CT II - Sobreviviento a las ratas - Konchyp

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
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CT II - Sobreviviento a las ratas - Konchyp

Mensaje por lucia » 23 Oct 2017 18:14

SOBREVIVIENDO A LAS RATAS

Entre la densidad de la niebla, un enjambre de ratas negras se abría camino sobre la inestable pasarela. Su voracidad y atropellamiento asqueaban a los presentes, marineros la mayoría y algunos hombres de mala calaña. Con ignorancia, observaban el descenso de los únicos supervivientes del navío mercantil que acababa de llegar al puerto de Leith como si de un barco fantasma se tratara. Arrastraban una pestilencia que calaba hasta los huesos. Vómitos y arcadas se repitieron en torno al barco. Entre tal repugnancia, una voz ronca y austera resonó, invisible entre la atmósfera neblinosa, culminando con el sonido del cañonazoi que marcaba la una de la tarde.
—Las ratas nacerán de las tinieblas y traerán la oscuridad allí donde vayan. ¡Huid ahora que estáis a tiempo!
La brisa marina se adhería a los ojos de los hombres sellando el hedor del barco en sus retinas y penetrando por cada uno de sus orificios hasta colmarlos de asco. Subían a la pasarela, pateando incrédulos, la avalancha peluda que los envolvía. Se protegían la boca inútilmente con sus mugrientas mangas de largos puños fruncidos, mientras confirmaban la horrenda fatalidad de toda la tripulación. Cuerpos difusos, con cuellos deformados y extremidades renegridas, aparecían esparcidos por la cubierta y rodeados de secreciones ensangrentadas que jugaban malas pasadas al equilibrio. Tras ellos, los chillidos de las ratas se difuminaban en la nívea lejanía.
La decadencia lumínica de la fecha y los bancos de niebla típicos de la región facilitaron la rápida expansión de los roedores. Corrían despavoridos por las calles insalubres del puerto, arrastrando sus sombras con desquicio hasta crear espectros en la neblina. Como si huyeran de una amenaza invisible, entonaban juntas un chirrido alarmante mientras avanzaban junto a las paredes ennegrecidas por el paso del tiempo y los orines de los viandantes. Junto a sus chillidos, una batalla de uñas contra piedras subía por las empinadas calles hasta llegar al corazón de la ciudad. Cuanto más se acercaban al castillo, más frecuente se hacía la lluvia de excreciones lanzadas desde las ventanas al grito de ¡Agua va!
Llegaron a la plaza del Mercado de Cereal y algunas, atraídas por el gentío, el olor a whisky y cerveza de malta, entraron en una taberna donde se ofrecía el último trago a los condenados a la horca. Maggie Dickson disfrutaba de su último whisky tras haber sido sentenciada por ocultamiento de embarazo. Sintió que la muerte atravesaba la puerta del local para acompañarla de la mano en sus últimos momentos. Recordó a su hijo mortinato y las ganas que tenía de reunirse con él. Suspiró resignada, observó a las ratas rascarse con fervor bajo la mesa y levantó su vaso al aire en honor a un futuro devastador que sabía que nunca presenciaría.
Las sentencias se llevaban a cabo en el mismo mercado, a la vista de todos los ciudadanos. Un espectáculo que atraía cada día a una multitud estremecedora que esperaba con ansia la justicia con el crujir de un cuello o el convulsionar de un cuerpo colgado y falto de oxígeno. Maggie salió de la taberna con sus manos atadas a la espalda para ser engullida por el bullicio de la plaza. Llevaba puesto el mismo vestido que su amante había robado para ella, mucho antes de que la abandonara, y que ahora, le ceñía su pecho de tal modo que empujaba sus intimidades a sobreexponerse. Un movimiento brusco del verdugo la hizo gemir. La soga era tan recia y ardua que le arañó la piel, pero también le hizo sentir el ardiente martilleo que azotaba su garganta con cada latido, el mismo que sintió unos días atrás cuando paría a su hijo sin vida. Sin duda, ese martilleo anunciaba la inminente caricia de la muerte. Del centro de la plaza brotaba un cielo tenebroso sembrado de criaturas coléricas que reclamaban su alma. Le pareció distinguir el rostro de su madre entre tanto demonio, le dedicó una última sonrisa a ese ángel entre las tinieblas y sintió de golpe el vacío bajo sus pies. Su cuerpo se retorció ante la intensa presión de su garganta y sus músculos se contrajeron y contorsionaron en el aire poseídos por una fuerza invisible que la dominaba, le robaba el aliento y de la que no podía escapar. En la cercanía, el graznido acusador de un cuervo retumbaba en su cabeza con alevosía. Pronto, la negrura insoportable la devoraría entre fauces famélicas, mitigando por fin sus sentidos.
