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NotaPublicado: Mié Feb 14, 2018 3:52 pm 
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14
LA INCREDULIDAD DEL MAESTRO


En el escondite de Miya, ésta había salido fuera y estaba probando su fuerza contra todo lo que encontraba a su paso: como árboles y grandes piedras. El maestro no había vuelto a ir, pero un día se presentó allí para ver cómo seguía.

—Hacía tiempo que no te veía, Miya.

—¿Maestro? —respondió la ninja dándose la vuelta.

El anciano la vio muy cambiada, su cuerpo había adquirido músculos, su fuerza había aumentado, se había convertido en luchadora cuerpo a cuerpo e incluso usaba abanicos como su enemiga Kioko.

—Ya veo que has mejorado mucho.

—Sí, logré entender la técnica de la geisha y ahora la uso en mi beneficio.

—Enséñame cómo se hace —dijo el maestro con una sonrisa socarrona.

—¿Está seguro, maestro? No quisiera abusar de usted.

—Por favor, niña, ataca de una vez. Este viejo quiere ver cuánto has mejorado —le sonrió, aunque estaba molesto porque lo tratara como un viejo.

La ninja se puso en una posición de combate muy escogida y enseguida saltó y desapareció en el aire. El hombre la estuvo buscando, pero era como si se la hubiera tragado la tierra. Miya apareció encima de él y le dio un golpe en mitad de la cabeza. El maestro cayó al suelo, pero luego rodó y se levantó de manera ágil.

—Vaya, has mejorado tu velocidad. ¿Cómo has desaparecido así?

—Es por el uso del chi.

—¿Has aprendido a manejar el chi en profundidad?

—Sí, no ha sido nada fácil porque es una energía que requiere que los chakras se abran justo en el momento adecuado, pero finalmente entendí cómo la geisha lanzaba las ráfagas de energía.

—¿Cómo? —preguntó el maestro otra vez con una media sonrisa.

Miya sabía que su maestro la estaba poniendo a prueba y aquello era bueno, porque así tendría la opinión de alguien más sabio que ella. El maestro se cubrió y la ninja se dispuso a desplegar sus abanicos para atacarle con ráfagas de chi. Cuando lo hizo, la hierba alrededor de ella, todas las piedras, los árboles y los arbustos salieron volando. El maestro estaba firmemente sujeto al suelo, pero aún así fue arrastrado varios metros hacia atrás.

Cuando miró a su alrededor todo en un radio de cincuenta metros había quedado desierto, como si nunca hubiera crecido nada en esa zona. Esto hizo que pensara que mucho mejor tendría que ser esa geisha si Miya no lograba vencerla tal y como estaba ahora.

—¿Cómo me ha visto, maestro?

—Me has impresionado, además veo que te has entrenado a conciencia; incluso has dominado el uso del chi.

El anciano se calló el detalle, pero él nunca fue capaz de manejar el chi de esa manera. Era cierto que los ninjas lo usaban para moverse con sigilo y otras acciones, pero lo que había conseguido su discípula parecía cosa de brujas.

—Me he entrenado muy duro pensando siempre en mi enemiga.

—Estupendo, nada alimenta más el afán de superación como la venganza —palmeó la espalda de su alumna.

El hombre parecía satisfecho, pero se temía que Miya iba a hacerle una pregunta muy incómoda y en ese momento habría preferido no estar allí.

—¿Me acompañará para ver cómo mato a la geisha y a Takayama?

—Lo siento pero no —respondió el hombre, cortante.

—¿Por qué no, acaso no confía en mí?

—No es eso, es que si algo saliera mal no quisiera ser testigo de tu muerte. Te lo dije hace un tiempo, veo que lo único que no has mejorado es tu memoria.

La chica estaba desilusionada, quería enseñarle cómo mataba a esa geisha presuntuosa que la humilló de una manera tan cruel, y luego, como una promesa tardía, matar a Takayama por las molestias ocasionadas. Además, en esos momentos se sentía capaz de vencer a cualquiera y estaba eufórica, un sentimiento que llevaba años sin experimentar, concretamente desde que tuvo que robar un mendrugo de pan para sobrevivir, siendo una niña.

—La geisha está acabada.

—No sé cómo puedes estar segura, desconocemos el verdadero potencial de esa persona. Podría ser la más poderosa del planeta.

—Ya se lo dije, maestro, si tengo que morir lo haré luchando y ¡qué mejor que contra una enemiga formidable!

—En ese caso mi respuesta sigue siendo negativa, pero te deseo buena suerte —dijo el maestro a su hija adoptiva.

La muchacha se sentía desilusionada, un sentimiento no muy frecuente en ella, porque nada le complacería más que demostrarle con hechos a su maestro el cambio que había sufrido en ese año de intenso entrenamiento.

—De todas formas, quiero que sepas que siempre he estado orgulloso de ti.

—Muchas gracias.

No obstante, no podía dejar que su hija muriera sola y desamparada y por eso pensaba seguirla en cuanto se dirigiera a su destino, para estar a su lado en la victoria o en la derrota.

La ninja se puso su kimono negro y guardó bien los abanicos oscuros, con bordados del gato negro y el dragón rojo convirtiéndose en una sola criatura, y partió enseguida. No tenía prisa así que fue andando, después de todo podía ser su último paseo y lo sabía. Además, el dominio del chi le había conferido un increíble control sobre sus emociones. Ahora ya no consideraba robar divertido ni excitante, porque la lucha final con su enemiga era su única ilusión. Una contienda que por supuesto esperaba ganar.

Ahora sus pensamientos eran ordenados y no caóticos, al contrario que hace un año que habría pensado diez cosas a la vez.

Su objetivo era acabar con la geisha y ese pensamiento la acompañó como un amigo fiel.

