerció sobre mí una suerte de fascinación perturbadora.

Las sombras parecieron surgir de la pared de roca, justo de detrás del tabernero, estirándose y luego ensanchándose; insondables recipientes de oscuridad palpitando sobre un fondo gris. Dos de ellas fueron a enroscarse en su cuello cual serpientes negras, otras sujetaron sus brazos y piernas. ¡Era como si le estuvieran asfixiando!

El hombre las vio, igual que yo las estaba viendo, porque vislumbré aquel reconocimiento en sus ojos vidriosos. Solo por un instante. Unos segundos después la cabeza le cayó a un lado, inerte, mientras las sombras reptaban y se desdibujaban hasta desaparecer.

Aquella fue la primera vez que las vi. Acababa de cumplir los doce años. Ya nunca me han abandonado.


No hablé de ello con nadie hasta unos meses después, cuando coincidí con Clara en el hospicio. Ya la conocía de vista, como a todos en el pueblo, pero hasta entonces no habíamos cruzado más que algunas palabras de cortesía. Ahora creo, con la perspectiva que te da el paso del tiempo, que es precisamente en medio de la oscuridad cuando uno puede distinguir mejor la luz.

Sus ojos cálidos y aquella sonrisa amable que siempre lucía, por adversas que fueran las circunstancias, traspasaron todas mis reservas.

Clara, que tenía dos años más que yo, era la hija del farmacéutico; él la había instruido desde muy pequeña y prácticamente ya había aprendido todos los pormenores del oficio. Cuando las religiosas improvisaron una enfermería en una de las alas del convento —a causa de los numerosos bombardeos no había día en el que no hubiera que atender a algún nuevo herido y escasos recursos había para ello— enseguida pensaron en Clara. E incluso yo, que hasta entonces había sido una aprendiz de costurera —como en su día lo fuera mi madre— terminé remendando feas heridas en lugar de bonitos vestidos. Se me daba bien, la verdad, yo misma me sorprendí al descubrirlo.

Todos los días, si algún percance no nos lo impedía, Clara y yo nos ausentábamos durante algún rato de las dependencias del hospicio y la enfermería y visitábamos «nuestro rincón secreto». Se trataba de un campo de algarrobos que se extendía más allá de la tapia del cementerio. Allí, junto a un majestuoso algarrobo y fuera de los límites del camposanto, se hallaba la tumba de la madre de Clara. Puesto que fue una suicida no pudo ser sepultada en el interior del recinto. «Ahora es libre y tiene todo el campo para ella sola», solía decir mi amiga. Y sonreía.

Fue en una de estas ocasiones, mientras comíamos algarrobas maduras y pan negro sentadas junto a la lápida, cuando surgió el tema y decidí hablarle de las Sombras.

—Marta, ¿tú crees que los fantasmas existen? —soltó Clara de repente.
—¿Y qué crees tú?
—Yo pienso que... sí. Me gustaría ver alguno para comprobarlo —dijo. Y me dedicó una sonrisa traviesa.
—Pues yo... Yo... —balbuceé. Deseaba contárselo todo, pero temía su reacción.
—¡No me digas que has visto alguno! —exclamó, casi batiendo palmas.
—He visto... algo... Varias veces.
—¡Ohhhh! ¡Cuéntamelo todo!
—De hecho, han sido muchas veces. Pero... No creo que sean fantasmas.
—¡Ah! ¿Y qué son entonces? ¿Que fue lo que viste? ¿Cuándo? ¿Dónde? —preguntó atropelladamente con los ojos muy brillantes, ansiosa por saber.
Respondí todas sus preguntas lo mejor que pude:
—Son una especie de recipientes de oscuridad. Yo las llamo «Sombras». Aparecen cuando alguien está a las puertas de la muerte, en la enfermería las he visto en varias ocasiones. Pienso que siempre están al acecho, como aves carroñeras. Y hay ocasiones en las que esas Sombras parece que aceleran la muerte del desdichado enroscándose en su cuello... Creo... creo que se alimentan de la maldad que hay en la gente, pues nunca las he visto aparecer cuando mueren personas bondadosas.
—Entonces... ¿Crees que se llevaron a mi madre? —quiso saber, de repente muy preocupada.
—Tu madre era una santa.
—Pero se suicidó...
—Eso no importa. Era una buena persona.
—Sí.
—Claro.

Después permanecimos un rato en silencio. A veces sobran las palabras. Tumbadas sobre la hierba contemplamos cómo las nubes algodonosas eran mecidas por el viento.