Aquella tarde, Maggie fue ahorcada en el centro del Mercado de Cereal. Sus pies colgaron entre convulsiones, insultos y escupitajos hasta que todo cesó. Su cuerpo fue apostado en un ataúd de madera que más tarde enterrarían en el cementerio local. Los presentes, como si de una celebración se tratara, acompañaron al carruaje del féretro para dar por finalizada la sentencia con su entierro, pero, a medio camino, unos golpes surgieron del lugar más inesperado. La niebla, aún presente, ondulaba alrededor del carruaje, ocultándolo bajo sombras blanquecinas. El sonido consiguió acallar a la muchedumbre en una lúgubre sinfonía. La marcha cesó y el carruaje se detuvo en seco. Los golpes desesperados resurgieron con fuerza, escoltados, esta vez, por un lamento afónico. El enterrador tiró las riendas del caballo a un lado, arrugó la cara y saltó decidido sobre uno de los muchos charcos que embadurnaban la ciudad. Con valentía disimulada se dirigió hacia el insólito clamor, a pesar de los bufidos constantes del animal. La tirantez de sus labios se invirtió cuando descubrió con sus propios ojos las sacudidas del féretro. La multitud retrocedía con estupor, abriendo paso a los pocos que se atrevieron a acercarse. Forcejearon la tapa, que crujió varias veces quebrantando el silencio retenido hasta que el apuntillado cedió. Las sacudidas cesaron por un instante, pero un chillido agudo se escapó entre la pequeña apertura. Dos sombras como relámpagos salieron con algarabía del ataúd, levantando un asombro sincronizado entre los espectadores. Las ratas abandonaron su eterno encarcelamiento para reunirse de nuevo con la vida. La cara del enterrador parecía descomponerse por momentos mientras arrancaban la tapa de su anclaje por completo con un último crujir. Unas gotas frías de sudor le resbalaban entre la barba casposa y su rostro, sucio como el que más, empalideció casi hasta confundirse con su entorno. Retrocedió y las partículas de agua que flotaban en la atmósfera se arremolinaron frente a él como una cortina que se recoge para mostrar lo que esconde tras ella. Con una lentitud mortal, el cuerpo de Maggie se alzó. Su cuello, amoratado y bien marcado por la soga de su condena, giraba petrificando las miradas que la alcanzaban. Los primeros gritos helaron la sangre a los que no alcanzaban a ver gran cosa y desembocaron en un tumulto de invocaciones y rezos. Algunos huyeron espantados y otros quedaron clavados en el sitio sin dar crédito, cubriéndose sus rostros o pidiendo clemencia a un dios misericordioso e inexistente. Los ojos vacíos y violáceos de Maggie se desbordaban, marcando su rostro mudo con chorreones oscuros e inquietantes.
A pesar de la decepción y quejas de algunos, la sentencia era firme y clara. Se entendió que Maggie Dickson ya había cumplido su condena. La medio ahorcada, como así la llamaron desde entonces, volvió a casa con su familia, un hematoma pavoroso, una ligera urticaria y un mal recuerdo que la acompañaría hasta el final de sus días, tan sólo una semana después.
Las ratas abandonaron a Maggie y el mercado para continuar su marcha a través de la ciudad, la cual se había transformado radicalmente con el paso de los años. Dentro de las murallas, protegida de probables invasiones inglesas y con una población en aumento, la ciudad no tuvo más que crecer hacia lo alto. Edificio sobre edificio fue construido para satisfacer las demandas de la población. Las casas se apilaban verticalmente hasta una altura de ocho pisos, desafiando la inclinación del terreno en el que la ciudad se asentaba. Los más adinerados vivían en los pisos superiores, protegidos en las alturas del ausente alcantarillado de la época. Entre los edificios, las estrechas calles serpenteaban ahogadas en la lobreguez, infestadas de vida, pecados y peligrosidad. Desde el castillo, un río insalubre bajaba por su espina dorsal, acumulando los desechos humanos que terminaban inundando el olvidado inframundo, lugar donde los pequeños foráneos establecieron su hogar.