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NotaPublicado: Sab Feb 17, 2018 5:11 pm 
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La has hecho madurar solo a medias :no: Y encima ha sobrepasado a su maestro ella solita. :shock: Menos mal que es fantasía desde hace ya un buen rato :lol: :lol:

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NotaPublicado: Dom Feb 18, 2018 1:59 am 
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No entiendo muy bien eso de madurar a medias. Si te refieres a que sus pensamientos eran más ordenados, para mí no siginifica que haya cambiado, ahora tiene un pensamiento algo más frío pero yo me quedo con que sigue con la misma idea de enfrentar a Kioko.
Si te digo la verdad yo nunca consideré que Miya madurara, por eso sigue empeñada en enfrentarse a la geisha. Y tal es su ofuscación que no ha parado de entrenar en todo ese año, o sea, ha seguido con la misma idea fija durante todo un año (es mucho tiempo para seguir con una idea que la puede llevar a la muerte); no creo que eso sea ni siquiera madurar a medias. Y supera al maestro como una crítica hacia el ser humano de lo mezquinos que podemos ser en ocasiones. Además, hay una diferencia de poder muy grande entre Miya y Kioko, y tenía que superar al maestro porque si no la ninja no podría hacerle frente a la geisha. Que consiga superar al maestro para mí simboliza que se ha entrenado con tanto ahínco que ha superado las propias posibilidades que ella creía tener, pero que sigue con la misma idea infantil de derrotar a Kioko.
Y si fuera histórica, con esta historia lo llevaba claro :cunao: , pero no, es una fantasía como una casa, y todavía más cuando le meta lo de la posesión.

Gracias por comentar :alegria:

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NotaPublicado: Dom Feb 18, 2018 7:36 pm 
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Lo digo porque contrasta mucho la disciplina que requiere llegar a mejorar de esa forma para lo obcecada que es respecto a todo (por ejemplo, la situación con el maestro cuando este le dice que no la va a acompañar). Lo de Kioko es normal que siga obsesionada con ella. ¡No ha dejado de pensar en ella todo un año!

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NotaPublicado: Lun Feb 19, 2018 2:04 am 
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Creo que entiendo tu comentario y diré que el odio puede ser un gran combustible para llegar a hacer cosas increíbles. Aunque la chica sea obcecada para todo se enfoca en derrotar a su enemiga, y el porqué se obceca para que el maestro la acompañe se debe a que ella quiere que su maestro esté orgulloso de ella; ese fue el motivo por el que lo escribí así. En cambio, el maestro no quiere ni siquiera arriesgarse a ver cómo la matan y por eso no quiere acompañarla.
No sé si te referías a esto pero de no ser así, dime a qué te refieres y cómo lo harías tú.

Gracias por comentar :alegria:

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NotaPublicado: Lun Feb 19, 2018 9:45 am 
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No, a eso me refería.

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NotaPublicado: Jue Mar 01, 2018 1:39 am 
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Ok, cuando lo reescriba tendré en cuenta lo que me has dicho. Ahora voy a seguir con la historia :cunao:

15
UNA AMENAZA DEMASIADO REAL


En la casa de Takayama, Riada ya llevaba media hora levantada cuando Kioko la vio practicando. La mujer corría, saltaba y golpeaba todos los árboles a su paso con el fin de adquirir más resistencia; le haría falta si esperaba ser imbatible como su sensei.

—Riada, descansa un poco —gritó Kioko desde la planta superior—. El desayuno está listo.

La mujer subió rápidamente, engulló todo casi sin masticar y se fue otra vez al patio a seguir entrenando.
Estaba claro que era una mujer de palabra y no pararía hasta mejorar lo más posible. Lo que Riada no sabía era que lo que más la fortalecería sería el momento en el que tuviera que defender su vida por primera vez. Kioko lo sabía bien porque nada agudizaba tanto el instinto como la propia supervivencia personal porque, llevado al límite, el cuerpo humano es capaz de auténticas proezas. Ahora bien, ¿estaba destinada su amiga a cosas importantes?, eso no podía saberlo nadie, sólo sabía que luchaba muy bien para tener veinte años más que ella.

De repente, tuvo el mismo presentimiento de hace un año; una desgracia se acercaba a la mansión de Takayama y por el bien de Miya esperaba que no fuera ella. Se alarmó tanto que fue a informar enseguida al noble.

—Takayama, acabo de tener el mismo presentimiento de hace un año, alguien se acerca hacia aquí. Quiero que se quede en sus aposentos custodiado por su guardia mientras yo me enfrento al intruso.

—No puedo quedarme quieto. Tengo que hacer algo.

—¿Recuerda que le dije que debería hacer lo que yo le dijera cuando se lo dijera?

—Sí.

—Ahora debe irse a sus aposentos y no salir de allí.

Kioko estaba sintiendo ahora algo distinto a la otra vez. El peligro era mayor y quien quiera que fuera había seguido un entrenamiento tan riguroso o más que Riada, y eso la inquietaba. Además desprendía un chi malvado de bastante potencia y enseguida pensó en Miya, porque tenía conocimientos básicos de dicha energía. Sin embargo, no podía asegurar que fuera la ninja, ya que estaba bastante lejos; a ese ritmo tardaría dos horas en llegar.

Kioko volvió junto a su pupila y ésta la vio muy seria y le preguntó si le pasaba algo. La geisha le dijo que estaba teniendo unas premoniciones muy fuertes, pero que había sido una falsa alarma porque las señales desaparecieron. No estaba dispuesta a que su pupila pusiera en peligro su entrenamiento por esa estúpida de Miya. Riada volvió a entrenar y Kioko le hizo prometer a Takayama que nadie le diría nada a su alumna. Por aquellos tiempos la palabra de un noble no valía demasiado, pero éste parecía honorable como para pedirle algo así. El tiempo pasó con rapidez y Kioko esperó junto a la entrada de la residencia para interceptar al enemigo. Riada, que la había visto rara la siguió y estuvo espiándola.

