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 Asunto: Heinrich Böll
NotaPublicado: Jue Abr 05, 2007 12:31 pm 
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Heinrich Böll
(Colonia, Alemania, 21 de diciembre de 1917 - Langenbroich, Republica Federal de Alemania, 16 de julio de 1985)

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Heinrich Theodor Böll, fue un escritor alemán, figura emblemática de la literatura alemana de posguerra, también llamada "literatura de escombros". En 1972 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó que «por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización ha contribuido a la renovación de la literatura alemana».

Wikipedia
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Con su obra ha cumplido el papel de ser el cronista crítico de la República Federal de Alemania, el que ha descrito el camino del hambre de la postguerra a la reconstrucción, al milagro económico, a la remilitación, y finalmente a los pershing, contra los que protestó activamente. En sus escritos combina una religiosidad propia, terrenal y en cierto sentido primigenia.
Su creación vive de un impulso: el recuerdo. Y no en un sentido evasivo, sino al contrario, en oposición al olvido; es decir, como categoria histórica necesariamente configuradora del presente.

Obra

- El tren llegó puntual (Der Zug war pünktlich, 1949)
- Mi triste cara; Las ovejas negras (Die schwarzen Schafe, 1951)
- ¿Dónde estabas, Adán? (Wo warst du, Adam?, 1951)
- Y no dijo una sola palabra más (Und sagte kein einziges Wort, 1953)
- Casa sin amo (Haus ohne Hüter, 1954)
- El pan de los años mozos (Das Brot der frühen Jahre, 1955)
- Diario irlandés (Irisches Tagebuch, 1957)
- Los silencios del Dr. Murke y otras sátiras (Doktor Murkes gesammeltes Schweigen und andere Satiren, 1958)
- Billar a las nueve y media (Billard um halbzehn, 1960)
- Opiniones de un payaso (Ansichten eines Clowns, 1963)
- Alejamiento de la tropa (Entfernung von der Truppe, 1964)
- Acto de servicio (Ende einer Dienstfahrt, 1966)
- Retrato de grupo con señora (Gruppenbild mit Dame, 1971)
- Algo va a suceder y otros relatos: 1950-1970 (Erzählungen 1950-1970, 1972) / Ni una sola lágrima por Schmeck y otros relatos
- El honor perdido de Katarina Blum (Die verlorene Ehre der Katharina Blum, 1974)
- El viaje a Heidelberg y otros cuentos (Du fährst zu oft nach Heidelberg und andere Erzählungen, 1979)
- Asedio preventivo(Fürsorgliche Belagerung, 1979)
- El legado; La herida y otros relatos (Das Vermächtnis, 1982)
- Mujeres a la orilla del río (Frauen vor Flußlandschaft, 1985)

Autobiografía:
- Pero ¿qué será de este muchacho? (1981)

Publicados póstumamente:
- El ángel callaba (Der Engel schwieg, 1992)
- Cruz sin amor (Kreuz ohne Liebe, 2003)


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NotaPublicado: Jue Abr 05, 2007 12:59 pm 
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Heinrich Böll

(Colonia, 1917 - 1985) Novelista alemán. Después de participar en la II Guerra Mundial en una unidad de infantería, se inició en 1949 en su carrera literaria con Der Zug war Pünktlich (El tren llegó puntual), una de las más bellas narraciones de la posguerra germana. La colección de relatos Wanderer, kommst du nach Spa (Caminante, vienes a Spa, 1950), escrita en un lenguaje escueto y eficaz, es un éxito notable, pues constituye el testimonio analítico de la generación destruida por la contienda.

Su novela Wo Warst du, Adam? (¿Dónde estabas tú, Adán?, 1951) sigue en la misma línea de disección de la sociedad alemana, así como Und sagte kein einziges Wort (Y no dijo una sola palabra, 1953), Haus ohne Hüter (Casa sin amo, 1954), Das Brot der Frühen Jahre (El pan de los años jóvenes, 1955) y Billard um halb zehn (Billar a las nueve y media, 1959).

La misma dignidad espiritual que le llevara a denunciar la barbarie nazi en sus novelas, le hizo descubrir a sus conciudadanos el espejismo de la sociedad consumista de la posguerra y las actitudes reaccionarias fomentadas por el conservadurismo y las tensiones de la «guerra fría», tal como se pone de relieve, sobre todo, en su Nicht nur zur Weihnachtszeit (No sólo en Navidad, 1952). Pero quizá su obra más notable sea Gruppenbild mit Dame (Retrato de grupo con señora), escrita en 1971.