Más dispersas, las ratas anduvieron por el laberinto de enrevesadas callejuelas, bajo edificios estirados con pintorescas chimeneas asimétricas que expedían una continua humareda negra. La atmósfera punzante invitaba a la arcada fácil, pero la ausencia de opciones forzaba a sus habitantes a acostumbrarse. Desertores, ladrones, prostitutas, traidores, violadores, asesinos, fugitivos y demás escoria humana se hacinaban en los deplorables pasajes entre las familias más pobres, los más desamparados y algunos mercantes, que ni siquiera llegaban a mediocres. Todos ellos abandonados a su suerte, viviendo su propia realidad en su propio mundo oculto bajo las sombras.
Algunos las vieron llegar, pero no se sorprendieron. Ya había bastantes animales callejeros como para preocuparse de un montón de ratas más. Se colaban por las casas y rapiñaban lo poco que allí encontraban, dejando su rastro tras de sí. Entraron en la casa de la pequeña Annie por un hueco bajo la puerta, el mismo sitio por el que se colaba ese río inmundo y deplorable cada vez que llovía, cosa que ocurría a menudo. Parte de las aguas fecales de la ciudad se acopiaban en la única habitación en la que vivían. Ignorantes aún de la higiene, devolvían lo acumulado a la calle sólo cuando el olor se hacía insoportable. El único lugar que la familia de Annie podía permitirse era uno de aquellos bajos de paredes frías y húmedas, donde la luz brillaba por su ausencia.
Una ráfaga de viento pútrido entró por la puerta. Su padre había llegado sano y salvo tras una insufrible jornada laboral. Su hija dejó sobre la mesa el peluche roñoso con el que jugaba para lanzarse a sus brazos tan pronto lo vio entrar.
—¡Padre!, ¡qué bien que hayas vuelto!
Traía la cena envuelta en un harapo que, en el mejor de sus tiempos, fue de color marfil, sin agujeros ni jirones. Pensó que un mendrugo de pan duro sería suficiente para alimentar a su familia esa noche y su esposa se lo agradeció con un tierno beso en los labios. Con la mano manchada de carbón sacudió el moho que lo cubría. Sus esporas danzaron contra la luz de la vela, adueñándose del aire que respiraban. Partieron el trozo en tres y compartieron la más agradable de las cenas en familia. Las miguitas desperdiciadas fueron recogidas, casi al instante, por las ratas negras que ahora también compartían su casa. Tras la cena, en la esquina menos mojada y sobre un montón de paja sucia, durmieron abrazados para combatir el frío del inframundo.
Un par de noches más tarde, Annie despertó sobresaltada. Sintió que algo o alguien la observaba. Posó sus manitas a cada lado, sobre sus padres, y notó que su mamá desprendía mucho calor a pesar del frío constante de su casa. Un débil chirrido captó su atención. La oscuridad era impenetrable, no podía distinguir la silueta de sus padres, sólo su aroma, pero sabía que dormían profundamente. Otro chirrido irrumpió en la distancia y esta vez, Annie vislumbró algo. Unos ojos rojos, diminutos y brillantes la observaban desde una esquina. De repente, un zumbido incómodamente cercano la distrajo y, al volver la mirada, los ojitos habían desaparecido. Culpó a su imaginación y al sueño de sus visiones y cuando comprendió que el zumbido provenía de los escalofríos que su madre estaba sufriendo, la abrazó con fuerza hasta que se durmió.
A la mañana siguiente, los abrazos de Annie no habían servido de mucho. Su madre tenía mucho frío a pesar del calor que emanaba de su piel. Un dolor de cabeza terrible la había obligado a permanecer en cama, abrazada al cubo de las excreciones. Madre e hija dejaron de pedir limosna a partir de ese día. Annie tampoco tendría que esperar a su madre mientras trabajaba en callejones infernales con clientes deplorables al final de la jornada. Pocos días después, su madre ya no es la que era. Su olor, más parecido a la podredumbre de la calle que el que ella recordaba, hacía que no la reconociera cuando, en la oscuridad, lo único que Annie distinguía de su madre era su aroma natural. A la luz de la vela, unas llagas sangrantes y oscuras ocupaban su cuerpo. De su cuello nacía una protuberancia escalofriantemente dolorosa y sus entrañas se revolvían en su interior buscando posibles y explosivas salidas. Annie sufría impotente con cada uno de sus quejidos y cuando esto ocurría, buscaba en la penumbra de las esquinas a aquellos diminutos ojos rojos en busca de consuelo.