Que el farmacéutico se había escaqueado del llamamiento a filas escondiéndose como una rata lo sabía medio pueblo, y la otra mitad lo imaginaba. Las malas lenguas decían que su esposa había preferido la muerte a soportar semejante vergüenza, pero los motivos de la suicida habían sido otros.

El pasatiempo preferido del reputado farmacéutico siempre fue el de asaltar las camas de todas sus criadas, en especial las de las más jóvenes e ingenuas. Y a más de una, y de dos, había echado luego a la calle cuando empezaba a ser evidente que se les abultaba el vientre. «¡En mi casa no hay lugar para casquivanas inmorales!», aún tenía el descaro de decir cuando les cerraba la puerta en las narices.

En el dormitorio de la esposa ya hacía años que él no entraba, aunque ella así lo prefería. A esas alturas ya lo aborrecía con todas sus fuerzas y apenas soportaba tener que vivir bajo su mismo techo... Y llegó el día en el que ya no lo soportó.

Tras la llegada de la guerra y la muerte de la señora —se decía en el pueblo que la pobre padecía «de los nervios» y que una noche se le fue la mano con el láudano—, todas las criadas fueron marchándose para reunirse con sus propios familiares. El señor de la casa quedó pues malviviendo en un zulo, escondido en el sótano, y Clara fue la única nota de color en aquel caserón gris.


Un día, poco después de hablarle sobre las Sombras, vi a Clara más pálida y ojerosa de lo habitual. De repente parecía demacrada y la calidez de su mirada había desaparecido para reflejar en su lugar una profunda tristeza. Me alarmé mucho. Respondió a mis preguntas con una sonrisa forzada, intentando quitarle importancia al asunto, pero para mí eso fue lo más revelador: sus sonrisas nunca eran forzadas. Se resistió mucho, pero me vio tan preocupada que, al final, cuando estábamos solas en «nuestro rincón secreto», me lo contó.

—Mi padre... —murmuró, evitando encontrarse con mis ojos.
—¿Qué ha pasado? ¿Le ha ocurrido algo?
—Él...
—¡Cuéntamelo, por favor!
Y entonces Clara se subió la manga del vestido para dejar a la vista unos feos cardenales que cubrían buena parte de la piel blanca de su antebrazo. Unos lagrimones empezaron a rodar por sus mejillas. Luego, apoyándose un poco en la lápida de la tumba, se levantó la falda para que pudiera ver todos los hematomas y arañazos que dibujaban un mapa sobre sus piernas y muslos.
—¿Tu padre te ha hecho esto?

No pude decir nada más. Ella tampoco. Solo nos abrazamos y lloramos juntas. Aquel día no hubo nubes de algodón.


A partir de ese día Clara vino a pasar las noches con mi madre y conmigo. No tuve que insistir demasiado para convencerla. Y siempre que iba a su casa, en busca de algo o para dejar un poco de comida, yo la acompañaba.

Durante una de esas breves visitas al caserón empezó a sonar la sirena anti-aérea avisando a todo el pueblo de la inminencia de un bombardeo. Otro más. A esas alturas ya llevábamos tantos que el ritual casi se había convertido en costumbre. Casi. La gente seguía apresurándose por llegar cuanto antes al refugio, por supuesto, pero apenas había ya empujones ni pisotones. Incluso había mujeres que aprovechaban la espera forzosa bajo el subsuelo para seguir tejiendo calcetines o bufandas, o remendar por enésima vez prendas viejas.

Cuando todo terminó y subimos a la calle, nos encontramos con que la explosión de un obús había destrozado gran parte de la casa de Clara. «¡Papá!», exclamó ella, corriendo hacia los escombros. Pero yo permanecí inmóvil, incapaz de avanzar. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera muerto.

Lo encontraron horas después, en plena noche. Tenía dos costillas rotas y un golpe en la cabeza, aunque lo peor era la pierna derecha: prácticamente había quedado aplastada bajo un montón de escombros.

—Habrá que amputarla —dijo el anciano médico, más encorvado por el cansancio que por la edad.
Acordaron que la operación se haría al alba. Durante la noche sufríamos restricciones de luz y las lámparas de aceite resultaban insuficientes.
Clara acercó un vaso de agua a los labios de su padre y este la increpó:
—¡Mala hija! ¿Dónde estabas?
—Pero papá...
—Clarita, mi Clarita... —dijo de repente, suavizando el tono de voz—. No, si ya sé que en realidad no tienes la culpa... Es que todas sois iguales.