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NotaPublicado: Jue Abr 05, 2007 1:21 pm 
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La dama misteriosa
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Registrado: Dom May 15, 2005 9:51 pm
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sabes lo que extrañó de este hombre?
la decisión de apuntarse al campo de trabajo ese, de hehco dicen que lo hizo porque era la única forma de estudiar después. Se que no tiene nada que ver, pero pensé en Torrente ballester...


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NotaPublicado: Vie Abr 06, 2007 1:49 pm 
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Ubicación: En el pais de la nubosidad variable
Es un auor que nunca te defrauda.Tanto por su temática como por su inigualable estilo literario.

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NotaPublicado: Mar Ago 10, 2010 11:58 pm 
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Me estoy empezando a viciar

Registrado: Vie Ago 28, 2009 7:05 pm
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Copio y pego un texto sobre el autor que me ha encantado:

Citar:
http://blogs.elespectador.com/ricardoba ... 16-7-1985/

Heinrich Böll († 16.7.1985)
Por: Ricardo Bada

El 26.11.1982, al despedirnos en su casa, y como sabía que iba a encontrarme poco después con García Márquez en Estocolmo (yo iría como enviado especial de mi emi­sora para cubrir la entrega del Premio Nobel a GGM), me pidió que le dijera esto: «Dígale que tengo diez años más, pero que sigo siendo el mismo».

Y era verdad, seguía siendo el mismo, el viejo Böll, la más honesta voz de este país desmemoriado, un lujo que Alemania se permitía sin cartilla de racionamiento. Seguía siendo el de aquella mirada que Víctor Canicio, el traductor catalán al castellano del Diario irlandés y de Asedio preventivo, caracterizó como «triste, solitaria, ingenua, de incomprendido». Tengo para mí que raras veces, en la historia de la humanidad, debe de haber ha­bido alguien que mirase con tanta tristeza como lo hacía Heinrich Böll.

Cuando me llamaron por teléfono, el martes 16 de julio de 1985, a mediodía, para decirme que Böll había muerto, recordé sobre todo dos cosas. Una: En la primavera de 1984, en Sarrebruck, durante la asamblea de la Asociación de Escritores Alemanes, se produje­ron enfrentamientos que dividieron al gremio en fracciones. Böll no era delegado con voto, pero resulta imposible desoír su voz. Y con esa voz se enfrentó a Engelmann, el presidente saliente. Y Engelmann, un poco a la trágala, porque no tiene pelo de tonto y sabía de sobra cuál era el peso específico de la palabra de Böll, se refirió a él como «der gute Heinrich» (Enrique el Bueno, cosa que evidentemente era). Con lo que quizás no contaba es con la sabiduría botánica de En­rique el Bueno: «El bonus henricus –replicó Böll en el acto–, según yo sé, es una hierba, una plantita, o sea que, como dice su nombre, se trata de una categoría vegetal, no literaria, ni tampoco política. Y lo que estamos tratando aquí es quizás algo político, y cierta­mente sí algo literario, así que ¡no me eches flores!»

La segunda cosa de la que me acordé es una frase de Uwe Johnson, ya también fallecido por aquél entonces –pero mucho más joven que Böll–: «Para mí Heinrich Böll es una institución. Si alguna vez no supiera cómo salir adelante, me dirigiría a Heinrich Böll».

Meses antes de que Uwe Johnson dijera estas palabras en público, yo se las había escuchado (con casi idéntica formulación) a una joven novelista alemana, María Wimmer, en su casa de Friburgo. María acababa de publicar su segunda narración, estremecedora­mente autobiográfica, Quien enjuga lágrimas se moja las manos, reviviendo las horas, días, meses agobiantes en que pendió de un hilo la vida de su segundo hijo, un pequeño ecuatoriano adoptado. «Cuando se presenta un problema ante el cual no sabes cómo reac­cionar, cómo enfrentarlo –me confesó–, siempre busco lo que Böll piensa al respecto».

Böll era, dicho sea de la forma menos melodramática posible, el norte de los alemanes de buena voluntad. Quienes, gracias a «ese Ser superior al que adoramos» (consúltese al respecto La colección de si­lencios del doctor Murke), no son pocos.