Tras otra jornada infernal para pagar la renta, el padre, desesperado, salió de casa con su hija de la mano. Zarandeaba por las calles a caballeros con chaqueta y botas altas rogando ayuda por su esposa moribunda. La lluvia caía pulverizada, pero con intensidad, gritos y risas macabras los rodeaban, sombras extrañas acechaban cualquier oportunidad desde las esquinas y la profundidad de las calles se emborronaba con formas inconclusas. La noche y el día en el inframundo eran una misma cosa, una extensión del tiempo en las oscuras entrañas de una ciudad donde el mal no descansa. Annie veía el miedo aferrado a los ojos de su padre. Estaba tan fuera de sí que evadió las conversaciones de los callejones, donde se hablaba de una maldición que estaba invadiendo la ciudad. Annie escuchaba todo esto sin entender realmente lo que significaba, pero podía notar el terror en sus rostros. También notó que, sobre algunas de las muchas puertas que llenaban los callejones, colgaba un trapo, más o menos blanco. Tras ellas, se podía escuchar los lamentos que profanaban su interior, pero Annie trató de ignorarlos y en vez de llantos y desconsuelo imaginó risas y alboroto. Mientras ascendían a empellones y codazos por la Milla Real, la espina dorsal de la ciudad, la niña topó con alguien y su peluche escapó de sus manos.
—¡Padre!, ¡He perdido a Gordito!, tropecé con alguien, lo llevaba en la man...
—Annie, por favor, ahora no. Tu madre está muy enferma, ¿lo entiendes? —interrumpió su padre con la más dulce de las regañinas, tirando de su mano suavemente para poder avanzar.
Los llantos de Annie se ahogaban entre el bullicio de las calles y la fina lluvia que caía, constante e impetuosa. Volvió a mirar hacia atrás, buscando a Gordito entre el ajetreo nocturno. Creyó verlo flotando calle abajo, en el arroyo que arrastraba los desechos de una sobrepoblación en auge. Quizás el agua lo lleve de vuelta a casa, pensó Annie, recuperando el espíritu y secando sus mejillas mojadas.
Ya se sentía mejor cuando su padre consiguió el interés de un viandante. Llevaba lentes, sombrero y bastón. Vestía una túnica de cuero oscuro, así como sus guantes, sus botas y el pesado maletín que cargaba. De buen grado, accedió a ayudarles. Los adultos hablaban apresurados de cosas que Annie no conseguía entender, pero sabía que hablaban de su madre en un tono alarmante. Antes de entrar a la casa, el extraño sacó de su maletín una máscara negra, con una nariz excesivamente larga y picuda, se la colocó frente a la cara y ajustó la correa por detrás. El hombre informó que era necesario para combatir la maldición. La grotesca imagen en la que se había convertido aquel extraño espantó a los vecinos, quienes se encerraban en sus casas tras un portazo.
—Cariño, he encontrado a un doctor que te va a ayudar —anunció el padre ilusionado tan pronto cruzaron el umbral.
De los labios de la mujer no salió más que un leve murmullo de asentimiento. Su aspecto era lamentable y el doctor no quiso perder más tiempo.
—¿Sería tan amable de colocar un trozo de tela blanca en la puerta, por favor? —preguntó educadamente el doctor mientras escudriñaba en su maletín produciendo un tintineo inquietante.
El padre, obediente, hizo lo que se le indicó. Colocó a su mujer cuidadosamente sobre la mesa, la besó y se sentó junto a su hija en la misma esquina en la que días atrás ella descubrió aquellos ojitos en la oscuridad. No se percató de que su pequeña sostenía entre sus sucias manitas una rata pequeña de ojos brillantes que parecía encantada con sus caricias. Los tres observaban todo desde la penumbra de la vela moribunda, que aún combatía sobre la mesa la noche eterna.
La habitación, por primera vez y como si se tratara de una señal, olía diferente. Una esencia a especias inundaba empalagosamente el ambiente y ocultaba la insalubridad de su casa. Annie inspiró alentada por la fragancia mientras que, del abultado maletín, el doctor sacaba cuchillos dignos de un carnicero de renombre y manchados con la sangre seca del paciente anterior. Cogió uno cualquiera, desgarró la ropa de la mujer y se abalanzó sin demora para rebanar las anomalías del cuerpo esquelético que descansaba sobre la mesa. Hundía el cuchillo en profundidad, como si se tratara de mantequilla, en las axilas, en las ingles... hasta que el dolor hizo despertar a la mujer del sopor entre gritos desgarradores. Ese sonido liberó la adrenalina del doctor que gimoteaba extasiado bajo su máscara con cada tajada. La sangre estallaba por doquier alcanzando tanto a las paredes como a la familia. El padre se tapó los oídos y apretó sus ojos sumido en una pesada congoja, como si de ese modo lograra protegerse del sufrimiento de su mujer. En cambio, Annie no se perdía detalle junto al sucesor de Gordito.