—Por lo que veo el sigilo no es tu especialidad —dijo la geisha levantando la vista a la rama de un árbol— la sintió gracias al uso del chi.

Su compañera bajó la cabeza avergonzada y respondió con presteza:

—Lo siento, te comportabas de manera extraña y me tenías preocupada.

De pronto, en el horizonte, empezó a vislumbrarse la figura de una persona. No podían distinguirse bien los rasgos porque aún estaba muy lejos. Se acercó con lentitud y al poco pudieron ver que llevaba una túnica marrón desgastada. Riada se dio cuenta de que su amiga había tenido premoniciones sobre esa persona y se preguntó por qué ella no las tenía, aunque lo que ella no sabía era que su maestra poseía esa habilidad de nacimiento.

—¿Qué quieres, forastera? —preguntó Kioko con desconfianza.

—Soy una monja que viene pidiendo una limosna para su congregación —dijo Miya con una sonrisa que nadie vio.

—¡Eso no es cierto, puedo oler el olor de la sangre desde aquí! —exclamó la geisha, enfadada.

—Por el camino me han atacado y he tenido que defenderme, noble señora.

Por aquel entonces ninguna persona que no fuera experta en artes marciales se adentraba sola en los caminos y por eso supo que estaba mintiendo. Además, en aquellos tiempos una monja nunca pediría algo de manera tan directa y, lo más raro, en persona.

—¡Revélame quien eres ahora, o te atacaré!

—Ya se lo he dicho, soy una mujer indefensa.

—Está bien, te lo he advertido —gritó Kioko enojada al ver que el peligro no pasaba.

La geisha cogió sus abanicos, los abrió, dio un par de reveses y se preparó para que impactaran sobre la farsante, y luego se hizo una nube de polvo que no dejaba ver nada. Cuando se disipó vieron la túnica destrozada en el suelo y una figura teñida de oscuro en su lugar.

—¿Quién eres?

—Qué pronto olvidas, Kioko —dijo la ninja con tranquilidad.

La figura empezó a andar y se quedó a unos pocos metros de las dos mujeres y entonces fue cuando la geisha la reconoció. Sin embargo, no podía creer el cambio tan increíble que había sufrido.

—¿Eres Miya? —preguntó con sorpresa.

—Vaya, por fin me has reconocido.

No era fácil tal cosa porque la muchacha iba vestida con un kimono negro, portaba dos grandes abanicos con bordados, llevaba una cola recogiendo su ahora largo pelo y su cuerpo se había vuelto atlético. Era una persona completamente distinta y no la habría reconocido si se la hubiera cruzado por la calle.

—¿Qué te ha pasado?

—He entrenado durante este año y aquí está el resultado —se señaló la ninja a sí misma.

—Miya, te dije que no volvieras por aquí.

—¿Ah si? ¿y quién eres tú para decirme lo que debo o no debo hacer?

La geisha sabía que la humilló y también la despojó de su dignidad aquel día, y eso era algo que ningún guerrero perdonaba por aquel entonces. Aunque ella sólo había defendido a Takayama y nunca la hubiera humillado de no ser porque quería matar a un hombre inocente.

—No sé a qué has venido, pero intentaste hacer algo despreciable y por eso hice lo que hice; con la esperanza de que aprendieras una lección.

—¡Oh, si, he aprendido la lección, pero con mi nuevo entrenamiento! —gritó Miya con rabia.

El maestro llegó hasta el lugar del enfrentamiento y se sorprendió al ver a su pupila hablando con la geisha. No cabía duda de que esa era la guerrera sobre los que algunos ciudadanos hablaban. No se la imaginaba con ese aspecto tan frágil y le llamó la atención que las lenguas dijeran que alguien así era invencible.

Riada estaba muy impresionada, parecía una rival muy peligrosa incluso para Kioko y entonces supo que, de momento, no podría hacer frente a una pelea de verdad por mucho que deseara luchar.

—Aléjate de aquí, Riada, esto es peligroso.

—Sí, amiguita, no querrás ver cómo la mato ¿verdad? —dijo la ninja en tono cortés.

Ambas mujeres se quedaron sorprendidas por las palabras de Miya. La seguridad que tenía era o de un loco o de alguien que sabía que tendría éxito en su oscuro propósito.

—No quiero irme, puede que necesites mi ayuda.

—Ahora no puedes ayudarme mas que yéndote de aquí —gritó Kioko algo enervada.

—Hazle caso, y despídete por si acaso —se rió Miya.

—¿Crees que podrás con ella?

—No lo sé, ha cambiado mucho.

Kioko era consciente de que se le presentaba una dura lucha porque su enemiga había cambiado bastante, pero pensaba vender cara su derrota.

—¡Anda, vete de aquí, esto no va contigo! —Gritó Miya enfurecida— Sólo me interesa que tu amiga muera.

La geisha se volvió hacia Riada y le dijo:

—Hazme caso, estaré bien —Kioko le acarició suavemente el mentón.

Riada se alejó de allí rezando para que no le pasara nada a su amiga, a su compañera y a su sensei.
Aunque sabía que era fuerte, Kioko tenía una expresión distinta en la cara, incluso le pareció ver sudor en su rostro y eso que ella nunca transpiraba antes de un combate. Había algo en Miya que hacía que la geisha no tuviera su tranquilidad habitual. Se colocó lo suficiente lejos para estar a salvo y, sin embargo, lo bastante cerca como para oír lo que decían.

—¿Qué has hecho, Miya?

—He entrenado día y noche, claro —dijo la ninja abriendo muchos sus ojos y flexionando sus musculosos brazos— ¿qué creías, que podías humillar así a una persona sin recibir tu castigo?

—Mira quien va a hablar, la asesina de las sombras.

—Pues te equivocas, ya no me interesa la vida que llevaba antes.