La importancia de la obra de Böll radica de un modo fundamental en el hecho de ser, casi, la única justificación moral de Alemania, el único ajuste de cuentas de Alemania consigo misma, después de la 2ª Guerra Mundial. Del 45 a nuestros días, Alemania ha traído a la literatura mundial algunos aires renovadores que no por desco­nocidos en nuestro ámbito cultural pueden ser olvidados en lo que Goethe llamaba Weltliteratur (literatura universal): baste recordar a Arno Schmidt y a otro autor mucho más célebre, Günter Grass. Pero sólo el nombre de Böll salta a nuestros labios a la hora de querer saber quién rindió cuentas por un pasado atroz. Y no sólo eso: ni siquie­ra la momificación en vida que implica la concesión del Nobel pudo llevar al dique seco el decidido compromiso de aquél a quien seguimos llamando, con convicción, «el alma buena de Colonia».

Dicho de otra manera: Si la literatura alemana de posguerra no con­tase en su haber con la obra de Böll, tendríamos un legítimo dere­cho a preguntamos si este país sacó alguna consecuencia de la té­trica aventura del milenio nazi, que por dicha no duró sino doce años.

Desde su primera novela, El tren llegó puntual, de 1949, hasta Mu­jeres ante un paisaje fluvial, publicada póstumamente en 1985, se cuentan tres décadas largas que son (vistas en perspectiva) un cre­cimiento lento, seguro, sólido: la consolidación de una maestría innata en el árbol. Böll no estaría conforme, creo yo, con este apunte de caracteriza­ción, pero para quien iba siguiendo su obra, paso a paso, resultaba evidente que esa obra se fue pareciendo cada vez más a la recia arquitectura de un buen roble alemán.

Pueden señalarse momentos muy felices, encrucijadas de creación en las que el genio verbal de Böll llega a las cotas más altas: esas encrucijadas son No sólo en Navidad, Diario irlandés, La colec­ción de silencios del doctor Murke, Billar a las nueve y media, Opiniones de un clown, Retrato de grupo con señora, El honor perdido de Katharina Blum, Asedio preventivo. Pero hablar de culminaciones en la secuencia natural de un roble, entraña en cier­to modo una contradicción, si bien Heinrich Böll –con su obra– ­demuestra que esa contradicción existe. Porque Retrato de grupo con señora no es una obra maestra al estilo de un oasis en el de­sierto, sino algo mucho más sencillo: al estilo de una estatua mejor lograda que otras en el pórtico de una catedral románica.

Hasta llegar a la insuperable maestría narrativa de El honor perdi­do de Katharina Blum, el escritor Böll ha llenado miles de páginas aporreando «la máquina de escribir marca Remington, tipo Travel Writer de Luxe, modelo 1957, a la que también tengo cariño porque es mi medio de producción. Con este instrumento, que cualquier experto no contemplaría o to­caría más que con desprecio, he escrito aproximadamente cuatro novelas, pero no sólo por eso siento cariño hacia ella, sino por principio, porque sigue cumpliendo todavía, y demuestra lo escasas que son la ambición y las posibili­dades inversoras de un escritor».

La primera de las cuatro novelas a las que se refiere en ese párrafo, característico de la relación de Böll con los objetos que amaba, tiene que haber sido Billar a las nueve y media. Una in­dudable obra maestra y el primer libro en que Böll empieza a des­pegarse de la llamada “literatura de los escombros”, aquella épica netamente neorrealista cuyo elemento básico es la toma de conciencia del mundo que la guerra ha dejado a los alemanes como resultado de la vesania nazi. Un mundo que consistía, dicho sea simplemente así, sin ningún patetismo, en una ruina; y una, además, que se extendía desde el Rhin hasta el Oder-Neisse, desde el Mar del Norte al Lago de Constanza.

Para Böll, en el primer momento de su quehacer narrativo, tuvo una importancia incuestionable plantearse cómo se llegó a esos re­sultados, que género de locura o de letargia del impulso moral pudo conducir a una catástrofe de tales dimensiones. Jamás hubo en Böll, ni en su entorno familiar, el más mínimo punto de acerca­miento, la más mínima simpatía hacia el fenómeno del nazismo. Y esto es algo que no tiene que ver con su catolicismo, pues Böll era consciente del papel pasivo de la iglesia frente a los nazis.

