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NotaPublicado: Lun Ene 14, 2019 2:40 pm 
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Registrado: Lun Ene 14, 2019 1:38 pm
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Buenas, soy nuevo en el foro. Llegué a él, por que va creciendo mi interés en la literatura día tras día. Estoy muy interesado en adquirir más técnica a la hora de escribir. Hace muchos, muchos, muchos años empecé a escribir una historia de estas de corte fantástico, y la verdad es que me considero un desastre como escritor, pues nunca, nunca, reviso algo que no saque los colores. Me gustaría terminarla algún día, y en el último año... milagro, parece a algo ha avanzado. El caso es el siguiente: me es muy complicado ya percibirla como nueva, porque está ya muy machacada en mi cabeza, y me gustaría saber la sensación que causa de primeras, el prólogo.
Si la leeis y comentais, por favor, sed sinceros. Tened por cierto que aceptaré de buena gana cualquier critíca, pues ha de ayudarme un montón. Sobre todo me gustaría saber si capta algún interés por continuar con la lectura.

Dicho esto alla va:

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena cantidad de estas; tantas como pudo retener entre sus dedos. Una vez de regreso a mi lado, me preguntó que debía hacer con las piedras.
— Ahora debes dejarlas caer al suelo. No las arrojes lejos, pues hemos de observarlas. — Le dije.
Pan como siempre, obediente y despierto, lo hizo. Arrojó todas las piedras a un tiempo, cerca de sus pies, y cuando lo hizo me miró esperando una aclaración por mi parte.
— ¿Qué ves? — Le pregunté.
El muchacho las observó detenidamente un rato largo, quizás esperando ver algo extraño en ellas.
— Nada. — Acabó por contestar. — Tan sólo unas piedras esparcidas en el suelo.
— ¿Ves alguna forma en ellas? ¿Un círculo quizás? — Le requerí.
Pan puso aún más celo en su observación. Estuvo tanto tiempo con la mirada puesta en las piedras que pensé ya nunca la apartaría de ellas. Era paciente. No podía ser de otra forma.
— No. — Dijo al final. — Quizás…
— ¿Qué pensarías si arrojándolas de nuevo todas ellas hacen un círculo perfecto? — Le inquirí cortándole.
Me miró extrañado, casi frunciendo el ceño.
— Magia. Sería magia. ¿Sería magia verdad? — Contestó ilusionado.
— ¿Y la primera vez no fue magia? — Inquirí de nuevo.
— No. — Contestó muy seguro.
— ¿Estás completamente seguro? — El niño se quedó dudando. Pero dudaba, porque si se lo preguntaba de nuevo debía de ser, por alguna razón. Un truco quizás.
— Has de saber que la posición de las piedras que cayeron en tu primer lanzamiento, es lo que muchos conocen como caos. Las piedras cayeron sin orden alguno y se esparcieron, y si habrían formado una figura reconocida habría sido fruto de una gran casualidad, y si esa forma habría sido más compleja, y definida, habría sido visto como un inusual truco de magia. ¿Coincides con esto?
El muchacho asintió con la cabeza. Esperé un momento, y sabiendo a donde quería llegar, le hice otra pregunta entonces:
— ¿Y si recoges las piedras otra vez, podrías hacer que estas cayeran de una forma exacta a la anterior?
Se quedó dudando. Creo que descubrió entonces a donde quería llegar.
— Creo que sería también magia. — Contestó después.
Asentí, conforme con la respuesta dada.
— Eso es el caos. — El origen de todo, aseveré. — Del caos surge el orden como un milagro, y los milagros son casualidades que originan las formas que somos capaces de entender, pequeño Pan. Pero en su mismo origen, hasta la forma más hermosa brota de la disformidad del caos.
Hice una pausa. Dejándole algo de tiempo para asimilar los conceptos que, aun siendo estos complejos para aquel crío que era entonces, sabía, acabaría por comprender.
— Ahora quiero que recojas y arrojes las piedras al río. Cuando lo hagas me gustaría que también que las cuentes.
Como siempre, el inocente muchacho de cabellos dorados, obedeció de buena gana. Con todo el cuidado del que fue capaz, recogió las piedras una a una, casi mimándolas. Después, con pena se desprendió de ellas, una tras otra en aquel río. Observándolo no pude evitar disfrutar de aquel entrañable momento, que resumía toda la esencia del niño-dios, y cuando se perdieron en el lecho del río, le pregunté de nuevo:
— ¿Cuántas eran, joven Pan? ¿Contaste su número?
— Conté 23 piedrecitas… Les puse nombre a todas ellas… — Asintió cabizbajo.
Sentí quizás, tanta pena como él. No por aquellas burdas piedras, sino por lo que representaban para ambos y también por el pesar, que sabía, le había provocado. El pequeño se había quedado mirando el discurrir de la turbia agua del río, como queriendo saber si aún estaban allí, pero no podía de ninguna manera verlas. Aún era inocente. A su modo siempre lo sería, pensé.
— ¿Podrías regresarme las mismas piedras, que arrojaste en el curso del río? — Le solicité con voz queda.
— No puedo. — Contestó compungido, casi llorando, mientras hizo un fútil ademán de alargar su mano. — No las distingo de las demás, y están sumergidas.
— ¿Ninguna voló? Pregunté inquisitivo, casi enojándolo con la pregunta. Sentí de nuevo cierto pesar por la mordacidad de mi pregunta, pues conocía el daño que había de causarle.
— Son piedras. No pueden volar. — Dijo tras pensarlo extrañado por la curiosa pregunta que le hice.
— ¿Eran distintas las piedras verdad?
Asintió con la cabeza. Apretando los labios.
— Algunas eran blancas, pero otras grises o negras. Había incluso una rojiza, y todas ellas eras de distintas formas y tamaños, pero ninguna de ellas volaba… — añadió con una mueca.
— Si volaran… sería magia también ¿verdad?
— Sí. — Dijo sonriendo de nuevo.
— Tú no lo recuerdas, pero eres una deidad. Te has encarnado; tú mi hermano. Al menos en parte, mi hermano. Hace mucho, muchísimo tiempo, descubrimos y nos compartimos en la magia. Ella era la magia. Ella, de la sé… no recuerdas ya nada.
Mientras le revelaba al muchacho su naturaleza, no pude evitar elevar la voz, mientras esta se hacía más y más grave. Y los nubarrones acudieron para alzarse sobre nosotros en la orilla del río, justo en aquel preciso instante, y pudimos escuchar el tronar lejano.
— Te afanaste en conservar las piedras, como ahora, y en tu afán ninguna fue capaz de volar cuando tuvieron que volar. Yo las arrojé al río, una y otra vez. Tantas veces que se obró el milagro y al final volaron.
El niño, que aún era sólo un niño, no supo que decir. Se quedó en silencio, mientras yo elegía mis palabras cuidadosamente en mi pensamiento. Luchaba por no verme invadido por su presencia, nunca supe si lo lograba.
— Sabes que eres distinto, que no eres como los demás. No te alimentas de la carne, que no te sacia; sólo la sangre aplaca tu necesidad voraz. Aunque sientes verdadera compasión por las vidas que te llevas, cuando te alimentas, no lo haces por hambre… lo haces para completar tu verdadera esencia como Dhemeides. — Añadí, ya sin mirarle al profundo e insondable océano violáceo de sus ojos.
El muchacho derramó una solitaria lágrima, que entonces no vi, o quizás no quise ver.
— ¿Cómo puedes ser mi hermano? — Inquirió tembloroso, quizás esbozando ya el recuerdo de días pasados en su temprana mente.
— No soy tu hermano de sangre, ni de esencia. Soy mortal como tantos otros pues nací de mortales, y la esencia de la discordia, tu hermano, vive en mí. Al morir ella su dolor fue tan grande que se rompió en fragmentos que se encarnaron en otros tantos como yo. Tan basto fue el dolor que se engañó a sí mismo, sintió miedo, sintió odio, sintió ira, luchó para sólo sentir el dolor y desesperación. Siete fragmentos de la esencia de un dios que sólo quería ser olvidado, para siete avatares que irónicamente moverían el mundo por él.
Tardó un largo tiempo en asimilar todo aquello. Mientras la mirada se le perdía en la alegre y constante corriente del río.
— ¿Quién era esa de la que me hablas, de la que no me acuerdo? — Preguntó angustiado.
— Aldhea. — Le confesé, aún sin saberme con fuerzas suficientes para pronunciar su nombre. Y su nombre le sonó como un mazazo. Su eco le retumbó en el pensamiento, y sé que le acongojó el alma. Quedó en silencio, un largo silencio, recordando quizás. Casi podía ver como trataba de reconstruir, los pocos fragmentos que aún le venían a la memoria, y como estos no lograban formar un dibujo definido que pudiese entender. Y volví a sentir lástima por él, pero era necesario que recordara y aprendiera.