Me llevé a Clara de allí y, aunque no quiso marcharse a casa con mi madre, pude convencerla de que se quedara en la habitación de al lado y, por lo menos, intentara descansar un poco. El doctor también se retiró para echar un sueñecito.

—Yo me ocuparé de él, podéis estar tranquilos —aseguré—. Os avisaré si hay alguna novedad.
Había llegado el momento de darle su medicina.
Cuando el láudano empezaba a hacer efecto, le dije:
—Nunca tendrías que haber salido de ese sótano.
Se le abrieron mucho los ojos y las pupilas se agrandaron.
—Pero no importa, pronto vas a regresar a él. Para siempre.

En ese instante aparecieron las Sombras. Reptaron sinuosas sobre la pared y subieron por las sábanas, pasando por encima de la pierna destrozada. Él las miró, aterrado, e intentó moverse para huir de ellas, pero ya estaba muy narcotizado y apenas le quedaban fuerzas. De entre sus labios temblorosos salió un grito ahogado y, haciendo un último esfuerzo, me agarró del brazo. Mientras intentaba liberarme, una de las Sombras se enroscó en su cuello.

Entonces aquel ser me miró. Fue como asomarme a un pozo negro, a un abismo de oscuridad y podredumbre. Comprendí que en mi interior también había un rincón oscuro con un monstruo agazapado, tal vez esa era la causa de que pudiera verlos. Y tuve la terrible certeza de que un día vendrían a por mí.

Grité. Grité como nunca antes lo había hecho.

Me encontraron junto a la cama. El hombre seguía aferrando mi brazo con su mano muerta. Cuando consiguieron aflojarle los dedos descubrieron la marca que había dejado sobre mi piel. Dijeron que solo era un morado, que desaparecería en unos días, pero sé que esa sombra oscura me acompañará el resto de mi vida.

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Frigg
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Frigg » 21 Abr 2017 15:11

Creo que has hecho un trabajo muy digno. Tu relato está correctamente escrito y se lee fluido, manteniendo el interés de la historia. Me hubiera gustado que las sombras fueran llamadas por la protagonista, una especie de superpoder ante la gente que le hace daño a ella o a quien ella aprecia. El hecho de que una sombra negra venga a llevarse las almas es algo bastante recurrente, por eso me apetecía ese giro, ese poder sobre la muerte de una joven niña. Pero bueno, son percepciones mías, cuestión de gusto personal. Gracias por tu buen trabajo.
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Paula De Grei » 24 Abr 2017 16:13

No esperaba un argumento muy original dado el título, pero me llevé una gran sorpresa con todos los giros que hiciste para mantenerme atrapada, la descripción fue la necesaria y lo suficientemente clara como para producirme escalofríos, muy fluida por cierto. No sé si tu intención era que quedara explícito el hecho de que ella tenía cierto control sobre estas sombras, pero yo lo he sentido como que sí.

Gracias por el buen rato!
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por rubisco » 24 Abr 2017 16:47

¡Muy bien, autor o autora!

Has escrito un relato muy bien planteado. Me ha gustado prácticamente todo: la ambientación, los personajes, la idea de las sombras y cómo me has ido llevando por el texto hasta que la protagonista descubre que ella también alberga una mala persona en su interior. Recreaste especialmente bien la escena inicial de la huida hacia el búnker.

Estarás arriba en mis votaciones casi con total seguridad. Enhorabuena.

Gracias por compartirlo :hola: .
"La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor"

¡Ya puedes visitar mi sitio web!

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Dama Luna » 24 Abr 2017 16:51

Me ha gustado. Está bien escrito y la historia, si bien es verdad que no especialmente original (la niña angelical que en realidad convoca al mal) es interesante. Quizá la historia transcurre un poco demasiado deprisa, hay poca transición entre un episodio y otro, pero no molesta gran cosa al resultado.
Suerte.

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Paraná » 25 Abr 2017 19:33

Un relato bien escrito, sólido. La historia al principio no parece muy llamativa, pero la forma de narrar la hace interesante e invita a seguir leyendo sin pausa. Agregar a eso el final giro de tuerca lo convierte en un muy buen texto. Acaso la forma de las "sombras" me recuerden demasiado a algunas películas del género, como las de Ghost o Muertos de miedo (o algo así...). Pero eso no le quita el gusto.

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Tolomew Dewhust
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Tolomew Dewhust » 25 Abr 2017 19:59

Чернобыль, 24 de abril de 1986

Querida Larús,

... hoy he recibido tu carta.