En Billar a las nueve y media, como en muchas otras ocasiones, esta posición es diáfana y firme. Pero, considerando la evolución narrativa total de la obra de Böll, Billar a las nueve v media es so­bre todo muy significativa por lo que tiene de paso adelante en la perfección del discurso y en el sondeo de la nueva socie­dad alemana. Se publica en 1959, la República Federal cumple entonces su primera década y en el mun­do se ha popularizado una expresión que todos repiten admirativa­mente: “el milagro alemán”. Böll hace en ese relato la biopsia del milagro alemán y llega a conclusiones desoladoras que pueden sintetizarse en el verso de Brecht al pie de la foto de Hitler: «Aún es fecundo el vientre del que salió tal cosa». Y a partir de ese ins­tante, con la perspectiva que dan los diez años de “milagro”, y la confirmación de su sospecha acerca de la prepotencia y de la desmemoria, la obra de Böll entra en una fase donde los símbolos de­sempeñan un papel que no era evidente, ni necesario, en las narraciones actuariales de la “literatura de los escombros”.

Böll era un autor incómodo. Es más, lo sigue siendo, y ello puede intuirse, sensu contrario, en las palabras que Christa Wolf dijo en 1992, cuando hubiera sido su 75° cumpleaños: «Nos falta Böll». Sí, Böll era un autor incómodo: si sus primeros libros fueron plenamente aceptados por un público que, en un principio, es­taba dispuesto a reconocer los errores del pasado inmediato, los li­bros que siguen a Billar a las nueve y media –y más que nada su obra publicística– chocan de frente con el sanchopancismo de una sociedad que cree (los supervivientes) haber purgado bastante, o cree (las nuevas generaciones) no tener por qué purgar las culpas de los padres. Pero, en justicia, también hay que decir que son los jóvenes quienes se hallaban más cerca del viejo Böll, y viceversa: dos años antes de morir, en la campaña electoral de 1983, el Premio Nobel coloniense –que en 1965 había apoyado de manera activa la del candidato socialdemócrata, Willy Brandt– se posicionó decididamente de parte de Los Verdes.

Aquí no podemos pasar de largo ante la circunstancia de que uno de los valores humanísimos de la obra de Böll es su capacidad para asumir el punto de vista de los otros, su prácticamente inagotable capacidad de creación de personajes que no hablan por boca de ganso: en Asedio preventivo, Böll llega al extremo de hacer inteli­gible, desde el mundo de ese personaje, nada menos que a un po­licía. En un universo literario como el contemporáneo, donde pri­van el cultivo del propio jardín y la contemplación extasiada del excluyente ombligo propio, una actitud y una vocación así no tie­nen más remedio que destacar poderosamente. De paso, explican también –a un nivel psicológico inmediato– por qué cuando Don Enrique (como siempre lo llamé) hablaba con al­guien, con su voz pastosa y transida de miles de cigarrillos, acos­tumbraba mirar a los ojos de su interlocutor y preguntarle: «¿Me comprende?»

Llego, pues, de manera fatal, a la conclusión de que quizás hubiera sido mejor que estas líneas se debiesen a alguien con una mayor distancia hacia Böll. No sé si tengo razón al pensar así, pero sí sé que mientras tecleaba estas desaliñadas líneas, mi oído seguía escuchando, al fondo de la calle donde vivo, el tac-tac de las gabarras que remontan el curso del Rhin: ese electrocardiograma sonoro del río-padre. Y advierto todo lo que hay de incomunicable en el misterio de una literatura surgida de los escombros, a la som­bra de una catedral gótica y que desvirtúa el carácter románico de la ciudad; una literatura que germinó mientras la ciu­dad se convertía en algo que no nos gusta, que es feo, que sólo re­cupera su rostro verdadero (anterior) ante la tumba de un viejo pro­fesor de guitarra, catalán, Zapater de apellido, en un cementerio perdido en el cinturón verde que la ciñe; o en los pasos asimétricos y cansinos del superviviente de los cuatro músicos callejeros que se ganaban el sustento diario con sus canciones casi de romance de ciego por las calles del barrio de San Severino; o en el rostro de esa mujer mayor a quienes las comadres del mismo barrio señalan con el dedo porque vive amancebada con un turco o un griego o un español…, ese rostro en el que creemos reconocer –creo reconocer–­ la inextinguible caridad de Leni, la protagonista de Retrato de grupo con señora.

Pero quién sabe si es tan incomunicable.