Bajo la máscara picuda, una sonrisa de satisfacción se ocultaba victoriosa. Una ráfaga de placer arrasaba su cuerpo acompañada de una oleada de calor exquisita. Una fuerza extraña pedía más desde su interior y sus manos consentidas dieron rienda suelta a sus intenciones más perturbadoras. Cuando no hubo más llagas que hurgar, cogió su bastón y golpeó una y otra vez la aberración del cuello de la mujer, quien hacía rato había caído en la inconsciencia. Una mezcla de fluidos abandonaba su cuerpo y se derramaba primero sobre la mesa y luego sobre el suelo, creando un charco oscuro y viscoso. Annie contemplaba asombrada cómo el bulto se encogía con cada garrotazo, mientras su padre continuaba en un estado catatónico que lo mantenía desconectado de la realidad.
—Mira papá, la maldición está saliendo de mamá —susurró Annie rozando con sus labios las manos engarrotadas de su padre que aún lo aislaban del exterior.
El contacto con la piel de su hija le hizo estremecer, pero también le hizo recobrar el coraje suficiente para buscar entre la penumbra a su mujer. La encontró semidesnuda, cubierta en un carmín brillante mientras que un bastón embestía contra su cuello. Se incorporó con ojos rabiosos y sus músculos se tensaron hasta marcarse bajo su piel.
—¡Por el amor de dios!, ¿qué le ha hecho a mi esposa? —inquirió incrédulo el marido mientras se acercaba con los ojos fijos en las heridas. El doctor dio un par de garrotazos más antes de responder.
—He hecho lo que he podido, he abierto las entradas que utilizó la maldición para adentrarse en su cuerpo y he intentado extraer todo su humor.
En ese momento, el padre se abalanzó sobre el doctor, lo agarró por el pecho y lo zamarreó con desesperación, balbuceando palabras sin sentido. La máscara picuda bamboleaba con las sacudidas, pero al doctor no le importaba, sólo podía mirar con éxtasis renovado los sucios dedos que aferraban su pecho. Estaban necróticos. Usando una voz mucho más ronca y enfática, se lo hizo saber entre las sacudidas recibidas:
—Las ratas nacerán de las tinieblas y traerán la oscuridad allí donde vayan —Su nueva voz paralizó al padre por completo—. La maldición también te ha tocado, tus dedos te delatan.
El hombre miró confuso sus manos, pero no vio más que las marcas de carbón. Se limpió con ahínco en sus pantalones y descubrió con terror la verdad de sus palabras. Antes de que pudiera volver su mirada a la espeluznante figura de nariz descomunal, un silbido metálico cortó el aire y sus dedos malditos cayeron al suelo. Su grito agonizante se expandió por el neblinoso vecindario. Annie se cubrió sus oídos, la rata escapó de sus manos y aprovechó la oportunidad para saborear la sangre derramada. El doctor había utilizado su cuchillo más largo y afilado, el que sólo usaba para sorprender. La niña no escuchó cómo el bastón golpeó con fuerza las rodillas de su padre, pero sí que vio su estrepitosa caída.
El doctor rasgó con rudeza la ropa en busca de más síntomas. Tan pronto creyó encontrar algo, se apresuró a darle cura, conteniendo con facilidad al endemoniado padre en el suelo y sumido en un frenesí desbordante que le confería una fuerza inaudita. Annie miraba atónita a las sombras que ofrecía la agonizante vela. Las figuras en la pared revelaban con destellos la siniestralidad de la intervención que se estaba llevando a cabo en el mismo suelo de su casa, entre la inmundicia. La llama crepitó ante su inminente derrota y se apagó poco antes de que su padre diera su última queja.
Annie se apresuró a recoger aquellos ojos diminutos del charco azabache bajo su madre, volvió a la soledad de la esquina y escuchó paciente y esperanzada el gorgoteo que hacía la maldición al desaparecer. El doctor se había olvidado de la pequeña, por completo y para siempre, y continuó su trabajo a ciegas, observado únicamente por media docena de ojos diminutos que aguardaban el momento adecuado. Cuando el doctor dio por terminado su trabajo, salió de la casa. Cerró la puerta tras él, encapsulando el silencio que había impuesto para remediar la maldición, y se encaminó en busca de su próximo paciente, siguiendo a las ratas por los laberintos perversos del inframundo.