Es, simplemente, perfecta.


Un relato redondo, en argumento y desarrollo. No me busques luego para ver si te di o no un puntillo porque aún me quedan demasiados y, probablemente, irán los míos a textos más imperfectos pero con un colorido singular -tipo poeta de la guerra o Harlem... lo cual, no me impide reconocer que el tuyo es un diez.


Siempre tuyo, T.D.




Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
si te gusta, es tu castillo.

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Tolomew Dewhust » 26 Abr 2017 10:44

Se me pasó ayer, Larús, decirte que cómo de bien utilizas los diálogos es de chino, :chino:.
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Ororo » 27 Abr 2017 17:01

Un relato muy bien escrito, bien contado, estructurado, formalito, muy mono. Lo que ocurre es que me ha sonado a ya leído. La guerra, ok; las niñas confidentes, vale; buena situación de lugar, perfecto; pero no me aporta nada nuevo. No me mueve ni un pelo.

El asunto de las sombras podría haber jugado su papel fantástico en la crudeza de la guerra, pero también se me ha quedado corto. Además, con perdón, el regusto a Ghost no he podido quitármelo de la cabeza.

Lo dicho, formalmente no tiene pegas, pero no me ha emocionado.
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por jilguero » 27 Abr 2017 21:24

Pues no sé si es que ya estoy saturada de relatos o qué, pero me acabo de leer el tuyo, autora (me da eres fémina), y otro más que comentaré a continuación, y mi sensación en ambos casos es que obviamente estas historias no las podía haber leído porque no estaban escritas, pero que en ninguno de los elementos que las integran (ambientación, protagonistas, presencia anunciadora de la muerte) he tenido sensación de sorpresa.

Pero dejando a un lado mi sensación personal, está bien escrito, bien estructurado, se entiende sin problema, no noto incoherencias. Por lo que concluyo que el único problema que le veo que es una historia no suficientemente distinta a otras que he leído y que por eso no me ha llamado mucho la atención. A las sombras tal vez les podría haber dado un papel más relevante, lo digo por diferenciar más esta narración de otras.

Conclusión, yo creo que este no es un mal relato. Lo que pasa que, después de tantos concursos, que muchos escribáis bien no es ya ninguna sorpresa y mis expectativas van más porque me sorprendáis con la originalidad de la historia y/o con la originalidad en la forma de contarla. Pero que yo espere demasiado es mi problema, autora , y no el tuyo. Así que, mucha suerte y a seguir escribiendo. :wink:

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Ratpenat » 28 Abr 2017 19:24

Me ha gustado el relato. Es de los que mejor están escritos.

...sin embargo...


Te diría que le falta un escalón más. Le falta el punto terrorífico. Tal cual está contado no he notado el miedo o la tensión que yo creo que le falta.

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Spicata » 28 Abr 2017 19:56

Un texto muy bien escrito, estoy con Frigg en que me hubiese gustado que la protagonista invocase a las sombras, creo que ese hubiese sido "la creme de la creme" de este relato. Ágil, fácil de leer y con la sensación de querer un poquito más. Por cierto, muy buena ambientación. Touché.

Mucha suerte.
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Edgardo Benitez » 28 Abr 2017 22:04

Está para llevarla al cine. Me encanta esta historia como nueva.

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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Tolomew Dewhust » 06 May 2017 17:07

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Me ha pedido Larús que lo aúpe un poco...
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Re: CPXII - Sombras

Mensaje por Berlín » 06 May 2017 20:19

Autor, he venido por aquí como cuatro veces ha comentarte y no se me ocurre cómo. Se supone que entre otras cosas los comentarios deben ser constructivos, aportar algo que tal vez el escritor no sepa o no haya visto y no solo decirle que ha gustado poco, o que no ha conseguido emocionar. Con un tema como la guerra, el suicidio y la violación de un padre a su hija yo debería estar ya con un nudo en la garganta. Y no ha sido así, pero no sé decirte por qué. De ahí mi impotencia.

Puedo en cambio decirte que está muy bien escrito e hilado y que la historia -ya, a mi también me recuerda a Ghost y en cierta manera a la Milla verde- está bien estructurada y que el final me ha convencido bastante. Me gusta que esa niña piense que dentro de ella hay un ser malo y que las sombras vendrán un dia a por ella. Eso lo ha cerrado muy bien.

Espero no haber sido muy cruel. Suerte y un abrazo por si acaso.
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