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NotaPublicado: Vie Jun 03, 2011 8:20 pm 
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Registrado: Vie Ago 28, 2009 7:05 pm
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Otro interesantísimo artículo que he encontrado en la red, escrito al parecer por Jorge Luis Borges, sobre Böll y su obra:

Citar:
http://www.criticadelibros.com/drama-y- ... rich-boll/

¿Puede un creyente ajustar enteramente su vida, tanto en lo esencial como en lo accesorio, a los preceptos evangélicos o es inevitable que viva escindido entre su comportamiento y sus creencias? Maquiavelo revolucionó la filosofía política occidental cuando, formulando esta pregunta para el «príncipe» católico, respondió que si éste intentaba gobernar en rigurosa concordancia con los principios de la religión, se condenaba al fracaso, pues el poder antes que una moral es una praxis, un arte que exige continuas transacciones con el engaño y la mentira para ser exitoso. Maquiavelo no era un cínico sino un frío observador de la política y el primer pensador europeo en reflexionar con total lucidez sobre lo que ella es casi siempre, por debajo de los grandes principios, los grandiosos designios, los nobles ideales y los altruistas sentimientos que exhiben en público quienes la practican: manipulación, intrigas, defensa de intereses mezquinos, puro cálculo. Lo escandaloso en el autor de El Príncipe no era su moral sino su realismo, la lastimosa conclusión a la que había llegado, después de media vida dedicada al servicio de la Señoría florentina, sobre la total incompatibilidad entre una moral cristiana estricta y una política eficaz. Heinrich Böll parece haber vivido desgarrado por un dilema semejante, no en lo que concierne a los príncipes, sino a los cristianos humildes, aquellos sin cara y sin nombre, los del montón: ¿es posible, en ellos, una coherencia mayor entre la teoría y la práctica que la que caracteriza a quienes mandan? Sus novelas, relatos y ensayos son una obsesiva exploración de la sociedad de su país a fin de tener una certidumbre al respecto. Lo cierto es que, aunque las respuestas que se daba a sí mismo (y a sus lectores) variaban algo de libro a libro —las había más esperanzadoras o más lúgubres—, cuando se hace el recuento final de su obra se tiene la impresión de que, muy a pesar suyo sin duda —pues a diferencia del acerado florentino él era un hombre bondadoso y sentimental—, Heinrich Böll llegó a convicciones parecidas a las de Maquiavelo: la coherencia absoluta entre la moral cristiana y la vida diaria del creyente es imposible, se da sólo en casos excepcionales de locura o santidad. Sin embargo, él buscó empeñosamente esa coherencia en su vida privada y pública y en sus escritos y a ello se debe en gran medida el respeto y admiración que alcanzó aun entre quienes tenemos reservas sobre su obra literaria o sobre sus tomas de posición y sus ideas. Para entender cabalmente a Heinrich Böll hay que situarlo en su contexto histórico. Esta perspectiva «social» no siempre es esclarecedora en el caso de un escritor, pero en el suyo sí lo es. Debió de ser muy duro para el joven católico de origen modesto que era Böll librar, como soldado raso primero y luego como cabo, una guerra que íntimamente le repugnaba y al servicio del nazismo, un régimen que era la negación de sus creencias y valores. La confusión y la brutalidad de esa experiencia que compartió con los de abajo, aquellos que estaban lejos de quienes tomaban las decisiones y programaban el horror, los que se limitaban a materializarlo y a sufrirlo, le inspiró algunos de sus mejores relatos. Pero lo que le daría la celebridad no fueron sus críticas a la Alemania de la destrucción y la guerra, sino, más bien, a la que, como el Ave Fénix, renació de sus ruinas y se desarrolló y prosperó a un ritmo asombroso hasta convertirse en la primera potencia económica de Europa.

Böll fue el más severo cuestionador de este «milagro alemán», al que sometió a una permanente autopsia en sus ficciones y artículos reprochándole de mil maneras estar asentado sobre deleznables cimientos. En sus cargos y censuras se mezclan las críticas legítimas, como la facilidad con que muchos nazis responsables de crímenes se convirtieron a la democracia y volvieron a ocupar posiciones de poder en la República Federal, con las más burdas, aquellas que la propaganda soviética orquestaba y los progresistas de Europa coreaban sin medir bien las consecuencias de lo que pedían, como la hostilidad a la Alianza Atlántica y al —tan cacareado en los años cincuenta— «rearme alemán». Pero Heinrich Böll no fue jamás el típico «compañero de viaje», es decir el bobalicón bienintencionado o el vivillo cínico al que los comunistas podían instrumentali-zar sin dificultad, como un titiritero a sus muñecos. Porque él supo ver la viga tanto en el ojo ajeno como en el propio y nunca se hizo demasiadas ilusiones sobre lo que ocurría en las sociedades marxistas. Fue, desde un principio, un resuelto defensor de los disidentes en los países del Este y sus denuncias contra el Gulag y las violaciones humanas en el mundo comunista fueron siempre tan claras y explícitas como las que hizo contra los abusos a los derechos humanos en Occidente y en el tercer mundo, aunque formuladas de modo que no pudieran servir de arma a la propaganda anticomunista. En otras palabras, estas tomas de posición de Böll fueron siempre morales y religiosas aun cuando a menudo se revistieran de consideraciones políticas.