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Iliria
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Iliria » 26 Oct 2017 23:54

Empiezo con este :mrgreen:
No se puede decir que sea terrorífico, pero en conjunto no esta nada mal. Tiene una riqueza narrativa y un ritmo pausado y descriptivo que recuerdan mucho a Poe.
También me ha traído a la memoria dos libros: "Diario del año de la peste" (Daniel Defoe) y "Nuestras hermanas las ratas", de Michel Dansel (este último lo he comentado en ensayo y divulgación, por sí alguien quiere echarle un vistazo en dicho subforo) :boese040:

Lo cual quiere decir que en cuanto a documentación has hecho los deberes, autor/a :cunao:
No puedo garantizar nada porque aún me quedan muchos por leer, pero me he llevado una buena impresión :hola:
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Gisso » 01 Nov 2017 14:19

No está nada mal la descripción de estos sucesos de esa época. En un principio creía que ibas a crear varias historias terroríficas con el nexo de unión de las ratas, pero veo que, tal vez por espacio o por alargar muchos las descripciones, se me han quedado un poco cortas. No sé hasta que punto considerar este relato de terrorífico, aunque tiene escenas más que perturbadoras y repulsivas; lo que sí hay que decir es que es un buen relato y bastante bien escrito.

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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Isma » 02 Nov 2017 11:20

Madre mía, qué relato más malo... con razón tiene tan pocos comentarios...
Que nooo, es broma. ¿No es un concurso de terror? :mrgreen:
Me parece interesantísimo que hayas enfocado el relato como un paseo por la podredumbre de una ciudad en sus años más oscuros. El lector va acompañando a las ratas desde su desembarco en el puerto de Leith, en Edimburgo (capital de Escocia), hasta su difusión por la ciudad, como una enfermedad que la carcome y que supone, de manera figurada y quizás real, la raíz de la peste negra. El episodio de Maggie en el Elephant House (por decir un nombre) es una anécdota, porque la verdadera historia es la de la ciudad. Atrevido y original, además se nota que el autor disfruta escribiendo sobre ello porque se relame sobre algunos pasajes.

La peste negra se representa como el episodio clave de esa época oscura. Los "médicos" (comillas) se ocultaban tras las máscaras ganchudas, en cuya nariz escondían el pañuelo perfumado para a) protegerse, supuestamente, de la enfermedad, y b) evitar el mal olor. Me ha encantado que el tal médico sea otro demente más, encharcado su espíritu por la misma podredumbre moral que todo lo contagia. A la niña, amiga de las ratas, se le supone un futuro negrísimo. Me hubiera gustado encontrar alguna relación adicional entre Maggie y la familia que sufre la peste. Pero bueno, el foco es la ciudad, lo entiendo.

He ido apuntando algunas cosillas, bastantes, porque el relato me llamaba a ello.
La brisa marina se adhería a los ojos de los hombres sellando el hedor del barco en sus retinas y penetrando por cada uno de sus orificios hasta colmarlos de asco
Esta frase tiene guasa. Ya de entrada parece raro que la brisa se adhiera a los ojos (y que selle algo dentro), pero que luego penetre por cada uno de los orificios corporales (hay alguno más aparte de boca, oídos y nariz)... jua jua...
Cuanto más se acercaban al castillo, más frecuente se hacía la lluvia de excreciones lanzadas desde las ventanas al grito de ¡Agua va!
Te dejas llevar por la emoción. Aquí quieres decir que la densidad de población es mayor en la cercanía del castillo, pero es una manera rara (y algo humorística) de expresarlo.
Llegaron a la plaza del Mercado de Cereal y algunas, atraídas por el gentío, el olor a whisky y cerveza de malta, entraron en una taberna donde se ofrecía el último trago a los condenados a la horca.
Las ratas son unas borrachinas, ¿eh? :007:
le ceñía su pecho de tal modo que empujaba sus intimidades a sobreexponerse.
Mola. ¿Qué tenemos los hombres con los corpiños?
Traía la cena envuelta en un harapo que, en el mejor de sus tiempos, fue de color marfil
El marfil, material exótico y caro, no parece la mejor comparación para el color de algo en una choza de tan baja estofa.