—Entonces quieres vengarte por honor, ¿cuántos imbéciles habrán muerto por honor por estos lugares?—preguntó la geisha retóricamente.

—Es cierto, pero tú no vas a morir por imbécil, vas a morir por pendenciera.

—¿Pendenciera yo, tengo que recordarte que hace un año intentaste matar a un hombre inocente?

—No sería muy inocente si me encargaron matarlo.

—Bueno, ya estoy cansada. No sé a qué has venido pero te ordeno que te vayas de aquí ahora mismo.

Miya se asombró por la forma tan impertinente de hablar de aquella mujer y se enfadó muchísimo. Empezó a apretar los dientes con furia y Kioko pensó que se iba a hacer sangre en las encías. La geisha la miraba con un poco de miedo porque parecía un demonio enrabietado.

—¡Ya se te ha acabado lo de dar órdenes! —rugió preparando sus abanicos negros.

Kioko se sorprendió porque la defensa de la chica era similar a la suya y le habría gustado saber cómo aprendió un estilo parecido al suyo, como pasaba con Riada.

La ninja abrió sus abanicos en dos segundos y lanzó unas ráfagas tan fuertes de energía que la geisha apenas tuvo tiempo de protegerse con sus abanicos. La fuerza del impacto la hizo retroceder varios metros hacia atrás y desgarró parte de su kimono rojo de combate. Riada lo estaba viendo todo y se estaba empezando a preocupar mucho por su amiga.

Kioko descruzó los brazos y vio dos surcos en el suelo provocados por el arrastre de sus pies hacia atrás. Tampoco pasó por alto el detalle de que todo lo que la rodeaba había desaparecido, tanto árboles, como piedras, como arbustos. Lo único que quedó alrededor de la geisha fue una pequeña planicie marrón donde ya no volvería a crecer nada en mucho tiempo.

—¿Cómo has hecho eso con un sólo golpe?

—Ya ves, maestra, me he entrenado día y noche para conseguir esto. Además, la otra vez analicé con
cuidado tus movimientos y me di cuenta de que utilizabas una forma avanzada del chi.

—Te habrá costado mucho trabajo aprender un estilo como ese —la geisha parecía admirada.
—Sí, y muchas noches de no dormir, visualizándote con tu kimono rasgado y las dudas acechando sobre tu cabeza.

Kioko se dio cuenta de que Miya hablaba como si ya la hubiera vencido y se equivocaba totalmente si pensaba que se iba a dar por vencida por haberle rasgado su kimono.

—No seas tan creída, niña, sólo me has roto el vestido.

—Es un pequeño adelanto de lo que te espera. Mira tu vestimenta, así quedará tu alma cuando acabe contigo.

Miya se había quedado quieta y muy tranquila delante de la geisha y ésta supo que le había cedido la iniciativa de la lucha por algún motivo que no lograba imaginar. En su opinión se había vuelto loca por bajar la guardia de esa manera y pensaba aprovecharlo. Abrió sus abanicos y desplegó ráfagas de energía hacia su enemiga. Cuando estaban a punto de impactar, Miya cogió un abanico negro, hizo un rápido movimiento circular que rodeó su cuerpo, y la energía se dividió en dos y se perdió a espaldas de la ninja.

—No está mal, pero eso ya no será suficiente para ganarme —dijo Miya, rabiosa.
Por primera vez, Kioko sintió indefensión y fue un sentimiento que no le gustó descubrir. Ahora sabía que tendría que emplearse a fondo.

—Has cambiado mucho, Miya, parece que hayas hecho un trato con el diablo.

—No, he entrenado hasta que me han sangrado las manos y las piernas de tanto dar golpes.

Miya guardó los abanicos y le dijo con rabia:

—Prepárate, ahora empieza la verdadera lucha.

La ninja saltó sobre ella y le propinó una patada que la geisha pudo parar con uno de sus abanicos. La potencia del golpe hizo que el brazo de la geisha temblara, sin embargo, tenía que guardar fuerzas y sus pensamientos para la batalla. Miya no dejaba de darle golpes y patadas y los fue esquivando todos con maestría, aunque consiguió golpearla en el plexo solar. El golpe hizo que retrocediera un poco, pero volvió al ataque otra vez. La rapidez de Miya era inhumana y finalmente la geisha no pudo esquivar un puñetazo que le lanzó a la cara y salió despedida hacia una gran roca que se rompió por la mitad, debido al impacto.

La geisha se había desmayado y Miya se disponía a matarla. Riada estaba muy asustada observando la horrible escena y, aunque no se sentía preparada, no pensaba dejar que le hiciera daño a su amiga y por eso fue al encuentro de la ninja sin vacilación.

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Última edición por Evenesh el Sab Mar 10, 2018 9:56 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Mar Mar 06, 2018 7:01 pm 
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Registrado: Vie Dic 26, 2003 7:50 pm
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Bien por dejarlo en un punto tan intrigante :cunao:

Y una cosita, los golpes al plexo solar fuertes pueden dejar ko a una persona, no hacía falta luego el segundo a la cara.

Y aquí se te olvidó terminar la frase
Citar:
—Soy una monja que viene pidiendo una limosna para su —dijo Miya co

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NotaPublicado: Sab Mar 10, 2018 10:02 pm 
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Registrado: Vie Sep 01, 2017 9:29 am
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Ya está corregido ese pequeño olvido y lo del plexo solar ya lo corregiré en su momento. Gracias por el comentario :alegria:

16
EL VALOR DE RIADA


Riada se interpuso entre su amiga y la ninja y ésta se quedó observándola. Era la primera vez que la veía pero se notaba que había seguido un entrenamiento severo, lo más probable es que su maestra fuera Kioko.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó uno de los guardias que había visto la explosión desde lejos.

—Llévate a Kioko y ponla a salvo.