Que el «milagro alemán» se operara bajo la conducción de un partido que se proclamaba «cristiano», que su principal jerarca, Konrad Adenauer, fuera un católico practicante y que todo este proceso político contara con la bendición y el apoyo militante de «su» Iglesia, fue un irritante continuo y una fuente de desgarramientos para el católico progresista que era Böll. El «consumismo» de la sociedad de mercado, el «materialismo» creciente de la vida, la proliferación de las armas nucleares y el consiguiente riesgo de un cataclismo mundial, y el rígido maniqueísmo político que la guerra fría reintrodujo en Europa, lo angustiaban porque, de un lado, contradecían su moral austera y un tanto puritana templada en los años de la guerra y de la terrible escasez de la posguerra, y, de otro lado, porque en esa evolución de la sociedad alemana Böll creyó entrever los signos fatídicos de una nueva catástrofe autoritaria y bélica para su país. En esto último se equivocó garrafalmente, como otros progresistas (aunque sus motivos fueran más nobles y genuinos que en muchos de éstos). Porque lo cierto es que la República Federal, con todas las críticas que se le puedan hacer, ha significado la instauración de instituciones y hábitos democráticos en el pueblo alemán de una manera que ya parece irreversible, y, también, para el conjunto de su sociedad, el más alto nivel de vida que alcanzó nunca en su historia. De otro lado, la OTAN y la creación de la Europa política, de las que la República Federal ha sido herramienta clave, han garantizado ya cuarenta y tres años de paz en el viejo continente, marca que supera todos los otros períodos no bélicos en el pasado europeo. Si hay, pues, un país que tiene una historia moderna exitosa es aquel que mereció tantas amargas invectivas de parte de Heinrich Böll.

Pero lo cierto es que sin hombres como él, que la sometieron a esa crítica implacable y constante (y a veces injusta), Alemania Federal sería mucho peor de lo que es. ¿No es eso lo que diferencia a la sociedad abierta de la cerrada? El estar sometida a la vigilancia de una crítica intensa, que la obliga a cuestionarse a sí misma en cada uno de sus pasos y decisiones y donde una opinión pública es (o puede ser) el mejor freno para los excesos de los distintos poderes que la regulan. La función de un intelectual en una sociedad democrática es contribuir a mantener esa opinión pública alerta e informada de modo que aquellos poderes (en los que siempre anidará la predisposición a durar y a crecer) no se extralimiten ni desborden el marco de la ley y del bien común. Heinrich Böll cumplió esta función de manera ejemplar y fue en ese sentido uno de los pilares de la reconstrucción democrática de su país, luego de haber sido uno de los desgraciados instrumentos y víctimas de sus sueños imperialistas y totalitarios.

Me pregunto si él hubiera aprobado esta afirmación. Tuve oportunidad de charlar una sola vez con él, a fines de los sesenta, en Colonia, y no he olvidado la impresión de hombre bueno y límpido que me causó. Había sufrido una reciente desgracia familiar y se lo notaba profundamente afectado. Pero no hablamos de ello, ni de literatura, sino de la condición de los trabajadores turcos emigrados a Alemania, por cuya suerte él se interesaba y obraba por mejorar. En un inglés vacilante, me explicó cómo eran explotados por no tener permisos de trabajo y no poder acogerse a las leyes sociales, el desamparo y el trauma cultural que era para ellos vivir confinados en verdaderos ghettos urbanos, lejos de sus familias y de su país y sin el menor contacto con la población alemana, y los tímidos esfuerzos que algunas asociaciones comenzaban a hacer para remediar en algo su situación. Hablando con él, uno tenía la incómoda sensación de estar junto a un sismógrafo del sufrimiento humano.

Opiniones de un payaso, su novela más célebre, es un buen testimonio de esta sensibilidad social escrupulosa hasta la manía. Se trata de una ficción ideológica, o, como se decía aún en la época en que apareció (1963), «comprometida». La historia sirve de pretexto a un severísimo enjuiciamiento religioso y moral del catolicismo y de la sociedad burguesa en la Alemania Federal de la posguerra.