Bueno, en conjunto un relato muy fresco, bastante bien escrito y que sobre todo transmite un entusiasmo por lo que cuenta. Más que terror me transmite locura, ignorancia, fatalidad. Me quedo con eso y con lo original del enfoque.

¡Mucha suerte!

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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Spicata » 03 Nov 2017 11:06

Querido autor/a:

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Me ha gustado ¡y mucho!. En el mismo momento en que las ratas desembarcaban, sabía que la Yersinia pestis iba en avanzadilla junto a las pulgas de las mismas. Me ha gustado mucho cómo has enfocado la peste bubónica y cómo has resuelto esa época de terror que asoló Europa. ¡Bravo! Al ver la longitud y densidad de tu relato me he echado las manos a la cabeza, pero lo has descrito todo de una forma tan amenas que has conseguido embaucarme de principio a fin. Bien hecho.

Mucha suerte en el concurso :60:
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por rubisco » 04 Nov 2017 20:44

Querido autor, querida autora:

Vengo a dar la nota discordante.

(Alguien tenía que hacerlo.)

No sabría decirte si me ha gustado porque no pude terminarlo. Intenté leerlo en varias ocasiones pero la narración me parece demasiado sobrecargada y me ha echado todas las veces de la lectura. Al principio pensé que el tener la tele de fondo me desconcentraba (aunque eso ya es mal síntoma), pero ya en silencio y sin interferencias alrededor, si bien he podido avanzar hasta la mitad, he tenido que parar porque ya estaba leyendo en diagonal y perdiendo todo el hilo.

La historia pintaba muy, muy bien, y estoy seguro de que tendrá muchos puntos, pero no ha conseguido cautivarme (aunque debería valorar el que la protagonista se apellide Dickson; como juego de palabras tiene su punto).

Espero... bueno; espero, no. Sé que sabrás perdonarme.

¡Mucha suerte en las votaciones y gracias por compartirlo :60: !
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por raumat » 05 Nov 2017 19:23

Un relato muy bien escrito, con excelentes descripciones de ese ambiente tan asqueroso, pobre y enfermizo.
La historia, sin acabar de cautivarme, la he seguido con interés hasta el final.
Buen trabajo.

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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por konchyp » 06 Nov 2017 09:38

Hola aut@r :hola:

Sería imposible que no me gustara esta historia. Primero, porque está centrada en el país que vivo Escocia y segundo porque me ha gustado mucho el enfoque que le has dado.

Que alegría al ver el relato y leer ese Puerto de Leith! No me puedo creer que en este concurso se haya mencionado en 2 relatos distintos a Escocia, y eso me ha encantado.

Bueno a lo que iba, es un relato que, sino fuera por lo bien trabajado que tiene la prosa, podría decir perfectamente que lo he escrito yo. Un poco sangriento, oscuro y real! Creo que hay pocos relatos que se hayan basado en ese tipo de terror. Pero también tengo que decir que es de lo más difícil escribir, puesto que normalmente, lo que nos da más miedo son las cosas que desconocemos.

Lo negativo: veo poca chicha, creo que te has esmerado más en crear el ambiente del relato que en la acción. Aunque ese nexo de conexión de las ratas expandiendo la enfermedad a modo de maldición, como supongo que pasaría por aquellos entonces, es lo que ha salvado al relato.

Terror, terror no hay. Ya ha quedado claro que ha sido una falta constante en el concurso, pero tu relato, tiene ingredientes suficientes para crear esas sensaciones relacionadas.

Las dudas que se me quedan, Maggie Dickson, qué paso con ella, cómo es que no murió ahorcada?

Ese doctor psicópata que espera en el puerto la llegada de las ratas y que luego cierra el relato con su persecución por el inframundo me ha parecido genial.

Pobre Annie, abandonada con los cadáveres de sus padres! Qué cruel! Tengo que decir que existe una leyenda sobre el fantasma de una niña y su peluche en el Mary King close. Tiene algo que ver?

En resumen, creo que está trabajado, todo está de alguna manera conectado y no sólo a través de las ratas. Aut@r, nos has mostrado el infierno que vivieron nuestros antepasados en aquellas oscuras épocas, miedo real constante a vivir. Nada de paranormalidades, ni cosas del estilo, que bien podrías haberte esmerado pues Escocia tiene un alto grado de sucesos paranormales. Pero no, nos muestras la realidad, en un mundo real, manchado de una originalidad muy satisfactoria.