El guardia se fijó en la geisha herida y se sorprendió mucho porque no imaginó que la vería en un estado tan lamentable. El hombre cruzó un momento su mirada con Miya y luego se fijó en la espalda de Riada.

—Rápido, cada segundo es vital —ordenó Riada, severa.

—Enseguida —el hombre salió de su ensimismamiento y se puso a Kioko en uno de sus hombros.

—Que la vea el médico particular de Takayama mientras yo me encargo de esta intrusa —Riada no dejó de mirar a Miya mientras hablaba.

Al oír estas palabras la ninja se rió porque había dicho en serio que se ocuparía de ella, aunque bien era cierto que había seguido un entrenamiento, y si su maestra había sido Kioko, era de esperar que fuera fuerte.

No obstante, la asesina de las sombras no iba a permitir que le arrebataran su venganza y por eso intentó abatir al guardia antes de que se llevara a la geisha herida, sin embargo, Riada le impidió llegar con unas ráfagas potentes de sus abanicos.

—No vas a ninguna parte, tu adversaria soy yo —la miró amenazante.

Miya comenzó a reírse de manera exagerada, tanto que incluso le entró tos.

—Apártate de mi camino, mujer, ¿acaso crees que hablando como tu amiga serás como ella?

—No vas a pasar por aquí, antes tendrás que matarme.

Le había lanzado un claro desafío a la ninja y ésta cambió su expresión por otra más dura que denotaba lo que Riada ya sabía: que no tenía piedad

—Reconozco que tienes valor por presentarte ante mí así, pero es un error que no volverás a cometer nunca mas.

Riada ya había acabado de hablar con ella y se lanzó directamente al ataque, usando un sistema distinto al que la ninja esperaba. Dos puñetazos se estrellaron en la cara de Miya y salió volando hacia una casa, la ninja giró sobre sí misma en el aire, apoyó pies y manos en la pared, dio vueltas hacia delante y se posicionó ante Riada de nuevo.

El guardia por fin llegó a la residencia, tumbó a la geisha sobre una cama y avisó tanto a Takayama como al médico particular del noble.

—¿Qué pasa? —preguntó el noble alertado por la llamada de uno de sus hombres.

No le hizo falta más que un vistazo para darse cuenta de que la que estaba en la cama era Kioko y ahora lo sentía mucho por ella, porque por su culpa le habían hecho daño, de hecho, parecía estar malherida.

El médico llegó diez minutos después y fue informado de lo que le había pasado a la geisha. Se acercó hacia la enferma y le estuvo tomando el pulso, era débil, pero estable. Respecto a su aspecto general era bastante malo pero lo que más le preocupaba es que la mujer pudiera tener alguna infección; las infecciones en aquellos tiempos eran muy difíciles de curar y en la mayoría de los casos eran fatales.

—¿Cómo está, doctor? —Takayama estaba muy nervioso, jamás se perdonaría que Kioko muriera por su culpa, no obstante, a pesar de todo, pensó en quién sería capaz de hacerle eso a una luchadora tan excelsa.

—Tiene traumatismos por todo el cuerpo pero no es grave —el médico parecía optimista, algo que el noble agradeció.

—Por favor, Kioko, no puedes morir —Takayama se arrodilló en el suelo al lado de la cama.

El guardia que había traído a Kioko informó de que volvería a su puesto, pero el noble lo frenó:

—Dime, ¿quién le ha hecho esto?

—Por lo poco que vi fue la ninja que se coló aquí hace un año, aunque está casi irreconocible.

Takayama supuso que la guerrera nunca llegó a perdonar la humillación tan grande que le dispensó Kioko y lo más seguro es que Miya hubiera seguido un entrenamiento intensivo para fortalecerse, de otra forma no
podría haber herido a la geisha de esa manera.

—Dime, guardia, ¿qué ha sido de la ninja?

—Lo último que sé es que Riada se quedó a combatir contra ella al tiempo que me ordenó poner a la geisha a salvo.

El noble se sorprendió por el arrojo de Riada, aunque había sido testigo de su entrenamiento, y posterior
mejoría en el arte marcial de Kioko, nunca se imaginó que pudiera hacerle frente a aquella que había derrotado a su maestra delante de ella. El hombre no pudo como menos que elogiar su valentía.

—Señor, ¿puedo volver a mi puesto?

—¿Eh? —el noble estaba abstraído en sus pensamientos— Sí, claro, vuelva a su puesto e infórmeme si sucede algo.

En el lugar de la lucha, Miya estaba sorprendida, no sólo por la fuerza de los golpes, que además eran inusualmente certeros, sino porque su sistema era distinto al de su maestra. Esa mujer que tenía delante era todavía más fuerte y compensaba su inexperiencia con una increíble fuerza bruta. Sin embargo, eso no significaba que la ninja se diera por vencida, de hecho, aún quedaba mucho para que se sintiera así.

—Vaya, has resultado ser una luchadora excelente.

—He tenido una buena maestra —respondió Riada con una sonrisa.

—Ya veo, aunque no reconozco su estilo en el tuyo.

No iba a contarle los secretos de su entrenamiento a su enemiga por si podía perjudicarla. Bastante miedo tenía a que la derrotara y matara a todas las personas de la residencia como para dar explicaciones a quien menos las merecía.

—Veo que, aunque eres una estupenda luchadora, hablas mucho menos que tu maestra.

—No tengo nada que hablar contigo, estoy aquí para detenerte y lo haré.

La pose de Riada era perfecta y a la ninja le pareció ver un verdadero diablo en ella.

Miya debía tomar la iniciativa, pero no sabía cómo hacerlo. Al parecer la mujer había sido entrenada según
sus mejores virtudes, a saber: velocidad, fuerza y agilidad. No le habría costado tanto decidirse a atacar si hubiera tenido en frente a Kioko, y eso la disgustó mucho porque significaba que había dos personas que podían plantarle cara. Aunque una de esas personas seguramente no estaría en condiciones como para combatir, y por eso su amiga estaba allí peleando por su vida y las de los demás.