El payaso Hans Schnier, un joven de 27 años (pero que parece viejísimo), vastago y «oveja negra» de una próspera familia industrial de Bonn, que vivía hacía seis años sin casarse con una muchacha católica, experimenta una crisis múltiple: Marie lo abandona para casarse con Heribert Züpfner, miembro como ella de un «círculo católico» de estudios y reflexiones; profesionalmente gusta cada vez menos y ha sido atacado con dureza por un influyente crítico de un diario de Bonn; no tiene dinero ni contratos en perspectiva y, finalmente, acaba de caerse en medio de una actuación y se ha magullado la rodilla.

En este desastroso estado de ánimo, Hans Schnier, en el pequeño departamento que le legó su abuelo, pasa revista a su vida, entre frustradoras llamadas por teléfono a parientes y conocidos para averiguar el paradero de Marie. Hans descubre una total falta de solidaridad en este grupo de prelados y activistas católicos para con su caso; y algo más: lo que parece ser una conspiración «católica» —es decir, erigida con argumentos éticos y teológicos— para inducir a Marie a poner fin al concubinato en que vivía con él y echarla en los brazos ortodoxos de Heribert Züpfner. En verdad, lo que el infortunado payaso descubre es mucho más grave: la hipocresía de aquellos creyentes y de la Iglesia a la que pertenecen, y, en última instancia, de la sociedad en la que vive. Todos ellos, de manera consciente o inconsciente y con distintos grados de oportunismo, hacen trampas: son fariseos que se rasgan las vestiduras ante las faltas ajenas y ello les da una cómoda buena conciencia para cometer las propias. La religión y la política son herramientas que les permiten adquirir poder y prestigio, además de proporcionarles unas coartadas universalmente respetadas en su sociedad para prosperar en la vida sin sentirse lo que en verdad son: egoístas, ávidos y cínicos. Que la dulce y honesta Marie Derkum, que parecía tan distinta, vaya a convertirse en un ser semejante a ellos —a la señora Fredebeul, por ejemplo— angustia a Hans tanto como perder a la muchacha que ama.

¿Es el mundo, en verdad, tan negro como el payaso nos lo pinta? ¿O es su amargura presente la que ennegrece a los hombres y las cosas que lo rodean? Pues lo cierto es que casi nadie se salva en la novela del descrédito moral, salvo uno que otro marginado, como el viejo Derkum, padre de Marie, cuya coherencia existencial lo ha condenado a la pobreza y a un cierto ostracismo. Nadie es simpático en la historia, ni siquiera el pobre Hans Schnier, cuya excesiva autocompasión y sus arrebatos anárquicos lo muestran como un hombre difícil y a menudo intratable.

Pero hay en él una claridad y una coherencia entre la manera de pensar y de actuar que hace de Hans un ser más digno y respetable que aquellos que lo desprecian por extravagante y anárquico. Dice lo que piensa, aunque con ello esté continuamente ofendiendo a los demás y hace sólo aquello que lo motiva y en lo que cree pese a que, actuando de este modo, se condene a ser lo que su sociedad considera un fracasado y un marginal. A diferencia de sus padres, o de los católicos amigos de Marie, o incluso de ésta, Hans Schnier nunca entrará en los «acomodos con el cielo» que permiten a aquéllos disfrutar de lo mejor que ofrece esta vida con la seguridad, además, de figurar entre los elegidos una vez que pasen a la otra.