Gracias por compartir tu relato y nos vemos en los "closes" del inframundo!

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konchyp
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por konchyp » 06 Nov 2017 11:05

Uy! Se me ha olvidado comentar el error tipográfico en el titulo del hilo. Dice Sobreviviento con T en vez de D. Me ha parecido curioso que nadie lo notara.

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Sinkim
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Sinkim » 06 Nov 2017 11:40

No me ha gustado demasiado esta historia, principalmente porque no me gusta demasiado el género histórico y, a ratos, me parecido más un ensayo sobre la edad media y la peste que un relato de terror :oops: De todas formas no te preocupes porque seguro que es solo cosa mía y que a otros lectores les encanta :D :60:
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Nínive
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Nínive » 06 Nov 2017 13:18

Ay, autor... Que te tenga que decir yo esto...
Utilizas demasiado los adjetivos y eso hace que una riqueza léxica se traduzca en una narrativa espesa. Repites conceptos, ideas y palabras mediante sinónimos. Con una poda de vocabulario, ganaría en ritmo, que creo que es lo que le falta a este relato. Además usas frases enrevesadas que no aportan nada y ralentizan la lectura.
Por otra parte, la historia de la condenada me despista y no le veo mucho sentido en el texto. Con la de Annie te hubiera valido.
El argumento no está nada mal, con ese llegar de las ratas y la peste. Me gusta que comience cuando desembarcan las ratas, pero la forma no me ha dejado disfrutarlo.
Un abrazo. :60:
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Gavalia » 06 Nov 2017 18:24

Diría, a falta de un relato por leer, que el presente trabajo es el que más miedo a podido transmitirme de los hasta ahora leídos. Al tener dos partes tan diferenciadas, he podido disfrutar mejor de la historia. Quiero decir que la primera me situa, incluso hasta aburrir, pero la segunda, como yo la entiendo, me ha entretenido un buen rato. La parte de la condenada no sé muy bien a que viene, a mi me sobra, si embargo, la carnicería del pseudo doctor no tiene desperdicio. Es brutalmente asqueroso el cuadro. La pasividad inicial del padre ante semejante agresión me puso de mala leche. La actitud de la niña, vuelve la escena demencial, y las ratas siempre presentes me dieron asco de verdad.
Algunos símiles me chirriaron un poco "La nivea lejanía"  muy poético, de acuerdo, pero poco afortunado en el contexto de la descripción que está haciendo el narrador, mejor "niebla" es más esclarecedor y real.
Entiendo lo que cuenta y apruebo como lo cuenta, aunque creo que peca de largo.
Te doy un 8 por lo de la carnicería final que me ha encantado :cunao: Por fin algo de casquería, brutal.
Un saludo y suerte.
La mamá arropaba a su pequeño niño invidente mientras le susurraba al oído...
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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Dulcineaa » 10 Nov 2017 16:05

Con la sola entrada de las ratas, para mí el terror está servido. Ahora bien el relato transmite imágenes cinematográficas que llevan al lector a sumergirse en ese mundo atroz y repulsivo, lástima los errores como los que señala Isma y también la repetición de escenas descriptivas. El otro problema que presenta, según mi humilde criterio, es la narración de dos historias que no llegan a ensamblarse nunca, de esa forma cuando se alcanza el clímax en la primera, de pronto entra otra, la de esa familia castigada con la peste que no alcanza un cierre contundente.
Me gustó pero creo que le faltó revisión y definición. Mucha suerte.

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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por Megan » 11 Nov 2017 21:21

Autor/a.

No hemos congeniado el relato y yo, lo leí dos veces y me quedaron cosas por entender, no quiero decir con esto que escribis mal ni nada por el estilo. La narración está muy bien hecha y las descripciones también, pero no me ha llegado, lo siento.

Gracias por compartirlo, mucha suerte :D

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Re: CT II - Sobreviviento a las ratas

Mensaje por ACLIAMANTA » 13 Nov 2017 11:57

Tuve que hacer un esfuerzo para hincarle el diente a este relato, guácale!
Leí “La peste” cuando tenía 13 o 14 años y pasé varias noches soñando con ratas. Y con todo, a pesar del condicionamiento, me pareció una historia bien escrita e interesante.
Para cuando me ves tengo compuesto,
de un poco antes de esta venturanza
un gesto favorable de bonanza
que no es, amor, mi verdadero gesto.

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