— Ella era hija del caos, la pureza donde todo es impuro, el origen también de toda la magia. Muy lejos, y aún de la mano de su padre sintió fascinación por tu hermano, la discordia, el artífice del cambio, y se separó de su mano para ir con él.
— Junto a ella y a tu hermano, junto a mí, creaste, creamos, la vida tal y como se conoce en los reinos. Alcanzamos el paroxismo del éxtasis bosquejando un mundo con cada pincelada, y aquello fue bello y bueno, porque en cada creación veíamos un atisbo de la hermosa magia de Aldhea.
— Ambos sois, somos… hijos del orden. Pero tú eres eternidad, donde el… nosotros, es… soy, muerte y cambio. — Casi tartamudeaba, mientras me perdía y él cobraba mucha más fuerza. En aquel preciso instante empezó a llover; y las gotas eran tímidas y frías en principio, pero crecientes en abundancia con cada instante que transcurría, y ni el pequeño ni yo parecimos tomar cuenta de la lluvia y empapados proseguimos con la conversación.
— Pero con ella llegó su hermano; el otro hijo del caos, y con él la destrucción a su, nuestra… creación. Y lloraste con amargura cada vida segada de tu preciosa creación. Los quisiste hacer imperecederos a la vejez, a la enfermedad… pero pese a tu voluntad, murieron por miles en la gran guerra contra el hermano de Aldhea. Habías repudiado mi obra que marchitaba con los años; los humanos. Pero los hice de una llama, aunque efímera, fue y es, aún resplandeciente incluso en la más negra de las oscuridades. Las piedras van al río, y se olvidan en la corriente. Así es mi ley. Aquel día necesitaste de piedras que volaran y todas se hundieron en el fango del río. Las mías, las arrojé tantas veces al río, que algún día… cuando lo necesiten… habrán de volar.
— No… no… no. ¿Por qué no recuerdo todo esto de lo que me hablas? — Preguntó tan angustiado que le faltaba el aliento. Se encogió y recogió agachado, su cabeza entre los brazos.
— Mataste a Aldhea. La mataste a ella. — Sentencié.
— Eras un cobarde, y lo hiciste para salvaguardar tu creación. Tu hermano se rompió, nos rompimos y quedé entre los fragmentos de su esencia como el fragmento de la mentira. Yo nací con otros padres y tuve otra vida, que me es ajena en el pensamiento. Pero ahora soy parte de él. — Terminé por decir, no sin cierto temblor llegándome a la voz.
El silencio se hizo entre ambos, ya no hablamos más veces de aquello, y ambos fingimos no haberlo hecho nunca antes. El muchacho lloró y lloró. Lloró con amargura y las lágrimas apenas lograban confundirse con la lluvia, pero incluso entonces no pudo perdonarlo, aunque intenté aliviar su dolor con consuelo, mientras regresaba a la calma de mi razón.
Creo que, desde aquel justo instante, Pan inició su propio camino a la redención por la que tanto luchó. Yo, por mi parte, puedo decir sin que me tiemble la voz al hacerlo; que recuerdo con cariño aquel momento, pues fue quizás el único en que ambos hermanos nos comprendimos mutuamente.


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NotaPublicado: Dom Ene 20, 2019 8:56 pm 
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Cruela de vil
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Registrado: Vie Dic 26, 2003 7:50 pm
Mensajes: 64998
El prólogo en sí está bien. La historia recuerda demasiado a los griegos por lo de Pan, pero con el toque vampírico de la sangre de la que se alimenta.

Pero formalmente es un desastre en el uso de comas y las rayas de los diálogos. Para esto te puede ayudar mucho el panhispánico:
http://lema.rae.es/dpd/?key=coma
http://lema.rae.es/dpd/?key=raya

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NotaPublicado: Lun Ene 21, 2019 2:55 pm 
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Registrado: Lun Ene 21, 2019 1:49 pm
Mensajes: 3
Me ha gustado buena historia


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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España