Hijo de ricos que elige la pobreza, ciudadano de un mundo que valora el éxito social y económico por encima de todo y que decide automarginarse de esa competencia para asumir el incierto oficio de bufón —una manera, sin duda, de negarse a crecer, a salir de esa niñez para la que el payaso es rey—, Hans es el símbolo de un cierto tipo de rebelión que cundió en las sociedades industrializadas entre las clases medias y altas y que culminaría en el movimiento de mayo de 1968. Rebelión de índole moral antes que política, contra la sociedad de consumo y el aburrimiento, contra la hipocresía que es el sustento de todas las convenciones sociales, y a favor de la aventura, el desorden y los excesos que son infortunadamente incompatibles con la estabilidad y el condicionamiento de la vida que trae consigo el alto desarrollo tecnológico e industrial, los grandes alborotos estudiantiles que conmovieron a Occidente hace veinte años fueron protagonizados por jóvenes que, como el personaje de esta novela de Böll, se hartaron un día de su vida cómoda y protegida y de su futuro previsible, y, en un generoso sobresalto romántico, se lanzaron a las calles a armar barricadas y a practicar el amor libre. Que la fiesta revolucionaria durara poco tiempo y que muchos inconformes fueran luego recuperados por la sociedad que pretendían cambiar, no debe desmoralizar a nadie. En verdad, esos rebeldes cambiaron algunas cosas: destruyeron ciertos tabúes, obligaron a sus sociedades a repensarse a sí mismas e instalaron en ellas una mala conciencia, lo que es un excelente antídoto contra el conformismo y la autocomplacencia que suelen acompañar al progreso. No materializaron la utopía, porque ello es imposible, pero provocaron una saludable crisis y gracias a ellos muchos recordaron algo que, en la bonanza en que vivían, comenzaban a olvidar: que el mundo siempre estará mal hecho, que siempre deberá mejorar. Acaso puedan decirse de Heinrich Böll y, sobre todo, de Opiniones de un payaso, cosas parecidas. ¿Por qué tuvo tanto éxito en Alemania esta novela inactiva y algo deprimente, donde ocurren tan pocas cosas y proliferan tantas reflexiones? Tal vez porque ella, como la revolución de mayo, fue la gotita de ácido que vino a aguar la fiesta de la bonanza en un país que se había convertido en el más rico de Europa y a mostrar a sus conciudadanos que no todo lo que brillaba alrededor de ellos era oro; que, si observaban con atención crítica en torno, advertirían que aquella prosperidad material se había alcanzado en muchos casos a expensas de lo espiritual y que, en este campo, había aún, por debajo de los rozagantes atuendos, andrajos que zurcir y llagas que curar. Que sus compatriotas escucharan el mensaje y convirtieran este libro, que les decía que no tenían razón alguna para sentirse optimistas y satisfechos, en un extraordinario best-seller y a su autor en un escritor de moda, es una de las inquietantes paradojas de la literatura.

¿Qué concluir de esta extraña operación en la que el severo aguafiestas es trocado, de pronto, por aquellos a quienes fulmina con sus dardos, en el rey de la fiesta? Que los efectos de la literatura son imprevisibles y nunca gobernables por quien la escribe. Y, también, que, aunque la sociedad parezca anular el contenido crítico de una obra festejándola y consagrándola —aureolándola de frivolidad—, no es seguro que lo consiga. Lo probable es, más bien, que, allá en las entrañas donde ha sido puesta a buen recaudo por los malabarismos de la publicidad y de la moda, la obra literaria genuina expulse sus venenos y opere su lento trabajo de demolición de las certidumbres y el conformismo. Así contribuye la literatura a mantener viva la insatisfacción humana y a impedir que se anquilosen el espíritu y la historia.

Jorge Luis Borges


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NotaPublicado: Lun Jun 06, 2011 9:17 am 
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¡Muy interesantes, hoeman :60: estos artículos sobre Böll!.

Para mí, aunque oído, es un autor totalmente desconocido :oops:

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Presente: Paul Bowles, el recluso de Tánger de Mohammed Chukri.

Futuro: El caso de Saint-Fiacre de Georges Simenon.


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NotaPublicado: Mar Ene 07, 2014 6:51 am 
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Leí Opiniones de un payaso ya no me acuerdo hace cuánto (a veces creo que hace poco, a los 18 o 19, otras creo que como a los 14, ¿por qué olvido cuándo leo algunas cosas?) y ayer en una caja de libros lo encontré. Leí lo subrayado. Reí.

Reír es mi llorar.

Todos son unos payasos. No, mentira. Algunos. Muy pocos.

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NotaPublicado: Jue Dic 21, 2017 2:36 pm 
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Felices primeros cien años, Heinrich Böll.

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NotaPublicado: Jue Jul 26, 2018 3:56 am 
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Quiero volver a leer a Böll. Continúo estos días reorganizando mis estanterias y justamente hoy me encontré Opiniones de un payaso. :D


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NotaPublicado: Lun Ago 06, 2018 10:54 am 
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hierbamora escribió:
Quiero volver a leer a Böll. Continúo estos días reorganizando mis estanterias y justamente hoy me encontré Opiniones de un payaso. :D


También lo tengo en una estantería, pero ésta la tengo más organizada, :dentadura: :icon_mutis:

Sé que es una obra que me está esperando desde hace tiempo, pero tendría que ser, por lo menos, hacia mediados de septiembre, :lista:

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España