—Me has sorprendido, no creí que fueras tan buena.

—Gracias.

—Dime, ¿cuánto tiempo te tomó aprender a combatir?

—Un año.

—Qué casualidad, yo estuve un año estudiando la técnica de Kioko y la copié entera. Aunque lo más difícil fue aprender a controlar el chi de esa manera.

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NotaPublicado: Dom Mar 11, 2018 12:47 pm 
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Bien eso de hacer que Riada sorprenda a Miya al no ser una copia de Kioko :mrgreen:

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NotaPublicado: Dom Mar 18, 2018 12:28 pm 
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Gracias por el comentario, pensé que sería bueno que Riada no se pareciera en nada a su maestra. Continúo la historia :cunao:

Riada estaba perdiendo la paciencia porque esa mujer hablaba demasiado y decía cosas muy desagradables. Eso de haber robado una técnica tan buena y que la usara para hacer el mal, no obstante, fue lo que más la enfureció.

—Así que robas técnicas para cumplir con tus oscuros propósitos —dijo rabiosa.

—No es mi culpa si tu amiga utiliza su sistema abiertamente —respondió Miya con una sonrisa.

Esa fue la gota que colmó el vaso, Riada abrió un abanico, saltó sobre Miya y le propinó un golpe muy rápido que abrió una brecha en la cabeza de la mujer.

—Vaya, parece que te estoy haciendo enfadar —dijo la ninja limpiándose la sangre.

—¿Cómo es posible?

—¿El qué, que siga en pie? Tendrás que hacerlo mucho mejor para matarme.

Miya desapareció en el aire y le dio dos patadas; una en la espalda y otra en un brazo. Sin embargo, Riada contraatacó con un gancho y un par de olas de energía con sus abanicos al estómago. Las dos chocaron sus abanicos una y otra vez, dieron vueltas de campana en el aire y aterrizaron en el suelo una enfrente de la otra.

La ninja pudo comprobar que estaban al mismo nivel más o menos, aunque quizá su enemiga fuera más fuerte. Pero era indudable que Riada tenía menos resistencia. Sin embargo, aguantaba bien los embates y además era más astuta, ya que era mucho mayor que ella, que aún seguía siendo una muchacha.

—Kioko te ha enseñado bien, vieja.

—Gracias, niñata —le sonrió.

Riada tenía mucha estabilidad mental, no se dejaba provocar como otros a los que la ninja se había enfrentado.

La pupila estaba notando ya el cansancio de una lucha tan continuada y supo que debía vencerla rápido o pronto estaría demasiado agotada para defenderse. Era difícil averiguar el estado físico de la ninja porque guardaba para sí todos sus sentimientos, sin embargo también parecía cansada. En el fondo eran dos luchadoras que tenían que vencer rápido o estaban muertas. Ambas leyeron esto e iban a aplicar sus técnicas más devastadoras en el próximo ataque y con eso previeron que una de las dos quedaría en pie.

—Voy a aplicar mi mejor técnica contra ti. Con ésta haré volar esta maldita residencia, a tu querida Kioko, y por supuesto al escurridizo noble Takayama. Aunque tú no podrás verlo porque quedarás hecha pedazos en el camino y lamentarás haberte enfrentado a mí.

Riada ya estaba preparando su mejor técnica, y se abstuvo de decir nada porque todo lo que dijera le restaba fuerzas para la lucha. A partir de ahora ya no diría una palabra más y, con la peor de las suertes, nunca más lo haría. Sin embargo, sentía dentro de sí a la gente que apreciaba y tenía un sentimiento de unión muy grande hacia ellos. No quería defraudarlos y por eso lo daría todo por salvar aquella residencia que le había dado una vida.

Riada estaba a punto de utilizar una técnica que liberaría todo su chi a una bola de energía enfrente de ella, y Miya estaba intentando canalizar todo su chi a sus manos para dar golpes más fuertes. Era muy arriesgado lo que quería hacer Riada, pero por suerte para ella esa técnica no se podía esquivar con facilidad. Por otra parte, la ninja sabía que de usar toda su fuerza en sus manos se quedaría agotada y no podría ni mantenerse en pie. La finalidad de ambas era acabar rápido la contienda antes de que estuvieran demasiado agotadas.

—Voy a emplear mi mejor técnica —gritó Riada poniendo los brazos en cruz.

—Yo también, esta lucha acabará ahora mismo —replicó Miya concentrando toda su energía en sus puños.

Las dos estuvieron un buen rato meditando y al fin empezaron a transmitir el poder para expandirlo a través de las palmas de sus manos. Riada ya había acabado, levantó los abanicos y dio un revés enorme a la bola de energía que había producido enfrente de ella. La fuerza de la esfera, sumada a la fuerza de los abanicos, habría podido destruir ciudades enteras de ser mal empleada. Sin embargo, esta tímida mujer había aprendido bien y utilizaba las técnicas adquiridas con propiedad.

Miya tenía los brazos energizados y sólo con un puñetazo habría podido romper en dos una montaña. La cuestión era cuál de las dos técnicas sería la mejor.
La ninja se precipitó contra la mujer, pero ésta dio un par de reveses con sus abanicos a la bola de chi y ésta última chocó con los puños energizados de Miya. Esto dio como resultado una explosión que pudo verse en toda la residencia y ambas mujeres salieron despedidas hacia atrás.

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NotaPublicado: Dom Mar 18, 2018 12:37 pm 
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RECUPERACIÓN


La ninja cayó al suelo y ya estaba muerta, sin embargo, Riada aún tenía un hilo de vida. Todos fueron a ver lo que había pasado y la mujer se desmayó porque no tenía fuerzas para nada más.

Por suerte unos guardias cercanos vieron la explosión y recogieron a Riada como ya hiciera el otro guardia con Kioko. No tenían tiempo para ocuparse en modo alguno de la ninja, así que dejaron su cadáver allí con los ojos todavía abiertos.

Cuando se hizo el silencio en ese lugar, el maestro de Miya, que había visto toda la pelea, bajó de la rama de un árbol y se acercó a su hija adoptiva. Al verla allí tumbada, el hombre notó cómo unas lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

—Ya ves, Miya, te advertí que no te enfrentaras a la geisha —el maestro se dejó caer sobre sus rodillas al
lado de su discípula y empezó a llorar con más fuerza, mientras abrazaba su cadáver.

Después de dos horas, cerró los ojos de la ninja, se levantó y le dedicó unas palabras. En su último adiós el viejo maestro comentó lo buena hija adoptiva que había sido y deseó que la geisha nunca hubiera entrado en la vida de su discípula. Sin embargo, no era la primera persona que perdía y sabía que todo ocurría por un motivo.

Empezaron a oírse unos ruidos y el maestro tuvo que esconderse de nuevo en la rama. Dos guardias aparecieron y hablaban sobre que esa maldita intrusa debía ser enterrada en el cementerio sin ningún tipo de honor. Le dolió que hablaran así de ella pero al menos sabía donde ir a visitarla y ya se encargaría él de darle los honores que se merecía.

Debido a la rabia del momento, al maestro se le pasó por la cabeza intentar vengar a su discípula, pero ya era muy viejo y sus habilidades estaban mermadas, por lo que optó por lo más sensato: soportar el dolor como pudiera.

A los dos días, Riada despertó finalmente y Kioko fue a la primera persona que vio. Se alegró mucho de verla porque la había tenido ese tiempo.

—Cuanto me alegro de verte, amiga —dijo Riada con una sonrisa cariñosa en la cara.

—Yo también, me contaron que hiciste un papel excepcional —correspondió la geisha agarrándole fuerte una mano.

—Todo te lo debo a ti, Kioko, tú fuiste mi maestra y gracias a eso hemos podido salvar esta residencia.

Riada sentía mucha vergüenza por las palabras de su maestra, aunque era verdad que, gracias a ella, cientos de personas se habían salvado.

Con todo lo ocurrido Riada se olvidó de preguntarle a su amiga por su estado de salud.

—¿Cómo estás, Kioko?

—Me encuentro muy bien, aunque he de reconocer que Miya me sorprendió, por suerte las heridas no eran muy graves.

—Por cierto, ¿qué pasó con Miya? —Riada se incorporó un poco sobre la cama.

—Esa ninja necia murió, la hemos enterrado en el lugar donde se entierran a los impíos, ladrones y asesinos.

—Aún no puedo creer que haya derrotado a Miya —Riada habló pero le costaba mucho proyectar su propia voz.

—Eso es porque yo entrené tus puntos más fuertes, olvidando los débiles.

—¿No hiciste tú lo mismo?

—No, yo aprendí un conjunto de técnicas y no vi en mí mis virtudes más destacadas.

—¿Por qué no?

—Pues porque no es fácil saberlas cuando creas una técnica, ya que no puedes analizarte a ti misma. Sin embargo, contigo tuve claro lo que debía potenciar, por eso has podido vencer a Miya y salvarnos – dijo esto último con admiración.

Había tenido buen ojo con su amiga, le había dicho exactamente sus puntos más fuertes y eso había sido decisivo en el combate contra la ninja. Si hubiera aprendido el estilo completo de la geisha a estas alturas todos estarían muertos. Por eso era más sabio aprender sólo lo necesario para sobrevivir y con Riada lo había conseguido, aunque no podía decir lo mismo de su persona, ya que en ese momento se consideraba un fracaso total. Se sentía así porque, mientras su pupila arriesgaba la vida, su maestra estaba en la cama sin poder hacer nada por ayudarla

—Estás muy pensativa, Kioko —Riada dijo esto porque su sensei se quedó mirando al techo.

—Estaba pensando que me siento avergonzada de que hayas arriesgado tu vida por mí y por los demás, mientras yo me encontraba en la cama descansando.

Riada miró a la geisha y supo lo importante que era para ella y por eso le dijo en tono enfadado:

—No digas eso, tú para mí eres la persona más importante. Estoy segura de que habrías hecho lo mismo por mí.

La geisha bajó la cabeza y Riada le sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

—Tú también eres la persona más importante para mí.

Takayama entró en la habitación y el médico le acompañaba.

—¿Cómo está la enfermita? —Preguntó el hombre de broma.

—Me siento bien, doctor.

—Me alegro, la verdad es que cuando te trajeron estabas grave.

La geisha miró al doctor y le dijo, severa:

—Doctor, por favor —Kioko estaba contrariada.

—Ah, perdón, quiero decir que me alegro de que estés bien —respondió avergonzado por su falta de tacto.

—¿Cuándo podré levantarme?

El médico midió su pulso y le dijo que podía levantarse siempre que alguien la ayudara. La geisha se ofreció la primera y le brindó su brazo. Riada se cogió y se levantó con bastante esfuerzo. La verdad es que todos estaban atentos con ella porque había estado a punto de morir. Sin embargo, la mujer pudo levantarse al fin y salieron de esa claustrofóbica habitación y anduvieron hasta la parte interior.

—¿Quieres ir al parque? —Preguntó la geisha con suavidad.

—Si, por favor, quiero que me de un poco el sol.

Cuando bajaron vieron a muchos de los ciudadanos, tanto de la villa como de la residencia del noble, reunidos en uno de los patios para darle las gracias a la salvadora. Además traían un regalito: un abanico de oro que un joyero de la villa había donado completamente gratis.

—¿Qué es todo esto? – Preguntó llorando.

—Han querido venir a darte las gracias —contestó Kioko muy orgullosa.
La gente gritaba su nombre sin cesar y Riada se sintió abrumada porque era la primera vez que se hallaba en una situación semejante. Nunca había sentido una emoción tan grande como la de aquel momento y estaba exultante de felicidad.

La gente quería que hablara, pero estaba muy débil.

—No tengo fuerzas para gritar —le dijo a su amiga.

—Si me permites tengo la solución, escribe en un papel lo que quieres decir y yo lo transmitiré.

—¿De verdad, Kioko?
—Claro, tú sólo escribe lo que quieres decir y yo lo vocearé con mucho gusto.

Riada se tomó un buen rato para escribir su mensaje de agradecimiento y después se lo entregó. La geisha se dirigió a la tarima y habló muy alto para que la oyeran bien.

Habitantes de la villa, quiero agradeceros que hayáis venido a apoyarme. Nunca imaginé que me encontraría en una situación similar. Quiero daros las gracias por darme ánimos y por el magnífico abanico de oro.

El joyero miró a todos los que lo rodeaban y una sonrisa afloró en su tez blanca.

También quiero agradecer a todos los que me han cuidado para que me repusiera. Quiero agradecer a mi amiga Kioko quien siempre ha estado conmigo. Por último quiero decir que es un honor haber vivido aquí con vosotros, siempre os llevaré en el corazón.

Cuando el discurso acabó todo el mundo estalló en gritos de júbilo y corearon su nombre. La mujer estaba escuchando el voceo de Kioko y se había puesto a llorar.

—Ha sido precioso, Riada.

—Gracias —la mujer apenas podía contener las lágrimas.

Después de un rato abrazándose, la geisha empezó a notar que su amiga tenía frío y subió de nuevo a la tarima.

—Escuchadme, Riada tiene que descansar, pero os agradece tanto el que hayáis venido como el magnífico presente.

El gentío se disolvió y Kioko le ofreció el brazo de nuevo a su amiga.

—Qué callado os lo teníais, ¿eh? —le dedicó una débil sonrisa a los tres.

Takayama, el doctor y la geisha se miraron cómplices y se sonrieron. Subieron las escaleras superiores, doblaron un pasillo y entraron en la habitación dónde estaba antes Riada.

—Amigos, os agradezco mucho vuestros cuidados —mientras decía eso se quedó dormida.

La dejaron sola para que descansara ya que había hecho mucho por la aldea, no sólo eso, Kioko sabía que había hecho mucho más allá de sus límites y deseaba que se recuperara pronto.

Dos semanas después, Riada mejoró, se reestableció y la geisha la ayudó a recuperar la forma. Después de ese tiempo en cama, sin moverse, la verdad es que tenía el cuerpo entumecido y por eso organizaba peleas de entrenamiento con su maestra.

—Hay algo que no me has dicho, Riada —le dijo uno de los días a su pupila.

—¿El qué?

—¿Te gustó pelear?

Riada estaba un poco confusa porque, por un lado era muy excitante, pero uno se jugaba la vida si no sabía en todo momento lo que debía hacer en una pelea. De modo que era emocionante y a la vez muy peligroso, por eso tuvo que evaluar rápidamente la respuesta y le contestó a su amiga con total sinceridad:

—Sí, la experiencia me gustó bastante, pero preferiría no tener que hacerlo de nuevo.

—Te entiendo.

Ambas amigas decidieron quedarse a vivir en Sakai porque era una ciudad bastante agradable y la geisha había encontrado, a través de los acontecimientos de aquellos días, una tranquilidad que nunca pensó que conseguiría. Además ya no sentía que necesitara bailar y se sorprendió al darse cuenta de que en todo el año que llevaban en la residencia de Takayama no había vuelto a pensar en su marido.

No muy lejos de allí, el maestro de Miya estaba delante de la tumba de su alumna y miró las palabras escritas en su lápida. Pensó que después de todo habían sido piadosos con ella porque ponía:

Aquí yace una persona equivocada que murió por su propia estupidez.

Por supuesto esas palabras le dolieron bastante pero habría sido peor que pusieran que era una asesina de las sombras que murió en un empeño absurdo.

El viejo maestro lloró amargamente su ausencia pero al menos tenía la esperanza de que su alma alcanzara la paz. En un momento de dolor volvió a pensar de nuevo en la posibilidad de matar a la geisha, pero supo que no estaría siendo mucho más inteligente al hacer eso que su hija adoptiva.

—Bueno, Miya —el hombre se levantó del suelo, dejó de llorar y se secó las lágrimas—. Te advertí que no te enfrentaras a ella.

Una ráfaga de aire llegó hasta el maestro y lo sacó de su dolor por unos momentos, aunque sabía muy bien que ya no podía vivir en Sakai y eso no había viento que lo cambiara.

—Tengo que irme de Sakai, Miya, sé que aquí no encontraré ningún consuelo a tu ausencia —el hombre notó que las lágrimas surgían de nuevo—. Espero que donde estés encuentres la paz.

El viejo maestro se acercó hacia la lápida y la besó. Luego se fue de allí pensando en un lugar tranquilo donde poder continuar con lo que le quedara de vida.

FIN

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NotaPublicado: Dom Mar 18, 2018 10:30 pm 
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Pobre maestro. Es el único que en realidad ha salido perdiendo por la estupidez de Miya, además de esta, claro.

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NotaPublicado: Dom Abr 15, 2018 5:09 pm 
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La verdad que sí, hasta hoy día me sigue dando pena que el maestro de Miya acabe así, por eso estoy rehaciendo poco a poco esa historia y quedará de otra forma.
Muchas gracias por todos tus comentarios :alegria: y espero que la historia te gustara :wink:

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NotaPublicado: Mar Abr 17, 2018 7:03 pm 
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Sí, ha sido muy entretenida :cunao:

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España